viernes, 29 de febrero de 2008

La próxima vez que sea hoy

La última vez que fue hoy aun iba en la universidad. No me gustan las comparaciones pero aquellos fueron de los tiempos más felices de mi vida. Comenzaba a enamorarme de verdad, todos los días eran una aventura a lado de quién por largo tiempo se convertiría en mi adoración. No había un segundo del día en el que el amor y las ganas de vivir cosas nuevas inundarán la atmósfera de adrenalina. El tiempo podría pasar y siempre había algo que hacer, alguien a quién llamar. No tenía blog pero ya soñaba con algún método de hacer que mis palabras llegarán a más personas.

Aquella última vez el escudo del Atlante sólo tenía dos estrellas. Ana Guevara entusiasmaba a un país que soñaba con una medalla en los Juegos Olímpicos de Atenas. El presidente era otro, el Papa era otro, yo era otro (quizá más inconsciente de la vida y por ello mismo, un poco más feliz). Hablar de esa época es recordar un par de canciones que me siguen doliendo. Quién diga que cuatro años no son nada es porque no le han roto el corazón.

La próxima vez que sea hoy deseo con todo el corazón que finalmente mis tardes se pinten de amor y que está necedad de escribir sea algo más tangible. Tener un mejor trabajo, o mejor aun, que me paguen por lo que me gusta y sonreír más, pues aunque ahora lo hago sé que podría permitirme hacerlo más seguido. Para el siguiente 29 de febrero me gustaría haber vivido, cosas buenas, cosas malas, pero haber vivido. Haber conocido un par de aquellas hermosas ciudades del mundo, y por supuesto, un poquito más de mi país. Haber madurado lo suficiente pero nunca lo demasiado como para dejar de ser niño. Conservar a la gente que quiero a mi lado y procurar su bienestar.

¿Estará la literatura presente en mi vida?

No me imagino casado todavía, pero si a lado de la mujer de mi vida. Cuando ese día llegue espero haber borrado los fantasmas que las historias amorosas dejan tras de si. Que éste blog siga existiendo para poder seguir encontrando respuestas en el complicado mapa de mi mismo. Tener la costumbre de cuidar más mi salud y hablar un poco más con Dios y con mi Ángel de la Guarda favorito...

... y que las cosas buenas, que son las más, sigan por muchos 29’s de febrero más.

martes, 26 de febrero de 2008

Una chalina

¿Embrujo o simple necesidad de tener un poco de ti?. Podría ponerle el nombre que sea y sin embargo no describiría nada. ¿Puede un objeto impregnarse de la esencia de su dueña....?

No hace falta saber la respuesta si de todas formas terminaré por convertirla en un ‘sí’ que me suene lleno de contundencia. Ahora, que si de ponerme ‘contundente’ se trata, creo que nada hablará mejor que esa Chalina que hace unas horas ella olvidó en el trabajo y que por teléfono me pidió que guardara. Cierto es que desde que recibí su llamada la tomé con cuidado y la guardé como el tesoro más preciado; más veras resulta el confesar que al olerla por unos microsegundos viaje a Venus montado en una estrella y sin escalas. La pregunta debería ser cómo no escapar del embrujo de semejante tesoro, y no si hice lo correcto al ver aquella Chalina todo el día e incluso, tenerla en este preciso momento frente a mi mientras intento explicarme la fijación por un pedazo de tela que a ella le sienta como a nadie.

Mil y un razones pueden haber detrás de ese olvido y poco me importan. Al menos por ahora el mundo parece contenido en aquel accesorio tan femenino y vistoso en el que quiero creer, se aloja una parte de ella. Al menos su estilo, su aroma, frescura y brillo son idénticos a los de la dueña.

Puede que esté loco, pero estoy seguro que no soy ni el primero ni el último que cae rendido ante el encanto de tener en sus manos, aunque sea por un momento, cualquier objeto de una mujer inspiradora. Creer firmemente que aquel objeto establece con ella algún tipo de conexión y que al momento de tocarlo y hablarle ella, como por parte de magia al menos me tendrá presente en su pensamiento. En está clase de tonterías piensa quién anda en busca de convencer a otro corazón de caminar bajo nuestra mirada un mismo camino.

En unas horas esa Chalina que hoy me acompaña e inspira volverá a su dueña. A mi me quedará el recuerdo de ese aroma que el aire, para darme celos, sí puede acariciar.

lunes, 25 de febrero de 2008

¡Santos Diablos Guardianes, Batman!

Palabras más, palabras menos, se dice que: ‘Cuando leas un libro nunca vayas en busca del autor, pues el libro siempre terminará siendo más grande’. Frase tan cierta y aplicable no sólo a la literatura sino a cualquier campo de la creación humana. Una novela, una película, una canción o una pintura son por si mismas tan inmensas que de poco valdría buscar a su creador. Por supuesto, la vida siempre tiene sus excepciones.

A Xavier Velasco, autor de la novela ‘Diablo Guardián’ (Premio Alfaguara de Novela 2003), los libros ‘El Materialismo Histérico’, ‘Luna llena en las rocas’ y más recientemente de la novela ‘Éste que ves’, lo conocí por primera vez en una de las conferencias universitarias de Espacio 2003 en Veracruz. Sin saber aun que había escrito, la manera tan peculiar que tiene de hablar de la literatura me llevó a leer inmediatamente ‘Diablo Guardián’ y convertir aquella novela en mi libro de cabecera. Desde entonces le he seguido la pista a su obra y en parte podría decir que él es un poco culpable de mi manía por escribir.

Aunque en varias ocasiones había tenido la oportunidad de verlo e intercambiar un par de palabras con él en algunas ferias del libro y presentaciones de sus libros, jamás imaginé que algún día tendría la oportunidad de compartir una noche de platica, con uno de los escritores mexicanos más importantes de la actualidad. Lo cierto es que la noche del pasado sábado, algunos de los lectores de su blog (http://www.elboomeran.com/blog/10/xavier-velasco/) tuvimos el gusto, primero de conocernos entre nosotros, y después, de esperar el arribo de aquel hombre nada peculiar.

Cuando poco antes de las nueve Velasco arribó al lugar volví a comprobar lo que ya sabía: Xavier es un fuera de serie en toda la extensión de la palabra. Su apariencia, sus movimientos, la forma de expresarse y su pasión por las letras. La forma de transportarnos por medio de una amigable charla a ese mundo en el que nada, excepto la literatura, vale tanto como para no jugárselo en una apuesta. Pocos minutos después, ya no estaríamos ante la presencia de un gran escritor sino en compañía de un amigo que más tardó en llegar que en convertirse en el alma de la reunión. Accedió a la dinámica de adivinar por medio de unas tarjetas quién era quién y tuvo el tino de entregarla a cada uno de nosotros la con nuestro nombre.

No sólo son sus obras, que ya de por si deberían bastar para depositar miles de palabras en torno a él. Su vida misma bastaría para cautivar al más difícil de los lectores. Por más que Xavier se empeñe en decir, (con toda la razón del mundo) que es obligación del narrador pasar inadvertido ante la historia me resulta imposible no hablar de las innumerables palabras e ideas que ese día compartió con nosotros y que siguen dando vueltas en mi cabeza. Para alguien que como yo, desea escribir, dudo que haya encuentros tan significativos como el de hace dos días. Hablar de procesos de creación, de otros autores, de los lugares y personajes detrás de sus novelas, de su vida cotidiana, de sus aventuras sin igual, de sus perros, de sus viajes y de tantas cosas que francamente me sacudieron hasta el punto de afirmar que esa charla ‘entre amigos sin ser amigos’ ha sido de lo mejor que me ha pasado últimamente.

Que me hiciera un comentario de éste blog, que se acordara de mi nombre, que nos compartiera más de la persona fuera del autor. Darme cuenta de que somos diferentes y a la vez coincidimos en muchos aspectos. Me encantaría hablarles detalladamente de cada minuto de las más de seis horas que coincidimos en aquel bar de la Ciudad de México, aunque soy consciente de que no le haría ni tantita justicia a esa noche en la que comprobé que Xavier Velasco no solamente es un gran escritor, sino también (y en mayor medida), un gran ser humano, capaz de regalarnos a varios de sus lectoras uno de esos encuentros para no olvidar.

jueves, 21 de febrero de 2008

No sólo fue el Eclipse

Un punto común y constante en casi todas las culturas ha sido el de conferirle a los Eclipses simbolismos y elementos místicos, como si no fuera ya suficiente la arrebatadora coincidencia de que Sol, Tierra y Luna se alineen formando un espectáculo visual cuya verdadera magnitud no somos capaces de calcular. Por eso, uno de antemano ya sabe que cuando se va a tener la suerte de un Eclipse Total algo dentro de nosotros se cimbrará de una u otra forma. Llámenlo energía, magnetismo, magia o simple romanticismo; el estar en la presencia de un espectáculo pintado por el universo jamás podrá pasar desapercibido.

Desde hace semanas se había anunciado que en la noche del 20 de febrero tendría lugar el último Eclipse total de Luna visible en México de la década. Sabía que lo vería pues duraría un par de horas. Bastaría con salir a la calle, mirar al cielo y la puesta escénica ahí estaría, e incluso, el fenómeno sería transmitido en su totalidad por algunos canales de televisión. Ahora sé que es verdad: los Eclipses afectan a los seres del planeta de alguna manera, sólo así puedo explicarme que la noche de ayer me haya parecido llena de magia y tan disfrutable como pocas. Fue eso; o fue Alondra.

A ella la conozco desde hace varios años. La conocí en la universidad y su carisma, inteligencia, madurez y forma de ser hizo que poco a poco comenzara a tomarle un gran cariño que ha crecido a pesar del tiempo y la distancia (que dicho sea de paso, duele). Alondra es una aventurera de corazón, por eso es tan difícil coincidir con ella, pues si bien vive en Zihuatanejo, su naturaleza y trabajo hacen que gran parte del año éste en diferentes partes de México y el mundo. Por eso quizá fue demasiada coincidencia que justo el día en el que La Luna, el Sol y la Tierra coincidirían en una línea perfecta ella coincidiera en mi ciudad. Recibí su llamada en la tarde y de inmediato acepté su propuesta de tomarnos un café. El Eclipse y el resto del mundo, al menos por esa noche pasaría a segundo plano.

Pasar la tarde platicando en un café mientras que afuera la noche cubría a la ciudad y daba paso al Eclipse fue demasiado. Hablar con ella es ponerse de buen humor, escuchar que una persona así me lee y que mejor aun, le gusta lo que hago es el mejor cumplido que se pueda recibir. Escucharla hablándome de su vida y preguntando detalles de la mía, ponernos al corriente de lo que hemos hecho durante todo ese tiempo en el que terrenalmente hemos estado alejados por más que siempre la tenga presente.

Ya después, salir del café y ver esa Luna eclipsando el firmamento y bañando a la ciudad de una atmósfera irreal hizo todo mucho mejor. Ayer no lo supe distinguir, pero hoy puedo decir que si bien la postal que el destino quiso regalarle a nuestro reencuentro fue inigualable, la verdadera magia en la ciudad era que al menos por unas horas nuestras almas alinearan. Si el Sol y la Luna, separados por distancias aterradoramente grandes lo hicieron, ¿por qué no íbamos a coincidir nosotros?. Dos eclipses totales en la misma ciudad.

Un día después sigo con esa sensación indescriptible. Supongo que una amistad así se compone de momentos en que ni un Eclipse es capaz de ejemplificar del todo. No sé si algún día Alondra leerá estas palabras, pero debería saber que para mi es un honor cada vez que tengo la oportunidad de vela y compartir un poquito de mi vida, y por qué no, aprender de la suya.

Aunque mañana regresará a Zihuatanejo una cosa es segura: Volveremos a eclipsar muy pronto, estén o no el Sol y la Luna presentes. De cualquier manera siempre estoy alineado con ella.

lunes, 18 de febrero de 2008

El abandono, Paola y yo

Lentamente y de forma casi inaudible
Paola me susurra al oído que me ama.
Quiere invitarme a pecar,
a probar sabores prohibidos
en su cuerpo que hoy, es un templo al deseo.

Tomándome entre sus brazos me lleva de aquí para allá,
al tiempo en que con sus manos recorre mi cuerpo inmóvil.
Me gustaría al menos, corresponderle con una sonrisa,
una palabra, un halago...

Para mi es un honor, señorita Paola,
que esta noche desahogues tus soledades en mi.
Y quisiera agradecerte, que en estos momentos,
tus cálidos labios rocen la frialdad de los míos.

Me encantaría decirte que desde hace años te amo,
aun antes de que me contemplaras como tu compañero de placer.

Desearía,
al menos por esta noche, no ser un maniquí.



Gabriel Revelo - Nov/ 2004

viernes, 15 de febrero de 2008

El dinerito duele

Les diré que nunca he sido un esclavo del dinero. Lo cual no significa que lo aborrezca, al contrario, de tenerlo en demasía estaría escribiendo estas líneas en una modernísima laptop en Johannesburgo, y no en la computadora de escritorio de mi casa. Estoy de acuerdo con aquello de que el dinero no lo es todo en la vida, pero vaya que la aligera bastante.

Yo hablando de dinero en un viernes de quincena... ¿no sería lo más correcto andar en la calle gastándolo como dicta la tradición del mexicano?. Probablemente esa vocecilla ahorrativa dentro de mi me aconseja tener aunque sea cien pesos en la bolsa, pues nunca se sabe ‘qué pueda pasar’. ¡Diablos!, ahora que lo pienso, ese ‘qué pueda pasar’ puede comprender ser raptado por extraterrestres, ser poseído por un demonio o sufrir un embotellamiento, en estos, como en muchos otros casos, los mendigos cien pesos no nos servirían ni para limpiarnos las lagrimas, pero uno desde chiquito ha sido educado para no despilfarrar todo el capital existente por más que el nuevo CD de Michael Jackson, esos tenis de futbol Niké y la nueva playera de la Selección Nacional le hagan ojitos a nuestra pobre tarjeta.

No sé trata sólo de ir y gastar, que al fin y al cabo eso cualquier idiota lo hace, el problema es todo el contexto que rodea los mundo laboral y económico y que a últimas fechas parece se han puesto de acuerdo para fregarme la existencia.... y ahí voy otra vez a ventilar mi vida privada: No soy rico (hablando de dinero, pues mi cuerpo es una sabrosa-sabrosura). El trabajo que tengo no es para nada bien pagado y además no cuento con ninguna prestación (servicio médico, caja de ahorro, membresía en un Sport City, viajes pagados por la empresa a Europa cada medio año; en fin, cosas sencillas y necesarias). Honestamente tampoco me gusta lo que hago, aunque la verdad me la paso de maravilla pues en la oficina hay personas maravillosas y valiosas (ya voy a empezar de cursi) que hacen que los días pasen rápido (bueno, a veces). La verdad, comparado con muchos conocidos gano muchísimo menos y ellos no se pegan las desveladas ni las mal pasadas que me acomodo diario.

Seguramente varios de ustedes, a esta altura del texto pensarán que soy un quejumbroso, y tienen razón.

Le sigo. ¿Saben lo frustrante que es llegar a la quincena, recibir su pago y al hacer cuentas mentales salir debiendo?. Ahora mismo, si me comprara todo lo que necesito (por mera necesidad, no por lujo) me quedaría en ceros. Por eso muchos decidimos no gastarnos todo con la ilusa esperanza de que ‘ahora si pa’ lo otra quincena’, y así nos podemos pasar medio año con la intención de comprarnos un par de calzones y por fin poder jubilar nuestros boxers augurados.

Como si lo anterior no fuera motivo suficiente para deprimirse, el joven trabajador por honorario inexperto como yo debe enfrentarse a una carga más: La Secretaría de Hacienda y Crédito Público. Desconozco porque el Gobierno piensa que los ciudadanos de éste país ganamos lo mismo que los habitantes de Londres y por eso nos cobran impuestos hasta por respirar. Por eso cuando pienso que tiene como cinco meses que no rindo mi declaración de impuestos y que con cada cheque que recibo mi pequeña deuda puede ir aumentando (o no, pues sé de mucha gente a la que nunca le han cobrado nada). Como consuelo, (o desconsuelo, según se vea) muchos amigos y compañeros de la oficina tienen la misma angustia. Obviamente rendiré mi declaración, el problema es el mismo que acabo de exponer: siempre lo dejo para la otra quincena, pues en esta tengo muchos gastos.

El tormento con esto de Hacienda no empieza cuando uno tiene que rendir cuentas, no, empieza cuando se tienen que llenar los malditos recibos de honorarios que insisto, están embrujados. Si alguna vez los han llenado sabrán que cualquier rayón, letra de más o tachadura es suficiente para que el papelito pierda su validez y uno tenga que proceder a llenar otro, y otro, y otro, hasta que por fin se logra el milagro de llenarlo sin error alguno. En esos menesteres soy un completo imbecil, no les miento si les digo que cada mes echo a perder unos seis recibos de honorarios para lograr tener los dos que necesito entregar en el trabajo.

Precisamente la semana pasada, después de sufrir con el llenado de los recibos, la encargada de recogerlos me pidió que les pusiera las cantidades previas, desglosadas con IVA y de cantidad total. Anteriormente siempre los había entregado en blanco por si había algún descuento por faltas o retardos, pero ese día me pidieron que les pusiera la cantidad. Me preguntaron mi horario y lo que ganaba. Le conteste con honestidad y supongo que me entendió mal pues al dictarme las cantidades que supuestamente me correspondían estás aumentaron un poco. Paso todo tan rápido que ni siquiera tuve tiempo de plantearme si comunicarle o no el error a la encargada. Hoy que recibí el cheque de mi quincena me di cuenta que recibí la nueva cantidad que el ‘aumento involuntario’ hizo posible.

Toda la semana había pensado si corregir o no éste error. ¿Y si nunca se dan cuenta y gano más? ¿Y si sí? ¿Me descontarán lo que me dieron de más, me correrán?. Pero hoy tuve un día horrible, no desayuné ni comí, salí dos horas y media tarde por estar corrigiendo errores que ni fueron míos y además todavía me regañaron concluí en que ese aumento es más que necesario, y que tan culpable soy yo por no haber dicho nada del error en las cifras del pago, como también lo son ellos por no fijarse bien en lo que hacen.

Cuando se termina una carrera la ilusión de tener un trabajo bien pagado y satisfactorio es tan grande, que la desilusión de chocar con el mundo real siempre dolerá mucho. Comienzo a hartarme de un mundo en el que mi salud y animo se desgasta, en el que se gana a penas lo justo y esto se convierte en innecesario gracias a todo lo que los impuestos nos quitan. Por eso las quincenas (como la de hoy) no hacen más que ponerme de mal humor y me llevan a preguntarme ¿cuál es el chiste de trabajar?. Desde que lo hago tengo menos dinero, menos animo y menos tiempo libre.

Espero no escribir la próxima entrada desde la cárcel.

martes, 12 de febrero de 2008

Ridículo

En parte escribo para explicarme de una manera coherente y comprender un poquito más lo contradictorio que soy. Encontrar al que en realidad soy, y no al que aparento, extraviado en algún renglón o frase ingeniosa. La verdad mucho, o casi todo aquello que me atrevo a redactar obedece a sentimientos que de tan intensos no puedo contener dentro de mi.

Quisiera dibujarme con letras y conocerme por primera vez en mi vida. Escucharme, decirme qué es lo que quiero y por qué lo quiero. Comienza a dar miedo eso de vivir en función de algo que no conozco a bien y que sin embargo, dicen, está en todos lados, hasta en éste blog. Nunca se me había ocurrido clasificarlo, pero si tuviera que definir cuál es el tema central de éste espacio, sin titubeos diría que es el amor. No tendría que recorrer mucho mis escritos para comprobar que efectivamente, el amor está presente en la mayoría de cuentos, versos y anécdotas que narro. Sin haber sido nada planeado, de improviso, caigo en la cuenta de que al amor lo doy más importancia de la que por salud mental debería.

¿Qué hacer cuando después de un largo periodo de no amar, el corazón decide que ya es hora de volver a palpitar, y sin pedir permiso ni avisarnos, enfila sus filas hacía un nuevo objetivo?... Supongo que dejarse llevar por la corriente, pues al fin y al cabo, cualquier intento de oponer resistencia terminará resultando inútil. Voy a la deriva de una corriente que amenaza más con estrellarme violentamente contra las rocas, que con llevarme a puerto seguro.

No fue mi intención fijarme en ti, pero fue inevitable. Tu original belleza, esa forma única de pensar que te hace ir a mil por hora, además de todo el carisma que derrochas con cada movimiento debieron bastarme para caer en la cuenta de que mirarte sería mi condena. De a poco me las he ido ingeniado para vivir diariamente sin que te conviertas aun en una obsesión, pero el peligro está ahí y es cada vez más latente. Lo malo es que me conozco y sé que tarde o temprano (más la segunda que la primera) voy a terminar enamorándome de ti. Y yo cuando amo, lo hago con una intensidad que no es normal.

No sé de dónde saqué el valor para comenzar a hablarte, pedirte tu número, decirte algún piropo o invitarte a salir. Ni aun caminando con ella por el barrio de Coyoacán me la creía. Veíamos artesanías mientras el ingenuo de mi intentaba comprender el mundo que me describías con esa emoción que sólo tú le sabes imprimir a las palabras. Son ya un par de meses que llevó peleándome conmigo y con él mundo con tal de no abandonar ese improbable camino que podría llevarme a tu corazón que de manera cruel pero hipnótica se escabulle como agua por mis pies.

Buscar menajes en tu comportamiento. Hundirme en depresión cuando eres indiferente y parece como si para ti no existiera o volverme loco de alegría e ilusión cuando llegas a sonreírme, a mandarme algún mensaje o pronuncias-escribes mi nombre. Querer verte y saber que las veces que tengo oportunidad de hacerlo son contadas. ¿Qué hago detrás de ti si rara vez me das señales de querer enfrentar la vida a mi lado?, ¿Cómo se le hace cuando al universo no se le dio la gana de fabricar una historia de amor en el que tu vida y la mía se alineen de forma paralela?... Quizá hice demasiado por conquistarte o por el contrario, mi error está en querer abandonar la batalla demasiado pronto. O simplemente nunca vas a enamorarte de mi, mientras que yo voy directo y en tren bala a caer en el abismo de quererte. Eso sería, literalmente, morir por ti. (como si de todos modos, no lo hiciera ya). Mi duda es si debo saltar del tren, ahora que todavía estoy a tiempo de salvarme.

No debería, pero mi vida, fuera de lo anterior, poco me importa. Quién sabe por qué siempre he de terminar haciendo el ridículo en cuestiones del corazón. Ridículo cuando pienso en ella, ridículo cuando pase una tarde entera esperando que aceptara alguna invitación de la que solo obtuve como respuesta silencio. Ridículo por buscar cada noche la forma más bonita de mandarle mensajes. Ridículo por saber que quizá en su vida haya alguien más, que si logra seducir su entendimiento y que además, no se la pasa haciendo tonterías y niñerías. Ridículo por escribir esto pero carecer del valor para decírselo en su cara. Ridículo por no ser siempre tan respetuoso y correcto, en lugar de más osado. Ridículo por creer que basta con ser buena persona para que el amor toque a mi puerta. Ridículo por creer que en esta historia las cosas van a ser como en una comedia romántica. Ridículo y mil veces más ridículo por que tenerle miedo al día de San Valentín sólo por que no lo pasará conmigo.

La otra noche decidí dejar de buscarla y seguir mi vida como si nada. Tres horas después me dije que se tiene que luchar por las cosas que valen la pena. Ahora no sé. Hacer o no hacer el ridículo, esa es la cuestión.

sábado, 9 de febrero de 2008

La inminente y temida llegada de Valentín

Muchos dicen que es un ángel, otros incluso se atreven a darle el calificativo de ‘Santo’ y le confieren cálidas cualidades sobrenaturales. Lo pintan como un pequeño ser halado, maestro en las artes de enredar vidas y destinos. Si el amor es lo que mueve el mundo, entonces él es el conductor del planeta. Me refiero, por supuesto, al infeliz desgraciado de Valentín, considerado hoy en día como una de las criaturas más temidas del universo. Basta uno de sus ataques, para que todo se vaya al diablo.
¿Soy un amargado?, ¿Un envidioso?... para nada. Digamos que mi afección al Día de San Valentín tiene muy buenos fundamentos. No estoy yo para contarlo, pero desde tiempos inmemoriales (mi época en el jardín de niños) he ido acumulando experiencias más o menos desastrosas, y de las cuales hice, hago y haré responsable a este chiquillo infernal. Para quienes me conocen, saben que con el mes de febrero comienza mi calvario, y es que parece que televisión, radio, internet, animales, extraterrestres, compañeros, vecinos y elementos de la naturaleza se empeñan en recordarme que el día 14 habrá contingencia ambiental a causa de tantas partículas contaminantes formadas por feromonas y bilirrubina en la atmósfera. Conforme esta fecha y su malignidad se acerca, don (es)cupido motorizado hace hasta lo imposible porque todo ente viviente que me rodea encuentre a su ‘peor es nada’, dejándome sólo e indefenso ante veinticuatro horas en las que se puede hacer cualquier cosa, menos estar soltero.

¿Qué se puede hacer cuando uno cae en el delito de estar disponible a mediados de febrero? En primer lugar mostrar dignidad y hacer como si fuera un día normal. Cosa que ya vimos, es imposible (a menos que estemos brutos, ciegos, sordomudos). En segundo lugar, es aconsejable que unos días antes recordemos esos momentos en que por causa del ‘amor’ hemos sufrido malos tratos e injusticias cardio-viscerales. Esto, aunque lejos de darnos una solución, puede ayudarnos de consuelo y como analgésico para pensar que después de todo el romanticismo también tiene su lado tétrico y terrorífico.

¿Por qué a (es)cupido lo pintan tan tierno e inocente? Supongo que es porque la mayor parte de la gente no se da cuenta de que sus flechas, al estar envenenadas por una letal toxina a largo plazo, terminaran por destrozar nuestra vida en algún momento. Aceptémoslo, estas armas deberían de ser declaradas sólo como ‘uso exclusivo del ejercito’. No sé porque el señor Valentino me tiene tan mala fe. Aun así, las veces que he sido victima de sus ataques admito que he sido feliz y por lo mismo, le vivo eternamente agradecido (lo cual no quita, que lo siga considerando como a un ente maldito al igual que sus amigos la indiferencia, el desamor y la traición). Quizá sea coraje, envidia o egoísmo de mi parte. De cualquier manera prometo buscar el próximo año a San Valentín para comprarle alguna de sus flechas, que dicen, son tan fabulosas.

Que disfruten pues, su día... sólo recuerden que este ángel exterminador del Apocalipsis no da nada gratis, y todos (sí, todos) tarde o temprano pagaremos los placeres y dichas otorgados con horas de dolor y sufrimiento en terapia intensiva... a causa de un corazón roto.

(aquí, imaginen una risa macabra)

miércoles, 6 de febrero de 2008

Soy un héroe...

... y nadie me lo agradece. No he recibido homenajes o medallas, mucho menos me ha hablado el presidente o me ha entrevistado López Dóriga, pero insisto: soy un héroe.

Fue el sábado pasado cuando sucedió el hecho heroico en una de esas tradicionales fiestas-familiares-elegantes, en un bautizo para ser precisos. Una vez más voy a contar detalles de mi vida privada (que sé no le interesa a casi nadie) y no contento con eso, también lo haré con algunos elementos de mi familia, a los cuales seguramente no les agradará mucho leer este post.

Pero bueno, las grandes hazañas deben contarse y si por ello me hago acreedor a que me dejen de hablar hasta navidad, pues corro el riesgo. Volvamos pues, a los hechos. Después de la ceremonia del bautizo de la pequeña Rebeca (en una de las capillas privadas de la Basílica de Guadalupe) familia, invitados y su servidor fuimos a comer al restaurante del lobby de un hotel de la zona. Hasta ese momento todo era feliz y fantástico hasta que los meseros empezaron a servir la comida. Uno podía elegir entre dos menús: Sopa de Tortilla y Milanesa a la Cordone Blue para los adultos, y hamburguesa con papás a la francesa para los niños. Por supuesto, yo quería la hamburguesa; obviamente, me sirvieron la milanesa.

En lo que llegaba su hamburguesa, el hijo de uno de mis tíos iba y agarraba las papás de uno de los hijos de una de mis primas. ¿¿¿si se entiende verdad???. La prima, un poco harta y otro poco de mal humor, se molestó por esta situación y se hizo de palabras con mi tío. Éste no se quedó callado y le respondió. El esposo de ella se enojó y le gritó una grosería (pen”$jo) a mi tío. Él se la regresó (la grosería). El esposo de la prima se levanta amenazadoramente de su lugar. Mi tío hace lo mismo. Mi prima detuvo a su marido. Otra prima detuvo a mi tío.

- A la salida lo arreglamos. Comentó el esposo de mi prima.

Por respeto no puse los nombres de los implicados, pero sí una foto en la que aparece el Tío y el esposo conviviendo en paz hace unos meses (aunque ya se veía que se traían ganas).

Lo anterior ocurrió en cuestión de segundos y muy pocos en la comida nos dimos cuenta. Sin embargo, la amenaza de que la cosa podría continuar después de la comida hizo que aquellos que presenciamos la escena estuviéramos al pendiente de cada uno de los movimientos de los dos implicados. Obviamente, estar vigilando lo que pasaba no impidió que me comiera mi milanesa. Si se iban a armar los trancazos, lo mejor era estar bien alimentado.

La mayoría de las veces, cuando dos hombres ‘bravuconean’ y amenazan con liarse a golpes, pocas veces se pasa de las palabras a los hechos. Uno es feliz amenazando y recibiendo amenazas y confiar casi con ciega confianza que esos ‘nos vemos a la salida’ que escuchábamos en la escuela, pocas veces se materializaban en algún ojo morado. Aun así no me hagan caso, pues quién ahora escribe sólo se ha peleado unas cinco veces en su vida y no podría catalogarse de ser un experto en la materia.

La comida pasó y algunos invitados decidieron comenzar a retirarse. Cuando vi que mi tío se levantó y se dirigió a la salida dentro de mi se activó un mecanismo de salir también y ver (por chismoso, no crean que por otra cosa) si pasaba algo más. Quién sabe de dónde salió el esposo de mi prima, el chiste es que de repente ambos se dirigían a la salida, caminando a muy poca distancia. Nunca supe quién empezó a decirle de cosas a quién, pero en un abrir y cerrar de ojos ahí estaba mi tío y el esposo de mi prima discutiendo y amenazándose, hasta que finalmente el esposo de mi prima empujo a mi tío que tampoco se quedó quieto y le soltó una patada que nunca impactó su objetivo. La pelea estaba más que cantada, habría golpes a menos que algún valiente paladín de la justicia se decidiera a intervenir y frenara la violencia sin importar si en el acto arriesgaba su vida. Entonces intervine.

‘Para eso existen los héroes’ dice el mago de la película animada “El Último Unicornio” cuando en la trama casi todo está perdido. Pues para eso existo yo también, que sin medir consecuencias me arrojé (con mis reflejos de gato montés y de Jorge Campos) sobre el esposo de mi prima en cuanto los oponentes comenzaron a lanzar golpes al aire. Lo tomé de la cintura y con una fuerza que quién sabe de dónde tomé (él es más fuerte y alto que yo) lo levanté, giramos hacía una pared y lo sujeté fuertemente. A mi tío otras personas más lo detuvieron y así los golpes no pasaron a mayores, pero ahí ya no tuvo tanto chiste, pues el verdadero peligro lo viví yo al meterme entre la lluvia de golpes y actuar de manera tan rápida.

Lo que siguió después fueron insultos de un peleador al otro, promesas de que las cosas no se van a quedar así, una prima (que ni tenía nada que ver) llorando, mi abuela angustiada (tanto que hasta después se puso a rezar el rosario) y enojos entre otros miembros de la familia que tal cual se tratara de un partido de fútbol rápidamente formaron dos bandos. Después del vergonzoso desmán público que armaron nadie tuvo la atención de dirigirse al héroe de la tarde y preguntarme si estaba bien. Pude haber recibido algún golpe en el rostro (imagínense, si de eso vivo) o en alguna parte de mi delicado cuerpo. Gracias a mi no hubo sangre, ni dientes rotos o una vergüenza mayor ¡¿¡¿¡¿¡y quién me agradeció!?!?!?!?. Absolutamente nadie.

Está fue la historia de cómo desafié a la muerte una tarde de febrero. Sigo esperando mi homenaje.

domingo, 3 de febrero de 2008

Siempre Miércoles (el chico del Burger King)

Hace siete días que no la ve. Pero falta poco para su primera cita con ella ¿Está mal que Carlos la extrañe?. Se recrimina a sí mismo por preocuparse por banalidades como el amor teniendo tantas responsabilidades encima. Estudia ingeniería en las mañanas, por las tardes es cajero de un Burger King en Ermita Iztapalapa. En las noches ayuda a la abuela a preparar guisados para los tacos que ella vende en las mañanas afuera de las construcciones. Tiene escasos diecisiete años y su vida no es fácil: De muy niño perdió a sus padres ¿o lo abandonaron?, como sea, la abuela nunca quiere hablar de eso; por eso, la única certeza es que se tienen el uno al otro. Por eso, hoy Carlos no debería pensar, mucho menos extrañar a otra mujer.

Antes no era así. Ni en sueños hubiera pensado enamorarse a primera vista, y sin embargo le paso. Así, sin esperarlo, un miércoles cualquiera de poco trabajo en el Burger King, la vio entrar deprisa y algo nerviosa al establecimiento y dirigirse al baño. Al principio le pareció linda, pero sólo eso. Dos minutos después, cuando ella salió más relajada y se sentó en una de las mesas de la orilla le pareció una belleza fuera de este mundo.

Perplejo miró que ella se ponía de pie y distinguidamente caminaba hacía la caja. En silencio le rogó a Dios y a todos los santos que aquella chica de vestido verde le ordenara cualquier cosa del reducido menú. Cuando la tuvo enfrente se convenció de que jamás vería un rostro más bello. Súbitamente Carlos recordó que estaba trabajando, por lo que intentó, sin éxito, engrosar su voz para sonar más varonil. No pudo sino pronunciar unos sonidos raros que ni él mismo entendió, y que se supone, era la bienvenida institucional de Burger King. Ella le sonrió, y con un tono suave, casi sensual, le dijo que quería ordenar papas a la francesa y refresco de dieta grandes.

Carlos recuerda muy poco lo qué siguió. La atendió como pudo en segundos que se le fueron rapidísimo, tanto, que en un suspiro ya la tenía lejos de nuevo, en su mesa de la orilla comiéndose las papas de un modo desenfadado. Y sucedió el embrujo, el embrutecimiento y el milagro. Todo a la vez se colaba en cada uno de los poros de Carlos, que sintiendo escalofrió intentaba comprender que había en esa bellísima mujer para atraparlo así. Entonces ella lo miró y por un instante semejante a la nada, sus ojos, los de él, los de ella, ambos, hicieron contacto. Y fue la locura. Y Carlos desvió la mirada, no por timidez, sino por ignorancia, porque era la primera vez que una mujer lo miraba así. Intentó distraerse: acomodar las ya ordenadas bolsitas de cátsup, revisar las servilletas, acomodarse la gorra del uniforme. Después de esta y otras tareas inútiles ella seguía ahí, dirigiéndole miradas picaras mientras comía. ¿En realidad lo miraba de manera tan provocativa? ¿Existía la menor probabilidad de que algo así realmente le estuviera pasando a él, un simple adolescente nada agraciado ni física ni intelectualmente?... Sí. Ya no había duda. Ella miraba a Carlos. Ella provocaba a Carlos con esa forma tan sugestiva de tomar las papas y de comérselo con la mirada. De repente sintió que algo muy fuerte nacía en él. Más allá de todo deseo, él la amo desde ese momento, aun sin saber exactamente lo que el verbo ‘amar’ puede significar. De repente ella se levantó, y con la misma rapidez con la que todo sucedió se marchó en un automóvil azul. Y ahí se quedó Carlos, confundido, pero feliz. Triste, pero ya irremediablemente enamorado.

* * * *


Toda la semana, sin permitirse descanso alguno, Carlos estuvo pensando en ella. Inevitablemente los recuerdos y sensaciones de ese mágico y también extraño momento acudían a él con la fiereza del más temible de los moustros. Inútilmente intentó resignarse, hacerse a la idea de que jamás la volvería a ver. Comenzó una nueva semana diciéndose que algún día el amor, o lo que fuere, volvería a su puerta. No estaba muy equivocado.

De nuevo fue un miércoles. Carlos cumplía con la rutina: tomar órdenes, despachar, cobrar. Después de atender a una humilde señora que venía con dos niños, Graciela, su compañera de trabajo, le enseñó una nota en una de las esquinas de la caja registradora. Al momento en el que Carlos desdoblaba una servilleta con un par de líneas escritas, la silueta de una Diosa abandonaba el establecimiento.

‘Hola, me llamó Bethzabé, el otro día vine, ¿te acuerdas?...’ ‘me da pena decírtelo, pero estas súper guapo, tienes un no sé qué, que me fascino...’ ‘... me encantaría conocerte más, me gustas’ ‘... pero soy muy tímida y no sé cómo acercarme a ti, además de que no quiero que pienses que soy así con todos’, ‘creo que podrías ser mi amigo, y quizá, algo más...”. Estas frases elegantemente escritas con una caligrafía perfecta de color rosa revoloteaban la mente de Carlos una y otra vez. Y así estuvo la semana. Le gustaba. Ella, Bethzabé, una jovencita preciosa se había fijado en él. Afortunado de él.

* * * *


Otro Miércoles. Y no fue la excepción porque Bethzabé y su auto azul volvió. Llegó más mujer que nunca. Sin rodeos se acercó a Carlos y le pidió un helado. Como pudo obedeció, y es normal, en estas dos semanas aprendió que a miradas como las de ella es inútil resistirse. Y casi, por poco y por enamorado, Carlos tira el helado. Se insultó mil veces. ¿Y qué hizo ella?. Besarlo cálida y memorablemente en su mejilla. En ese momento, al chico del Burger King no le importó su trabajo, ni las papas, ni le importó que lo pudieran despedir por enamorarse de las clientas. Le importó ella y le importó esa nueva nota que la reina Bethzabé depositó en su mano antes de marcharse. Era una cita. La primera cita en la vida de Carlos. Nada, nada podría salir mal.

* * * *

Un mes después... Carlos sigue sin comprender nada. No entiende la vida, no entiende a Dios, no entiende al destino. ¿Cómo explicar que conoció el amor tan tardíamente y lo perdió tan tempranamente?. ¿Qué pasó ese miércoles?. Siempre miércoles. Nunca la vio otro día de la semana.

Aquel día llegó diez minutos antes de lo acordado. Se sentó a esperarla y ordenó una Limonada. Impaciente se mordía las uñas mientras en silencio pensaba que le diría a Bethzabé cuando la tuviera enfrente. Entonces llegó como una estrella venida del más azul de los firmamentos. Se acercaba a él cuando algo en su bella cara cambió. Carlos vio en ella un pequeño gesto de ternura y tristeza. Y Bethzabé sólo dijo ‘lo siento, no puedo’ y dio media vuelta queriendo marcharse.

Hasta la fecha Carlos no sabe qué lo hizo tomar por la cintura a Bethzabé y besarla apasionadamente. Mucho menos sabe de dónde salió un loco que los atacó. A él, el loco aquel le enterró un cuchillo varias veces, después ataco a Bethzabé y la mató. Ahora Carlos, con la ayuda de su abuela, se recupera de las heridas que le dejó el ataque y espera regresar a trabajar lo más pronto posible.

Cada miércoles Carlos no puede evitar pensar en ella. En el primer amor de su vida, el que partió de este mundo sin dar explicaciones.


Gabriel Revelo

-porque esta historia se lee de muchas maneras, se tuvo que contar dos veces.

jueves, 31 de enero de 2008

El chico del Burger King (siempre miércoles)

- Así es mi querida Noemí, no sé ni por qué me gusta meterme en tantos líos. Supongo que es el aburrimiento de las vacaciones, las ganas de vivir algo más ó vete tú a saber. Ya me lo decía mi mamá ‘Bethzabé, tú comportamiento siempre deja mucho que desear. Bethzabé, ¿por qué dejaste de estudiar?. Bethzabé, no siempre la vida te dará todo’. Por eso, amigocha de mi alma, antes de confesarte mi última fechoría, te pido me jures y perjures por tú vida que no le dirás nada a Diego. Ya ves, él cree que le soy fiel hasta con el pensamiento.

Todo comenzó hace un mes, digo, más o menos ¡que chingados importa la fecha exacta!. Tampoco creas que me importa mucho, como te dije, fue una travesura, y como tal, no tiene mucha importancia. Resulta que paseaba en mi adorado Peugeot azul celeste. Si Noemí, ni me pongas esa cara, aunque sepas que coche tengo me gusta repetirlo mil veces: Tengo un P-E-U-G-E-O-T azul marino, y es sólo mío. ¡Además Wüey, cuando presumes tu Beattle nadie te dice nada!. En fin, te decía, has de cuenta que era miércoles y yo manejando en pleno periférico con unas ganas enormes de darme un piquete de cocaína, pero pues ni modo de pararme en plena vía rápida para hacer mis porquerías ilegales. La desesperación hizo que me fuera metiendo en calles que ni conocía. Al final fui a dar por un rumbo horrible en el oriente de la ciudad. La calle se llama ‘Ermita Iztapalapa’. El chiste es que me paré en una especie de centro comercial, naquisimo por cierto, donde lo primero que vi fue un Burger King. Hubiera preferido inyectarme en el baño de un Italiannis o de perdida en el de un Starbucks, pero parece que por esos rumbos ni los conocen. Dos minutos después, ahí tienes a tu amiga Bethzabé, entre olores de miados inyectándose y sintiéndose cool de nuevo.

Al salir me dio pena y no sabía qué hacer. Imagínate llegar a un lugar como ese, entrar al baño y salirme muy gatamente sin consumir nada. ¡Iban a creer que soy una pobretona!, y ya sabes que antes muerta a dar lástimas. Digo, no es que me importara mucho la opinión de los nacos del Burger King, ¡pero una tiene su orgullo!. Así que fingiendo una modestia que francamente no tengo, me instalé en una mesa de la orilla. ¡Y no mames, fue ahí cuando lo vi wüey! Un chavito cagado con una cara de pendejo que no puede con ella, mirándome embobado. Supongo que a lo mucho tiene dieciocho años, igual y todavía ni es mayor de edad. Por eso, cuando decidí comprarme cualquier cosa en la caja decidí que fuera él, y no la gorda barrosa de al lado quién me atendiera. El escuinclito empezó a tartamudear cuando me acerqué y apenas pudo darme la clásica bienvenida ‘recitada’ de estos restaurantes de comida rápida. Le sonreí porque me dio risa su nerviosismo. Le ordené la primera porquería que se me vino a la mente. Eso sí, tamaño grande, yo seré todo menos miserable. Gracias a su placa de empleado supe que el pobre se llama Carlos Honorio.

Me atendió rapidísimo. Se supone que el chiste de estas fondas gringas es que a una la atiendan en chinga, pero bueno, supongamos que igual y el pobre señoriíto Honorio se apuró porque lo puse nervioso. Regresé a mi mesa sintiendo que la cois ya hacía efecto en mi organismo. Y pues ya pachequeada y con la mente en quién sabe qué dimensión me puse a tragar las papas como marrana. En eso, has de cuenta que volteo y miro al chamaquito con sus ojos bien clavados en mi. ¡El pobre desvió la mirada en friega!, y pues aquí fue donde todo valió pa’ puras madres. Decidí, por mis calzones y porque tú me conoces: soy una chingona, empezar a provocar al aprendiz de vouyeur. De repente me sentí muy cachonda y empecé a comerme las papas, una por una, lentamente, mirándolo provocativamente. Él pobre se puso todo rojo. Y bueno, me dio un poco de pena que mucho de los presentes, todos unos gatazos, se dieran cuenta de mi actitud ‘chenchualona’. Me paré en friega, me salí del Burger y me fui rapidísimo. Por supuesto en mi Peugeot azul marino.


* * * *

- En toda la semana no volví a recordar lo que pasó... ni al chavito éste. Con los pasones que me doy, y la de galanes que además de Diego tengo babeando tras de mi, poco tiempo me queda para pensar en otras cosas. Y él, mi naquito, es poca cosa. ¡Osea Wüe... quita esa cara de asco y aburrimiento atroz que traes! Obviamente no todo acaba ahí. Has de cuenta que una semana después fui de compras a Polanco. Me pasé toda la mañana y parte del medio día comprándome unas cosas bien ‘cutes’ que luego te presumiré. Y has de cuenta, que ya iba para mi casa y que sin querer paso por un Burger King ¡y qué me acuerdo del chavillo y de la calentada que le di!. Sentí que un diablito en mi interior me provocaba e invitaba a seguirme metiendo en líos. Y pues ya te imaginaras. Que le hablo a mamá para avisarle que no iba a llegar a comer y que me lanzo a la avenida horrorosa esa, en la que había un tráfico impresionante. Casi dos horas después, con un genio de la pinche madre llegué al King-Burger con un poco de hambre y con muchas ganas de ver de nuevo a mi víctima. Ocupé la misma mesa, y me quedé ahí, pensando cómo iba a fregarle a éste pobre la existencia. Carlos Honorio ni cuenta se había dado de mi presencia. Sutilmente me deslicé hasta tomar una servilleta corrientísima con el logo del establecimiento y me puse a escribir.

¡Exacto Noemí!, pura cursilería. La dichosa servilleta que luego doble en cuatro y se la dejé a un lado de la caja mientras atendía distraídamente a una señora y a sus horrendos escuincles, estaba llena de frases empalagosas. Obviamente puras mentiras. Has de cuenta que le puse ‘hola, me llamó Bethzabé, el otro día vine, ¿te acuerdas?...’ ‘me da pena decírtelo, pero estas súper guapo, tienes un no sé qué que me fascino...’ ‘... me encantaría conocerte más, me gustas’ ‘... pero soy muy tímida y no sé cómo acercarme a ti, además de que no quiero que pienses que soy así con todos’, ‘creo que podrías ser mi amigo, y quizá, algo más...”. Después de dejarle la nota me fui. Creo que ni me vio.

Los días subsecuentes pensé que tan bueno era o no seguir atormentando al pobre chico del Burger King. A veces sentía un poquito de remordimiento, ¿tú crees?, hasta me dieron ganas de ya dejarlo en paz, ¡y así hubiera sido si no me hubiera peleado con el imbécil de Diego! Es que no manches, ¡está bien teto! Sí, ya sé que es mi wüey pero no mames, de que empieza a tomar se pone bien loco e impertinente. Siempre me pone de malas. Pues has de cuenta, hace como tres días llegó por mí para salir y traía el hocico apestando a puro alcohol y la verdad eso me encabrona mucho. Diego borracho me da miedo, por eso ni modo de decirle nada. Así que quién pago los platos rotos sería mi chamaquito del Burger King. Pobre de él.

* * * *

- Recuerdo que volví el miércoles. Entré y me dirigí a la zona de cajas. El pobre diablo apenas me vio se enderezó y trató de forzar un gesto adulto en su cara de niño. En cambió, tú me conoces Noemí, yo traía una cara de ‘femme fatale’ que a cualquiera haría suspirar. Y sin más, con la voz más sexy le pedí un helado de chocolate. Nervioso, cagándose de los nervios casi me tira el helado encima. Y aquí fue cuando valiéndome madres que su compañera gorda nos estuviera viendo, le di un beso en su mejilla, y antes de marcharme sin dar explicaciones en su mano deposité una pequeña nota dónde lo cito el próximo miércoles en un café de la Condesa a las 9 de la noche. Dudo que algún camión lo dejé directo, pero bueno, si te soy sincera espero que llegué. Como también llegará Diego. ¡Y se va a armar la grande!. Dime Noemí, ¿no es cierto que a mis veintiséis soy una perrita desgraciada?.

* * * *

- Un mes después, querida Noemí, sigo sin entender qué paso esa noche de miércoles. No por favor, no te vayas. Sé que conoces la historia a la perfección pues la has oído miles de veces. ¿De verdad soy tan mala?

Llegué a las nueve y cuarto. Carlos ya estaba ahí y para mi sorpresa lucia impecable. Sin necesidad de usar un traje elegante o de grandes marcas, se veía bien. Y ahí fue cuando lo ví a los ojos y me di cuenta de lo estúpida que fui: en sus ojos había amor. Sí, ya sé que es una tontería, pero eso fue lo que me transmitieron. Y entonces preferí salir, dejarlo ahí y ahorrarle el trago amargo de la trampa en la que lo había metido. Di media vuelta queriendo escapar y me prendió de la cintura. Fui una pendeja por dejar que me besara. Y más pendeja todavía porque me gustó y no me quité inmediatamente. Hasta que llegó Diego y nos vio besándonos. Venía borracho, me jaló del pelo diciendo que era una ramera y empujó a Carlos. Y ambos se prendieron a golpes. Y Diego tomó un cuchillo de una de las mesas, se lo encajó a Carlos y hubo sangre y, después se dirigió a mí, y... creo que me desmayé, o eso quiero creer. Nadie quiere decirme que pasó. Ni siquiera tú Noemí, que sin hacer caso de mis suplicas te retiras creyendo que dejándome unas flores consuelas y arreglas mi dolor. Te vas, y me dejas sola en esta tumba, justo cuando cumplo un mes de muerta.

Gabriel Revelo


-porque esta historia se lee de muchas maneras, se tuvo que contar dos veces.

sábado, 26 de enero de 2008

Seco fin de semana

Originalmente éste post iba a tratar de otro tema, pero las circunstancias me obligan a cambiar el plan.

Acostumbraba ir por la vida presumiendo de no tenerle miedo a nada hasta que las cosas más sencillas, pero a la vez más complejas, de la vida me hicieron darme cuenta de que eso de andar ‘de temerario’ no era lo mío. Perdería tiempo y probablemente los aburriría si les relatara la de lecciones y ridículos que he pasado en la vida por hacerme el valiente. Ahora acepto gustoso (aunque con una buena dosis de vergüenza) que hay cosas que me provocan algo de temor, entre otras podría mencionar: las cosas filosas, las lombrices de tierra, los señores que en la noche se aparecen con un brazo levantado en los ríos, que me roben el coche, quedarme sin internet, que la Selección Nacional pierda otra vez contra EE.UU. y sobre todo, quedarme sin agua en casa por varios días. Es justo esto último por lo que estoy pasando.

La rutina de mi semana acontecía sin el menor sobresalto. Dedicaría la tarde del viernes a descansar de la semana laboral y al otro día (hoy) iría a una fiesta por la noche. Como cada día al caer el sol, prendí la bomba del agua para que subiera agua al tinaco de la casa, vaciando así la cisterna que está en el patio y que como siempre, se supone se iría llenando en el transcurso de la noche. Efectivamente, el tinaco se lleno. Lo malo era que a la cisterna ya no le llegaba ni una gota de agua de las tuberías de la calle.

Como joven salesiano moderno universitario alivianado ex-scout que soy, perdí el control inmediatamente. ¡¿¡¿¡¿Por qué malditos diablos demonios infernales no caía agua?!?!?!. Después de gritar un montón de majaderías, que por respeto a ustedes no transcribo, procedí a culpar a Dios por mi mala fortuna, hasta que algo en mi interior me dijo que El Señor Todopoderoso estaría muy ocupado en intentar salvar a Britney Spears de una condena eterna como para ocuparse de las tuberías de mi vivienda.

Por la mente me pasó la sensata idea de buscar alguna falla en la instalación, pero después me di cuenta que no sé nada de fontanería y que no sabría ni destapar algún tubo tapado. Momentos después, tras realizar un breve sondeo con algunos vecinos me enteré de que a nadie en mi calle le llegaba agua, lo cual provocó mi consuelo y felicidad. Llámenme desgraciado, ambicioso o mediocre, pero el saber que no sería el único que sufriría por falta de agua me tranquilizo. Por cierto, pensamiento bastante idiota si tenemos en cuenta que el agua seguía sin llegar.

En la noche, en el Noticiero de Joaquín López Doriga encontraría la respuesta a todas mis dudas: el servicio de suministro de agua había sido suspendido en casi toda la ciudad y área conurbana desde las cinco de la tarde. El motivo, según las autoridades, es que uno de los conductos que surten de agua al Distrito Federal sufrió una avería y necesitaba ser reparada, por lo que el agua sería cortada de 5 de la tarde a 5 de la mañana del 25 al 29 de enero (de viernes al martes). Finalmente, las autoridades exhortaban a los habitantes de la ciudad a extremar precauciones y reducir el uso del vital liquido en cada uno de sus hogares.

Osea, tomen sus precauciones... ¡¡¡¡ya que los dejamos sin agua!!!!.

Hoy por la mañana, efectivamente, caía agua, pero muy poca. No eran ni las once de la mañana cuando nuevamente se cortó el suministro. La cisterna apenas se llenó a la mitad y yo estoy que me lleva el carajo, y no exagero. No quiero ni comer o tomar líquidos para no ir al baño ni ensuciar trastes (en estas circunstancias, una diarrea sería catastrófica), no lavé el auto como suelo hacer cada mañana de sábado y ya ni hablemos de bañarme, pues tengo más de 24 horas sin hacerlo y si no fuera porque más tarde iré a una fiesta, consideraría esperar hasta el martes.

Puedo no tener luz eléctrica, gas o teléfono, pero el agua no y no y no puede faltarme. La presente situación me hace concluir dos cosas: en esta ciudad las cosas se hacen con las patas y sin planeación alguna y dos, no debería quejarme por un problema que tiene solución y que en nada se compara con la extrema falta de agua que miles de personas sufren en diversas partes del mundo.

Si usted, amable lector, no vive en la Ciudad de México, disfrute su agua y dese un baño en mi nombre. Por lo pronto yo sigo encerrado en mi casa y asombrado de que la gente en la calle, si bien toma sus precauciones no está para nada preocupada. ¿Estaré enloqueciendo?. Primero los ventarrones y rayos que desquiciaron la ciudad entre semana y ahora esto ¿se acerca el fin del mundo?. Faltan tres días para el martes y no sé si llegué hasta ese día sin que mis nervios acaben destrozados.

Seguiría escribiendo, pero escucho que alguien en el piso de arriba esta usando el agua para lavarse las manos. Ahora mismo voy a regañarlo.

martes, 22 de enero de 2008

Piérdeme el respeto

Historias así debe de haber miles y aun más interesantes en esta ciudad. Aunque quizá, para empezar el problema esté precisamente en nombrar ‘historia’ a una narración a la que sigo sin encontrarle pies ni cabeza. ¿Qué de especial tuvo la tarde del viernes pasado, para que se me haya quedado grabada en los sentidos, y peor aun, me sienta obligado a contarla?.

4 de la tarde. Algunos compañeros de trabajo y yo vagando sin rumbo entre las estrechas calles de alguna colonia por el rumbo de Mixcoac. Queríamos tomar un par de cervezas, por lo que uno de nosotros sugirió ir a cantina cercana que decía, era de ‘mala muerte’. Y es que fue justo el termino ‘mala muerte’, el que despertó en mi las ganas de llegar a ese lugar y comprobar que tan grande le quedaba aquel calificativo. Quién sabe por qué, pero entre más extraño y menos común sea un lugar más atractivo me resulta; ‘obsesiones de narrador’ me dirán algunos. Tras sentidos contrarios y un par de mentadas de madre después, logramos estacionar los dos autos en los que viajábamos en un estacionamiento que más bien era bodega de microbuses. Caminar por esas calle llena de pobreza, vida y desolación era ya bastante excéntrico e interesante como para atreverse siquiera a regresar rápidamente. Si el rostro de las dos compañeras que nos acompañaban reflejaban en sus rostros un poco de angustia e incomodidad, el mío seguramente daba a entender lo mucho que disfrutaba estar ahí.

No recuerdo el nombre de aquella cantina, es más, ni siquiera recuerdo que tuviera alguno. Su fachada humilde y descuidada en exceso era como un adelanto de lo que los 6 aventureros encontraríamos adentro. Pocas veces visito alguna cantina y menos de ese tipo, quizá por eso el ambiente que sentí apenas puse un pie en el interior me sedujo tanto: un pequeño, pequeñísimo espacio escasamente iluminado en el que las varias mesas y sillas desiguales se acomodaban a los lados de las paredes, dejando en medio un pequeño pasillo por el que apenas y se podía caminar con libertad.

¿Qué se busca al entrar a una cantina?... Supongo que el sentirse sólo en medio de una gran familia. En cuanto nos sentamos en aquella mesa y pedimos la primera cubeta de la tarde comencé a fijarme en el resto de los clientes que tendríamos por vecinos durante las próximas dos horas: hombres solitarios, algún grupo de amigos, obreros, comerciantes, etc. Casi todos borrachísimos y en silencio, compartiendo sus mutuas soledades y angustias pero sin contarlas. Se puede tomar y caerse del dolor o de las preocupaciones de la vida, pero jamás debe hacerse solo.

Aquella cantina ‘mala muerte’ transpiraba nostalgia por todos lados. Sus paredes verdes percudidas por mugre de décadas, su antiguo televisor sintonizado en un programa de chismes al que absolutamente ninguno de los presentes le presta atención, un par de anuncios en los que por medio de groserías se deja muy claro que en ese establecimiento ‘no se fía’, un pequeño altar a la Santa Muerte, platitos de unicel con chicharrones de harina en cada mesa, una sábana que sirve de entrada a los sanitarios, un piso irregular y pegajoso, cajas de cerveza amontonadas en un extremo, un sin fin de detalles pintorescos y en una de las esquinas del fondo, una vieja Rockola. La historia comienza verdaderamente aquí, cuando nuestras dos compañeras (las únicas mujeres en la cantina) se dirigieron entre nervioso-curiosas al destartalado aparato melódico y depositaron los cinco pesos que les daba derecho a seleccionar dos canciones del repertorio musical.

“Basta ya de tonterías
no más vueltas al asunto
se que quieres tú conmigo,

no me gustan las mentiras
para que voy a negarlo
yo también quiero contigo...”

Fueron las primeras frases de aquella canción de Paquita la del Barrio que comenzaron a romper el silencio de la cantina sin nombre. No sé por qué motivo eligieron esa canción, pero lo cierto es que a partir de ese momento el ambiente se volvió aun mejor. Quién sabe si fue por las cervezas que ya habíamos tomado, por el mero gusto de estar entre amigos, la emoción de estar en un lugar que nos es ajeno o lo gracioso que puede ser la letra de la melodía; lo cierto es que comenzamos a reír y sentirnos bien. Valía la pena de estar en ese ambiente que poco a poco comenzaba a transformarse en ‘buena muerte’.

“...No me vengas con el cuento
que eres todo un caballero
que conozco bien tu modo.
No te hagas el educado
si estas queriendo conmigo
atáscate ahora que hay modo...”


La tercera cerveza de la tarde se me fue al corazón. Nunca he sido bueno para tomar y cualquier cantidad de alcohol, por pequeña que sea, me afecta de algún modo. No necesito saber a ciencia cierta que mecanismo fue el que hizo que precisamente me acordara de ella. Si dicen que alcohol cura momentáneamente las heridas de amor, en mi caso fue todo lo contrario: hizo que su imagen se volviera más nítida, más certera.

“Piérdeme el respeto” es el nombre de esa canción que con gritos mexicanos disfrutamos y entonamos. “Piérdeme el respeto”, con todo y su letra medio vulgar-provocativa fue el pretexto que mi mente estaba buscando para conectar con mis sentimientos y empezar a evocarla. Porque al final, eso es lo que uno busca cuando visita a una cantina, darle vueltas a esa imagen de mujer que no nos deja en paz, y por el que uno acepta estar dulcemente condenado. Por azares del destino, que me falten al respeto es justamente lo que quiero, pasar la barrera del conocido, del amigo, del compañero, para aventurarse en los terrenos inhóspitos del amor. Tal como entrar en una cantina lleno de nervios, para una vez dentro descubrirse en la mayor de las felicidades.

“...piérdeme el respeto
déjate de cosas ,
y hazme te lo ruego
las proposiciones mas indecorosas.

Piérdeme el respeto
mi querido amigo
que muero de ganas
por que se apapachen
tu cuerpo y el mío..”.

Tres horas después, ya manejando de regreso a casa, la letra de aquella canción seguía retumbando en mi cabeza hasta el grado de tener que apagar el radio para concentrarme en la recurrente melodía que mi cerebro tocaba una y otra vez. Nunca me había gustado ‘Paquita la del Barrio’ y ahora hasta escribo sobre una de sus canciones. Puede ser que sólo buscaba un pretexto para recordarla a ella y la necesidad en la que poco a poco se me va transformando. Necesitarla sabiendo que su imagen ya me sigue hasta en las cantinas.

Fue un viernes raro pero divertido, de esos sobre los que vale la pena escribir.

“...¡me estas oyendo inútil!, piérdeme el respeto”

domingo, 20 de enero de 2008

Mi héroe es una chava

“Hay personas que ven las cosas como son y dicen ¿por qué?... y habemos personas que soñamos con cosas que nunca han sido y decimos ¿porque no?”

Querida Ana Gabriela Guevara:

Comparar sentimientos, además de ser de mal gusto, resulta imposible; por eso no soy capaz de catalogar lo que algunas tardes me hiciste sentir. Decir ‘esta vez fue más intensa que la otra’ nunca se estipula en momentos de felicidad y menos cuando se trata de ti.

Podrán ser infinidad de momentos, pero en especial, aquel mediodía de un verano del 2004 paralizaste por 49 segundos mi corazón y el de todos los mexicanos. Esa tarde corrías la final olímpica de los 400 metros en Atenas. Miles de personas en el estadio, y millones siguiéndote por televisión. Para esa ocasión decidí faltar a un par de clases, nada ni nadie impediría que disfrutara aquella épica batalla contra T. Williams y otras cinco corredoras que como tú, ansiaban llegar a los niveles del atletismo mundial. Seguramente, el resto de los habitantes de éste país se las ingeniaron para estar cerca de algún televisor a la 1 de la tarde.

Llegó la hora y los principales canales y medios informativos se enlazaron en vivo hasta el Estadio Olímpico de la capital griega que adornado con el pebetero encendido le daban al entorno el escenario perfecto con el que sólo pueden vestirse los momentos históricos. Me recuerdo temblando cuando tu imagen calentando aparecía y se alternaba con algunas tomas a las tribunas en las que siempre sobresalía alguna bandera mexicana. Te despojaste de tu chamarra de entrenamiento y al igual que tus rivales te acomodaste en tu carril de salida. Seguramente en esos momentos sentías la energía y orgullo que todo un país irradiaba por ti, si era emocionante verte, no puedo ni siquiera hacerme una idea de lo que era estar en tus zapatos en esos momentos (aunque para serte honesto, creo que todo México cabía ahí).

Entonces el sonido local empezó a presentar a cada una de las corredoras y al llegar a ti el grito de México-México-México fue ensordecedor apenas apareciste en las pantallas gigantes del estadio. Parecía que jugaba la Selección, parecía el estadio Azteca antes de un partido ante Brasil, parecía que en ese momento Atenas era una sucursal de México. Fue una sensación tan estremecedora que no me dejó otra opción que ponerme a temblar mientras toda la piel se me enchinaba y un choque eléctrico recorría mi cuerpo. En cambio tú, querida Ana, lejos de inmutarte o ponerte nerviosa, demostrarte el gran auto control y seguridad que posees: Lo único que hiciste fue sonreír y pedirle al público con un gesto amable que guardara silencio.... y todos lo entendimos, estabas tan concentrada en ser la mejor que no querías que nada te desviara del objetivo.

No lo recuerdo bien, pero creo que rezaba segundos antes de la señal de salida. En el momento que se dio la señal de ‘fuera’ no respiré. Te seguía en la pantalla sin permitirme parpadear, tragar saliva o moverme. A los pocos metros de carrera tú y Williams habían dejado atrás al resto de competidoras y se enfrascaban en un duelo de poder a poder por alcanzar la meta. Paso tras paso, mientras Williams se desinflaba y perdía gas, a ti te sentía más próxima al objetivo, tu rostro siempre tan seguro ahora denotaba que te esforzabas al máximo por mi, por tu familia, por todo un país que nunca dudo en converirte en su hija prodiga y que esa tarde, cuando en un final explosivo llegaste en segundo lugar (de haber habido 20 metros más, sin duda habrías ganado).

Ver como recorrías la pista con la bandera de México y la de Grecia a tus espaldas, como dabas infinidad de entrevistas a medios nacionales y extranjeros, escucharte tomar una llamada del Presidente y verte intacta y hasta cierto punto insatisfecha por el segundo lugar me dio una gran lección de vida, pues mientras todo México festejaba tú ya tenías la mente puesta en el siguiente año, en la próxima competencia, en la próxima carrera.

Esos momentos de mi vida en los que siento de más jamás los cambiaría. ¿Y sabes?, no fue la única vez. Contigo se me hizo costumbre decir ‘vamos a gANAr’, observar imágenes tuyas con medallas, trofeos, en un podium, con la bandera y festejando se hizo tan común que cualquiera pensaría que ser la mejor del mundo es cosa fácil. No fue sólo la medalla de Atenas la que desde hace mucho hizo que te lleve en mi corazón, también son culpables las medallas que ganaste en Juegos Centroamericanos, Panamericanos, tu triunfo en la Golden Leauge, Copas del Mundo, el récord mundial que rompiste y sobre todo, el día que ganaste el campeonato mundial de Atletismo. Dejando en claro que desde hace mucho, eres la deportista mexicana más grande de todos los tiempos.

‘Mi héroe es una chava’, así decía la campaña publicidad que Nike lanzó con tu imagen y que en mi caso describe lo que eres para mi. Ganaste todo en una disciplina en la que nadie se lo hubiera imaginado. Pusiste el correr de moda, llenaste un estadio en la Ciudad de México con más de 50 mil personas para ver una carrera de Atletismo. Hiciste respetar tu nombre y el de México en todo el mundo siempre de forma honesta y humilde. Nos demostraste que no hay rival invencible si se está convencido de que el trabajo y esfuerzo acaban con cualquier imposible. Siempre fuiste la excepción a la regla, ese punto que en un mar de inseguridades y complejos no se cansó de alzar la voz y convencernos de que ser mexicanos es sinónimo de ser capaces de todo.

Sigues siendo diferente. Hace cuatro días anunciaste tu retiro definitivo del Atletismo a unos meses de los próximos Juegos Olímpicos después de que no obtuviste respuesta ante los reclamos que le hiciste a las autoridades deportivas de éste país sobre el pésimo manejo de recursos y preparación. Era una lucha que no te correspondía y que sin embargo emprendiste con valentía no en tu nombre, sino en el de todos los deportistas que debido a la ineptitud de la política ven mermados sus sueños de prepararse adecuadamente. Dijiste que la estructura del deporte mexicano ‘es una porquería’ y tienes razón.

Es una lastima que situaciones así hagan que te retires tan prematuramente, pero a la vez es un orgullo saber que mi héroe tiene convicciones y que lucha porque el deporte mexicano salga adelante. Es una lastima que el Presidente Felipe Calderón no tenga tiempo para recibirte, pero te aseguró que si hubieras ido a Beijing hubiera sido el primero en llamarte cuando ganarás la primer carrera. Es una lastima que Carlos Hermosillo y demás dirigentes del deporte nacional digan que tu renuncia en realidad fue porque tu carrera va a la baja... Y yo preguntó: ¿colarse en todas las finales mundiales y olímpicas de Atletismo de los últimos cinco años es ir a la baja?. Es una lastima que algunos periodistas y medios de comunicación, que en tus victorias se peleaban por entrevistarte y firmar contratos contigo, ahora te lancen duras criticas. Es una lastima, y decir esto me duele mucho, que las autoridades el país al que tanto le diste te trate así y dejé que te vayas sin hacer el mínimo esfuerzo por retenerte a ti que sin lugar a dudas eres la mejor y nadie, pero nadie, tiene el derecho de recriminarte nada.

Pero la verdad está afuera Ana. Podrán lanzar mentiras y calumnias sobre ti, pero de nada servirá cuando desde hace muchos años le robaste el corazón al pueblo mexicano. Somos nosotros y no los imbeciles dirigentes quienes vibramos, lloramos y nos sentimos parte de ti. Nosotros jamás olvidaremos que tu legado a muchos nos da la fortaleza para seguir adelante pensando que todo se puede y porque con tus triunfos engrandeciste a México.

Sé que tu carrera en las pistas terminó y que no soy nadie para pedirte que regreses. Eres una triunfadora, harás lo mejor y sé que jamás traicionaras esos ideales que tanto me hacen respetarte. Sé que nunca pararás.

A nombre de México, te doy las Gracias.

miércoles, 16 de enero de 2008

SMS

Solía pensar que eso de obsesionarse con la tecnología y sus avances nunca me iba a pasar. Orgulloso veía como amigos y conocidos sucumbían lentamente a diversos artilugios tecnológicos (igual de interesantes como idiotizantes) tales como videojuegos, figurillas electrónicas, transmisores, aparatos de sonido, etc. Mi orgullo radicaba en afirmar que ‘jamás de los jamases’ una máquina controlaría mi vida, que podría ir, venir y hacer de mi vida un papalote sin que ningún aparatejo me creara dependencia.

Después conocí Internet, abrí un blog y tuve que tragarme mis palabras. Sin embargo, con cierta vergüenza admito que tener ‘acceso a la red’ no es la única subordinación tecnológica que sufro. Muy a mi pesar confesaré que desde hace días dedico mi tiempo libre a mirar incansablemente mi teléfono celular.

¿Soy un presumido superficial por dedicar un post para hablarles de mi Sony Ericsson modelo ‘quién sabe qué’?. En realidad lo que menos me importa es parecer o no presuntuoso, es más, para ser honesto, haber empezado hablando de tecnología fue sólo un pretexto para llegar al único tema que desde siempre me ha intrigado y quitado el sueño: El Amor; sentimiento obsesivo que a lo largo de los años se ha puesto el traje de actor principal en mi vida hasta el grado de, como fantasma mortal, aparecerse en todo lo que hago y torcer cada uno de mis planes.

Al amor no se le puede combatir por la sencilla razón de ser inmune al tiempo. Como el más avanzado de los virus se adapta a su entorno y muta hasta convertir al entorno enemigo en aliado. No importa que tanto los sociólogos se quiebren la cabeza diciendo que el excesivo desarrollo de la tecnología traerá el distanciamiento en las relaciones humanas, al amor ni una pantalla, un cable o un aparato receptor podrá frenarlo.

Al igual que muy temprano, hace un par de minutos mandé un mensaje, y seguramente en la noche, antes de acostarme a dormir lo haré una vez más. Intento hacer cómo si no lograra descifrar dónde está el atractivo de escribir un pequeño texto y mandarlo hasta otro teléfono. De cualquier manera no es la acción, sino el motivo lo que me tiene como nunca, preso de ese aparatito que no mide ni 10 centímetros pero que significa mi contacto las veinticuatro horas con ella. Por más que lea los grandes clásicos de la literatura, ignoro como le hacían los enamorados de hace años para lograr salir vivos a las horas en las que el destino los privaba de estar junto al objeto de su afecto. Ignoro además, lo angustioso que se volvía la espera por una carta y los días de exasperación en que la otra persona reciba su respuesta. Supongo que por eso encuentro consuelo en sentir que el alma se me va en cada uno de los mensajes que le mando cada día esperando hacer de la tecnología una poderosa aliada.

¿Sospecha que cada mensaje que recibe fue escrupulosamente planeado... qué cada una de las palabras que aparecen en su pantalla fueron borradas y acomodadas hasta dar con la formula exacta?. A veces maldigo el que la tecnología aun no me permita ver la expresión en tu rostro cada que vez mi nombre y un icono de un sobrecito aparecen en su teléfono. Si antes la agonía era no poderse comunicar, ahora es el ignorar si ella se sonroja y sonríe, o si por el contrario, lo recibe con la más fría indiferencia. Y he ahí lo apasionante en este juego, que por mucha tecnología el amor siempre se las ingenia para que la incertidumbre y el cosquilleo en el estomago esté siempre presente y aumente a la octava potencia cuando de repente, el sonido de mi propio teléfono me saca de la rutina indicándome que ella ha respondido a su llamado.

No lo hace siempre, y eso hace que mi atracción por ella crezca desproporcionadamente. No sé que juego macabro esté jugando, el chiste es que por más que intentó no puedo dar con la formula que hace que a veces conteste y a veces no, que a veces sea fría y otras tan cariñosa que el mensaje SMS se convierte en una flecha directa a mi entendimiento.

Ya no sé si sirve decirle que me gusta, lo maravillosa que es, o lo nervioso que me pongo en su presencia, pues de seguro ella lo nota. Está en todos lados, en la música que escucho, en los libros que leo, en mis sueños y ahora también en mi teléfono celular, ese que ahora estoy viendo inerte sobre el escritorio y que en cualquier momento podría traerme una pequeña parte de su hermosa esencia y de paso, arrojarme al abismo del encanto en el que ya no me importa morir.

Ver el celular entre mis manos y preguntarme si será mucho o poco las frases llenas de mis ganas por ti que con gran timidez le mando. No me basta con verla de vez en cuando, ni con platicar cara a cara con ella. Necesito más de ella y no sé hasta cuando me duré ese extraño sentimiento que me hace despertar ilusionado y con ganas de vivir lo que sea. Mi corazón está a nada de ser vencido. Yo le ayudo.

Con permiso, tengo que mandar un mensaje.

domingo, 13 de enero de 2008

Feliz Cumpleaños dear blog

A dos años de esta locura... sigue siendo igual de excitante.

Hace justamente dos años, para ser exactos un 13 de enero de 2006 escribí la primera entrada de “El Incomprensible Mundo de Gabriel Revelo”, seguro de que el jueguito no me duraría más de un par de meses. En aquel tiempo veía a los blogs con cierto desprecio, solía criticar a las personas que los leían y más aun, no me cabía en la cabeza que hubiera gente capaz de atreverse a dejar su vida plasmada en un espacio público. Lo contradictorio en mi, era estar enamorado de las palabras y las historias, pero cometer la discriminación de sólo venerarlas si venían impresas en papel.

Hasta la fecha sigo sin saber que fue lo que me impulso en ese Enero, a de buenas a primeras, abrir un Space de MSN y centrar mis energías en el blog que este tipo de espacios ofrece. Quizá era el desempleo, la depresión por la que pasaba, el estar alejado de mi mejor amiga, el no saber a dónde o qué hacer cada día. El chiste es que aquel día 11 comencé a trabajar en lo que sería mi primer sitio de Internet: subí fotos, agregué listas de música y le puse un tapiz azul marino que le daba un toque de elegancia y sobriedad. Subí un par de escritos como prueba, y finalmente, después de dos días de no moverme de la computadora, publiqué mi primer escrito que ni era la gran cosa, pero que en ese momento me pareció que debía ser leído por todo el mundo (como si todos tuvieran acceso a Internet).

Los primeros días fueron caóticos. Llegaba a subir hasta tres entradas al día pues estaba convencido de contar con un público cautivo que entraba cada hora a ver si había algo nuevo. Después descubrí que mi Space tenía un contador de visitas y que no tenía más que veintitantas... justamente el número de veces que entré en los primeros días. Decepcionado por haber hecho el ridículo casi mando todo al demonio. Situación bastante estúpida si analizamos lo improbable que resultaría que en su primera semana un blog se vuelva popular.

Dos cosas me salvaron la vida: el primer comentario de un lector diciéndome que le gustaba lo que hacía y la imperiosa necesidad de escribir aunque fuera para mi solo. Desde que tengo memoria he jugado a crear historias. Constantemente tenía pleitos con mis amigos de infancia pues siempre tendía a complicarle la vida a los buenos y enredar la trama de una aventura que a los seis años sólo debería ser ‘llega el bueno, pelea con el malo, gana fácilmente y todos felices’. Después el juego era extender mis series favoritas, agregarles más personajes, más historias, más capítulos. Desde entonces sueño a todas horas, me es imposible pasar más de una hora sin que mi cabeza transforme mi entorno en alguna historia y reordene todo hasta volverlo satisfactorio o por lo menos, más interesante. Redescubrir la vida, narrarla, hacerla más viable.

Desde la adolescencia fui guardando apuntes, pequeñas historias, poemas e ideas en una vieja caja de zapatos convencido de que algún día todas esas piezas formarían la gran historia. Hasta la fecha sigo esperando esa gran historia, y también, hasta la fecha sigo guardando diversos escritos, sólo que ya no están encerrados en aquella vieja caja, sino aquí, a la vista de todos en este blog.

Esa fue la seducción, el ser leído. Ya que de todas formas iba a seguir escribiendo, que mejor que aquellas palabras encontraran algún eco y fueran retroalimentadas en su infinito viaje por la red. Finalmente le agarré el gusto y desde entonces, he convertido a este espacio en una de las cosas que más me llena en la vida. Las visitas y los comentarios fueron aumentando poco a poco y se incrementaron aun más cuando hace nueve meses tomé la decisión de mudarme de MSN Spaces a Blogger, cambio que en un principio emprendí más por hartazgo de las fallas técnicas de MSN que por buscar otros horizontes. Y desde entones estoy aquí, emprendiendo la aventura de querer contarles cosas interesantes o que cuando menos les provoquen sensaciones.

Si sumo las visitas de mi primera etapa en MSN Spaces y las que hasta el momento llevó aquí, me da la cifra de más de 9, 500 visitas en dos años. Sé que estoy lejos de tener esas cifras estratosfericas de los blogeros estrella, pero al final eso es lo que menos importa, sobre todo cuando pienso que 9, 500 veces este blog ha sido abierto y que mis pensamientos en forma de frases han llegado a diferentes partes del planeta. Y eso, por si sólo, ya es alucinante.

Queridos amigos, qué decir de sus comentarios, de todas esas veces que además de su atención, se toman su tiempo y me dejan saber sus opiniones, pensamientos o criticas. Créanme que siempre las leo todas y cada que las recibo, ustedes dibujan una sonrisa en mis labios. Ahora podría intentar mencionar sus nombres, pero soy tan distraído que no me gustaría omitir un nombre importante. Gracias a la comunidad de blogeros mexicanos, peruanos, argentinos, colombianos, costarricenses, españoles, chilenos, dominicanos y venezolanos... a todos ustedes disculpen si a veces no los visitó con la regularidad que deseo, a veces la vida más pronto de lo deseable pero nunca me olvida de ustedes. Gracias quienes siempre comentan. Gracias a los que me siguen desde la etapa anterior. Gracias a mis amigos que sé que me leen. Gracias a esos que debido al blog, son mis amigos. Gracias a los que aunque nunca comentan, suelen visitarme constantemente. En parte, si llevó dos años escribiendo y más de 250 entradas es por ustedes.

No sé dónde vaya a terminar este blog, pero estoy seguro que falta mucho para ponerle el punto final. Si mi vieja computadora resiste ¿por qué yo no?. Como siempre y más que nunca.

¡Nos estamos leyendo!