viernes, 28 de marzo de 2014

La tumba de las luciérnagas


De vez en cuando a mi novia y a mí nos da por comprar películas de los Estudios Ghibli, aunque siempre que lo hacemos terminamos llorando con un par de escenas. Sin embargo, el último de estos títulos que vimos de plano nos rompió el corazón y no exagero al decir que nos hizo derramar lágrimas de principio a fin. 

Admito no ser un experto en las películas de los Estudios Ghibli, aunque sí he visto unos 8 o 9 de sus cintas y hasta el momento ninguna me ha decepcionado, de hecho, en este blog ya escribí un par de posts sobre El Secreto de la Sirenita y Recuerdos del ayer

No obstante, fue con La tumba de las luciérnagas con la que más me he conmovido. La vi sin conocer a lo que me enfrentaría y quizá por ello el impacto emocional que recibí fue mucho mayor. De esta película sólo sabía que trataba sobre la Segunda Guerra Mundial y nada más. Sospeché, como ocurre en las cintas que abordan esta temática, que habría un par de escenas conmovedoras y nada más. No podía estar más equivocado, ya que esta cinta animada dirigida por Isao Takahata y basada en la novela homónima de Akiyuki Nosaka es considerada una de las mejores películas anti guerra de todos los tiempos y una autentica obra maestra del cine animado. 

Cuando leemos o vemos historias sobre este conflicto bélico, generalmente están situadas en la Europa que sufre el yugo nazi, o bien, desde la perspectiva norteamericana. En cambio, pocas veces se le pone atención al drama que vivió el pueblo japonés, que tan mal parado salió al final de la guerra. En eso justamente se centra La Tumba de las Luciérnagas, en cómo la gente común de una nación en conflicto sufre los estragos de una guerra sin sentido. 

"El día 21 de septiembre de 1945, yo morí", con esta frase inicia esta película cuya trama gira entorno a Seita, un adolescente de 14 años que vive en la ciudad de Kobe con su mamá y su hermana Setsuko de 5 años, mientras su padre, un oficial de la marina japonesa, participa en la batalla que se desarrolla en el Océano Pacífico. 

A pesar de la guerra y de los ataques esporádicos que sufren en su ciudad, podría decirse que Seita y su familia viven felices; hasta que una tarde de marzo de 1945, tras lanzarse la alarma por la proximidad de un bombardeo, Seita y su hermana se retrasan y no pueden llegar al búnker en donde se encontrarían con su madre. 

Tras el ataque aéreo, ambos logran sobrevivir tan sólo para encontrar parte de su ciudad ardiendo en llamas y toparse con escenas de dolor y sufrimiento a cada paso que dan. Así comienza una lastimosa cadena de infortunios al que Seita y su hermana se enfrentarán por sobrevivir día tras día, y en el que sólo el amor que uno siente por el otro los mantendrá a flote. 

Podría revelar más datos sobre la historia, pero creo que es mejor que aquellos que se aventuren a verla lo hagan como yo, con una ligera noción de lo que encontrarán, pero dejando que al final sea la propia historia la que los vaya guiando en este viaje de subidas y bajadas emocionales y aleccionadoras. 

Esta película es tan humana que duele verla. Cuenta con momentos realmente estremecedores y duros de digerir, pero también con partes llenas de amor y que nos hacen conectar sentimentalmente con ambos personajes. Parecería mentira que una obra visual y narrativa tan cruel también sea tan bella, enaltezca la pureza de la humanidad y a la vez nos muestre lo peor de ella. 

Técnicamente la película cumple (no olvidemos que fue hecha a finales de la década de los ochenta) y si bien tiene pasajes muy bien logrados, es en la historia en la que recae todo el peso de esta maravillosa obra de arte llena de simbolismos. 

Al final, además de un profundo hueco en el alma, uno se queda tocado y reflexivo por los efectos devastadores que una guerra puede tener en personas buenas que sin temerla ni deberla de pronto ven su vida convertida en un infierno. Aunque sin duda, lo que más hiere es descubrir que más allá de un conflicto bélico, lo que verdaderamente termina destruyéndonos es la indiferencia y el no ver más allá de nuestras narices. 

La tumba de las luciérnagas es fácil de conseguir en librerías o tiendas de discos, incluso pueden encontrarla en YouTube. Como sea, por favor háganse el favor de verla, les apuesto a que será una de las cintas más conmovedoras e impactantes que verán en su vida. 

Y sí, van a llorar.

lunes, 24 de marzo de 2014

Ya resolví el misterio de la servilleta en la puerta

Apenas iba terminando de escribir el pasado post sobre El misterio de la servilleta en la puerta de mi casa (si no lo leíste, da clic aquí), cuando el caso dio un giro inesperado.

Llevaba cerca de tres horas encerrado mi cuarto, en donde vi el juego del Atlante vía internet (es que soy pobre y no tengo Sky) y después escribí el texto arriba mencionado para este blog. Eran cerca de las ocho de la noche de ayer domingo cuando finalmente salí de mi dormitorio, fui a echarme una firma, bajé a la sala y cuando abrí la puerta descubrí que nuevamente había otra servilleta amarrada. Hasta le tomé una foto:


Y ahora sí me entró miedo. Una cosa es que dejen cosas amarradas a la puerta cuando no estoy en casa y otra que lo hagan cuando me encuentro presente. Nuevamente recurrí a Google en busca de una respuesta y mis temores aumentaron: en varios sitios web encontré información sobre la manera en la que los delincuentes suelen marcar las casas de sus potenciales víctimas para después saquearlas.

A nada estaba de caer en el caos (sí, la verdad me vi bien maricón y qué, ustedes se hubieran puesto igual) e ir a decirle al vigilante de la esquina de mi calle que pusiera especial atención a mi casa. Después pensé en sacar las cosas importantes y de más valor y traerlas en el auto conmigo, por si robaban la casa no dejarles algo de lo que fuera irrecuperable.

Entonces sonó el celular pero no alcancé a contestar, aunque en el identificador de llamadas vi que se trataba de mi prima Yuli (nunca sé cómo se escribe su nombre). A los dos minutos llamó al teléfono de mi casa y me preguntó cómo estaba, después me pidió que fuera a su casa para contarme algo. Le respondí que no podía pues estaba haciendo la comida. Después se mostró muy interesada en el horario que tendría al otro día y sobre las horas en las que no estaría en casa. Todo eso me pareció sospechoso, sobre todo porque sus llamadas se dieron a los pocos minutos de que en mi muro de Facebook expliqué el asunto de la servilleta misteriosa. Aún así, todavía tenía mis dudas.

Un par de minutos después mi prima llegó a mi casa (vive a unas calles de distancia) y me confesó que ella y su familia habían sido quienes colocaban las servilletas. Como iban a buscarme y no me encontraban, me dejaban esa señal para que supiera que habían estado ahí y que estaban al pendiente de mí. De hecho hasta me mostró un pedazo de la misma servilleta que traía en su bolsa.


Muy en mi papel me hice el valiente y les dije que en ningún momento tuve miedo de la situación, aunque por dentro sí me estuve cagando de miedo. Yuli me dijo que había decidido aclarar todo para evitar preocuparme.

Y así se resolvió el misterio. Si bien me sentí muy relajado cuando todo se aclaró, una parte de mí tenía la ilusión de que aquello fuera algo más complejo que me llevara a enfrentarme a las fuerzas ocultas y sobrenaturales, o quizá hasta a los mismísimos narcotraficantes, que tan de moda se han puesto.

Ni hablar, yo solito me hice ideas y caí víctima de mis propios malviajes. Será pa' la otra.

domingo, 23 de marzo de 2014

El misterio de la servilleta en la puerta


Estoy viviendo una aventura, o algo así. El caso es que desde ayer me siento como el protagonista de una novela de misterio, en las que una situación fuera de lo común detona algo extraordinario. Esto es lo que pasó:

La semana pasada, una noche llegaba a mi hogar y tras estacionar el auto noté que había algo en la chapa de la puerta. Al acercarme ví que aquel objeto era una servilleta anudada a la base de aluminio donde se jala la puerta de la casa para cerrarla. En ese momento no le di importancia, arranqué la servilleta y me metí a mi casa.

En cuestión de horas olvidé lo sucedido. Sin embargo, el pasado sábado por la noche, regresaba a mi casa y volví a toparme con otra servilleta atada en el mismo sitio. Y ahora sí me sentí desconcertado. 

Mientras intentaba romper la servilleta noté unas manchas rojas en ella, lo que me provocó escalofrío ¿y si era sangre? Para mi tranquilidad esas figuras coloradas eran parte de los dibujos que tenía estampado el mentado papel, que por cierto, era una de esas servilletas de cocina cursilonas. Nuevamente la arranqué y la tiré en la calle (no fuera a ser la de malas). 

En cuanto entré a mi casa me puse a buscar en Google qué podía significar aquello. Lo primero en lo que pensé fue en una brujería maligna, algo o alguien quería hacerme algún trabajo con miras a causarme un mal y usaba un hechizo extraño. De ser así, lo peor era que las dos veces agarré el probable papel embrujado con mis propias manos. 

Luego pensé que la servilleta podía ser una protección o un amarré de amor, quizá alguien quiera enamorarme y al ver que soy frío como el viento y peligroso como el mar, decidió intentar robar mi corazón por medio de la magia blanca. 

Después comencé una de mis actividades favoritas: hacerme figuraciones de lo que no es y preocuparme de a gratis. ¿Y sí aquello era para intimidarme? ¿Y si días después recibo una llamada diciéndome que me traen checado y que como prueba han estado dejándome cosas en la puerta? ¿Y si son los narcos? La verdad cuando pensé esto empecé a sentirme nervioso, lo cual era medio tonto pues no tengo ningún indicio de que aquella servilleta en la puerta fuera la prueba de nada. 

Pero ya ven, hasta en eso soy hipocondríaco. 

Minutos después saqué a mi perro a dar una vuelta y mis nervios seguían alterados. Sentía que me observaban y me seguían, al regresar lo primero que hice fue revisar que no hubiera otro papel en la puerta, afortunadamente no había nada. Un día después hasta pensé en ir por agua bendita a la iglesia y rociar la entrada de mi casa con ella, pero luego me acordé que jugaba el Atlante y lo dejé para luego. 

Ahora estoy tomando todo eso con humor, y mejor pienso que es una broma o algo que tiene su explicación lógica y por lo que veré que no debo preocuparme. ¿Me inquieta que alguien llegue hasta la puerta de mi casa y deje una servilleta amarrada? Sí, aunque a la hora se me olvida y opto por sentirme el personaje de una novela, aquel que está a punto de emprender una grandiosa e increíble aventura (o al que está apunto de cargárselo la desgracia).

Ya veré sí aparece otra servilleta, y claro, por aquí les cuento. Mientras tanto ¿alguien sabe de qué se trata todo esto?

lunes, 17 de marzo de 2014

La invención del amor


Desde que me topé con ella, lo primero que me llamó la atención fue el título. Después, en la última edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara tuve la oportunidad de asistir a la presentación que el autor hizo de esta novela. Tanto escuché de este libro que me prometí leer el libro. Un par de meses después lo cumplí. 

La invención del amor, es la novela con la que el escritor español José Ovejero ganó el Premio Alfaguara de Novela 2013. La historia de este libro es simple aunque muy original: Una noche, Samuel recibe una llamada en la que le avisan que Clara, su amante, acaba de fallecer en un accidente automovilístico; lo curioso es que Samuel no conocía a ninguna Clara. Movido por la curiosidad asiste al funeral y es ahí donde comienza esta peculiar historia de amor ausente. 

Así, Samuel conoce a Carina, hermana mayor de Clara y con quién realiza un extraño pacto: ambos se contarán las vivencias que tuvieron con Clara, a fin de conocerla mejor. Obviamente, Samuel comienza a inventarse una historia de amor que jamás sucedió y a formarse una idea con la narración de Carina. Así, sin tenerlo planeado cae enamorado de una mujer a la que jamás conoció. 

Bajo esa premisa se desarrolla esta novela, en la que el lenguaje juega un papel predominante, tanto en el sentido narrativo como lírico. Las páginas de La Invención del Amor tienen un ritmo muy característico y bien logrado, aunque no se quiera se lee con acento ibérico y la misma cadencia de las palabras nos va guiando por distintas emociones, no sólo de los personajes sino también del entorno. 

Y es que esta novela transpira ambiente citadino de Madrid. Suavemente vedadas aparecen en segundo plano la crisis económica española, el ritmo de una ciudad que sigue siendo un oasis, la multiculturalidad propia de las grandes ciudades europeas, y la forma de ser tan característica de los españoles. 

Aún así, el título no debe engañarnos: esta no es una novela rosa ni cursi. El propio protagonista es un soltero cuarentón que jamás se ha enamorado ni se ha comprometido con nada, pero que todo el tiempo reflexiona sobre distintos temas existenciales. Esa marea interna se adereza con la melancolía y soledad de Samuel, y le da al personaje un aura entrañable que nos hace sentir empatía inmediata. 

La tecnología también tiene su breve aparición en esta historia, detalle que me llamó la atención pues hasta ahora no había leído otra novela en la que se hiciera mención a las redes sociales. 

Aunque no es una novela perfecta, pues desde mi punto de vista, tiene algunos detallitos en el argumento pero nada que opaque la experiencia de sumergirse en este libro ameno y de fácil lectura. 

Insisto, su mayor virtud es pintarnos una extraordinaria historia de amor a partir de la imaginación de un hombre solitario. Léanlo, vale la pena, después de todo, cada uno de nosotros es en mayor o menor medida, inventores de nuestras propias historias de amor en los espacios de nuestra memoria.

martes, 25 de febrero de 2014

50-3


En el argot futbolístico, se considera como una goleada aquellos marcadores donde un equipo vence por 3 o más goles de diferencia a su rival. En este sentido, nadie negará que es difícil ver perder por goleada a tu equipo favorito, pero lo es mucho más sufrir una derrota así estando en la cancha.

1. El equipo que nació para perder

Nunca jugué futbol a nivel profesional, aunque eso sí, por años practiqué este deporte en los parques de mi colonia a los que varias veces iba con mis amigos del barrio a jugar las clásicas retas. También estuve en un par de equipos de Fut7 y Futbol Rápido en los que si bien nunca gané, sí me divertí mucho.

Y por supuesto jugaba en la escuela. Lo que estoy por narrar ocurrió precisamente en mis años en secundaria. Estudiaba el cuarto año en el Instituto Don Bosco, escuela en la que se prioriza la práctica del deporte y donde constantemente se realizaban torneos futboleros en los que casi siempre participaban sólo los alumnos más populares. Y digo casi siempre, porque en una ocasión me animé a formar mi propio equipo y lanzarme a la aventura futbolera.

Los equipos eran de 8 elementos (2 en la banca y 6 en la cancha) y los partidos se desarrollaban en los dos recesos o descansos que teníamos al día (uno de media hora y el otro de 50 minutos). En honor a la verdad debo decir que mi equipo estaba integrado por personajes que no éramos muy buenos para eso del fut. Sólo dos tenían un nivel aceptable, el resto éramos bastante malitos. Bueno, yo no tanto, la verdad es que más o menos me defiendo.

Para ese torneo mi plan era jugar como portero y ocasionalmente como defensa con vocación ofensiva. 

Los nombres de los equipos deberían corresponder a ciudades del continente americano, y la verdad, no me acuerdo ni cómo se llamaba el nuestro. Creo que Anchorage (por la ciudad en Alaska), aunque no estoy seguro, es más, creo que así se llamaba otro equipo que sí triunfó, pero ni modo, es mi post y yo escribo lo que quiero. De lo que sí me acuerdo es que jugábamos con playera azul. En fin, todos los equipos se dividieron en grupos de 4, en donde calificaban los dos primeros. 

Honestamente el torneo me emocionaba, días antes de su inicio me imaginaba ganando no sólo los primeros tres juegos, sino el torneo mismo. Pero en la práctica la historia fue muy diferente. 

2. El inicio que nadie imaginó

El primer juego lo perdimos y gachamente. Generalmente cuando se inicia un torneo uno lo hace con la mayor ilusión y ganas del mundo, por eso, el desconcierto fue mayor cuando apenas iban 3 minutos de juego y nos clavaron el primer gol. A la siguiente jugada nos metieron otro y luego otro. Así, de pronto nos vimos perdiendo 7-0 en los primeros diez minutos. La verdad el marcador nos picó la cresta y metimos un gol, sin embargo, la reacción nos duró poco porque en un descuido nos metieron otros 5. 

Pensando en que quizá yo era el problema pedí cambio y pasé de la portería al campo de juego. El resultado fue igual o más desastroso: el primer "tiempo" terminó con un contundente y humillante 19-1. 

3. Cuando los imposibles se vuelven realidad… en tu contra

Si pensábamos que las cosas ya no podían ir peor, estábamos muy equivocados., pues para el segundo recreo, el chisme de que se estaba suscitando una “goleada de antología” se esparció por el resto de los grupos de la secundaria y cuando volvimos a la cancha después de tres horas de clases, teníamos un nutrido grupo de aficionados observando las acciones de lo que muchos consideraban era algo histórico y nunca antes visto en los patios de la escuela. 

Nuestros rivales salieron obsesionados con meternos la mayor cantidad de goles posibles, por lo que desde el inicio comenzaron apedreándonos el rancho. Y la cosa les estaba saliendo bien, pues en menos de cinco minutos, “según ellos” la cosa ya iba 30-1. Si entrecomillé la frase anterior es porque era tanta la presión del público, que el equipo contrario comenzó a valerse de triquiñuelas y a contar como gol muchas jugadas que no lo eran. 

Como no había arbitro aquello se volvió una anarquía. Éramos 8 contra el resto de la escuela. Aún así, como Dios nos dio a entender logramos meter dos goles a favor. Así pasó el tiempo, entre el juego sucio y un montón de goles en contra. Al principio mis compañeros y yo estábamos bien enchilados y mentando madres, luego ya nos valió y nos resignamos al linchamiento deportivo y social. 

Pa’ colmo cuando estuve a punto de mandar el balón al fondo de la portería rival, un alumno de otro grado se atravesó sin fijarse y chocó con el balón. De nada sirvieron mis argumentos de que ese debió contar como gol. 

No recuerdo en qué momento los rivales comenzaron a fantasear con meternos cincuenta goles, por lo que apresuraron la marcha y contaban sus tantos al doble. Total, cuando sonó la campana anunciando el fin del recreo y del juego, todos decían que el juego había concluido 50-3. Minutos después llamaron a los capitanes de cada equipo (aún no sé por qué carajos yo era el capitán de mi equipo) para informar sobre los marcadores. Ahí, con toda la pena del mundo tuve que corroborar que ese marcador había sido real, ante la mirada atónita del resto de los capitanes. Qué oso. 

Nos dieron una madriza y ni las manos metimos, sí, pero no fueron cincuenta goles. De ser justos el marcador debió ser 30-7.

4. Después del trauma

Por días se habló de lo sucedido, lo cual sirvió para que nuestros dos próximos rivales se confiaran y esos duelos fueran un poco más decorosos. Uno lo perdimos 5-3, el otro lo ganamos 2-1. 

Finalmente no calificamos. Entonces pensé que jamás superaría el trauma. Con el tiempo seguí jugando y tuve mejores resultados futbolísticos. Ahora me doy cuenta que no fue para tanto y que al final, todo quedó en una anécdota que hoy cuento como algo jocoso. 

5. Al menos no fuimos los únicos…

Lo que nos pasó se compara con las peores derrotas de la historia en el futbol profesional, que son:

- AS Adema, de Madagascar 149 - Stade Olympique L'Emyrne (SOE) 0, dentro del Campeonato Malgache de Fútbol de 2002 (Esto se explica por una protesta el equipo perdedor se dedicó a meterse autogoles). 

- Arbroath FC 36 - Bon Accord 0, por la Copa de Escocia de 1885.

- Australia 31-0 Samoa Americana, en el 2001.

domingo, 16 de febrero de 2014

Blue Demon vs. el Poder Satánico


Siempre he sido fan del mundo de las luchas, no tanto como un deporte, sino como un elemento de la cultura mexicana, y claro, figuras como Blue Demon o el Santo me parecen emblemáticas y hasta icónicas de nuestro país. 

Principalmente la rivalidad-amistad entre estos dos personajes siempre me han resultado atrayentes. Sobre ello hay un guiño cinematográfico entre ambos luchadores que me parece muy especial y que ocurre en una escena de la película Blue Demon vs. el Poder Satánico (1966). 

En esta película, Blue Demon combate a Jaime Fernández, practicante de magia negra, que volvió de la muerte para secuestrar y asesinar a varias mujeres. En una parte del film, tras una función de lucha libre, Santo entra al camerino de Blue Demon e intercambian este significativo dialogo: 

Santo: Felicitaciones Blue Demon. Sé que como yo, has decidido dedicar tu vida y tus poderes al servicio de las fuerzas del bien. Te esperan muchos peligros y problemas. No pierdas la esperanza. 

Blue Demon: Gracias, Santo. Si llego a necesitar ayuda… dime, ¿puedo contar contigo? 

Santo: Estaré a tu lado cada vez que me necesites. 

Quizá por sentido de justicia y amistad, o porque siempre es mejor enfrentar a las adversidades en equipo, he adaptado esas palabras a mi vida y a mi relación con familiares y amigos. 


Por años quise ver esa película que es casi de culto y que nunca pasan en televisión y que es difícil conseguir físicamente. No imaginé que volvería a saber de esta película hasta hace poco. 

En unos días dará inicio la treintava edición de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería (FILPM), evento al cual soy asiduo visitante y cuyo cartel oficial cuenta con la figura de Blue Demon leyendo un libro. Al asistir a la presentación de este evento, los organizadores señalaron que la imagen corresponde precisamente a Blue Demon vs. el Poder Satánico, a una escena en la que el luchador revisa un libro sobre hipnotismo que le ayude a obtener más información sobre el asesino al que se enfrenta. 


Fue tanta mi curiosidad por esta película, que di con ella y finalmente la vi en YouTube. La verdad no es muy buena, pero sí me ayudó a encontrarme con ese universo cinematográfico y cultural que también tiene la lucha libre y que desde hace tiempo está de moda. 

Si quieren ver Blue Demon vs. el Poder Satánico, da clic aquí.

martes, 11 de febrero de 2014

La verdad sobre el caso Harry Quebert



En julio del año pasado, durante una charla sobre formación literaria, una chica le preguntó a Ramón Córdoba, editor de Alfaguara, que novela recomendaba leer de entré las muchas novedades que habían salido al mercado. 

-  "La verdad sobre el caso Harry Quebert", me tuvo todo el tiempo confundido, mientras lo leía trataba sin éxito de adivinar quién era el culpable, respondió Ramón de forma contundente. 

Desde entonces me topaba con esa novela por todos lados: en las librerías, en las tiendas, en la sección de libros de los restaurantes y en las manos de mucha gente. Daba la impresión de que todo aquel que sumía sus narices entre esas páginas se volvía incapaz de separarse de esa historia. 

Tras semanas de traer en mente comprarlo, aproveché mi estancia en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara para adquirirlo. Como el autor estaba por ahí, aproveché para que firmara mi ejemplar. Así, Joël Dicker, un joven suizo altísimo y amable estampó su firma en mi libro mientras no dejaba de sonreírle a todo aquel que se le acercaba. 

Empecé la lectura de La Verdad sobre el caso Harry Quebert al otro día, mientras hacia fila para entrar a una de las presentaciones de la FIL. Cinco minutos fueron suficientes para que fuera seducido por la historia y desde entonces no quisiera soltarla. Por semanas no importaba a dónde fuera: debía ir acompañado por ese libro de 660 páginas que por su extensión muchos veían con asombro, pero al que le tuve un inmenso cariño desde el primer día. 

Y es que sus más de 600 páginas jamás se me hicieron pesadas, al contrario, conforme avanzaba y me acercaba al final sentía ese pesar que sólo se experimenta con las novelas que nos marcan. 

¿Cómo definir esta novela maravillosa? 

Muchos dirán que es una novela detectivesca y con tintes policíacos, otros que es una novela de amor, y claro, de amistad, aunque tampoco faltará quién afirme que este libro trata sobre el ejercicio de escribir. Para ser justos habría que afirmar que esta historia es todo eso y más, pues también habla de correr y boxear. 

La historia comienza en el atardecer del 30 de agosto de 1975, con la desaparición de Nola Kellergan, una chica de quince años de quién nadie supo su paradero por más de 30 años. Finalmente su cuerpo es hallado en el jardín de la casa de Harry Quebert, un afamado escritor quién es culpado de su muerte. 

Así, Marcus Goldman, un joven escritor y discípulo de Quebert, se ve inmerso en una confusa red de sospechas e intrigas para encontrar la verdad detrás de la muerte de Nora y averiguar sí Quebert realmente es el culpable. 

La novela está llena de personajes muy bien desarrollados de los que uno termina por encariñarse, y que en conjunto construyen un relato complejo pero muy rico, en el que la trama transcurre en tres tiempos narrativos: 1975, 2002 y el 2008. 

Falsas pistas, muchos probables culpables y un rompecabezas que se arma hasta las últimas páginas. Esta historia está redactada de tal forma que juega con el lector en el buen sentido de la palabra: una y otra vez hace que dudemos de cada personaje, de cada elemento que nos parece fuera de lugar o anormal, y luego, una y otra vez nos cambia la jugada con varios giros de tuerca. 

Hacia mucho que un libro no me enganchaba de esta manera. Confieso que antes de empezarlo temía que todas las críticas positivas y ovaciones que había escuchado hacia Dicker y su novela me generaban desconfianza. Hoy puedo decir que todo halago hacia esta novela está más que bien ganado. Desde que lo inicié me volví adicto al libro. 

Terminé el libro hace dos días y aún podría hablar mucho sobre él, pero hacerlo sería injusto para aquellos que piensan leerlo o que están en el proceso. Únicamente me limitaré a decir que terminé este libro del mismo modo como se finaliza una carrera: agotado, cansado, pero con una sonrisa en los labios y una fe recobrada en la literatura. 

Ya sé la verdad sobre el caso Harry Quebert, ojalá y todos se animen y hagan lo mismo. No se arrepentirán, es lo mejor que he leído en el último año.

domingo, 2 de febrero de 2014

Mi abuelo



Escrito en diciembre del 2005:

La otra vez iba platicando con mi abuelo en el auto. Me había pedido que lo acompañara al banco a cobrar dinero, y yo accedí, no tanto porque no tuviera que hacer, sino por el mero gusto de escuchar algunas de sus anécdotas que tanto me sirven para después, con un poco de ayuda de la ficción, fabricar historias. Justo atravesábamos boulevard Puerto Aéreo, cuando mi abuelo soltó de la nada, sin solemnidades ni cambios y con el festivo tono de su voz, esta frase: Yo lo que quisiera ya es morirme.

Ante mi sorpresa por tal afirmación, mi abuelo me contó que a los 86 años siente la mayoría de sus dientes flojos, como si estuvieran a punto de salirse. Dictamen que según él, corrobora fácilmente con ayuda de un espejo: Cada vez se salen más de las encías, por eso se ven más grandes. Su dentista ha intentado calmarlo diciéndole que son las encías las que se desgastan y reducen, y que por eso tiene esa sensación de que las piezas dentales están a punto de desprendérsele. 

Aun así, el que sus dientes estén a salvo no le quita la idea de querer morirse. Dice que la gente de su edad muchas veces sólo da lástimas, que se hacen en los pantalones o andan todo el día manchados y oliendo mal. "La gente piensa que uno es un cochino y se enojan". Resignado me dice que a veces cosas así pasan por más que quieran evitarse.

"Terminas cayéndole mal a todo mundo y estorbándoles. La mayoría de la gente me ve y piensa que para mi edad estoy bastante bien. Pero no saben que uno se cansa con sólo andar tres cuadras, que me tiemblan las piernas. Cualquier comida te cae mal y te da diarrea muy seguido, hasta por tomarte una copa de más. ¿Para que quiero seguir viviendo?, ya hice todo lo que tenía que hacer. Si me voy a morir mañana, mejor de un vez. ¿Qué necesidad de andar dando lástimas después, sin poder moverme ni caminar?”

Y yo le creo. Aunque no del todo. Porque mi abuelo a sus casi noventa diario sale a caminar, sigue viajando, atendiendo sus prósperos negocios, ideando paseos familiares los domingos. Tiene varios amigos de su edad (con los que se reúne a comer y a tomar un par de copas una vez al mes), además de esposa, más de diez hijos, como veinticinco nietos, muchos parientes lejanos y hasta cuatro bisnietos. Posee un agudo sentido del humor y un repertorio de chistes gigantescos, que hacen casi imposible que en una tarde con él no te rías. Como el dice, cae bien en todos lados.

Mi abuelo se llama como yo, sólo que con el ‘Don’ antecediendo el nombre. Nació en Huatusco, Veracruz, en una familia humilde. Estudió hasta el tercer año de primaria y se dio cuenta que lo suyo era el comercio. Llegó muy joven a la Ciudad de México de los años cincuenta con casi nada. Comenzó a vender lo que podía y a tomar trabajos temporales. Años después ahorró y puso una fabrica de veladoras. Trabajaba diario, anduvo con varias mujeres hasta que conoció a mi abuela, se casaron y tuvieron muchos hijos. Vendió la fabrica, compró algunos terrenos, construyo su casa y varios edificios. Aunque ha viajado por todo el mundo dice que no hay un lugar más hermoso que Veracruz. También habrá que creerle. 

Por eso, aunque dice que ya quiere morirse no le creo. El día que dejé de decirlo, se quedé sentado todo el día sentado y ya no quiera salir a caminar, entonces me preocuparé.

* * * * *

Hace justamente un año murió mi abuelo, releer esto fue como si por unos instantes hubiera vuelto a escucharlo.

lunes, 27 de enero de 2014

Hasta siempre José Emilio

Fue el mail de un compañero de la oficina, recibido poco antes de las 6 de la tarde, el que me alertó de lo sucedido. Minutos después la noticia se replicaría en todos los medios nacionales:

Acababa de morir José Emilio Pacheco. 

Uno nunca espera recibir una noticia de ese calibre un domingo por la tarde y mucho menos está preparado para recibir de golpe una tristeza semejante. Muchos podrán decir que exagero, que es imposible que sienta tanto pesar por la muerte de alguien a quien sólo vi en un par de ocasiones y a quien nunca traté realmente. Yo les respondería que en cuestiones literarias, es la obra de un escritor la que nos acerca a él de manera intima. 

Contrario a la mayoría de mis contemporáneos, a mi no me dejaron leer Las Batallas en el Desierto en la secundaria, más bien llegué a él por mero gusto y curiosidad, justo cuando estudiaba los últimos semestres de la universidad. Recuerdo haberlo leído de un jalón en el estacionamiento del campus, encerrado en mi auto. Creo que falté a una o dos clases esa tarde pero no me importó, en aquellos momentos pasaba por una profunda confusión amorosa y leer aquellas páginas en las que Carlos, su protagonista, también navegaba en un mar de confusión sentimental, me hacía sentir comprendido. Para cuando terminé de leer la novela sabía que esa historia estaba destinada a impregnárseme en la piel. 

Desde entonces, he leído “Las Batallas” un par de veces más, encontrándola en cada ocasión más fascinante. En ella, José Emilio no sólo se registra en sus letras una entrañable historia de amor, sino también la nostalgia por una ciudad que dejó de existir y de la cuál también me encuentro enamorado. Amar una metrópoli en constante cambio, en la que a cada paso el olvido va erosionando nuestros recuerdos: tal es el sentimiento que compartía con este escritor que ayer decidió volverse eterno. 

No pasó mucho tiempo antes de irme acercando al resto de su obra. Con El Principio del Placer caí nuevamente cautivado con otra historia de iniciación amorosa y que respiraba mexicanidad. De igual forma devoré el resto de sus narraciones, encontrando en cada una elementos con los que no sólo me identificaba, sino que me ayudaban a explicarme a mi mismo, y eso, en la literatura es lo más valioso, pero a la vez difícil de encontrar. 

Me acerqué a su poesía cuando en la librería Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo me topé con una antología de toda su obra poética publicada por el Fondo de Cultura Económica. Y nuevamente fue otro descubrimiento inmenso. Nunca he sido un gran lector de este género literario, pero esos poemas me enseñaron que la poesía no tiene que emplear lo más pomposo del lenguaje ni hablar de cosas serias e importantes. Gracias a José Emilio, supe que la poesía era capaz de transmutar en las cosas más simples de la vida, que puede ser divertida, hablar de nuestra cotidianeidad y no por eso dejar de ser bella. 

Dicen que cuando una obra literaria te cautiva es mejor no ir en busca del autor, pues podrías decepcionarte. Las dos ocasiones que tuve la oportunidad de ver a José Emilio me pasó todo lo contrario. La primera vez fue en el 2009, en una lectura de poesía que hizo en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. Al terminar su presentación, me colé al área de prensa y tuve la oportunidad de charlar un par de minutos con él. Quedé asombrado de su sencillez, de su buen sentido del humor, de su amabilidad. 

Hace unos meses nuevamente me encontré con él en la que sería la última de sus presentaciones en público. Ocurrió en el Museo Nacional de Antropología, y aunque llegó en silla de ruedas, su mente brillante y extraordinaria maravilló a los presentes en una charla de hora y media. Con José Emilio lo de menos era el tema a tratar, pues cualquier tópico abordado por él se volvía el más interesante. 

Por eso es inevitable que hoy sus lectores nos sintamos un poco huérfanos. Se fue uno de los representantes más grandes de la literatura nacional, el más honesto, el más humano, aquel al que jamás sentí inalcanzable, al contrario. A José Emilio no le gustaba que lo consideraban como una figura literaria, por más que sus logros y letras le dieran más brillos que a nadie. 

Desde ayer estoy triste y no sé cuanto tiempo me dure este vacío. Hoy quise ir a su sepelio en el Colegio Nacional de la Ciudad de México pero por cuestiones de trabajo no pude. Aunque me dolió no haberle dado un último adiós, me queda el consuelo de que, a diferencia de la ciudad de Las Batallas en el Desierto, el legado de José Emilio si perdurará al tiempo y jamás se convertirá en ruinas, 

Gracias por todo querido José Emilio.


Aquí una foto de su servidor con JEP, en marzo del 2009

lunes, 20 de enero de 2014

La casa de la abuela


Por cuestiones de la vida tuve que mudarme por unos días a casa de mi abuela.

Bueno, la verdad es que el baño de mi casa se tapaba mucho y tuvieron que arreglar la tubería. Por eso me fui a vivir a casa de mi abuela. Y es que desde mi punto de vista, no hay nada peor que no tener un WC funcional en casa. Puedo quedarme sin luz, sin internet, sin gas… pero no sin baño. ¡Pus cómo! ¡Para mi la hora de sentarme en el trono es sagrada! Es más, soy de esas personas que sólo hacen con tranquilidad si están en la tranquilidad de su hogar. 

Total, que en lo que levantaban el mosaico, cambiaban las tuberías y ponían otro excusado (que sea capaz de aguantar las arduas batallas a las que a veces lo enfrento), pues me vi obligado a buscar un hogar en el cual poder bañarme y hacer del uno y del dos. Por eso, aprovechando que mi abuela se iría de vacaciones por semana a tierras acapulqueñas, pues cambié de hogar por unos días. 

En sí, mi casa y la de mi abuela están a unos cinco kilómetros de distancia. Si Viaducto no tiene tráfico el camino entre un punto y otro se recorre en unos 15 minutos. Aún así, el vivir en ese sitio fue una experiencia rara.

Empezando por el tamaño: la casa de mi abuela es grande. No es una mansión, pero tiene patio, jardín, cuatro baños, cuatro cuartos, un despacho, tres salas, dos comedores, una alacena, un oratorio (es que mi abuela es muy creyente, ya ven, así son los viejitos), una mini biblioteca, un cuarto ‘para la criada’, una cantina, una jardinera y mucho más.

La casa de mi abuela es como un museo. A causa de los años, cada cuarto está lleno de fotografías de toda la familia, algunas verdaderamente antiguas y en las que aparecen personas a las que nunca conocí. Hay cuadros viejos, objetos antiguos, muebles de hace varias décadas y juguetes terroríficos. Sí, terroríficos. Al menos en el cuarto donde dormí estos días había dos muñecas de hace como 40 años o más, bien gachas y con cara horrible. Una hasta tiene una lágrima en el rostro. 

La casa de mi abuela es extremadamente fría. De las cinco de la tarde en adelante se convierte en un congelador. No importa que afuera sea un día soleado y que haga un calor de los mil demonios, adentro es una extensión de Siberia. Levantarme de madrugada y bañarme en esas condiciones, antes de irme a trabajar, era todo un infierno. 

La casa de mi abuela es como una fortaleza anti-comunicación. Adentro ningún celular tiene señal, mucho menos internet, por lo que esa es una especie de zona de silencio, en la que el único contacto con el mundo exterior es por medio del teléfono convencional. 

La casa de mi abuela impone cuando estás solo en ella, más si es de noche. Podría pensarse que en un lugar así espantan, pero nunca me ha pasado nada sobrenatural. La casa de mi abuela aún tiene muy impregnada la presencia de mi abuelo, a pesar de que murió hace casi un año. Por cierto, precisamente fue él quien la construyó, toda la idea de cómo fue distribuida fue suya. 

La casa de mi abuela es como la de los Buendía, de Cien Años de Soledad, una hogar por el que han pasado varias generaciones y que sigue en pie, pero que poco a poco va mostrando señales de deterioro. La casa de mi abuela es donde cada año paso la Navidad y otras festividades familiares. Es parte de mi vida y también tengo cientos de recuerdos en ella. 

La casa de mi abuela fue mi casa por unos días, pero ha sido mi hogar siempre. 

Es bueno tener un lugar al cual siempre volver.

lunes, 13 de enero de 2014

Mis mejores posts (2010-2011)



Este día mi blog cumple 8 años. El 13 de enero de 2006, por pura ociosidad abrí El Incomprensible Mundo de Gabriel Revelo, un espacio para el cual no tenía mayores expectativas, y que ante todos los pronósticos se convirtió en parte importante de mi vida. 

En este espacio he ido documentado mi vida, desde los hechos más causales hasta los que me han marcado. Supongo que entre tantos escritos, al menos un par será rescatable, de ser así este viaje habrá valido la pena. Saber que mis palabras le llegan a otras personas es el mejor aliciente para segur en esta aventura de la que nunca me arrepentiré. 

Aprovecho para agradecerle a todos los que siguen leyendo mis tonterías durante tanto tiempo, 8 años se dicen fácil pero no hubieran sido posibles sin el apoyo de mucha gente a la que no menciono porque no quiero olvidar ningún nombre. 

No se me ocurre una mejor forma de festejar, que haciendo un recuento de mis mejores posts. Si para el sexto aniversario hice el compilado del período 2006-2007, y para el séptimo fue lo correspondiente a los años 2008 y 2009

Y ahora, para conmemorar el octavo año de vida de este blog, mis mejores posts del 2010 y 2011:

2010
10 de enero
Crónica de un milagro (o algo parecido) en Miramontes. Una fría noche de enero, recibimos la llamada telefónica que nadie quiere contestar: mi hermana había sufrido un fuerte accidente en auto. No sé bien cómo salió viva, ¿acaso un milagro?

23 de febrero
Así descubrí que era niño gordo. Lo confieso, yo fui niño gordo, aunque esto no era mucho problema, pues antes pensaba que tenía un cuerpo privilegiado y hasta me consideraba fortachón. 

6 de marzo
Mi pegue con los gays. Así cómo me ven, tengo mi pegue, incluso con las personas de mi mismo sexo. Esta es la historia de cómo se me declaró un compañero de la Universidad. ¡Zas!

17 de marzo
The Fucking Family, capítulo 5. Los abuelos que no podían entrar a su casa, culpan injustamente a Cata, la criada. Esta sección surgió para documentar lo pintoresca que es mi familia, en esta entrega mis abuelos no podían entrar a su casa y fueron ayudados por el tortillero, después culparon injustamente a la criada de lo sucedido. 

24 de abril
Los propósitos que no cumplí (y que yo ni hice). Me encontré con un álbum de fotografías de mi comunión, donde di con unos propósitos que había hecho para ser un buen niño católico, el problema fue que la letra con la que estaban escritos no era mía ¿? 

27 de abril
Entre Zetas te veas (charla con lo maligno). Mis primos se encontraron a un supuesto miembro de los Zetas en un poblado en Veracruz y hablaron con él. Acepto que en su momento me dio mucho miedo escribir este texto, pero qué diablos, aventuras así deben perpetuarse. 

Julio 2010
Con miedo al tiempo. Una novela corta o un cuento largo, que el lector decida. Éste es uno de los mejores relatos que he escrito en mi vida y el cual me hizo temblar varias veces cuando le daba vida. Trata sobre un amor a destiempo y sus consecuencias. Vale la pena leerla con detenimiento, debido a su extensión lo dividí en varias partes. 

19 de agosto
Mi encuentro con Don Bosco (reencuentro en el IDB). La visita de las reliquias de San Juan Bosco al colegio en el que estudié durante mi secundaria y preparatoria pasó casi desapercibida para todo el país. Sin embargo, mi reencuentro con este personaje italiano, determinante en mi formación, me llevó a vivir uno de los momentos más emocionantes de mi vida. 

20 de septiembre
El peor día de mi vida (hasta los ocho años). Un día rompí un material de la clase de educación física en la primaria, más tarde me llevaron a la dirección por haberme orinado encima de las plantas de la misma escuela. Eso, a los ocho años, es toda una tragedia. 

15 de noviembre
Enfrentando fantasmas (regreso a Tepoztlán). Por muchos años me resistí a volver al pueblo de Tepoztlán, en el que años atrás viví un triste momento familiar. Mi encuentro con este lugar y sus fantasmas quedó registrado en esta entrada que escribí con el corazón abierto. 

18 de noviembre
Mi educación sentimental proviene de las caricaturas. Una de las imágenes que más recuerdo de mi infancia corresponde a la serie animada Robotech. No, no fue una escena de acción sino más bien romántica. Así descubrí que si soy un enamorado del amor, es por culpa de las caricaturas. 

4 de diciembre
Simplemente, Xavier Velasco. En el 2010 fui a mi primera Feria Internacional del Libro en Guadalajara, y tuve la oportunidad de charlar con el escritor Xavier Velasco. Esa plática fue muy significativa y se me quedó muy grabada en el corazón. 

2011
11 de enero
Me corrieron por twittear. Aunque parezca broma, así fue. Fui despedido de mi antiguo trabajo por las cosas que escribía en la red social del pajarito. Aunque ahora me da risa, en ese momento fue algo preocupante e injusto (según yo). 

15 de febrero
La primera vez que hice llorar a una mujer. Esta historia ocurrió en el otoño de 1997, en un viaje escolar a tierras michoacanas que terminó de manera triste gracias a lo distraído que soy. Ya ven, cosas del amor. 

18 de marzo
Mis historias de familia, sobre el terremoto de 1985. Todos tenemos una historia que contar relativa al sismo que sacudió la Ciudad de México a mediados de los ochenta. En este post cuento cómo mi familia vivió ese trágico día. 

22 de marzo
Los de la banda Zoé ¿chairo-reptilianos-iluminati? Uno de los escritos más polémicos de mi blog, por el que incluso he recibido amenazas de muerte por parte de extraterrestres (si no me creen, chequen los comentarios en ese post). Ahí habló sobre los reptilianos y expongo por qué pienso que tienen que ver con el grupo de rock Zoé. 

26 de mayo
Niño ratero. Cuando iba en la primaria unos compañeros robaban juguetes de un Wal Mart y nos los vendían a precios muy económicos. Quise imitarlos y la cosa no me salió nada bien. 

1 de agosto
El Guardián de Pie de la Cuesta. En uno de mis viajes a Acapulco conocí al “Chanoc”, un salvavidas de esta playa acapulqueña quien me contó su peculiar historia. Un personaje digno de película mexicana de los setenta. Incluyo videos de sus raros rituales. 

11 de septiembre
Mi recuerdo del 11 de septiembre. El mundo se paró después de los atentados terroristas en contra de las Torres Gemelas de Nueva York del 11 de septiembre de 2001. En este post cuento qué estaba haciendo y lo que pensé ese día, mientras el mundo miraba con asombro este evento histórico. 

22 de noviembre
Sailor Moon y yo, Parte 1 y parte 2. Mucho tiempo fui fan de la caricatura Sailor Moon. Sí, ya sé que es un programa para niñas, pero entonces era un niño gordo romántico y sufría con esa historia. Años después volví a ver esta serie, y me gustó aún más. En este texto defiendo este gusto culposo. 

Y hasta aquí el recuento de este año. Bienvenido año 8, estoy ansioso por escribirte. 

Amigos, nos seguimos leyendo.

domingo, 5 de enero de 2014

Rosca de Reyes contra el desamor



El 6 de enero del 2001 decidí hacerme un auto regalo por el Día de Reyes: darme la oportunidad de luchar por el que hasta entonces pensaba que era el amor de mi vida.

Desde este momento me referiré a ella como E. Fuimos a la misma preparatoria. Nunca fue mi novia, por más que en los tres años que estudiamos en la misma escuela ella ocupara casi todos mis pensamientos.

1. Resumen de mi historia con E.

En cuarto año fuimos en el mismo salón, pertenecíamos al mismo grupo de amigos y podría decirse que éramos unidos. Cuando ingresamos al quinto año nos tocó en distintos grupos, ella comenzó a juntarse con otras personas más populares y pues... también se volvió popular. Como yo era todo lo contrario y apenas me llevaba bien con unas 10 personas, nuestra amistad fue enfriándose hasta volverse inexistente. Durante sexto año me la pasé buscando la forma de volver a su vida, y así cumplir mi sueño imposible de andar con ella.

A pesar de mi timidez, semanas antes de nuestra salida de prepa logré confesarle lo que sentía por ella con una carta que nunca obtuvo respuesta. Durante nuestro viaje de graduación cruzamos miradas de una forma muy extraña, lo que me dio cierta esperanza de que aquella carta no le había desagradado del todo. Aún así, no me animé a enfrentarme a E. y decirle de frente todo lo que por años tuve guardado.

Por eso, aunque al salir de la prepa sentía angustia porque no volvería a verla, también había cierto alivio al saber que su diaria presencia ya no me atormentaría.

2. Los meses oscuros

Mis primeros meses en la Universidad transcurrieron de forma extraña. Seguía sin ser popular y no tenía muchos amigos, sólo compañeros con los que intercambiaba un par de comentarios cordiales pero nada más.

Pensaba que mi vida universitaria estaría condenada a la mediocridad y aburrimiento, hasta que una mañana caminaba por los pasillos del campus y vi que E. caminaba junto a otra chica. Ella no me vio y qué bueno, porque seguro mi cara debió haber tenido la expresión de estúpida felicidad que tienen aquellos que llevan tiempo extraviados en el desierto y de repente se topan con un oasis.

Dediqué los días siguientes a investigar más sobre ella. Así me enteré que E. estudiaba Sistemas o algo relacionado con computadoras y esas cosas. Pasé meses buscando la forma de acercarme una vez más a ella y no dejar que el tiempo siguiera erosionado nuestra extraña relación.

Tras semanas de concienzuda planeación decidí jugarme el todo por el todo el próximo Día de Reyes.

3. Sábado 6 de enero de 2001

Recuerdo que los Días de Reyes solía despertarme de madrugada para ver los juguetes que me habían traído Melchor, Gaspar y Baltazar. Todavía ni salía el sol y ya estaba vuelto loco abriendo cajas y jugando.

Volví a sentir una ilusión similar el 6 de enero del 2001. Ese día también me levanté antes del amanecer y a las 6 de la mañana ya estaba en el andén del metro. Llegué a la estación "Escuadrón 201" cuando apenas comenzaba a esclarecer el cielo. Corrí varias calles y finalmente me encontré con la fachada de la casa de E. Al parecer nadie se había despertado pues las luces del interior estaban apagadas. Entonces saqué el sobre que guardaba en el interior de mi mochila, lo deposité con mucho cuidado en su buzón y me marché sonriendo pero con un vacío en el estómago que me duraría varios días.

Una hora después volví a mi casa. Ya había niños en las calles estrenando sus bicicletas y patines. Yo estrenaba la ilusión de que mi amor imposible recibiera una nueva oportunidad de ser posible. Esa noche partimos Rosca de Reyes en familia y me salió el muñequito, aquello debía ser una señal de que mi vida cambiaría.


4. La carta

La carta que deposité en el buzón de E. era un fiasco por dónde se le viera. Estaba dentro de un sobre manila en el que torpemente y con mi letra horrible había escrito el nombre completo de E. y su dirección. Más abajo, a modo de remitente, los datos de la Universidad en la que ambos estudiábamos. Mi idea, muy estúpida por cierto, era que tanto E. y sobre todo su familia pensaran que aquella correspondencia venía de la Universidad y sea quién sea quién encontrara el sobre se lo entregara a su destinataria sin andar fisgoneando.

En la carta interior brevemente le explicaba a E. lo importante que había sido su llegada a mi vida y lo triste que fue que nuestra amistad se perdiera con el tiempo. Mi escrito terminaba pidiéndole que nos reuniéramos pues sólo quería charlar con ella. Propuse fecha, hora y lugar: miércoles 10 de enero de 2001, 19 horas, en el parque donde está un altar a la Virgen de Guadalupe y que se encontraba a dos calles de su casa. Como estábamos de vacaciones supuse que aquel horario estaría bien.

Sólo unos días me separaban de nuevamente tenerla frente a mí, de hablar con ella y ver qué sorpresa me traía el destino. Cada hora que pasaba y me acercaba a la fecha marcada aumentaba mi nerviosismo y ansiedad, pero también me hacía sentir vivo y profundamente feliz.


5. El día D

El día de mi cita con E. me pasé toda la mañana decidiendo qué ropa me pondría para la que entonces era la noche más importante de mi vida. Finalmente opté por una camisa café con la que según yo no me veía tan gordo.

Aún faltaban varias horas para mi encuentro, y los nervios ya estaban acabando conmigo. Varias veces me puse a imaginar las supuestas charlas que tendría con E. Tras mucho atormentarme psicológicamente, concluí que por muchas proyecciones que hiciera jamás podría estar preparado para enfrentarme con ella. Dejé que el tiempo corriera y a las 6 de la tarde salí de mi casa.

El camino me pareció tremendamente corto, en menos de 40 minutos ya me encontraba frente al altar de la Virgen de Guadalupe. "Mejor llegar antes y no tarde", pensé. Supongo que recé un poco para mitigar el miedo. Dieron las siete en punto. Comenzó el pánico y la taquicardia. Ella aparecería en cualquier momento. Y yo sin saber cómo pararme o qué cara poner para verme interesante.

Y dieron las 19:05. Decidí no desesperarme, después de todo las mujeres siempre hacen esperar a los hombres ¿no?

19:10. En mi mente comenzó a girar una de las frases que escribí en la dichosa carta:

"Sí decides no ir y ponerle punto final a nuestra amistad, lo entenderé. No te sientas presionada".

¿Y sí eso es lo que estaba sucediendo? ¿Si finalmente E. decidió que no me quiere ni como amigo? ¿Y si no le llegó mi carta?

19:15... El fantasma de ser plantado ya era una amenazante realidad. Si bien siempre consideré que algo así podría pasar, la ilusión se había encargado de bloquear ese pensamiento.

19:20 ¿Cuánto tiempo sería prudente seguir haciendo el ridículo y aceptar que fui un iluso al pensar que bastaría una carta mal hecha para cambiar mi destino amoroso?

Poco antes de las ocho de la noche acepté que aquello era inútil y que sería mejor dejar de esperar. Emprendí el camino de regreso. Recuerdo que hablaba solo y que entre mis diálogos intentaba hacerme a la idea de que todo había acabado. Aunque también debo aceptarlo, una parte de mi se sentía aliviada de no haberme enfrentado a E.

* * * * *

Por años me pregunté por qué E. no fue a nuestra cita. Con el paso del tiempo fui aceptando que la idea de arreglar en un día esta historia de amor trunca era mucho pedir.

En cuanto a mi, dejé de ser invisible durante el resto de mi estancia en la Universidad. Me hice de muchos amigos que hasta la fecha conservo y mi vida amoroso tuvo nuevos capítulos en los que ahora sí me atreví a romper el silencio.

Así terminó esta historia que soñó con tener segunda parte en un Día de Reyes.