martes, 17 de noviembre de 2015

Pinche Tren Ligero


Hasta hace unos meses el Tren Ligero de la Ciudad de México (que va de Taxqueña a Xochimilco) era algo ajeno a mi vida, tanto que eran contadas las veces que me había subido en este sistema de transporte eléctrico. Mi experiencia en esas ocasiones fue bastante plana y para bien o para mal, poco memorable.

Sin embargo, de unas semanas para acá he tenido que usar con mucha más frecuencia el Tren Ligero como medio de transporte para ir al trabajo. Las primeras veces este reencuentro transcurrió con total normalidad, incluso podría decir que la combinación entre el Metro y el Tren Ligero me parecían la mejor forma de recorrer una parte de la Calzada de Tlalpan. 

Total, que todo era alegría y felicidad hasta que el pinche Tren Ligero se las ingenió para ponerme de malas. 

Ocurrió un martes. Salí de mi casa con tiempo suficiente para llegar al trabajo. Abordé el Metro y al llegar a Taxqueña me dirigí a la estación Tasqueña del Tren Ligero. Tranquilo esperé a que llegara el tren y me subí a uno de los vagones. El tren comenzó su avance y entonces me percaté de que no paró en la primera estación… ni en la siguiente… ni en la siguiente.

Por alguna extraña razón el tren seguía de largo sin detenerse en cada estación. Mi extrañeza se volvió enojo cuando pasamos la estación en la que debía bajarme y no pasó nada. Indignado veía los rostros de los demás pasajeros buscando en ellos rastros de desconcierto. Y nada. Al parecer yo era el único sacado de onda por ese comportamiento tan extraño del tren en el que íbamos. Llegué a pensar que estaba enloqueciendo. 

Finalmente el tren se detuvo tres estaciones después de aquella en la que deseaba bajar. Enchilado esperé a que llegara otro tren que me llevara en dirección contraria y me regresara al trabajo. No sé ni cómo logré evité el retardo. 

Al otro día, miércoles, volví a subirme al Tren Ligero olvidándome por completo de la experiencia del día anterior, pues según yo había sido solamente un hecho aislado. Grave error. En cuanto subí al vagón y vi que pasamos la primer estación sin detenernos sentí que aquello era una mala pesadilla. Aún así suspiré pues nuevamente iba con tiempo suficiente. 

El problema fue que en esta ocasión el Tren Ligero no sólo se siguió de lado cuando pasamos por la estación en la que me debía bajar, sino que tampoco se detuvo donde un día antes lo había hecho sino hasta el Estadio Azteca. 

Cuando el señor chofer del Tren Ligero se digno a parar ya se me hacía tarde. Para mi consuelo, esta vez fuimos muchos los que enojados nos bajamos del tren preguntándonos qué diablos había pasado. 

Poder regresar hacia mi chamba fue un infierno, pues los trenes que iban en dirección contraria iban a reventar y lograr subir en ellos era imposible. Cuando lo logré ya era demasiado tarde para evitar el retardo en mi trabajo. Por supuesto me puse a mentar madres en Twitter, esperando que los encargados del Tren Ligero me dieran una explicación de lo ocurrido. Solamente recibí una respuesta escueta que no me aclaraba realmente por qué los trenes ligeros no se detenían en cada estación:


Al salir de trabajo, de regreso a casa, fui a quejarme a la estación del Tren Ligero de Tasqueña (que al igual que las otras estaciones de este medio de transporte, están bien rascuachas). Las señoras que me atendieron se mostraron extrañadas de lo ocurrido, pues según ellas, el Jefe de Estación se pone a gritar en el andén cuando los trenes no harán paradas en las primeras estaciones.

-Un sistema modernísimo, por cierto-. 

Obviamente negué que hubiera un viejo gritón anunciando la ruta que seguiría el tren. No contento con la explicación fui con el propio Jefe de Estación y me dijo lo mismo: Cuando los trenes se van directo, él mismo lo avisa a gritos. Hasta ganas de mentarle la madre me dieron. 

En ese momento me sentí ridículo pues jamás escuché los gritos del Jefe de Estación, o bien, el dichoso Jefe de Estación tiene voz de niña de tres años. 

Al otro día nuevamente me subí al tren ligero y en esa ocasión sí fue haciendo parada en cada estación, aunque eso sí, salí de casa todavía más temprano por si nuevamente el chofer del tren hacía su graciosada. 

Desde entonces vivo en miedo constante de abordar uno de esos trenes malignos que se detienen donde les da la gana. Afortunadamente hasta ahora no he vuelto a vivir esta horrible experiencia, sin embargo, sigo sin entender por qué diablos en el Tren Ligero piensan que es una buena idea que a veces los trenes no hagan paradas y a veces sí. Con este tipo de transporte nunca llegaremos al primer mundo. 

A veces hasta me dan ganas de mejor irme diario en auto, pero luego me acuerdo del tráfico y se me pasa…

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Tras la pista de "Diseñador Ambos Sexos"


“La vida misma es un motivo para reír”
Partamos de un hecho claro: Históricamente en México eso de realizar buenos sitcoms no se nos da. Salvo honrosas excepciones, los intentos que se han hecho o han dejado mucho que desear, o bien, ni siquiera pertenecen a este género de comedia.

Supongo que antes de continuar debería explicar qué es una comedia de situación, pues bien, es un formato televisivo cómico, cuyos episodios se desarrollan regularmente en los mismos lugares y con los mismos personajes y en donde se suelen incluir risas grabadas o en vivo. Si bien cada capítulo tiene una trama independiente, poco a poco van desarrollando una historia continúa más compleja.

Como ejemplos de esto tenemos a nivel internacional Friends, Seinfield o actualmente The Big Bang Theory. Sin embargo, en nuestro país el género no ha sido tan desarrollado, pues el humorismo nacional tiende más a los sketches y a las parodias.

Desde siempre he sido un gran admirador y seguidor de la comicidad, y se podría decir que actualmente vivo de escribir cosas medianamente graciosas. De hecho, muchos de mis ídolos o son comediantes, o personas que se dedican a hacer reír a los demás.

Por eso, atesoro con especial cariño aquellos sitcoms nacionales que he tenido la oportunidad de ver y qué me han gustado, como por ejemplo La Familia P. Luche, Fonda Susilla, Amor Mío o Vecinos, por mencionar algunos. Y es aquí dónde hablaré de Diseñador Ambos Sexos, que desde mi punto de vista ha sido el mejor programa de comedia de situación mexicano de los últimos años. 



Fue estrenado a principios del 2001 por Televisa y se transmitía los miércoles a las 10 de la noche. Recuerdo que al terminar el primer capítulo, en el Noticiero de Joaquín López Dóriga se mencionó que aquella primera emisión había roto récords de audiencia para un programa de ese género. 

Y no era para menos, desde el primer capítulo este programa se notaba diferente a todo lo que entonces se hacía (y se hace) en cuanto a comedia en México. Y de hecho, ahora que lo pienso, en México actualmente la televisión de comedia está muerta y carece de programas humorísticos. 

Pero volviendo a Diseñador Ambos Sexos, este programa trataba sobre Juan Felipe (Héctor Suárez Gomís), un diseñador de modas que no encuentra trabajo pues en la industria prefieren a los diseñadores homosexuales. Por eso, decide hacerse pasar por gay (incluso se cambia el nombre a Jean Phillipe) para conseguir trabajo en Cossette’s Little Secrets, una importante empresa de ropa interior en la que entra a trabajar como diseñador ambos sexos. 

Para su sorpresa, en esa misma compañía también trabaja Carolina Carrera (Luz María Zetina), antigua novia de Juan Felipe en la universidad, con quien de inmediato rivaliza profesionalmente, aunque siempre haya tensión sexual entre ambos. Además hay otros personajes muy divertidos, como Bobby, un actor que espera ser descubierto y mientras eso pasa vive de mantenido en el departamento de Juan Felipe; Fabiola, amiga millonaria de Caro; Valente, un compañero gay de Cossette’s Little Secrets; Don Félix, dueño de Cossette’s; y Lola, una simpática española que también trabaja en la industria.

Aquí una parte del primer capítulo:


Sobra decir que como buena comedia de situación, Diseñador Ambos Sexos estaba llena de enredos, pero también de una trama que se iba desarrollando conforme avanzaban los capítulos, y que giraba alrededor de la historia de amor entre Juan Felipe y Caro.

Por aquel entonces el programa me traía estúpido. No me perdía ningún capítulo e intentaba ir desmembrando cada uno de ellos, analizando el timing de los chistes, el desarrollo de los personajes y la forma en la que se iban planteando las historias. Siempre he tenido la loca idea de qué mi vida es un sitcom, por lo que la idea de escribir uno es algo que sigue dándome vueltas en la cabeza. 

Así pasó la primera temporada, compuesta por 24 capítulos. Alejándose de lo que ocurre con los sitcoms gringos, la segunda temporada empezó un mes después del final de la primera. Esta segunda fase duró 22 capítulos. Es decir, prácticamente la serie se transmitió ininterrumpidamente durante todo el 2001. 

Y después silencio. 

Esperé que aquel último capítulo emitido el 28 de noviembre de aquel año fuera solamente un final de temporada y que la serie volviera muy pronto, pero el tiempo pasó y la serie dejó de transmitirse sin que los televidentes tuvieran ninguna explicación. La serie fue exitosa, de eso no me cabe la menor duda, aunque quizá los costos de producción eran muy altos para mantenerla al aire. El punto es que aún hoy me pregunto porque no se continuó con un producto que sin duda tenía calidad, tanto en manufactura, como en guiones y por supuesto, en actuaciones, donde además de los actores protagónicos, César Bono y Mara Escalante brillaban con luz propia. 

Un par de años después, gracias a este blog y a que él también tenía uno (tan genial que terminó siendo un libro y un show de comedia), tuve la oportunidad de conocer a Héctor Suárez Gomís. Aún así nunca pude preguntarle el por qué del final de uno de mis programas favoritos. 


Por ahí del 2011 me enteré que estaban repitiendo el programa en el canal de cable Distrito Comedia y nuevamente volví a verlo.

Y ahora, en este 2015, una vez más y de modo cíclico le estoy dando una nueva repasada. ¿Y saben? El programa me sigue gustando igual o aún más. En mi opinión ha resistido muy bien al tiempo pues sigue funcionando y siendo muy actual a pesar de los casi 15 años que han pasado desde que estuvo al aire. Todo esto me confirman que en efecto, Diseñador Ambos Sexos fue y es un gran programa.

Cuando esta serie estaba en su punto más alto, escuché que en una entrevista Luz María Zetina dijo “La vida misma es un motivo para reír” para referirse a su trabajo en Diseñador Ambos Sexos, desde entonces adopté esa frase como parte de mi estilo de vida, y si hoy sigo viendo a la comedia como un elemento elemento clave para poder enfrentar cualquier adversidad y sobrellevar la existencia, en parte fue por este gran programa.

Actualmente Diseñador Ambos Sexos se transmite en el canal Distrito Comedia, aunque también pueden encontrar todos los capítulos en YouTube, si pueden no dejen de echarle un ojo.

Los dejo con uno de mis capítulos favoritos:


domingo, 23 de agosto de 2015

Hola, mi nombre es Gabriel y no tengo papá


Me ocurre varias veces al año y me incomoda ver a la gente incomodarse porque creen que me incomodan. 

¿No me entienden? Me explico...

Hace unas semanas veíamos las fotos de la boda del hermano de mi novia. En algunas de las imágenes donde él se preparaba para la ceremonia y se pone su traje, él aparece junto a su papá (osea mi suegro). Un par de horas después, mi novia me confesó haberse sentido incomoda pues pensaba que yo me había puesto triste al ver esas fotos. Y es que yo no tengo papá. 

Como ya conté una vez en este blog, mi papá murió en febrero del 2003. Desde entonces es común que mucha gente crea que me sacó de onda cuando me hablan de él. Quienes no están muy al tanto de mi pasado o apenas están conociéndome, frecuentemente llegan diciéndome: 

- Y tu papá ¿a qué equipo le va...?

O...

- ¿Cómo te llevas con tu papá? 

O... 

- ¿Qué le vas a dar a tu papá de Día del Padre? 

Es ahí cuando respondo: Es que no tengo papá, se murió hace unos años. 

Y así la persona en cuestión pone cara seria, me dice que lo siente mucho e intenta excusarse diciendo con mucho pesar y vergüenza “perdón, no lo sabía", para luego cambiar de tema rápidamente . Y a mí todo este tema me parece de lo más simpático. 

No, no me entiendan mal: NO me parece simpático que se haya muerto mi papá, pero tampoco es un tema que me lacere el alma. Hay muchas personas que después de sufrir una pérdida pasan años en luto y emocionalmente tratan mucho en reponerse. Conmigo no fue así, los años que viví a lado de mi papá fueron tan buenos y los disfruté tanto, que acordarme de él (cosa que hago diario) lejos de entristecerme me pone de buen humor. 

Por eso me da risa cuando alguien, por algún tipo de comentario, descubre que 'no tengo papá', e intenta pedirme disculpas. Por eso, para evitarles la pena, he pensado en mandar a hacer unas etiquetas que digan "Hola, soy Gabriel Revelo y NO tengo papá (ah, y no siento feo por eso)", y usarlas cuando vaya a un lugar en el que vaya a conocer a nuevas personas. 

Si están leyendo y me conocen, no sientan pena de hablar de sus papás cuando yo esté presente. En serio, no me incomoda ni me pongo triste.

sábado, 25 de julio de 2015

Masaje del mal


De unos años para acá en muchos centros comerciales del país han sido colocados varios sillones masajeadores, a los que basta con echarle unas monedas para disfrutar de 5 minutos de un supuesto masaje relajante y terapéutico.

Muchas veces llegué a pasar junto a esos artefactos y con curiosidad veía a varias personas haciendo uso de ellos, mientras en sus rostros se dibujaba una extraña expresión de placer y tranquilidad. Toda esta experiencia por sólo 10 pesitos. 

Confieso que me daba curiosidad saber qué se siente usar estos sillones masajeadores, aunque también pena, pues en mi opinión, eso de sentarme y poner cara de placer mientras un montón de gente desconocida se me queda viendo es como de changuito exhibido en zoológico. 

Yo juraba que NUNCA iba a usar uno de esos objetos malignos. Pero como suele pasar, cualquier historia cambia cuando en la ecuación entra una mujer. En este caso fue mi novia la que tuvo la ocurrencia de que –nomás por cotorrear- probáramos la experiencia de usar uno de estos masajes. 

Sucedió hace varias semanas en el centro comercial Patio Universidad. Habíamos comprado boletos para el cine pero faltaba una hora para que empezara nuestra función. Buscábamos la manera de matar el tiempo y nos topamos con un par de estos sillones masajeadores, así que decidimos a ver qué tan efectivos son. 

No lo hubiéramos hecho… 

Por sólo 10 pesos estos artefactos del diablo prometían unos minutos de paz y relajación. El resultado fue todo lo contrario. Para quienes aún no viven la experiencia, les cuento que el dichoso sillón tiene unas raras piezas metálicas en su interior, las cuales comienzan a moverse de forma rara y siniestra en cuanto uno deposita el importe por el masaje. 

Primero cada una de tus piernas son aprisionadas, después ocurre lo mismo con tu cabeza, al mismo tiempo que en la espalda comienzas a sentir un golpeteó intenso y poco agradable (como si te estuvieran agarrando a batazos). Y lo peor, es que cuando más descuidado y vulnerable te encuentras, sientes una de estas piezas explorando de forma poco gentil tu trasero. Aquello parece examen de próstata. 

No sé qué gestos hacía mientras el dichoso sillón me violaba, pero me imagino el extraño espectáculo que le estaba dando a quienes pasaban por ahí y veían mi cara de sufrimiento y placer. Oficialmente me sentía chango exhibido en circo. 

Los minutos que duró aquel masaje se me hicieron eternos e insufribles. Para cuando todo acabó me sentía como si hubiera recibido una golpiza.

Giré la cabeza para ver a mi novia, quien también lucía como si acabara de correr un maratón. Comenzamos a platicar nuestra experiencia y coincidimos en lo raro que fue sentirse estrangulado, atacado y violado por un sillón maligno. La única diferencia fue que, a pesar de también sufrir los embates del sillón luchador, ella estaba dispuesta a volver a repetir la experiencia. Algo a lo que por supuesto me negué. Ni saliendo del cine ni otro día he querido sentarme nuevamente en uno de esos sillones de tortura. Es más, no sé cómo hay gente que es fan de usar esas cosas. 

Temo que en algún momento de mi vida tendré ir a un psiquiatra y contarle sobre los maltratos que recibí por parte de este sillón de masajes. Si ustedes no han tenido el infortunio de usar uno, no lo hagan. Si respetan su integridad mental y física huya de ellos, véanse en el espejo de este triste tipo que sigue traumado por la experiencia, y que para superarla tiene que escribirla en su blog.

domingo, 12 de julio de 2015

Netflix llegó a mi vida


Nunca le había visto chiste al Netflix, ese servicio de streaming por internet donde pueden verse series, películas y programas de televisión a la hora que uno quiera. 

- ¿Para qué si tengo televisión con cable?, pensaba. 

Sin embargo, de unos meses para acá comencé a sentirme fuera de onda cuando en varios programas de radio y televisión que suelo escuchar, o en sitios web que frecuento, se hacía referencia al contenido de las series que en exclusiva podían ver por Netflix. 

La cosa se complicó cuando en la oficina mis compañeros comentaban con mucha emoción sobre series con historias maravillosas a las cuales yo no tenía acceso. Poco a poco, escuchar nombres como Orange is the new black, House of cards o Daredevil se me hacía más común. Entonces tuve esa terrible sensación de estarme perdiendo algo importante para mi generación, como si hubiera una fiesta fenomenal y yo fuera el único que no estuviera invitado. 

El punto crítico ocurrió cuando estrenaron Sense8 en Netflix, una serie de los hermanos Wachovski cuya historia es todo un debraye, pues trata sobre 8 personas altamente sensibles que viven en distintas partes del mundo (uno de ellas en la Ciudad de México) y que están interconectadas entre sí. 

Ya no me aguanté las ganas y un lunes finalmente saqué mi cuenta. Pensé que hacerlo era poco menos que venderle mi alma al Diablo, pues siempre que hago trámites con tarjetas de crédito siento que me estoy condenando al infierno. Aunque en honor de la verdad, todos los sentimientos antes descritos desaparecieron en cuanto comencé a ver todas las series y películas que podría ver por medio de Netflix. 

Luego me puse a ver Sense8, los capítulos que no he visto de Hora de Aventura y el documental Hot girls wanted. Fue cuestión de días para que mi punto de vista sobre Netflix cambiara, y ahora opino que este sistema de streaming es lo mejor que le ha pasado al mundo. 

Ahora mi problema es que entre la chamba, mis entrenamientos para correr y la vida misma, no tengo tiempo para ver todas las maravillas que este sistema de entretenimiento me ofrece y sufro por ello. 

Escribiría más al respecto pero tengo una cita. Sí, con Netflix.

miércoles, 1 de julio de 2015

Tú, yo, y Valle de Bravo como testigo


Ocurrió un sábado de junio. Desde hace un par de años Tania y yo queríamos volar en parapente, pero por distintas circunstancias siempre terminábamos posponiéndolo . Finalmente los astros se alinearon, hicimos una reservación y nos lanzamos a vivir esa experiencia, que estaba destinada a ser una de las más importantes de nuestras vidas. 

Debido a que el vuelo sería en Valle de Bravo, tras un desayuno ligero salimos muy temprano desde la Ciudad de México hasta nuestro destino. Desgraciadamente una preocupación rondaba mi mente: El cielo estaba nublado al extremo y en ocasiones llovía en la carretera. Bajo esas condiciones, realizar un vuelo en parapente sería imposible por cuestiones de seguridad. 

Aún así decidí confiar en que el cielo se abriría al llegar a Valle de Bravo y llevar a cabo mi plan: Dar un anillo de compromiso. 

Llevaba meses posponiendo la entrega, no por falta de ganas sino porque no había encontrado el momento ideal para hacerlo. Por ello, que la lluvia obrara en mi contra para nuevamente retrasar mis planes se me hacía una mala broma del destino. Afortunadamente, en cuanto arribamos a Valle de Bravo tras dos horas de viajar, el cielo se despejó, permitiendo que el plan que mi plan siguiera en pie. 

Llegamos a las oficinas de la empresa que contraté para realizar el vuelo. Como aún teníamos una hora libre recorrimos un poco del malecón de este Pueblo Mágico, que entre sus muchos encantos, cuenta con un lago artificial que en realidad es una presa creada décadas atrás. 

Para matar el tiempo compramos unas papitas y nos pusimos a comerlas viendo al horizonte. Tania hablaba sin parar, yo apenas y decía dos palabras. Quería aparentar tranquilidad y sin embargo era un manojo de nervios, y como tic, una y otra vez tocaba la cangurera para asegurarme que traía conmigo la joya que cambiaría mi vida y la de ella para siempre. 

La hora llegó y junto con otras personas que también habían contratado el servicio fuimos llevados en camionetas hacia el cerro desde donde emprenderíamos el vuelo. En el camino Tania iba hablando con uno de los instructores. Tras tantos años de conocerla sé cuando está feliz y en esos momentos, su voz y sonrisa denotaban que estaba emocionada por finalmente poder cumplir su sueño de viajar en parapente. 


Llegamos a lo alto del cerro y nos dijeron que nos preparáramos porque en cualquier momento comenzaríamos a volar. Espontáneamente Tania pidió ser la primera y en cuestión de segundos ya le estaban colocando el equipo para hacerlo. Esto echaba abajo mis planes de salir antes que ella y esperarla abajo con el anillo. 


Ni hablar, habría que improvisar. 

Minutos después ella estaba en el aire y yo apenas recibía instrucciones para mi vuelo. 


Las cosas se retrasaron un poco más cuando mi instructor descubrió que el parapente estaba mal enredado y tuvo que acomodar todo nuevamente. 

Finalmente llegó la hora de la verdad y salí volando.

Ir en un parapente es una gran experiencia. La sensación de surcar los aires impulsado por el viento y la paz que se vive allá arriba mientras se disfruta de una vista soberbia es indescriptible. 

20 minutos después comenzamos el descenso, se acercaba la hora de la verdad… 

Aterricé en un terreno de un césped verde a un lado de la laguna. Ella estaba esperándome y se río de lo torpe de mi llegada. Mientras me quitaban el equipo con el que volé pensaba si era el momento adecuado de entregarle el anillo. Observé el escenario a mi alrededor (una inmensa presa, un día románticamente nublado, personas volando en parapente en el cielo) y me di cuenta que no habría otro momento mejor.

Le pedí a Tania que me acompañara a la orilla de la laguna y que me tomara una foto ‘pal feis’. Argumentando que tenía me quité la playera que traía. Entonces Tania vio la otra playera que traía abajo y que durante todo el día había estado ocultando, y que traía la imagen de una pareja casándose. Ella comenzó a llorar mientras yo sentía que se me iba la vida. Me puse de rodillas, saqué el anillo y le dije cuanta tontería llegó a mi mente y con las que intentaba explicar lo que sentía. Recuerdo haberle dicho que me había hecho correr, me había hecho volar, y que me había hecho tan feliz que quería pasar el resto de mi vida con ella

Entonces un abrazo, más lágrimas, un beso y todo el entorno se volvió mágico. Tania aceptó, no había más que decir. Por mi parte ya no estaba nervioso ni tenso, solamente feliz. 

El resto de la tarde fue perfecta: Fuimos por un café, tomamos un pequeño tour que nos llevó a conocer Avándaro y algunas cascadas de la zona, después comimos y al atardecer regresamos a la Ciudad de México, mientras en carretera veníamos escuchando muchas de las canciones que han marcado nuestra historia. 


Seis años después de conocernos decidimos comprometernos e iniciar una gran historia. Incierta pero emocionante. No sé que nos deparé el destino, pero tengo la certeza de que todo a su lado todo será más fácil.

domingo, 31 de mayo de 2015

Hoshi Mamoru Inu – El perro guardián de las estrellas


“Los perros siempre esperan a sus dueños”

Todos los comentarios que leí sobre este manga coincidían en algo: Quienes se adentran en esta historia invariablemente terminan llorando. Esa fue una de las cosas que me hicieron buscar esta edición especial publicada por editorial Kamite por varios días. 

Además, también estaba esa curiosa portada que de entrada parece transmitir mucha alegría, pero que después de leer Hoshi Mamoru Inu (que en México fue nombrado como El perro guardián de las estrellas), me estruja el corazón cada que vuelvo a ver ese campo lleno de girasoles con un simpático perro en el centro. 

Y es que El perro guardián de las historias dista mucho de ser un manga convencional. De hecho, su historia es muy simple y se aleja de las tramas complejas y enredadas de este tipo de publicaciones, quizá por, es más fácil que nuestras fibras más sensibles sean tocadas de forma tan contundente. Tan dolorosamente bello es este relato, que es imposible no sentir la necesidad de interrumpir la lectura para suspirar y controlar nuestras emociones con cada página que pasamos. 

Este pequeño volumen está dividido en dos partes. La primera, que le da el título al manga, trata sobre Happy, un pequeño perro que llega a casa de una familia conformada por una pareja de esposos y su hija, donde tiene una vida apacible durante sus primeros años. 

Poco a poco, Happy comienza a desarrollar una relación más cercana con “Papá” (así conoce al padre de la familia con la que vive), con quien todas las tardes sale a pasear. Tiempo después algunas circunstancias hacen que “Papá” y Happy tengan que iniciar juntos un viaje donde viven algunas aventuras y pasan varias dificultades, a pesar de las cuales ambos permanecen alegres y hacen que su relación se estreche aún más.

Aunque desde las primeras 3 páginas sabemos en qué terminará la historia, es en el cuerpo de la historia y en el camino hacia esa trágica conclusión donde radica el encanto de este manga. Son los detalles sutiles, los diálogos y las acciones en apariencia cotidianas, los que muestran esos pequeños sacrificios de amor que un hombre es capaz de hacer por su mascota y la entrega incondicional de un perro hacia su amo. 


Y es que por muchas desgracias por las que pasemos, si estamos acompañados de un fiel amigo siempre tendremos motivos para sonreír. 

Si tienes un perro no hay forma de no sentirnos aludidos en cada página, y no serán pocas las veces en las que sintamos la necesidad de ir a darle un abrazo fuerte fuerte a nuestra mascota. 

La segunda parte del manga se titula Campo de Girasoles, y está conectada de forma sutil con la primera. Ahí conocemos a otro perro igual de entrañable aunque diferente a Happy y los sentimientos le dan paso a lo lírico. Así la historia alcanza su mayor punto poético y los círculos se cierran. 

Y ya no quiero hablar más de la trama, en primer lugar porque, por más cosas que escriba no alcanzaré a transmitir la belleza y perfección de esta historia tan conmovedora; y además, porque no puedo recordar cada página de este manga sin que nuevamente quieran asomarse las lágrimas en mis ojos. 

Tardé un par de días en reponerme emocionalmente después de leer Hoshi Mamoru Inu. A una semana de recibir esa cascada emotiva, la cara sonriente de Happy en esa hermosa portada me sigue poniendo nostálgico. Y ni que decir de ver a las estrellas en una noche despejada

Mi perro Margarito tiene 15 años y a veces también se queda mirando al firmamento sin explicación alguna. después de leer esta historia creo darme una idea de lo mucho que él me quiere. Y eso me hace sentirme muy feliz pues sé que por más que pase el tiempo el siempre me estará esperando. 

Aunque no es tan sencillo encontrarlo, si se topan con Hoshi Mamoru Inu (lo venden en Sanborns) no dejen de comprarlo, les aseguro que lo disfrutarán mucho. Y sí, van a llorar. 

Hoshi Mamoru Inu
Takashi Murakami 
Editorial Kamite

martes, 5 de mayo de 2015

Huérfano de peluquería


Estoy pasando por un momento difícil en mi vida pues me encuentro confundido y sin rumbo. Supongo que todo hombre ha pasado por momentos así, y es que ahora mismo me encuentro huérfano de peluquería. 

No es la primera vez que me pasa eso de no tener dónde cortarme el cabello, aunque probablemente la situación nunca me había conflictuado tanto. Pero vamos por partes, soy un hombre rutinario y no me gusta eso de andar experimentando cosas nuevas. Por ello, cuando encuentro una peluquería de mi gusto, puedo pasar años yendo religiosamente a ella. 

1. Mi primera peluquería 

Mis recuerdos más lejanos en ese aspecto se remontan a mi niñez, en una peluquería ubicada por el rumbo de la colonia Viaducto Piedad, en la Ciudad de México, a donde iba ocasionalmente con mi papá cada que visitábamos a mis abuelos maternos. Aquella era una “peluquería de hombres”, de esas que tienen revistas de 10 o más años de antigüedad, cuadros con varios estilos de corte de cabello de los años cincuenta, y claro, el peluquero era un viejito delgado con bigotito al estilo Viruta (el de Capulina).

2. Estética Unisex Chanel

Ignoro por qué dejamos de ir ahí, pero un buen día mi papá y yo cambiamos de peluquería y comenzamos a ir a un lugar llamado “Estética Unisex Chanel”. Aunque para ser honestos, aquel negocio distaba mucho de ser una estética unisex, de hecho, era una peluquería muy similar a la que asistía antes. La única diferencia era que este negocio estaba a unas cuantas calles de distancia de mi casa. 

En este lugar siempre ponían la estación de radio del Fonógrafo, también tenían revistas bien viejas y al cortarme el cabello me ponían una especie de crema espumosa en la nuca, la cual luego me quitaban con una navaja. 

En esta estética atendían dos viejitos. Uno que siempre vestía de manera elegante, y otro, también anciano pero un poco más gordo. La verdad los dos eran a todo dar y se llevaban muy bien, pero rompieron su amistad cuando a la estética entró a trabajar un señor al que le decían La Yiyi, lo cual provocó el enojo del viejito delgado. 

Cuenta la leyenda que un día el viejito delgado y elegante le dijo al viejito más gordo y no tan elegante: 

- “Te dije que el día que metieras a trabajar a un homosexual aquí, yo renunciaría”. 

Y así fue. Por años el viejito delgado y elegante siguió cortando el cabello a domicilio y yo seguí asistiendo a la estética unisex Chanel. Por cierto, La Yiyi sólo trabajó ahí un par de semanas. 

3. Buscando la modernidad

Después de años de ir a la estética unisex Chanel dejé de frecuentarla porque el señor viejito gordo ya estaba muy grande y no siempre abría, además, a esto se sumó mi afán de querer cambiar mi peinado por uno más moderno. 

Y aquí debo hacer un paréntesis. En mi vida solamente he tenido tres cortes de cabello distintos: Raya de lado al estilo Benito Juárez (cuando era niño), Raya en medio (en la adolescencia) y el de ahora, que ni forma tiene, y que adopté cuando busqué un nuevo sitio en el cual cortarme el cabello y llegué a la estética Enchantement Profesionales en Belleza.

Aunque el nombre se escuche rimbombante, tampoco piensen que era la gran cosa, de hecho estaba medio rascuache. Aunque claro, ésta sí era una estética unisex en toda la extensión de la palabra. Ya saben, de esos lugares en donde te lavan el cabello antes de que te corten el cabello y a las señoras les ponen papeles aluminio en el cabeza para parecer astronautas. Por cierto, una de sus grandes ventajas era que se encontraba justo en la esquina de la calle donde vivo. 

Esa fue mi peluquería por unos siete años, hasta que hace unas semanas dejaron de abrir. Los rumores dicen que los asaltaron. 

4. Mi orfandad 

Después de que cerraron esa estética quedé desorientado. Intenté ir a otra estética también cercana a mi casa pero la verdad me dejaron bien gacho y me cobraron el doble (150 pesos) de lo que pagaba en Enchantement (75 pesos). 

Y así va mi vida. Tiene más de un mes que no me cortó el pelo y siento que ya parezco albañil. La bronca es que no sé a dónde ir, no tanto porque tema por el resultado del corte (pues nunca me gusta cómo quedo pues siempre parece que me mordió un burro) sino porque me da una pereza enorme eso de andar perdiendo el tiempo probando nuevos sitios. 

Por lo pronto no sé si dejarme el pelo más largo (aunque insisto, siento que me veo como cavernícola) y cambiar de corte. Ya les contaré qué pasa en los siguientes días. 

Sí, ya sé, tengo una vida muy complicada.

martes, 7 de abril de 2015

Los últimos días de nuestros padres


Hace poco más de un año iba terminando de leer La verdad sobre el caso Harry Quebert, un novelón que me voló la cabeza, del autor suizo Jöel Decker. Sobre esa gran historia, que créame, es de lo mejor que he leído en toda los últimos años, escribí un post en este blog, mismo que pueden leer aquí

Por eso, en cuanto supe que Alfaguara publicaría en español Los últimos días de nuestros padres, la primera novela de Decker, quise leerla. Por supuesto estaba latente la posibilidad de que la calidad de esta historia inédita no fuera tan buena como La verdad sobre el caso Harry Quebert. Afortunadamente pasó todo lo contrario.

Alejada totalmente de La verdad sobre el caso Harry Quebert, la trama de Los últimos días de nuestros padres está ubicada en los años finales de la Segunda Guerra Mundial. Sí, quizá muchos ya estén cansados de ver el tema de este conflicto bélico reflejado en la televisión, el cine o la literatura. Sin embargo, esta novela muestra un punto de vista poco abordado: La creación, por iniciativa de Winston Churchill, de la Special Operations Executive (SOE), una nueva sección de servicios secretos británicos, cuya principal función es el sabotaje de las líneas enemigas desde su interior.

Así, el SOE comienza a reclutar a jóvenes de las naciones ocupadas por las fuerzas nazis, para ser entrenados en total clandestinidad. Entre ellos se encuentra Paul-Émile, un joven francés que abandona su hogar en París, donde vivía con su padre, para viajar a Londres. Ahí, junto a otros elegidos, es sometido a varios entrenamientos y adiestramientos extenuantes. En esos meses, Palo (nombre de guerra que se le da a Paul-Émile) conoce y crea vínculos de amistad con Gordo, Aimé, Rana, Farón, Key, Claude o Laura, entre otros. Todos personajes entrañables y perfectamente construidos.

Aquí hacemos una pausa para comentar uno de los grandes aciertos de esta novela: Conforme se avanza en la historia van integrándose más y más personajes, hasta que el lector se pregunta si esto no terminará por hacer del argumento algo confuso, o llevarnos a un final caótico y poco logrado. Y es ahí donde Decker nos muestra sus recursos de novelista, dándole una dimensión justa a cada personaje, y al mismo tiempo mantiene una coherencia narrativa que se sostiene hasta la última página.

Volviendo a la historia. Tras meses de una brutal preparación, en donde el grupo de agentes en formación se reduce considerablemente, los elementos más capaces son enviados de regreso a la Francia dominada para desempeñar peligrosas maniobras de sabotaje y espionaje, de las que no siempre saldrán bien librados. Conforme la historia avanza el contraespionaje nazi los detecta, complicando más las cosas.

“Y no hubo más que un largo murmullo, una queja apagada: Palo, Key y los demás, hasta Rana, el huérfano, eran los hijos malditos, los hombres más solos del mundo. Se habían marchado a la guerra y habían besado apresuradamente a sus padres. Se había formado un vacío en lo más profundo de su alma. Y en la noche inglesa, en la oscuridad de una pequeña habitación de militares con olor a moho, Palo y Key se arrepentían. Juntos. Amargamente, pues quizás habían vivido ya los últimos días de sus padres”. 

Es importante aclarar que Los últimos días de nuestros padres es mucho más que una novela sobre la guerra. De hecho, es sólo el pretexto para darle paso a una historia donde la amistad y el amor brillan con luz propia en medio de la obscuridad y desolación provocada por la ocupación nazi.

El dramatismo no sólo alcanza a los integrantes del SOE, cuyas personalidades van mutando conforme son expuestos a la rudeza de la guerra; también toca a sus familiares, y aquí debemos destacar el que sin duda es de los momentos más bellos de toda la novela: La espera del papá de Palo por su hijo, siempre llena de esperanza a pesar de las dudas. Al final todos, incluso los nazis, sufren pérdidas irreparables pero también tienen oportunidad de redimirse.

El amor de aquellos que se sienten arrojados a una guerra que no comprenden del todo, pero que encaran con valentía aún sabiendo que difícilmente saldrán de ella con vida; el amor entre un padre y su hijo; los conflictos y dilemas emocionales que la guerra siembra entre sus participantes; la amistad transformada en hermandad; la importancia de aferrarse al ser amado para hacer más llevadero el infierno; la búsqueda de la aceptación como motor para seguir adelante; o el miedo a tomar decisiones que afecten a los demás. Todo esto, y aún más, hacen de esta novela un verdadero deleite.

Y sí, a pesar de lo denso del tema, es un libro lleno de alegría y belleza, efecto logrado gracias a la narración de Dicker, que muchas veces alcanza niveles líricos.

*** Este texto es una parte de artículo ¿Quién es Jöel Dicker y por qué deberías leerlo?, que publiqué originalmente en el sitio Sopitas.com.

martes, 17 de marzo de 2015

Mi primer Vive Latino


El pasado fin de semana fui a mi primer Festival Musical Vive Latino. Y estuvo bien chaka, aunque no tanto. 

Me explico. Como muchas otras cosas en la vida, también llegué de forma tardía al mundo de los festivales de música. De hecho hace apenas un par de años fui a mi primer Corona Capital, y de esta forma, el pasado fin de semana asistí a mi primer Vive Latino. 

Mi experiencia en el Corona Capital 2013 la disfruté mucho, sin embargo, cuando preguntaba si el Vive Latino era lo mismo, casi todos me decían que el segundo es más ñero, osea más populachero, con otro tipo de gente y que definitivamente era una experiencia diferente. 

Por cuestiones de chamba tuve que ir el sábado a cubrir el Vive Latino, y saben, me la pasé bien suave. Aunque claro, es distinto al Corona Capital. 

Todo es más pintoresco. Ves más borrachos, venden cerveza por todos lados, hay un montón de cosas para comer (todas engrodadoras), una gran oferta de vendimia de chacharas traídas del Museo del Chopo y más escenarios. El ambiente huele a marihuana y hay borrachos por todos. 

En cuanto a la música, confieso que no conocía casi a ninguno de los exponentes. Al ser un evento de rock esperaba encontrarme con Maná, Alejandra Guzmán o Cesar Costa, grandes figuras de este género musical. 

Pero no, días antes chequé el cártel del evento y creo que desconocía al 85%. Eso me pasa por haber crecido escuchando a Juan Gabriel, Gloria Trevi, Fey, al maestro Alejandro Sanz y cosas así. Por eso, llegué al Vive Latino sin saber muy bien qué esperar. 

Total que ese día vi a Monseiur Periné, a Tropikal Forever, a los Enjambre, a Columpio Asesino, a los Fresones Rebeldes y a Nortec. Todos me gustaron, aunque confieso que me puse bien loco durante la presentación de Enjambre (de hecho, la foto de este post me la tomaron en ese momento). No sé si fue por sus canciones o porque tanto olor a marihuana a mi alrededor me puso risueño. 

Mi novia me alcanzó en la tarde, por lo que no me la pasé tan aburrido. También nos subimos a una rueda de la fortuna como de pueblo, vimos a un hip-hopero vacilador llamado Tino el Pingüino, comimos unas hamburguesas bien corrientes y vimos algunos fragmentos de cintas documentales. 

Cuando cayó la noche fue cuando la cosa se puso más extraña. Aumentaron los briagos que caminaban como zombies, los baños se convirtieron en territorio de nadie pues el piso terminó lleno de líquidos raros y las mujeres entraban por igual al baño de los caballeros, además de que se soltó un frío infernal. 

No crean ustedes que todo fue risa y diversión. Como dije, fui a trabajar y terminé bien cansado. Algo tienen estos festivales que le roban la vitalidad a uno. 

Como dicen todos finalmente "sobreviví al Vive Latino". Frase que me parece una exageración, pues muchos hablan de ese evento como si fuera tan desgastante como un maratón. Yo ya corrí un maratón y fui a un Vive Latino, y créanme, no hay punto de comparación en el cansancio. 

Pero lo acepto, me la pasé bien. Sí, el Vive Latino está más chaka que el Corona Capital, pero igual uno termina feliz después de un pasar todo un día rodeado de música "pa' chavos contestatarios". 

martes, 3 de marzo de 2015

Mi barba de Conde


Y de pronto se pusieron de moda los barbones, causando que las muchachas suspiren por ellos. Antes estos hombres eran considerados mugrosos, hippies sin oficio ni beneficio, o de menos unos fodongos. Ahora son galanes hipsters

El problema es que no todos podemos acceder a una barba de leñador canadiense para estar a la moda. Por eso, una vez más romperé el silencio: Soy uno más de los mexicanos que tengo barba de Conde. Sí, de condenado indo. Pues aunque no me considero lampiño, mi barba dista mucho de crecerme cerrada. 

El drama comenzó cuando iba en la Universidad, que fue hasta que empecé a considerar dejarme la barba (hasta antes, me rasuraba cada dos días usando los rastrillos que mi papá dejaba en la regadera). 

La primera vez que consideré probar suerte con este look dejé pasar cuatro días sin pasarme navaja. Ya me sentía muy grande, pero cuando observé mi rostro frente al espejo topé con la decepcionante realidad: No me veía como galán de película, de hecho, mi incipiente barba ni siquiera se notaba a lo lejos, o bien, parecía cochambre. Y de cerca era todo un desastre, pues solamente contaba con algunos pelos tiesos repartidos de forma poco uniforme en mi rostro. 

Desde entonces he tenido una relación amor-odio con mi barba. Normalmente me rasuro un día sí, otro no. Sin embargo, a veces me gana la emoción y me da por dejarme crecer el vello facial algunos días. Esto lo hago porque pienso que de la nada mi barba ahora sí crecerá de forma adecuada, o porque quiero sentirme más maduro o aparentar una actitud más desfachatada. 

Pero pus no. Llevó más de una década esperando que ocurra el milagro y no pasa nada. Cierto es que la barba ya no me sale tan pichurrienta, he incluso si dejo de afeitarme por varios días se nota, pero aún no es para echar campanas al vuelo. 

A veces hasta me valí del Photoshop para verme barbón. Esta foto la subí hace un par de años a mis redes sociales “pa despistar”, y si ponen atención, verán un ojo humano en la boca de la rana: 


Y ya que hablaba de rasurarme, justamente ese es otro asunto donde la vida me demuestra su odio pues soy de esos pobres diablos que acaba siempre con la piel irritada y el rostro lacerado como de Santo Cristo. Además, pocas veces quedo satisfecho con el resultado final pues por más que me pase las hojas filosas siempre me quedan varios pelos. No importa cuántas marca pruebe, el resultado pocas veces varía. Conclusión, no sé ni rasurarme. 

Hasta ahora, el mayor tiempo que he pasado sin rasurarme han sido 9 días, y fue con motivo del Movember, esa campaña a la que muchos hombres le entran cada noviembre como una forma de concientizar a la gente sobre el cáncer de próstata. El chiste es cumplir todo el mes barbón, pero nunca aguanto tanto. Los pelos de la cara me pican y al poco tiempo siento que me veo como pordiosero (aunque claro, sin que la barba me cierre completamente). 

No niego que me da envidia cuando convivo con mis amigos barbones, o veo actores y cantantes que usan la barba para resaltar su hombría y verse más interesantes. Aunque claro, también se da el caso contrario, pues tengo familiares y amigos a los que de plano les fue peor que a mí en la repartición de barbas. 

No vaya a creer el lector que este asunto de mi barba fallida es un trauma de vida. Incluso podría decir que la mayor parte del tiempo estoy satisfecho con ella. De hecho, si escribí esto no fue para quejarme (bueno, poquito) sino para mostrar mi desacuerdo de que los estándares de belleza actuales le den tanto valor a los barbones

Y es que los no barbones, o mejor dicho, los barbones a medias, también somos bien chidos. Eso me quedó claro hace unos días, cuando Javier Chicharito Hernández (que es muy católico y buen chavo) jugó con el Real Madrid y lució una barba igual o más gacha que la mía. 

Y la barba hizo que se pusiera loco y hasta mentara madres. Vean:



Conclusión: Las barbas son cosa del diablo. Por eso mejor no se la dejen, a menos que se quieran sentir un poco malos. Pero nomás un ratito, recuerden que todo abuso es malo.

martes, 24 de febrero de 2015

El misterioso y perturbador caso de la popó embarrada en las casas de los vecinos

En la calle en la que vivo ocurren cosas raras: Un chavo se suicidó en una vivienda de la esquina; amarran servilletas de forma misteriosa en las puertas de las casas; amenazan de muerte a los perros; hay una casa en la que viven unos santeros que continuamente tiran gallinas y otros animales muertos en el parque de la esquina; y un sinfín de rarezas más. 

Sin embarco, hace unas semanas ocurrió una hecho que jamás se había presentado, al menos por estos rumbos: Sin motivo alguno, algunas casas y autos de los vecinos amanecían llenas de excremento. 

¡Qué asco!
* * * * * 

Al principio fue un caso aislado. Una vecina se topó con una de las paredes del exterior de su casa embarrada de popó. Claramente se veía que el chiste fue obra de otra persona pues entre la suciedad había huellas de dedos. 

El hecho comenzó a repetirse de forma habitual por las noches, tanto en esa como en otras viviendas de la calle. Después fueron los autos. No era raro que un vecino saliera y se encontrara con su parabrisas embarrado de caca. Lo peor es que los vecinos afectados comentaban que aquellos desechos fecales eran humanos. 

¿Cómo le hacían para saberlo con sólo mirar la popó a simple vista, y olerla? 

Lo ignoro, a lo mejor tomaron un curso de identificación de heces o es una sabiduría que la vida les fue dando con los años. 

* * * * * 

De inmediato comenzaron a surgir teorías sobre lo sucedido. Unos culpaban a los santeros, otros decían que era cosa de brujería, que eran los extraterrestres, el chupacabras, que había unos vándalos, o bien, que se trataba de un perro callejero. 

La única de estas hipótesis que se descartó fue la del perro callejero. Obvio, nadie creyó que hubiera un perro capaz de embarrar las paredes a una altura considerable y dejar entre las manchas las huellas de unas manos. 

Por suerte esto ocurría únicamente en las casas ubicadas en la parte central de la calle en la que vivo, y no en las que se encuentran en las orillas, como la mía. Aunque supongo que el no sufrir ninguno de estos ataques nos volvía sospechosos. 

* * * * *

Desesperado por el asqueroso batidillo que debía limpiar por las mañanas, un vecino revisó las cámaras de seguridad que tiene instaladas afuera de su casa. Lo que descubrió fue perturbador. Quién había provocado todo fue… La momia. 

No, no es choro. 


* * * * *

Sí, una momia. Pero no de esas egipcias que usan vendas. Tampoco de Guanajuato. Cuando digo “momia” me refiero a una vecina solterona de unos 65 años que vive en una casa de mi calle. Ese apodo se lo pusimos unos amigos y yo, debido a su aspecto demacrado y terrorífico. 

Una vez nos regañó porque volamos un balón a su casa, y aunque no lo devolvió, su cara horrible casi nos causaba un infarto. Así se ve más o menos, pero en vieja: 


Antes salía de su casa para ir a trabajar y regresaba por las tardes (sí, con su cara de momia). Después se jubiló y casi nunca sale al exterior. Bueno, sólo para embarrar popó en las otras casas, como se demostró en el video. 

* * * * * 

En los videos examinados se veía a la momia salir de su domicilio con su propia caquita en sus manos, para después embarrarla en los autos y en las fachadas de las casas cercanas. Al otro día varios vecinos la encararon, y al decirle que habían descubierto su asqueroso secreto, la pusieron a limpiar la popó que había embarrado.

* * * * *

Desde entonces no se han presentado nuevos actos vandálicos perpetrados con popó humana de momia. Aunque la amenaza de que una vez más se le bote la canica a esta señora sigue latente. 

Unos dicen que fueron cosas de la edad, otros que la momia enloqueció o que realizó un extraño ritual maligno. Nunca sabremos la verdad.

jueves, 19 de febrero de 2015

Entrevisté a Martín Hernández, sonidista de Birdman


Parte de las satisfacciones que nos da un trabajo, además de dignificar nuestra vida y hacernos sentir útiles, es la posibilidad de conocer a gente importante y exitosa de distintos ámbitos.

Eso lo viví hace unos días, cuando debido a mi chamba -para quienes no lo sepan trabajo escribiendo para Sopitas.com, uno de los portales de Internet más leídos en México- y tuve la oportunidad de entrevistar a Martín Hernández, mítica figura de la radio mexicana y sonidista de varias películas nacionales e internacionales, ganador de varios reconocimientos y recientemente nominado al Oscar por su trabajo en la cinta Birdman.

¿Cuántas veces se tiene la oportunidad de entrevistar a un mexicano nominado a un Oscar, días antes de esta ceremonia? Supongo que muy pocas, por eso en cuanto surgió la posibilidad de tener esta conversación con Martín Hernández acepté inmediatamente.

¿Me dieron nervios? Sí, pero ni modo, si no lo hubiera hecho seguramente me hubiera arrepentido durante mucho tiempo.

¿Cómo se prepara uno para entrevistar a una persona cuyo trabajo está siendo reconocido a escalas internacionales? Pues la verdad no sé, sólo me puse a investigar un poco más sobre la vida de Martín y me puse a pensar en lo que me gustaría saber de su trabajo como sonidista de una película tan importante y reconocida como Birdman.

La entrevista se llevó a cabo en Astro LX, unos estudios de audio con instalaciones impresionantes, únicos en México y que no le piden nada a los grandes estudios hollywoodenses.

Precisamente es ahí dónde Martín realiza varios de sus trabajos. Amablemente nos concedió alrededor de 50 minutos de una charla en la que ahondó sobre el proceso que se sigue para sonorizar una película, los secretos detrás de Birdman y varios aspectos muy interesantes de su carrera en cine y radio, como por ejemplo, su reciente regreso a la radio en el programa Así las cosas, que se transmite por las mañanas en W Radio.

Bastaron unos minutos para dejar los nervios de lado y comenzar a disfrutar de la entrevista.

Sin duda escuchar a Martín es aleccionador y motivante. Más allá de lo interesante de sus respuestas, lo mejor de esta entrevista fue haber conocido a una persona que a pesar del éxito es muy sencilla, amena y siempre dispuesta a seguir buscando superar los nuevos retos que le impone la vida.

Al final fue un honor haberlo podido conocer. 

Para leer la nota en Sopitas.com den clic aquí.

domingo, 15 de febrero de 2015

Pinche Adidas ¿y la playera verde?

Desde hace años (incluso desde que era niño gordo) siempre me ha causado ilusión cuando se lanzan nuevos modelos de playeras de la Selección Mexicana. O bueno, eso era antes porque ahora cada que anuncian que un nuevo diseño se acerca lo que siento es pánico. 

Ese temor viene desde que Adidas es la marca que viste a la Selección Mexicana de futbol, pues desde hace varios años esta firma deportiva se ha divertido de lo lindo faltándole el respeto a la tradición de nuestro equipo nacional. 

Y la verdad es gacho porque desde hace un buen tiempo soy fan de esta marca alemana, sobre todo de sus diseños de la vieja escuela; las playeras que hizo para la Selección Mexicana en el Mundial del 86 también me parecen una maravilla. Además soy miembro del Adidas Running Team, el equipo de corredores auspiciado por esta marca, y la verdad, la ropa que hacen para practicar este deporte está padre (aunque no hagan tenis para corredores pronadores). 

Sin embargo, mi relación de amor con Adidas se transforma cada pisotean la historia de nuestra Selección. Me explico, primero sacaron una playera negra como segundo uniforme (previo a Sudáfrica 2010), diseño que en su momento a todos nos gusto pero que comenzó a usar mucho más que el tradicional y bello primer uniforme -playera verde, short blanco y calcetas rojas-, con el que nos identifican en todo el mundo. 

Después se les ocurrió eliminar las calcetas rojas del primer uniforme. Así por sus pistolas. La verdad sin ellas no era lo mismo pero bueno, los señores de Adidas pensaron que era una idea brillante (idiotas). La tercera aberración fue cuando previo al Mundial de Brasil 2014 sacaron una playera al estilo Power Rangers que a todos nos sacó de onda:


Ok, hasta yo la compré pero fue para no sentirme fuera de la fiesta mundialista. En esa ocasión la playera de visitante era roja con una especie de electrocardiograma negro en el pecho. ¿Era un diseño bien mafufo? Sí, pero bueno, era la playera del segundo uniforme y ahí sí se permite experimentar, aunque sin caer en los extremos. 

Ahora, Adidas nuevamente quiere verse innovadora (que vayan e innovar a otra Selección, o mejor aún, a su madre) y hace unas semanas presentaron las nuevas playeras para la escuadra mexicana. Y ahora sí la regaron y feo, pues... ¿¡¿¡No sacaron ninguna camisa verde?!?! Valiéndoles madre la historia, tradición e identidad del equipo mexicano sacaron una playera negra (que ni está tan chida) y una blanca con vivos fosforescentes. Y ya. El único verde está en los escudos y ese tono ni siquiera es el de nuestra bandera. 


Mínimo hubieran sacado una playera guinda, como la del mítico uniforme que México usaba antes del Mundial del 70. 

Al parecer ya sabían que a muchos no les gustaría que eliminaran el color verde y por eso la campaña de promoción usa los eslóganes: "La verde se lleva en el corazón" o "Los partidos se ganan con el corazón no con la playera"

Todo esto en aras de querer vender más, pues al fin y al cabo, para Adidas la Selección Nacional no es más que un negocio. Y viceversa, pues la Federación Mexicana de Futbol es parte de ello y mientras ingrese más dinero a sus arcas le importa un pito envuelto si viste al equipo con colores para hacer aeróbics. 

No veo que Adidas quite, nomás por cotorrear, los colores o diseño tradicional de las playeras de locales de España, Alemania o Argentina. Pero claro, como en México aguantan cualquier cosa, vamos a sacar dos jerséis nuevos pa' ganar el doble

Y no se vale. Está bien que esto sea un negocio pero no sean tan desgraciados. 

Cuando yo era niño veía las playeras verdes de la Selección en las tiendas y les juro que me daba emoción. Sentía orgullo ver el tradicional jersey color verde y ni se diga cuando me lo ponía. Pero ahora, con esos dos modelos pichurrientos, que podrán ser muy vanguardistas y modernos, no siento la menor identificación. Hace unos días vi ambos diseños y sí bien no están tan feos, no los siento míos. 

Huevos pinche Adidas. Ojalá les caiga el veinte y se den cuenta que visten a una Selección, no a un club europeo pedorro, de esos que juegan con los diseños de sus uniformes cada año. 

Lo peor es que en un año anunciarán con bombo y platillo: El regreso de la verde. Y a vender más. Malditos mercenarios.

martes, 10 de febrero de 2015

La pena máxima


En el 2006, movido por la pura intuición, compré y leí Abril Rojo, novela con la que el escritor peruano Santiago Roncagliolo ganó ese año el prestigioso Premio Alfaguara de Novela. 

Disfruté ese libro una enormidad, en primer lugar por la punzante historia sobre unos sangrientos asesinatos que tuvieron lugar en la semana santa del año 2000 en Ayacucho, Perú, y después, por su singular protagonista, el fiscal Félix Chacaltana, quien nunca hace nada malo… ni bueno… ni nada que esté fuera de los códigos civiles, y que de forma casi incidental va enredándose en esta trama de intrigas. 

Por años guardé un buen recuerdo de esa novela, y precisamente por ello, no pude ocultar mi emoción cuando en la mesa de novedades de una librería me topé con La pena máxima, el nuevo libro de Roncagliolo, y al leer la sinopsis vi que estaba protagonizada ni más ni menos que por Félix Chacaltana. Así es, uno de mis personajes literarios volvía con una nueva aventura. 

Eso sí, no hace falta haber leído Abril Rojo para disfrutar de La pena máxima, pues la segunda es una precuela de la primera. Ahora conocemos a un Chacaltana mucho más joven e inseguro, pero que ya poseía esa rectitud y decencia que tanto intriga y por momentos choca a quienes lo rodean. 

Además, esta nueva novela tiene un aire futbolero pues ocurre a la par de los juegos que la Selección de Perú jugó en el Mundial de Argentina 1978. La historia comienza en junio de ese año, cuando Perú se encuentra sumida en la euforia mundialista. 

Pocos peruanos escapan a esa fiebre, y uno de ellos es precisamente Félix Chacaltana, quien trabaja como asistente de archivo en el sótano de una oficina del Poder Judicial, donde se esfuerza por ser el más eficiente a pesar de la burocracia y la tediosa rutina gubernamental. Aunque claro, nadie nota su trabajo e incluso su jefe inmediato, le pide que no sea tan obstinado y se dedique más a vivir. 

Sin embargo, cumplir de forma ejemplar con su trabajo no es la única preocupación de Chacaltana, quien debe obedecer y lidiar (por no decir soportar) a su madre y sus ideas conservadoras, que muchas veces pone en predicamento su “relación amorosa” con Cecilia. 

En medio de este debate personal que vive el protagonista, su vida ordenada se desquebraja una tarde de viernes cuando su amigo Joaquín Calvo se apareció por el archivo y con un aspecto raro y enfermizo se despidió de él diciendo:

“Que te vaya bien. Todo saldrá bien”. 

Y pues no, nada salió bien. Joaquín desapareció y sin darse cuenta Félix se vio envuelto en una historia de intrigas policíacas, falsos culpables, dudas, peligros y muchas verdades que hubiera querido no saber. 

Además de las continuas dudas sobre el rumbo que tomarán los hechos narrados en esta novela, el lector acompaña su incertidumbre con una atmósfera muy futbolera. Sin ser una historia que gire alrededor del futbol, éste aparece como un personaje discreto pero constante, y es sin duda un elemento sonoro que brinda drama y tensión a los momentos de más impacto en la historia. 

Detrás del futbol, de la burocracia de una oficina gubernamental, de las elecciones que están por celebrarse en Perú, de los misterios que esconde el pasado de su querido amigo Joaquín y de la búsqueda de Chacaltana por liberarse de las ataduras maternas, hay otro elemento en esta compleja ecuación: La Operación Cóndor, que era el plan de coordinación de operaciones entre los regímenes dictatoriales de varios países sudamericanos para controlar y detener (a veces con métodos muy violentos e inhumanos) a los grupos subversivos. 

Por años se aseguró que el gobierno de Perú no formó parte de estas acciones, pero con este libro y la investigación que realizó para escribirlo, el autor intenta refutar esta idea y nos da una aproximación sobre la participación que tuvieron los peruanos en estos acontecimientos que sembraron el terror en la zona sur del continente durante los años setenta. 

Después de leer todo lo anterior, podría parecer que La pena máxima es una novela compleja o demasiado densa. Todo lo contrario, su escritura sencilla y clara, pero con mucho oficio, hace que uno avance por sus páginas con mucha soltura. 

Podría contarles más de esta interesante historia, pero hacer algo así con una novela negra sería casi un delito. Hay muchas más intrigas, más personajes y más elementos que enriquecen este libro, pero es mejor que sea el lector quien los vaya descubriendo. 

Hoy terminé de leer La pena máxima, te voy a extrañar querido Félix Chacaltana.