Es domingoTiene casi dos horas que estoy jugando fútbol en el parque de la colonia en la que vivo. Soy el portero de mi equipo, y aunque mi posición exige concentración absoluta, no puedo evitar distraerme con cualquier cosa: Un perro parecido al mío cruza corriendo la calle de enfrente, dos niños juegan en una resbaladilla, una chica guapa atraviesa coquetamente una de las vereditas del verde jardín que nos rodea, un auto blanco se estaciona en un extremo del parque… y casi me anotan un gol. El balón pasó a unos centímetros del poste derecho de la portería. Debo estar más atento en la próxima jugada y poner los cinco sentidos en el juego. Así lo intento. Veo los movimientos de los jugadores y camino de acuerdo a la ubicación de la bola en la cancha.
Un minuto después, vuelvo a estar en todo, menos en el juego.
Del auto blanco baja un payaso. Traje color lila chillón y una boina morada en la cabeza. La cara maquillada con tonalidades que van del negro al blanco, pasando por el rosa. Complementan el atuendo una gran sonrisa pintada y una nariz redonda y puntiaguda. Es muy delgado. Un ser irreal en la explanada de ese parque llena de jóvenes futboleros. Mi equipo anotó gol, o al menos eso creo por los gritos de júbilo de mis compañeros y el lamento de nuestros oponentes. No me molesto ni en voltear, prefiero seguir con la mirada los movimientos de la hipnotizante figura del payaso, en medio de la explanada del parque, soportando heroicamente, sin moverse, los rayos del sol de las dos de la tarde.
Ese partido lo ganamos. Perdimos el siguiente. Él continúa ahí, con la mirada fija en los árboles. A lo lejos se aproxima otro joven. Despeinado, desalineado en su vestimenta y con cara risueña. También atraviesa la cancha. Indiferente, como si ninguno de nosotros existiera. Viene a verlo a él. Él lo reconoce. Se saludan. Payaso y joven atolondrado se dan un abrazo, caminan unos metros y se detienen en una esquina de la explanada que comparten con nosotros. Se detienen cerca de mi, a la sombra de un gran árbol. Movimiento gracias al cual puedo percibir sus voces, aunque sin comprender mucho. El Payaso también es joven, su voz lo delata. Habla con mucho interés sobre algo que acaba de recoger en Estados Unidos ‘buenas, bonitas y baratas’. La platica se interrumpe cuando nuestro balón accidentalmente llega hasta dónde están Payaso y Atolondrado. Uno de mis amigos va por el balón. Al llegar ambos lo saludan de mano afectuosamente. Aunque le cayeron bien, mi amigo después me confesaría no conocerlos.
Continúan hablando. El Atolondrado le da al Payaso unos billetes de alta denominación. Éste toma la mitad y rechaza el resto. A cambio, de su saco lila de lentejuela, saca unos pequeños paquetes envueltos en hojas de papel blanco y se los da al joven.
Se despiden. Payaso se dirige alegremente a su vehículo. Sube y por breves segundos su mirada y la mía se encuentran. Su rostro y facciones ya no me parecen inocentes ni divertidas, sino llenas de maldad y de un gozo tétrico que no comprendo. Enciende su auto y se aleja casi tan misteriosamente como apareció. El joven atolondrado, mientras tanto, se sienta en una banca. De uno de los paquetes saca algo, se lo lleva a la nariz; de otro lo que saca es una especia de cigarrillo pequeño y gordo que enciende. Comienza a fumarlo. Muy pronto el ambiente se llena de un extraño olor. Me anotan gol. Fue mi culpa por no atender lo que sucedía en el terreno de juego. El joven atolondrado termina de fumar su extraño cigarrillo. Se levanta y lentamente se pierde en las calles aledañas al parque, con la mirada y el caminar más perdidos que cuándo llegó.
Sigo jugando.
Es jueves.
Nunca, ni de niño, me gustaron los payasos. Éste domingo de nuevo iré a jugar fútbol. Espero no encontrarme con aquella figura alargada y psicodélica. Termino de escribir. Sigo sin creer que no sea ficción.







Muy a menudo, uno de los motivos más poderosos que hace que algunos mortales sintamos la necesidad de vaciar parte de nuestra vida en palabras es, precisamente, deshacernos de todo un arsenal de ideas y sentimientos que de a poco se van acumulando en nuestro interior. Como si fuéramos una olla expréss a punto del cataclismo, hay veces en que liberarnos un poco de nuestros propios pensamientos es lo único que puede salvarnos de la locura.














