viernes, 27 de junio de 2008

Huésped indistinguido

No sé si llamarlo calma, preocupación o nostalgia. Vaya Dios a saber si es añoranza o alivio, lo cierto es que aún en estos momentos, no puedo dejar de voltear obsesivamente hacia el piso de las diversas esquinas de la casa, esperando verlo ahí como hace más de una semana.

Martes 16 de junio. Aproximadamente a las 22:30 horas. En mi cuarto, luz apagada, metido ya en mi cama. Veo la televisión, específicamente el programa “Los Simuladores” en canal 5. La trama del capitulo, quizá esté de más decirlo, me trae de un hilo. De repente, proveniente de la sala, un grito de mi hermana interrumpe la calma de la noche. Me exalto pero me contengo restándole importancia al grito mediante la teoría de que mil y un tonterías pudieron ser sus causantes. No han pasado muchos segundos cuando un segundo grito ahora sí me pone alerta. Después mi mamá me llama pidiéndome que baje.

- “Se acaba de meter una rata. Ven a matarlo”, dice ella, confiada en que el hombre de la casa solucionará el problema de inmediato. Lo que ella no sabe es que el ‘hombre de la casa’ no quiere despedirse de la excepcional historia que una de sus series favoritas esta noche le plantea. Mucho menos imagina que la sola idea de enfrentarme por primera vez en mi vida no me produce miedo ni temor, pero si mucho asco. El solo pensar en bajar y verme las caras con un roedor actúa en mi como un ancla que quiere impedir que baje, o mejor dicho, que quiero que me impida bajar.

Y otro grito de mi hermana.

Estúpidamente pienso que al hacer caso omiso, el problema de la rata se solucionará sólo. Que algo o alguien vendrá por el animalejo y me dejará seguir descansando. Para mi desgracia el milagro no ocurre y mi buena conciencia, siempre tan inoportuna, me obliga a ponerme unos tenis, (qué tal si tenía que aplastar o patear al visitante) salir de la comodidad de mi cuarto y dirigirme hacia la planta baja de mi hogar. El destino me alcanza tras bajar, lo más lento que puedo, las escaleras. Hermana y Mamá me ponen al tanto de la crisis: mientras veían la tele, vieron como por la puerta de atrás entraba una rata a la casa. Es negra y está escondida entre una maceta y una cortina. Tengo que sacarla o matarla, así de fácil. Lo malo es que no tengo ni la menor idea de cómo hacerlo, y mi único posible aliado en la guerra, Margarito el perro, está temblando.

Sin querer hacerlo voy por unas escobas, aunque sé que lo que menos me gustaría sería agarrar a palazos a un animal hasta matarlo. Agarrarlo me parece imposible, pues la sola idea de imaginarme agarrando una rata de la cola me hace sentir mareos. Nunca será lo mismo pensar una situación así y verla lejana, a vivirla de frente. Aun así, quiero pero no puedo agarrar valor. Un paso al frente y dos hacía atrás. Si yo fuera la rata, mi enemigo me daría risa.

Cuando mi escaso coraje me da para mover un par de muebles por fin veo al huésped. Es negro, sí, pero no es una rata, sino un pequeño ratón. Sin embargo es más rápido que yo y el tiempo en el que tardo en coordinar a al ratón le bastan para escapar y refugiarse detrás de otro mueble al tiempo en el que mi hermana sigue y sigue gritando. Le doy de palazos al mueble pero sin conseguir que el intruso salga de su refugio. Se me ocurre echarle fijador de pelo en forma de aerosol y para mi sorpresa logro que salga despavorido rumbo al siguiente mueble.

Una hora después, él y yo estamos exhaustos. Llamamos al vigilante de la calle ‘dizque’ para ayudarme a atraparlo… lo único que consigue es ponerse a dar golpes a lo tanto, destruyendo mi conexión telefónica y de internet. Me enojo más y de la manera menos atenta le pido al vigilante súper eficiente que se vaya. No obstante, dentro de mi enojo y desesperación alcancé a detectar que en cada huida, el ratón siempre buscaba llegar a la ventana. Después de ver lo exitoso que soy como cazador, mi mamá decide que lo mejor era irnos a dormir y al otro día buscar al roedor concienzudamente. Cerramos todas las puertas, colocando trapos debajo de ellas para evitar que el ratón se moviera hacía otro punto de la casa. Antes de retirarme, se me ocurre abrir de par en par la ventana con la esperanza de que el ratón se facilite y me facilite las cosas.

Al otro día revisamos la casa y no hayamos nada. Quiero creer que el intruso fue tan mal recibido que decidió aceptar mi oferta y marcharse en cuanto pudo. Tras 10 días, las trampas sembradas en distintos puntos de la casa no han atrapado nada. No hay excrementos ni cosas roídas, mucho menos lo hemos vuelto a ver.

Es el segundo ratón que se mete en casa. El primero lo hizo hace 28 años (yo ni había nacido) y mi papá se encargó de matarlo. Creo que no heredé las habilidades para pelear contra esa especie de animales. Supongo es lo mejor, pues no me concibo descargando varios golpes violentos en contra de una cosa peluda. Desconozco hasta cuándo seguiré mirando los rincones de mi casa con cierta desconfianza, rogando no ver algún bulto negro moviéndose. Espero que la tranquilidad vuelva pronto, y que el ratón se quedé en dónde quiera que esté.

martes, 24 de junio de 2008

Lo difícil de tener un blog (2da parte)

Muy a menudo, uno de los motivos más poderosos que hace que algunos mortales sintamos la necesidad de vaciar parte de nuestra vida en palabras es, precisamente, deshacernos de todo un arsenal de ideas y sentimientos que de a poco se van acumulando en nuestro interior. Como si fuéramos una olla expréss a punto del cataclismo, hay veces en que liberarnos un poco de nuestros propios pensamientos es lo único que puede salvarnos de la locura.

Habemos gente así, extrañas por convicción y convencidas de que tal modo de vida, además de ser el correcto, es el único concebible. Hablamos, sin embargo, de un estilo de vida que dista mucho de la tranquilidad, todo lo contrario, entregarse a la escritura es firmar un contrato de matrimonio con la intranquilidad. Además, en el caso del blog, se tiene que lidiar con la infalible duda de qué si va y que no va a ser publicado.

- ¿Todo lo qué escribes en el blog es real?

Me preguntó vía Messenger una de las lectoras de éste espacio hace unas semanas. Yo, aunque que de antemano sabía la respuesta, jamás pensé que ese simple cuestionamiento me interrogara tanto sobre mi manera de escribir, particularmente en el blog. Obviamente, develar que es y que no es real es algo que jamás haré, pues tal como a los magos les está prohibido revelar sus trucos, a los escritores se les concede el derecho de guardarse para sí que partes de un texto surcan los límites de la realidad y cuales los de la irrealidad, tratando siempre de ocultar al verdadero yo detrás de las propias historias, pues como he comentado muchas veces, en la vida real soy un aburrido.

No se crea por esto, que el autor de este blog carece de cosas interesantes que contar, al contrario. A fuerza de ser franco confesaré que justo en estos días mi cabeza está llena de una gran cantidad de ideas que tan sólo esperan la autorización de mis manos para volverse escritos. Y ahí, como dicen, está el detalle, en que las palabras, además de llevarse parte de nuestras vidas, cometen la imprudencia de llevarse entre las patas parte de otras existencias, que sin deberla ni temerla, el día menos pensado pueden aparecer expuestas entre ficción y realidad, entre comas, puntos y acentos ¿Hasta dónde un escritor tiene derecho, en pos de contar parte de su existencia, de revelar otras existencias que se cruzan con la suya? ¿Trasgrede la libertad de expresión el limitarse por respeto, o cómo en la guerra y en el amor, todo está permitido en pos de la historia?

Antes lo dudaba, ahora sé que es cierto. Peor que el bloqueo de escritor, es el bloqueo de la autocensura, misma que no ha dejado impune el contenido de un blog que en sus inicios, pensé que sería mi válvula de escape ante cualquier interrogante de la vida, y que para mi infortunio, terminó por sólo ser un filtro que siempre deja fuera lo mejor. Hay veces que la tentación de postear todo lo que realmente deseo no me deja en paz, pues seguramente es en lo inconfesable, en dónde aguardan las mejores anécdotas, las mejores historias, lo increíble de lo creíble.

Lo difícil de tener un blog es aguantarse las ganas de no revelarse ante los lectores. Resistir el impulso de salir de la obscuridad pues el trabajo del escritor en gran parte consiste en pasar desapercibido hasta niveles de invisibilidad. En mi caso me cuesta mucho lograrlo, sigo sin hallar un traje camuflageado a mi medida.

Siempre será así. Amo escribir, pero más amo mi mundo aparte y la intimidad de varias personas que se han vuelto importantes en mi vida. Es por eso que, si algún día no sucumbo ante las ganas, esos relatos fantásticos (y aquí sí) interesantes que guardo en el personalísimo blog de mi mente, de dónde es muy probable que nunca salgan.

domingo, 22 de junio de 2008

Caí en la tentación

“… no les veo el menor chiste. Jamás tendré uno, pues además de caros, se me hacen innecesarios y aburridos; aparatitos al fin y al cabo, desechables”. Eso pensaba de los iPods, hasta que el Diablo y la tentación se cruzaron en mi camino.

Cada que alguien me sugería comprar uno, solía alegar que con la memoria de mi celular walkman me bastaría, 70 canciones eran más que suficiente. No obstante, por ahí me dijeron que “tener un iPod es otra cosa”.

No sé qué otra explicación darle al repentino impulso que en un par de horas me llevó a tomar la decisión de comprarme un iPod. Lo de menos era el modelo o la suma que gastaría, pues al fin y al cabo, a las obsesiones asuntos así poco le importan. Que si el nano, que si el shuffle, que si el touch… que 1,2,4,8 GB… que negros, verdes, plata, lila… precios de los 500 a los 8,000 pesos, eran algunas de las variantes que debí considerar para al finar decidirme por un iPod Nano color plata de 4GB.


El resto es historia… regresé a casa imaginando que canciones le metería al aparatillo, lo conecté en la Mac de mi hermana y no hubo compatibilidad, mente madres, intenté con mi lap, bajé un iTunes nuevo, por fín funcionó y desde entonces llevó días hipnotizado por el maldito iPod. Lo oigo a todas horas y me la paso imaginando que canciones de mis discos me falta por meterle. Parezco autista pues las decenas de canciones que se suceden una a otra, ajeno a cuanto sonido sucede fuera del par de audífonos que ya parecen parte de mi cuerpo. Vamos, he descuidado la lectura de una buena novela y hasta éste blog ha sufrido las consecuencias al haber estado medio abandonado.

Lo chocante de todo no es tanto el haber gastado lo que no tengo o el haber tenido que tragarme mis palabras y propia voluntad al adquirir algo que ni necesitaba, sino más bien, el descubrir que dentro de mi habita un ser materialista que se preocupa por cosas así. Eso de andar cuidando un artilugio de la modernidad para que no se raspe, no se descomponga, no se maltrate es fastidioso, pero lo hago. Para colmo no es la primera vez, me pasa idéntico con mi lap, mi celular y hasta el coche. Y si bien, en mi defensa podría decir que lo hago porque las cosas cuestan y sería tonto no cuidarlas, algo me dice que un aspirante a contar historias debe preocuparse más por vivir la vida que por cuidar sus pertenencias.

¿Será? La verdad es que así ni las cosas disfruto. Me angustia pensar en la cantidad de memoria que estoy usando al guardar tantas canciones en el iTunes, me preocupa que me asalten y me quiten mis cosas, pero sobre todas las cosas, me asusta de sobremanera el que esta fiebre por el iPod no se me pase rápido. Este texto es una prueba fehaciente de lo mal que puedo hacer las cosas, pues en honor de la verdad debo confesar que lo estoy escribiendo lo más rápido que puedo para poder seguir ocupándome en el apasionante mundo de tener casi mil canciones en una cajita de tamaño casi risible.

La pregunta no es por qué el Diablo me tentó, o el por qué de mi debilidad hacia los 4 GB, sino si seré capaz de volver a mi vida antigua, con todo y blog incluido… aun así me veo en la obligación de decirlo: no me arrepiento ni tantito.

Nos estamos leyendo, si es que el iPod me deja.

martes, 17 de junio de 2008

Hundida en el caos, pero hermosa

Quién sabe desde cuándo me enteré de la existencia de la película “El fin de los tiempos” (The Happening). Lo cierto es que, si bien, la trama del film desde un principio me pareció interesante, jamás llamó totalmente mi atención; hasta que hace poco me topé con el siguiente espectacular en una parada de camión:


Si mis ojos no me engañan (y vaya que no es así), la de la fotografía es Avenida Reforma, y el monumento del fondo se trata de El Ángel de la Independencia. No es normal que el poster de una película internacional tenga como eje central la ciudad en la que uno vive. Menos aún, si la imagen presenta un emblema de la ciudad abatido por la desolación.

No me consta, pero dicen que Paseo de la Reforma es una de las avenidas más hermosas del mundo, más las múltiples veces en las que he transitado por ella me dicen que es cierto, quizá por eso el efecto es más impactante. Generalmente los carteles promocionales de las películas de caos, muestran a la ciudad de Nueva York o Tokyo, como escenario de diversas catástrofes, pero no a la Ciudad de México, que dicho sea de paso, luce hermosa aún con todo el dramatismo que la imagen le imprime. Pensar que en ese mismo escenario que muestra el poster he festejado triunfos de la Selección Nacional, caminado y disfrutado un sinfín de veces, hizo que por lo menos sintiera un cierto desconcierto al pensar que el fin del mundo podría agarrarme más cerca de lo que uno, gracias a las películas gringas espera.

Después de mi desconcierto inicial por ver un espacio tan emblemático de la ciudad, me sentí (una vez más) orgulloso del lugar en el que vivo. Y es que quienes me conocen sabrán que estoy perdidamente enamorado de mi ciudad. Ya después, investigando un poco por el interne’, averigüé que la historia no se desarrolla en la capital mexicana. Por eso me sorprendió encontrar estos otros dos carteles:


Las ciudades de Guadalajara y Monterrey también aparecen en la publicidad de “El Fin de los tiempos”. La Minerva y el Cerro de la Silla aparecen respectivamente, como elementos representativos de ambas ciudades. Están como para coleccionarlos, aunque la verdad el de la Ciudad de México sigue siendo el que más me gustó, tanto que ya estoy pensando la manera de cometer el acto vandálico de robarme uno de cualquier parada del camión. No sé si en cada país en el que se exhiba la película esta se promocione igual, vamos, ni siquiera he visto la película (¡invítenme!), pero de que el método de usar imágenes inherentes a cada lugar se me hace ingenioso y altamente efectivo.

No me queda más que ir al cine algún día de estos, la publicidad ha logrado su efecto comigo.

sábado, 14 de junio de 2008

¿365 días más?

Ya lo decía yo: nada de normal y sí mucho de particular, tenía el que ayer a primerísima hora, una compañera del trabajo me pidiera que le regalara una moneda.

La denominación era lo de menos, por eso no me costó mucho obsequiarle una reluciente moneda de 50 centavos. Intrigado le pregunté para qué la quería. Ella, valiéndose de cualquier tipo de artimañas, se las ingenió para cambiar de tema. Mi desconcierto creció cuándo vi que a otros compañeros de trabajo (todos hombres) les pedía lo mismo: una moneda. Varios pensamos que quizá nuestra compañera había olvidado su dinero en casa, quería comprarse un desayuno o simplemente quería ver cuánto podía obtener de nosotros; sin embargo, cesó de pedir monedas cuando juntó 13 y corrió a comunicárselo a sus amigas, las cuales le hicieron fiestas y festejaron con ella como si algo increíble hubiera pasado.


Esta mañana, al comentar la anécdota, otra compañera del trabajo develó por fin el misterio de las mondas: ayer fue 13 de junio, día de San Antonio, patrono de las causas románticas, encargado de ponerle remedio al mal de amores y a la odiosa soltería. Según me contaron, la tradición dicta que aquellas mujeres que deseen encontrar pareja, deben reunir 13 monedas regaladas por 13 hombres diferentes, guardarlas en una bolsita roja, llevarlas al templo de San Antonio y ofrendárselas con el fin de que San Antonio les haga el milagrito. Sin olvidar, claro, poner una imagen del santo volteada en casa En el caso de que el devoto y solicitante sea hombre, el procedimiento es el mismo, sólo que en lugar de pasadores, tendrá que juntar 13 pasadores.

Lo malo es que hoy es sábado y la “promoción” ya pasó. No soy supersticioso ni creo en estas cosas, pero mínimo pudieron avisarme. Ahora tendré que esperar todo un año, lo cual en mis condiciones es una eternidad. Quizá hubiera sido mejor no saberlo, así me hubiera evitado el sentimiento de impotencia por no haber hecho nada de lo mucho que se supone, los que andamos en busca del amor debemos hacer el 13 de junio. Porque claro, lo más probable es que tras haber juntado los pasadores (lo cual ya hubiera sido una proeza, pues no imaginó a 13 mujeres sacrificando su peinado, sólo para que un pobre diablo haga tratos dudosos con un santo) no hubiera pasado nada… pero ¿y si San Antonio nos regalaba el milagro? ¿Quién puede resistirse a la posibilidad de recibir del mismo cielo, el regalo del amor?

Lo de las monedas es entendible, pues son tiempos difíciles y a nadie le cae mal un dinerito extra, pero sepa Dios para qué quiere Saint-Anthony tantos pasadores.

Lo único de lo que estoy seguro es que gracias a mi ignorancia me condené a la soltería durante los próximos 365 días (bueno, 364 si descontamos hoy). Mi última esperanza (ya muy desesperada e idiota) será poner de cabeza, una imagen de San Antonio en este blog, y no la voltearé hasta que el dichoso santo cumpla en mi persona con el deber que su envestidura de patrono del amor le confiere.


Si prefiere que durante el próximo año toda la sangre del cuerpo se le vaya al cerebro, allá él.

miércoles, 11 de junio de 2008

Siberia


Salí del teatro conmocionado, con el sentimiento de haber sido impactado por un golpe en lo más profundo de mi psique, aquel que por cierto, seguiría invitándome a la introspección de mis temores en los días consecuentes. No dejar en mi alma ni siquiera un momento de tregua. Muchas cosas pueden pasar en tu interior después de ver “Siberia”, menos la indiferencia.

Una noche cualquiera en la Ciudad de México, un médico asesina a una prostituta sin motivo alguno. Con un argumento así, aparentemente sencillo pero contundente, está obra de teatro es una invitación a lo más recóndito del sentimiento humano. Conforme el impacto de la escena inicial va pasando, la trama y los cuatro personajes principales se van desarrollando por tantas vertientes y juegos de planos reales e imaginarios, hasta alcanzar niveles de un laberinto perfecto, tan lleno de posibilidades como de salidas.

Y es que todo tipo de personajes caben en ese confesionario inmenso ante Dios llamado Siberia:

Una mesera que lee el futuro en cubos de hielo y que a la vez, es y no es un demonio interno, cuyo gemelo busca llegar a la razón primera del aislado crimen. Temerle y a la vez encontrar toda la gracia del mundo en sus comentarios, llenos de ironía e incómoda verdad. Una especie de Anti Pepe Grillo obsesionado más con las causas, que con los motivos; ó un médico confundido, sin motivaciones ni porvenir en la vida que un día, de la nada, es tentado por la semilla de la violencia, condenándose así al más duro de los exilios en la gélida Siberia; ó un triste, solitario y deprimente borracho cuyo mayor miedo es el amor y que paradójicamente, está enamorado como un idiota de una bailarina exótica, a la que rechaza y sin embargo, no puede dejar de verla y contemplar su belleza y frescura; precisamente ella, eje central de la historia, es la mismísima imagen de la sensualidad. Belleza apodada como un whisky ruso, dueña de un pez que tiene como mascota, inocente pero seductora… cualquiera podría caer loco por ella. Al menos, el espectador que ahora escribe en este blog quedó prendado de aquella heroína.

Por cierto, su nombre es Mariana Giménez, y por su sola presencia valdría la pena ver esta obra un infinito de veces.

De los tantos temas planteados en 90 minutos de puesta escénica, sobresale el de la purificación de los corderos que reivindican sus pecados por medio del sufrimiento. Y que quede claro, no estoy hablando de temas de índole religiosa, al contrario, el texto de la obra va mucho más allá. No se trata de que el texto se desarrolle en Siberia, sino que Siberia es ese interior frío e inmenso que todos llevamos dentro y en cuyas entrañas habita la más agua de las soledades, esa que nos impide movernos y nos llena de pavor, que nos trae la repetición constante y sin interrupciones de esos recuerdos que más nos duelen y que para nuestra desgracia, no podemos cambiar. ¿Cuántos de nosotros no hemos estado, o peor aún, seguimos atrapados en nuestra propia Siberia? ¿Cuántas noches de insomnio, o en su defecto llenas de pesadillas, tienen su refugio en este gélido paraje ruso en el que hasta la memoria se pierde?

Todos cabemos en cualquiera de los reflejos siberianos. Sea uno como sea, algo lo identificará con la trama, en algún momento nuestra personalidad se verá reflejada en la historia. En mi caso el resultado de encontrarme fue devastador. En mi caso, aquel borracho solitario soy yo. Siempre escapando del amor por medio de pretextos tontos. Ponerle trabas al deseo de alcanzar lo que tanto se anhela. Auto boicotearme y echarle la culpa al destino, a las circunstancias, al tiempo o a los demás, total, el chiste es salir impune aunque en nuestra conciencia, el veredicto nos declarare culpables.

“Siberia” es de esas obras preguntonas. Esas que sales sin entender del todo, y que con el paso de los días te va mandando las respuestas a cuentagotas; armando lentamente un rompecabezas que en cada caso será diferente y por eso, más valioso. Llegué al Teatro el Milagro, ubicado en el número 24 de la calle Milán en la Colonia Juárez, buscando encontrar una historia y a cambio me descubrí de una manera que desconocía y que no estoy seguro que me agrade del todo. Que esa noche haya ido sólo, huyendo precisamente de ella, hace el impacto aun mayor. Que por alguna u otra razón ella no haya podido ir, o que no me atreviera a invitarla, o que prefiriera ir sin compañía (¿realmente importa cuál de estas versiones es la real?) acentuó la hipnosis que lleva un par de días, cientos de horas, miles de minutos, millones de segundos, sin dejarme en paz.

No dudo en recomendarla. Seguramente volverá varias veces. Necesito más respuestas, más noches así, conmigo mismo. “Siberia” es confusa, pero apasionante. Vamos, se sufre pero se disfruta. Así es el amor. Cálido y volcánico, pero a veces helado, como la tundra rusa.

Siberia, Teatro el Milagro.
Milán #24. Colonia Juárez. Cd. de México
Jueves y Viernes 21:00hrs.
Sábados 19:00 y 21:00hrs.
Domingos 18:00hrs.

domingo, 8 de junio de 2008

La suerte está en chino (o cómo llega la inspiración)

No tengo la menor idea de cuándo empecé a ver todo desde el punto de vista literario. Vamos, ni siquiera sé si es bueno o malo, eso de sentirme a todas horas dentro de una novela. Buscar coincidencias en todo y pensar que cualquier acontecimiento, por mínimo que sea, terminará por adquirir la categoría de “trascendente”, últimamente se me ha vuelto muy común.

Hoy no fue la excepción, ni siquiera por ser domingo familiar e ir a ese restaurante de comida china del Centro Histórico, del que tanto habló mi abuelo toda la semana. Yo, que rara vez consumo este tipo de comida, fui con más resignación que entusiasmo. Siguiendo la tradición de varios de esos establecimientos, la comida se sirve a modo de buffet, de manera que por el mismo precio, uno puede comer lo que quiera y cuanto quiera sin remordimiento alguno. ¿Qué hace alguien que al acercarse a la barra de alimentos no reconoce ni uno de los nombres de esos platillos?... fácil: comer de todo y rogarle a Dios que nuestro estomago resista estoicamente toda esa cantidad de condimentos y extrañas verduras orientales. Ya después, haré cuentas y me daré cuenta que comí nada más ni nada menos que ¡seis animales diferentes! (pez, pollo, calamar, cerdo, pulpo y pato), lo cual me convierte en un ser despreciable y blanco inmediato de Green Peace.

Mientras de cada charola tomaba una pequeña porción de alimentos, los aromas y decoración del lugar se apoderaron misteriosamente de mí. De la nada llegó esa idea que llevaba meses buscando, ese chispazo que me ayudará a reconstruir desde ahí la historia que siempre he querido escribir. Alejado completamente de la charla familiar, mi mente comenzó a borrar, hilar, crear situaciones, inventar vidas. Ya no estaba en un restaurante chino, sino en un gran bufet de ideas y personajes que se paseaban ante mí, rogándome ser parte de esa locura que sigo sin saber cómo emprender. El personaje ideal, con un pasado rico, cargando un conflicto sin solución y en medio de un ambiente que no le va.

El problema ya no era perderme entre esos sabores y texturas extrañas de la comida, sino averiguar cómo hacerle para encajar ese ser tan nítido, pero que tanto desentona, dentro de una novela que siempre imaginé, iría por otro rumbo.

La galleta china de la suerte, que recibí como postre, tampoco aclaró del todo mi situación:


Desconozco qué tanto se debe fiar uno de estas galletitas premonitorias, pero si gozan de fama internacional debe ser por algo. Aunque la verdad, eso de “Guarda tu cara a la luz del sol y nunca veas tu sombra” no es nada claro; para colmo, el resto de mis familiares recibieron mensajes claros y llenos de buenos augurios. Uno en cambio tiene que conformarse, como siempre, con hacerse miles de preguntas que nunca me llevan a ningún lado:

¿Debo dejar de lado ese trance y no darle tanta importancia, esperar que todo esté más claro dentro de mi cabeza o ponerme a escribir “ya” y dejarme llevar? Pero, ¿qué tal si el mensaje de la galleta china no tiene nada que ver con escribir y si con mi vida? (que al fin y al cabo es lo mismo, pero bueno). ¿Tendré que usar bronceador y cuidar por dónde piso? ¿Por qué los chinos no pueden ser más claros y me atormentan así?

Está en chino, y siempre he sido pésimo para aprender otros idiomas.

Ups, volví a hacerlo: otra vez estoy viendo todo literariamente.

viernes, 6 de junio de 2008

Juicio a los imitadores de Juan Salvador Gaviota

Me gusta ver a las aves peinando el cielo,
siempre más alto,
aunque a veces, algunas mueran de vanidad.

Al querer tocar el sol,
cometen el pecado de renunciar a lo que son....



Gabriel Revelo
Febrero 2006

martes, 3 de junio de 2008

Lo difícil de tener un blog


Escribo sin escribir, o al menos, sin poner mucha atención en lo que hago. Redacto estas líneas con la mirada más puesta en la televisión que en el monitor de la computadora. A unos minutos de que inicie la semifinal de la Copa Libertadores entre la Liga Universitaria Deportiva de Quito y el América de México. Que quede bien claro, NO LE VOY AL AMÉRICA, le voy al Atlante, pero la importancia del partido de esta noche me hace inevitable no estar al pendiente. Por eso, estar escribiendo para mi blog es algo que no estaba en mis planes.

Desde hace varios días tenía agendadísimo estar frente a un televisor sin hacer nada más. Según mis planes, en el transcurso de la tarde escribiría algo para éste espacio con toda la calma del mundo para poder así, estar desocupado y disfrutar del futbol como Dios manda: comiendo papas y refrescos aplastado en el sillón.

Lo malo es que por más que lo intenté “la maravillosa idea que me haría escribir un gran post” nunca llegó. Por más que pensé, medité y salí a caminar, nomás nada. Hay días así.

Dirán ustedes que mi problema es infundamentado, que no pasará nada si dejo de escribir por un día, pero quienes tengan un blog o compartan conmigo el vicio de escribir no me dejarán mentir: es tan necesario hacerlo, que cualquier otra cosa, pasa a segundo término. No importa si el tiempo se pasa y las palabras no llegan, el chiste es trabajar en ello o cuando menos, exprimirnos el cerebro una y otra vez. Esperar ese ‘chispazo’ que podría llegar en cualquier momento o morir en el intento.

En parte lo complicado de tener un blog es hallar de qué hablar y que esto resulte interesante a los demás. Que por momentos se tengan mil y un temas sobre los cuales escribir, y que paradójicamente, en otras ocasiones nuestra creatividad sea un desierto es una de esas bromas del destino que terminan por volverse una molesta astilla que no hacen daño, pero que vuelve insoportable. Se puede dejar de escribir por días y nadie morirá, pero el precio que se paga con la propia consciencia es aún, más insoportable que la astillita antes mencionada.

De modo que contrario a lo que muchos creen, mantener un blog más o menos no es nada fácil. La pelea es con uno mismo y aun así se lleva la de perder. Al igual que cualquier otro arte, la pasión de jugar con las letras no conoce la palabra ‘saciedad’. Un escritor (de cualquier ramo) que se encuentre satisfecho con lo que ha escrito y no sienta la urgencia de redactar ‘algo más’, simplemente debería pensar en otro oficio.

No podría dejar de ver el partido, que por cierto, ahora está en el medio tiempo; pero tampoco podía dejar de escribir. Qué importa si no disfruto plenamente del partido, seguramente el cargo de conciencia sería mucho peor si hubiera dejado este texto para después.

Pero eso se busca uno. Nadie dijo que tener un blog sería fácil.

sábado, 31 de mayo de 2008

Perdón por la noche (o cancionero para errores así)

Mortal. Inmensa y engañosa, llena de seductoras promesas que nadie en su sano juicio quiere perderse. Quién me puede asegurar que en algún momento de su vida no ha caído en alguna de sus trampas… supongo que nadie.

Por más que vayamos por la vida con una bandera de ‘seres racionales’, jamás estaremos exentos de que la noche y su aliada la luna se las ingenien para de vez en cuando meternos en uno que otro lío. ¿Cuántos de nosotros,sólo bajo el amparo de la obscuridad, nos atrevemos a cruzar la barrera de nuestros propios limites éticos y morales? ¿Qué tiene la noche que convierte lo imposible en posible, arrojándonos al azar de un solo golpe y sin consideración alguna?

Si por si misma, la noche es territorio de lo inimaginable, esta se vuelve aún más peligrosa cuando se alía con el amor, su demonio favorito. Cuántas noches de insomnio, interminables y eternas, han puesto en riesgo nuestra integridad mental al grado de poner de cabeza nuestras ideas y optar por las opciones más descabelladas en pos de acercarnos un poco más a le ejecución del verbo amar. Una llamada, un menasaje inoportuno, pasarnos la madrugada entera afuera de una ventana sin hacer ruido, o simplemente, renunciar al descanso con tal de sumirnos por horas en repasar y repensar la suavidad y encanto de un rostro de mujer.

Una vez que, sonsacados por la noche, cometemos la imprudencia de inquietar los mares de tranquilidad por medio de frases o palabras, sabemos que el volado está echado y que los vientos nocturnos se encargaran de magnificar cualquier error y acierto hasta dimensiones insospechadas, de cambiarte y volverte otro. ¿Cómo pedir disculpas, con la llegada del día, de aquello que hasta a nosotros mismos nos resulta incomprensible? Cuando el argumento verás no tiene ni pies para sostenerse, la suerte es lo único que nos queda, y para colmo, los designios de esta son tan caprichosos como el universo mismo (aquel que como el amor, aterra por infinito).

Horas después, negar nuestras acciones será imposible. La luna y ella bastan como testigos de nuestra debilidad y cobardía que significa actuar al amparo de las sombras. Conmigo la noche no ha sido del todo vehemente conmigo, una y otra vez se las ha ingeniado para mostrarme facetas que ni yo sospechaba tener. Hace poco fue la última vez, dije lo que pienso más nunca digo por ese temor a apresurar las cosas y echarlas a perder; al parecer me equivoqué. Por más que se nos diga que siempre se debe decir la verdad, hay ciertos sentimientos, ciertas ideas que no deberían quedar al descubierto. Por más que la idea sea decirle a la otra persona que al calor de la noche nuestro deseo de protegerla, amarla y hacerla feliz sigue igual, o con seguridad, mucho más fuerte que en la noche.

Estrategias nocturnas al vapor para la conquista, lección 1: lo impulsivo no deja nada bueno.

No dudo que precisamente, escribir esto de noche sea producto de la noche. Son casi la 1 de la madrugada, a estas alturas poco me importa mi pudor, tanto que me desnudo por medio de canciones que expresa mejor que yo lo que al menos hoy me tiene partido en dos. A ver si mañana no me arrepiento por haber escrito esto… como sea, el mensaje es el mismo:

“yo te invito a ese lugar, dónde el amor no se equivoca”.

lunes, 26 de mayo de 2008

... de cómo auto-mediqué a unos niños

Una vez más, otra ridícula historia de mi vida.

Cosa curiosa, el amor siempre me mete en problemas y esta historia no es la excepción. Por ahí de mediados de los ochenta, tenía unos 4 años, cursaba el 3er año del Jardín de Niños (o kinder, pa’ la gente de mundo) y estaba enamorado de una niña llamada Martha Patricia. Siempre hacía todo lo posible por estar cerca de ella y lo demás poco me importaba con tal de lograr mi objetivo. Lo malo es que ella, demasiado ocupada en jugar a las muñecas y a la comidita, poco o nada reparaba en mis constantes esfuerzos por hacerme notar.

No recuerdo por qué, pero una mañana el grupo en el que iba se dividió en dos bandos y estalló la guerra. Seguramente era una tontería la que causó la confrontación, es más, casi apostaría a que fue sólo un vago pretexto para ‘jugar’ con toques de seriedad, porque eso sí, aquel conflicto inter-alumnos para nosotros era la cosa más sería del mundo. Tampoco sé porque la batalla se pactó para el otro día… ya ven, el mundo de los niños rara vez da explicaciones.

Aquél día, antes de la hora de la salida, los integrantes de mi bando nos reunimos para planear las estrategias que usaríamos para alcanzar la victoria. A cada uno nos tocaría traer cacerolas, ollas, palos y demás artículos que sirvieran para golpear, atontar y dejar fuera de combate a los enemigos. Entonces, yo tan consciente de que la guerra genera heridos, me auto-propuse como voluntario para traer las medicinas con las cuales atenderíamos y curaríamos a nuestras probables bajas bélicas.

Pasé la tarde hurgando en el botiquín de emergencias y en el cajón de medicinas de casa. Tomé unas vendas, cinta adhesiva, gasas, un montón de cajas de diversos tamaños y unos frasquitos que quién sabe qué traían. Según yo, entre más rimbombante el nombre, más efectiva la medicina. Guardé todo mi arsenal de medicinas en mi cuarto y rogando que mis papás no se dieran cuenta, me dormí deseando que el próximo día llegara lo más rápido posible y poder tener así, la posibilidad de lucirme ante Martha Patricia y ser algo así como su héroe. Porque la verdad, si no fuera por ella ni loco hubiera entrado en una pelea que ni motivo tenía (curioso, como las guerras de los grandes) y menos me hubiera arriesgado a recibir una buena reprimenda por andar hurtando medicamentos.

Llegó el día esperado. Aunque los hechos tendrían lugar a la hora del recreo, desde las primeras horas de clase una ansiedad bañada de emoción envolvía el ambiente. No sé si la maestra de preescolar estaba ciega o de plano fingía demencia, pues no me explicó cómo no veía que dentro de aquellas loncheras más cargadas de lo habitual, se encontraban mal guardados decenas de objetos de contrabando destinados a impactar en otro cuerpo infantil. Cuando el sonido de la campana rompió el silencio y anunció el inició del receso, los niños y niñas participantes de la futura gresca salimos en silencio y nos dirigimos a la parte más lejana del patio.

De repente comenzó todo: tierra por todos lados, gritos, cosas volando por aquí y por allá, niños llorando, niños que se caen. Yo como buen niño gordo que era (¿y qué soy?) avanzaba tirando a cuanta criatura me encontraba enfrente. Obviamente, la buscaba a ella, quién por cierto, cuando la encontré, lejos de compartir mi preocupación por su integridad física, disfrutaba de lo lindo estar en medio de esa tierra de nadie. Tras comprobar que el objeto de mi afecto estaba a salvo, recordé las medicinas, me paré debajo de un árbol y entonces grité: “todos los heridos vengan, aquí está el hospital de la guerra”. Y fue un éxito, unos niños llorando, llenos de tierra y con golpes muy, pero muy leves llegaron con la esperanza de encontrar una rápida cura a su dolor y regresar cuanto antes a la batalla. Yo, como todo un profesional, sacaba pastillas, daba jarabes, ponía curitas, vendas y untaba substancias en las zonas golpeadas. Los heridos seguían llegando y yo, con singular alegría los despachaba de vuelta a sus obligaciones militares. Cuando de reojo observé que Martha Patricia seguía con atención mi debut como médico militar, me sentí orgulloso de mí. Aquella guerra, a diferencia de las reales, había valido la pena.
Las maestras nunca se dieron cuenta del zafarrancho que se armó, que por cierto, llegó a su fin junto con el recreo. Que yo sepa, en mi casa jamás se enteraron del robo de medicinas, las cuales volvieron a su lugar esa misma tarde. Al otro día todos los que participaron en la guerra asistieron al Jardín de Niños y tan amigos como siempre. Ninguno, que yo supiera, fue regañado por llegar untado en merteolate u oliendo a medicamentos raros. Nadie se intoxicó o murió envenenado, lo cual, dadas las circunstancias fue un milagro. ¿A qué mente enferma se le ocurre medicar a su antojo a niños de cinco años?... exacto, a otro niño de cinco años.

Seguramente ese recreo quedó en el olvido para todos aquellos que participaron en la revuelta. Para todos menos para mí, que la recuerdo con una sonrisa en los labios gracias a que por primera vez obtuve la atención de la mujer (ejem… niña) por la que me desvivía, y sobre todo, por salir bien librado de la posibilidad de haber acabado con el resto de mis compañeros de clase.

viernes, 23 de mayo de 2008

Licencia por corazón roto

Pensemos un momento en Japón.

Tamagochis, Geishas, Nintendo, Godzila destruyendo Tokyo por lo menos tres veces al año; Nissan, caricaturas que causan epilepsia, kimonos, la siempre sexy Sailor Moon, los luchadores de sumo, Oliver Aton, sanitarios de un metro cuadrado, Seiya, Sushi y por supuesto, Gokú, son algunos de los gloriosos inventos que le debemos a los nipones. Sin embargo, cada que uno piensa que en el Sol Naciente ya no hay cabida para una innovación más, terminamos sorprendernos a causa de una nueva ‘ocurrencia’. En está ocasión tan exótica, que cuesta trabajo creer que sea real.

La noticia salió hace más de una semana: La empresa japonesa Hime & Company ofrece como prestación a sus empleados la posibilidad de incapacitarse si estos atraviesan por una decepción amorosa. Dicha firma de relaciones públicas, considera que un corazón roto requiere, al igual que un embarazo, un duelo, o un matrimonio, de cierto tiempo fuera de las actividades laborales, pues según Miki Hiradate, director de la empresa, los trabajadores que sufren una ruptura sentimental, bajan considerablemente su rendimiento y terminan, tarde o temprano, haciendo cosas extrañas.

Los simpatiquísimos directivos de Hime & Company consideran que suspirar cada tres segundos, leer y releer una y otra vez cartas llenas de cursilerías de tiempos pasados, o llorar al escuchar ciertas canciones, aumenta la posibilidad de de sufrir algún accidente.

La llaman “Licencia por corazón roto”, y si bien, cualquier empleado de la compañía tiene derecho a solicitarla, tiene el ligero inconveniente de que el tiempo de recuperación concedido es demasiado breve: un día para los recién llegados a sus veintes, dos días a los mayores de 25 y tres para los treintañeros.

En un principio la nota me pareció una tontería. Después consideré que la medida tomada por el consorcio japonés es justa y después, hasta insuficiente. Quienes hemos tenido el corazón roto (dudo que alguien mayor de 13 años pueda excluirse de esta categoría) sabemos lo insufrible que se vuelven esas tardes en los que hasta respirar se vuelve un asunto espeso. No se está en sus cabales, vamos, ni siquiera en este mundo; en parte porque en tales circunstancias el resto del mundo poco nos importa, y en parte porque reconozcámoslo, nos gusta tirarnos al drama. Pero… ¡¿un día?!... Cualquiera, con un mínimo de conciencia y un poquitísimo de experiencia en la vida, sabe que un corazón dañado no se repara de la noche a la mañana. Pueden pasar semanas, meses o hasta años para que ciertas heridas en el alma cicatricen; eso sin contar el riesgo, siempre latente, de que en el momento menos pensado nos desangremos a la mínima provocación.

Otra incoherencia es que se le den más días de incapacidad a los empleados de más edad, cuando la realidad por lo general, es a la inversa: se sufre más por amor cuando se es más joven y la inexperiencia y falta de madurez hacen que se ponga todo en una relación. Con los años uno aprende que después de un ‘adiós’, por duro que parezca, siempre habrá más, aunque claro, quién soy yo para catalogar los sentimientos, cuando ni siquiera soy capaz de controlar los míos, y en asuntos del corazón, ando más perdido que Hansel y Grettel en el bosque.

Si la “La licencia para corazón roto” llegara a México, seguramente pasaría más tiempo incapacitado que trabajando. Y no por gusto, sino porque honestamente, considero que un amor que de tanta intensidad llega a doler, simplemente no es amor. Mi forma de enamorarme es profunda y llena de entrega, por desgracia, mi proceso de olvido es aun más agudo.

Sigo sin entender, que esto del amor es un juego. Para colmo, ni las reglas me sé. Sólo incapacítenme, y no pregunten más.

martes, 20 de mayo de 2008

Cuando la vida se va

Cierro los ojos, la imagen sigue allí. Tan nítida y aterradora como hace un par de horas, cuando iba por la calle y de la nada apareció aquella escena.

Supongo que pocas cosas provocan el mismo efecto impactante que causa ver a un atropellado. Si he de describir la sensación, diría que es un escalofrío con tintes de tristeza que nace en nuestro pecho y va recorriendo cada uno de nuestros nervios. Eso mismo sentí hoy. Eran casi las dos de la tarde y manejaba por uno de los camellones que bordea la zona de centros comerciales de mi colonia. Un montoncito de gente y dos patrullas llamaron mi atención. Al pasar a lado de la escena la entendí por completo: un auto Sentra azul atravesado en la calle; a unos metros del cofre, una mujer tirada e inconsciente es atendida por tres ciudadanos; en la banqueta, dos señoras consuelan y revisan cuidadosamente a una niña de unos cinco años; los cinco policías, para variar, no hacen nada.

Pasé a lado de aquel cuadro y no reaccioné. Quería retroceder, ayudar. Lo pensé dos segundos más y caí en la cuenta: no haría más que estorbar. ¿O será el morbo? Algo en la idea de regresar me atraía, me seducía y claro, me laceraba la razón. Estacioné el auto a unos trescientos metros del lugar del accidente. Mientras me dirigía al banco escuché a varias personas hablar de lo que minutos atrás había pasado. Al parecer, el conductor de un coche azul arrolló a una señora. Una niña que la acompañaba apenas fue tocada por el auto. El conductor fue detenido por varios testigos de los hechos. En el banco intentaba, sin mucho éxito, contarme una historia diferente a la que la realidad acababa de mostrarme. Más que el cuerpo inerte de esa señora o lo que pudiera pasara con el conductor, era la cara de esa niña la que no dejaba (y aun a estas horas, no deja) de proyectarse en mi imaginación cada que cierro los ojos.

Diez minutos después regresé por el mismo camino. La ambulancia aun no había llegado, la niña ya no estaba y el cuerpo yacía en el mismo lugar, sólo que ahora cubierto por una sábana.

La primera vez que vi un muerto fue un 6 de abril. A mis diez años ver el rostro de aquel anciano, también tirado en la calle, con los ojos abiertos y sin vida, perdidos en la nada, me atormentaron por años. Esta noche, los dos cuerpos atropellados se superponen y enrarecen mi estado de ánimo. Las decenas de preguntas que acompañan esta sensación lejos de ayudar me revuelve aun más el estomago. ¿Servirá de algo saber, o es mejor vivir en la incertidumbre del desconocimiento? Nunca sabré si la muerte rondó y tuvo éxito aquel medio día en el lugar del accidente, ni si aquella niña era su hija, ni mucho menos, las cosas que pasaban por la mente del conductor que en cuestión de minutos se convirtió en villano quizá sin merecerlo.

Cuando una vida se va uno se siente tocado, no tanto por el ser que abandona el mundo como por el baño de cruda realidad que significa el darse cuenta de lo frágil que somos. Dudo que por un buen tiempo lo olvidé, me basta cerrar los ojos para volver a ver ese cuerpo inerte, a la expectativa del destino.

domingo, 18 de mayo de 2008

Escribí de ti

Siento ansias en los dedos y envidia por las hojas en blanco que dentro de minutos serán universo. Una fiesta en mi alma, sonrisa en mi mirada. Todo es bello, todo es bueno: Me dispongo a escribir sobre ti.

Sobre ti, pequeña armonía de mi atardecer. Apareces y todo se vuelve de cristal. El aire se llena de ti. Me parece más puro y respirable. Perfumado de mujer en plenitud. Si estoy contigo, estoy tranquilo, estoy bendito. Porque ahí donde estás tú, está mi paz. ¿Qué otra cosa puedes ser para mí?. Cuando te pienso me vuelvo tiempo lento. Me sorprendo y te quiero un poco más.

Oír tu voz es un susurro del mar que infinitamente se pierde y se recrea. Te vuelves primavera en el mediterráneo si de tus labios escapa cualquier palabra. Y si callas, entonces transmutas en escultura de porcelana y marfil. Ni que decir de tus labios, caramelos de fresa, extensión del cielo en la tierra. Me desarma tu perfección. Por eso cuando te veo no resisto y me dejo llevar por el manantial de vida que eres tú. ¿Serás consciente de la belleza de tu arrebatadora ternura?. Simplemente y por no dejar te pregunto: ¿en qué momento te volviste embajadora de las estrellas en la tierra?. Yo soy tierra. Tú, manto cósmico que desde mis adentros veo tan lejano, pero a la vez tan necesario para subsistir.

No hace falta ser un genio, estoy muriendo por ti. Soy como esos jardines de uvas que Dios hace reverdecer de inspiración. Me desgasto las ganas dibujando tu cuerpo de oro que no se cansa de brillar; o tu cabello, tan diferente, tan perfecto, empeñado en hacerme suspirar. Se detiene el día, al diablo mis problemas y angustias. Si estas en mi mente, yo te juro que el mundo, de celos, puede estallar. Que llore el cielo, la tierra se estremezca y nos azote un huracán si cualquier mortal te llega a lastimar. Quiero decirte la verdad: tu nombre debería ser ‘eternidad’. Tras tu caminar dejas huellas impregnadas, imposibles de olvidar.

Ahora siento profundamente no tener los adjetivos para completar este texto que no te hace ni la menor justicia. Yo quería hablar de tu esencia y de esa belleza sólo comparable a la de una lágrima de amor. Cosas así, como el susurro del amanecer apenas y serían comparables contigo. Eres la princesa de mi vida, y nada ni nadie me quitará el brillo de pensarte cada tarde como desde hace tanto.

Y ahora vuela libre y mézclate con la misma vida. Llena esta ciudad de ti, y cúbrenos con tu manto de amor. Llega a las nubes. Diviértete. Ríe. Que si estas bien me sienta mejor la rutina. Si ríes, sonrío.

¿Qué más puedo decir sobre ti?
-Una oración, quizá...

jueves, 15 de mayo de 2008

Smile Shutter

Suena a cliché pero es cierto: La tecnología va a pasos agigantados. Seguirle el paso a los adelantos es tan imposible como no sentirse maravillado cada que algún producto nuevo y modernísimo irrumpe en el mercado (lo cual aproximadamente ocurre cada 3 segundos).

Recientemente una de estas ‘invenciones novedosas’ hizo que literalmente me quedara con la boca abierta y derramando litros de baba: un comercial en televisión de la nueva cámara digital Cybershot de Sony, cuyo mayor atractivo radica en tomar las fotos justo en el momento en el que las personas sonrien. Así, automáticamente y como por arte de magia. La función se llama ‘Smille-Shutter’ y hace ver a todas las demás cámaras como unas completas y obsoletas antigüedades. Desconozco cómo o qué diablos (igual y él) hace que un pequeño artefacto distinga una sonrisa y dispare en ese preciso instante.

Varias preguntas, bastante idiotas por cierto, invaden mi mente cada que entre mis programas favoritos veo el anuncio:

¿La cámara distingue todo tipo de sonrisas o sólo las humanas?, ¿cómo hacerle para las sonrisas de un perro, o una jirafa o un pez espada?

¿Y si vamos a un show cómico en el que todos ríen… cuantas fotos puede tomar en segundos antes de colapsarse?

¿y si la sonrisa es fingida e hipócrita la imagen se toma de todas formas?

Preguntas tontas al fin y al cabo sin importancia, pues lo que realmente ha ocupado mi mente desde hace días es el siguiente pensamiento filosófico: ¿esta cámara funciona con los emos que siempre están tristes y deprimidos? Imaginemos que a uno de ellos se le regala la Smille Shutter ¡nunca va a servir?... ¿y si voy a una reunión de emos, me paro en medio y sólo yo sonrió?…. qué va a pesar más ¿las caras largas o mi sonrisa deslumbrante?.

Si algún emo lee esto, le agradeceré que en primer lugar no se moleste, y en segundo, que responda a mis dudas que no me dejan conciliar el sueño. Ojalá y algún ejecutivo de Sony lea estas humildes líneas y con el fin de evitar alguna demanda por mal funcionamiento, etiquete las cajas de las cámaras con alguna etiqueta o leyenda que advierta que el producto y los emos, simplemente no son compatibles.

En cosas así pienso en este medio día caluroso mientras ‘dizque’ trabajo. Aunque la verdad, debería emplear mi mente en resolver lo que ella quiso decir ayer, cuando en un mensaje de celular me escribió:

“haz de un limón una limonada”

… y creo saber a que se refiere, aunque, tratándose de ella nunca, pero nunca se sabe. Y a mi que me encantaría saber. Y eso me encanta de ella. Y ya me voy.

lunes, 12 de mayo de 2008

Buen viaje Sr. Potter

“El último enemigo que será derrotado es la
muerte”

No deja de ser un escenario común, entre los asiduos a la lectura, lamentar la llegada de un cuento o novela a su fin. Apenas se pasa la última página y ya se extraña a varios de los personajes que tras la barrera de aquellas hojas ya no podrán existir más. Tras semanas de ser mudos testigos de las vidas intensas y llenas de peripecias de los protagonistas, es inevitable sentir el vacío que deja su partida y extrañarlos durante los días, y a veces semanas, subsecuentes.

Si así pasa cuando se lee una historia apasionante ¿cómo no evitar sentir añoranza por una historia y sus personajes que nos tardamos siete años en leer? ¿Acaso un adiós así no puede sino cuando menos, cimbrarnos las entrañas? ¿Cómo no dedicarle, cuando menos unas líneas, a la saga de Harry Potter y agradecerle a él, y a JK Rowling, su creadora, por darme a conocer su universo?.

Uno de mis regalos de cumpleaños en abril del 2001 fue “Harry Potter y la Piedra Filosofal”. Hasta entonces, mi única referencia sobre aquella serie de libros era que se trataba de una historia infantil cuya adaptación estaba siendo llevada al cine. Con cierta curiosidad pero sin grandes expectativas emprendí la lectura, sin sospechar que desde las primeras páginas aquella historia se apoderaría de mi entendimiento. Fue tanto el impacto que en menos de un año y sin interrupciones, leí la segunda, tercera y cuarta parta de la saga. Para ese entonces ya casi tenía veinte años pero ese no fue impedimento alguno para que aquel mundo de magia y fantasía me pareciera creíble y bien estructurado. Pasaban las paginas y los libros de aquel mago, lejos de perder interés, progresaban y maduraban en sus diversas tramas, volviéndose más intensas, oscuras y elegantemente entrecruzadas en una arquitectura ilusoria casi perfecta.

Tras un par de años de ausencia, en el 2004 para ser exactos, “Harry Potter y la Orden del Fénix”, el quinto libro de la saga fue publicado y vino a confirmarme que aquella historia monumental no era sólo un fenómeno mediático, sino que nos encontrábamos ante una de las mejores obras de la literatura fantástica de la historia.

Todavía recuerdo la fecha: 22 de febrero de 2008. Eran casi las siete de la noche y en mi cabeza sólo cabía el llegar a mi casa y comenzar la lectura del libro número siete, aquel en el que todo terminaría y en el que finalmente quedarían develados todos los misterios que por años rondaron a los fieles seguidores de la historia. Me tardé casi tres meses en terminar de leer “Harry Potter y las Reliquias de la Muerte”, y no precisamente por falta de tiempo o lentitud al leer, sino porque no quería llegar al final. Me rehusaba a creer que aquella aventura que cada día me ponía los nervios de punta y tanto me emocionaba llegaría a su fin. Por más que intenté posponer lo inevitable, hasta llegar a los niveles ridículos de leer diez hojas diarias cuando mucho, éste fin de semana llegué al punto final, no sin antes interrumpir en repetidas ocasiones la lectura para respirar, contener la emoción o ser conmovido hasta las lagrimas. Siempre valdrá y mucho la pena una novela que logre tocarnos de tal manera.

Siete libros, siete años de mi vida y más de 3,000 hojas resumen de manera parca el camino que recorrí a lado de Harry Potter. Y sin embargo, mirar esos siete libros sobre una de las repisas de mi cuarto es recordar batallas épicas, personajes entrañables, momentos llenos de tensión y otros tantos cómicos, momentos románticos y escenas llenas de ternura y esperanza.

No daré pormenores del final ni narraré la historia, pues para ello están los libros que son una maravilla. Muchos creen que Harry Potter no deja de ser un cuento infantil y no podrían estar más equivocados. Más allá del inicio rosa de la historia o de las películas, se encuentra un fondo más complejo del que se piensa. Salvó pequeños y a veces imperceptibles abusos deliberados del recurso de ‘la magia como solución a todo’, el final es impecable y lleno de una intensidad y vertigo que se mantiene desde el inicio del libro.

Es difícil decirle adiós a un libro así. No sólo extrañaré a Harry, Ron y Hermione. También echaré de menos esas tardes en las que mi mente viajaba, como un fantasma más, por los míticos pasillos de Hogwarts, siendo testigo de la más grandiosa historia que se pueda contar, aquella del niño que vivó.

viernes, 9 de mayo de 2008

Tus efectos secundarios

Salir contigo es cosa seria, tanto, que a veces pienso debería estar prohibido. Basta pasar unas horas a tu lado, para querer repetir la experiencia una, y otra, y otra vez, así hasta el infinito. Quiere el destino que hoy, viernes lluvioso y bañado de paz, aumenten los síntomas que mi deshidratado corazón a veces padece por ti. Tener sed de ti a penas es uno de los tantos efectos que provocas.

Ir muriendo de nervios en el auto, llegar puntual y esperarte, gozando esos minutos de retraso que saben a dulce tensión, promesa de vértigo de que cualquier cosa puede pasar. Entonces apareces. Más preciosa de lo que las horas previas a nuestro encuentro me pudieron sugerir, dueña del entorno que vuelves tuyo y transformas en la más sublime escena de cine. Segundos después, tras cruzar las primeras palabras contigo se cae en la cuenta de lo inútiles y deficientes que resultan los planes y tácticas de conquista. Tan espontánea que con tu mirada y voz serías capaz de desarticular cualquier ejercito. A esas alturas la pregunta deja de ser ‘qué hacer’, y sede la prioridad a cuestionarnos ‘cómo hacerle’ para sobrevivir sin perder la cordura en los minutos venideros.

Lo que sigue es una vorágine de sensaciones y momentos que carece de tiempo y espacio. Todo cambia, desde el color de las cosas hasta el clima frío que se viste de calidez. Más que transcurrir en un espacio lineal, los sucesos se van encapsulando en diferentes estampas de momentos. No me creo que sea yo el que está sentado frente a ti en aquel lugar. Menos que un comentario tonto logré hacer que sonrías y hasta rías. Alguna mirada, un pequeño dialogo, un silencio cargado de cien palabras sordas. Te vuelves mujer-fotografía y yo que para esos momentos caigo intoxicado de tu encanto no puedo sino almacenar esas diapositivas de ti entre el espacio que deja el alma y el corazón que se va hidratando de a poquito.

Y con eso me quedo. Ya de regreso, en la oscuridad de mi cuarto conciliar el sueño es imposible. Entonces caigo en la cuenta: los efectos secundarios por salir contigo comienzan. Una vez que dormite el sueño serás tú. Una vez que despierte la resaca de ti será total y comenzará así la sed y las ganas de retroceder el tiempo y volver a llenar cada uno de mis pensamientos de ti. Buscar en la tarde el rincón más silencioso para comenzar a torturarme por placer mientras una cascada de instantes y momentos me ahoga bajo el peso de la incertidumbre de saber que seguramente las cosas pudieron haber sido mejor. Recorrer lenta y minuciosamente los diálogos y actitudes personales para darme cuenta que dije muchas tonterías, guarde muchos silencios y no me comporté a la altura. El ‘¿Qué hubiera pasado si...?’ me aturde y antecede al cosquilleo de querer saber qué piensas tú, y si de casualidad logré llamar tu atención aunque sea la mitad de lo que tú hiciste conmigo.

Desconozco cuántas tardes de sed me esperan ni cuando volverá a repetirse el sueño de pasar unas horas contigo. Cuando el milagro se vuelva a dar, y vuelva a temblar de miedo por tu angelical presencia saciaré mi sed por unos momentos. Y luego las horas sin ti volverán. Y así hasta que poco a poco mi nombre se grabe en tu corazón o muera de sed.

No sé cuanto tiempo llevo viendo en mi cabeza las fotos de aquella vez. Me gusta pensar en ese instante como en una fotografía en la que la eternidad congela esa extrañísima sensación de saciedad que sólo contigo consigo.

martes, 6 de mayo de 2008

Por favor, no más Atún

Parte del encanto de un blog es el relatar lo extraordinario de la cotidianeidad. No recuerdo con exactitud las veces que en algún post he empleado la palabra ‘ya sé que no me van a creer’ antes de relatar algo y heme aquí, apunto de hacerlo una vez más. No sé si lo que están a punto de leer se pueda catalogar como historia sobrenatural, de terror, estúpida o cómica.

Anteriormente, el Atún era de esas comidas que me daban igual. No me gustaba mucho pero tampoco me desagradaba. Se diría que es un alimento sin chiste y hasta cierto punto simplón. A pesar de poder combinarse con infinidad de alimentos nunca me ha parecido la octava maravilla y aún así no tenía problema alguno en degustarlo ocasionalmente. Es más, mi favorita era mezclarlo con un poco de mayonesa y comerlo con galletas saladas. Del Atún también de puede decir que es barato, bajo en grasas y nutritivo... ah, y también que me odia.

La historia es la siguiente. A una calle de las oficinas donde trabajo se ubica una panadería de la línea “El Globo”. Mis compañeros y yo rara vez vamos por pan a ese fino expendio de pan, pues los precios son algo altos y nosotros pobres, sin embargo (sobre todo después de la quincena) hay veces en las que compramos rollitos de queso o empanadas de queso, que dicho sea de paso, saben muy bien. Uno de esos días en los que nuestro bolsillo así lo permitió, una compañera decidió ir a la dichosa panadería y traer nuestros encargos. Todos pidieron empanadas de diferentes sabores, yo no me iba a quedar atrás y pedí una de jamón con queso. Regresó, dejó la bolsa con las empanadas y nos dijo que agarráramos la nuestra. Obediente como soy, tomé la mía, fui a calentarla al horno de la oficina (para que según yo, el queso se derritiera) y regresé a mi lugar a comerla junto a mi computadora. Empecé a comerla y aunque tenía un saborcito un poco raro, estaba rica. Ahí estaba yo, feliz comiendo cuando comencé a sentir la mirada de mi compañera y escuché su amable comentario: “Gabriel, con razón desde hace rato me llegaba el olor... ¡Te estás comiendo mi empanada de Atún!, la tuya es esa de allá”. Y pues sí, después de agudizar mis sentidos mis papilas gustativas percibieron el característico sabor del atún. Para ese momento ya no sabía que era peor, si la pena de comerme la comida ajena, el sabor del atún caliente o el tufo a pescado que poco a poco se iba apoderando de toda la oficina. Al final me terminé de comer la empanada con el consentimiento de su propietaria original, claro que a cambio, ella se comió la de jamón con queso.

La anécdota hubiera quedado ahí, como uno de tantos ridículos si no hubiera sido porque dos días después decidí darle otra oportunidad a mi gusto de saborear una empanada de jamón con queso de El Globo. Por supuesto que tomé mis precauciones y en lugar de encargársela a alguien más, decidí ser yo quién en está ocasión bajaría a la panadería. Ahí estaba yo, feliz con mi charola y mis pinzas de pan surtiendo los pedidos de mis compañeros de la oficina cuando llegué a la zona de las empanadas. Pulcramente organizadas, las empanadas estaban clasificadas en diferentes charolas con letreritos de acuerdo a su contenido y sabor. Había de jamón con queso, rajas, carne, mole, atún y piña. El letrero con la leyenda ‘Jamón con Queso’ y la charola no podía mentir. Tomé una. La pagué junto con el resto del pan. Regresé a la oficina. Saqué mi empanada. La calenté de nuevo. Como niño gordo hambriento le di una mordida impaciente y.... ¡¡¡era de atún!!!. De nuevo el maldito atún (y caliente, para terminarla de fregar) frustraba mis anhelos gastronómicos. Por supuesto, la oficina de nuevo comenzó a apestar a Atún; por supuesto, mis compañeros se burlaron de mi mala suerte; por supuesto, ya qué, me quedé con las ganas y me comí el resto de la empanada.

Esa tarde advertí en mi casa que ya no quería saber nada del Atún. Que si bien no tenía nada en contra de esas pobres criaturas marinas, su aparición en los momentos menos esperados en mi comida ya estaba tomando tintes de broma macabra. Pedí que por favor, que al menos en un mes, el atún estuviera fuera de cualquier menú familiar.

Me queda bien claro que en parte se sufre porque se quiere. Ningún trabajo me hubiera costado ir por una empanada de Jamón con Queso al súper que está casi a lado de donde trabajo. O comprarla en algún expendio de pan cercano a mi casa. Al contrario, seguramente hubiera pagado menos y no habría lugar para el error. Sin embargo, cual enamorado mal correspondido tomé a la necedad y al orgullo como mis banderas y decidí que esos cadáveres horneados de unos malditos pescados desgraciados infernales dentro de un pan no se iban a burlar de mi. Sin avisarla a nadie (no quería testigos de mi aguerrida lucha) volví a la panaderia. Una, y otra, y otra, y otra vez, verifiqué que el letrero y la charola de las empanadas correspondiera. Ahí estaba yo, feliz y seguro de que la empanada que elegí era la correcta regresé al trabajo. Está vez decidí no calentarla hasta estar seguro de que el contenido de aquel pan era jamón y queso. La mordí...
...
...
...
Quise llorar, aventar el pan y preguntarle a Dios por qué a mi. No era posible que por tercera vez el atún estuviera allí, burlándose de mi suerte y atormentando los límites de mi raciocinio. Aun así, volví a tragarme mi orgullo y de paso al resto de la empanada.

Pase varios días queriendo saber qué es lo que pasaba. Buscando una teoría lógica a mi desgracia. Finalmente una compañera del trabajo (la misma que era la propietaria de la primera empanada) me dio una explicación más o menos coherente: No se trata de la charola o del sabor el letrero de estas señale, sino la letra marcada en la misma empanada. La de atún tienen una A, las de Jamón una J, y así respectivamente. ¿Será?. ¿Tan distraido soy que mi ansiedad y el miedo al Atún me impidió notar aquellas marcas? Sé que es una idiotez; real, pero idiotez al fin y al cabo.

Hoy volví a la panadería. En efecto, las marcas estaban ahí. Con miedo tomé una empanada grabada con la letra J y apenas salí del establecimiento le di una mordida. Y el alma me volvió al cuerpo. Lo mejor no era el sabor del Jamón con queso sino la ausencia de Atún en mi bocadillo. Fui feliz. Terminó la maldición pero no mi miedo. No quiero saber nada que tenga que ver con Atún

sábado, 3 de mayo de 2008

Respaldo

Su humilde servidor, éste que ahora escribe y que también es autor de éste blog se complace en anunciarles que se casa. Por increíble que parezca, y a pesar de que hasta hace unos días no veía ni por dónde algo así pudiera concretarse, aquellos miedos de volverme un viejo solterón han quedado sepultados para siempre gracias a que tengo ‘un respaldo’.

Cuenta la leyenda y las buenas costumbres que un ‘Respaldo’ es un pacto entre dos amigos o conocidos para contraer matrimonio si a determinada edad ambos continúan solteros. La primera vez que me enteré de que algo así existía fue gracias a la serie Friends, cuando en un capitulo Phoebe le pide a Joey que sea su respaldo teniendo como fecha marcada la llegada de sus 40 años. Los problemas empiezan cuando Joey descubre que Phoebe también se comprometió a ser el respaldo de Ross, lo que provoca la furia de Rachel al enterarse que su amiga cuenta con dos respaldos y ella con ninguno. Pero bueno, para que los hago bolas con algo que muy probablemente han visto.

El punto es que a pesar de nunca considerar tener uno, el ‘respaldo’ (¿o debería decir ‘la’?) llegó de repente, cenando entre amigos mientas cenábamos tacos en un localito de la ciudad una noche de viernes. Una amiga (no mencionaré su nombre, pues más de uno podría sentirse ofendido o peor tantito, intentar quitarme el respaldo) me lo propuso de la nada y yo alegremente y a bote pronto acepté. Con nuestros refrescos brindamos sellando el trato y en seguido acordamos la fecha en la que, de continuar solteros, contraeremos matrimonio. En un principio dijimos que sería en el 2012, pero se nos hizo muy pronto; el 2013 podría ser de mal agüero. Al final decidimos que de darse la boda, será en el 2014, pues el 14 es mi número de la suerte. Además es año mundialista y con esto solucionaríamos el problema del lugar de la luna de miel: Brasil.

Tendré 32 años. Edad más que adecuada para contraer nupcias y darle por fin un rumbo fijo a mi vida. Osea que tengo seis años para buscar el amor con la confianza de que al final la soltería será derrotada. Aunque la verdad el tener un ‘Respaldo’ no da la tranquilidad que creí, pues siempre estará latenete el riesgo de que nuestro Respaldo sí encuentre a su media naranja y nosotros no. Cosa, en mi caso, bastante probable.

Me he dado a la tarea de estudiar todo lo referente sobre Los Respaldos y encontré que la tradición va más allá del capitulo de Friends. Lo malo es que en ningún lado dicen que hacer cuando uno pierde su respaldo o si está penado por alguna Ley Celestial de los Respaldos el tener más de uno. Si para el 2014 el calentamiento global no ha terminado con el mundo, si mi Respaldo sigue libre y sobre todo, si el silencio sigue siendo la respuesta del amor, están todos invitados a mi boda.

miércoles, 30 de abril de 2008

El único tarugo es uno

¿Qué se puede hacer con 2,300 pesos mexicanos? Comprar un montón de cosas necesarias; comprar otro montón, pero ahora de cosas innecesarias; dar el enganche para algo; hacer una fiesta; ahorrarlos; ir al cine unas 20 veces, comprar como 17 discos compactos o 12 dvd’s originales; o un pequeño ipod, ‘rete harta’ comida o un viajecillo sencillo. En fin, tener cientos de posibilidades para dejar escapar esa cantidad de dinero y elegir la más indecente debería ser considerado un pecado, y de los graves.

¿En qué elegí, pues, gastar los 2,300 pesos?... pues en pagar mis impuestos a la Secretaría de Hacienda.

Consciente o inconscientemente (más lo primero que lo segundo), el tema ‘económico’ se ha vuelto un recurrente en éste blog. Situación seguramente atribuible a esa tendencia humana de evadir las obligaciones, sin que por eso se pueda escapar de ese ‘cosquilleo’ con el que a todas horas nuestra buena conciencia nos bombardea y que no es más que el indicativo de que estamos evadiendo un problema. Por más que el problema en sí se nos haga una injusticia, hay dos opciones: fingir demencia o tomar cartas en el asunto y cortar el problema de raíz, que al fin y al cabo es lo que hice, aunque con eso me haya condenado a unos tristes días de austeridad monetaria.

Tiene 24 horas que soy pobre y miserable (en sentido literal y figurado). ¿A quién se le ocurrió elegir Abril como el mes en el que los contribuyentes debemos presentar nuestra declaración anual de impuestos? Yo creo que al Diablo. Y al Diablo me dan ganas de mandar todos los trámites burocráticos que, amén de que me quitaron mi dinero, tuve que cumplir estoicamente como penitencia en Semana Santa. No caeré en el error común de echarle la culpa a alguien más, al contrario, si pagué todo lo que debía de un año de golpe, fue por la desidia de no ir cada mes a las divertidísimas oficinas de Hacienda y Crédito Público y pagarles por tener derecho ¡¿¡¿a trabajar?!?! osea, que no conformes con que me pare temprano, ande ojeroso, me tengan ocho horas encerrado en una oficina pichurrienta y esté a punto del colapso nervioso y una buena gastritis-colitis ha causa de mi buena alimentación en la oficina, ¡al gobierno se le ocurre cobrarme por eso!. Vuelvo a escribirlo: ¡váyanse al Diablo! (no los lectores, sí el Gobierno).

‘Tramites gubernamentales’. La sola palabra es capaz de provocarle una diarrea con temperatura y ataques cardiacos a cualquier ciudadano promedio. No es sólo ser despojado de nuestro dinero, sino las horas que se perderán en filas, las veces que habrá que verle la cara a empleados intransigentes y suplicarles que nos atiendan ya no eficiente sino dignamente. En fin, que después de presentar mis declaraciones mensuales correspondientes a Agosto, Septiembre, Octubre, Noviembre y Diciembre y descubrir que le debo las perlas a la Virgen, me di cuenta que lo verdaderamente molesto es que soy el único al que dicha situación le provoca desvelo.

“El único tarugo es uno”, dice mi abuelo, cada que escucha que alguien más presume sobre sus logros o la de alguno de los suyos. La misma frase podría aplicarse ahora, aunque en sentido más estricto de la palabra, al hecho de ser el único de mis compañero-amigo-enemigo-contemporáneos que fue a Hacienda, hizo diez mil visitas a oficinas y presentó su declaración anual. El resto del universo tomó dos posturas igualmente envidiables para su servidor.

Unos, los más, han tomado la feliz resolución de no preocuparse en lo más mínimo ni por declarar, ni por pagarle nada a Hacienda. Les preocupa, eso sí, pero sólo mientras lo comentamos en grupo, después, el asunto de sus impuestos pasa a ocupar el último lugar de sus prioridades. Otros, los menos, son gente dotada de un extraño don celestial de la responsabilidad que de alguna manera hace que vayan al día con sus requerimientos fiscales y que además no paguen ni un centavo a la dependencia, pues ellos, como excepción a la naturaleza del hombre, presentan facturas, notas y comprobantes de compras que hacen que sus impuestos se deduzcan a cantidades mínimas o incluso, desaparezcan.

O soy demasiado distraído para ir al día con eso de los pagos que la edad adulta y la vida laboral exige, o muy ñoño para creer que por dos mil pesos va a venir por mi la justicia y me condenarán a prisión por años a causa de evasión fiscal. Quién sabe. Lo único que ni cómo negar es la ‘taruges’ de no poder ser ni tan rebelde ni tan santo como uno quisiera. Estaré pobre durante los próximos quince días pero con la conciencia en paz. Pues aunque sé que es improbable que ante adeudos de millones de pesos vayan en busca de dos mil míseros pesos, pero es precisamente es ‘¿y si sí?’, el que como siempre, me congela mi espíritu aventurero.

Mi alma descansa en paz y así lo hará durante los próximos 365 días, plazo justo en el que de nuevo me daré cuenta de que otra vez me atrasé con mis pagos y responsabilidades y volveré a ser pobre, una vez más. Es eso o cambiar, cosa que por cierto, no se me da mucho que digamos.