jueves, 8 de julio de 2010

Con Miedo al Tiempo I.- Domingo, al atardecer


I. Domingo, al atardecer


Colonia Escuadrón 201, Ciudad de México, Octubre 2005.

Faltan veinte minutos para las siete de la noche, cuando aquel automóvil Dart plata Modelo 86, irrumpe en la calle ‘Héctor Espinosa’ y se detiene en la casa con el número 17. Es pleno Octubre, y como buena tarde de domingo, en la ciudad se respira un aire lleno de quietud y parsimonia. Del vehículo desciende una pareja de novios. Él, alto y delgado, de unos 33 años, camina a lado de ella. Tomados de la mano la acompaña hasta la puerta de su casa. Se despiden y se besan una y otra vez. Cosas típicas de novios.

El reloj marca las siete cuando Sandra Basú entra a casa, ya sin novio. - Justo a tiempo para cenar. Pensó. Conversó un rato con sus padres. Hora y media después, la joven recoge sus platos de la mesa, y como cada semana, escapa a la soledad de su cuarto, su refugio para pensar.

A sus 26 años podría decirse que tiene todo. Atractiva y exitosa abogada, cuenta con un envidiable trabajo en uno de los despachos jurídicos más prestigiosos de la ciudad, situación que le permitirá, en pocos meses, poder adquirir el lujoso automóvil de sus sueños. Hija única y muy querida por sus padres, se siente plena, sobre todo desde hace tres años, cuando se hizo novia de Cesar, su ahora prometido. Feliz en demasía, sentimiento que aquella noche la lleva a hurgar en su viejo cajón de los recuerdos, ubicado en uno de los muebles de su recamara. Sandra guarda ahí cartas de ex novios, poemas, fotografías de sus viajes por el mundo y otros objetos simbólicos; sin embargo, tras años de no abrirlo, siente la curiosidad de recordar momentos de su vida, de regresar el tiempo para, al menos por esa noche, entregarse al recuerdo de sus años de universidad. Encuentra divertido observar fotos de personas a las que tiene años de no ver. Varias veces ríe para sí misma, al descubrir la extravagante forma en la que se peinaba hace diez años. No cabe duda, los recuerdos alivian el alma. Emocionada ve los boletos de aquel concierto que tanto disfrutó, lee su anuario con las firmas de sus mejores amigas, sonríe con las cartas que en las clases intercambiaba con Leonardo, su loco amigo que siempre la hacía reír.

Buscó más. Al fondo del cajón encontró un cuaderno con anotaciones y su viejo libro ‘La tregua’ de Benedetti, con el que tanto se identifica. Entonces, en medio de recuerdos, se detuvo en la foto de una persona a la que, gracias al tiempo y a la distancia, había creído olvidada. O al menos eso pensaba. Quién iba a decir que justo en ese momento, aquél adolescente de la foto, ahora convertido en todo un hombre, también pensaba en ella, en aquella Sandra de la que desde hace ocho años estaba perdidamente enamorado...

... típica tarde de domingo, llena de melancolía y tristeza
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1 comentario:

Luis Gabriel González Sayago dijo...

q bueno esta...y se pone mejor...