sábado, 27 de noviembre de 2010

Hacia la consecución de un sueño

Intento esta entrada de mi blog y escribo, ambas cosas con poco éxito. Estoy a unas horas de salir hacia la ciudad de Guadalajara. A pesar de haber ido a principios de año, está vez estoy emocionado. No es lo mismo ir a una boda, como en febrero pasado, a ir a una celebración ampliamente pospuesta. Esta tarde una ligera ansiedad se apoderó de mi, y dudo me dejé en paz en las próximas horas. No es para menos… no diario se nos cumple un sueño?

En un rato viajaré hacia el occidente del país para estar en mi primera Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Desde que supe de la existencia de esta fiesta literaria he querido ir. Dicen que es la segunda más importante a nivel mundial, y la primera en habla hispana. Cada año la misma historia se me repetía: veía las noticias que daban cuenta de las actividades en la FIL y la envidia me invadía. Siempre me prometía que para la próxima edición estaría presente. Perdí la cuenta de la cantidad de veces que no cumplí mis propias promesas pero siempre me guardé tantita fe.

Como amante de la literatura estar en la FIL es como ir a Disneylandia. Estaré en Guadalajara apenas un par de días, pero pienso disfrutarlo como enano. ¿Qué me espera por allá?, ni idea, pero la idea de viajar combinada con el encanto de la escritura se me antoja irresistible. Quisiera hablar más de mi viaje, pero se me cuecen las habas por seguirme alistando. Voy hacia la consecución de un sueño. Nos estamos leyendo.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Los Monstruos


Esta historia es tan maravillosa, que se ha contado tres veces. Habla sobre un niño que una tarde se viste de lobo, escapa de casa y en una barca llega hasta una isla habitada por varios monstruos que lo nombran su rey. Así de sencilla y complicada es esta historia cuya primera versión, un cuento para niños, fue escrita por Maurice Sendak en 1963 bajo el título de ‘Donde viven los monstruos’. Desde su publicación aquel libro se volvió entrañable, un clásico de la literatura infantil que conquistó a varias generaciones. Hace más de un año, la adaptación cinematográfica de esta aventura irrumpió en los cines mostrando una interpretación más elaborada, pero con su esencia intacta.

Ya en éste blog he hablado de ‘Donde viven los Monstruos’, tanto del libro de Sendak como de la película de Spike Jonze. Pensé que el círculo se cerraba con estas dos narraciones. Me equivoqué. Hace unos meses, mientras curioseaba en internet di con la portada del libro que da pie a esta entrada. Intrigado indagué más al respecto y me llevé una gran sorpresa cuando descubrí que Dave Eggers, autor de esta novela, fue coautor de la película ‘Where the Wild Things’ junto con Spike Jonze. Leer esta novela se convirtió en una obsesión. Durante semanas busqué, sin éxito, conseguir el libro. Nadie supo darme informes de su existencia en México. Triste me resigné a perderme la tercera visión de las aventuras de Max y sus monstruosos amigos. Una tarde, la menos pensada, asistí a un evento en una casa cultural en la colonia Condesa, y ahí, en la librería de Refugio Citlaltepetl me topé con ‘Los Monstruos’. Dicen que uno se cruza con los libros que lo marcarán en la vida. Así me pasó, literalmente.

Cuenta Dave Eggers que Spike Jonze lo contactó hace ya varios años para ponerse a trabajar en el guión de ‘Dónde viven los Monstruos’. Tras un arduo trabajo, que contó con la entera aprobación de Maurice Sendak, desarrollaron una trama completamente apegada a la original, pero aunando más en la personalidad de Max y los demás personajes. Después de éste gran trabajo, el propio Sendak sugirió a Eggers que escribiera una novela basada en el guión. Eggers, lejos de transcribir el guión tuvo el enorme acierto de tomar lo mejor del guión, pero cambiar varios aspectos para darle aun más vitalidad a la historia.

Después de leer el cuento infantil, ver la película y leer la novela he completado el círculo y tengo la autoridad suficiente para decir que es justamente en la novela de Eggers en donde el universo de Max y sus monstruos alcanza su mayor madurez. Similar al film pero con diferencias importantes, ‘Los Monstruos’ nos enseña un ángulo más obscuro y maduro de los personajes y las acciones en que participan. Los ambientes, las actitudes, los pensamientos y detalles son de mayor de profundidad y nos permiten adentrarnos mucho más en los pliegues de esta maravillosa narración.

Las ganas de huir al sentirse incomprendido, sin salida. Luego la incertidumbre vestida de aventura. La ilusión de lo nuevo, los celos, y la frustración del desengaño. Dave Eggers hace que entre los párrafos de ‘Los Monstruos’ quepa una madre divorciada que no encuentra los hilos de su vida, el drama de un divorcio, lo complejo de las relaciones interpersonales y lo complicado de mantener en equilibrio una amistad. El Max de esta historia es más vulnerable, pero a la vez más humano. Los mismos Monstruos son más salvajes e irracionales, pero por lo mismo más transparentes y puros. Me llama poderosamente la atención como una isla habitada por siete monstruos y un niño bastan para crear la radiografía de las virtudes y problemas que una sociedad y sus avances políticos (del oscurantismo a la modernidad) y tecnológicos trae consigo. No sé si fue intencionalmente o no, pero Eggers creó una fabula en pares. Max tiene una personalidad muy parecida uno de los monstruos y en otro ve un antagonista. La misma Mamá de Max y su hermana se repiten en la isla planteándonos la sabrosísima duda de quienes realmente son los monstruos y quienes los seres pensantes. Y aquí le dejo, pues a esas 222 páginas que lo conforman podrían ser estudiadas por horas.

Ayer terminé de leerla. De nuevo, me invadió una mezcla de profunda nostalgia-melancólica bañada de ternura. Y reí. Y por momentos quise estar en esa isla en dónde viven los monstruos, participar en una fiesta salvaje y dejarme llevar por mi lado salvaje. Ya estoy marcado de por vida por esta historia.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Mi educación sentimental proviene de las caricaturas



Desde niño fui raro. En ese entonces no me daba cuenta que aunque tenía los mismos gustos y aficiones de mis amiguitos, les daba un enfoque un tanto diferente, incomprensible para los demás. Mucho tiempo después sé que no era tan extraño como los demás creían, sino que fui un enamoradizo prematuro.

Se entiende que en cada persona el proceso es diferente, y que normalmente, cada quién inicia su educación sentimental con la adolescencia. Sin embargo, un servidor comenzó a tener corazón de pollo desde muy tierna edad, y que incluso, me llevó a auto medicar a unos niños en el kinder. Desconozco cuando comencé a tener noción del amor, pero fue gracias a las caricaturas que descubrí que el amor es capaz de mover y alterar el orden natural de las cosas. De tal modo que cuando veía Robotech, mi mayor preocupación no era que el piloto Rick Hunter combatiera con éxito a las fuerzas Zentraedi, sino que éste resolviera el triangulo amoroso que conformaba junto con la famosa cantante Minmei y la capitana Lisa Hayes (confieso que me enamoré de ella). En una de las escenas que más recuerdo, Rick vuela su nave en una pelea de proporciones épicas, mientras Minmei canta en un programa de televisión y Lisa observa con preocupación el desarrollo de la batalla. Lo que para el resto de los niños era una secuencia de acción maravillosa, para mí era un momento lleno de drama y tensión amorosa.

De la historia concisa de Robotech recuerdo muy poco, pero sus escenas románticas entraron para siempre en mi memoria. Aprendí así que la peor de las guerras no son nada si se comparan con un corazón roto. Lo mismo me pasaba con Súper Campeones, en dónde mi atención no se centraba en los goles sino en la conmovedora historia de Andy Jhonson, jugador enfermo del corazón que arriesga su vida durante varios partidos mientras su mejor amiga sufre en silencio por él.

Con Dragon Ball quedé cautivado por el extraño romance entre Vegeta y Bulma; con los Caballeros del Zódiaco siempre esperaba que algún día Seiya y Saori aceptasen sus sentimientos; y ni hablar de los coqueteos entre Gambit y Rouge en X-Men. Enumerar más ejemplos me parece ocioso y hasta infantil. Lo único que pretendo con éste post es comprender porque soy como soy. Quizá por eso aun soy un cursi y hasta en programas de comedia me fijo más en las historias románticas que en los chistes. Por lo anterior no es raro que hace 2 años la película Wall-E me hubiera conmovido, y que gran parta de mi adolescencia y juventud la haya pasado enamorado del amor, a pesar de que entonces vivía una profunda soledad.

No sé si mi corazón se haya reducido a una pasita por usarlo desde que era tan pequeño. Tampoco sé si fui el único niño hombre al que le gustaban los balazos, la violencia y los goles, pero sólo si estos estaban motivados por la conquista de una mujer, el desamor o la pasión.

Soy Gabriel Revelo, y sin vergüenza lo reconozco, mi educación sentimental comenzó al ver caricaturas.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Enfrentando fantasmas (regreso a Tepoztlán)


Los lugareños aconsejan no pasar por ahí de noche. Se rumora que el lugar está cargado de una extraña energía, que es una de las zonas con mayor presencia del fenómeno OVNI y escenario de varios fenómenos extraños. Para los románticos es una población dueña de una belleza propia y para los más jóvenes, el lugar ideal para ir de fiesta con los amigos un fin de semana. El caso es que Tepoztlán, en la el estado de Morelos, nunca pasa desapercibido para quienes alguna vez pasan por ahí.

Hasta antes de mi visita del pasado viernes, según mi olvidadiza memoria, anteriormente sólo había estado dos veces en Tepoztlán. La primera vez fui con mis amigos Claudio y Jonathan, teníamos unos 18 años, y únicamente escalamos el cerro del Tepozteco y comimos nieve. La segunda ocasión fue unos años después, y me dejó tan marcado que cambió mi vida para siempre. Esto fue lo que pasó:

25 del Diciembre del 2003. Después del recalentado de Navidad en el hogar de mis abuelos, mi mamá y mi hermana decidieron ir al cine a ver ‘Harry Potter y la Cámara Secreta’. Como yo había visto la película días antes, regresé a casa con mi papá. Subí a mi cuarto a leer. A lo lejos escuché como mi padre le habló por teléfono a su hermano Miguel. La llamada duró una media hora, al final papá colgó llorando. No dije nada, desde mi cuarto hice mil conjeturas que sólo se disiparon cuando una hora después llegó mi mamá y se enteró de todo. En la llamada, mi papá escuchó muy mal a su hermano. Sabíamos que mi tío tenía problemas de salud, por lo que el presentimiento de mi papá de que quizá a su hermano no le quedaba mucho tiempo de vida. Tomamos la decisión de ir a visitarlos. Dos días después fuimos a Yautepec, lugar en el que residía Miguel. Llegamos cerca del mediodía después de unas horas en carretera, fuimos al mercado del pueblo, comimos y escuché un sinfín de anécdotas. Otros tíos y primos llegaron en el transcurso de la tarde. Abandonamos esa entrañable reunión poco antes del anochecer. Debido a la cercanía, decidimos pasar un rato a Tepoztlán. Llegamos en poco tiempo. Subíamos por una empinada calle cuando nuestro auto, un antiguo New York Turbo comenzó a despedir humo blanco por todos lados. El esfuerzo del auto por avanzar hasta una calle completamente recta terminó por empeorar las cosas. Entre gente curiosa y comentarios de ‘se está quemando ese coche’ llegábamos al centro del pueblo. Mi papá bajó nervioso, abrumado, sin saber qué hacer. En condiciones normales él habría solucionado el problema en un dos por tres. Pero ahora sabemos que llevaba meses gravemente enfermo y que su salud se deterioraba rápidamente. Tomamos un taxi y fuimos a conseguir un mecánico, el cual dijo que el turbo del auto había sufrido un gran daño y que para repararlo había que bajar el motor. Aquella noche en Tepoztlán la recordaré porque por primera y única vez vi a mi papá fumar. Como los celulares no tenían señal tuve que entrar a una papelería y hacer llamadas al seguro del auto. Más tarde llegó una grúa y nos trajo de regreso hasta la Ciudad de México. Después de esa noche mi papá no volvió a ser el mismo. Como si el estrés de saberse responsable de nosotros hubiera mermado a un más su estado físico y hubiera acelerado aun más las cosas. Dicen que antes de morir uno va despidiéndose de sus familiares y conocidos. Quién se despidió esa tarde decembrina de sus familiares no fue mi tío Miguel, sino mi papá, que murió mes y medio después.

Desde entonces, Tepoztlán se volvió un lugar al que preferí mantener lejos de mis recuerdos. Cuando por casualidad pasaba por ahí, la simple silueta lejana del cerro del Tepozteco me provocaba escalofríos. La forma de esos cerros asimétricos, que tantas leyendas cargan a cuestas para mí no eran sino un recordatorio de una noche triste. Sabía que tarde o temprano tendría que volver a enfrentarme a los fantasmas que dejé en aquel pueblo, que estos estaban esperándome y que no se marcharían hasta que los confrontase. La fecha del reencuentro llegó siete años después. Mientras planeaba un viaje exprés a Cuautla, de la nada me surgió la idea de antes pasar a Tepoztlán, aun a sabiendas de que los recuerdos podrían abrumarme. Tenía que enfrentarme a Tepoztlán tal como alguna vez lo hice con Acapulco.

Tal como estaba planeado, el pasado viernes abandoné la Ciudad de México en compañía de Tania. Cerca de las 17:30 hrs. tomé la desviación a Tepoztlán, ahora nombrado Pueblo Mágico. El camino curveado avisa que aquel lugar es diferente, que se ingresa a un territorio en el que lo normal se altera de una forma inexplicable, pero perceptible. Al llegar, las casas, calles y el mismo aire provinciano pusieron melancólico mi corazón. Estacioné el auto en la misma zona en la que nuestro New York quedó varado años atrás. La papelería en la que llamé al seguro del auto y en dónde mi papá compró los cigarros seguía ahí. Esa tarde sentí la necesidad de contarle a Tania lo que había pasado en mi anterior visita. Fue como un desahogo que me ayudo a sentirme un poco mejor y caminar por el pueblo. La noche caía mientras veíamos puestos de artesanías, el templo principal y recorríamos algunas calles. La sombre que sobre el pueblo proyecta el Tepozteco seguía ahí, misteriosa pero cada vez menos atemorizante. Poco a poco los fantasmas fueron diluyéndose hasta comenzar a disfrutar la belleza del pueblo.



No estuvimos ni dos horas, pero salí revitalizado. Al partir pasé por la misma calle en la que nuestro auto había comenzado a sacar humo. Esta vez no pasó nada y seguimos nuestro camino a Cuautla. Una noche después, ya de regreso y sin Tania, volví a pasar cerca de Tepoztlán. En el set list del iPod sonaba 'Revolution #9'. Sentí un escalofrió y sonreí. Ya no estaban los fantasmas, sólo un recuerdo que ya no duele tanto.

martes, 9 de noviembre de 2010

Los minados caminos de San Juan

¡Bomba! Esta es una aventura cotidiana de plomeros, mercados pintorescos y la dudosa idiosincrasia del mexicano. Algún día me esto me pasó:

Vengo llegando del mercadito de San Juan, temiendo, no haber salido muy bien librado del lugar. Todo comenzó ayer al medio día, cuando la bomba hidráulica de la casa (el aparatejo encargado de subir el agua al tinaco) dejó de funcionar, dejando llaves, regadera y baño sin mayor suministro del vital liquido que el almacenado un día anterior. Ante una contingencia de este tipo, no pude hacer menos que entrar en paranoia total y ahora sí, economizar el agua como si fueran billetes de mil pesos.

Por eso hoy me bañe en tan sólo cinco minutos (rasurada incluida, ya se imaginarán la irritación de la que soy presa a estas horas de la tarde). Más o menos a las doce del día llegó el primer plomero para decir que casi nada de la instalación servía, y de paso, cobrarnos una fortuna. Hagan de cuenta que iban a reconstruir toda la casa. Obviamente, hicimos lo que se aconseja en estos casos: mandarlo al demonio y llamar a un segundo plomero, con la esperanza de que su presupuesto fuera al menos pagable por una quincena común y corriente de salario. Y así fue, después de llevarse la bomba nos hablaron una hora después para decirnos que no tenía solución, pues casi todas las piezas de su interior estaban pegadas. ¿Qué significa esto en el argot de las bombas hidráulicas? francamente lo desconozco, o quizá tengo una idea pero prefiero quedar como ignorante que hacer el ridículo.

Como se estipula en estos menesteres, el plomero quiso hacer su agosto y ofrecernos una bomba en $600.00. Después de echarle un vistazo concluí que el artefacto que nos vendían como si fuera la octava maravilla, distaba mucho de ser nuevo. En un ataque de sensatez (o tacañería) pensamos en conseguir la bomba (recalco que es hidráulica, en tiempos de terrorismo es mejor evitar malentendidos), en el mercado de San Juan, sitio pintoresco en las inmediaciones de la Agrícola Oriental y Ciudad Nezahualcoyotl. Quienes conozcan, saben que no son rumbos muy agraciados que digamos. Con todo, y todos, nos dirigimos inmediatamente al mercadito con una alegría inexplicable, cual si fuéramos a un centro turístico.

Como casi todas las inmediaciones de las capitales latinoamericanas, la zona es el vivo ejemplo de las carencias. Calles sucias, con basura y casas a medio construir son una constante en medio de niños, torres de luz y graffitis por todos lados. Justamente el mercado de San Juan está en una de estas zonas, a unas calles de Ignacio Zaragoza. No sé cómo no me perdí en medio de tantas calles iguales. Una vez que llegamos, busqué lugar en medio del tráfico provocado por viejos camiones de carga en un reducido camellón. Con gran desconfianza me despedí de mi auto pidiéndole a Dios encontrarlo a mi regreso.

En el interior de mercado la cosa es diferente. Empezando por su piso sin pavimento que junto con los angostos y oscuros corredores le dan a uno la idea de internarse en catacumbas egipcias. Un montón de tiliches decoran las paredes del lugar: tazas de baño, lavabos de porcelana, flotadores y demás objetos polvosos, propios de la plomería, son una constante en nuestro recorrido. Y sin embargo, no sería justo decir que éste lugar es feo, al contrario, yo me sentía como en Disneylandia con tantos escenarios dignos de adoración. Locales llenos de piezas viejas y amontonadas, un altar a la virgen, vendedores tan extraños como fascinantes en su atuendo. Jamás he estado en un mercado de medio oriente, pero supongo, esto es lo más cercano a la experiencia. Después de media hora, salimos del mercado con una bomba nueva (hidráulica, recalco de nuevo) cuyo precio nos dejó convencidos a todos. Antes de abandonar estos rumbos de San Juan, justo enfrente del mercado descubro una especie de casa de la cultura a la que no pude dejar de entrar. Es un lugar grande y de ser bien cuidado, bonito; aunque también muy abandonado por la gente.

Salí de San Juan pidiéndole una disculpa al rumbo y a sus habitantes, mi auto estaba intacto y durante mi estancia en aquellos lugares fui tratado bien. Llegando a casa le hablamos al plomero, que llegó minutos después con dos de sus ayudantes, y aquí es donde viene lo anecdótico del asunto: la bomba era reconstruida. Por eso no la dieron un poco más barata, por eso goteaba una vez instalada, y también, sus salidas no embonaba muy bien con el resto de la tubería. Culpando, como buen trabajador mexicano, a sus compañeros de oficio de lo mal instalada que estaba la bomba anterior. ¿Por qué siempre el trabajo de uno es el único bien hecho, y el de los demás una porquería? Lo ignoro, pero también pasa con los albañiles, cerrajeros, carpinteros, mecánicos y demás oficios semejantes.

Al final parece que ya todo quedó bien instalado, más unos pagos extra por los ajustes, claro está. Podría sacar muchas conclusiones de todo esto, o simplemente sentirme relajado de poder contar nuevamente con agua en los servicios de mi vivienda. También podría hacer una reflexión sobre la importancia de cuidar el agua y su importancia en nuestras vidas. No hace falta, de seguro algún día se les descompondrá la bomba, se les tapará la tubería o se les averiará el tinaco. Toco madera por ustedes.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Biutiful


Cada tres o cuatro años, Alejandro González Iñarritu irrumpe en la escena cinematográfica mundial con algún proyecto que invariablemente dará de que hablar. ‘Amores Perros’, ’21 gramos’, ‘Babel’ y ahora ‘Biutiful’ generan admiración o desprecio por igual. Aunque respeto todas las opiniones, descalifico aquellas que califican todos los trabajos del director mexicano (muchas veces sin ni siquiera verlos) calificándolos como tendenciosas y sobrevaloradas. Honestamente, a mi las 4 me han gustado por la sencilla razón de que me han conmovido, emocionado, hecho pensar, en fin, me han tocado el corazón.

Acudí al cine una tarde de domingo, en la que decidí dejar de lado un molesto dolor de estomago y la oportunidad de ver lo que después sabía, sería un infumable partido América-Chivas. Al salir de la sala no podía estar más convencido de haber hecho lo correcto. Una vez más fui gratamente sorprendido. Biutiful conserva la fotografía impecable, las grandes actuaciones y el ritmo dramático de los anteriores trabajos de Iñarritu, pero se desmarca al mostrar una forma narrativa lineal y no segmentada, las escenas son en espacios más cerrados y sobre todo, se ve una notable evolución en la dirección.

Filmada en Barcelona, Biutiful es un coctel de emociones e historias, todas inmersas en un mosaico marginal pero multicultural contenido en los suburbios de la ciudad, ahí, donde el sentido de la humanidad respira con dificultad. En ese ambiente Uxbal trabaja controlando (hasta donde le es posible) el comercio informal, la producción de la piratería y la mano de obra de migrantes chinos y africano; además, posee el don de hablar con los muertos, es padre de dos hijos cuya madre padece el trastorno de la bipolaridad y por si fuera poco, descubre que su salud se deteriora rápidamente. Un personaje así, con tal carga emocional, se vuelve entrañable gracias a la sublime actuación de Javier Bardem, quien da una cátedra de actuación metódica, milimétricamente exacta. Cada gesto, cada movimiento, cada tono de voz, hacen de Uxbal un personaje disfrutable, pero suficientemente humano para erizarnos la piel con cada una de sus reacciones.


Además hay un grupo de emigrantes chinos, paisajes desesperanzadores, una madre senegalesa que se ve obligada a separarse de su esposo, una mujer desquiciada por su falta de estabilidad emocional y las ganas de vivir la vida al máximo o unos niños que desean conocer los Pirineos. Biutiful podría ser una película sobre enfermedades terminales, la muerte, migración o la pérdida de derechos humanos, pero tal como lo dice Iñarritu: Biutiful trata, ante todo, del amor que un padre puede tenerle a sus hijos, ese cariño supremo que no conoce barreras, que todo lo puede y ante el que cualquier sacrificio vale la pena.

Biutiful me sacudió el alma, me removió heridas frescas y me contó una historia que a veces se me olvida, viví de algún modo. Con todo, el título lo dice todo. Detrás de las dudas, del no encontrar salida, de la pérdida de la dignidad y la incomprensión, se encuentra el amor como elemento más puro, aquel que nos empuja y hace aferrarnos a la vida.

sábado, 30 de octubre de 2010

Viaje al Tlalocan


En la antigüedad la majestuosidad de México se veía reflejada en las imponentes construcciones de la gran Tenochtitlan. En sus inmensas calles, mercados y gente emanaba una profunda paz, reflejo de una sociedad en pleno esplendor.

Tiempo que corre como el río, hasta verse detenido por una gran roca llamada destino. Años que se verían rotos sin motivo aparente. El equilibrio de esta sociedad estaba a punto de ser interrumpido. Desde la costa llegaban rumores acerca de un grupo de hombres barbados mitad hombres y mitad animal, que se acercaban peligrosamente destruyendo cuanto pueblo encontraban a su paso. En las elites del poderío azteca, comenzaron los preparativos para el encuentro. La calma de la ciudad desaparecía, para dar lugar a tiempos de guerra y muerte.

* * * *

Llanto en el cielo, sangre en la tierra, dolor en el orgullo. Ante la llegada de los invasores, desde Tenochtitlan comenzaron a sonar tambores de guerra, su sonoridad surcaba el cielo de aquel hermoso valle. ¿Qué querían esos hombres?, ¿De dónde y por qué vinieron a interrumpir la majestuosidad del imperio náhuatl?

Pronto los enfrentamientos comenzaron. La gran ciudad se hundió entre las sombras del sufrimiento, tiñendo sus calles de sangre, llenando sus templos de consternación y angustia. Lucha fuerte, ardua, cruel, despiadada, casi apocalíptica. Las armas de aquellas personas de brillante armadura eran contrarrestadas por la habilidad de combate de los caballeros tigre y águila, y por la valentía de un pueblo, que ante todo, defenderían su identidad y costumbres.

* * * *

Con dolor, Mixcoatl, observa como su pueblo pierde batalla tras batalla, y es que, a pesar de pelear valientemente, su esfuerzo era en vano. Se sentía agotado, pero sobretodo impotente, al ver como todos sus hermanos caían en combate. En algún momento se encuentra con un anciano maltrecho y agonizante, que valientemente se acerca a consolarlo diciendo:

Anciano: Muchacho, soy Xachil, pareces triste, ¿estás herido?

Guerrero: Un poco, de mí pierna... pero si así fuera... ¿qué más da?, todo está perdido.

Anciano: No lo creo así. Aunque efectivamente estás herido, el dolor proviene principalmente de tu espíritu.

Guerrero: Tengo miedo... miedo de perder a todos mis seres queridos, miedo de morir, de lo que vendrá.

Anciano: Créeme, no debes tener miedo, cuando los hombres mueren, en realidad no perecen, sino que de nuevo comienzan a vivir, casi despertando de un sueño, y se vuelven en espíritus o dioses. Permíteme hablarte, sobre la muerte...

* * * *

Anciano: La vida muchacho, no es más que un paso antes de entrar al Mictlan, o en el mejor de los casos, al Tlalocan.

Guerrero: Por favor anciano, esas no son más que leyendas que se le cuentan a los críos para asustarlos.

Anciano: Entonces prefiero ser un crió, a pensar que nuestra existencia finalizará hoy. Sé que el temor invade tu cuerpo, pero debes estar convencido que pase lo que pase, habrá un futuro, glorioso o triste, eso depende de lo que hicimos en nuestras vidas.

Guerrero: ¿Qué quiere decir?

Anciano: El Tlalocan, es el paraíso de nuestro señor Tlaloc, y está destinado para las personas de corazón puro. El otro es el reino de Mictlantecutlí.

Guerrero: Hábleme de ese sitio, por favor.

Anciano: Dicen que el Mictlan, es el lugar en donde se une el mundo de los muertos, con el mundo de los vivos. Para llegar hasta allá, hay que atravesar por una gran cantidad de obstáculos formados por dos sierras, protegidas por dos gigantescas criaturas, una serpiente, y una lagartija verde, después, hay que atravesar por ocho desiertos, ocho cerros, una zona de vientos helados, que arrojan cuchillos de obsidiana. Por último cruzaban un ancho río llamado Chignahuapan en el lomo de un perro rojo. Si eres capaz de cruzar todo esto, las almas se encuentran con Mictlantecuhtli, el dios de la muerte, que les asigna una zona en el Mictlan. Coatlicue, la diosa de la vida y la muerte, así lo quiere.

Guerrero: Coatlicue... nuestra madre.

Anciano: Muchacho, nuestra madre, nos asegura que todo lo que muere, vuelve a renacer en la magia del universo, en el verde de los campos, en el azul del cielo, en la vida del maíz, todo es un ciclo.

Después de decir esto, el anciano murió.

Guerrero: Xachil... Xachil, no mueras... aún tienes que hablarme sobre el Tlalocan.

Sin embargo, el anciano no dijo más. Aunque en el alma de Mixcoatl, hubo una transformación. Ya no había temor a la muerte, solo un deseo inmenso de luchar y aprovechar la vida.

* * * *

Mixcoatl continuó luchando valientemente, entregando toda su energía y deseos. La batalla duró horas, y sonriendo, observó como empezaba a ser ganada por su gente. Tiempo después, los invasores se retiraron. Aquella ciudad en ruinas, se convirtió en testigo silencioso de los últimos latidos del corazón. Sentía perder sus fuerzas. La vida se le escapaba segundo a segundo en cambio, pero su alma irradiaba paz y tranquilidad, sabía que su existencia había valido la pena y que quizá, su pueblo podría vivir en paz ...
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... de pronto, abrió los ojos y fue testigo de un espectáculo maravilloso. Aunque aun no sabía dónde se encontraba, todo era perfecto. Entonces escucho una voz. Al voltear se dio cuenta que Xachil estaba allí.

Anciano: Te lo dije muchacho, bienvenido al Tlalocan.

Después de esto, ambos se convirtieron en estrellas y desde ese día, vigilan el firmamento.



Gabriel Revelo
2002

Fragmento del cuento ‘¿Qué es la muerte?’, transmitido el 28 de octubre de 2006 dentro del programa ‘Conociendo La Otra Ciudad’ de Radio Chapultepec 560AM.

lunes, 25 de octubre de 2010

Volverse Ñor

Estaba el otro día en Facebook, cuando me encontré con esta imagen en los perfiles de una de mis amigas de la universidad:


Así no eran, ¿pues qué les pasó? De ser unas muchachas alegres se convirtieron en señoras, o bueno, no es que se volvieran, pero sí lo parecían. Tan perplejo quedé, que seguí husmeando en las imágenes de otros de mis contemporáneos. Al final me deprimí. La gran mayoría habían cambiado.

Recuerdo como si fuera ayer mis últimos días en la Universidad. Todos éramos tan jóvenes, tan modernos y tan actuales, que hoy, a seis años de distancia me cuesta trabajo creer que la gran mayoría de compañeros de mi generación han sufrido el fenómeno conocido como: volverse señor(a). No hay duda, el tiempo afecta a todos de maneras diferentes. Siempre lo sospeche, pero a últimas fechas se me ha ido confirmando más gracias a diversos artilugios tecnológicos como el Facebook, que me permite darme cuenta de la dramática transformación que muchos han sufrido.

Empecemos por definir qué es eso de ‘volverse ñor’, fenómeno que ocurre cuando uno comienza a vestirse y actuar como persona seria, madura, responsable, en fin, un señor. No lo confundamos con llenarse de arrugas o canas, no, esto de volverse ñor tiene que ver más con la actitud ante la vida. Quizá tú, amiguito, ya sufriste esta transformación y ni cuenta te has dado. Si haces reuniones cuyos invitados sólo son parejas muy estables y matrimonios, te estás volviendo ñor. Si vistes con pantalones de vestir y calzas zapatos, te fajas la camisa y usas charras elegantes de piel, te estás volviendo ñor. Si eres mujer y vas al salón de belleza a que te hagan cortes y peinados esponjados, te estas volviendo ñora. Si dejas de estar al pendiente de las novedades tecnológicas, de tu equipo de futbol, de los programas de la tele, si ves VH1 o vas por tu gusto a restaurantes de comida corrida, te estás volviendo ñor.

A mí no me ha pasado. Trato de vestirme como me gusta y no como se supone que debería. Uso mis playeras del Atlante, mis Converse viejos y mugrosos, pantalones de mezclilla, chamarras Adidas y cualquier cosa digna de un muchachón juvenil y radiante como yo. Sigo hablando de caricaturas, juego con mi perro Margarito y hago voces raras cuando se me da la gana. Me gusta no tomarme en serio. Vamos, hasta me ofendo cuando en los restaurantes los meseros se refieren a mí como ‘señor’. Me llevó mejor con los niños y adolescentes de mi familia que con ‘los grandes’, en las reuniones de ex alumnos o en reuniones de amigos me aburro si empiezan a hablar de sus vidas de casados o de hijos. Esta aberración a volverme responsable y señor debe tener su origen en que mi papá nunca se hizo grande. El papel de adulto nunca le quedó y eso me hizo muy feliz. Era bromista, alegre, se vestía como le venía en gana y siempre se vio más joven de lo que era. No conocía la pena y siempre hacía el ridículo. Por eso no conozco mejor cumplido, que cuando dicen que me parezco a él.

No quiero hacerme ñor, haré todo lo posible para evitarlo. Tampoco vestiré a mis hijos como ‘señores chiquitos’ desde temprana edad. Si muchos son felices así, bien por ellos, pero yo no quiero perder la frescura que siento, aun conservo en mi vida. "Creceré pero no me haré grande, eso lo que haré".

miércoles, 20 de octubre de 2010

500 pesos


A mi sobrino Juan Carlos suelo verlo muy poco. Serán unas tres o cuatro veces al año cuando mucho, siempre en eventos o reuniones familiares. Alto, cabello castaño. Dicen que está guapo, yo no sé de esas cosas. A sus 24 años dicen, ha tenido una vida dura, agitada, cruel. Su papá cayó preso cuando Juan apenas era un niño. Juan casi no conoció a su papá, éste murió en prisión supuestamente debido a una neumonía, versión que hasta ahora, muchos ponen en duda. Toda su vida Juan vivió con su madre. Nadie sabe dónde extravió el camino, ni porque la vida lo llevó desde muy joven a verse implicado en problemas de drogas y delincuencia. Varios familiares intentaron ayudarlo dándole trabajos y consejos. Lo último que supe de él, fue que ya estaba regenerándose y había entrado a la policía.

Jamás esperé que nuestro próximo encuentro se daría el pasado domingo por la mañana. Eran las 11 de la mañana y aun en piyama veía la televisión. Sonó el timbre. Con sorpresa vi que era Juan Carlos. Un taxi lo esperaba. Me pidió permiso para usar el teléfono y lo hice pasar. Parecía que apenas venía de la fiesta, traía los ojos algo rojos y se notaba nervioso. Una vez dentro, ni siquiera volteó a ver el teléfono, se dirigió hacia dónde estaba y muy serio me dijo:

- Bueno pues, para que me hago tonto. Tú sabes los problemas en los que siempre he estado metido. Drogas, delincuencia. Hoy me corrió mi mamá de mi casa, fui a ver a mi tío (…) y de plano me corrió y me dijo que no me quiere volver a ver. Nadie me ha querido ayudar, no sé dónde voy a pasar esta noche y la verdad estoy metido en un problemón. Debo mucho dinero, y si no lo pago hoy me van a matar. Lo único que quiero es salir de esta bronca y largarme de la ciudad. Tú ya viste, afuera está un taxi esperándome. No sé qué hacer. Entonces quería ver si podrías ayudarme con algo, de verdad lo necesito. Sé que no somos muy unidos, pero necesito conseguir el dinero...

¿Qué contestar después de esto? Después de unos segundos de incomodo silencio, sólo se me ocurrió decir:

- Mira… sólo tengo 20 pesos. Lo cual no era mentira, sino una verdad a medias. Como recién había pasado la quincena, sí tenía dinero, pero no cambio

Juan Carlos me miró con cara de ‘no mames’. Seguramente su deuda era mayor y yo ofreciéndole 20 míseros pesos. Él estaba desesperado, seguía hablando de sus problemas y de la situación insalvable en la que estaba. Comencé a intranquilizarme. No es que le tuviera miedo a mi sobrino, ni que pensara que él pudiera hacerme nada, pero tener una situación así en la sala de mi casa resultaba estresante. Entonces cometí lo que hasta ahora no sé si fue un error o un acierto: abrir mi bocota.

- Bueno… lo más, pero lo más que podría hacer… y fíjate, me dejarías ‘despelucado’ y sin dinero, sería darte 500 pesos. ¿te sirven?

Apenas mencioné lo que le ofrecía, su semblante cambió.

- Sí, me sirven mucho. Gracias. Es que mira, hasta traigo un cuchillo para asaltar a alguien si no consigo el dinero…

Y que saca un cuchillo oxidado y filoso de la bolsa izquierda de su pantalón. Sabrá Dios qué cara hice, pero Juan Carlos intentó tranquilizarme

- … obvio, no iba a hacerte nada. Eres familia y se han portado bien conmigo.

Juan Carlos me abrazó y entre agradecimientos prometió no volver a molestarme, que esa sería la última vez. No pude evitar percibir un fuerte olor a alcohol mientras lo tenía más cerca. Se retiró de mi casa y sólo alcance a decirle que se cuidara.

Después de ese encuentro pasé varias horas pensando en lo que había hecho. Me dolía haber perdido 500 pesos de esta forma. Suelo ser muy recatado y dudoso para gastar dinero. Antes de comprarme algo me lo pienso mucho, y ahora, de buenas a primeras perdía un billete de la nada. Ignoro que tan valido sea decir que malgasté el dinero, supongo que la respuesta la tendrá Juan Carlos. Quisiera que mi pequeña aportación sirva para que de una vez por todas pague su deuda y encause su vida. Por desgracia algo me dice que peco de optimista.

De cualquier manera, un buen porcentaje de la cantidad que entregué a Juan Carlos acabará engrosando las finanzas del narco y crimen organizado. A esa maquinaria maldita no le importa valerse de lo que sea con tal de fortalecerse. Acaba con la vida de miles de personas y la convierte en un infierno para quienes están cerca.

Desde el domingo hasta hoy le he contado mi anécdota a varias personas. Me han dicho que debo acercarme más a Juan Carlos y ayudarlo; otros me recriminan mi debilidad, haberle dado dinero de una manera tan sencilla. Seguramente ambas posturas tienen razón. Sigo recriminándome el haber sido tan cobarde y no haber hablado con él. Pude haberlo detenido de cualquier manera y dejé que se fuera. Desconozco que hizo con los quinientos pesos, si pago su deuda, dónde está pasando las noches o si asaltó a alguien… Perder mi dinero fue lo de menos.

Si vuelvo a ver a Juan Carlos quiero verlo recuperado, de lo contrario y por mucho que duela, prefiero no encontrármelo.

jueves, 14 de octubre de 2010

Por una maldita palomita de maiz


Me confieso fanático de comer palomitas de maíz en el cine. Si no lo hago, siento que me falta algo y que la experiencia de ver una película en pantalla grande no está completa. Las disfruto tanto que hasta puedo terminarme una cubeta solo. Uno jamás imaginaría que esas botanitas ricas y saladitas, blanquitas y suavecitas, pudieran ser capaces de hacernos el menor daño. Pues bien, aunque no lo crean, a mi una palomita me ha traído sufrimiento, dolor y mucha preocupación.

Mi triste historia comenzó a principios de éste año, cuando una tarde cualquiera, acompañado de mi novia fui a ver una película a la Cineteca Nacional (creo que fue Tokyo, pero no estoy seguro). Como siempre pedí palomitas y refresco en lata. Todo sucedía con normalidad hasta bien avanzada la película, cuando en un movimiento inconsciente pasé mi lengua por una de mis muelas y sentí un hueco inmenso. Aquel espacio vacío no estaba ahí unas horas antes. Por supuesto, me saqué de onda. A uno no le enseñan cómo reaccionar bajo circunstancias así. Al principio, a pesar de mi desconcierto, fingí tranquilidad. Volví a repasar con la lengua el hueco y me di cuenta que en efecto, me faltaba un pedazo de una de mis muelas inferiores de la izquierda. Lejos de preguntarme cómo había perdido media pieza dental, mi única interrogante era ¿y si huelo a muela podrida? Instintivamente seguí comiendo palomitas y fijando la mirada en la pantalla, aunque sin ponerle atención del todo. Al terminar la función no hablé hasta que fui a la dulcería y compré unas Halls. Ya con más confianza, todavía fui a cenar unos tacos.

Pasaron los días, las semanas y los meses. Como buen mexicano no hice nada para resolver el problema de la muela rota y pensaba que algún día las cosas se solucionarían solas... total, si no me dolía ni nada, no tenía por qué preocuparme. No negaré que sentir un hueco en mi dentadura era algo raro, pero no era un asunto de vida o muerte. Para desgracia de mi conchudez, esa muela empezó a dolerme hace unas semanas. Las primeras veces fingí demencia y sufrí en silencio. Poco a poco fue aumentando hasta volverse una gran molestia.

Mi plan no era ir al dentista, pues pocas cosas me dan tanto miedo como los odontólogos. Reconozco que soy bien maricón para estas cosas, pero llegué a un punto en el que mi situación era insoportable. Ni hablar, no me quedó de otra más que sacar una cita y esperar una cura milagrosa. El día llegó. Año y medio de mi último chequeo, volví a pisar un consultorio dental. Después de un chequeo rápido, el doctor me dijo que tenía mi muela fracturada. Le conté lo del cine y sin sorprenderse, me contó que aquello de romperse dientes al comer palomitas era muy común.

A lo largo de quince días el dentista desgraciado me hizo una curación y después protegió mi muela con una incrustación de metal, motivo que por cierto, no me hizo la menor gracia. Según yo, eso de traer dientes dorados y cosas metálicas en la boca es de gente pobre y vieja, no para un muchacho joven y carismático como yo. Al menos, esa pieza horrible y dorada en mi muela no se ve a simple vista. Ahora me siento Robocop, maldita sea. Por desgracia, lo peor no fue eso, ni que me haya encontrado otras dos caries pequeñas. Lo verdaderamente malo es que en una de mis consultas, el doctor (alias viejo fastidioso) descubrió que me está saliendo una muela del juicio. Inmediatamente mandó a que me sacaran radiografías y salió esto:



Esto que parece una mazorca chueca es mi dentadura. Se supone que dos molares inferiores están a nada de salir fuera de lugar y provocarme un gran problema. El dentista me dice que se requiere hacerme una cirugía para abrirme la encía y extraer las piezas. Que estaré incomodo un buen número de días y que al principio no podría ni hablar. En otras palabras: me espera una chinga.

Esta tarde de nuevo fui al dentista, aunque la operación aun no tiene fecha, el peso del destino ya me abruma. La última vez que me dio por huir de lo impostergable fue precisamente antes de una extracción dental. Pero ahora es peor, se trata de una canija operación a la que siempre le hui. Por lo pronto, a gozar antes de que me cargue la fregada. Lo que más coraje me da, es que todo pasó por culpa de una insignificante palomita de maíz. A ella le debo haber ido al dentista, tener mi muela dorada y una dolorosa e incómoda cirugía. En estos momentos cientos de personas comen palomitas de maíz sin saber del peligro que corren. Mínimo, las bolsas del cine deberían traer una leyenda de advertencia como ocurre con los cigarros.

Mañana iré al cine y sí, compraré palomitas. No aprendo.

martes, 5 de octubre de 2010

¿Por qué, Señor, has callado?


“En un sitio como éste, las palabras no sirven. Al final, sólo
puede haber un terrible silencio, un silencio que es un llanto del corazón a
Dios: ¿Por qué, Señor, has callado?¿Cómo pudiste tolerar esto? ¿Cómo pudo
permitir esta eterna matanza, el triunfo del mal?

Nuestro silencio se
convierte en cambio en un pedido de perdón y reconciliación, un llamado para que
Dios no permita que esto vuelva a ocurrir”


-Papa Benedicto XVI,
en su visita el 28 de mayo de 2006 al campo de concentración nazi de Auschwitz en Polonia.


… leo estas palabras y advierto un pequeño cambio (o acaso advertencia) sobre el silencio de Dios hacia nosotros. Quizá nos éste hablando más que nunca, basta ver los noticieros. Lo malo es que ni así lo escuchamos.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Tlacotalpan, 4 años después.


El 14 de abril de 2006, publiqué el siguiente post en mi antiguo blog:

Tlacotalpan sigue siendo ese lugar en el que hasta el aire huele a pasión y el paisaje, en cualquiera de sus puntos cardinales, se vuelve arte.

Pasando el poblado de Alvarado, a unos 60km del puerto de Veracruz se encuentra Tlacotalpan. Hasta esa tarde, la ultima y primera vez que había ido fue hace doce años. Declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO, me habían contado que era un lugar de ensueño, aunque la verdad, no creía recordarlo así.

Por eso aproveché esa tarde de abril. Tenía unas horas de haber llegado al siempre cautivante puerto de Veracruz y tenía tiempo de sobra antes de dirigirme a Catemaco, mi destino final. Surgió así la idea de desviarnos a Tlacotalpan. El día estaba radiante, el auto corría como nunca lo hace en la ciudad y francamente me encontraba de buen humor (ingrediente necesario para animarse a correr cualquier aventura). Media hora después, mi humilde automóvil tomaba la desviación hacía el pintoresco poblado. Para quienes no tengan el placer de conocer este lugar, bastará con decirles que la magia comienza desde la carretera. Un caminito de dos carriles (que por cierto estaba en reparación) rodeado de vegetación, manglares y el río Papaloapan, que por momentos te da la sensación de ir flotando sobre aguas de un azul cielo impecable.

Cuando finalmente llegas a Tlacotalpan, comprendes que todos los comentarios acerca de su belleza se quedan exageradamente cortos. Basta caminar por su plazuela principal para que a uno se le encoja el alma. Gracias a Dios he visitado muchos poblados de mi México, pero ninguno se compara a Tlacotalpan, cuyas calles medio vacías nos dan tranquilidad total. Su iglesia, su parquecito cálido y acogedor, su kiosco y su capilla, todo en armonía.

Caminé por sus calles. Me deleité con sus casitas de una sola planta, todas pulcramente pintadas con colores brillantes. El pueblo es pequeño, y sin embargo me perdí entre tanto paisaje ensoñador. Sin saber cómo, llegué a la casa en donde, según una placa, había nacido Agustín Lara. ¡Con razón el ‘flaquito de oro’ le cantaba a la vida y al amor de ese modo! Cualquiera que tuviera esos paisajes inspiradores no podría hacer menos que enamorarse con cada atardecer. En una banquita, frente a la estatua de unos jarochos bailando, tomé un refresco a la orilla del Papaloapan, mientras pensaba en lo bello de este estado. Veracruz tiene algo, eso es definitivo. Gracias a Dios vivo en un país como México, siempre sorprendente, siempre amable. No importa cuánto más escriba, tendrían que estar ahí para que me entendieran del todo.

Tiempo después dejé Tlacotalpan y continúe mi camino. El radio sintonizaba una estación local, misteriosamente la canción
'Arráncame la vida' (del maestro Lara) comenzó a sonar, guiándome amorosamente por la carretera. A lo lejos, en mi retrovisor, Tlacotalpan se perdía.

Quisiera que el tiempo se detuviera en mis palabras. Volví otras tres veces a Tlacotalpan, encontrando siempre una infinidad de razones para inscribir sus paisajes en la memoria de mis momentos perfectos. Por desgracia hoy Tlacotalpan, mi Tlacotalpan, se encuentra en situación de emergencia. Las constantes y torrenciales lluvias que han azotado gran parte del país hicieron que varios ríos (entre ellos el Papaloapan) en el estado de Veracruz se desbordaran y causaran estragos e inundaciones. Por unas semanas buena parte de Tlacotalpan estuvo bajo el agua, incomunicado y en condiciones precarias. Su gente fue evacuada mientras las casas y templos del poblado soportaban estoicamente las corrientes de agua que amenazaban con doblegar sus estructuras.

Las imágenes de los noticieros mostraban aquellas calles en las que tantas veces he caminado convertidas en un río incontrolable. Los desastres naturales adquieren otra dimensión cuando los sentimos más cercanos y ocurren en lugares que amamos. Poco a poco y con el paso de los días el nivel del agua bajó. La población volvió a su pueblo querido y empezó la reconstrucción y limpieza de esas casas que no cedieron ante la fuerza del agua. Por desgracia en estos momentos, ante la amenaza de nuevas lluvias, esta gente noble y trabajadora han sido desalojados de nuevo ante el riesgo de más precipitaciones e inundaciones.



Escribo esto porque me duele lo que pasa. En mi caso es Tlacotalpan, pero seguramente muchos tienen lazos afectivos con los diferentes pueblos y regiones que hoy se encuentran en desgracia. Algo estamos haciendo muy mal como personas, como humanidad, para que la naturaleza se desequilibre así. No pretendo decirles que ayudemos en centros de acopio pues todos somos conscientes de nuestras responsabilidades. Lo aterrador de que ocurran estas cosas no es tanto lo que oímos o vemos en los medios de comunicación, sino el imaginar que algún día los vulnerables seamos nosotros. Ayudar desde nuestra trinchera, es lo único que puede quitarnos la impotencia de ser tan pequeñitos ante la fuerza de la naturaleza.

Volveré a ese rinconcito de sueños en la primera oportunidad. Todo esto que está pasando sólo es para que resurja más bello que antes. Espérame, prometo regresar.

lunes, 27 de septiembre de 2010

La Insoportable levedad del ser


Fue el mero destino el que hizo que una tarde cualquiera me topara con esta novela en una librería. Aunque su titulo ‘La insoportable levedad del ser’ me resultaba conocido, siempre pensé que era un libro completamente cargado a la filosofía. Idea, por cierto, compartida ‘erróneamente a medias’ por muchas personas. Después de leer la reseña del libro me aventuré a comprarlo. Fue mi primer novela de Milan Kundera. Autor que muchos me habían recomendado pero que no había tenido la oportunidad de revisar. Ahora me parece poco menos que un genio. Sí, como García Márquez, Vargas Llosa, Kafka y una lista de plumas maestras que podría seguir enumerando. ¿Será malo tener tantos autores favoritos?

Los hechos de ‘La Insoportable levedad del ser’ ocurren en la antigua Checoslovaquia, principalmente en la ciudad de Praga, en medio del drama de la invasión soviética. No obstante, la fascinante trama hace que la acción narrativa también se desarrolle en otras ciudades del mundo, como las suizas Zurich y Viena, la melancólica París, el enigma de Bangkok en Tailandia y hasta en Nueva York, del otro lado del Atlántico. Todas ambientadas con el talento de un autor maestro en el manejo del tiempo y circunstancias.

-Un gran circulo. Perfecto- Así defino esta historia en apariencia simple. Dos parejas relacionadas entre sí. Por un lado, está el amor entre Teresa y Tomás. Marcado irremediablemente por los celos de ella, y la pasión de él por otras mujeres. En el otro extremo (no por esto, necesariamente opuesto), la pintora Sabina y el profesor Franz, pareja de amantes que, salvo la cama en distintos hoteles europeos, no comparten nada. Sabina, además de ser también amante de Tomás, vive obsesionada por el deseo de traicionar a todos, incluso, a sí misma. Quiere escapar de la pesadez y encontrar la levedad del ser. Contrariamente, Franz se encuentra convencido de que el idealismo en el que habita (y que lo orilla a la casi adoración de su musa) es la única forma de vivir. Todo esto fluyendo en una estructura de repeticiones que lejos de aburrirnos nos interna cada vez más en cada uno de los personajes y en sus complejas psiques, como un remolino del que el lector no podrá escapar.

Cabría aclarar que La Insoportable Levedad del Ser es mucho más que una novela. También es un tratado filosófico –razón por la cual, en el primer párrafo de ésta entrada utilicé el término ‘erróneamente a medias’- acerca de la ideología política socialista de los años 60´s, acompañada por planteamientos sólidos sobre la libertad del hombre y su relación con el amor. Milan Kundera tuvo la sapiencia de construir una obra de alcances infinitos en la que cada personaje nos parece familiar. Mientras leía, a ratos y en diversas circunstancias me sentí Tomas, Teresa, Sabina y Franz. Verte reflejado de tantas formas, como en una gigantesca casa de espejos da miedo, pero también es adictivo.

Amor, desamor, infidelidad, traición, ternura, casualidades, amor por los animales, el arte como remedio contra el sistema, la idealización, la lucha por los ideales, el saber rendirse ante el otro. Todos temas de una novela llena de simbolismos que se repiten igual, pero diferentes. La vida es una, no hay oportunidad para el error ni ensayos. Todo sale en una toma.

Háganse un favor y léanla, es una orden.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Quitarse la verde


Antes de los once años poco me importaba el futbol. Me aburría verlo por televisión y nunca había ido a un estadio. Poco después la Selección Nacional de Mejia Barón jugó la eliminatoria para el Mundial del 94 de forma brillante y tuvo una gran Copa América llena de brillantez. La entrega y pasión con la que los jugadores defendían aquella playera verde me contagió. Así me hice aficionado al futbol y me volví un incondicional de la Selección Mexicana. Algo tenía ese equipo que me hacía sentirme orgulloso de verlo jugar. Desde entonces lo supe, vestir los colores de México debía ser algo maravilloso, un privilegio al que sólo acceden los mejores. Recuerdo que cuando me compré mi primera camisa de la Selección y me la puse me sentía feliz, no quería quitármela. Aunque suene exagerado, portándola me sentía capaz de cualquier cosa.

18 años después sigo usando aquella playera y otros modelos más recientes. Aunque no sea nada barato; he ido al estadio infinidad de veces para apoyar a México en sus partidos; falté a clases e incluso al trabajo por ver algunos juegos; he llorado y reído en derrotas y victorias; grité goles hasta quedarme afónico; maldije frente al televisor y celebré cosas históricas en el Ángel de la Independencia. Por desgracia, a lo largo de éste tiempo la Selección sigue ahí, pero sin corazón.

Quién sabe cómo se ha ido devaluando tanto el ser seleccionado nacional, pero lo cierto, es que alcanzó su hecatombe la noche del pasado miércoles 8 de septiembre, cuando después de jugar un partido amistoso contra Colombia, algunos jugadores se vieron envueltos en una escandalosa fiesta que se prolongó hasta altas horas de la noche, y en la que se dice, hubo prostitutas y hasta un travesti. Mucho se habrá hablado ya de esta dichosa celebración y de las multas de 50 mil pesos y la suspensión de Efraín Juárez y Carlos Vela del equipo por seis meses, que la Comisión de Selecciones Nacionales de la FMF dio a varios integrantes de la Selección.

Podrá decirse que el castigo fue leve, que 50 mil pesos para jugadores de estas características es risible y que incluso, el no ser convocados a juegos amistosos es un descanso. Lo que en verdad tiene en jaque a los jugadores sancionados es que se les haya exhibido públicamente. Se dicen dañados moralmente, tristes por el manejo que se le ha dado a los acontecimientos y que tenían derecho a reunirse pues oficialmente ya estaba rota la concentración. Que digan misa si quieren. A mí su actitud me da vergüenza.

Soy joven y me divierto, algunas veces se me han pasado las copas y he participado en fiestas nada santas. Aun así, soy un convencido de que todo tiene su tiempo. Juzgo a los seleccionados no por lo que hicieron, sino por lo que representaban cuando lo hicieron. Qué carajos importa que la concentración ya hubiera terminado, su imagen como seleccionados los obliga a tener un comportamiento integro. No sé si esos que hoy se quejan por haber sido sancionados sepan que el sueño de miles de personas es estar en su lugar, teniendo el privilegio de llevar el nombre de su país hasta lo más alto posible. Es increíble que una distinción tan grande sea tomada tan a la ligera por supuestos profesionales. Me da coraje escuchar a Rafael Márquez, Nery Castillo, Guillermo Ochoa, Cuauhtémoc Blanco y a otros muchos, indignados porque después de muchos años se tuvo la acertada decisión de ubicarlos en tiempo y espacio.

Qué estos jugadorcitos digan lo que quieran, que amenacen con abandonar el barco si quieren. ¿Qué se creen? No han ganado nada y están lejos de estar entre los mejores futbolistas. A la hora buena no han dado el estirón y aun así se creen inalcanzables, necesarios, únicos. Por mí que se vayan, total, no serán eternos. Me duele que le hagan esto al equipo de futbol que me representa. Si pudieran sentir la ilusión y ganas de comerse al mundo, que un aficionado siente al ponerse la playera que ellos desdeñan con su actitud, probablemente valorarían lo afortunados que son.

Se dice que estás fiestas tienen años llevándose a cabo. Que en esta y otras ocasiones, hay historias inimaginables y escabrosas de indisciplinas en torno a la Selección Nacional. La novedad es que ahora se tomaron cartas en el asunto. Néstor de la Torre, director de Selecciones Nacionales decidió poner en juego su puesto y se echó encima a federativos, jugadores y parte de la prensa. Probablemente su cabeza ruede injustamente pero el antecedente de disciplina ahí está, con todo y cobardones sumisos que se niegan a que el futbol en México dejé el oscurantismo y sea tomado en serio. Néstor le es incomodo a muchos, pero su actitud es ejemplar.

Basta de jugadores comodinos e intocables. Que se larguen todos los mafiosos de la Federación Mexicana de Futbol cuyos intereses económicos nos están llevando al demonio. Justino Compeán y Decio de María, a ustedes también debería darles vergüenza. Gracias por hacer de mi Selección una pachanga.

Me quito la playera que ustedes representan. Me quedó con el corazón que ustedes desecharon, con eso me basta y sobra.

lunes, 20 de septiembre de 2010

El peor día de mi vida (hasta los ocho años)


¿Cuántas veces no hemos escuchado la frase ‘éste ha sido el peor día de mi vida’? Todos la hemos dicho al menos una vez. A veces exagerando las cosas, a veces como una triste afirmación. Todos tarde o temprano tendremos ese dichoso día, sin saber si será la última vez que afirmemos tal cosa.

Pues bien, qué pensarían si les dijera que la primera vez que dije ‘éste ha sido el peor día de mi vida’ fue cuando apenas tenía ocho años y era un niño gordo. Aquí estoy, listo para contar otra historia ridícula y sin chiste de mi vida en la que la constante es, como siempre, demostrar que para hacer el ridículo me pinto solo.

No recuerdo bien ni el día, ni el mes en el que ocurrieron los hechos. Lo cierto es que cursaba el tercer año de la primaria y que esa mañana tenía educación física. No sé en las demás escuelas públicas, pero en las mía, hacíamos unos ejercicios de correr, tocar una base, darle una vuelta y regresar. La dichosa base era una lata de leche grande llena de cemento para que pese y con un palo de escoba en el centro. Llegó mi turno y al girar tiré la dichosa base, provocando que el palo de esta se rompiera. De inmediato se hizo silencio. Todos voltearon a verme y el maestro de educación física (se llamaba Paco y ahora que hago memoria era igualito a Ari Telch) me mandó a llamar. Mientras caminaba hacía el sentía miedo y vergüenza, hasta ese entonces había sido un niño ñoño que en nunca en su vida se había metido en problemas, por lo que toda esa situación era nueva e indeseable para mí. Me dijo que al otro día tenía que reponer el material que había roto y sin hacer más comentarios continuó dando clase.

Las siguientes horas de la mañana las pasé preocupadísimo pues no tenía la menor idea de cómo podría hacerle para reponer lo que había roto. El único que podría ayudarme era mi papá, pero no estaba seguro de cómo tomaría la noticia de que su hijo en lugar de estudiar se la pasaba rompiendo el material de clase. Tanto era mi nerviosismo e incertidumbre que me olvidé de ir al baño, situación que derivó en unas ganas incontenibles de hacer pipí a la hora de la salida. En cuanto sonó el timbre fui derechito al baño, el cual para mi desgracia estaba cerrado. Otro compañerito de mi grupo llegó con la misma urgencia. Era tanta nuestra urgencia que tuvimos la ocurrencia de ir a las jardineras que están detrás de una hilera de salones. El lugar estaba tan solitario que pensamos no habría ningún problema si nos ‘echábamos una firma’ en las plantitas. Y pues ya saben que pasó después... lo malo fue que no nos dejaron terminar nuestras labores orinativas pues un escuincle morboso se asomó en una ventana de los salones y gritó “miré maestro, dos niños están miándose en las plantitas”.

Intentamos escapar, pero el maestro de ese grupo (5to de primaria) salió con todos sus alumnos (yo creo que querían verme) salieron e impidieron nuestra fuga. Fuimos llevados a la dirección como delincuentes. La directora dijo que al otro día tendrían que ir nuestras mamás a hablar con ella, o de lo contrario nos negarían la entrada. Salí deprimido. No sólo porque todavía me andaba de la pipí, sino porque en un día había cometido dos cosas muy graves. Nunca habían recibido queja alguna de mi en casa y de un día para otro llegaría con dos castigos. Mi primaria y mi casa estaban a una distancia de 5 minutos caminando (sólo había que atravesar un parque), pero esa tarde dilaté más de media hora en llegar. No quería enfrentarme a mis padres y recibir más castigos por mis errores del día. Aquel terror psicológico era tan intenso que inclusive llegué a imaginar que me correrían de casa. No sabía que había sido peor, si romper el palo de la cubeta o haberme orinado en las plantas. Aquel en definitiva era el peor día de mi vida.

Cuando hice mi aparición en casa decidí tomar valor y contar de una vez lo ingrato de mis acciones. Seguramente mis papás me notaron preocupado pues me preguntaron que tenía. Respiré hondo y confesé mis delitos. Primero el del palo que rompí, luego del de la pipí. Justo cuando esperaba los cinturonazos y los castigos represores ocurrió lo que menos esperaba. Mis padres ni se inmutaron. Ningún rastro de enojo se asomó en sus rostros. Con una calma tranquilizadora me dijeron que no había problema, que mi papá iría a comprar un poco de cemento con el que rellenaría una lata de leche vacía y en su interior pondría un palo de escoba para que al otro día lo llevara a cambio del que había roto. Mi mamá por su parte iría a platicar con la directora al otro día y solucionaría el problema. Dicho esto comimos y la tarde transcurrió como si nada.

La historia termina en que mi mamá y la de mi compañero de orina hablaron con la directora, la cual (vieja desgraciada, ojalá ya esté muerta) les dijo que como castigo a nuestra acción tendrían que pintar los muros de la fachada de la primaria. Mi mamá indignada le dijo que ella no tenía tiempo pues también era maestra y a esa misma hora daba clases. No sé si fue por complicidad o de plano manejo de influencias, pero al final la directora le perdonó la penitencia a mi mamá. No así a la mamá del otro niño mión, que por la marranada de su hijo tuvo que pasar varias mañanas pintando.

La moraleja es que por más obscuro que se vea nuestro horizonte siempre saldrá el sol. Quizá ese día mis problemas eran insignificantes, pero a lo largo de mi vida he aprendido que las cosas siempre se solucionan. Tomarse la vida tan en serio casi nunca ayuda.

Y ya. Pueden dejar de leer.
¡Hasta la próxima!

lunes, 13 de septiembre de 2010

Felices 200 años México


No amo mi patria.
Su fulgor
abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por
diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques, desiertos,
fortalezas,
una ciudad desecha, gris, monstruosa,
varias figuras de su
historia,
montañas
- y tres o cuatro ríos".

Alta traición, José
Emilio Pacheco.

Nadie tiene el registro exacto, pero habrá sido a inicios de éste año cuando la palabra ‘Bicentenario’ se convirtió en la más repetida en éste país. De pronto, tanto los medios, los anuncios, las platicas casuales, los productos, los ideales y casi cualquier cosa con algo de tendencia mexicana pasaban a ser catalogables como bicentenarias. Sin querer pecar de oportunismo, éste blog tendrá su post Bicentenario. No por moda, sino porque me nace del corazón. No por sentirme parte del montón, sino porque dentro de mí nace un orgullo que satura cada una de mis células.

El próximo 16 de septiembre, a las once de la noche para ser más exactos, México celebrará el aniversario número 200 del inicio de la lucha de independencia que a la postre nos convertiría en una nación independiente. Como si no fuera suficiente, dos meses después (20 de noviembre) se cumplirán 100 años de la Revolución Mexicana. 1810, 1910, 2010, las cifras por si mismas estremecen. Sé que hay cientos de personas dirán que poco o nada hay que celebrar en medio de crisis económicas, altos índices de desempleo, inseguridad, desastres naturales y disputas políticas. Respeto su opinión, más no la comparto. El que mi país cumpla uno, dos o doscientos años de vida es motivo más que suficiente para sentirme feliz ¿no hay nada que festejar? Tenemos un portentoso pasado prehispánico, un bagaje cultural envidiable, paisajes hermosos, ciudades y poblados de una belleza sin igual, gente cálida y mujeres hermosas, un colorido y folklore muy especial en cada rincón.

Soy una simple partícula de México. Un pequeño ente viviente que sin embargo late y le da vida. Desde mi insignificancia le dedico estas palabras:

"Patria mía:


No sé a bien cuando comencé a quererte de esta manera. Sólo sé que desde muy pequeño, la palabra México estremece con alegría y honor mis cuerdas vocales cada que la pronuncio. Cumples 200 años y te encuentro joven, radiante, igual de misterioso que la primera vez que recorro cada uno de los muchos caminos que ofrece. Eres uno y muchos a la vez. Te amo por lo que eres y lo que me has dado. Esta pasión va más allá de tu bandera, tu himno y tu escudo. Valiente saco el pecho al saberme uno de tus hijos y tener el privilegio de llamarme mexicano. Para mí el decir ‘mi patria es primero’ no es una frase histórica, es un precepto, una obligación que va más allá de cualquier religión. Te respiro y más me enamoro. Definirte no es imposible, para eso está la música de mariachi, los boleros y los sones para cantarte; Paz, Sabines y Fuentes para escribirte; Siqueiros, Rivera y los códices para pintarte. Está Guanajuato, Zacatecas, Monterrey, Tlacotalpan, Los Cabos, la Ciudad de México, Acapulco, Campeche, Chiapas, Mazatlán, Guadalajara… refugios a los cuales volver una y otra vez. Mi hogar, mi fuerza, mi totalidad. Me siento estúpido felicitándote cuando el privilegiado soy yo. Saberme tan mexicano como el Popocatepetl, el Estadio Azteca, una tarde en la Alameda, una película de Pedro Infante, unos tacos, o un gigante de Tula. Podrán haber países más prósperos, más seguros, más estables, pero tú eres mío y aunque volviera a nacer no te cambiaría nunca, por nada. Cumples doscientos años y cualquier palabra sobra ya, felicidades México de mi corazón. Gracias por enamorarme una y otra vez. Cada día trataré de ser digno de ti".

Esto y mucho más es mi país. Si me ven llorar y sonreír como loco mientras grito ¡Viva México!, mañana en la noche, ya saben porque es.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Y hoy resulta


Y hoy resulta que todo sigue igual, el aire (parece) es el mismo.
Los niños juegan en la calle, nuestros ancianos caminan por la tarde.

El mundo sigue inerte en la parsimonia de la rutina,
y en la estresante realidad que nos consume,
desnuda y mata lentamente.

No te engañes, sigue siendo el mismo mundo.
El mismo en el que tus abuelos se conocieron,
en el que mis padres se entregaron al amor.
El mismo en el que te conocí.

Hoy resulta que este mundo (parece) es el mismo,
y no hay motivos para dudarlo.
¿Será que estoy loco? ¿por qué nadie lo nota?
Quizá mi pensamiento abandona toda razón.

Ya nada es igual,
lo noto en el tiempo que se ha detenido
en la imperfección de las almas.
Lo noto en este vacío que me provoca tu ausencia.

Y recuerdo mi delirio por ti.
Por lo que me profesaste, por la amorosa sabiduría
que aprendí en la cálida compañía
de tu mágica mirada azul cielo.

En la batalla del olvido, termino derrotado por el recuerdo.

Amor, ¿lo ves?,
el mundo, tu mundo, mi mundo.
La vida, tu vida y la mía sigue...
pero separados...

Ojalá y vuelvas algún día. Puedes hacerlo...
Vuelve, para ordenar el cielo,
curar el agua del tiempo y
pintar de nuevo los atardeceres...
mis atardeceres...

Y hoy resulta,
que tu presencia es lo único.

Gabriel Revelo
Enero 2004

lunes, 6 de septiembre de 2010

Mi primera vez en las luchas




Este texto es sobre sueños pendientes que llegan a cumplirse.

Siempre me sentí especialmente atraído por el mundo de la Lucha Libre (la mexicana, no la gringa). De pequeño no sólo leía revistas de luchas, también tuve mi ring de madera con cuerdas de liga, mis luchadores de plástico y hasta usaba caparas y máscaras de los ídolos del pancracio. Ya fuera en televisión o en video beta, no había nada mejor que ver alguna película del Santo. Incluso, uno de los recuerdos favoritos de mi infancia que guardo con más cariño ocurrió cuando un sábado en la noche pasaron en televisión abierta la pelea del Rayo de Jalisco Jr. (mi luchador favorito en esos tiempos) contra Cien Caras. Tengo grabada en mi mente el momento en el que el Rayo entró vestido de Mariachi a la Arene y como el rival le rompió una guitarra en la cabeza. Aquella lucha apocalíptica aun hoy es considerada como una de las mejores de la historia.

Bonus: Si andan en los 25-30.Vean la primera, la segunda y la tercera caída para que revivan como yo su infancia. La épica batalla entre Rayo de Jalisco Jr. y Cien Caras.

Pasó el tiempo pero no me alejé del todo de ese mundo. Quizá por eso, aunque al paso de los años dejé de ver las funciones en televisión o leer lo que pasaba en ellas, en mis años de Universidad acostumbraba a traer un luchador de plástico corriente en la bolsa de las camisas, pues según yo, iban a ponerse de moda. Lo aclaro: no era fanático del deporte en sí, sino de los luchadores convertidos en personajes arraigados en la cultura mexicana.

A pesar de lo anterior, nunca tuve la oportunidad de ir a la Arena. No es que no tuviera ganas de asistir, solo que nunca se me presentó el momento. Durante todo ese tiempo escuché todo tipo de cosas sobre las arenas de lucha libre, desde que era un espectáculo increíble, hasta que era un lugar al que sólo se iba a escuchar majaderías. Mi curiosidad siempre estuvo ahí, así como el deseo de algún día entrar a uno de esos lugares en dónde los hombres se vuelven leyendas vivientes. Aquel sueño de mi niñez, a pesar de no ser irrealizable ni mucho menos, se me había esfumado sin que me diera cuenta, en algún momento dejó de ser prioritario y se escondió en el rincón en donde guardo mis ayeres.

Una tarde cualquiera la idea de ir a una arena de lucha libre salió del baúl de los recuerdos, cuando un compañero de mi trabajo nos dijo que tenía la oportunidad de conseguir boletos para la función del 77 Aniversario de la Arena México. Sin mucho entusiasmo pedí encargué un boleto. Conforme se acercaba la fecha comencé a ver que en los periódicos le dedicaban cada vez más espacio a notas sobre aquella función en la que el plato fuerte sería un evento llamado “El Juicio Final”, en el que 14 luchadores pondrían en juego sus marcaras dentro de un ring enjaulado. Poco a poco fue naciendo en mí una especie de expectativa. No sabía exactamente por qué, pero sospechaba que esa noche sería especial.

El 3 de septiembre de 2010 quedará grabada en los registros de mi vida como la noche en la que pisé por primera vez una Arena de Lucha Libre. Ataviado con la playera del Santo que compré en su tienda-café acudí a mi primera vez en las luchas. Si bien la función empezaba a las 20:30, a esa hora apenas íbamos saliendo de la estación de metro Balderas. Desde calles atrás el ambiente ya era especial. Gente usando sus máscaras, la vendimia de los puestos ambulantes vendiendo montones de productos alusivos a las luchas, los claxonazos y aceras atestadas de todo tipo de personajes. Después de unos veinticinco minutos de hacer fila finalmente entré por una de las entradas principales. Mi primer pensamiento dentro de la Arena México es indescriptible. Recuerdo haber visto el techo, la enormidad de un lugar que me habían dicho ‘no es tan grande como parece’ y que me sorprendió. Mientras buscábamos nuestras butacas vi el ring, lo imaginaba más grande. Después, ya en mi butaca, reparé en más detalles como el escenario del que salen los luchadores y que no esperé que fuera tan amplio. Después los sonidos. Aquel lugar pletóricamente lleno tenía un ambiente que ni siquiera posee un partido de futbol. La pasión desbordada en cada rostro, en cada acción, las porras, las groserías llenas de ingenio y un respeto que me impactó. Todos respetándose entre sí. No importaba la diversidad de edades ni la diferencia de clases sociales. Todos convivían y profesaban una especie de religión mágica cuyo encanto comenzaba a seducirme. Todo esto pasó en cuestión de minutos. Tan hipnótico era el entorno que ni siquiera había reparado en que varias luchadoras ya estaban enfrentándose en lo que fue la primera lucha de la noche.

Entonces todo ocurrió rapidísimo. Una a una fueron pasando las peleas sin que me diera cuenta. Con mis propios ojos veía entregarse a varios personajes que antes ocupaban mis juegos. Ahí estaba Atlantis, el Blue Panther ya sin máscara, el Negro Casas y hasta el amado/odiado Místico. Finalmente saldaba con creces una antigua deuda conmigo mismo y entendía la razón por la que éste espectacular deportes es parte de la idiosincrasia del mexicano. En cada instante, en cada rincón, en cada golpe, se respira pasión.

Cuando la lucha final entre La Sombre y Olímpico transcurría, me ocupaba ya muy alejado de la realidad. Era uno más de los frenéticos aficionados que gritaban y ovacionaban cada llave, cada lance, cada golpe. Contenía el aliento cada que uno de los gladiadores ponía de espaldas planas al otro y el réferi comenzaban la fatídica cuenta de las palmadas de los tres segundos. Al final La Sombra venció a Olímpico y esté se despojó de su máscara. Se vivía un momento solemne que el público enmarcaba con una sonora ovación.


De cualquier manera fue irreal, adictiva… como ocurre en estos casos, lo único que deseo hacer es repetirla.


¿El momento exacto en el que nace un héroe?

Unos diez minutos después la Arena México comenzó a vaciarse. En algún momento giré mi cabeza y una escena llamó poderosamente mi atención. A tres filas de dónde estaba un niño de unos 14 años lloraba con rabia. ‘Es el hijo del Olímpico’ me comentó uno de mis compañeros. Algunos familiares a su alrededor también se mostraban abatidos, pero la mirada de coraje y sentimientos de revancha de aquel adolescente poseía una fuerza de voluntad que me dejó pasmado. Regresando a casa en el metro me pregunté si aquella mirada decidida no sería el inicio de la historia de una leyenda. Me imaginé diez años después, en alguna Arena del país viendo el debut de un joven luchador que una noche de septiembre de tiempo atrás juró vengar a su padre.

martes, 31 de agosto de 2010

Nuestra Aflicción


Aflicción: Es una reacción a una pérdida grande y con mayor frecuencia es una emoción de dolor e infelicidad desencadenada por la muerte de un ser querido. Las personas también experimentan aflicción si tienen una enfermedad incurable o una enfermedad crónica que afecte su calidad de vida. Asimismo, la terminación de una relación a menudo también ocasiona una situación de aflicción.

Parece mentira que las canciones de ese disco sigan sonando una y otra vez en el estéreo de mi auto. Generalmente, la fascinación por un buen disco me dura un par de meses, sin embargo, en esta ocasión es diferente. Algo tiene que simplemente no puedo separarme de los 20 tracks que conforman el capítulo I y II de ‘Poetics’, el último disco del grupo mexicano Panda.

Originalmente éste post trataría de éste disco monotemático dedicado a los pecados capitales y de la maestría con la que el grupo hilvano cada pieza musical, hasta conseguir un mosaico en el que incluso aparecen personajes como Abigail, que salta de una canción a otra con un halo de desfachatez y misterio. Quería contarles del arte del disco, de la complejidad y acidez de algunas letras o lo histriónico y teatral de algunos sonidos. En esas andaba, tratando de darle forma a lo que escribiría cuando una canción comenzó a venir una y otra vez a mi mente, igual de potente que la primera vez que la escuché. ¿Cómo hablar de un disco entero, cuando una sola canción lleva meses lapidando mis emociones? ‘Nuestra Aflicción’ se merece unas líneas dedicadas sólo a ella.

El día que compré ‘Poetics’ no pude escucharlo y sólo alcancé a descargarlo en mi iPod. Al otro día, mientras trabajaba y escuchaba canción con canción me topé con ‘Nuestra Aflicción’. Me atrapo desde los primeros segundos. Aquel mediodía soleado y sin preocupaciones en poco más de cuatro minutos cambió su atmosfera. La canción por si misma me erizó la piel. Recuerdo que al terminar de oírla tuve la necesidad de repetirla de nuevo. No me la creía, tenía ganas de llorar. En ese momento, sin entender a bien la historia o de lo que hablaba la canción, mi mente (ayudada por mi corazón) ya tenía su propia versión: Estar afligido, es encontrarse en un viaje hacia abajo, sabiendo que el final es inevitable; hay tristeza, soledad, desolación. Compartir una aflicción es aun peor. Se suman no uno, sino dos arsenales de fracasos, sueños rotos y demonios malditos que no hacen sino recordarnos lo que se pierde, lo que no volverá.

“…Parece, si parece,
que lo mucho que ofrezco
no ofrece tanto y por eso
me afronté, y dejaré de ser una carga,
pues yo ya no aguanto más farsas.
No lo puedo evitar, sentir que muere mi flama
Cuando no estás…”

¿Cómo escapar a una canción cuyo primer golpe te deja en Knok out? Desde entonces la escucho casi diario. A veces emocionado, a veces triste, a veces con rabia. ‘Nuestra Aflicción’ es tan noble que en diversas ocasiones se ha moldeado a mis dolores y soledades. Comúnmente podría pensarse que trata sobre desamor, sobre la rabia implícita y salvaje que hace mantener vivo, pero a la fuerza, un sentimiento moribundo que jamás será compartido por el corazón de otra persona. Prestándole un poco más de atención, se nos dibuja la traumática experiencia de una separación llevada hasta las últimas consecuencias, aquellas en las que la resignación jamás aparece. A veces también me ha contado otras historias igualmente angustiantes, como la búsqueda de la felicidad en una relación llena de desconfianza y absurdos, o la soledad en un mundo lleno de hipocresía.

“… pues nunca entendí la manera
para poder evitar
sentir que me rompen las piernas
cuando no estas...”


Y aun así, es una gran canción de amor. Pues si bien, a causa de él sufrimos y nos hundimos más en los infiernos de la incomprensión, también es el que nos da fuerza para hacer del mismo castigo desolador, una creación artística. De esta manera es como han surgido las grandes novelas, los poemas inolvidables, las canciones épicas. Precisamente, dicen que está carga emocional es la causante de que las grandes canciones del rock sean baladas. Muchos se quiebran la cabeza tratando de descifrar de qué trata o qué vivencia llevó a José Madero, vocalista del grupo, a componer algunas de sus canciones. Pienso que eso sale sobrando, cuando la canción por si misma nos arropa y regala un sinfín de posibilidades. No me importa lo que vive otra persona con ella, me importa lo que yo siento al escucharla. Al fin y al cabo decidí hacerla mi canción, mi propia aflicción.

“…y me haría feliz que mi cantar
te haga sentir muy especial, que mi cantar
te pueda dar placer y así, juntos envejecer.
Más no pude hacerte feliz
Ya decidí para ti…”

A finales del año pasado asistí a un concierto de Panda y por primera vez la escuché en vivo. Me rompió el alma. Esta noche es parecida, ‘Nuestra Aflicción’ suena una y otra vez. Me acompaña mientras escribo estas líneas sobre ella. Mi idilio permanente continúa y sabrá Dios cuándo termine. No quiero ni creo lograrlo rápidamente.


Si los de la disquera me quitan el video, aquí está la liga para ver el video.