viernes, 8 de julio de 2011

México vs. Alemania. Crónica de una épica batalla




“¿Cuántos millones de mexicanos estaremos emocionados, con el corazón contenido, con ganas de saltar al campo y defender esa playera verde?”


Soy aficionado al futbol por momentos como éste. Porque a pesar de las decenas de partidos infumables, de las decepciones, de la grilla federativa e intereses que lo contaminan, al final siempre queda la esencia deportiva, aquella en la que por cierto, de vez en cuando se escriben páginas llenas de brillantez, de humanismo. Por historias dramáticas como la que desde ayer tiene vuelto loco a todo mi país, es por lo que amo el futbol.

Hace unas semanas, México es sede del Campeonato Mundial Sub-17 de la FIFA. 24 equipos nacionales lucharon para conquistar el trofeo que los avale como el Campeón del Mundo en esta categoría. Uno siempre sueña en ver a su país en lo más alto, máxime cuando éste importante evento se lleva a cabo en nuestro país, pero lo que ha pasado en los últimos días, raya en un cuento fantástico, en un guion inverosímil que aun cuesta creer. En la fase de grupo, se le ganó a Corea del Norte (3-1), al Congo (2-1) y a Holanda (3-2). En los octavos de final, se pasó sobre Panamá (2-0) y en los cuartos de final, derrotó a Francia (2-1). Hasta esta última instancia, se había jugado bien. Esta ya era una hazaña. Nunca antes una Selección Mexicana había ganado cinco juegos consecutivos en un Mundial de cualquier categoría. Sin embargo, el rival en semifinales sería nada más ni nada menos, que el equipo que mejor venía jugando: Alemania.

Un viejo dicho futbolero dice que “el futbol es un deporte en el que juegan once contra once, y donde siempre gana Alemania”. Fuertes y disciplinados por tradición, los alemanes están dotados de una mentalidad ganadora a prueba de todo. Varias veces han puesto en jaque al futbol mexicano. Ellos, los siempre respetados alemanes, ya nos dejaron fuera de dos Mundiales en la categoría mayor (1986 y 1998). Ambos partidos épicos, luchas de igual a igual que siempre terminaban siendo desfavorables para el cuadro azteca. Crecí viendo a los teutones con cierto recelo futbolístico, con el coraje y sed de revancha que dan los grandes rivales, los que siempre saben el momento y el lugar adecuado para ganar. Los creía casi invencibles. Afortunadamente, los sueños siempre están ahí para enseñarnos que hasta los más grandes, los casi perfectos, alguna vez sucumben.

¿Cómo no haber estado pegado a la pantalla el día de ayer? ¿Cómo no desear con todas mis fuerzas que la de anoche fuera una de esas jornadas mágicas, en las que al destino le da por desbaratar la historia preestablecida? Los casi 30,000 aficionados en el estadio de Torreón, y los millones de mexicanos que veíamos el partido sabíamos que el juego sería durísimo, que el rival tenía calidad de sobra, que aquellos jóvenes alemanes son dignos herederos de la historia de éxitos futbolístico de su país. Con la duda acompañada de los fantasmas del pasado, pero llenos de esperanza, fuimos testigos de uno de los momentos más brillantes en la historia del futbol mexicanos.

El juego inició parejo, peleado, una paridad de fuerzas que desde los primeros segundos se hizo patente. Por eso fue sorpresivo que aun en los primeros minutos, México se fuera al frente con un remate de cabeza de Julio Gómez. Apenas nos hacíamos a la idea de ir arriba en el marcador, cuando los rivales aprovecharon un error en la zaga mexicana y empataron el marcador a 1 tanto. Llegadas alemanas, llegadas mexicanas. Mucha lucha. Un partido que no admitía errores. Así concluyó la primera mitad. Para el inicio del complemento, esa sensación de ‘estar muy cerca y a la vez tan lejos’ de la final, estaba latente. El juego se volvió una especie de pesadilla cuando al minuto 60’ Alemania marcó su segundo gol. ¿Cómo jugarle a los alemanes cuando estos tienen ventaja? Lo que siguió fue de ensueño, un drama que ni el cineasta más optimista hubiera aprobado como creíble. El tiempo agotándose de forma dramática. Llegadas que angustiosamente pasaban a un lado del marco alemán, jugando cruelmente con la estabilidad emocional de los aficionados. Entonces llegó un tiro de esquina. Pocas, poquísimas veces pueden verse goles olímpicos en juegos de esta importancia. La locura en el estadio, en cada lugar donde la televisión repitiera las imágenes de aquel portento de gol. Segundos después, aun eufóricos, descubrimos que en la jugada del gol uno de los jugadores mexicanos tuvo fuerte un choque de cabeza accidental con un defensa alemán. Descalabrado y casi inconsciente, Julio Gómez abandonó el campo de juego. El cuerpo técnico del equipo mexicano ya había realizado sus tres cambios, por lo que parecía, había que resignarse a jugar los últimos minutos del partido con un hombre menos. Sin importarle su estado físico, con un vendaje un tanto excesivo y cargado de un gran valor, Gómez volvió a la cancha. En los últimos segundos, cuando ya se pensaba en la definición por medio de tiros penales, llegó una jugada magistral. Una chilena que parecía imposible, del jugador cuya presencia en el terreno de juego era heroica. Julio Gómez mandó el balón al fondo de las redes, y fue la locura.

Cuando el árbitro del partido decretó el final, el país entero era una fiesta. Histórico, inolvidable. No todos los días se logra el pase a la final de un Campeonato Mundial. Aun cuesta creerlo, por más que sepamos que es una realidad: México jugará la final del Mundial en nuestro Estadio Azteca. En Septiembre del 2005, otra Selección Mexicana Sub-17 hizo lo imposible y se proclamo campeona del mundo en el torneo celebrado en Perú, el próximo domingo la historia puede repetirse. Aquella vez se le ganó 3-0 a Brasil. Ahora el rival será Uruguay, y sin saber cómo quedará ese partido, si puedo asegurar que será un encuentro para la posteridad.

México está cerca de otra hazaña, de otro de esos instantes que se tatúan en el corazón. A horas de que llegue nuestra cita con el destino, sólo sé lo que siempre he tenido claro, estoy con México a muerte. Que el domingo, todos seamos uno.

Para ver los goles del juego,
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1 comentario:

Luis Gabriel González Sayago dijo...

Lo que escribes es magico. La historia así fue y todos la vivimos de esa manera.