domingo, 11 de septiembre de 2011

Mi recuerdo del 11 de septiembre





Una de las características de un día histórico, es la de quedarse grabado en nuestra propia existencia. Instantes que uno recuerda no tanto por haberlos vivido de cerca, sino por la manera en la que nuestra rutina se vio afectada por algún acontecimiento que cambio el rumbo de un país, o incluso, de la humanidad misma. Todos recordamos, o hemos oído historias de lo que cada quién hacia, cuando el 19 de septiembre de 1985 un sismo de gran intensidad devastó una parte de la Ciudad de México. Lo mismo sucedió con la muerte del Papa Juan Pablo II en el 2005. Habrá varios ejemplos de estos momentos que se tatúan en el imaginario colectivo, y hacen que el mundo contenga por segundos el aliento, pero ninguno como el del 11 de septiembre del 2001. Éste es mi recuerdo de ese día.

Sucedió exactamente hace diez años. Un martes para ser más preciso. En ese entonces tenía 19 años y estudiaba el tercer semestre en la carrera de Ciencias de la Comunicación en la UVM Campus Tlalpan. Me levanté cerca de las 7 de la mañana, tomé un desayuno ligero, me di un baño y preparé los últimos detalles para partir rumbo a la Universidad. A lo lejos, del televisor me llegaron los ecos del noticiero matutino. Reportaban fuego en una de las Torres Gemelas de la ciudad de Nueva York. No le di la menor importancia, la imagen de un edificio lleno de humo me resultaba intrascendente. Justo salía de casa cuando en el mismo noticiero escuché que el incendio había sido ocasionado por el impacto de un avión comercial en uno de los edificios más altos de Manhattan.

Caminé un par de calles y atravesé un parque. La mañana estaba soleada y el cielo carecía de nubes. Tras un poco de espera, abordé un microbús y alcancé lugar pegado a una ventana en los asientos traseros. El chofer sintonizaba en la radio una estación de música pop que súbitamente cortó su transmisión para dar la noticia de lo que sucedía en Nueva York, e informar que hacia menos de cinco minutos, otro avión se había impactado en la otra de torre. La indiferencia inicial de los pasajeros del camión en el que me encontraba cambió por murmullos de sorpresa. La hipótesis de un acto terrorista cobraba fuerza en los locutores. Información confusa iba y venía. Ni siquiera sentí la media hora de camino. No quería dejar de oír la narración de lo que parecía imposible. Algo verdaderamente insólito estaba sucediendo en Nueva York, la ciudad que en cientos de películas hemos visto destruida por grandes dinosaurios, naves extraterrestres y amenazas inimaginables se encontraba sumida en el caos. Aquel día todos nos sentimos inmersos en la trama de una película, en la que por desgracia no había efectos especiales ni superhéroe capaz de salvarnos.

Descendí del microbús, caminé una calle y bajé por un túnel de los que atraviesan por debajo Calzada de Tlalpan. Todas las televisoras de los comercios mostraban la imagen de ambas torres llenas de humo. Gente apilada en los comercios comentaba lo que sucedía. Más de una ocasión escuché la frase ‘no es posible’. Abordé un segundo camión en el que el conductor también sintonizaba en la radio otro programa informativo. La nueva noticia me hizo estremecer: en Washington, un tercer avión se había estrellado contra las instalaciones del Pentágono. En cuestión de minutos el país más poderoso del mundo estaba contra las cuerdas y el resto del mundo en vilo. Las notas seguían confusas y la información era muy poca, sin embargo, la teoría de los ataques suicidas era unánime, y se confirmaría cuando el rumor de un cuarto avión secuestrado se diseminaba en las redacciones de los medios informativos.

Bajé del segundo camión y caminé hacia mi universidad como autómata, tratando de procesar lo sucedido. Al ingresar al campus noté un ajetreo muy diferente al de un día común. Todos iban y venían. Las televisiones de los pasillos proyectaban la misma imagen que desde hace una hora venía persiguiéndome. Entré al salón antes de que comenzara la clase de las 10. Salvó algún despistado, todos comentaban en voz baja sobre los ataques. Alguien encendió el televisor y todos guardamos silencio. No es fácil que una treintena de jóvenes de veinte años permanezca quieta, y sin embargo, esa mañana sucedió. Cuando la maestra de periodismo entró, nos dijo que aprenderíamos mucho más de la materia viendo la cobertura noticiosa por televisión de lo que entonces calificó como ‘un hecho sin precedentes’.

Colapsó una Torre, después la otra. El Pentágono continuaba en llamas y el cuarto avión secuestrado se impactó en una zona rocosa. El presidente norteamericano se encontraba en el avión presidencial volando pues se decía, no había sitio seguro para él. Todos los edificios y dependencias norteamericanas, incluida la Casa Blanca fueron desalojados. Las imágenes de paranoia y terror contrastaban con las imágenes de celebración que tenían lugar en varios países del mundo árabe. Videos e imágenes cada vez más impactantes seguían saliendo a la luz. Diferentes ángulos de la colisión del segundo avión o personas lanzándose desesperadas de las Torres a punto del derrumbe me perturbaron el corazón. Ese día la instrucción en la Universidad fue simple: quién quiera puede irse. No sé por qué me regresé, tampoco hubiera sabido a qué quedarme. De vuelta en casa, mi papá seguía con asombro lo que sucedía. Intercambiamos algunos puntos de vista y seguimos viendo en vivo la película de terror. Aquella tarde y noche no hicimos más que aumentarnos los miedos y el abandono. Ese martes no hubo monologo de Adal Ramones en Otro Rollo, tampoco risas ni chistes. Ni falta hicieron. Alejandro Sanz suspendió la grabación de su disco MTV Unplugged y meses después lo haría iniciando con una canción dedicada a los acontecimientos del 11 de septiembre. Hasta la fecha, cada que la escucho siento un hueco en el estomago.

Antes del 11 de septiembre del 2001 no sabía que en Nueva York había dos Torres Gemelas, mucho menos que ambas formaban el World Trade Center. Por años me tocó presenciar guerras e intervenciones en las que Estados Unidos hacía y deshacía el mundo a su entero antojo, sin recibir castigo alguno. Entonces sucedió lo que acabo de narrar. Y el cazador se volvió la presa. Ver rendidos y llenos de pánico a los orgullosos norteamericanos transtornó a todos y nos untó la sensación de desamparo. ¿Si eso le pasó a la nación más poderosa, qué podemos esperar los demás?

Un cierto luto cubrió a todos esa semana y las venideras. Los análisis de lo ocurrido daban paso a más datos, cifras, videos y fotos que de poco valían cuando el mundo sólo quiere cerrar los ojos y dejar de pensar. Escenas impactantes. Una ciudad llena de polvo y ruinas. Cientos de víctimas, consecuencias funestas y tomadas al vapor que aun hoy siguen sin mostrar su verdadera utilidad. Eso y más dejaron estos atentados que cambiaron la historia para siempre. Héroes anónimos, historias increíbles, familias rotas, una sed de venganza enfermiza y el horror de comprobar los alcances de la intolerancia humana.

3 comentarios:

Rodrigo Contreras dijo...

No manches! Yo estuve en ese mismo salón, era la clase de Isela, una linda maestra de periodismo!! Qué curioso que la única clase que recuerdo de ella se la de la vez que prendió el televisor que con mala señal, para ver la nota que hablaba de las torres gemelas. También recuerdo todos los televisores de la escuela con la misma noticia. Saludos!

gabriel revelo dijo...

Rodrigo: ¡exacto, isela! era una buena clase. y lo de los televisores con la noticia no se me olvida. Un abrazo.

Elisyum Rojas D. dijo...

Desgraciadamente yo no tenia en aquel año el grado de conciencia de vos, ya que entonces tenia 9 años e iba en la primaria. Pero recuerdo que ese día, en mi clase, la maestra entraba y salia del salón sin darnos razón alguna, y no la culpo, ya que seguro eramos muy pequeños para entender. Recuerdo que al llegar a casa mi padre y mi hermano mayor veían la triste noticia y yo solo me limite a ver e irme pues en realidad no entendía la importancia de lo que sucedía. Y ahora a mis 22 años ese día cobra tal importancia en mi mente y solo puedo sentir una gran tristeza por aquel evento tan lamentable, al que no le di la suficiente atención.