jueves, 26 de mayo de 2011

Niño ratero




Aquí estoy, una vez más, a punto de romper el silencio y ventilar mi vida privada en éste humilde blog. Si usted, querido lector, aún me guarda un poco de respeto, mejor no lea el siguiente post. En esta ocasión, la historia que quiero contarles es sobre un niño ladrón. ¿O debería decir, dos?

Vámonos al pasado. 1994. Su servidor estudiaba el sexto grado de primaria en la escuela pública Carlos Sandoval Sevilla. Era un niño gordo común y corriente. Ahora también soy gordo. Y común. Y corriente. Íbamos a nuestras primeras fiestas ‘de grandes’, hacíamos nuestros primeros intentos por congeniar con el sexo opuesto y pensábamos que éramos la octava maravilla. El punto es que a mis 11 años, por muy grandes que mis compañeros y yo nos creyéramos, seguíamos siendo unos niños. Supongo que no era el único que aun tenía sus muñecos y de vez en cuando los sacaba sintiendo cierta culpa. Como si a esa edad estuviera prohibido creerse héroe de caricatura, y de paso, darle vida a las aventuras más inverosímiles.

Afortunadamente, la edad de la punzada no me cambió del todo. Mientras algunos de mis amigos ya tenían dentro del mismo salón a sus novias, yo seguía creyéndome Caballero del Zódiaco, o Garfield, o futbolista estrella, o Superman, o lo qué fuera. Quizá por eso me fue imposible rechazar la oferta que Miguel, uno de mis compañeros, me hizo un día cualquiera a la hora del recreo.
- Oye, yo sé que te gustan los muñecos de los Depredadores. Cuestan como 100 pesos, pero un tío me los consigue más baratos. Si quieres le encargo uno, te lo daría a 18 pesos.

Obviamente dije que sí. La verdad, siempre había querido tener una figurita de acción del Depredador (sí, los extraterrestres mechudos feos de las películas). Digan que pequé de ingenuo, pero no le vi lo sospechoso a tal ofertón. Además, si hoy en día cien pesos aun es mucho dinero para mí, imagínense en esa época. Ahorré un par de días y junté los 18 pesos acordados. Una noche, mi amigo Juan Carlos (también iba en el mismo grupo) habló a mi casa para decirme que Miguel acababa de traerle mi Depredador. Quise ir por él inmediatamente, pero Juan Carlos insistió en que mejor me lo daría en el colegio al otro día. Ni dormir pude. Pacientemente esperé a que pasara la noche y a la mañana siguiente, recibí mi juguete. Nuevecito, en su empaque original. Ni quise abrirlo hasta llegar a mi casa. La verdad, estaba bien padre. Era algo así:



Miguel me dijo que podría conseguirme todos los juguetes que yo quisiera, a precios muy similares al de mi primer encargo. Y justamente eso pensaba hacer, ahorrar otros 18 pesos y encargarle otro muñequillo. Obviamente, la entrega del primer Depredador animó a que varios de mis compañeros y compañeras se animaran y pidieran varios encargos. Había que sacarle provecho a ese tío que supuestamente trabajaba en Juguetrón. Por un par de días, todos dejamos de lado la imagen de ‘grandes’ y sin pena hablamos de muñecas, personajes de acción y juguetes similares. Miguel siguió trayendo encargos a precios risibles, ante la felicidad de todos. Juntó tanto dinero, que en muy poco tiempo tuvo el dinero suficiente para comprarse una cámara fotográfica de fotos instantáneas. Gasto medio tonto, pues sólo nos tomábamos fotos sin chiste.

Por desgracia, la vendimia duró poco. Ricardo, nuestro profesor, empezó a sospechar y mandó a traer a los papás de varios de nosotros. Así quedó al descubierto que no existía ningún tío trabajando en Juguetrón, y que en realidad, los juguetes eran robados del Wal Mart de la colonia por Miguel y sus amigos. Hubo varios castigados y regañados por sus papás. Por fortuna yo salí impune del lío y me quedé con mi Depredador. Lo malo es que aunque tenía mucha ilusión, ya no pude obtener otros juguetes.

Un año después, ya en la secundaria, la anécdota de los robos al Wal Mart siguió en mi mente. Entonces deseaba tener un corrector Liquid Paper en forma de bolígrafo, pues estaba de moda. Por eso, se me hizo fácil sacar uno del Wal Mart, en lugar de pedírselo a mis papás. Lo hice como se hacen las estupideces, sin pensarlo. Lo tomé, lo guardé en mi bolsa y me salí corriendo. Esperaba que al hacerlo sonara alguna alarma, que algún policía me hubiera visto en una cámara de seguridad y saliera corriendo detrás de mí. No había ni salido de la zona del centro comercial, cuando el sentimiento de culpa me parecía insoportable. Abrí el paquete, saqué el lápiz corrector y lo estrellé un par de veces en un poste de luz. Al tercer impacto el corrector comenzó a chorrear y salirse de aquel instrumento roto. Fue un acto tonto, pero que en cierta forma me dio paz. Había robado, y lo peor, traicioné la confianza de quienes me pensaban incapaz de hacer algo. En aquellos tiempos la vigilancia en ese supermercado no era tan quisquillosa como ahora, pero aun así pasé unos meses temiendo que cada que ponía un píe en esa tienda me identificasen y así, fuera entregado a la justicia.

Esta fue la narración de un niño ratero que indirectamente volvió a otro en lo mismo. No me enorgullezco de lo que pasó, pero tampoco fue algo malo. Aprendí que al hacer algo malo, el peor castigo es enfrentarse a la conciencia de uno mismo. No volví a robar… bueno, sí, en otra ocasión, en el mismo Wal Mart, pero esa, fue
otra historia que ya conté alguna vez.

5 comentarios:

Sammm dijo...

En lo personal, siempre me gusta leer sobre tus anecdotas, no por lo que pase sino por la forma en que la narras. Por otro lado, coincido contigo en que la conciencia puede más que un regaño o un castigo de los padres y que muchas veces haces las cosas para ver "Que se siente" o sentir adrenalina.

Anónimo dijo...

Si, es una anecdota contada de una forma muy divertida.
Me gusta la nueva imagen del Blog, apenas la estoy viendo pero espero no perderme de tus escritos otra vez.
Besos, Dely

Luis Gabriel González Sayago dijo...

No bueno, que historia. Nunca he robado en un supermercado pero conosco a mi conciencia y si lo hubiera hecho aun me sentiría mal. Que buena anecdota, hasta como una fabula.

Wilmer Avila dijo...

Que tal Gabriel, curiosa anecdota eh. Saludos...

gabriel revelo dijo...

samm: como siempre, un gusto recibirte en éste blog. y sí, algunos somos muy sensibles a nuestro Pepe Grillo. Un abrazo.

dely: gracias por tu opinión de la entrada y sobre el nuevo formato del blog. te mando un gran saludo.

luis: nunca lo hagas, no vale la pena jajaja.

wilmer: saludos desde México, que bueno es saber de ti.