lunes, 25 de abril de 2011

DF bajo el agua


Debería estar acostumbrado: vivo en la ciudad en la que a los imposibles les da por volverse realidad. Epidemias, sismos, aviones que caen del cielo, olimpiadas, marchas, mundiales de futbol. Todo esto acompañado de un grandísimo etcétera hace que en esta ciudad todo, absolutamente todo, sea perfectamente verosímil. Al igual que los otros millones de habitantes de esta orbe pensaba que ya lo había visto todo. Entonces fui sorprendido una vez más.

Sábado 16 de abril de 2011. Tenía varios días que no llovía en el DF, y si bien el cielo nublado presagiaba lluvia, nadie imaginaba que cayera semejante tromba. Esa tarde apenas tenía media hora de haber llegado a casa, cuando recibí una llamada de la única persona capaz de sacarme de casa en una noche que se anunciaba tormentosa, y en la que además, pasarían el juego del Atlante por televisión. El hermano de mi novia celebraba su cumpleaños y quería ver si pasaba por ella y de paso me quedaba un rato en la fiesta. Acepté, pues así somos los hombres que amamos. Mientras me preparaba, se soltó una intensa lluvia con granizo. Tomé una sombrilla. Me guardé bien el celular y salí corriendo hacia mi Chevy (pues era el carro que estaba afuera). Un par de metros fueron los que corrí, suficientes para dejarme empapado. Aun así, la lluvia no dejaba de ser como tantas otras. Encendí el auto y comencé mi trayecto. Entonces comenzó a granizar.

Pasé Eje 3. Entré a Viaducto. Apenas unos cuantos metros después me vi siendo parte de un denso tráfico que avanzaba de a poquito. Eran las 7 de la noche, mientras la tormenta seguía cayendo yo me distraía escuchando por radio el juego de mi Atlante contra el Necaxa. Bajé el primer desnivel y el carril de la derecha ya estaba inundado. Veinte minutos después descendí por el segundo desnivel, esta vez, los carriles inundados eran los de la derecha, el centro y parcialmente el de la izquierda. Los autos se aventuraban a pasar de uno en uno. Cuando llegó mi turno aquello ya era una laguna. Intenté cruzar con una velocidad media. Mi carro era frenado por la misma fuerza del agua y como se balanceaba debido al oleaje debajo de éste. A pesar del estrés que significa manejar en estas condiciones, me di tiempo para tomar un par de fotos, y de vez en cuando ir posteando mis peripecias en Twitter.



Llevaba unos 40 minutos en el tráfico. Me encontraba a unos metros del siguiente desnivel, cuando escuché mucha agua correr y un olor un tanto fétido. Entonces giré y vi cómo el canal que corre en medio de los dos sentidos de avenida Viaducto comenzaba a desbordar, formando una gigantesca fuente cuyos litros y litros de agua hacia que la cantidad de agua aumentara a una velocidad vertiginosa y los tripulantes de varios autos ubicados en los desniveles decidieran salir de sus vehículos ante la inminente posibilidad de quedar atrapados en ellos. Uno de mis pesadillas y temores más recurrentes es quedar o caer sumergido en un carro. Cuando veía noticias de inundaciones así me preguntaba qué haría si en alguna ocasión yo estuviera en una situación así. Aquella noche aprendí que de poco sirve tener planes para cierto tipo de eventualidades.



Tomar del auto las pertenencias más importantes, y abandonarlo para ponerme a salvo, parecía la opción más sensata. Por delante y por detrás me encontraba flanqueado de autos, a mi costado izquierdo el agua no dejaba de salir a cantaros. Fue entonces cuando percibí que un par de autos intentaban salir a la lateral pasando por las áreas verdes que delimita la avenida de esa zona. Parecía una buena opción hasta que un vochito, y luego una camioneta quedaron atascados por que el exceso de agua convirtió ese jardín en lodazal en cuestión de minutos. Aun así había que intentarlo y pronto. Quedarme ahí significaría resignarme a perder mi auto. Nervioso intenté llegar lo más pronto posible al carril de la derecha. Apagué el radio. La mayoría de los autos que aun no estaban varados por el agua intentaban salir a las laterales, y en su intento, muchos quedaban detenidos por los restos de un jardín que ya tampoco se veía. Todo era una laguna con autos y los espacios para salir airoso eran cada vez menos. A la distancia, los policías de una patrulla veían todo con impotencia. Después de una eternidad alcancé el carril derecho y me la jugué. Más valía quedar atascado que ahogado. Aceleré lenta pero firmemente y sentí cuando subí a la banqueta, luego el fango debajo de las llantas, avancé entre un par de árboles, aceleré un poco más al final y bajé de la banqueta. Ya estaba en la lateral, la cual por cierto, también se comenzó a inundar.

Manejé unas cuantas calles hacia adentro. Alejándome del ruido, del caos y del agua. Estacioné el auto, respiré profundo y le marqué a mi novia para explicarle lo sucedido y avisarle que llegaría tarde. Revisé Twitter y vi que gran parte de mis contactos defeños batallaba en algún punto de la ciudad con las inundaciones y el granizo. De Viaducto se decía que una tubería se había roto y que en esa vialidad había autos debajo del agua. Me armé de valor y seguí mi camino por otra ruta. Volví a prender el radio y escuché el resto del partido. A lo largo del trayecto la constante fue la misma. Charcos, embotellamiento y mucho granizo, tanto que parecía nieve. A ratos los paisajes de calles completamente blancas, autos llenos de hojas y casas sin luz era un espectáculo raro, extraño, adjetivos que por cierto, cada vez usamos más seguido.



Tres horas después llegué a la fiesta en av. Revolución. Conté lo que me había sucedido y me mostraron un par de fotos que en internet ya circulaban de la inundación. Cerca de la medianoche volví a casa. Reabrieron Viaducto hasta el otro día y se negó que se haya roto alguna tubería. Ahora que escribo esto me parece que hubiera pasado hace mucho, o lo hubiera soñado. Confirmo lo que sabía desde hace mucho, vivo en la ciudad donde nunca dejas de sorprenderte, pues todo, absolutamente todo, es posible.

2 comentarios:

Karla Preciado dijo...

Es tremendo quedarse atrapado entre un espontánseo río urbano. Ojalá nos pasaran un poquito de lluvia. El calor en Guadalajara está tremendo y extraño el agua. Un saludo.

gabriel revelo dijo...

karla: sí, es horrible, espero nunca te pase algo así... la lluvia va para allá, pero en dosis controladas =).