domingo, 3 de febrero de 2008

Siempre Miércoles (el chico del Burger King)

Hace siete días que no la ve. Pero falta poco para su primera cita con ella ¿Está mal que Carlos la extrañe?. Se recrimina a sí mismo por preocuparse por banalidades como el amor teniendo tantas responsabilidades encima. Estudia ingeniería en las mañanas, por las tardes es cajero de un Burger King en Ermita Iztapalapa. En las noches ayuda a la abuela a preparar guisados para los tacos que ella vende en las mañanas afuera de las construcciones. Tiene escasos diecisiete años y su vida no es fácil: De muy niño perdió a sus padres ¿o lo abandonaron?, como sea, la abuela nunca quiere hablar de eso; por eso, la única certeza es que se tienen el uno al otro. Por eso, hoy Carlos no debería pensar, mucho menos extrañar a otra mujer.

Antes no era así. Ni en sueños hubiera pensado enamorarse a primera vista, y sin embargo le paso. Así, sin esperarlo, un miércoles cualquiera de poco trabajo en el Burger King, la vio entrar deprisa y algo nerviosa al establecimiento y dirigirse al baño. Al principio le pareció linda, pero sólo eso. Dos minutos después, cuando ella salió más relajada y se sentó en una de las mesas de la orilla le pareció una belleza fuera de este mundo.

Perplejo miró que ella se ponía de pie y distinguidamente caminaba hacía la caja. En silencio le rogó a Dios y a todos los santos que aquella chica de vestido verde le ordenara cualquier cosa del reducido menú. Cuando la tuvo enfrente se convenció de que jamás vería un rostro más bello. Súbitamente Carlos recordó que estaba trabajando, por lo que intentó, sin éxito, engrosar su voz para sonar más varonil. No pudo sino pronunciar unos sonidos raros que ni él mismo entendió, y que se supone, era la bienvenida institucional de Burger King. Ella le sonrió, y con un tono suave, casi sensual, le dijo que quería ordenar papas a la francesa y refresco de dieta grandes.

Carlos recuerda muy poco lo qué siguió. La atendió como pudo en segundos que se le fueron rapidísimo, tanto, que en un suspiro ya la tenía lejos de nuevo, en su mesa de la orilla comiéndose las papas de un modo desenfadado. Y sucedió el embrujo, el embrutecimiento y el milagro. Todo a la vez se colaba en cada uno de los poros de Carlos, que sintiendo escalofrió intentaba comprender que había en esa bellísima mujer para atraparlo así. Entonces ella lo miró y por un instante semejante a la nada, sus ojos, los de él, los de ella, ambos, hicieron contacto. Y fue la locura. Y Carlos desvió la mirada, no por timidez, sino por ignorancia, porque era la primera vez que una mujer lo miraba así. Intentó distraerse: acomodar las ya ordenadas bolsitas de cátsup, revisar las servilletas, acomodarse la gorra del uniforme. Después de esta y otras tareas inútiles ella seguía ahí, dirigiéndole miradas picaras mientras comía. ¿En realidad lo miraba de manera tan provocativa? ¿Existía la menor probabilidad de que algo así realmente le estuviera pasando a él, un simple adolescente nada agraciado ni física ni intelectualmente?... Sí. Ya no había duda. Ella miraba a Carlos. Ella provocaba a Carlos con esa forma tan sugestiva de tomar las papas y de comérselo con la mirada. De repente sintió que algo muy fuerte nacía en él. Más allá de todo deseo, él la amo desde ese momento, aun sin saber exactamente lo que el verbo ‘amar’ puede significar. De repente ella se levantó, y con la misma rapidez con la que todo sucedió se marchó en un automóvil azul. Y ahí se quedó Carlos, confundido, pero feliz. Triste, pero ya irremediablemente enamorado.

* * * *


Toda la semana, sin permitirse descanso alguno, Carlos estuvo pensando en ella. Inevitablemente los recuerdos y sensaciones de ese mágico y también extraño momento acudían a él con la fiereza del más temible de los moustros. Inútilmente intentó resignarse, hacerse a la idea de que jamás la volvería a ver. Comenzó una nueva semana diciéndose que algún día el amor, o lo que fuere, volvería a su puerta. No estaba muy equivocado.

De nuevo fue un miércoles. Carlos cumplía con la rutina: tomar órdenes, despachar, cobrar. Después de atender a una humilde señora que venía con dos niños, Graciela, su compañera de trabajo, le enseñó una nota en una de las esquinas de la caja registradora. Al momento en el que Carlos desdoblaba una servilleta con un par de líneas escritas, la silueta de una Diosa abandonaba el establecimiento.

‘Hola, me llamó Bethzabé, el otro día vine, ¿te acuerdas?...’ ‘me da pena decírtelo, pero estas súper guapo, tienes un no sé qué, que me fascino...’ ‘... me encantaría conocerte más, me gustas’ ‘... pero soy muy tímida y no sé cómo acercarme a ti, además de que no quiero que pienses que soy así con todos’, ‘creo que podrías ser mi amigo, y quizá, algo más...”. Estas frases elegantemente escritas con una caligrafía perfecta de color rosa revoloteaban la mente de Carlos una y otra vez. Y así estuvo la semana. Le gustaba. Ella, Bethzabé, una jovencita preciosa se había fijado en él. Afortunado de él.

* * * *


Otro Miércoles. Y no fue la excepción porque Bethzabé y su auto azul volvió. Llegó más mujer que nunca. Sin rodeos se acercó a Carlos y le pidió un helado. Como pudo obedeció, y es normal, en estas dos semanas aprendió que a miradas como las de ella es inútil resistirse. Y casi, por poco y por enamorado, Carlos tira el helado. Se insultó mil veces. ¿Y qué hizo ella?. Besarlo cálida y memorablemente en su mejilla. En ese momento, al chico del Burger King no le importó su trabajo, ni las papas, ni le importó que lo pudieran despedir por enamorarse de las clientas. Le importó ella y le importó esa nueva nota que la reina Bethzabé depositó en su mano antes de marcharse. Era una cita. La primera cita en la vida de Carlos. Nada, nada podría salir mal.

* * * *

Un mes después... Carlos sigue sin comprender nada. No entiende la vida, no entiende a Dios, no entiende al destino. ¿Cómo explicar que conoció el amor tan tardíamente y lo perdió tan tempranamente?. ¿Qué pasó ese miércoles?. Siempre miércoles. Nunca la vio otro día de la semana.

Aquel día llegó diez minutos antes de lo acordado. Se sentó a esperarla y ordenó una Limonada. Impaciente se mordía las uñas mientras en silencio pensaba que le diría a Bethzabé cuando la tuviera enfrente. Entonces llegó como una estrella venida del más azul de los firmamentos. Se acercaba a él cuando algo en su bella cara cambió. Carlos vio en ella un pequeño gesto de ternura y tristeza. Y Bethzabé sólo dijo ‘lo siento, no puedo’ y dio media vuelta queriendo marcharse.

Hasta la fecha Carlos no sabe qué lo hizo tomar por la cintura a Bethzabé y besarla apasionadamente. Mucho menos sabe de dónde salió un loco que los atacó. A él, el loco aquel le enterró un cuchillo varias veces, después ataco a Bethzabé y la mató. Ahora Carlos, con la ayuda de su abuela, se recupera de las heridas que le dejó el ataque y espera regresar a trabajar lo más pronto posible.

Cada miércoles Carlos no puede evitar pensar en ella. En el primer amor de su vida, el que partió de este mundo sin dar explicaciones.


Gabriel Revelo

-porque esta historia se lee de muchas maneras, se tuvo que contar dos veces.

5 comentarios:

Raúl V. Ortiz dijo...

Mmm, siento que le falta algo. La primera historia es buena pero el final es forzado, además de algunas faltas de ortografía en los acentos y varias repeticiones. En el segundo texto (éste sobre el que comento) lo siento aún más forzado. Metiste bien la historia pero no la supiste desarrollar, quizá te urgía terminarla. Da como para una novela.
Ánimo, este fin ando triste porque perdimos :(. Ni hablar.
Te mando un abrazo.

Alviseni dijo...

no entiendo, o sea que ya se terminó?

buen tema. qué niña tan loquilla y qué tipo tan flechado.

la primera parte me gustó más, su dramatismo subyacente y el narrador que eligiste.

en fin hubiera sido bueno leer más palabras de tu historia que da pa más jeje.
way to go. yo todavía no termino mi segunda parte de wittgenstein.

later.

lunanueva dijo...

yo pense q el habia muerto, distintas perspectivas.

gabriel revelo dijo...

raúl: gracias por tus comentarios, siempre son bienvenidos. la historia la escribí hace casi dos años y la había guardado quién sabe por qué. fui escribiendo un parrafo de una y otro de otra. ¡¡a ver como nos va contra morelia!!

alvi: pues el planteamiento era unicamente de dos partes, aunque ya me metiste el gusanito y quizá haga un par de 'perspectivas' más.

luna: eso es lo mejor, que cada quién le de la justa interpretación a las cosas. saludos!!

Anónimo dijo...

No me lo tomes a mal pero si dices que la escribiste hace dos años, pareciera que en ese entonces tenias como doce...