jueves, 14 de julio de 2011

Mi árbol (pinito), y yo

¿En qué momento nuestro pasado reciente es relegado al olvido? Esta pregunta siempre me aterró. Se va caminando por la vida sin darnos cuenta lo que dejamos atrás, sin percibir el momento exacto en el que conocimientos, nociones, sensaciones o recuerdos se despiden fugitivos de nosotros. Después, casi siempre su destino es la nada. A menos, claro, que un día cualquiera y de la nada, vuelva alguna imagen fugitiva y nos despierte la nostalgia. Así me pasó a mí, cuando caminando bajo la lluvia recordé que hace mucho planté un árbol.

Se trataba de un pino. Chiquito y regordete pero bonito, frondoso. Fui a comprarlo con mis papás, pues en la primaria “Carlos Sandoval Sevilla” había una campaña de reforestación en la escuela. Cada alumno llevaría una planta o un árbol, y lo sembraría en la parte trasera de su salón. En aquel entonces estudiaba apenas el segundo grado. Tenía 7 años y nula experiencia en la agricultura. Como pude (y con ayuda de papas y maestros), cavé un hoyo algo profundo y coloqué ahí aquel pequeño ser vivo. Le puse con cuidado tierra alrededor y lo regué. Las siguientes semanas trataba de estar al pendiente de él. Iba en los recreos, y a veces a la salida a revisar que mi pequeño pino estuviera bien. Para mi sorpresa, las demás plantas y árboles de mis compañeros no crecían tanto, ni se veían tan saludables ni llenos de vida como el mío.

Poco a poco fui creciendo y dejé de visitar a mi árbol. Terminé la primaria y no volví a entrar en las instalaciones de la escuela. Aun así, en años posteriores, cuando pasaba caminando por afuera de ella, podía ver mi pino, que seguía verde, a través del alambrado. Un día, de buenas a primeras quitaron la reja metálica y en su lugar levantaron una pared de concreto, que hacía imposible la visión hacia el interior del colegio. Esté fue el inicio de nuestro mutuo abandono.

Dejamos de ser conscientes del otro. Pasé de la secundaria a la preparatoria, y de ahí a la Universidad. Murió mi papá. Me titulé. Me enamoré y un par de veces me rompieron el corazón. Han pasado 22 años desde que planté mi árbol. Hace unas semanas me acordé de mi pino y sentí ganas de verlo. Sabía que la proximidad de la clausura del curso escolar de mi ex primaria me daría el pretexto perfecto para entrar en sus instalaciones y ver si mi viejo amigo estaba donde lo dejé la última vez que nos vimos. Así lo hice. Acudí al festival de fin de curso. Entré por la puerta principal sin dar mayor explicación. Atravesé el viejo patio en el que tantas ceremonias a la bandera presencié. Las perspectivas cambiaron radicalmente. Ahora veía todo mucho más pequeño de cómo lo percibí en mi infancia. No sólo el patio principal se encogió, también las banquitas, las canchas deportivas, el área de la cooperativa y hasta las áreas verdes. La portería en la que anoté el primer gol de mi vida había sido removida. Recorrer aquellos escenarios fue como viajar a una época en la que yo era otro. Tiempos casi prehistóricos e irreconocibles en los todo me resultaba enorme y nuevo. Dentro de aquella primaria cabía un universo de posibilidades. Los problemas que ahora me parecerían ridículos eran complejos e imposibles, y lo que hoy me resulta complejo e imposible, en esa época ni siquiera lo imaginaba.



Mientras estudiantes, maestros y padres de familia seguían con atención el desarrollo de la clausura del curso, yo me deslizaba como sombra melancólica. En la confusión de un viernes nublado caminé por los pasillos (el pasto en medio de ambos lucia maltratado y enlodado, ya no verde y cuidado como antes). Me asomé a las ventanas de un par de salones y vi que las bancas para dos alumnos cada una, fueron sustituidas por pupitres individuales. El salón de usos múltiples, dónde alguna vez participé con mis amigos haciendo un playback de una canción de Queen luce igual de lúgubre de cómo lo recuerdo, pero infinitamente más angosto. Con emoción me dirigí a la zona en la que debería estar mi pino. Aquel espacio entre la parte trasera de los salones y el muro estaba flanqueado por una reja metálica que estaba cerrada. Intenté abrirla pero fue inútil. Entonces me invadió la tristeza. Aquel callejoncito, lleno de adoquines viejos, estaba abandonado. Sentí coraje. Muy pocos arbustos y algunos céspedes que se niegan a morir se esforzaban por llenar el paisaje con un poquito de su alegría. Entonces, justo en donde recordaba haberlo plantado vi un árbol. Aun hoy, y después de ver mucho la foto que a lo lejos tomé, no sé si aquel fue el mismo que hace veintidós años sembré. Me sorprendió su altura. Ya era más alto que yo. Había cambiado mucho y aunque su forma me resulta algo distinta, son sus hojas las que no dejan de parecerme familiares.




Viajes al pasado así de abruptos deberían estar prohibidos. Ante mi, aquel árbol extraviado en soledad, pero a la vez fuerte y hermoso contrasto mi presente y pasado. De pronto ya no era una, sino dos personas. El niño que comenzaba lleno de ilusiones la vida, y el hombre que ahora redacta las palabras. Al igual que mi pino, en aquel lejano 1989 me sentía protegido, lleno de seguridades y un entorno del todo favorable. Ahora en cambio, soy más fuerte pero el entorno no es tan alentador como quisiera. Mi árbol y yo teníamos el paisaje de una calle llena de personas, niños. En el presente estamos en un callejón que sólo permite que divisemos un muro frío y sin color. Casi iguales pero diferentes. Él sigue en pie, y no lo veo ni tantito derrotado. Yo lucho porque el presente me deje respirar y vea que hay un mañana.

Dicen que los amigos están ahí para darnos la mano en los momentos difíciles. De ser así, mi amigo verde esa mañana hizo lo suficiente. Dentro de toda la marea nostálgica de haberme dado cuenta de todo lo que he mutado con las décadas, el mensaje me llegó y claro: las cosas cambian, pero el destino siempre nos deja unos pilares firmes e inamovibles a los cuales volver y rectificar el camino. Un amigo, la familia, algún logro, un escrito… o un árbol. Tesoros invaluables y muy personales que nos explican a nosotros mismos. No es casualidad, por lo tanto, que aquel pino y esa escuela hicieran que brotaran decenas de recuerdos y anécdotas. Como si alguien llegara y me contara algún libro que leí hace mucho. Sólo un empujoncito, y aquel mundo lejano volvió. ¿Quién dice que no se puede vencer al olvido?

Tras segundos de mirarlo me despedí con la promesa de volver algún día en el futuro. Quiero pensar que aquel es mi árbol, que por lo menos he dejado algo bueno en la vida. También elijo creer que ha estado esperándome por años para transmitirme lo que hoy necesito saber: nunca es tarde para reverdecer.

2 comentarios:

Luis Gabriel González Sayago dijo...

Si aquí hubiera un boton de " Me gusta" de seguro lo seleccionaría. Es un bonito relato y contiene un gran mensaje.

gabriel revelo dijo...

Gracias Luis, yo también le pondría "Me gusta" a esto, y a todo tu blog.