martes, 17 de noviembre de 2015

Pinche Tren Ligero


Hasta hace unos meses el Tren Ligero de la Ciudad de México (que va de Taxqueña a Xochimilco) era algo ajeno a mi vida, tanto que eran contadas las veces que me había subido en este sistema de transporte eléctrico. Mi experiencia en esas ocasiones fue bastante plana y para bien o para mal, poco memorable.

Sin embargo, de unas semanas para acá he tenido que usar con mucha más frecuencia el Tren Ligero como medio de transporte para ir al trabajo. Las primeras veces este reencuentro transcurrió con total normalidad, incluso podría decir que la combinación entre el Metro y el Tren Ligero me parecían la mejor forma de recorrer una parte de la Calzada de Tlalpan. 

Total, que todo era alegría y felicidad hasta que el pinche Tren Ligero se las ingenió para ponerme de malas. 

Ocurrió un martes. Salí de mi casa con tiempo suficiente para llegar al trabajo. Abordé el Metro y al llegar a Taxqueña me dirigí a la estación Tasqueña del Tren Ligero. Tranquilo esperé a que llegara el tren y me subí a uno de los vagones. El tren comenzó su avance y entonces me percaté de que no paró en la primera estación… ni en la siguiente… ni en la siguiente.

Por alguna extraña razón el tren seguía de largo sin detenerse en cada estación. Mi extrañeza se volvió enojo cuando pasamos la estación en la que debía bajarme y no pasó nada. Indignado veía los rostros de los demás pasajeros buscando en ellos rastros de desconcierto. Y nada. Al parecer yo era el único sacado de onda por ese comportamiento tan extraño del tren en el que íbamos. Llegué a pensar que estaba enloqueciendo. 

Finalmente el tren se detuvo tres estaciones después de aquella en la que deseaba bajar. Enchilado esperé a que llegara otro tren que me llevara en dirección contraria y me regresara al trabajo. No sé ni cómo logré evité el retardo. 

Al otro día, miércoles, volví a subirme al Tren Ligero olvidándome por completo de la experiencia del día anterior, pues según yo había sido solamente un hecho aislado. Grave error. En cuanto subí al vagón y vi que pasamos la primer estación sin detenernos sentí que aquello era una mala pesadilla. Aún así suspiré pues nuevamente iba con tiempo suficiente. 

El problema fue que en esta ocasión el Tren Ligero no sólo se siguió de lado cuando pasamos por la estación en la que me debía bajar, sino que tampoco se detuvo donde un día antes lo había hecho sino hasta el Estadio Azteca. 

Cuando el señor chofer del Tren Ligero se digno a parar ya se me hacía tarde. Para mi consuelo, esta vez fuimos muchos los que enojados nos bajamos del tren preguntándonos qué diablos había pasado. 

Poder regresar hacia mi chamba fue un infierno, pues los trenes que iban en dirección contraria iban a reventar y lograr subir en ellos era imposible. Cuando lo logré ya era demasiado tarde para evitar el retardo en mi trabajo. Por supuesto me puse a mentar madres en Twitter, esperando que los encargados del Tren Ligero me dieran una explicación de lo ocurrido. Solamente recibí una respuesta escueta que no me aclaraba realmente por qué los trenes ligeros no se detenían en cada estación:


Al salir de trabajo, de regreso a casa, fui a quejarme a la estación del Tren Ligero de Tasqueña (que al igual que las otras estaciones de este medio de transporte, están bien rascuachas). Las señoras que me atendieron se mostraron extrañadas de lo ocurrido, pues según ellas, el Jefe de Estación se pone a gritar en el andén cuando los trenes no harán paradas en las primeras estaciones.

-Un sistema modernísimo, por cierto-. 

Obviamente negué que hubiera un viejo gritón anunciando la ruta que seguiría el tren. No contento con la explicación fui con el propio Jefe de Estación y me dijo lo mismo: Cuando los trenes se van directo, él mismo lo avisa a gritos. Hasta ganas de mentarle la madre me dieron. 

En ese momento me sentí ridículo pues jamás escuché los gritos del Jefe de Estación, o bien, el dichoso Jefe de Estación tiene voz de niña de tres años. 

Al otro día nuevamente me subí al tren ligero y en esa ocasión sí fue haciendo parada en cada estación, aunque eso sí, salí de casa todavía más temprano por si nuevamente el chofer del tren hacía su graciosada. 

Desde entonces vivo en miedo constante de abordar uno de esos trenes malignos que se detienen donde les da la gana. Afortunadamente hasta ahora no he vuelto a vivir esta horrible experiencia, sin embargo, sigo sin entender por qué diablos en el Tren Ligero piensan que es una buena idea que a veces los trenes no hagan paradas y a veces sí. Con este tipo de transporte nunca llegaremos al primer mundo. 

A veces hasta me dan ganas de mejor irme diario en auto, pero luego me acuerdo del tráfico y se me pasa…

2 comentarios:

Partido Social Player dijo...

Pos mal plan con eso de no anunciar cual se detiene y cual no...

Wendy Marilú dijo...

Hola Gabriel.

Uso con cierta regularidad el Tren Ligero y, en efecto, hay ocasiones en las que no se detiene hasta Estadio Azteca, incluso hubo una vez que hizo su primera parada hasta La Noria. Suele suceder cuando hay accidentes, partido o evento en el Azteca o ajustes de tiempo. No he tenido problema por esto, pues los jefes de estación se ponen a gritar la incidencia o dan el aviso a través del equipo de sonido. Los he oído siempre, tal vez porque suelo entrar por la segunda puerta y quedo cerca del "búnker".

El Tren Ligero ha hecho mucho para mejorar el servicio, pero sigue siendo insuficiente para la cantidad de gente que lo utiliza, a lo que se agrega la mala educación de muchos y la grosería de ciertas personas con ciertas características, quienes se sienten con más derecho que otros a ocupar un asiento, aunque yo venga desde la terminal y haya tenido que esperar al menos tres trenes para poder sentarme. Son estas situaciones las que no hacen que el trayecto sea totalmente agradable.

Saludos.