martes, 15 de febrero de 2011

La primera vez que hice llorar a una mujer

Introducción

¿Por qué demonios resucitar algo que pasó hace tanto tiempo, y que en su momento me resultó tan doloroso? No tengo una respuesta satisfactoria, pero sí una justificación que al menos me da licencia de seguir adelante: cada vez me cuesta más trabajo recordar los detalles específicos de la historia que en estos momentos intento recontarme. Por eso decidí escribirla, porque hasta las memorias más dolorosas merecen preservarse y de ésta manera, nos enfrentamos a ellas para que dejen de hacernos daño.

A lo largo de la historia de éste blog he hablado mucho de mi vida, pero salvo algunas excepciones, no había tocado a fondo lo tortuoso, y a la vez intenso, que en el aspecto sentimental fue para mí el paso por la preparatoria. Quizá esos años no tengan grandes anécdotas o acontecimientos memorables, pero sí están llenos de mi despertar hacia los complejos caminos del desamor. Narraré un pequeño pasaje de lo mucho que pasó en ese entonces, desde la tranquilidad que hoy me da el saberme inmerso en otra historia que está vez, sí tuvo final feliz. Repaso una vieja cicatriz, ya completamente cerrada, antes de que empiece a borrarse y se pierda en la nada.


El contexto

Estudié la secundaria y la prepa en el Instituto Don Bosco de la Ciudad de México. Escuela de la orden salesiana, que basa su educación en el Sistema Preventivo, creado por San Juan Bosco, santo italiano que se volvió muy importante en mi vida, y del que ya les he hablado anteriormente. En ese entonces (mediados de los 90), las secciones de primaria y secundaria eran únicamente para varones, y sólo la preparatoria era mixta. No es justificación, pero quizá el haber estudiado tres años con puros hombres, hizo que en cierta forma perdiera la costumbre y habilidad de desarrollarme con el sexo opuesto. Vamos, ni idea tenía, y para ser honestos, no me importaba demasiado.

Agosto de 1997. Ingresé a la sección preparatoria. Me asignaron a un grupo, luego me cambiaron a otro por un error en las listas. Por fortuna me tocó con mis amigos Rodrigo y Mario, y al poco tiempo comenzamos a juntarnos con Oralia (hoy gran escritora y autora de la novela 'Cruel'). Mi existencia hubiera continuado con total normalidad hasta que Esperanza se atravesó en ella y la sacó de balance. Ella venía del Colegio Mahatma Gandhi y nunca supe por qué captó mi atención. No era nada fuera de lo común. Cabello negro al hombro, delgada, tez blanca, voz jovial, estatura pequeña. Se sentaba delante de mí. Posición privilegiada para acercarme imprudentemente lo más cerca que podía y olerla. Seguramente parecía un pervertido acosador, pero entonces me parecía lo más inocente del mundo.

Nos llevábamos bien. Incluso comenzamos a hacer el servicio social en el Departamento de Psicología del colegio. Descubrí que al igual que yo, era fanática de la Coca Cola, le gustaba escuchar a Ana Cirré y le encantaban los delfines. Los primeros meses fueron poniendo las cosas en su lugar. Oralia y Rodrigo se hicieron novios, mientras que Mario y yo descubrimos que a ambos nos gustaba Esperanza. Lo cual, lejos de traernos conflictos, provocó entre ambos una extraña competencia por llamar su atención. Cuando uno platicaba con ella, el otro le prestaba su chamarra y en venganza el otro le compraba una Coca, y así sucesivamente. A veces uno le tomaba la ventaja al otro, sin que realmente tuviéramos visos de que estábamos cerca de conquistarla, es más, ella a veces parecía no darse cuenta de lo que pasaba. Éste loco triangulo amoroso encontraría uno de sus puntos cumbre meses después, cuando las prácticas extraescolares para los alumnos de 4to año llegaron.

Cada año, en la preparatoria del Instituto Don Bosco se organizaban prácticas para los alumnos de cada grado. Las de 4º se realizaban en el estado de Michoacán, justo a finales de octubre para ser participes de las fiestas de día de muertos. Para facilitar la integración de los alumnos, se formaron varios equipos con alumnos de todos los grupos, los cuales sería distinguidos por mascadas de distintos colores. La fortuna me sonrió cuando descubrí que Esperanza y yo habíamos quedado en el mismo equipo, el que se identificaría por medio del color rosa. Todavía no salíamos de la ciudad y ya le iba ganando la batalla a Mario.

Pidiendo de antemano una disculpa por si la memoria me llega a fallar un poco. Éste es el recuento de lo que pasó en aquellos tres días de ese viaje a Michoacán…




Viernes 31 de octubre de 1997

El día empezó temprano. Salimos muy temprano del Instituto Don Bosco en cuatro camiones, cuya distribución de pasajeros fue de acuerdo a los equipos que se habían conformado. Mientras en uno íbamos Esperanza y yo, en otro iban Mario y Oralia, mientras que Rodrigo se fue en un tercero. Para mi desgracia, dentro del camión nos separaron, los hombres iban en la parte de atrás y las mujeres adelante (para evitar pecados). Si algo recuerdo de los viajes en carretera de esos tres días era la ansiedad de querer estar ya en tierra firme. De nada me servía estar sentado en ese transporte, por mucho que ella fuera ahí mismo, si no podía acercarme. Nunca he sido muy popular, y en la prepa, menos. Por eso no tenía mucho de qué platicar con mis compañeros. Por cortesía de algún tripulante que acababa de comprarse los cassettes recopilatorios titulados ‘La Historia’, me dedicaba, por lo tanto, a escuchar las canciones de Caifanes que una y otra vez sonaban en las bocinas.

La primera parada, ya en tierra michoacana, fue en unos geisers. Me parece que fue en Ixtlán de los Hervores, pero no podría asegurarlo. Ahí finalmente pude reunirme con Mario, Rodrigo, Oralia y por supuesto, con Esperanza. Tras escuchar las explicaciones correspondientes de los guías del lugar, donde de la nada ella se acercó y arregló la mascada rosa que colgaba de mi cuello. Rápida y elegantemente le hizo un fino nudo. Fueron segundos, pero llenos de una dulzura que nunca había experimentado. Alrededor de mi nada más existió. Ni los inmensos pinos o la presa boscosa que nos rodeaba.

Arriba, de izquierda a derecha: Esperanza, Gabriel, Mario (viéndonos con odio) y Silva. Abajo Oralia y Rodrigo.

Un poco en las nubes pasé el recorrido que nos llevó a un balneario ubicado al lado de aquella carretera en medio de la vegetación. En la alberca, ella con sus amigas, yo con los míos. Ella perfecta en traje de baño, yo gordo. Ella en su mundo y yo buscando pretextos para estar cerca. Después de nadar (bueno, no propiamente nadar, sino de estar parados en medio del agua), cada equipo recibió bisteces, chorizo, cebollas y demás alimentos para hacer una parrillada. En el conjunto rosa fuimos un desastre. Yo, con el argumento de que ‘fui scout’, quise hacerme el participativo y me puse a intentar prender el comal en el que asaríamos la carne. No tengo idea de cómo lo hice, pero logré que esos carbones encendieran y así, lucirme ante Esperanza. Quizá ella ni lo percibió, pero en ese momento yo me sentía el hombre más capaz e interesante del universo. Comimos, levantamos nuestro tiradero, y se nos reunió para indicarnos lo que seguía del viaje. Mientras escuchábamos las indicaciones ella sutilmente se recargó en mi hombro. No sé ni para qué me pidió mi reloj. Me despojé de él sin pensarlo y ella se lo puso en la muñeca. No había más que pedir, salvo el que Oralia y Mario se comunicaban más de lo necesario y habían llegado a un misterioso acuerdo que me inquietaba, el viaje iba perfecto.

Silvia, Esperanza y Oralia, en un balneario de Michoacán.

Siguieron horas y horas en el camión, la carretera se cubrió de oscuridad en tanto nos acercábamos al destino final de ese día: Pátzcuaro, uno de los poblados con mayor actividad en las fiestas de día de muertos. Al llegar, a los profesores que nos acompañaban se les ocurrió hacer una caminata por parejas por el pueblo, para así ir al panteón del lugar. Me tocó caminar junto a ella. En un instante cualquiera mi mano y la suya se tomaron. Una extraña energía eléctrica recorría todo mi cuerpo, mi mente se sincronizó con los agitados latidos de mi corazón. La plática nos llevó a tópicos muy diversos. Cuando surgió el tema de los delfines me pidió que le comprara uno. Idiotizado respondí que seguramente encontraríamos uno en los puestos de artesanías. No puse la menor atención en la belleza del pueblo en el que estábamos. Las calles de Pátzcuaro podían ser como quisieran, poco me importaba. El ir agarrados de la mano era como un sueño, una especie de paliativo para olvidar que en realidad, yo no era ni el más galán y mucho menos el más inteligente. Esa misma mano me jaló y me salvó de ser atropellado. Iba tan ensimismado en mi cuento de hadas que no me fijé que un auto estuvo a punto de arrollarme. Aquella noche, Esperanza salvó a Gabriel en más de un sentido.

Ya en el panteón siguió presenciar las ofrendas que los pobladores hacen en cada una de las tumbas. El espectáculo y misticismo de las flores, y las velas dándole vida a los camposantos estaba de más. Se supone que esa parte era la más importante de toda la práctica. Curiosamente, salvo el no encontrar ningún delfín, no recuerdo que pasara nada de importancia.

Ya en el cuarto de nuestro hotel en Morelia. Ni Rodrigo, ni Mario ni yo pudimos dormir. Nos la pasamos diciendo y haciendo tonterías. Fue tanto el escándalo que José Carlos, prefecto de la preparatoria fue a regañarnos a nuestra habitación y hasta nos amenazó con ponernos a lavar los camiones en plena madrugada. Nos calmamos, pero aquella noche también me quedó claro que ni el disputarse el amor de una mujer puede ni siquiera cuartear ninguna amistad.



Sábado 1 de noviembre de 1997

Con todo y lo poco que dormimos, Mario, Rodrigo y yo bajamos al lobby del hotel más temprano que Esperanza, Oralia y otras compañeras que se sentaron en nuestra mesa. En aquel desayuno buffet mi ensoñación continuó cuando ‘Espe’ (como cariñosamente le decían) se acercó a mí, se recogió el cabello y me pidió que le abrochara un collar. Detallitos idiotas, si ustedes quieren, pero que se convierten en motivos de sonrisa cuando caen en manos de un preso de los suspiros. No sabría decir si aquel detalle hizo que Mario se enojará, lo cierto es que poco después percibí que hablaba solo. Se hacía preguntas que él mismo se contestaba. Por desgracia no alcancé a escuchar lo que decía. Quizá me mentaba la madre. O quizá le valía lo que yo hacía y estaba en su rollo.

Esa mañana visitamos el Parque Nacional de Morelia en dónde no pasó gran cosa. Lo bueno llegó cuando los camiones nos llevaron hasta las inmediaciones del Volcán Paricutín, el cual es considerado el volcán más joven del mundo y que en 1943 con su lava sepultó al poblado de San Juan Viejo Parangaricutiro. Después de caminar una buena distancia, llegamos hasta donde se encuentra la fachada y una torre de una iglesia, una de las pocas ruinas que lograron quedar en pie tras las erupciones. Ahí, entre rocas volcánicas y un intenso calor, el padre Héctor Hugarte, director de la sección preparatoria del Instituto Don Bosco, celebró una misa. Aproveché para darme una escapa y en uno de los puestos rústicos del lugar comprar tres latas de Coca Cola heladas para que Mario, Esperanza y yo pudiéramos refrescarnos. Me las dieron carísimas, pero juro que aquella ha sido la Coca Cola más rica que he tomado en mi vida.



La misa transcurría. Ni cuenta nos dimos que el día soleado fue cediendo ante unos obscuros nubarrones que oscurecieron el paisaje. Ni siquiera dio tiempo de nada más. El padre ni terminó la eucaristía pues unas gotas frías e inmensas comenzaron a caer del cielo. Cada quién como pudo emprendió el regreso hasta los camiones. Mario, Esperanza y yo emprendimos el camino de regreso lentamente. Lo que antes era un camino lleno de tierra, ahora eran ríos de lodo. La lluvia arreciaba y la competencia entre Mario y yo también. Ambos íbamos disputándonos el turno de abrazarla con el pretexto de “protegerla de la lluvia”. Oralia y Rodrigo, que para entonces andaban desaparecidos, pasaron a nuestro lado encima de un caballo desbocado que rentaron para llegar más rápido. Aquella caminata duró una hora. A veces Mario iba con ella, a veces yo. A veces ella parecía incomodarse y prefería ir sola. Finalmente alcanzamos la base en donde estaban los camiones. Bajo un techo de madera nos guarecíamos del chubasco. Aproveché un descuido de Mario y me acerqué más a Esperanza. Le pasé el brazo por detrás y así estuvimos unos 20 minutos. Ella con su sudadera blanca y su cabello negro escurriendo. De nuevo estaba en donde quería. De nuevo quería que el tiempo no transcurriera. De nuevo sabía que enamorado, todo cambia. Aquella fría lluvia era lo mejor que podía pasarme.

Esa tarde cambiamos de hotel. No sé por qué, pero fuimos reubicados en uno de cinco estrellas. Hubo tiempo de sobra para bañarnos pues esa noche en el programa del viaje estaba programada una noche disco. Hasta ese día, nunca había ido a una, por lo que un pequeño nerviosismo acompañaba las horas previas a mi debut en la vida nocturna. Me vestí todo formal, sentía que aquel sería mi momento. Ahora sé que el lugar al que nos llevaron no era propiamente una disco. Era algo así como un billar con música y comida a todo volumen. Se podía bailar, sí, pero no todo mundo lo hacía. El tiempo se me fue en caminar de un lugar a otro. Siempre he sido pésimo para esos ambientes de música y baile. No me encontraba. Para colmo, Oralia, Mario y Rodrigo se me desaparecieron. Esperanza estaba a lo lejos, bailando con algunas de sus amigas, o incluso con Rodrigo. ¿Debí de haberme armado de valor y pedirle que me concediera una pieza? (estupidazo, nadie usa ese lenguaje en una disco). El chiste es que en lugar de arriesgarme fui como cinco veces a pedir rebanadas de pizza. Me las comía y vigilaba a Esperanza. Vaya forma de aprender que el fracaso duele más en un bar. Pasada la medianoche los maestros nos pidieron que abandonáramos aquel tugurio. En un segundo me topé con ella. Nos vimos de frente. Podría decir que fue un momento romántico que eché a perder en el instante en el que se ocurrió reírme y decir: ‘te faltó bailar conmigo’. Y solté más risitas babosas. A ella no le causa tanta gracia. Subió al camión de niñas y yo me subí al de hombres. Apretado, entre puros muchacho que platicaban sus éxitos discotequeros, yo meditaba mis fracasos.

No la vi más esa noche. En el cuarto sólo quería dormir. Mario estaba en las mismas. Rodrigo no se callaba y quería seguir la fiesta. Resolvimos el problema mandándolo a dormir en la alfombra. Así acabó ese día de altibajos.



Domingo 2 de noviembre de 1997

Último día de aquella práctica extraescolar en el estado de Michoacán. El desayuno me alivió anímicamente y mis esperanzas con Esperanza (valga la redundancia) renacieron. Cerca del comedor, una boutique del hotel exhibía unas sudaderas verdes alusivas a la ciudad de Morelia. Ella en ese entonces era fanática de vestir sudaderas, las tenía de todas formas y colores. Me comentó que más tarde la compraría. Contó su dinero y me lo dio a guardar para que después, fuéremos por ella.

La actividad final sería un rally a lo largo de Morelia. Cada uno de los equipos tendría que desplazarse por diversos puntos de la ciudad e ir completando diversos retos. Esta carrera sería a contratiempo. El equipo ganador sería el que completara todas las bases, llegara completo al hotel y finalizara con todos sus integrantes dentro de la alberca principal. Me importaba un cacahuate que el equipo de la pañoleta rosa ganara, pero como Esperanza me vería en cada una de las pruebas, estaba obligado a ser el más fuerte, el más hábil, el más inteligente… el mejor.

De un parque, al centro de Morelia, a una calle, a un museo. En taxis, camiones o corriendo. Traté de ser lo más útil que pude a mi equipo, sin perder por supuesto, mi falsa chispa y sentido del humor. Fue un trabajo arduo pero creo que lo logré. Tres horas llenas de estrés y cansancio. Juro que me exprimí. Pocas veces en la vida he sido tan participativo. De acuerdo a como iba viendo las cosas, nuestro equipo era de los punteros, traíamos buen ritmo y sin exagerar, la posibilidad de ganar estaba ahí. El final sería de fotografía. Varios equipos llegamos al mismo tiempo al hotel, los ganadores serían los que lograran entrar más rápido a la alberca. Entusiasmado agarré el elevador, subí hasta el piso en el que se ubicaba mi cuarto y descubrí que… no traía la maldita llave. Hice un repaso mentalmente. La llave se la había llevado Mario. No podía creer mi mala suerte. Si no bajaba y entraba junto con los demás miembros del grupo rosa, perderíamos el primer lugar, pero no podría bajar así, ni modo de entrar a la alberca en calzones.

Ley de Morphy: cuando uno piensa que las cosas no pueden ir peor, es porque invariablemente, empeorarán. Mientras buscaba en mis ropas para ver si de casualidad aparecían las llaves, me percaté de que el dinero de Esperanza y el mío había desaparecido. Idiotamente no lo guardé en la cartera, sino en la bolsa del pantalón. Con tanto brinco, salto, idas y venidas, el dinero debió haberse salido. Mis 400, y sus 650 pesos, ya no estaban. No sólo me encontraba en la pobreza, sino que de paso, había dejado en las mismas míseras condiciones a la chica de la que estaba enamorado. El rally dejó de importarme. Para cuando Mario y Rodrigo hicieron acto de presencia, yo me encontraba con cara de velorio. Entramos al cuarto. Ellos se cambiaron y bajaron a la alberca. Ilusamente yo me quedé un rato más buscando y rogándole a Dios el que de la nada aparecieran los 1050 pesos que me habían puesto contra la pared. Resignado bajé a la alberca. Fue como estar en otra dimensión. Mientras todos reían, yo estaba como zombie. Si antes mi propósito era no despegarme ni un segundo de Esperanza, ahora evitaba hasta su mirada. Me mantenía lo más alejado posible, retrasando el momento de contarle que su dinero estaba en quién sabe qué punto de Morelia. Nunca supe qué equipo fue el vencedor. Lo único certero es que esa tarde, el perdedor sería yo.

Terminó la actividad de la alberca. Mientras alistábamos nuestras cosas en el cuarto sonó el teléfono. Rodrigo contestó y después de intercambiar palabras y risas con la persona que hablaba volteó a verme diciendo –Te habla Esperanza. En otras circunstancias aquel hubiera sido el colofón máximo de mi felicidad de quinceañero ilusionado, pero en contraste, me quedé helado. Titubeante contesté la llamada. Ella bromeaba, se escuchaba contenta. Me dijo que si podía verla en media hora en el lobby para darle su dinero y acompañarla por la sudadera verde. Sin mucho éxito intenté mantener la plática con ella aparentando que no pasaba nada. No me animé a contarle que al menos en las próximas horas, ni a ella ni a mí nos quedaba un centavo para el regreso a casa. Sólo pude decirle que sí, que la vería en media hora abajo. Al colgar ya no pude más. Les conté del problema a Mario y a Rodrigo (que por mi cara de mártir ya sabían que algo me pasaba). Para mi desgracia ambos ya habían gastado demasiado, y ni juntando el dinero de los dos completaban el valor de la sudadera, ya ni hablar de los 650 pesos que según Esperanza, yo tenía en mi poder. Hicimos planes de qué hacer para salir de aquel embrollo. Rodrigo se ofreció a decirle a Esperanza lo que había pasado y Mario trató de darme ánimos argumentando que quizá, ella no tomaría tan mal la noticia. Ahora que lo pienso quizá no era para tanto, pero en ese entonces todo el dinero que tenía me lo daban mi papás, ni mis amigos ni yo contábamos con tarjetas bancarias que nos sacaran del apuro y en general, a esa edad uno ve perder 650 pesos ajenos, y 400 propios, como una tragedia.

La media hora se pasó más rápido de lo que hubiera deseado. Baje con mi equipaje, lo puse en el maletero del camión y llegué al punto en donde me quedé de ver con Esperanza. Ella sonriendo y más guapa que de costumbre me saludó. – Bueno pues vamos. Dijo ella. –No, es que… pues… es que perdí nuestro dinero… creo que fue en el rally, seguramente se me cayó… pero mañana en México te lo pago… perdón. Le dije, sintiendo que el alma se me salía en un agónico suspiro. Entonces vino el momento más duro que hasta entonces había vivido sentimentalmente. Fueron suficientes unas milésimas de segundo para sentir cómo mi corazón se quebraba y fragmentaba en pedacitos de dolor. El rostro de Esperanza se descompuso, nunca hasta ese entonces la había visto enojada y de pronto, yo era el causante de que esa cara que llevaba meses idealizando se vistiera de coraje y lacerantemente me mirara. –Gracias. Dijo cortante, a secas. Se fue corriendo llorando.

Contrario a lo que dictan las novelas románticas no fui detrás de ella. No hice nada. Vamos, ni siquiera pensé. Me quedé con la menté en blanco. Quería llorar, pero el llamado de uno de los profesores a una foto afuera del hotel no me dejó. Me puse ahí, con mi cara de pendejazo en soledad. Ni siquiera derrotado, sino humillado por el destino que quiso que aquel viaje de terror empezará de maravilla y terminara de pesadilla. Después del flashazo me aparte a uno de los jardines y me puse a llorar. Nunca había llorado por amor y menos, había hecho llora a alguien por mi causa. Verla a lo lejos, siendo consolada por sus amigas me hizo aun más daño. Hasta entonces me había enamorado pero no con la intensidad que entonces sentía. El sentimiento por Esperanza era aun más fuerte que el que sentí cuando me enamoré de una niña en el kinder y más tarde, de una compañera de los Scouts. Al parecer, en mi primer intento ‘el amor de los grandes’ me había quedado muy chico.




Dicen que los amigos son como ángeles que llegan a nuestras vidas. En ese momento en el que me encontraba hundido en mi dramón adolescente, Rodrigo y Mario aparecieron en escena. Hablaron con Esperanza y no sé que le dijeron, pero tranquilizaron las cosas. Fue cosa de minutos para que acompañada de ellos, llegara hasta la jardinera en la que estaba y me diera un abrazo. Me dijo que no importaba lo del dinero, que sólo me encargaba que se lo pagara en cuanto pudiera. Por ese abrazo, sin embargo, le habría dado hasta el doble. Un poco desbalanceado y bajoneado anímicamente, me integré de nuevo a la plática de mis amigos. Esperanza y yo estuvimos algo distantes el resto de la tarde, pero al menos ya nos hablábamos de nuevo. Varias amigas de Esperanza cooperaron y le compraron la sudadera que tanto quería. Mario y Oralia, por su parte, pagaron mi comida en el centro de Morelia. Al atardecer emprendimos el regreso a la Ciudad de México sin que yo tuviera claro si las cosas entre Esperanza y yo volverían a ser iguales, y si tendría alguna otra oportunidad de estar de nuevo cerca de ella.


13 años después…

Aquella fue la primera vez que hice llorar a una mujer, y por desgracia no la única. La historia con Esperanza dio para más, pero eso algún día lo contaré. Han pasado trece años desde que pasó lo que recién narré. Recuerdo que llegando a la ciudad le conté lo que pasó a mis papás y sin regañarme ni ponerme objeción alguna, me dieron el dinero para que se lo diera a Esperanza. Días después platiqué muchas veces con mi papá sobre el viaje. A él le gustaba mucho que viajara y que después, contara mis experiencias. Él recorrió medio país en su juventud con su hermano camionero, y algo de eso quería transmitirme, que lo importante eran las experiencias, contarlas y aprender de ellas. Eso pasó con mi viaje a Michoacán.

3 comentarios:

keiSha dijo...

Si a esa edad, perder dinero es algo trágico, sin embargo, no lo suficiente para "dejar ir una amistad o algo mas"

Just saying.

Como siempre.
Un placer leerte.

Saludos!

Anónimo dijo...

Me encanto tu narracion (me emocione y preocupe con ella)!!! Como siempre gracias y bexos.
Angelica

Anónimo dijo...

bueno creo que no soy la unica que pierde algo. gracias por tu apoyo, te quiero