martes 22 de julio de 2008

Payaso

Es domingo

Tiene casi dos horas que estoy jugando fútbol en el parque de la colonia en la que vivo. Soy el portero de mi equipo, y aunque mi posición exige concentración absoluta, no puedo evitar distraerme con cualquier cosa: Un perro parecido al mío cruza corriendo la calle de enfrente, dos niños juegan en una resbaladilla, una chica guapa atraviesa coquetamente una de las vereditas del verde jardín que nos rodea, un auto blanco se estaciona en un extremo del parque… y casi me anotan un gol. El balón pasó a unos centímetros del poste derecho de la portería. Debo estar más atento en la próxima jugada y poner los cinco sentidos en el juego. Así lo intento. Veo los movimientos de los jugadores y camino de acuerdo a la ubicación de la bola en la cancha.

Un minuto después, vuelvo a estar en todo, menos en el juego.

Del auto blanco baja un payaso. Traje color lila chillón y una boina morada en la cabeza. La cara maquillada con tonalidades que van del negro al blanco, pasando por el rosa. Complementan el atuendo una gran sonrisa pintada y una nariz redonda y puntiaguda. Es muy delgado. Un ser irreal en la explanada de ese parque llena de jóvenes futboleros. Mi equipo anotó gol, o al menos eso creo por los gritos de júbilo de mis compañeros y el lamento de nuestros oponentes. No me molesto ni en voltear, prefiero seguir con la mirada los movimientos de la hipnotizante figura del payaso, en medio de la explanada del parque, soportando heroicamente, sin moverse, los rayos del sol de las dos de la tarde.

Ese partido lo ganamos. Perdimos el siguiente. Él continúa ahí, con la mirada fija en los árboles. A lo lejos se aproxima otro joven. Despeinado, desalineado en su vestimenta y con cara risueña. También atraviesa la cancha. Indiferente, como si ninguno de nosotros existiera. Viene a verlo a él. Él lo reconoce. Se saludan. Payaso y joven atolondrado se dan un abrazo, caminan unos metros y se detienen en una esquina de la explanada que comparten con nosotros. Se detienen cerca de mi, a la sombra de un gran árbol. Movimiento gracias al cual puedo percibir sus voces, aunque sin comprender mucho. El Payaso también es joven, su voz lo delata. Habla con mucho interés sobre algo que acaba de recoger en Estados Unidos ‘buenas, bonitas y baratas’. La platica se interrumpe cuando nuestro balón accidentalmente llega hasta dónde están Payaso y Atolondrado. Uno de mis amigos va por el balón. Al llegar ambos lo saludan de mano afectuosamente. Aunque le cayeron bien, mi amigo después me confesaría no conocerlos.

Continúan hablando. El Atolondrado le da al Payaso unos billetes de alta denominación. Éste toma la mitad y rechaza el resto. A cambio, de su saco lila de lentejuela, saca unos pequeños paquetes envueltos en hojas de papel blanco y se los da al joven.

Se despiden. Payaso se dirige alegremente a su vehículo. Sube y por breves segundos su mirada y la mía se encuentran. Su rostro y facciones ya no me parecen inocentes ni divertidas, sino llenas de maldad y de un gozo tétrico que no comprendo. Enciende su auto y se aleja casi tan misteriosamente como apareció. El joven atolondrado, mientras tanto, se sienta en una banca. De uno de los paquetes saca algo, se lo lleva a la nariz; de otro lo que saca es una especia de cigarrillo pequeño y gordo que enciende. Comienza a fumarlo. Muy pronto el ambiente se llena de un extraño olor. Me anotan gol. Fue mi culpa por no atender lo que sucedía en el terreno de juego. El joven atolondrado termina de fumar su extraño cigarrillo. Se levanta y lentamente se pierde en las calles aledañas al parque, con la mirada y el caminar más perdidos que cuándo llegó.

Sigo jugando.


Es jueves.

Nunca, ni de niño, me gustaron los payasos. Éste domingo de nuevo iré a jugar fútbol. Espero no encontrarme con aquella figura alargada y psicodélica. Termino de escribir. Sigo sin creer que no sea ficción.

sábado 19 de julio de 2008

A unas horas del Show


No es nada correcto escribir sobre algo que no nos apasiona. Cuando en el estomago un cosquilleo ansioso es mucho más fuerte que las ganas de jugas con las palabras, por simple dignidad, uno debería de mejor abortar la intención de darle vida a un texto que seguramente dejará mucho que desear. Y sin embargo aquí estoy, esperanzado a que el ejercicio de escribir mitigue un poco el nerviosismo que minuto a minuto recorre mi cuerpo. ¿Voy a presentar un examen, a perder un trabajo, a hacer una presentación ante cientos de personas? Para nada. Sucede que el autor de este blog está a unas horas de salir de fiesta.

Es sábado en la noche y nada de extraño debería haber en el hecho de salir a desvelarse a voluntad con los amigos. Para las personas de mi edad ir a algún lugar de moda, tomar algo y por qué no, conocer gente interesante es de lo más común y hasta excitante; para mí es indicativo de que mañana al despertar quizá no seré el mismo y que la cruda que sufriré no será física, sino interior.

Las salidas de fin de semana y yo nunca nos hemos llevado bien. Ya sea en fiestas, bares, antros, reuniones o cenas, las cosas nunca salen como deseo; o peor tantito, las cosas casi siempre salen como menos quiero. Además, detalles como el de mis dos pies izquierdos que me hacen un pésimo bailarín, el que no fumo o mi nula resistencia a la bebida, me hacen ser el clásico personaje que ‘quiere pero no se divierte’. Aun así, no se confundan, he tenido noches maravillosas en las que todo sale bien, pero para mi desgracia, esa no es la constante.

Entonces llegamos a lo contradictorio. ¿Por qué seguir haciéndolo, por qué seguir retando a un rival que a todas luces nos queda enorme? No lo sé, pero supongo que en mi caso es por la posibilidad que la noche le brinda a cada valiente que se aventure a adentrarse en ella. Porque es la noche, en conjunción con el magnetismo de la luna, el hipnotismo de las luces y la siempre alcahueta música, los que puede hacer posible lo imposible y hacer que dos miradas se crucen en una ecuación perfecta. Porque la noche es amor, aventura, misterio y sobre todo incertidumbre es por lo que esta noche saldré, porque igual y ni pasa nada, o igual y los astros se alinean y con ellos un momento pase a inmortalizar un sueño. Por eso, dentro de dos horas saldré de mi casa pidiéndole a Dios que me cobije en la noche y me la haga breve, pues esa será la señal de que realmente valió la pena. Y es que las noches eternas, esas de las pesadillas constantes y la impotencia inmóvil son un tormento. Me lastiman, por lo tanto les temo.

Con todo quiero jugármela y ver qué pasa esta noche. Los minutos pasan rápido, la incertidumbre crece y las ilusiones (por más que no quiera) van haciéndose grandes de a poquito. Detrás del telón puede estar el amor, o una gran camarería, o un corazón roto; puede haber risas y diversión, o todo, o nada. O mínimo ganaré historias.

Como sea, es una promesa abierta, y ya me voy que se me hace tarde.

miércoles 16 de julio de 2008

Soy Wall-e

Como seguramente voy a terminar hablando de otras cosas, lo mejor será comenzar por hablar de la trama de Wall-E, la nueva película de Disney-Pixar: Se supone que en un futuro no muy lejano, la raza humana decide abandonar la tierra por un par de años, debido a que la cantidad de basura vuelve inhabitable el planeta… lo malo es que con las prisas, se olvidaron de apagar a Wall-e, un robot encargado de recoger y ordenar la basura. Por más de 700 años, Wall-e se dedica a cumplir sus labores y a desarrollar una conciencia propia que a veces lo hace sentirse un poco solo. Añorar el amor y la compañía sin conocerlos; un día cualquiera llega Eva, una linda y moderna robot de exploración de la que Wall-e se enamora a pesar de las diferencias entre ambos. A partir de ese punto Wall-e emprenderá un sinfín de aventuras para lograr estar con Eva, y de paso, regresar a la raza humana a la tierra.





Podría hablar de sus lecturas ecológicas, de sus similitudes con algunas obras literarias, pero no quiero perder el tiempo en lo menos y dejar lo más importante de lado. Tiene 48 horas que salí de la sala de cine y esa sensación de corazón roto aun no desaparece. Varios de mis amigos me dijeron que me identificaría mucho con la historia de Wall-e, que parecía, estaba basada en mi vida, yo mismo lo sospechaba cuando en los posters veía la imagen de un robot que inevitablemente me provocaba ternura ; sin embargo, nunca me imaginé que las imágenes y la historia misma me sacudiría de tal manera. En efecto, la película es una maravilla visualmente hablado y los personajes una maravilla, pero la simple historia basta por si misma. Podrá ir dirigida a los niños, pero yo la goce (y sufrí) como nadie en la galaxia.

¿Qué diablos me pasa? Obviamente no es nada normal que mientras toda la sala reía con las desventuras de Wall-e, el autor de este blog estuviera al borde del llanto. Y no exagero, en verdad tuve que contener varias veces las lágrimas, tendencia que no me abandonó en las horas siguientes. Ojos rojos, rojísimos y un vacio que de verdad duele en el pecho y la cabeza dándome vueltas, repitiendo aquellas escenas tan tiernas en las que Wall-e se desvive por Eva sin que nada más le importe. Supongo, pues si no es así no le veo chiste, que eso es el amor verdadero.

De poder hacerlo, quisiera redactar todo el cumulo de emociones que desde entonces tengo atrapado en la garganta, y que sólo logra escapar por medio de sollozos y suspiros. Ahora, cada que veo una imagen de Wall-e, es imposible no encontrarme en esos ojos tristes pero esperanzadores. Sus deseos son idénticos: perdidos en la inmensidad de un universo que resulta más enorme por la falta de un camino específico, esa forma de amar sin condiciones y solo procurando el bien de la otra mitad de nuestro corazón (o circuito, en el caso de Wall-e).

Cuando llega Eva el mundo de Wall-e sufrió una convulsión. La vio volando, surcando el espacio y recorriendo la tierra con la elegancia de un ser celestial. Tan perfecta, tan funcional, tan cautivadora. Y él dejó todo por seguirla, por intentar acercársele, hacerla reír y no separarse nunca más de ella. Así me pasó a mi. Si Wall-e titubeaba cada que quería acercarse y parecerle interesante a su amada, yo no me quedo ni tantito atrás; si no se dio nunca por vencido yo tampoco debería hacerlo pues somos tan parecidos, que la única diferencia es que el ama a una robot y yo a una mujer.

Película romántica + Romántico empedernido = Suspiros cursis e improductivos.
(las películas así deberían estar prohibidas para tipos como yo)

Ni que decir de la música amorosa, que es el complemento perfecto para una cinta que ya es de mis favoritas y cuya huella tardará mucho en borrarse. Sigo tocado en el alma. Sigo acordándome de esas escenas llenas de romanticismo en el que las palabras sobran y no puedo hacer más que derretirme de la envidia de que al menos a Wall-e las cosas le salieron bien, y que bueno, no hubiera aguantado que el también fracasara.

Tengo mi soledad diaria, mi manía de estar enamorado del amor y desear con todas las fuerzas que el amor se materialice. Tengo mi mascota y una ternura que no puedo quitarme de encima. Tengo, dicen, esa mirada nostálgica y la misión de cuidar a mi Eva hasta el final, sin importar si la vida se me va en el proceso. Tengo mi inexperiencia amorosa y mi habilidad para hacer el ridículo. Espero tener también la suerte de mi lado, así tengan que pasar más de 700 años.

Wall-e soy yo.
Ella es Eva.
Su historia es nuestra historia, aunque ella no lo sepa.





domingo 13 de julio de 2008

Lo que a gritos se niega a existir

Si a julio no le diera por llover tanto quizá escribiría cosas más alegres, aunque nunca se sabe. Agua corriendo por aquí y por allá, estancándose por acullá. Sigo con ese auto bloqueo que yo mismo me impuse. Mi corazón no está nada en calma y por eso mismo sentarme a escribir cualquier otra cosa es casi misión imposible. Me resulta increíble que a estas alturas de la tarde, no haya nada mejor que hacer que escuchar caer la lluvia. Podría leer, intentar escribir algo que medio valiera la pena o intentar dormir un poco, que buena falta me hace. Asomarme a la ventana y ver las imágenes trastornadas por el agua que burlona y hasta desfachatadamente deciden vestirse de tristeza. Si esta es una tarde en soledad, preferiría estar en compañía de quién sea. Si al mismo cielo le da por precipitarse, cómo evitar no sentir ganas de esta tarde sentirme infinitamente pequeño, inútilmente insignificante. Por más aburrido que sea el firmamento, debemos aceptar su inmensidad y consolarnos con la estúpida idea de que al no poder recorrerlo por completo, menos seremos capaces de entenderlo. Con todo no deja de ser inalcanzable, con todo no deja de ser aburrido, con todo y todo, no puedo escapar a las ganas de confundirme con las nubes. Condensar los miedos que por frágil y humano, no me dejan tres segundos en paz. Desconozco, infinidad, si los vacios en el alma puedan llenarse con cualquier cosa; ojalá a mi rellenen con piedritas de rio. Perder la coherencia porque se la llevó el viento y la regó en el mar, es tan triste como ese niño abandonado que también quisiera confundirse con el vapor de nube, igual y al llover se recrea en la tierra y regresa e este mundo con mejor suerte, con un mejor destino al cuál no estarle reclamando cada catorce minutos el mal tino que tuvo. Y ahora dónde voy a esconder estás ganas de volver realidad lo que a gritos se niega existir, y cómo me explico a ‘mi mismo’ que sólo tengo una vida; cómo justifico que en lugar de vivirla estoy perdiendo el tiempo viendo llover. ¿A qué hora se le dará la gana a la risa pasarse por mis labios?, llevo toda la tarde esperándola aunque sin extrañarla realmente. Presiento que mañana me sentiré más confundido. Miéntanme y díganme que la melancolía me sienta bien.

jueves 10 de julio de 2008

Perros Héroes

Un ambiente extraño pero a la vez, tremendamente compacto y definido. Aunque me sea desconocido, podría definirlo a la perfección gracias a un pequeño registro fotográfico y a una novela de apenas 74 páginas.

Gracias a una recomendación de mi amiga Oralia, a ‘Perros Héroes’ de Mario Bellatin le tenía ganas desde hace más de un año. “Trata de un Hombre Inmóvil que tiene 40 perros, léelo, conociendo tus gustos, te va a gustar”, me dijo. Tiempo después me topé con el libro en una librería y su subtitulo me intrigó aun más: Tratado sobre el futuro de América Latina, visto a través de un hombre inmóvil y sus treinta Pastor Belga Malinois. En aquella ocasión no lo compré, pasando a formar parte de mi ya interminable lista de libros pendientes que creo nunca leeré.

Sin embargo, no pude resistirme y terminé adquiriendo el libro en el remate “Salva un libro” que varias casas editoriales realizaron hace un par de semanas en el Auditorio Nacional. A penas lo vi en un estante no me lo pensé dos veces. Dicen que los libros que se leen lo escogen a uno, y en el caso de ‘Peros Héroes’ así fue. Pensaba encontrar una historia mal planteada sólo como el pretexto para hablar de la situación del continente americano. No podía estar más equivocado, apenas me bastó leer un par de hojas en el metro para darme cuenta que la narración de Bellatin (por fortuna) nada tenía que ver con mi idea inicial de la historia.

De haberlo deseado, podría haberlo leído en menos de una hora, pero mi pudor que me hace degustar los buenos relatos a velocidades ridículamente tortuguiles me hizo tardarme días enteros. Suficientes para que ante mis ojos se describiera un microuniverso: inmenso como un continente, compacto como una casa. Sencillo pero a la vez lleno de significados que van más allá de la lógica común y que nos ofrece una complejidad psíquica en cada uno de los personajes que uno más añora entre más los desconoce. Y es que a ‘Perros Héroes’ se le puede atajar desde diferentes frentes; si para algunos la historia planteada simple y sencillamente es original y entrañable, para otros se trata de un planteamiento muy astuto e inteligente de un continente que es aun más complejo que un Hombre Inmóvil encargado de criar perros.

Sería ingrato hablar de más y vender la historia de una novela que de verdad recomiendo, pero más ingrato, y en buena medida injusto, sería dejar este texto sin hablar un poco de la parcialidad absoluta que en el relato es ese hombre inmóvil que no termina de sorprender mi entendimiento y que en su infancia conoció a un niño escritor que redactaba historias de perros héroes, o de su madre y su mamá que separan bolsas día y noche, o un halcón que cada tarde caza a un ratón, o el enfermero entrenador y su entrega a una vida destinada a nada, o unos periquitos canadienses, o a 40 perros Pastor Belga Malinois, o un mapa de América Latina o un viaje espacial. O un poquito de todo, o un poquito de nada, que de eso se constituyen los ambientes, y si de algo goza ‘Perros Héroes’ es precisamente de “ambientes”.

Seguramente lo releeré varias veces más. Seguramente buscaré más relatos de Bellatin y los disfrutaré de la misma manera. Me queda claro que es un autor total, preocupado por la estética y expansión de sus relatos, por simplificar relatos en los que caben infinitas posibilidades y que por lo mismo nos parecen propios. Tiempo inmóvil en el que no pasa nada pero que conforma un cuadro viviente y nunca igual.

Después de un intermedio así, continuaré con ‘Chiquita’ de Antonio Rodríguez, como siempre, lo leo y luego les cuento.

domingo 6 de julio de 2008

Súper Gabriel

El martes amanecí mareado, me levanté de madrugada al baño y sentía que todo se movía, como si temblara... pero peor. Nunca me había pasado, pensé que era momentáneo y hasta cierto punto, algo sin importancia. Durante los próximos días he sentido el mismo mareo, la misma sensación de nauseas y vértigo acompañándome hasta en los momentos más inoportunos. Junto con estas extrañas sensaciones, aumentó mi irritabilidad. Por alguna extraña razón, todo mi entorno me parecía incomodo. No entendía que era, o es, lo que me pasa. Creí estar enfermo, padecer de presión alta y estar al borde de la andropausia.

Hoy, de repente entendí todo. No padezco ninguna enfermedad y ni siquiera estoy cerca de vivir una desgracia. Todos estos cambios e incomodidades se deben a que desde hace unos días mis sentidos están más desarrollados. Sucede, que desde hace unos días tengo superpoderes.

No sé describirlo, pues en estas cosas no hay lógica. Sólo sucedió. Y que bueno, porque ahora soy más rápido, más inteligente y más fuerte (musculoso). Resisto mejor el calor y el frío. Puedo saltar grandes distancias, ver cosas que nadie ve, y hasta si me lo propongo, (mediante un gran esfuerzo de por medio) volar.

Aunque hoy me divertí todo el día con mis nuevos poderes. Ahora estoy en medio de una paradoja. ¿Qué hacer con ellos? ¿Aprovechar que los X-Men, Superman y Batman están de moda para volverme famoso? ¿Comenzar una lucha en contra de la delincuencia y el crimen organizado? ¿Actuar en un circo?... ¿Qué haría Spiderman en mi caso? Supongo que lo primero será confeccionarme un traje para comenzar mis aventuras como paladín de la justicia. Un traje no muy guango, pero tampoco tan ajustado que parezca un mallón gigante; no muy cursi, no muy psicodélico. Un traje que me de autoridad. Sí, eso es. Negro con vivos rojos y capucha. ¿No está mal verdad? Falta el nombre. ¿’El Gavilán enmascarado’?, me gusta. ¿‘Súper Gabriel’?, demasiado soso y predecible.

Ya me aburrí de pensar tonterías. Mejor dejó esta idea de ser superhéroe público y encamino el uso de mis poderes en la única tarea que de momento me interesa: Tú.

Con estos poderes te escucharé más fácil y estaré al pendiente de tu bienestar sin importar las distancias. Llegaré más rápido si llegas a necesitar ayuda. Estaré dispuesto a usar mi inteligencia súper desarrollada para resolver cualquier problema que amenace tu calma. Los héroes son simpáticos y llenos de carisma, yo puedo ser eso y aun más por ti. No me importa luchar contra otros diez mil pretendientes que tengas, acabaría con ellos en segundos. Arriesgaré la vida por poseer tu corazón, aunque todo parezca ya perdido. No importa cuánto me hieran o ante que rivales me enfrente: al final, el bien siempre triunfa sobre el mal. Y si después de librar temibles batallas sigues ahí, entonces mi cansancio y heridas habrán valido la pena. No puedo esperar a tomarte entre mis brazos (musculosos, aclaro) y llevarte por los cielos para mostrarte las únicas cosas del universo cuya belleza es comparable a ti: las estrellas.

Los poderes siguen ahí. Muy útiles y yo desperdiciándolos en cosas triviales. No me importa, de todas formas dudo que me sirvan para entrar en tu corazón. Soy ‘Súper Gabriel’ alias ‘El Gavilán Enmascarado’, tengo superpoderes y no me importará usarlos para que te des cuenta que soy yo, y sólo yo, tu único héroe.

Espero seguir siendo mañana el mismo. Nadie me garantiza que así como estas habilidades llegaron sin avisar se puedan marchar de igual modo. Mientras sobrevuelo tu casa, recuerda que con o sin poderes, la verdadera fuerza para desafiar imposibles me la das tú.

martes 1 de julio de 2008

Querer y no poder (ser y estar)

Aunque fuera un momentito, tengo ganas de no estar aquí, de no ser, de poder vivir sin memoria o mejor aún, sin precaución. Estar jodidamente enamorado, con el corazón hundido en la penumbra del propio ego. Estar con la mente todo el día, y peor tantito, toda la noche, con la mente anclada en la octava luna de Júpiter (si es que tal cosa existe). Querer ser astronauta para alcanzarte y no saberme ni lo más básico del reglamento vehicular. Eso sí que es angustia, igual que tu mirada, tu voz, tu risa y todo lo demás. Estar babeando y no querer reconocerlo por miedo a que la fuerza de un sentimiento incontenible termine por desbordarme una vez más. No, no y ocho mil veces no. No es miedo al amor, es miedo a ti, miedo a volver a perder mi soberana voluntad para convertirte en mi soberana reina. Dejar de pensar en función a mí para hacerlo en torno a ti. Si rompí mi promesa de no volver a escribir sobre ti es porque el miedo es mayor. Me aterra lo que siento, me da miedo volver a amarte con los niveles de desesperación que alcancé la última vez y que de milagro no me mataron de angustia.

¿De verdad, dentro de esta confusión de palabras sin aparente destino, estoy diciendo que no quiero amarte? ¿Soy tan iluso, como para no darme cuenta que jamás lo he dejado, ni lo dejaré de hacer?

Y ahora cómo salgo, cómo escapo y dejo de ser una triste caricatura que siempre regresa al mismo camino empedrado, ese que sólo da vueltas alrededor de ti, pero que nunca llega a su destino. Querer amarte pero no poder hacerlo, pues eres más letal que una espada de doble filo, y armas así, no se llevan bien con un cobarde como yo. Lo paradójico es querer escapar de ti, cuando tengo todas las ganas de caer preso de tus encantos. Lo ridículo es que lo que más busco es a lo que más rehúyo.

Y ahora dónde me pongo para no estorbarte ni a ti ni al libre flujo de las ideas. Siempre que se trate del amor, nunca me comprendo.

viernes 27 de junio de 2008

Huésped indistinguido

No sé si llamarlo calma, preocupación o nostalgia. Vaya Dios a saber si es añoranza o alivio, lo cierto es que aún en estos momentos, no puedo dejar de voltear obsesivamente hacia el piso de las diversas esquinas de la casa, esperando verlo ahí como hace más de una semana.

Martes 16 de junio. Aproximadamente a las 22:30 horas. En mi cuarto, luz apagada, metido ya en mi cama. Veo la televisión, específicamente el programa “Los Simuladores” en canal 5. La trama del capitulo, quizá esté de más decirlo, me trae de un hilo. De repente, proveniente de la sala, un grito de mi hermana interrumpe la calma de la noche. Me exalto pero me contengo restándole importancia al grito mediante la teoría de que mil y un tonterías pudieron ser sus causantes. No han pasado muchos segundos cuando un segundo grito ahora sí me pone alerta. Después mi mamá me llama pidiéndome que baje.

- “Se acaba de meter una rata. Ven a matarlo”, dice ella, confiada en que el hombre de la casa solucionará el problema de inmediato. Lo que ella no sabe es que el ‘hombre de la casa’ no quiere despedirse de la excepcional historia que una de sus series favoritas esta noche le plantea. Mucho menos imagina que la sola idea de enfrentarme por primera vez en mi vida no me produce miedo ni temor, pero si mucho asco. El solo pensar en bajar y verme las caras con un roedor actúa en mi como un ancla que quiere impedir que baje, o mejor dicho, que quiero que me impida bajar.

Y otro grito de mi hermana.

Estúpidamente pienso que al hacer caso omiso, el problema de la rata se solucionará sólo. Que algo o alguien vendrá por el animalejo y me dejará seguir descansando. Para mi desgracia el milagro no ocurre y mi buena conciencia, siempre tan inoportuna, me obliga a ponerme unos tenis, (qué tal si tenía que aplastar o patear al visitante) salir de la comodidad de mi cuarto y dirigirme hacia la planta baja de mi hogar. El destino me alcanza tras bajar, lo más lento que puedo, las escaleras. Hermana y Mamá me ponen al tanto de la crisis: mientras veían la tele, vieron como por la puerta de atrás entraba una rata a la casa. Es negra y está escondida entre una maceta y una cortina. Tengo que sacarla o matarla, así de fácil. Lo malo es que no tengo ni la menor idea de cómo hacerlo, y mi único posible aliado en la guerra, Margarito el perro, está temblando.

Sin querer hacerlo voy por unas escobas, aunque sé que lo que menos me gustaría sería agarrar a palazos a un animal hasta matarlo. Agarrarlo me parece imposible, pues la sola idea de imaginarme agarrando una rata de la cola me hace sentir mareos. Nunca será lo mismo pensar una situación así y verla lejana, a vivirla de frente. Aun así, quiero pero no puedo agarrar valor. Un paso al frente y dos hacía atrás. Si yo fuera la rata, mi enemigo me daría risa.

Cuando mi escaso coraje me da para mover un par de muebles por fin veo al huésped. Es negro, sí, pero no es una rata, sino un pequeño ratón. Sin embargo es más rápido que yo y el tiempo en el que tardo en coordinar a al ratón le bastan para escapar y refugiarse detrás de otro mueble al tiempo en el que mi hermana sigue y sigue gritando. Le doy de palazos al mueble pero sin conseguir que el intruso salga de su refugio. Se me ocurre echarle fijador de pelo en forma de aerosol y para mi sorpresa logro que salga despavorido rumbo al siguiente mueble.

Una hora después, él y yo estamos exhaustos. Llamamos al vigilante de la calle ‘dizque’ para ayudarme a atraparlo… lo único que consigue es ponerse a dar golpes a lo tanto, destruyendo mi conexión telefónica y de internet. Me enojo más y de la manera menos atenta le pido al vigilante súper eficiente que se vaya. No obstante, dentro de mi enojo y desesperación alcancé a detectar que en cada huida, el ratón siempre buscaba llegar a la ventana. Después de ver lo exitoso que soy como cazador, mi mamá decide que lo mejor era irnos a dormir y al otro día buscar al roedor concienzudamente. Cerramos todas las puertas, colocando trapos debajo de ellas para evitar que el ratón se moviera hacía otro punto de la casa. Antes de retirarme, se me ocurre abrir de par en par la ventana con la esperanza de que el ratón se facilite y me facilite las cosas.

Al otro día revisamos la casa y no hayamos nada. Quiero creer que el intruso fue tan mal recibido que decidió aceptar mi oferta y marcharse en cuanto pudo. Tras 10 días, las trampas sembradas en distintos puntos de la casa no han atrapado nada. No hay excrementos ni cosas roídas, mucho menos lo hemos vuelto a ver.

Es el segundo ratón que se mete en casa. El primero lo hizo hace 28 años (yo ni había nacido) y mi papá se encargó de matarlo. Creo que no heredé las habilidades para pelear contra esa especie de animales. Supongo es lo mejor, pues no me concibo descargando varios golpes violentos en contra de una cosa peluda. Desconozco hasta cuándo seguiré mirando los rincones de mi casa con cierta desconfianza, rogando no ver algún bulto negro moviéndose. Espero que la tranquilidad vuelva pronto, y que el ratón se quedé en dónde quiera que esté.

martes 24 de junio de 2008

Lo difícil de tener un blog (2da parte)

Muy a menudo, uno de los motivos más poderosos que hace que algunos mortales sintamos la necesidad de vaciar parte de nuestra vida en palabras es, precisamente, deshacernos de todo un arsenal de ideas y sentimientos que de a poco se van acumulando en nuestro interior. Como si fuéramos una olla expréss a punto del cataclismo, hay veces en que liberarnos un poco de nuestros propios pensamientos es lo único que puede salvarnos de la locura.

Habemos gente así, extrañas por convicción y convencidas de que tal modo de vida, además de ser el correcto, es el único concebible. Hablamos, sin embargo, de un estilo de vida que dista mucho de la tranquilidad, todo lo contrario, entregarse a la escritura es firmar un contrato de matrimonio con la intranquilidad. Además, en el caso del blog, se tiene que lidiar con la infalible duda de qué si va y que no va a ser publicado.

- ¿Todo lo qué escribes en el blog es real?

Me preguntó vía Messenger una de las lectoras de éste espacio hace unas semanas. Yo, aunque que de antemano sabía la respuesta, jamás pensé que ese simple cuestionamiento me interrogara tanto sobre mi manera de escribir, particularmente en el blog. Obviamente, develar que es y que no es real es algo que jamás haré, pues tal como a los magos les está prohibido revelar sus trucos, a los escritores se les concede el derecho de guardarse para sí que partes de un texto surcan los límites de la realidad y cuales los de la irrealidad, tratando siempre de ocultar al verdadero yo detrás de las propias historias, pues como he comentado muchas veces, en la vida real soy un aburrido.

No se crea por esto, que el autor de este blog carece de cosas interesantes que contar, al contrario. A fuerza de ser franco confesaré que justo en estos días mi cabeza está llena de una gran cantidad de ideas que tan sólo esperan la autorización de mis manos para volverse escritos. Y ahí, como dicen, está el detalle, en que las palabras, además de llevarse parte de nuestras vidas, cometen la imprudencia de llevarse entre las patas parte de otras existencias, que sin deberla ni temerla, el día menos pensado pueden aparecer expuestas entre ficción y realidad, entre comas, puntos y acentos ¿Hasta dónde un escritor tiene derecho, en pos de contar parte de su existencia, de revelar otras existencias que se cruzan con la suya? ¿Trasgrede la libertad de expresión el limitarse por respeto, o cómo en la guerra y en el amor, todo está permitido en pos de la historia?

Antes lo dudaba, ahora sé que es cierto. Peor que el bloqueo de escritor, es el bloqueo de la autocensura, misma que no ha dejado impune el contenido de un blog que en sus inicios, pensé que sería mi válvula de escape ante cualquier interrogante de la vida, y que para mi infortunio, terminó por sólo ser un filtro que siempre deja fuera lo mejor. Hay veces que la tentación de postear todo lo que realmente deseo no me deja en paz, pues seguramente es en lo inconfesable, en dónde aguardan las mejores anécdotas, las mejores historias, lo increíble de lo creíble.

Lo difícil de tener un blog es aguantarse las ganas de no revelarse ante los lectores. Resistir el impulso de salir de la obscuridad pues el trabajo del escritor en gran parte consiste en pasar desapercibido hasta niveles de invisibilidad. En mi caso me cuesta mucho lograrlo, sigo sin hallar un traje camuflageado a mi medida.

Siempre será así. Amo escribir, pero más amo mi mundo aparte y la intimidad de varias personas que se han vuelto importantes en mi vida. Es por eso que, si algún día no sucumbo ante las ganas, esos relatos fantásticos (y aquí sí) interesantes que guardo en el personalísimo blog de mi mente, de dónde es muy probable que nunca salgan.

domingo 22 de junio de 2008

Caí en la tentación

“… no les veo el menor chiste. Jamás tendré uno, pues además de caros, se me hacen innecesarios y aburridos; aparatitos al fin y al cabo, desechables”. Eso pensaba de los iPods, hasta que el Diablo y la tentación se cruzaron en mi camino.

Cada que alguien me sugería comprar uno, solía alegar que con la memoria de mi celular walkman me bastaría, 70 canciones eran más que suficiente. No obstante, por ahí me dijeron que “tener un iPod es otra cosa”.

No sé qué otra explicación darle al repentino impulso que en un par de horas me llevó a tomar la decisión de comprarme un iPod. Lo de menos era el modelo o la suma que gastaría, pues al fin y al cabo, a las obsesiones asuntos así poco le importan. Que si el nano, que si el shuffle, que si el touch… que 1,2,4,8 GB… que negros, verdes, plata, lila… precios de los 500 a los 8,000 pesos, eran algunas de las variantes que debí considerar para al finar decidirme por un iPod Nano color plata de 4GB.


El resto es historia… regresé a casa imaginando que canciones le metería al aparatillo, lo conecté en la Mac de mi hermana y no hubo compatibilidad, mente madres, intenté con mi lap, bajé un iTunes nuevo, por fín funcionó y desde entonces llevó días hipnotizado por el maldito iPod. Lo oigo a todas horas y me la paso imaginando que canciones de mis discos me falta por meterle. Parezco autista pues las decenas de canciones que se suceden una a otra, ajeno a cuanto sonido sucede fuera del par de audífonos que ya parecen parte de mi cuerpo. Vamos, he descuidado la lectura de una buena novela y hasta éste blog ha sufrido las consecuencias al haber estado medio abandonado.

Lo chocante de todo no es tanto el haber gastado lo que no tengo o el haber tenido que tragarme mis palabras y propia voluntad al adquirir algo que ni necesitaba, sino más bien, el descubrir que dentro de mi habita un ser materialista que se preocupa por cosas así. Eso de andar cuidando un artilugio de la modernidad para que no se raspe, no se descomponga, no se maltrate es fastidioso, pero lo hago. Para colmo no es la primera vez, me pasa idéntico con mi lap, mi celular y hasta el coche. Y si bien, en mi defensa podría decir que lo hago porque las cosas cuestan y sería tonto no cuidarlas, algo me dice que un aspirante a contar historias debe preocuparse más por vivir la vida que por cuidar sus pertenencias.

¿Será? La verdad es que así ni las cosas disfruto. Me angustia pensar en la cantidad de memoria que estoy usando al guardar tantas canciones en el iTunes, me preocupa que me asalten y me quiten mis cosas, pero sobre todas las cosas, me asusta de sobremanera el que esta fiebre por el iPod no se me pase rápido. Este texto es una prueba fehaciente de lo mal que puedo hacer las cosas, pues en honor de la verdad debo confesar que lo estoy escribiendo lo más rápido que puedo para poder seguir ocupándome en el apasionante mundo de tener casi mil canciones en una cajita de tamaño casi risible.

La pregunta no es por qué el Diablo me tentó, o el por qué de mi debilidad hacia los 4 GB, sino si seré capaz de volver a mi vida antigua, con todo y blog incluido… aun así me veo en la obligación de decirlo: no me arrepiento ni tantito.

Nos estamos leyendo, si es que el iPod me deja.

martes 17 de junio de 2008

Hundida en el caos, pero hermosa

Quién sabe desde cuándo me enteré de la existencia de la película “El fin de los tiempos” (The Happening). Lo cierto es que, si bien, la trama del film desde un principio me pareció interesante, jamás llamó totalmente mi atención; hasta que hace poco me topé con el siguiente espectacular en una parada de camión:


Si mis ojos no me engañan (y vaya que no es así), la de la fotografía es Avenida Reforma, y el monumento del fondo se trata de El Ángel de la Independencia. No es normal que el poster de una película internacional tenga como eje central la ciudad en la que uno vive. Menos aún, si la imagen presenta un emblema de la ciudad abatido por la desolación.

No me consta, pero dicen que Paseo de la Reforma es una de las avenidas más hermosas del mundo, más las múltiples veces en las que he transitado por ella me dicen que es cierto, quizá por eso el efecto es más impactante. Generalmente los carteles promocionales de las películas de caos, muestran a la ciudad de Nueva York o Tokyo, como escenario de diversas catástrofes, pero no a la Ciudad de México, que dicho sea de paso, luce hermosa aún con todo el dramatismo que la imagen le imprime. Pensar que en ese mismo escenario que muestra el poster he festejado triunfos de la Selección Nacional, caminado y disfrutado un sinfín de veces, hizo que por lo menos sintiera un cierto desconcierto al pensar que el fin del mundo podría agarrarme más cerca de lo que uno, gracias a las películas gringas espera.

Después de mi desconcierto inicial por ver un espacio tan emblemático de la ciudad, me sentí (una vez más) orgulloso del lugar en el que vivo. Y es que quienes me conocen sabrán que estoy perdidamente enamorado de mi ciudad. Ya después, investigando un poco por el interne’, averigüé que la historia no se desarrolla en la capital mexicana. Por eso me sorprendió encontrar estos otros dos carteles:


Las ciudades de Guadalajara y Monterrey también aparecen en la publicidad de “El Fin de los tiempos”. La Minerva y el Cerro de la Silla aparecen respectivamente, como elementos representativos de ambas ciudades. Están como para coleccionarlos, aunque la verdad el de la Ciudad de México sigue siendo el que más me gustó, tanto que ya estoy pensando la manera de cometer el acto vandálico de robarme uno de cualquier parada del camión. No sé si en cada país en el que se exhiba la película esta se promocione igual, vamos, ni siquiera he visto la película (¡invítenme!), pero de que el método de usar imágenes inherentes a cada lugar se me hace ingenioso y altamente efectivo.

No me queda más que ir al cine algún día de estos, la publicidad ha logrado su efecto comigo.

sábado 14 de junio de 2008

¿365 días más?

Ya lo decía yo: nada de normal y sí mucho de particular, tenía el que ayer a primerísima hora, una compañera del trabajo me pidiera que le regalara una moneda.

La denominación era lo de menos, por eso no me costó mucho obsequiarle una reluciente moneda de 50 centavos. Intrigado le pregunté para qué la quería. Ella, valiéndose de cualquier tipo de artimañas, se las ingenió para cambiarme una y otra vez el tema. Mi desconcierto creció cuándo vi que a otros compañeros de trabajo (todos hombres) les pedía lo mismo: una moneda. Varios pensamos que quizá nuestra compañera había olvidado su dinero en casa, quería comprarse un desayuno o simplemente quería ver que tanto podía obtener de nosotros; sin embargo, cesó de pedir monedas cuando juntó 13 y corrió a comunicárselo a sus amigas, las cuales le hicieron fiestas y festejaron con ella como si algo increíble hubiera pasado. Sin embargo, el transcurso de la tarde bastó para que dejara de lado el asunto.

Sin embargo, esta mañana, al comentar la anécdota, otra compañera del trabajo develó por fin el misterio de las mondas: ayer fue 13 de junio, día de San Antonio, patrono de las causas románticas y encargado de ponerle remedio al mal de amores y a la odiosa soltería. Según me contaron, la tradición dicta que aquellas mujeres que deseen encontrar pareja, deben reunir 13 monedas regaladas por 13 hombres diferentes, guardarlas en una bolsita roja, llevarlas al templo de San Antonio y ofrendárselas con el fin de que San Antonio les haga el milagrito. Sin olvidar, claro, poner una imagen del santo volteada en casa En el caso de que el devoto y solicitante sea hombre, el procedimiento es el mismo, sólo que en lugar de pasadores, tendrá que juntar 13 pasadores.

Lo malo es que hoy es sábado y la “promoción” ya pasó. No soy supersticioso ni creo en estas cosas, pero mínimo pudieron avisarme. Ahora tendré que esperar todo un año, lo cual en mis condiciones es una eternidad. Quizá hubiera sido mejor no saberlo, así me hubiera evitado el sentimiento de impotencia por no haber hecho nada de lo mucho que se supone, los que andamos en busca del amor debemos hacer el 13 de junio. Porque claro, lo más probable es que tras haber juntado los pasadores (lo cual ya hubiera sido una proeza, pues no imaginó a 13 mujeres sacrificando su peinado, sólo para que un pobre diablo haga tratos dudosos con un santo) no hubiera pasado nada… pero ¿y si San Antonio nos regalaba el milagro? ¿Quién puede resistirse a la posibilidad de recibir del mismo cielo, el regalo del amor?

Lo de las monedas es entendible, pues son tiempos difíciles y a nadie le cae mal un dinerito extra, pero sepa Dios para qué quiere Saint-Anthony tantos pasadores.

Lo único de lo que estoy seguro es que gracias a mi ignorancia me condené a la soltería durante los próximos 365 días (bueno, 364 si descontamos hoy). Mi última esperanza (ya muy desesperada e idiota) será poner de cabeza, una imagen de San Antonio en este blog, y no la voltearé hasta que el dichoso santo cumpla en mi persona con el deber que su envestidura de patrono del amor le confiere.
Si prefiere que durante el próximo año toda la sangre del cuerpo se le vaya al cerebro, allá él.

miércoles 11 de junio de 2008

Siberia


Salí del teatro conmocionado, con el sentimiento de haber sido impactado por un golpe en lo más profundo de mi psique, aquel que por cierto, seguiría invitándome a la introspección de mis temores en los días consecuentes. No dejar en mi alma ni siquiera un momento de tregua. Muchas cosas pueden pasar en tu interior después de ver “Siberia”, menos la indiferencia.

Una noche cualquiera en la Ciudad de México, un médico asesina a una prostituta sin motivo alguno. Con un argumento así, aparentemente sencillo pero contundente, está obra de teatro es una invitación a lo más recóndito del sentimiento humano. Conforme el impacto de la escena inicial va pasando, la trama y los cuatro personajes principales se van desarrollando por tantas vertientes y juegos de planos reales e imaginarios, hasta alcanzar niveles de un laberinto perfecto, tan lleno de posibilidades como de salidas.

Y es que todo tipo de personajes caben en ese confesionario inmenso ante Dios llamado Siberia:

Una mesera que lee el futuro en cubos de hielo y que a la vez, es y no es un demonio interno, cuyo gemelo busca llegar a la razón primera del aislado crimen. Temerle y a la vez encontrar toda la gracia del mundo en sus comentarios, llenos de ironía e incómoda verdad. Una especie de Anti Pepe Grillo obsesionado más con las causas, que con los motivos; ó un médico confundido, sin motivaciones ni porvenir en la vida que un día, de la nada, es tentado por la semilla de la violencia, condenándose así al más duro de los exilios en la gélida Siberia; ó un triste, solitario y deprimente borracho cuyo mayor miedo es el amor y que paradójicamente, está enamorado como un idiota de una bailarina exótica, a la que rechaza y sin embargo, no puede dejar de verla y contemplar su belleza y frescura; precisamente ella, eje central de la historia, es la mismísima imagen de la sensualidad. Belleza apodada como un whisky ruso, dueña de un pez que tiene como mascota, inocente pero seductora… cualquiera podría caer loco por ella. Al menos, el espectador que ahora escribe en este blog quedó prendado de aquella heroína.

Por cierto, su nombre es Mariana Giménez, y por su sola presencia valdría la pena ver esta obra un infinito de veces.

De los tantos temas planteados en 90 minutos de puesta escénica, sobresale el de la purificación de los corderos que reivindican sus pecados por medio del sufrimiento. Y que quede claro, no estoy hablando de temas de índole religiosa, al contrario, el texto de la obra va mucho más allá. No se trata de que el texto se desarrolle en Siberia, sino que Siberia es ese interior frío e inmenso que todos llevamos dentro y en cuyas entrañas habita la más agua de las soledades, esa que nos impide movernos y nos llena de pavor, que nos trae la repetición constante y sin interrupciones de esos recuerdos que más nos duelen y que para nuestra desgracia, no podemos cambiar. ¿Cuántos de nosotros no hemos estado, o peor aún, seguimos atrapados en nuestra propia Siberia? ¿Cuántas noches de insomnio, o en su defecto llenas de pesadillas, tienen su refugio en este gélido paraje ruso en el que hasta la memoria se pierde?

Todos cabemos en cualquiera de los reflejos siberianos. Sea uno como sea, algo lo identificará con la trama, en algún momento nuestra personalidad se verá reflejada en la historia. En mi caso el resultado de encontrarme fue devastador. En mi caso, aquel borracho solitario soy yo. Siempre escapando del amor por medio de pretextos tontos. Ponerle trabas al deseo de alcanzar lo que tanto se anhela. Auto boicotearme y echarle la culpa al destino, a las circunstancias, al tiempo o a los demás, total, el chiste es salir impune aunque en nuestra conciencia, el veredicto nos declarare culpables.

“Siberia” es de esas obras preguntonas. Esas que sales sin entender del todo, y que con el paso de los días te va mandando las respuestas a cuentagotas; armando lentamente un rompecabezas que en cada caso será diferente y por eso, más valioso. Llegué al Teatro el Milagro, ubicado en el número 24 de la calle Milán en la Colonia Juárez, buscando encontrar una historia y a cambio me descubrí de una manera que desconocía y que no estoy seguro que me agrade del todo. Que esa noche haya ido sólo, huyendo precisamente de ella, hace el impacto aun mayor. Que por alguna u otra razón ella no haya podido ir, o que no me atreviera a invitarla, o que prefiriera ir sin compañía (¿realmente importa cuál de estas versiones es la real?) acentuó la hipnosis que lleva un par de días, cientos de horas, miles de minutos, millones de segundos, sin dejarme en paz.

No dudo en recomendarla. Seguramente volverá varias veces. Necesito más respuestas, más noches así, conmigo mismo. “Siberia” es confusa, pero apasionante. Vamos, se sufre pero se disfruta. Así es el amor. Cálido y volcánico, pero a veces helado, como la tundra rusa.

Siberia, Teatro el Milagro.
Milán #24. Colonia Juárez. Cd. de México
Jueves y Viernes 21:00hrs.
Sábados 19:00 y 21:00hrs.
Domingos 18:00hrs.

domingo 8 de junio de 2008

La suerte está en chino (o cómo llega la inspiración)

No tengo la menor idea de cuándo empecé a ver todo desde el punto de vista literario. Vamos, ni siquiera sé si es bueno o malo, eso de sentirme a todas horas dentro de una novela. Buscar coincidencias en todo y pensar que cualquier acontecimiento, por mínimo que sea, terminará por adquirir la categoría de “trascendente”, últimamente se me ha vuelto muy común.

Hoy no fue la excepción, ni siquiera por ser domingo familiar e ir a ese restaurante de comida china del Centro Histórico, del que tanto habló mi abuelo toda la semana. Yo, que rara vez consumo este tipo de comida, fui con más resignación que entusiasmo. Siguiendo la tradición de varios de esos establecimientos, la comida se sirve a modo de buffet, de manera que por el mismo precio, uno puede comer lo que quiera y cuanto quiera sin remordimiento alguno. ¿Qué hace alguien que al acercarse a la barra de alimentos no reconoce ni uno de los nombres de esos platillos?... fácil: comer de todo y rogarle a Dios que nuestro estomago resista estoicamente toda esa cantidad de condimentos y extrañas verduras orientales. Ya después, haré cuentas y me daré cuenta que comí nada más ni nada menos que ¡seis animales diferentes! (pez, pollo, calamar, cerdo, pulpo y pato), lo cual me convierte en un ser despreciable y blanco inmediato de Green Peace.

Mientras de cada charola tomaba una pequeña porción de alimentos, los aromas y decoración del lugar se apoderaron misteriosamente de mí. De la nada llegó esa idea que llevaba meses buscando, ese chispazo que me ayudará a reconstruir desde ahí la historia que siempre he querido escribir. Alejado completamente de la charla familiar, mi mente comenzó a borrar, hilar, crear situaciones, inventar vidas. Ya no estaba en un restaurante chino, sino en un gran bufet de ideas y personajes que se paseaban ante mí, rogándome ser parte de esa locura que sigo sin saber cómo emprender. El personaje ideal, con un pasado rico, cargando un conflicto sin solución y en medio de un ambiente que no le va.

El problema ya no era perderme entre esos sabores y texturas extrañas de la comida, sino averiguar cómo hacerle para encajar ese ser tan nítido, pero que tanto desentona, dentro de una novela que siempre imaginé, iría por otro rumbo.

La galleta china de la suerte, que recibí como postre, tampoco aclaró del todo mi situación:


Desconozco qué tanto se debe fiar uno de estas galletitas premonitorias, pero si gozan de fama internacional debe ser por algo. Aunque la verdad, eso de “Guarda tu cara a la luz del sol y nunca veas tu sombra” no es nada claro; para colmo, el resto de mis familiares recibieron mensajes claros y llenos de buenos augurios. Uno en cambio tiene que conformarse, como siempre, con hacerse miles de preguntas que nunca me llevan a ningún lado:

¿Debo dejar de lado ese trance y no darle tanta importancia, esperar que todo esté más claro dentro de mi cabeza o ponerme a escribir “ya” y dejarme llevar? Pero, ¿qué tal si el mensaje de la galleta china no tiene nada que ver con escribir y si con mi vida? (que al fin y al cabo es lo mismo, pero bueno). ¿Tendré que usar bronceador y cuidar por dónde piso? ¿Por qué los chinos no pueden ser más claros y me atormentan así?

Está en chino, y siempre he sido pésimo para aprender otros idiomas.

Ups, volví a hacerlo: otra vez estoy viendo todo literariamente.

viernes 6 de junio de 2008

Juicio a los imitadores de Juan Salvador Gaviota

Me gusta ver a las aves peinando el cielo,
siempre más alto,
aunque a veces, algunas mueran de vanidad.

Al querer tocar el sol,
cometen el pecado de renunciar a lo que son....



Gabriel Revelo
Febrero 2006

martes 3 de junio de 2008

Lo difícil de tener un blog


Escribo sin escribir, o al menos, sin poner mucha atención en lo que hago. Redacto estas líneas con la mirada más puesta en la televisión que en el monitor de la computadora. A unos minutos de que inicie la semifinal de la Copa Libertadores entre la Liga Universitaria Deportiva de Quito y el América de México. Que quede bien claro, NO LE VOY AL AMÉRICA, le voy al Atlante, pero la importancia del partido de esta noche me hace inevitable no estar al pendiente. Por eso, estar escribiendo para mi blog es algo que no estaba en mis planes.

Desde hace varios días tenía agendadísimo estar frente a un televisor sin hacer nada más. Según mis planes, en el transcurso de la tarde escribiría algo para éste espacio con toda la calma del mundo para poder así, estar desocupado y disfrutar del futbol como Dios manda: comiendo papas y refrescos aplastado en el sillón.

Lo malo es que por más que lo intenté “la maravillosa idea que me haría escribir un gran post” nunca llegó. Por más que pensé, medité y salí a caminar, nomás nada. Hay días así.

Dirán ustedes que mi problema es infundamentado, que no pasará nada si dejo de escribir por un día, pero quienes tengan un blog o compartan conmigo el vicio de escribir no me dejarán mentir: es tan necesario hacerlo, que cualquier otra cosa, pasa a segundo término. No importa si el tiempo se pasa y las palabras no llegan, el chiste es trabajar en ello o cuando menos, exprimirnos el cerebro una y otra vez. Esperar ese ‘chispazo’ que podría llegar en cualquier momento o morir en el intento.

En parte lo complicado de tener un blog es hallar de qué hablar y que esto resulte interesante a los demás. Que por momentos se tengan mil y un temas sobre los cuales escribir, y que paradójicamente, en otras ocasiones nuestra creatividad sea un desierto es una de esas bromas del destino que terminan por volverse una molesta astilla que no hacen daño, pero que vuelve insoportable. Se puede dejar de escribir por días y nadie morirá, pero el precio que se paga con la propia consciencia es aún, más insoportable que la astillita antes mencionada.

De modo que contrario a lo que muchos creen, mantener un blog más o menos no es nada fácil. La pelea es con uno mismo y aun así se lleva la de perder. Al igual que cualquier otro arte, la pasión de jugar con las letras no conoce la palabra ‘saciedad’. Un escritor (de cualquier ramo) que se encuentre satisfecho con lo que ha escrito y no sienta la urgencia de redactar ‘algo más’, simplemente debería pensar en otro oficio.

No podría dejar de ver el partido, que por cierto, ahora está en el medio tiempo; pero tampoco podía dejar de escribir. Qué importa si no disfruto plenamente del partido, seguramente el cargo de conciencia sería mucho peor si hubiera dejado este texto para después.

Pero eso se busca uno. Nadie dijo que tener un blog sería fácil.

sábado 31 de mayo de 2008

Perdón por la noche (o cancionero para errores así)

Mortal. Inmensa y engañosa, llena de seductoras promesas que nadie en su sano juicio quiere perderse. Quién me puede asegurar que en algún momento de su vida no ha caído en alguna de sus trampas… supongo que nadie.

Por más que vayamos por la vida con una bandera de ‘seres racionales’, jamás estaremos exentos de que la noche y su aliada la luna se las ingenien para de vez en cuando meternos en uno que otro lío. ¿Cuántos de nosotros,sólo bajo el amparo de la obscuridad, nos atrevemos a cruzar la barrera de nuestros propios limites éticos y morales? ¿Qué tiene la noche que convierte lo imposible en posible, arrojándonos al azar de un solo golpe y sin consideración alguna?

Si por si misma, la noche es territorio de lo inimaginable, esta se vuelve aún más peligrosa cuando se alía con el amor, su demonio favorito. Cuántas noches de insomnio, interminables y eternas, han puesto en riesgo nuestra integridad mental al grado de poner de cabeza nuestras ideas y optar por las opciones más descabelladas en pos de acercarnos un poco más a le ejecución del verbo amar. Una llamada, un menasaje inoportuno, pasarnos la madrugada entera afuera de una ventana sin hacer ruido, o simplemente, renunciar al descanso con tal de sumirnos por horas en repasar y repensar la suavidad y encanto de un rostro de mujer.

Una vez que, sonsacados por la noche, cometemos la imprudencia de inquietar los mares de tranquilidad por medio de frases o palabras, sabemos que el volado está echado y que los vientos nocturnos se encargaran de magnificar cualquier error y acierto hasta dimensiones insospechadas, de cambiarte y volverte otro. ¿Cómo pedir disculpas, con la llegada del día, de aquello que hasta a nosotros mismos nos resulta incomprensible? Cuando el argumento verás no tiene ni pies para sostenerse, la suerte es lo único que nos queda, y para colmo, los designios de esta son tan caprichosos como el universo mismo (aquel que como el amor, aterra por infinito).

Horas después, negar nuestras acciones será imposible. La luna y ella bastan como testigos de nuestra debilidad y cobardía que significa actuar al amparo de las sombras. Conmigo la noche no ha sido del todo vehemente conmigo, una y otra vez se las ha ingeniado para mostrarme facetas que ni yo sospechaba tener. Hace poco fue la última vez, dije lo que pienso más nunca digo por ese temor a apresurar las cosas y echarlas a perder; al parecer me equivoqué. Por más que se nos diga que siempre se debe decir la verdad, hay ciertos sentimientos, ciertas ideas que no deberían quedar al descubierto. Por más que la idea sea decirle a la otra persona que al calor de la noche nuestro deseo de protegerla, amarla y hacerla feliz sigue igual, o con seguridad, mucho más fuerte que en la noche.

Estrategias nocturnas al vapor para la conquista, lección 1: lo impulsivo no deja nada bueno.

No dudo que precisamente, escribir esto de noche sea producto de la noche. Son casi la 1 de la madrugada, a estas alturas poco me importa mi pudor, tanto que me desnudo por medio de canciones que expresa mejor que yo lo que al menos hoy me tiene partido en dos. A ver si mañana no me arrepiento por haber escrito esto… como sea, el mensaje es el mismo:

“yo te invito a ese lugar, dónde el amor no se equivoca”.

lunes 26 de mayo de 2008

... de cómo auto-mediqué a unos niños

Una vez más, otra ridícula historia de mi vida.

Cosa curiosa, el amor siempre me mete en problemas y esta historia no es la excepción. Por ahí de mediados de los ochenta, tenía unos 4 años, cursaba el 3er año del Jardín de Niños (o kinder, pa’ la gente de mundo) y estaba enamorado de una niña llamada Martha Patricia. Siempre hacía todo lo posible por estar cerca de ella y lo demás poco me importaba con tal de lograr mi objetivo. Lo malo es que ella, demasiado ocupada en jugar a las muñecas y a la comidita, poco o nada reparaba en mis constantes esfuerzos por hacerme notar.

No recuerdo por qué, pero una mañana el grupo en el que iba se dividió en dos bandos y estalló la guerra. Seguramente era una tontería la que causó la confrontación, es más, casi apostaría a que fue sólo un vago pretexto para ‘jugar’ con toques de seriedad, porque eso sí, aquel conflicto inter-alumnos para nosotros era la cosa más sería del mundo. Tampoco sé porque la batalla se pactó para el otro día… ya ven, el mundo de los niños rara vez da explicaciones.

Aquél día, antes de la hora de la salida, los integrantes de mi bando nos reunimos para planear las estrategias que usaríamos para alcanzar la victoria. A cada uno nos tocaría traer cacerolas, ollas, palos y demás artículos que sirvieran para golpear, atontar y dejar fuera de combate a los enemigos. Entonces, yo tan consciente de que la guerra genera heridos, me auto-propuse como voluntario para traer las medicinas con las cuales atenderíamos y curaríamos a nuestras probables bajas bélicas.

Pase la tarde hurgando en el botiquín de emergencias y en el cajón de medicinas de casa. Tome unas vendas, cita adhesiva, gasas, un montón de cajas de diversos tamaños y unos frasquitos que quién sabe qué traían. Según yo, entre más rimbombante el nombre, más efectiva la medicina. Guardé todo mi arsenal de medicinas en mi cuarto y rogando que mis papás no se dieran cuenta, me dormí deseando que el próximo día llegara lo más rápido posible y poder tener así, la posibilidad de lucirme ante Martha Patricia y ser algo así como su héroe. Porque la verdad, si no fuera por ella ni loco hubiera entrado en una pelea que ni motivo tenía (curioso, como las guerras de los grandes) y menos me hubiera arriesgado a recibir una buena reprimenda por andar hurtando medicamentos.

Llegó el día esperado. Aunque los hechos tendrían lugar a la hora del recreo, desde las primeras horas de clase una ansiedad bañada de emoción envolvía el ambiente. No sé si la maestra de preescolar estaba ciega o de plano fingía demencia, pues no me explicó cómo no veía que dentro de aquellas loncheras más cargadas de lo habitual, se encontraban mal guardados decenas de objetos de contrabando destinados a impactar en otro cuerpo infantil. Cuando el sonido de la campana rompió el silencio, anunciando el inició del receso, los niños y niñas participantes de la futura gresca salimos en silencio y nos dirigimos a la parte más lejana del patio.

De repente comenzó todo: tierra por todos lados, gritos, cosas volando por aquí y por allá, niños llorando, niños que se caen. Yo como buen niño gordo que era (¿y qué soy?) avanzaba tirando a cuanta criatura me encontraba enfrente. Obviamente, la buscaba a ella, quién por cierto, cuando la encontré, lejos de compartir mi preocupación por su integridad física, disfrutaba de lo lindo estar en medio de esa tierra de nadie. Tras comprobar que el objeto de mi afecto estaba a salvo, recordé las medicinas, me paré debajo de un árbol y entonces grité: “todos los heridos vengan, aquí está el hospital de la guerra”. Y fue un éxito, unos niños llorando, llenos de tierra y con golpes muy, pero muy leves llegaron con la esperanza de encontrar una rápida cura a su dolor y regresar cuanto antes a la batalla. Yo, como todo un profesional, sacaba pastillas, daba jarabes, ponía curitas, vendas y untaba substancias en las zonas golpeadas. Los heridos seguían llegando y yo los despachaba con singular alegría de vuelta a sus obligaciones militares. Cuando de reojo observé que Martha Patricia seguía con atención mi debut como médico militar, me sentí orgulloso de mí. Aquella guerra, a diferencia de las reales, había valido la pena.
Las maestras nunca se dieron cuenta del zafarrancho que se armó, que por cierto, llegó a su fin junto con el recreo. Que yo sepa, en mi casa jamás se enteraron del robo de medicinas, las cuales volvieron a su lugar esa misma tarde. Al otro día todos los que participaron en la guerra asistieron al Jardín de Niños y tan amigos como siempre. Ninguno, que yo supiera, fue regañado por llegar untado en merteolate u oliendo a medicamentos raros. Nadie se intoxico o murió envenenado, lo cual, dadas las circunstancias fue un milagro. ¿A qué mente enferma se le ocurre medicar a su antojo a niños de cinco años?... exacto, a otro niño de cinco años.

Seguramente ese recreo quedó en el olvido para todos aquellos que participaron en la revuelta. Para todos menos para mi, que la recuerdo con una sonrisa en los labios gracias a que por primera vez obtuve la atención de la mujer (ejem… niña) por la que me desvivía, y sobre todo, por salir bien librado de la posibilidad de haber acabado con el resto d mis compañeros de clase.

viernes 23 de mayo de 2008

Licencia por corazón roto

Pensemos un momento en Japón.

Tamagochis, Geishas, Nintendo, Godzila destruyendo Tokyo por lo menos tres veces al año; Nissan, caricaturas que causan epilepsia, kimonos, la siempre sexy Sailor Moon, los luchadores de sumo, Oliver Aton, sanitarios de un metro cuadrado, Seiya, Sushi y por supuesto, Gokú, son algunos de los gloriosos inventos que le debemos a los nipones. Sin embargo, cada que uno piensa que en el Sol Naciente ya no hay cabida para una innovación más, terminamos sorprendernos a causa de una nueva ‘ocurrencia’. En está ocasión tan exótica, que cuesta trabajo creer que sea real.

La noticia salió hace más de una semana: La empresa japonesa Hime & Company ofrece como prestación a sus empleados la posibilidad de incapacitarse si estos atraviesan por una decepción amorosa. Dicha firma de relaciones públicas, considera que un corazón roto requiere, al igual que un embarazo, un duelo, o un matrimonio, de cierto tiempo fuera de las actividades laborales, pues según Miki Hiradate, director de la empresa, los trabajadores que sufren una ruptura sentimental, bajan considerablemente su rendimiento y terminan, tarde o temprano, haciendo cosas extrañas.

Los simpatiquísimos directivos de Hime & Company consideran que suspirar cada tres segundos, leer y releer una y otra vez cartas llenas de cursilerías de tiempos pasados, o llorar al escuchar ciertas canciones, aumenta la posibilidad de de sufrir algún accidente.

La llaman “Licencia por corazón roto”, y si bien, cualquier empleado de la compañía tiene derecho a solicitarla, tiene el ligero inconveniente de que el tiempo de recuperación concedido es demasiado breve: un día para los recién llegados a sus veintes, dos días a los mayores de 25 y tres para los treintañeros.

En un principio la nota me pareció una tontería. Después consideré que la medida tomada por el consorcio japonés es justa y después, hasta insuficiente. Quienes hemos tenido el corazón roto (dudo que alguien mayor de 13 años pueda excluirse de esta categoría) sabemos lo insufrible que se vuelven esas tardes en los que hasta respirar se vuelve un asunto espeso. No se está en sus cabales, vamos, ni siquiera en este mundo; en parte porque en tales circunstancias el resto del mundo poco nos importa, y en parte porque reconozcámoslo, nos gusta tirarnos al drama. Pero… ¡¿un día?!... Cualquiera, con un mínimo de conciencia y un poquitísimo de experiencia en la vida, sabe que un corazón dañado no se repara de la noche a la mañana. Pueden pasar semanas, meses o hasta años para que ciertas heridas en el alma cicatricen; eso sin contar el riesgo, siempre latente, de que en el momento menos pensado nos desangremos a la mínima provocación.

Otra incoherencia es que se le den más días de incapacidad a los empleados de más edad, cuando la realidad por lo general, es a la inversa: se sufre más por amor cuando se es más joven y la inexperiencia y falta de madurez hacen que se ponga todo en una relación. Con los años uno aprende que después de un ‘adiós’, por duro que parezca, siempre habrá más, aunque claro, quién soy yo para catalogar los sentimientos, cuando ni siquiera soy capaz de controlar los míos, y en asuntos del corazón, ando más perdido que Hansel y Grettel en el bosque.

Si la “La licencia para corazón roto” llegara a México, seguramente pasaría más tiempo incapacitado que trabajando. Y no por gusto, sino porque honestamente, considero que un amor que de tanta intensidad llega a doler, simplemente no es amor. Mi forma de enamorarme es profunda y llena de entrega, por desgracia, mi proceso de olvido es aun más agudo.

Sigo sin entender, que esto del amor es un juego. Para colmo, ni las reglas me sé. Sólo incapacítenme, y no pregunten más.