domingo, 29 de junio de 2014

Caer con la cara en alto (Holanda 2 - México 1)


Días como el de hoy permanecerán siempre en nuestra memoria, por más que cada cuatro años se nos repita cíclicamente. 

Hoy México jugó ante Holanda en un duelo correspondiente a los octavos de final de Brasil 2014. De forma caprichosa, a pesar de ir ganando desde el inicio del segundo tiempo, la Selección Mexicana se quedó a un paso de hacer historia al recibir 2 goles en los momentos finales del partido, haciendo que se rompiera el corazón de millones de mexicanos. 

¿El árbitro nos robó y nos marcó un penal inexistente en el último minuto?

¿Miguel Herrera se equivocó e hizo un planteamiento erróneo al defender la ventaja durante tantos minutos. 

Da igual, lo valioso de esta jornada no fue tanto el resultado del partido, por más que al fin y al cabo, sea lo que decide el destino de cada uno de los equipos que participan en esta justa deportiva. Contrario al sentimiento que se apoderó de mi en otras eliminaciones nacionales, en esta ocasión no es la tristeza la que predomina en mi entorno, al contrario. Dolió perder así, pero también nos dejó muchas cosas buenas. 

No niego que grité el gol de Giovani Dos Santos, que idolatré a Memo Ochoa cada que atajaba el balón o qué sentí que el mundo se me venía encima con cada uno de los goles holandeses. En mi ánimo pesa más el ambiente que se vivió desde días previos en México. 

Ver cómo todo el país se une por una sola causa, aunque esta fuera el futbol, siempre será refrescante. En las redes sociales, en las calles y en el aire se palpaba el entusiasmo, el orgullo y la confianza de todos por un grupo de jugadores que nos representaban como nación en un torneo de esta envergadura. 

Sí, nuestro país está mal en muchos aspectos, hay miles de problemas mucho más importantes que un torneo de futbol y por supuesto, son muchas las cosas a las que debemos prestarles más atención; y precisamente por eso, momentos de unión como los que vivimos en días pasados son tan especiales, porque no sólo nos unifican y dan identidad, sino porque nos hacen soñar y nos impulsan a creérnosla.

Hace unas horas nuestra Selección luchaba de forma dignísima y puso en jaque a uno de los mejores equipos del mundo. No importaba el nombre de los jugadores que estaban enfrente, pues al fin y al cabo, nosotros somos mexicanos y también tenemos lo nuestro. Esa es precisamente la enseñanza que me ha dejado ser aficionado al futbol y en especial del equipo mexicano: ver cómo los miedos y complejos van desvaneciéndose con el paso de los años.

Pertenezco a esa generación que ha dejado de ver a los rivales con miedo. Antes los mexicanos solíamos achicarnos ante los extranjeros, y esto no sólo en el ámbito futbolístico, sino en el laboral, social, etc. Ahora, aunque el respeto prevalece, ya no nos sentimos menos, ni ante un europeo, gringo o asiático. Al menos para mi es un orgullo decir que soy mexicano y ponerme cualquier cosa que me identifique como miembro de este gran país. 


Por eso, aunque hoy nos eliminaron no me he quitado la playera verde de la Selección, al contrario, la manera en la que hoy lucharon por ella los jugadores mexicanos me hacen portarla con más orgullo. Estuve triste por unos minutos, pero ahora no, lo ocurrido esta tarde puede hundirnos o dejarnos muchas enseñanzas, y yo elijo lo segundo. 

Hace unos meses esta misma Selección contaba con muchos detractores y casi nadie creía en ella. Yo fui de los pocos que a pesar de los malos tiempos jamás dejé de ponerme la playera verde. Después vinieron los tiempos felices, volvieron los triunfos y la afición nuevamente se entregó al equipo. Con esta nueva eliminación una vez más surgieron comentarios negativos contra los jugadores. Ante ese tipo de críticas, en Facebook mi primo Emmanuel escribió este comentario más que acertado:

Ya están los que se encargan de juzgar a la selección y al deporte mexicano: Que sí a la hora de la hora, que si por eso están donde están, que deportistas mediocres, etc. 

El día que lleguen a estar en la elite de el deporte que practican o en la carrera que ejercen, hablan. Porque hablar de abajo para arriba es fácil, pero estar peleando con los mejores del mundo, no cualquiera. Primero lleguen, y luego cuando no se achiquen hablan y entonces se los reconoceré. Pero mientras, calladitos se ven más bonitos.

No puedo estar más de acuerdo. 

Me quedo muy agradecido y orgulloso por la entrega de este equipo en la cancha, porque una vez más nos hicieron soñar, olvidarnos por un rato de nuestras preocupaciones, y de paso, nos recordaron que todos somos parte de un país maravilloso. 

Se puede ganar, se puede perder, pero si se hace entregando el alma el resultado es lo de menos. Algún día lograremos más conquistas mi México, y como siempre estaré a tu lado. 

No estoy triste, pero sí muy orgulloso.

martes, 17 de junio de 2014

Ahora disfrutó más el Mundial


Y comenzó el Mundial. Solamente cada 4 años vivimos estos días raros pero llenos de pasión, y qué bueno que así sea, porque sólo de esta forma tenemos el tiempo suficiente para añorar estos momentos que son un autentico oasis en nuestra existencia. 

Vivimos pues días en los que todo, o casi todo, gira alrededor de un balón. No importa la condición social o el rincón del planeta en el que se viva, por ahora, casi todos estamos hipnotizados por el Campeonato Mundial de Futbol de la FIFA Brasil 2014. 

Quienes me conocen saben que cada 4 años espero este evento con mucha ilusión, sólo que en esta ocasión todo ha sido diferente. Antes no podía dormir los días previos a los partidos de México, iba a la Iglesia a pedirle a Dios que nos echara la mano en los juegos y todo el tiempo era un manojo de nervios. En fin, me tomaba el Mundial muy en serio. 

Ahora lo hago un poco más a la ligera. No quiere decir que antes no gozara los mundiales, ¡al contrario!, es sólo que ahora intento disfrutar de todo: Desde los momentos de tensión hasta los triunfos; de los partidos infumables entre equipos en apariencia humildes, a los juegazos entre las potencias futbolísticas. 

Antes bastaba que ganara México para que mi día se transformara y me sintiera un ser lleno de felicidad, de igual modo cuando la Selección Nacional era eliminada, me sumía en una profunda tristeza y depresión que me duraba días. Varias veces, cuando el equipo tricolor quedaba fuera de alguna justa mundialistas me sorprendí a preguntándome: 

¿Y ahora que ya no hay Mundial para México, qué chiste tiene la vida? 

Ya sé, pensar así es una tontería, pero estaba joven y aún no sabía bien qué onda con la vida. 

No sé en qué momento me cayó el veinte de que lo importante para un aficionado de futbol no debería ser el resultado final de un partido, sino la forma en la que se vive. Me explico: Hoy jugó México contra Brasil, el partido fue complicadísimo y todo el tiempo fui un manojo de tensión, sin embargo, durante todo el juego fui consciente de que podíamos perder, y esto, lejos de darme miedo o ponerme más tenso, me hacía pensar ‘ok, podemos perder, podemos ganar, pero estos nervios y emociones qué siento con cada jugada nadie me las va a quitar'. 

Y si eso sienten millones de aficionados alrededor del planeta cuando ven los juegos del Mundial, y por unas horas pueden dejar de pensar en sus problemas, en cómo joder al prójimo o en cosas negativas, entonces bendito sean estos eventos que de una u otra forma nos unen como humanidad. 

Hoy me sentí orgulloso de ver al equipo mexicano jugarle al tú por tú a Brasil y disfruté todo lo que conllevó este enfrentamiento; por primera vez en mi vida le estoy dando más importancia a disfrutar un partido de futbol sin importar el resultado, y sin que se me vaya la vida si mi equipo llega a perder. 

Hace un par de meses descendió el Atlante, mi equipo de toda la vida, y si bien sentí feo, la depresión jamás me derrotó, por el contrario, creo que tomé las cosas con calma y viendo hacia el futuro, con más ilusión y entusiasmo que con pesar. 

Lo mismo me sucederá con México en este Mundial, si llega lejos en la competencia seré el más feliz, si nos toca perder ni modo, ya habrá otros Mundiales. En lo que una de las dos cosas sucede, a disfrutar de los partidos y de toda la fiesta que acompaña una Copa del Mundo. 

Y que viva el futbol, que como por ahí dicen, es lo más importante de lo menos importante.

domingo, 8 de junio de 2014

Fiebre de estampitas futboleras, un sábado por la noche


¿Cuándo lo divertido… deja de ser divertido? esa pregunta rondaba mi mente una y otra vez en la tarde de ayer, mientras me encontraba recorriendo el estacionamiento del Estadio Azteca, con varios montones de estampitas en la mano. 

Todo comenzó hace unas semanas, cuando tuve la ocurrencia de comprarme el álbum Panini del Mundial Brasil 2014 con el mero objetivo de cotorrear y pasarla suave en los días previos a este magno evento deportivo, que dicho sea de paso, es mi favorito. Cuatro años atrás también compré el álbum de Sudáfrica 2010, aunque entonces la euforia me duró dos días y lo dejé semi vacío, debido a la decepción que me provocó que en los primeros cinco sobres que compré me salieran 5 repetidas. 

Ahora no me salieron tantas repetidas (al principio), por lo que conforme pasaban los días iba comprando sobres y viendo como poco a poco mi álbum iba llenándose. No vayan a creer que me obsesioné y gastaba un dineral para completarlo, al contrario, compraba sobres dos o tres veces a la semana y de forma moderada. Intercambiaba algunas repetidas en la oficina y la cosa iba avanzando lenta pero segura. 

Durante todo este proceso mi novia fue involucrándose en esta bonita actividad recreativa (en su trabajo varios de sus compañeros también lo estaban juntando) y comenzó a conseguirme cada vez más y más estampitas, hasta el grado de que el llenado del álbum fue avanzando de forma más rápida. Al principio pensé que el juntarlo juntos nos uniría más y sería una bonita experiencia.

Tal y como sucede en otros ámbitos de la vida, las mujeres son más organizadas que los hombres, y por esa razón, ella tenía listas impresas en las que llevaba la relación de las estampas que nos faltaban, hacía tratos con diferentes amigos, e incluso negociaba con un niño gordo que vendía estampas en un puesto callejero cercano a su trabajo. 

Entonces se anunció que en el Estadio Azteca se llevaría a cabo el “intercambio de estampas mundialistas más grande del mundo”, el sábado 7 de junio del 2014, de 12 de la tarde a 8 de la noche. Varias veces mi novia y yo comentamos que sería bueno ir, pero nunca nos pusimos de acuerdo. Finalmente llegó el día y no nos acordamos del mentado intercambio hasta bien pasada la tarde. Aún así, decidimos ir por ahí de las 6 de la tarde, a ver qué encontrábamos en la rebatinga. 

Cuando llegamos ni siquiera intentamos ingresar al estadio, pues en el estacionamiento había cientos de personas cambiando las mentadas estampitas y pues ahí nos quedamos. Lo curioso era que quienes lo más transacciones hacían no eran niños, ni adolescentes; sino hombres por encima de los veinte, personas maduras, padres de familia y hasta uno que otro viejito. 

Confieso que lo que me daba ilusión de ir aL intercambio no era tanto el encontrar las estampas que me faltaban, sino acceder a la mismísima cancha del Estadio Azteca, cosa que finalmente no logré por quedarme en el estacionamiento, intentando comprender un poco toda la confusión que había alrededor. 

La que agarró más pronto la onda y la dinámica del lugar fue mi novia (así pasa siempre); empezó a cambiar estampas de un lado a otro y a estresarse cuando veía pasar el tiempo sin que encontráramos estampitas que nos fueran útiles. Comenzaba a caer una lluvia ligera y a obscurecer, lo que hacía más complejo el buscar una y otra vez entre cientos de estampas ajenas, alguna de las que buscábamos.


Muchos de los presentes ya estaban de malas y enojados, al parecer los adultos habían tomado el control de los álbumes de sus hijos, quienes se encontraban a un lado tristes y deprimidos, viendo como eran relegados a la posición de observadores. Lo mismo me pasó más o menos a mi, que por mucho tiempo sólo fui espectador del intercambio de las negociaciones de mi novia. Mi función se redujo a detener el paragüas y usar mi celular para alumbrar las estampitas en medio de la oscuridad que la noche trajo consigo. 

Poco después de las nueve de la noche, el personal de seguridad del estadio comenzó a pedirnos que abandonáramos el estacionamiento, pues ya iban a cerrar. Cinco minutos después nos marchamos con varias estampas que antes no teníamos y vimos como muchos de esos papás obsesivos estacionaban sus vehículos afuera del estacionamiento y seguían cambiando estampas. 

Mi novia, que estas circunstancias se comporta como Mónica de Friends, quería que nos paráramos para seguir intercambiando estampas, cosa que finalmente no sucedió porque aceleré para escapar del lugar lo más pronto posible. La calma no volvió a mi vida, pues de ahí nos dirigimos a casa de nuestro amigo Ángel para seguir cambiando estampitas. 

Me pregunto a qué hora se habrán ido esas personas que se quedaron afuera del estacionamiento del Estadio Azteca, de acuerdo a mis cálculos, los últimos debieron haberse ido cerca de la media noche. 

Si la aplicación de mi teléfono (que es menos certera que las bases de datos de mi novia) no miente, me faltan poco más de treinta estampas para que llene el álbum. A estas alturas de la vida ya no sé si lo logre, pues empezando el Mundial quizá la euforia por estos cromos baje ¿o aumentará? De cualquier forma este álbum ya es más de mi novia que mío. Ella ha conseguido la mayoría de las estampas, ella realiza los intercambios y es ella quien ya se obsesionó con llenarlo. 

El Mundial de Futbol es uno de los eventos cumbre del deporte, y el cual siempre espero con ansias. Juntar el álbum es una forma de formar parte de esta enorme fiesta que llega a todos los rincones del planeta. No me importaba llenarlo, sólo divertirme, ahora la cosa es diferente y lo trascendente es completarlo a toda costa, y no lo digo yo, lo dicen varias novias que se apoderan de los álbumes de sus parejas, los papás que reviven su infancia apropiándose de las estampas de sus hijos, y hasta las personas de la tercera edad a los que este álbum les dio un nuevo motivo para vivir.

Ni hablar, soy de esas víctimas que fui despojado de su álbum Panini. Aunque en honor a la verdad, le agradezco todo lo que ha hecho en estas semanas por ayudarme con esta locura que es juntar el álbum Panini.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Y también corro

Como no tengo llenadera y aunque ni tiempo de actualizar este blog tengo, les tengo que dar un aviso a todos aquellas pobres almas en desgracia que por algún motivo son masoquistas y me lee en este espacio. 

Y ese anuncio es que… ¡abrí otro blog! 

¿Y qué diferencia tendrá a éste? 

Pues que el nuevo blog girará entorno al tema del Running. Y es que desde que hace unos meses comencé a correr sentí la necesidad de hablar sobre el tema, pero tampoco quería saturar este espacio con textos sobre una pasión que a lo mejor al resto del mundo le da igual. 

Al no ser ningún experto no esperen que hable del tema como si fuera un profesional o use términos mamucos, al contrario, todo lo que escriba será desde la perspectiva de alguien que da sus primeros pasos en el running, a veces sin mucha idea. 

Así, El Incomprensible Mundo de Gabriel Revelo seguirá tratando sobre cómo hago el ridículo y alguna que otra tontería de mi vida cotidiana, mientras el tema de mis vivencias en la corredera lo podrán encontrar en: 

Diario de un corredor frustrado, cuya dirección es desventurasdecorredor.wordpress.com

Así que por allá, y por supuesto, también por acá, nos seguimos leyendo.


martes, 6 de mayo de 2014

Seda


“Esta no es una novela. Ni siquiera es un cuento (…) Se podría decir que es una historia de amor. Pero si solamente fuera eso, no habría valido la pena contarla”. 

Con esas palabras Alessandro Baricco presentó en Italia su novela Seda, que al paso de los años se convertiría en su obra más representativa y exitosa, todo un Long Seller que desde entonces no ha dejado de venderse. 

Si bien sabía quién era Alessandro Baricco, nunca me había propuesto leer alguno de sus libros hasta que hace unos meses acudí a su presentación en la pasada edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Después de escuchar hablar a ese italiano carismático y ver la forma en la que cautivaba a sus lectores, me propuse darle una oportunidad a una de sus obras. 

Por eso, no dude en comprar un ejemplar de Seda cuando me los topé en una librería. Lo primero que me sorprendió cuando tuve el libro en mis manos fue su brevedad: 125 páginas ¿Cómo era posible que una novela tan breve haya conquistado a tantos lectores alrededor del mundo? Si bien otras novelas breves como Aura, de Carlos Fuentes, Las Batallas en el Desierto de José Emilio Pacheco, o Pedro Páramo de Juan Rulfo son de mis favoritas, siempre desconfío cuando estoy por comenzar algún libro de extensión breve. 

Desde sus primeros renglones me di cuenta que Baricco tiene razón al decir que esta historia está escrita con lo justo, sin ningún exceso. Minimalismo literario que no obstante, nos dice demasiado. Bastan unos minutos para entender la forma en la que el autor construye una narrativa muy peculiar y a la que nos acostumbramos de forma natural e imperceptible. 

Seda se ubica en la segunda mitad del siglo XIX y narra un pasaje de la vida de Hervé Joncour, un hombre apacible, casado con una mujer de bella voz llamada Hélène. Él trabaja medio año como comprador y vendedor de gusanos de seda, mientras que el resto del año descansa. 

Casi olvido mencionarlo: Los Joncour viven en Lavilledieu, un pequeño pueblo francés dedicado a la producción de tela. 

Las cosas se complican cuando unas plagas afectan la reproducción de estos gusanos y hace que comiencen a escasear. Para solventar este problema, Hervé Joncour viajaba cada año hasta el norte de África por huevos de gusanos que llevaba de vuelta a Lavilledieu. Por desgracia, fue cuestión de tiempo para que la plaga alcanzara también al continente negro. 

Es entonces cuando Baldabiou, uno de los hombres más sabios de Lavilledieu, le propone a Hervé ir hasta el Japón por huevos de gusano. En ese entonces, Japón era un terreno inhóspito y poco conocido que mantenía sus fronteras cerradas al resto del mundo. 

De esta forma, comienzan a narrarse los distintos viajes que Hervé realiza hasta Japón y en los que se lleva medio año (6 meses de ida y 6 de regreso). A pesar de que siempre regresar cada primer domingo de abril y ser recibido de forma amorosa por su esposa, cada viaje a Japón va cambiándolo de un modo que ni el mismo comprende, llenándolo de una confusa nostalgia. 

Me encantaría contar los motivos que van cambiando al protagonista, y ni que decir del inesperado y conmovedor final de la historia, pero no me perdonaría arruinarle la experiencia a quien no ha leído el libro. 

Aún así, debo decir que Seda es una belleza de libro. Cada frase, cada idea, cada símbolo, forman parte de una hermosa sinfonía que no cesa hasta la última página. Jamás en mi vida había leído algo tan seductor y a la vez poético, musical y armónico. 

Es difícil catalogar a Seda, pues por más que esté cargada de romanticismo no es una historia de amor; tampoco es un libro sobre viajes, aunque el protagonista atraviese el mundo varias veces; mucho menos es una novela sobre ternura y erotismo, por más que sus protagonistas transpiren estos sentimientos. 

Seda es todo eso y a la vez es algo muy distinto: Una historia que debía ser contada pues narra la vida de un hombre de esos que prefieren asistir a su propia vida y que considera improcedente cualquier aspiración por vivirla. 

Así de compleja y bella es esta novela.

martes, 29 de abril de 2014

El dilema del policía


Sucedió hace un par de semanas, un martes de abril alrededor de las 3 de la tarde, para ser más exactos. Me encontraba atorado en el tráfico, acompañado de mi novia, quien dormía apaciblemente en el asiento del copiloto después de un día de trabajo. La idea era ir a comer a un restaurante. 

Quizá sea correcto dar mi ubicación, para que aquellos que conozcan la Ciudad de México puedan darse una idea de dónde ocurrió lo que estoy por relatarles: Me encontraba en la calle Xola, también conocida como Eje 4 Sur o incluso como avenida Te, a la altura de la estación de Metrobús Upiicsa, en la Colonia Granjas México. Estaba en los carriles de la derecha, un tanto atontado por el sol, mientras esperaba que el semáforo se pusiera en marcha y poder avanzar un poco más. 

En esas andaba cuando de pronto escuché algunas groserías y mucho alboroto. Al levantar la mirada ví que de un Tsuru que estaba dos autos delante del mío, bajaron dos hombres que amenazaban a otras dos personas que se echaron a correr. Las dos personas que huían traían pistolas, las dos personas que las perseguían también. 

Los hombres que escapaban y quienes los seguían venían en dirección hacia dónde nos encontrábamos. En medio de la carrera los segundos intentaban apuntarle a los primeros. Sabiendo que pasarían a lado nuestro y temiendo que algún disparo se le escapara a alguno, tomé la cabeza de mi novia (que seguía dormida) y la incliné hacia mí, tratando de anteponer mi cuerpo sobre el suyo para protegerla, mientras con una de mis manos intentaba subir el vidrio de su puerta. Ella despertó por lo inesperado de mis movimientos y enojada me preguntó qué me pasaba, lo único que pude responderle fue que no alzara la cabeza. 

Los cuatro hombres pasaron corriendo a nuestro lado y se metieron en una de las estrechas calles de esa colonia, alejándose de la avenida en la que estaba. Lo anterior sucedió en apenas un 

Como si todo se tratara de una sincronía planeada, el semáforo cambió a verde y los vehículos comenzaron a avanzar. En ese momento, el Tsuru del que habían bajado los dos hombres dio vuelta en “U” de forma temeraria e imprudente, circulando en sentido contrario a toda velocidad y adentrándose en la calle en la que momentos antes habían entrado perseguidos y perseguidores. 

Entonces, corriendo detrás de todos ellos, atravesando la calle sin importarle los autos que comenzaban a transitar, iba un policía, quien iba desenfundando su pistola y también entraba en la calle antes mencionada. Llegó mi turno de avanzar y me alejé de ahí. 

* * * * *

Minutos después entramos a un Vips. Después de explicarle a mi novia lo que había ocurrido ambos formulábamos posibles teorías sobre lo que habíamos visto. ¿Un asalto donde los delincuentes no esperaban que sus victimas estuvieran armadas? ¿Un pleito personal? ¿Ajuste de cuentas entre narcomenudistas? Nunca lo supimos. A decir verdad, lo que en realidad nos inquietaba era la suerte de aquel policía que había decidido cumplir con su deber e ir detrás de aquellos sujetos armados. 

Seguramente el policía se encontraba cubriendo su turno en la estación del metrobús y cuando vio lo sucedido decidió intervenir y a toda prisa abandonó su puesto para ver qué sucedía. 

Por más que busqué en las noticias y en redes sociales no encontré ni una sola mención sobre lo ocurrido, por lo tanto, tampoco supe la suerte de aquel policía cuya acción me pareció heroica. Sea cuál sea el motivo de aquel pleito, se requiere mucho coraje para ir corriendo detrás de cuatro sujetos armados que sabrá Dios a que estaban dispuestos. Muchos en su lugar hubieran preferido no arriesgar su vida ni meterse en problemas, total, su responsabilidad era lo que ocurre dentro de la estación de Metrobús, no fuera de ella. 

En tiempos en los que la policía goza de tan poca aceptación social, y a menudo son poco respetados por la gente, ver a uno de ellos arriesgar su vida por el bienestar de los ciudadanos es algo que me hace confirmar que no todo está mal en este país y en sus instituciones. Hay gente buena y dedicada que día a día salen a dar lo mejor de sí mismos y a cumplir su chamba con creces. 

Probablemente ese policía jamás leerá esas palabras, pero seguramente lo hará alguna persona que de una u otra forma haga algo por sus semejantes, para ellos va este texto. 

martes, 22 de abril de 2014

De qué hablo cuando hablo de correr


Hace un año corrí mi primera carrera de 5 kilómetros, desde entonces, en la medida de lo posible me he dedicado a esta práctica deportiva. Primero corría por mi cuenta, después me lesioné, estuve unos meses inactivo y finalmente me integré a un club de corredores, en donde he comenzado a entrenar de forma continúa, he mejorado bastante tanto en tiempos como en técnica y en unas semanas espero correr un 12k.  

Poco a poco, correr ha ido volviéndose parte de mi vida, al grado de que justo ahora, cuando una nueva lesión amenaza con interrumpir esta pasión no puedo sino sentirme un poco angustiado. En fin, de eso les contaré en otra ocasión, el chiste, y lo que realmente quiero dar a entender, es que ahora relaciono muchas cosas de mi vida con correr, y leer no es la excepción. 

Hasta hace un par de años jamás hubiera pensado en leer un libro dedicado completamente al arte de correr; si bien me encanta devorar libros, sobre todo novelas, nunca pensé que un libro sobre el tema llegaría a parecerme atractivo y aleccionador. 

Y es que hace unos días terminé de leer De qué hablo cuando hablo de correr, libro del escritor japonés Haruki Murakami, de quién he leído otros títulos como Tokio Blues y Al sur de la frontera, al oeste del Sol. Sin embargo, nunca había leído algo de este autor que no fuera ficción. 

Para nadie es un secreto que Murakami es un escritor muy celoso de su vida personal, al que no le gusta figurar públicamente y por consiguiente, saber detalles sobre su vida se vuelve algo complicado. Eso quizá sea lo primero que vuelve a este libro interesante, pues como nunca, este reconocido escritor brinda un texto con tintes autobiográficos: por más que hable de correr, nos deja entrever gran parte de su pensamiento y del proceso creativo que sigue en sus obras literarias.

¿Qué hacia Murakami antes de dedicarse a la literatura? ¿En qué momento especifico decide aventurarse a escribir? ¿Cuál es su rutina diaria? ¿Qué considera que debe tener un aspirante a novelista? 

Durante las más de 200 páginas que integran este libro, el lector descubre aspectos desconocidos de la mente que está detrás de varios de los libros más vendidos y elogiados de las últimas décadas a nivel mundial. Por eso, si algún lector al que le agrade el estilo narrativo de Murakami, pero no se ha acercado a este libro porque no le gusta correr, comete un gran error. 

Pero, si quién lee este libro es alguien que alguna vez en su vida se ha sentido inclinado por correr o lo ha hecho aunque sea de forma esporádica, entonces la experiencia es redonda. 

Contrario a lo que ocurre con la mayoría de las personas, Murakami comenzó a correr cuando ya estaba entrado en su tercera década de vida, como una forma de mantenerse saludable para poder vivir muchos años escribiendo. Esto paulatinamente se fue volviendo parte de su existencia, hasta que un día, se dio cuenta que había pasado más de dos décadas corriendo de forma ininterrumpida. Supongo que este proceso no es muy diferente al que vivimos todos aquellos que nos apasionamos por correr: comenzamos por curiosidad y cuando nos damos cuenta se nos hace indispensable para sentirnos completos. 

Sí, deben decir: pinche Gabriel exagerado, si a duras penas llevas unos meses corriendo, pero de verdad así ocurre. 


De qué hablo cuando hablo de correr está estructurado a modo de diario, así podemos acercarnos a las angustias, inquietudes y pensamiento de alguien que se prepara para competencias de distintas índoles.

Cuando supe que además de escritor, Murakami era corredor (dos aspectos en apariencia poco compatibles), lo primero que hice fue mostrar incredulidad. Después con el libro en mano, descubrí que tal dualidad no sólo es posible, sino que además tiene cierta lógica. 

Aunque todo el libro vale la pena, las partes más emocionantes y mejor logradas son cuando el autor narra con lujo de detalles y con una técnica narrativa muy depurada, las experiencias que vivió en algunas de sus carreras más significativas, como la primera vez que corrió la distancia de un maratón, siguiendo la ruta de Atenas a la ciudad griega de Maratón (sí, de ahí viene el nombre de esta prueba); su participación en maratones como el de Boston o Nueva York; la extenuante ocasión en la que corrió 100 kilómetros en una ultra maratón; y hasta sus vivencias en algunos triatlones. 

Este libro viene acompañado con algunas fotografías que ilustran varios de los momentos mencionados a lo largo del libro. 

No fueron pocas las veces que durante su lectura sentí deseos de ponerme los tenis y comenzar a correr. Seguramente esta experiencia la tendrá cualquier corredor que tenga el acierto de acercarse este libro, y con un poco de suerte, este impulso se replique en aquellos que jamás han corrido, pero que gracias a la pluma del autor terminen contagiados, se pongan unos tenis y salgan a vivir por ellos mismos lo que tanta gente disfruta a pesar de los sufrimientos y las lesiones. 

De qué hablo cuando hablo de correr es un libro que habla de la vida misma, vista a través de un deporte apasionante.

domingo, 13 de abril de 2014

Mi Atlante descendió: la historia de un triste adiós


Uno no elige de quién enamorarse, lo mismo ocurre con el equipo al que seguimos. Sin planearlo, un día descubrimos que sentimos inclinación hacia ciertos colores, hacia un escudo y una idiosincrasia determinada. En mi caso no recuerdo el momento en el que decidí volverme atlantista, sólo sucedió. 

La familia de mi mamá es en su gran mayoría americanista, mientras que mi familia paterna le va al Atlante, aunque cabe aclarar que mi papá era aficionado al Guadalajara. Terminé inclinándome por los Potros, y ahora que lo analizó, creo que ningún otro equipo tiene tanto de mi personalidad como el Atlante. 

No es el club más ganador, tampoco el que tiene más afición o el que avasalla a sus rivales; tampoco se caracteriza por tener a las figuras del momento en el plantel o por poseer mucho dinero en sus arcas. Al contrario, el Atlante, mi Atlante, es un equipo de carencias y lo más común para sus aficionados son las derrotas y el sufrimiento, antes que los triunfos y los momentos de alegría. 

Y sin embargo, en este aparente masoquismo se esconde un hermoso idilio en el que equipo y aficionados se complementan. Los atlantistas en su mayoría son gente humilde, acostumbrada a luchar por salir adelante y a no rendirse a pesar de que todo esté en contra. De igual forma opera el Atlante, club al que se le suele complicar lo sencillo, pero que en contraparte, hace ver como algo fácil lo que para muchos es imposible. 

Todo lo que acabo de escribir podría parecer una tragedia, una especie de castigo o lastre con el que se debe cargar. Y no es así, aunque infinidad de veces la suerte nos ha resultado adversa, también hemos tenido la oportunidad de tocar la gloria de la mano de los colores azulgranas. 

De sus tres campeonatos de Liga, pude ser testigo de dos de ellos (el obtenido en la campaña 1992-1993 y el del Apertura 2007), también lo vi campeón de la Liga de Campeones de la Concacaf en el 2009 y fui testigo de su participación en un Mundial de Clubes en donde llegó hasta semifinales. 

Fui a cientos de partidos, ví grandes victorias, grité muchísimos goles y observé a los humildes prietitos plantarle cara a rivales más poderosos y con mayores recursos. Esta valentía de ir contra la corriente es la que me hizo sentirme cada vez más orgulloso de mi equipo.

Con el paso de los años entendí que no le iba a un equipo cualquiera, al contrario, el Atlante es uno de los equipos más antiguos (fue fundado el 18 de abril de 1916) y tradicionales del futbol mexicano. Nacido en la Ciudad de México, es innegable que la historia de este club es parte de la cultura de la capital del país, por más que sus directivos se empeñen en otorgarle un carácter gitano y continuamente lo cambien de hogar (la última vez a Cancún). 

La gloria de este equipo ha sobrevivido de milagro a malas decisiones administrativas: Cuando se privilegia el tema económico en lugar del deportivo, las cosas tarde o temprano saldrán mal. Los diversos dueños y directivos del Atlante se cansaron de exprimir a la gallina de los huevos de oro, vendiendo a los jugadores que sobresalían y desarmando al plantel en múltiples ocasiones. Tomando esto en cuenta, no resulta tan sorpresivo que el Atlante finalmente finiquitó el cuarto descenso de su historia.

El golpe no llegó de improviso, de hecho fue una larga agonía la que poco a poco nos fue preparando para lo peor, tal y como ocurre cuando se tiene a un ser querido en terapia intensiva y en nuestro interior sabemos que el triste final será inevitable. 

Mentiría si dijera que no me duele, que no lloré de rabia y tristeza cuando se volvió un hecho que mi equipo no jugará el próximo año en la Primera División. Cuando tu equipo desciende es como si se muriera el amor de tu vida, y es que en cierto modo eso es lo que ocurre. Sabes que no es el fin del mundo y que tu vida cotidiana seguirá igual, pero aún así sospechas que las cosas no serán iguales; cuando tu equipo desciende sientes un hueco en el corazón, un vació que estará ahí hasta que las cosas vuelvan a la normalidad, y la normalidad es ver al club de tu predilección en el lugar que merece: compitiendo con los mejores del país. 

Cuando tu equipo desciende, y aunque suene contradictorio, lo amas más que nunca, como si todas esas victorias y derrotas épicas revivieran de golpe en tu corazón y lo blindaran con ese cariño a prueba de cualquier tragedia, de cualquier burla. 


Ahora mismo, mientras escribo estas palabras me vienen a la mente el nombre de grandes jugadores, autenticas leyendas del futbol mexicano que defendieron los colores del Atlante: El Trompo Carreño, Horacio Casarín, Rafael Puente, Sebastian Chamagol González, Ricardo La Volpe, Federico Vilar... una historia casi tan interminable como los muchos momentos que viví en un estadio apoyando a mi equipo sin importar el resultado. Ahora voy cayendo en la cuenta que pocas cosas me hacen tan feliz como ir a un juego del Atlante. 

Hoy el camino tiene dos vertientes: dejarte o seguir a tu lado. No tengo ni siquiera que pensarlo, elijo irme contigo, descender al mismo infierno y no soltarte. Si no me alejé en los momentos felices, mucho menos lo haré ahora que se viven horas inciertas. Sabrá Dios cuanto tiempo te tome volver al lugar que hoy dejas, lo cierto es que sabré esperar, pues sin ti la Primera División no será igual. 

Sólo espero que ningún federativo quiera revertir este revés a base de billetazos. Sería indigno y no creo equivocarme al decir que los atlantistas preferimos descender con dignidad y no permanecer de forma deshonesta. Ojalá tampoco mancillen tu historia con más cambios de sede o nombre, a menos claro, que sea regresar a tus orígenes en el DF. 

Se cerró un capitulo de tu casi centenaria historia. No es el fin, sólo el principio de un renacimiento que te fortalecerá más. Por siempre y hoy más que nunca, contigo Atlante.

“Les guste o no les guste…”

jueves, 10 de abril de 2014

Las Lágrimas de Shiva; y Totoro


Hay de regalos a regalos, si bien todos son apreciados, hay unos que son más significativos que otros; de eso trata este post. 

Sucede que mi mamá y mi hermana se fueron de vacaciones por más de tres semanas al continente asiático. Visitaron Singapur, la India, Tailandia, Bali (indonesia) e hicieron breves escalas en Hong Kong y Tokio. 

Cuando fui por ellas a su regreso, ocurrió lo de siempre: los que se quedaron ponen al día a los que estuvieron ausentes, a cambio, éstos narran las muchas anécdotas que vivieron durante su viaje; y claro, después viene la entrega de los obsequios que tan amablemente trajeron las recién llegadas de tierras lejanas. 

La verdad no me puedo quejar, me fue bastante bien y recibí cosas muy suaves, sin embargo, en un momento de la repartición mi hermana muy seria dijo: lo que ahora les voy a dar (a mí y a su novio y amigo mío, el Diego Donas) es lo que más caro que costó y es algo que deben cuidar y no quitarse nunca. Entonces nos mostró dos collares que de entrada no parecían nada del otro mundo. 

Son unas lágrimas de Shiva, dijo. En seguida nos explicó que el collar estaba conformado por semillas de rudraksha, consideradas como sagradas por los hindús y a las que les confieren capacidades de protección. 

La historia cuenta que el dios Shiva se encontraba en medio de una profunda meditación en la que llevaba miles de años, aún así, su mente todavía no se encontraba del todo apaciguada. En algún momento del trance, su deseo por ayudar a los seres que habitan en todos los mundos fue tanto, que se conmovió de sobremanera y de sus ojos entrecerrados comenzaron a brotar las más bellas lágrimas que jamás se han visto. Cuando cayeron a la tierra, brotaron plantas de un árbol. 

Conmovido, Shiva otorgó una bendición a la humanidad por medio de las semillas de aquel árbol al que llamó Rudraksha, cuyo nombre está compuesto por Rudra (en relación al dios "Rudra", nombre original de Shiva) y "Aksha" (ojo). 

Los habitantes de la India consideran que las semillas de Rudraksha poseen facultades fecundadores, propician la buena nutrición, tienen poderes curativos (principalmente en el corazón) y le dan paz y serenidad a quien las porta. 

Aunque hay muchas imitaciones, las semillas genuinas son muy apreciadas en aquel país y se consideran como una medicina muy preciada con la que también se elaboran rosarios (mala), con los que se practica la invocación de mantras y se hacen remedios de la medicina tradicional Inda. Cada semilla posee un poco de micropoder de Shiva, y sus múltiples caras están vinculadas a un sistema muy complejo de correspondencias astrológicas, espirituales y terapéuticas. 

Mi hermana dijo que los collares con semillas de Rudraksha negras y genuinas eran los más apreciados y caros. Y precisamente los que nos había traído pertenecían a este grupo. 

Cuando me entregó el mío tuve miedo de romperlo mientras me lo ponía. Aunque al principio parecía que no cabría por mi cabeza, de algún modo cedió y desde hace más de una semana lo traigo en el cuello. Mi intención es jamás quitármelo hasta que se caiga sólo.   
Además de los efectos positivos que se supone, este collar tendrá en mi salud (sobre todo en mi corazón), de que evita el envejecimiento y de que puede aliviar el estrés, la ansiedad, la depresión y la falta de concentración de quién lo porta, está el detalle de que mi hermana haya pagado tanto por él y me lo trajera de tan lejos. 

Muchos sabios y santos que desearon llevar una vida sin miedo a las fronteras terrenales y que buscaban la liberación y la iluminación de sus almas han usado desde hace miles de años estos rosarios de semillas de Rudraksha. 

(Incluso Shaka de Virgo, en Los Caballeros del Zodíaco, posee uno de estos collares, y ya ven, era de los meros meros). 


Es raro pensar que poseo micropoder de Shiva y que del cuello traigo colgando un objeto hindú sagrado. No lo negaré, portarlo me reconforta y me hace sentir bien. Desde ya es uno de los objetos más preciados que tengo y me siento profundamente agradecido de que mi hermana me haya elegido para ser el destinatario de tan especial regalo. 

Y también Totoro… 

Otro regalo de los que recibí, fue un pequeño Totoro de peluche que compraron en el aeropuerto de Tokio. Quienes no ubiquen a Totoro, se trata del protagonista de la película Mi vecino Totoro de Hayao Miyazaki, y que también es usado como el logotipo de Estudio Ghibli. 

Totoro es tan popular en Japón, que su imagen se encuentra tan arraigada y está en todos lados en el país del Sol Naciente. Su impacto cultural es comparable al de Mickey Mouse en occidente. 

En la película Totoro es un tierno espíritu guardián de un bosque al que sólo pueden ver las personas con corazón puro. Recibirlo como regalo también lo interpreto de muchísimos aspectos que me guardaré para mis adentros, pero que al igual que el collar de Lagrimas de Shiva, me hace tenerlo como un articulo invaluable sentimentalmente. 

Y esta es la historia de dos de los mejores regalos que he recibido en mi vida.

sábado, 5 de abril de 2014

Wicked, el musical


- ¿Cuál es la mejor forma de mantener unida a la gente? Fácil, dales un enemigo en común.  

El año pasado, en este mismo blog les conté que hace varios años mi amigo Huriat me contó sobre una obra de teatro que estaba basada en la historia de la malvada bruja verde del Mago de Oz. Durante mucho tiempo quise saber más al respecto, hasta que me enteré que aquella puesta en escena estaba basada en un libro del mismo nombre, el cual leí en cuanto tuve la oportunidad. 

Justo cuando iba terminando su lectura (si dan clic aquí pueden leer mi reseña sobre el libro) se dio a conocer que esa obra sería montada en la Ciudad de México. Por supuesto hablo de Wicked, el musical más exitoso de todos los tiempos, mismo que tuve la oportunidad de ver hace unos días 

Quizá suene exagerado decir que cumplí un sueño, aunque en verdad llevaba años anhelando ver esta obra. Por eso, en cuanto se estrenó en nuestro país supe que no podía dejar de verla por más que los boletos tuvieran un precio tan elevado como los de Broadway. Pero para eso trabaja uno, para darse sus gustos de burgués aunque sea muy de vez en cuando. 

Total, que a pesar de tener dudas sobre si saldría satisfecho o no, compré mi boleto. Y saben, no me arrepiento ni tantito. 

Confieso que no me considero un conocedor del Teatro Musical, de hecho sólo he visto unas cuantas obras de ese tipo. En cambio, el universo literario de la novela Wicked lo ubico y muy bien. Escudado en esa premisa me atrevo a dar mi opinión sobre dicha obra (además, claro, de que es mi blog y yo hablo de lo que quiera). 

Debo ser justo y decir que la magia empieza desde que uno entra al teatro y ve en la parte alta del escenario al gran Dragón del Tiempo (quienes han leído la novela saben de su importancia). Llámenme cursi, pero para mis adentros me sentía como sí efectivamente estuviera ingresando en Ciudad Esmeralda cuando percibí tantos tonos verdes en el escenario. 

Y dan la segunda y luego la tercera llamada y comienza la acción: música fastuosa, bailarines ataviados de color verde y entonces, en una burbuja desciende una bruja buena de nombre Glinda, que le comunica de modo triunfal al pueblo de Oz que la malvada bruja verde del oeste finalmente ha sido derrotada y asesinada. A partir de ahí comienza un viaje al pasado que gira entorno a esa enigmática bruja de color singular a la que muchos consideran la mala del cuento. 

Este planteamiento de Wicked fue el que me sedujo desde un principio: la idea de que la odiada Bruja verde en realidad no es tan mala como pensamos, y que todas y cada una de sus acciones tuvo un por qué siempre me intrigó. Desde este punto parten tanto la novela como su adaptación teatral. 

Minutos después ocurre el momento mágico en el que Elphaba, la protagonista de esta historia aparece en escena. Acepto que me emocioné ¿cuantas veces tiene uno la oportunidad de ver de frente a una de las protagonistas de uno de tus libros favoritos? Desde entonces inicié un viaje más que interesante; no sólo disfrutaba esa obra que anhele ver desde hace tanto tiempo, sino que además podía ir descubriendo las variaciones que hay entre libro y obra de teatro. 

Contrario a lo que pasa en otras ocasiones, estos cambios entre obra literaria y adaptación no me desagradaron, al contrario, ver cómo una historia que de antemano ya conocía muta ante mis ojos y se desarrolla por sí misma como sí se tratara de un ser vivo me pareció muy ilustrativo. 

Debo reconocer que libro y musical son muy diferentes entre sí. Aunque parten de la misma base y mantienen la esencia del mensaje central de la historia, hay momentos en los que tanto la trama como los personajes toman rumbos muy distintos. Lo destacable es que después de confrontar ambas versiones ninguna desmerece y ambas valen mucho la pena. 

Wicked, el musical, le da todo el peso de la historia a la relación entre Elphaba y Galinda, dos jóvenes tan distintas entre sí (una es verde, la otra rubia; una popular, la otra solitaria) cuando ambas estudian en el mismo instituto. Así, entre extraños sucesos en el colegio y vaivenes amorosos entre los alumnos, la amistad entre ambas florece. 

A la par de estas historias, vamos reflexionando sobre los mecanismos de manipulación que tiene el poder, siendo Wicked un interesante tratado acerca del manejo mediático y del sesgo informativo a conveniencia que sigue siendo un tema muy actual. En un marco así, resulta comprensible que las cúpulas de poder en Oz (encabezadas por el omnipresente Mago) se muestren interesadas en acallar a los Animales que hablan o en intentar contar con los favores de una bruja con poderes sobrenaturales. 

Por su estructura, la fuerza de esta obra recae en el personaje de Elphaba, una chica que a pesar de sus escasas habilidades sociales y de la difícil vida que ha tenido, posee un carácter fuerte y decido que la lleva a desafiar a todos mientras lucha contra las injusticias que sufren aquellos que como ella, son diferentes. En este caso, el papel fue interpretado por Danna Paola, una actriz de televisión muy joven de la que confieso tuve mis dudas en cuanto me enteré que sería la encargada de desempeñar tan importante papel. 


Esa tarde con su actuación y fuerza vocal Danna Paola me calló la boca. Con ella el papel de Elphaba y sus distintas personalidades se materializan en escena: Fuerte o vulnerable de acuerdo a lo que va dictando la historia, con una voz que varias veces hizo que la gente se pusiera de pie al escucharla. ¿Cómo atreverme a negar que casi lloró de emoción cuando interpretó Defying Gravity y se elevó por los aires en uno de los momentos estelares de la historia? 

Uno sabe que una representación artística nos dejó marcados cuando al ser testigos de su ejecución sentimos la piel chinita y un escalofrío nos recorre el cuerpo. Eso me ha pasado en poquísimas ocasiones al leer algún libro, escuchar alguna canción en un concierto, ver una película… o viendo Wicked. 

Las otras actuaciones y el desarrollo escénico también son una maravilla y no le piden nada a otras puestas teatrales de similar envergadura. Aunque en ellas no profundizo mucho porque ni soy experto y porque insisto, en Wicked lo primero que brilla es su historia, esa que nos narra la historia de una amistad que ni la magia más poderosa pudo romper; de un amor capaz de luchar contra todo; de injusticias por las que hay que luchar; de apariencias y de destinos que se entrelazan una y otra vez. Tal es la historia de la malvada bruja del Oeste, esa que me robó el corazón. 

Terminó la obra y no podía ocultar mi sonrisa. Al final valió la pena lo que pagué; es más, volvería a verla mil veces más. Lo aceptó, me enamoré de Ciudad Esmeralda. 

Wicked se presenta en el Teatro Telcel los viernes, sábados y domingos. ¡Vayan y chillen como yo!

viernes, 28 de marzo de 2014

La tumba de las luciérnagas


De vez en cuando a mi novia y a mí nos da por comprar películas de los Estudios Ghibli, aunque siempre que lo hacemos terminamos llorando con un par de escenas. Sin embargo, el último de estos títulos que vimos de plano nos rompió el corazón y no exagero al decir que nos hizo derramar lágrimas de principio a fin. 

Admito no ser un experto en las películas de los Estudios Ghibli, aunque sí he visto unos 8 o 9 de sus cintas y hasta el momento ninguna me ha decepcionado, de hecho, en este blog ya escribí un par de posts sobre El Secreto de la Sirenita y Recuerdos del ayer. 

No obstante, fue con La tumba de las luciérnagas con la que más me he conmovido. La vi sin conocer a lo que me enfrentaría y quizá por ello el impacto emocional que recibí fue mucho mayor. De esta película sólo sabía que trataba sobre la Segunda Guerra Mundial y nada más. Sospeché, como ocurre en las cintas que abordan esta temática, que habría un par de escenas conmovedoras y nada más. No podía estar más equivocado, ya que esta cinta animada dirigida por Isao Takahata y basada en la novela homónima de Akiyuki Nosaka es considerada una de las mejores películas anti guerra de todos los tiempos y una autentica obra maestra del cine animado. 

Cuando leemos o vemos historias sobre este conflicto bélico, generalmente están situadas en la Europa que sufre el yugo nazi, o bien, desde la perspectiva norteamericana. En cambio, pocas veces se le pone atención al drama que vivió el pueblo japonés, que tan mal parado salió al final de la guerra. En eso justamente se centra La Tumba de las Luciérnagas, en cómo la gente común de una nación en conflicto sufre los estragos de una guerra sin sentido. 

"El día 21 de septiembre de 1945, yo morí", con esta frase inicia esta película cuya trama gira entorno a Seita, un adolescente de 14 años que vive en la ciudad de Kobe con su mamá y su hermana Setsuko de 5 años, mientras su padre, un oficial de la marina japonesa, participa en la batalla que se desarrolla en el Océano Pacífico. 

A pesar de la guerra y de los ataques esporádicos que sufren en su ciudad, podría decirse que Seita y su familia viven felices; hasta que una tarde de marzo de 1945, tras lanzarse la alarma por la proximidad de un bombardeo, Seita y su hermana se retrasan y no pueden llegar al búnker en donde se encontrarían con su madre. 

Tras el ataque aéreo, ambos logran sobrevivir tan sólo para encontrar parte de su ciudad ardiendo en llamas y toparse con escenas de dolor y sufrimiento a cada paso que dan. Así comienza una lastimosa cadena de infortunios al que Seita y su hermana se enfrentarán por sobrevivir día tras día, y en el que sólo el amor que uno siente por el otro los mantendrá a flote. 

Podría revelar más datos sobre la historia, pero creo que es mejor que aquellos que se aventuren a verla lo hagan como yo, con una ligera noción de lo que encontrarán, pero dejando que al final sea la propia historia la que los vaya guiando en este viaje de subidas y bajadas emocionales y aleccionadoras. 

Esta película es tan humana que duele verla. Cuenta con momentos realmente estremecedores y duros de digerir, pero también con partes llenas de amor y que nos hacen conectar sentimentalmente con ambos personajes. Parecería mentira que una obra visual y narrativa tan cruel también sea tan bella, enaltezca la pureza de la humanidad y a la vez nos muestre lo peor de ella. 

Técnicamente la película cumple (no olvidemos que fue hecha a finales de la década de los ochenta) y si bien tiene pasajes muy bien logrados, es en la historia en la que recae todo el peso de esta maravillosa obra de arte llena de simbolismos. 

Al final, además de un profundo hueco en el alma, uno se queda tocado y reflexivo por los efectos devastadores que una guerra puede tener en personas buenas que sin temerla ni deberla de pronto ven su vida convertida en un infierno. Aunque sin duda, lo que más hiere es descubrir que más allá de un conflicto bélico, lo que verdaderamente termina destruyéndonos es la indiferencia y el no ver más allá de nuestras narices. 

La tumba de las luciérnagas es fácil de conseguir en librerías o tiendas de discos, incluso pueden encontrarla en YouTube. Como sea, por favor háganse el favor de verla, les apuesto a que será una de las cintas más conmovedoras e impactantes que verán en su vida. 

Y sí, van a llorar.

lunes, 24 de marzo de 2014

Ya resolví el misterio de la servilleta en la puerta

Apenas iba terminando de escribir el pasado post sobre El misterio de la servilleta en la puerta de mi casa (si no lo leíste, da clic aquí), cuando el caso dio un giro inesperado.

Llevaba cerca de tres horas encerrado mi cuarto, en donde vi el juego del Atlante vía internet (es que soy pobre y no tengo Sky) y después escribí el texto arriba mencionado para este blog. Eran cerca de las ocho de la noche de ayer domingo cuando finalmente salí de mi dormitorio, fui a echarme una firma, bajé a la sala y cuando abrí la puerta descubrí que nuevamente había otra servilleta amarrada. Hasta le tomé una foto:


Y ahora sí me entró miedo. Una cosa es que dejen cosas amarradas a la puerta cuando no estoy en casa y otra que lo hagan cuando me encuentro presente. Nuevamente recurrí a Google en busca de una respuesta y mis temores aumentaron: en varios sitios web encontré información sobre la manera en la que los delincuentes suelen marcar las casas de sus potenciales víctimas para después saquearlas.

A nada estaba de caer en el caos (sí, la verdad me vi bien maricón y qué, ustedes se hubieran puesto igual) e ir a decirle al vigilante de la esquina de mi calle que pusiera especial atención a mi casa. Después pensé en sacar las cosas importantes y de más valor y traerlas en el auto conmigo, por si robaban la casa no dejarles algo de lo que fuera irrecuperable.

Entonces sonó el celular pero no alcancé a contestar, aunque en el identificador de llamadas vi que se trataba de mi prima Yuli (nunca sé cómo se escribe su nombre). A los dos minutos llamó al teléfono de mi casa y me preguntó cómo estaba, después me pidió que fuera a su casa para contarme algo. Le respondí que no podía pues estaba haciendo la comida. Después se mostró muy interesada en el horario que tendría al otro día y sobre las horas en las que no estaría en casa. Todo eso me pareció sospechoso, sobre todo porque sus llamadas se dieron a los pocos minutos de que en mi muro de Facebook expliqué el asunto de la servilleta misteriosa. Aún así, todavía tenía mis dudas.

Un par de minutos después mi prima llegó a mi casa (vive a unas calles de distancia) y me confesó que ella y su familia habían sido quienes colocaban las servilletas. Como iban a buscarme y no me encontraban, me dejaban esa señal para que supiera que habían estado ahí y que estaban al pendiente de mí. De hecho hasta me mostró un pedazo de la misma servilleta que traía en su bolsa.


Muy en mi papel me hice el valiente y les dije que en ningún momento tuve miedo de la situación, aunque por dentro sí me estuve cagando de miedo. Yuli me dijo que había decidido aclarar todo para evitar preocuparme.

Y así se resolvió el misterio. Si bien me sentí muy relajado cuando todo se aclaró, una parte de mí tenía la ilusión de que aquello fuera algo más complejo que me llevara a enfrentarme a las fuerzas ocultas y sobrenaturales, o quizá hasta a los mismísimos narcotraficantes, que tan de moda se han puesto.

Ni hablar, yo solito me hice ideas y caí víctima de mis propios malviajes. Será pa' la otra.

domingo, 23 de marzo de 2014

El misterio de la servilleta en la puerta


Estoy viviendo una aventura, o algo así. El caso es que desde ayer me siento como el protagonista de una novela de misterio, en las que una situación fuera de lo común detona algo extraordinario. Esto es lo que pasó:

La semana pasada, una noche llegaba a mi hogar y tras estacionar el auto noté que había algo en la chapa de la puerta. Al acercarme ví que aquel objeto era una servilleta anudada a la base de aluminio donde se jala la puerta de la casa para cerrarla. En ese momento no le di importancia, arranqué la servilleta y me metí a mi casa.

En cuestión de horas olvidé lo sucedido. Sin embargo, el pasado sábado por la noche, regresaba a mi casa y volví a toparme con otra servilleta atada en el mismo sitio. Y ahora sí me sentí desconcertado. 

Mientras intentaba romper la servilleta noté unas manchas rojas en ella, lo que me provocó escalofrío ¿y si era sangre? Para mi tranquilidad esas figuras coloradas eran parte de los dibujos que tenía estampado el mentado papel, que por cierto, era una de esas servilletas de cocina cursilonas. Nuevamente la arranqué y la tiré en la calle (no fuera a ser la de malas). 

En cuanto entré a mi casa me puse a buscar en Google qué podía significar aquello. Lo primero en lo que pensé fue en una brujería maligna, algo o alguien quería hacerme algún trabajo con miras a causarme un mal y usaba un hechizo extraño. De ser así, lo peor era que las dos veces agarré el probable papel embrujado con mis propias manos. 

Luego pensé que la servilleta podía ser una protección o un amarré de amor, quizá alguien quiera enamorarme y al ver que soy frío como el viento y peligroso como el mar, decidió intentar robar mi corazón por medio de la magia blanca. 

Después comencé una de mis actividades favoritas: hacerme figuraciones de lo que no es y preocuparme de a gratis. ¿Y sí aquello era para intimidarme? ¿Y si días después recibo una llamada diciéndome que me traen checado y que como prueba han estado dejándome cosas en la puerta? ¿Y si son los narcos? La verdad cuando pensé esto empecé a sentirme nervioso, lo cual era medio tonto pues no tengo ningún indicio de que aquella servilleta en la puerta fuera la prueba de nada. 

Pero ya ven, hasta en eso soy hipocondríaco. 

Minutos después saqué a mi perro a dar una vuelta y mis nervios seguían alterados. Sentía que me observaban y me seguían, al regresar lo primero que hice fue revisar que no hubiera otro papel en la puerta, afortunadamente no había nada. Un día después hasta pensé en ir por agua bendita a la iglesia y rociar la entrada de mi casa con ella, pero luego me acordé que jugaba el Atlante y lo dejé para luego. 

Ahora estoy tomando todo eso con humor, y mejor pienso que es una broma o algo que tiene su explicación lógica y por lo que veré que no debo preocuparme. ¿Me inquieta que alguien llegue hasta la puerta de mi casa y deje una servilleta amarrada? Sí, aunque a la hora se me olvida y opto por sentirme el personaje de una novela, aquel que está a punto de emprender una grandiosa e increíble aventura (o al que está apunto de cargárselo la desgracia).

Ya veré sí aparece otra servilleta, y claro, por aquí les cuento. Mientras tanto ¿alguien sabe de qué se trata todo esto?