miércoles, 28 de noviembre de 2012

Despertando del sueño guadalajarense




Adormilado, más ojeroso que de costumbre y con la sensación permanente de estar sin estar. Así he pasado las últimas horas desde que un avión me trajo de vuelta a la Ciudad de México esta madrugada.

Regresé después de pasar cuatro días en Guadalajara, o mejor dicho, en la Feria Internacional del Libro Guadalajara 2012. Decir que estuve en Guadalajara sería tanto como mentir, pues lo cierto es que la Ciudad a penas y la visita ya que la mayor parte del tiempo me la pasé en este que es el festival literario más importante del idioma español.

Y qué les digo… quienes me conocen saben que ese es uno de los eventos que más puedo disfrutar en la vida. En el 2010 fui por primera vez y quedé fascinado, ahora que volví le agarré aun más gusto a esta feria que ya se me hace imprescindible. La primera vez vine por placer. Ahora igual, pero también fui a trabajar.

El medio para el que trabajo me mandó a cubrir el evento, y por supuesto no desaproveché la oportunidad. En parte por eso dejé de escribir estos días en este mi siempre adorado blog. Ahora que estoy de vuelta, aprovecharé los próximos días para ir posteando parte del material que estuve publicando estos días. Textos pequeños pero significativos, escritos en mi cuarto del hotel por las noches y en los que intenté plasmar lo emocionante que me resulta ir a este festival de las letras.

La FIL de este año me dejó muy cansado (y gastado por tanto libro que compré). Fueron días caóticos de ir y venir de una conferencia a otra. De recorrer pasillos interminables llenos de libros, de escribir notas en las noches y por las mañanas, y de dormir muy poco.

Sin embargo la experiencia lo valió… los próximos días les iré compartiendo lo que viví. Por lo pronto, les dejo esta reflexión que escribí cuando acababa de llegar a Guadalajara:

Basta haber sido seducido alguna vez por un buen libro para que este evento se nos antoje imperdible. Ver de cerca a esos escritores cuyas letras nos han hecho viajar a los lugares más lejanos, estar en las presentaciones de los nuevos títulos que seguramente llenarán los estantes de las librerías durante los próximos meses, intercambiar impresiones con otros locos que también ven en los libros una maravillosa oportunidad de ampliar los propios horizontes. A una Feria del Libro como esta se viene a perderse entre millones de obras, mientras esperamos el milagro de encontrar la próxima historia que capture nuestro entendimiento.

En mi caso, ignoro en qué momento caí preso de esta dulce adicción que es la lectura. Supongo que todo comenzó cuando empecé a leer fascinado el “Capulinita”, un pequeño cuentito que narraba las aventuras del personaje interpretado por Gaspar Henaine. Años después, me dio por devorar cómics. Superman, Los Hombres X, Batman o Spiderman, daba igual quién fuera el súper héroe, lo importante era vivir más vidas, estar ante la perspectiva de ser otra persona y vivir aventuras inimaginables sin necesidad de salir de mi cuarto.

Un salto aun mayor se dio cuando una profesora de la prepa nos habló con pasión de la “La Divina Comedia”, novela de Dante Alighieri. La leí fascinado, en cuestión de días aquella formidable historia sobre un hombre que recorre los infiernos buscando a su Beatriz me cautivó. Desde ese momento no he dejado de leer y de adoptar ídolos que no son actores ni músicos famosos, sino escritores.

Kundera, García Márquez, Murakami, Fuentes, Hesse, Rulfo, Cortazar, o Kafka, por citar una injusta minoría, son algunos de los constructores de esos universos en los que he habitado. Un mundo construido en hojas de papel, y que me resulta mucho más vasto y coherente que el real.

Ya veremos que me deja esta FIL Guadalajara, que por lo pronto me recibió con los brazos abiertos.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

La Reina del Sur



“Sonó el teléfono y supo que la iban a matar”

Así de envolventes y cautivantes son las primeras líneas de “La Reina del Sur”, novela escrita por Arturo Pérez Reverte. Y justamente en esa tónica se desarrolla el resto de las páginas que la conforman. Sin dar descanso a los lectores, que fascinados atestiguamos la vida de uno de los personajes femeninos más cautivantes de la literatura hispana de los últimos años: Teresa Mendoza.

Por años estuvo en mis planes leer esa novela de la que cada vez hablaba más gente. Sin embargo, admito que en un principio (por ahí del 2003-2004) el tema del narcotráfico no me interesaba demasiado, quizá porque aun lo sentía como algo ajeno y muy alejado de mi vida cotidiana.

Durante los últimos años esto cambió. Quizá por la edad o porque la situación del país ha cambiado considerablemente, el caso es que a últimas fechas todo lo que rodea al narco ha llamado poderosamente mi atención. Algo tienen esas mafias y su modus operandi que cada vez hacen que busque más y más información al respecto.

Por eso, cuando un ejemplar de La Reina del Sur se cruzó en mi camino, no dudé en leerlo. Así fue como conocí a Teresa Mendoza, o mejor dicho, a las varias “Teresas” que a lo largo de la historia se nos van presentando. Y es que esta novela no habla propiamente del narco, sino de la capacidad de reinvención y transformación de una mujer a lo largo de 12 años emprende una loca huida através de tres continentes distintos.

Una carrera por preservar la vida, y en la que queda demostrado que son las circunstancias las que nos van moldeando. Uno no elije ser quién es, sino el resultado de lo que deciden que seamos quienes nos rodean.

Pero empecemos por hablar de la construcción de esta historia. La Reina del Sur nos muestra un soberbio manejo de los tiempos y técnicas narrativas al servicio de los personajes. Por un lado, atestiguamos cómo un escritor va reuniendo las piezas que ayuden a explicar cómo una joven sinaloense común y corriente, hasta cierto punto tímida, termina convertida en la legendaria Teresa Mendoza, una mujer llena de dinero, poder y dueña de una determinación y coraje que hace temblar al más feroz de los narcos. Por otro lado, se nos narra justamente esos puntos intermedios que ayudaron a que esta ‘La Mexicana’ se ganara el respeto de mafias y autoridades por igual.

Todo comienza cuando Teresa Mendoza recibe una llamada en la que le comunican que su novio, el “Güero” Dávila, un piloto de avionetas dedicado al traslado de drogas para un cártel, acaba de ser asesinado. Entonces ella sabe que sus horas están contadas y que debe escapar antes de que los enemigos de su pareja den con ella y corra la misma suerte. Así, desconfiando de todo y de todos, sintiendo la proximidad de ‘la situación’, finalmente pone a prueba su destreza y valor (atributos que jamás se imaginó tener), e inicia una persecución que terminará de forma espectacular años después.

La Reina del Sur es una historia de corrupción y narcotráfico con sabor muy sinaloense, pero también está impregnada del mediterráneo, de las lejanas costas marroquíes en donde el mar es escenario de un eterno juego de policías y ladrones. Este libro habla de que hasta en el mundo del contrabando hay reglas no escritas, que no se puede confiar en nadie, pero por contradictorio que parezca, también habla de lealtades.

Corridos, un lujoso yate blanco, cigarros y tequilas, una cárcel cuyo tiempo pasa entre libros, barquitos de madera a escala cuidadosamente tallados, una cueva con un autentico tesoro, un ruso y su peculiar amistad, un pistolero a prueba de todo, una roca inmensa cerca de la orilla del mar, un bar en Culiacán donde un hombre bebé solo y triste en las tardes, el miedo al gris de los amaneceres… eso y aun más existe en este lujo de narración

Reconstruir una vida a base de fotografías, de testimonios, de momentos significativos. Sorprenderse de la agilidad mental de quien supo construir un imperio a base de nada y esperó el momento exacto para cobrar venganza. Maravillarse por su capacidad de aparentar frialdad y seguridad, a pesar de estar muriendo de dudas y miedos por dentro. He ahí el encanto de esta novela maravillosa que por semanas me mantuvo con el alma en un hilo.

Terminé de leer este libro y aun dudo sí Teresa Mendoza existió o no. Hasta en eso Pérez Reverte ha sido un genio. Nos sembró una duda que muchos aun tenemos dándonos comezón en la cabeza. Para ser honestos, me encantaría que la leyenda de La Reina del Sur fuera real, sería un desperdicio si una mujer así no hubiera existido…

Pa’ que les digo que no, si sí. 

sábado, 17 de noviembre de 2012

La muela del juicio que ya se fue

Escribo estas palabras desde la convalecencia. Medio dopado por las medicinas, con el cachete inflamado y la boca algo adolorida. Y es que hace dos días me operaron para sacarme una muela del juicio.

Originalmente tenía programada esta cirugía para hace un mes, pero se canceló a última hora. Como no me agradó ni se me hizo profesional el que se suspendiera la operación minutos antes ‘porque no llegó el anestesista’, pues busqué otro consultorio en donde me quitaran la muela.

La mamá de Tania me recomendó un dentista, amigo suyo desde hace años y con el que me aseguró, no me dolería nada. Esto último fue lo que me convenció casi de inmediato. Así, después de una cita de valoración, mi cirugía quedó programada para el 15 de noviembre a las 3 de la tarde.

Ese día llegué puntual al consultorio en donde ya me esperaba el dentista, su enfermera y una cirujana máxilofacial. Después de hacer mi show y unas cuantas bromas estupidas sobre mi operación (suelo hacerlo cuando estoy nervioso), la cirujana me preguntó si me sacaría una o las dos muelas que tengo. Decidí que de momento sólo me extrajera la que me había estando lata, pues la otra podía esperar unos meses más.

Lo anterior no fue solamente por marica, sino porque detectaron que la muela que me había estado dando lata estaba infectando la encia y la muela vecina. Hasta mencionaron que ya me salía pus, por lo que había que ponerle especial atención al problema. En esas circunstancias, prefería primero lidiar con esa muela del juicio y el desastre que estaba causando, y luego centrarme en la otra. Como dicen ‘un problema a la vez’.

Para quienes no los hayan operado por una muela del juicio, les explicaré cómo esta la cosa.

Primero te aplican varias inyecciones en la encia y zonas cercanas a la zona en la que se encuentra la muela. A diferencia de otras veces que me han puesto inyecciones semejantes, esta vez la anestesia fue más  potente, y en cuestión de minutos ya tenía adormecida la encia, la lengua y los labios. No sé cuantos piquetes me pusieron, pero el objetivo había sido alcanzado: ya no sentía nada.

Entonces cubrieron mi rostro con una especia de manta que sólo tenía un orificio por dónde salía mi boca. A partir de entonces no vi nada más. Me pusieron una base de hule para detener mis dientes y la cirujana comenzó a trabajar. De pronto mi boca se llenó de liquido. Sospeché que acababan de abrirme la encia con un bisturí, y aquella humedad era sangre. Por fortuna no sentía dolor alguno.

Mientras todo eso pasaba, la cirujana (a la cual le calculé menos de 40 años y me cayó a todo dar) platicaba con el dentista y la enfermera de temas muy diversos: lo que se compraría en el Buen Fin, cuál era su coche favorito o sobre su ex novio con el que volvía una y otra vez. La verdad todas esas conversaciones ayudaron a que me distrajera y el trámite de la operación se me hiciera más rápido.

En algún momento escuché que la muela del juicio era demasiado grande, por lo que mejor convenía partirla en pedazos. Entonces, con una herramienta que sonaba a taladro, comenzaron a destruir la muela. Salió un pedazo, luego otro, y finalmente, tras batallar mucho, desprendieron el trozo faltante. Con cada jalón aquel diente infernal tronaba, pero no sentí dolor alguno.

Todo esto lo hicieron con mucho cuidado, pues la muela de a lado se encontraba muy cerca y no querían lastimarla más de lo que ya estaba.

Después de revisar que no hubiera quedado alguna raíz, cocieron mi herida. Sentía un hilo ir y venir, pero nuevamente nada me dolió. Así terminó todo. Me recetaron medicamento, me dieron indicaciones y me retiré.

Aquí la maldita desgraciada:


Desde entonces me la he pasado dopado. Tomo analgésicos cada 8 horas, y un desinflamante y antibiotico (por eso de la infección) cada 24 horas. Debo comer nieve continuamente y ponerme hielo en el cachete. Tengo que dormir semi sentado, no hacer esfuerzos físicos ni asolearme. No me he sentido tan mal como pensaba, pero sí un poco incomodo. En esos momentos tengo inflamación y los medicamentos me tienen con mucho sueño y dolor de cabeza. Pero bueno, dijeron que era cuestión de unos 5 días para estar mejor.

El viernes falté al trabajo, y debido al puente me presentaré en la oficina hasta el martes. Espero estar más repuesto para esa fecha.

Y así fue la operación. La verdad esa cirujana hizo un buen trabajo, al final, este calvario está resultando menos pesado de lo que creí. Lo malo es que la otra muela del juicio sigue ahí, amenazante. No esperaré a que me de lata, por lo que en unos 4 meses programaré mi próxima cirugía.

Por lo pronto seguiré recuperándome, espero que la próxima vez que escriba en este blog esté aun más repuesto.

martes, 13 de noviembre de 2012

El eterno Miguel Bosé


Este año ha sido el más “conciertudo” de mi vida: Paul McCartney en el Zócalo, La Oreja de Van Gogh, Emmanuel, Panda, Alejandro Sanz, y Serrat y Sabina.

Bueno, quizá no sean tantos, pero para alguien huraño como yo, acostumbrado a ir a uno o dos conciertos por año, pues la cifra sí fue alta. Igual y ustedes piensan "pues sí, pero ha visto a puro artista para gente grande y aburrida", y puede que tengan razón, pero son mis gustos y me vale si les gustan o no.

Me faltaba un último concierto para cerrar bien el 2012: Miguel Bosé. Muchos y muy buenos comentarios había escuchado respecto a sus presentaciones, sin embargo muchas veces pensé que exageraban, y que en cierta forma, el español vivía de glorias pasadas.

El pasado viernes comprobé que un concierto de este cantante es todo un espectáculo. Como parte de su gira "Papitwo", Miguel Bosé está teniendo una serie de presentaciones en México. A mi me tocó verlo en el Auditorio Nacional el pasado viernes. Al igual que en la mayoría de los conciertos a los que he ido este  año, fue Tania la que me convenció de ir.

Si alguno de ustedes nunca ha visto a Miguel Bosé, no sabe de lo que se está perdiendo. Su espectáculo es simplemente una maravilla en el que uno canta y se emociona de principio a fin. No sé con sus giras anteriores, pero al menos en esta ocasión, su concierto tuvo la belleza y complejidad de una obra teatral. Eso percibí desde que uno ingresa al Auditorio Nacional y ve el escenario cubierto por una inmensa lona, la cual, durante todo el evento fue cambiando de ubicación y forma, dando a la escenografía la sensación de ser un ente viviente que en cada interpretación se renovaba ofreciendo un matiz diferente.

Esta gran manta no es el único elemento que le da vida a la coreografía. Una gran pantalla gigante detrás del escenario proyecta imágenes, vídeos y animaciones elegidas correctamente para acentuar emociones y remarcar momentos. Todo perfectamente planeado. Ni que decir de los juegos de luces que en esta ocasión dan la impresión de estar vivos e intuir el momento adecuado para causar un impacto visual y emotivo. Los músicos y coristas tampoco están estáticos, sino que todo el tiempo se mantiene de un lado a otro, conformando un gran número de coreografías que aportan mucho a la presentación. Todos estos elementos, más algunos más que sorpresivamente van apareciendo, están coordinados con una precisión matemática. Imagino que montar algo así requirió muchas horas de ensayo y sobre todo, una concentración sobre el escenario para que todo salga de acuerdo a lo planeado.

Y en medio de toda esa compleja maquinaria, Miguel Bosé, ese cantante mítico que tantas veces he escuchado y cuyas canciones han marcado a varias generaciones. Ese hombre de quién tengo varios discos y que con sus melodías se grabó en momentos claves de mi vida. Ese al que considero tan polifacético estaba actuando ante mí y otras 9 mil personas, quienes en ese momento comprobamos que estábamos presenciando a un ícono que seguramente en un futuro será conocido como leyenda.

Lo acepto. Me emocioné mucho durante el concierto. Y es que hubo de todo, momentos de mucha energía y alegría, otros nostálgicos y llenos de recuerdos. Cálido con el público pero a la vez atrevido y dueño del escenario. Desparramando un dinamismo sin descanso que pocos podrían aguantar. Todo un showman que no tiene nada que demostrar y sí mucho que brindarle a los espectadores.


En este concierto hasta se antojó jotearle. Y así lo hice pero nomás poquito, tampoco quiero que se me haga costumbre. Después salió Ximena Sariñana y con emoción canté la famosa frase de "Cashi sin querer". También salió Ana Torroja, la pelona que cantaba en Mecano.

En estos momentos, el autor de este blog se encuentra contrariado. A esta altura del texto no sé qué tanta justicia le he hecho a una presentación de casi tres horas en el que cada canción merecería ser nombrada. Sólo quiero decir que al salir de este concierto la figura de Miguel Bosé me parece más grande, más indispensable para la música contemporánea de nuestro idioma. 

Y es que si el concierto duró tanto, fue porque la gente no dejaba que Bosé se marchara. Aunque sospecho que él tampoco quería que aquella noche acabara.

Un loco excéntrico, un poeta cuya belleza en sus letras radica en la autenticidad. Un artista en toda la extensión de la palabra. Un Miguel Bosé al que sólo se le puede definir como Miguel Bosé. Ya lo vi en concierto, ya se puede acabar el mundo. 

jueves, 8 de noviembre de 2012

Yo sufrí de bullying



Este es uno de esos textos que siempre quise escribir, pero siempre lo posponía. Quizá por cobardía o porque nunca será agradable confesar que uno fue víctima de un problema tan común pero a la vez vergonzoso para quien lo padece. Fue a raíz de que vi la película "Después de Lucía" cuando vinieron a mi mente algunos momentos de mi vida que sí bien, forman parte del pasado y ya están superados, en su momento me provocaron varios dolores de cabeza.

Así pues, sin rodeos lo digo y rompo el silencio: yo sufrí bullying.

No a niveles extremos, ni siquiera fue algo que me impidiera hacer mi vida normal, pero sí de una forma recurrente y molesta. Nunca supe por qué durante años fui víctima de burlas. Tampoco cómo comenzó ni el momento en el que terminó. Un día el problema estaba ahí, y por mucho tiempo me acompañó como una sombra que de vez en cuando se las ingeniaba para recordarme que siempre andaba tras de mis pasos.

Inició en la secundaria y en parte de la prepa. Venía de una escuela de gobierno cuando ingresé al Instituto Don Bosco, colegio particular en el que al principio me sentí fuera de lugar. Con el paso de los meses me hice de algunos amigos, pero también le caí mal a varios compañeros que a ocasionalmente comenzaron molestarme. Me insultaban, y a veces me jaloneaban por motivos que ni yo entendía. A veces cuestionaban mi orientación sexual, o se burlaban de algunos de mis gustos. No todos, ni tampoco siempre, pero sucedía. Para ser honesto, creo que ser diferente a la mayoría era lo que me hacia blanco de bromas y comentarios hirientes. Y es que nunca tuve reparos en llevar mis cuentitos del Gato Garfield a clase o mi Tamagotchi (el cual me destrozaron un día), confesar que me gustaba la música de Fey, o que veía Sailor Moon. Si a eso le agregamos que nunca he sido muy sociable, entonces tenemos como resultado que era un blanco propicio para las burlas.

Algunas veces me defendí y terminé agarrándole a golpes con uno que otro malandrín que me colmaba la paciencia. Casi siempre con resultados nefastos para mi persona, pero con la satisfacción de que al menos los demás veían que el tonto que veían en mi a veces le daba por hacerse valiente.

En prepa, al ser una sección mixta (secundaria era varonil) el hostigamiento bajó un poco, aunque siguió por algún tiempo. Haberme enamorado en ese tiempo no me ayudó, al contrario, me volvió más torpe y hacia que me sintiera más confundido. No entendía por qué la chica de mis sueños no me hacía caso, ni por qué no era aceptado por los demás en la escuela. Mis calificaciones también se fueron a pique. Por fortuna, mi familia y los amigos con los que crecí en la calle donde vivo siempre me hicieron sentir querido. Fuera de la escuela sí podía ser yo con mis gustos, mis tonterías y sin temor al qué dirán. Nunca confesé lo qué me pasaba. No quería que supieran que era un dejado o descubrieran que el yo que ellos conocían simplemente se esfumaba cuando ingresaba al escuela.

Poco a poco fui librándome de estigmas. Durante el último año de prepa el niño abusado se transformó en una lacra mucho más vivaz que los abusadores. Me volví un malandro que se volaba clases y se iba de pinta, capaz de usar un permiso falso para entrar y salir del colegio, y que incluso alguna vez fue capaz (idiotamente) de darle yumbina a una de sus compañeras. Eso sin dejar de lado el que me armé de valor y le hice saber a la chica de mis sueños que me gustaba (otro día les cuento esa historia).

Cuando terminaron esos años en la prepa el bullying se esfumó y no volvió nunca más. Entré a la universidad y viví varios de los mejores años de mi vida. Hice amigos que aún conservo y siempre fui respetado por todos.

A la distancia, cuando recuerdo esos días en los que era molestado no puedo evitar sentir cierto coraje. Aún me sé los nombres de estos personajes, qué sabrá Dios por qué, me hacían la vida imposible. Qué ganas de encontrármelos ahora, que vean que ese niño gordo y timorato al que molestaban ya no es el mismo. Que se atrevan a molestarme y repetirme lo que me decían, y a ver de a cómo nos toca. Lo admito, me da curiosidad saber qué piensan ellos, si se sienten muy orgullosos o muy hombres por actuar como imbéciles. Ojalá y vieran que no me destruyeron, que fui capaz de tener amigos y de ser feliz a pesar de ellos.

Siempre fui diferente. Un tanto más sensible. Aficionado a la lectura, a las historias de amor, a escuchar música romántica, a actuar de forma un tanto inmadura y acostumbrado a la paz de mi casa y familia. Si eso les enojó o les pareció que era de homosexuales, haya ellos y su idiotez. Quiero creer que ahora han madurado y que así como yo cambié ellos también lo hicieron.

El fin de semana pasada escuché a varios familiares hablar a la ligera del bullying. Qué no existe, que no es tan grave. Eso es porque no lo han padecido. La indiferencia hacia este problema contribuye a que este se fortalezca.

Yo sufrí y sobreviví al bullying. Si estas palabras llegan a alguien que lo esté padeciendo le diré que sea fuerte, tenga confianza en sí mismo y no sé calle. Que denuncie a esos tontos, que siempre son cobardes disfrazados de villanos, pero cuyo papel les queda muy grande. Al final, el tiempo siempre nos pone a todos al mismo nivel. 

domingo, 4 de noviembre de 2012

Serrat y Sabina, por primera vez


Nunca me molesté en escuchar su música, o al menos eso pensaba. Sabía de la existencia de ambos, así como de la fama y prestigio del que cada uno goza, pero jamás indagué más allá de lo básico sobre ellos. Como un restaurante por el que uno pasa una y otra vez sin interesarse en entrar, y el día que por azares del destino lo hace, queda cautivado por la sazón de la comida, y justamente se recrimina el no haberse aventurado antes en aquella fiesta de sabor.

Así me pasó con Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina, a quienes hace apenas unas horas vi en concierto, y por quienes quedé gratamente sorprendido.

Confieso que la idea de asistir a una presentación de ambos nunca me cruzó por la cabeza. Fue Tania (quien además de novia también cumple en mi vida la función de guía en los rubros del cine y la musical), la que me convenció de ir al show de Serrat y Sabina. El día que fuimos a recoger los boletos para el concierto de Alejandro Sanz , se enteró que aún había entradas para ver a las dos leyendas españolas y no se lo pensó dos veces. Las compró y hoy se lo agradezco.

Por cierto, la gira lleva por título "Dos pájaros contraatacan". No sabía sí aquello era albur u homenaje a los Angry Birds.

¿Cómo se va a un concierto del que uno sabe apenas nada (o eso cree)? Y es que salvo "El boulevard de los sueños rotos" o "Cantares" , a mi mente no venían otras canciones de ellos.  Reconocía sus voces, sí, pero no la historia ni las batallas que las precedían. Por lo tanto esa noche, para bien o para mal, sería un constante descubrimiento del que no sabía si saldría bien librado.

La velada comenzó con varias sorpresas. Para empezar, unos minutos antes de llegar al Auditorio Nacional, el hasta entonces muy fluido tránsito se convirtió de la nada en un embotellamiento mortal. Nunca antes, y miren que he ido a muchos conciertos en ese recinto, me había tocado tanto tráfico para poder entrar al estacionamiento. Nos llevó media hora recorrer unos cuantos metros. Por fortuna habíamos salido con tiempo y aquel retraso jamás previsto no mermó nuestros planes.

El público era otra cosa digna de resaltar. Si en el concierto de Emmanuel dije que había asistido a mi primer concierto "pa' ñores", la presentación de Serrat-Sabina superaba notablemente el promedio de edad del público. Mucha gente mayor, rozando o superando la tercera edad. También había adultos contemporáneos y algunos jóvenes. La mayoría con apariencia intelectual y con aspecto de pertenecer a la clase media alta. No podía sentirme más fuera de lugar. Algo dentro de mí insinuaba que la noche corría el riesgo de ser aburrida.

Basto que el concierto empezara puntualmente para descubrir que todos mis prejuicios habían sido erróneos. Pensé que Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina eran dos viejitos cagengues que saldrían solamente a cantar sus canciones, recitar algún pensamiento y San- Se-Acabó. Sin embargó, apenas se apagaron las luces, dos alegres pájaros animados aparecieron en las pantallas del escenario. Cada uno representaba a uno de los cantantes, quienes con sus propias voces, en un par de diálogos me robaron varias carcajadas a mí y al resto de los miles de espectadores presentes.

Entonces irrumpieron ambos en el escenario. Bienvenidos a mi vida, a mis oídos y a mis ojos señor Serrat y señor Sabina. Dueños del escenario ambos derrochaban una vitalidad y energía que no he visto en otros intérpretes más jóvenes. Esos dos locos bailaban, subían y bajaban. Improvisaban canciones en el acto, y se daban tiempo para interactuar con los asistentes.

Un día después sigo sin saber qué disfruté más del concierto, si las canciones o esos intervalos en los que juntos o separados, ambos intérpretes comenzaban a charlar y a criticarse mutuamente. Aquello era un festival de risas, de buen humor, de inteligencia y rapidez mental. Ni que decir de la letra de las canciones algunas tan poéticas y literarias que podrían encajar perfectamente entre los párrafos de una novela o poema entrañable.

Por una noche el Auditorio Nacional era una mezcla excelsa de un Stand Up Comedy de alto nivel con un recital literario. Una noche de tertulia entre dos artistas que antes de eso, son amigos. En el transcurso de la velada descubrí que aquellos dos no me eran tan ajenos. Algunas de sus canciones las había escuchado otras veces, incluso me vinieron recuerdos de mi niñez en las que esas mismas melodías eran puestas por mi papá algún sábado por la mañana mientras lavaba el auto o cuando viajábamos en carretera.

Escuché todo el concierto atento. Como quien no quiere perderse una sola frase dicha por miedo a que la genialidad le pase de largo. Gracias a Tania, que ocasionalmente me hacía comentarios sobre las canciones, aquel momento se hizo aún más disfrutable.

Otro detalle digno de resaltar fue la banda que acompañó a estos dos pajarracos. Entusiasta y virtuosa, intuitiva en los momentos clave y con un ‘punch’ que adornaba y vestía las canciones ya de por sí maravillosas. La escenografía también fue muy acertada, sin ser nada del otro mundo hacia que uno se internará aún más en la atmósfera de un mundo creado por la locura y sentimiento de un Serrat más meticuloso y calmado, y un Sabina que es un reverendo desmadre.

Uno se da cuenta que disfruta mucho un concierto cuando sin darse cuenta lleva tres horas presenciándolo y aquello apenas parece un instante. Esos desquiciados se despidieron varias veces del escenario, pero volvieron impulsados por un público que, vaya contradicción, tenía la vitalidad de unos quinceañeros. Algo pasa con este tipo de figuras longevas cuyas presentaciones son eternas y eso se agradece. Así fue con Paul McCartney en el Zócalo , así fue con Serrat y Sabina en el Auditorio Nacional (guardando las distancias, claro está).

Al final los pájaros quedaron desplumados y finalizaron la velada poco antes de media noche (el concierto comenzó a las 8). Vi a dos niños con alma de poetas divertirse en el escenario. Al final valió la pena haber estado en la última de esas siete presentaciones que cimbraron el Coloso de Reforma. En la literatura nunca es tarde para acercarse a los clásicos, en la música pasa lo mismo. 

martes, 30 de octubre de 2012

Después de Lucía


Reflexivo, triste y tocado emocionalmente, así salí de la sala de cine después de ver "Después de Lucía", película mexicana dirigida por Michel Franco y protagonizada por Hernán Mendoza y Tessa Ía.

Durante los días pasados estuve escuchando muy buenas críticas al respecto de esta cinta, que entre su palmarés está el haber ganado el premio a la sección 'Una cierta mirada' en el Festival de Cannes 2012. Con el riesgo que conlleva el ver una película de la que se escuchan comentarios favorables, fui al cine esperando no salir decepcionado.

Y no fue así.

"Después de Lucía" aborda la historia de Roberto y Alejandra, padre e hija de 17 años que tras vivir toda su vida en Puerto Vallarta, se mudan a la Ciudad de México después de que la esposa y madre de ambos muriera en un accidente vehicular. Así, Roberto y Alejandra buscan adaptarse lo más pronto posible a su nueva vida. Él entrando a trabajar a como chef a un restaurante próximo a inaugurarse; ella, ingresando a una preparatoria en donde en un inicio parece adaptarse fácilmente.

A pesar de que Alejandra y Roberto conviven a diario y creen que la vida del otro sucede con normalidad, cada uno vive su propio drama. Él soportando el peso de la soledad y una profunda depresión y confusión a causa de la pérdida de su esposa. Alejandra, por su parte, empieza a sufrir bullying de parte de sus compañeros de escuela, provocado por un acontecimiento suscitado en un viaje a Valle de Bravo.

Padre e hija libran su propia batalla en silencio. Sin compartir lo que les pasa, quizá por vergüenza, quizá por no causarle problemas al otro. Las cosas se complican cuando Roberto se encuentra más desolado y la irá y el abandono impregnan cada aspecto de su vida, al mismo tiempo, el nivel de acoso y hostigamiento al que es sometida Alejandra alcanza niveles preocupantes.

Bajo dicha premisa, esta película inevitablemente nos sacude el interior. Y es que no sólo habla de bullying, problema del que de una u otra forma todos hemos formado parte ya sea como acosados, acosadores o testigos. Antes de eso, "Después de Lucía" habla de la incomunicación, de esa incapacidad de compartir los sentimientos y tragarnos para nuestros adentros aquel veneno que por diversas causas amenaza nuestras vidas.

Son varias las veces que a uno como espectador se le aplasta el corazón. Incluso por momentos se desea poder entrar a la pantalla y defender a Alejandra o darle un abrazo comprensivo a Roberto. Ni qué decir del final apoteósico que nos obliga a guardar silencio mientras salimos de la sala de cine.

Las actuaciones de los dos protagonistas simplemente son memorables. Inmediatamente nos capturan y adentran en la dinámica del personaje. Estéticamente la película ofrece una calidad aceptable, mostrando por momentos tomas interesantes y jugando con los silencios y escenas prolongadas en función de la historia y lo que se desea proyectar. Quizá haya algunas incongruencias en el guión, pero son aspectos mínimos que hacen de esta película un proyecto interesante y que merece todos los comentarios optimistas que ha recibido por parte de la crítica.

Tengo varios fragmentos de "Después de Lucía" bien grabados en la mente. A pesar de haberla visto hace dos días, la historia de Roberto y Alejandra sigue jugando con mi entendimiento. Eso y nada más es lo que uno quiere encontrar cuando va al cine.

De verdad, vale la pena… aunque la mitad del tiempo una se sienta asfixiado de tristeza. 

jueves, 25 de octubre de 2012

Goma de migajón casera, para el fin del mundo



Me encanta el olor de esas mendigas gomas de migajón marca Factis… pero bueno, luego les platico sobre eso.

Falta muy poco para el 21 de diciembre, día en el que supuestamente se acabará el mundo. Preocupado por el futuro de la humanidad, y a sabiendas de que según mi prima, muy pocas personas sobrevivirán al cataclismo, he decidido darles un útil practiconsejo.

Y es que, supongamos que sobrevives a las guerras, catástrofes naturales, cataclismo zombie, invasiones extraterrestres, inundaciones, pestes y a la radiación nuclear. Obviamente necesitarás sobrevivir en condiciones adversas durante varios meses, quizá años. Por eso, he decidido regalarle al mundo una enseñanza que los ayudará a pasarla mejor durante todo el tiempo que pasemos en la penumbra.

Uno nunca sabe si necesitará borrar algo escrito con lápiz durante el fin del mundo. Por eso grabé un pequeño video en el que les enseño cómo fabricar una goma de migajón, usando únicamente una rebanada de pan blanco.

Les dejo este material que grabé en un laboratorio científico de alta tecnología (de fondo se escucha mi hermana, quien me informa de un brujo al que le pedí contactar, por aquello de que se acerca el fin de los tiempos).



No me den las gracias, no les revelé este secreto porque me caigan bien, sino porque soy un héroe de estos tiempos, y además amo a la humanidad. 

domingo, 21 de octubre de 2012

Todos se van



Tiendo a padecer el paso del tiempo. Siempre he sido renuente al cambio y a ver cómo el paso de los años erosiona tanto a las personas como al espacio que hay entre ellas. Casi siempre alejándolas, pocas veces uniéndolas.

Esto me ha pasado varias veces con muchos de mis amigos. Cuando ya es demasiado tarde, noto que la distancia que nos separa se vuelve insalvable, y con algunos, las cosas se enfrían tanto que no vuelven a ser las de antaño. Como pocas veces ayer sentí este embate de la vida y sus circunstancias, cuando alrededor del medio día salí a pasear a mi perro, y al regreso vi a lo lejos a mi amigo Claudio. Tenía meses de no verlo. Nos saludamos y entré a mi casa.

A Claudio lo conozco desde siempre. Crecimos juntos, a sólo una casa de distancia. Los veranos de mi adolescencia los pasé con él y otro grupo de amigos (igual de entrañables) jugando futbol en el parque o en casa de alguno de nosotros, perdiendo el tiempo mientras compartíamos momentos que ahora sé, fueron irrepetibles.

En algún momento Claudio conoció a una chica y tiempo después vivieron juntos. Primero se mudó a un departamento en nuestra misma colonia, y después a otro más lejano. Pasó el tiempo y nuevamente regresó a la casa en la que creció.

Paulatinamente dejé de verlo.

Por medio de las redes sociales he sabido que ahora vive por un rumbo lejano y que tiene una relación estable con otra persona. Aún así, siempre guardaba la esperanza de que algún día volvería a vivir a su antigua casa.

Ayer comprobé que eso no pasará. Después de haber visto a Claudio, me puse a barrer el interior de mi casa. Ocasionalmente veía por la ventana que hacía. Así noté cómo en un camión de mudanza metían varias cosas que estaban dentro de su antigua vivienda. Un refrigerador, un comedor, sillas… ¡estaban vaciando esa casa, en la que tantas veces estuve sin imaginar que años después la vería en el abandono!

Entonces vi a su nueva pareja, a una pequeña niña y a otro muchacho. Todos se veían contentos. Dentro de la confusión que sentía, me agradó verlo contento. Terminaron de cargar el camión de mudanzas, y Claudio y sus acompañantes se marcharon.

Y yo en la ventana viendo todo como un espectador. El problema es que parte de esa película tiene que ver conmigo. Desde la ventana veía como una parte de mi pasado de desmorona sin que me atreva si quiera a salir y desearle buena suerte a mi amigo. A decirle un sincero 'te extraño' y un  ‘espero no perderte de vista’. Sin embargo algo no me dejó salir. Quizá el no querer verme demasiado sentimental o exagerado, quizá la pena, quizá el miedo de afrontar una despedida que no deseo.  

A varios de mis amigos de esa misma época los he dejado de ver.  Ahora, en el parque central de la colonia, justo en el espacio que ocupábamos como cancha ahí un castillo de plástico con resbaladillas. El mundo que por años viví se va desintegrando.

Supongo que debo aceptar que el tiempo pasa y es de lo más natural que las cosas cambien. Que quizá mi postura de renegarme al avance de la vida es ridícula e inmadura. Todo eso lo sé, es sólo que me cuesta aceptarlo y entender que la vida es continuo movimiento.

Y en ese transcurso se me va la vida como espectador. No sé por qué el tiempo y sus estragos siempre me hacen daño. Así somos los cobardes, o los ridículos, o los románticos.

miércoles, 17 de octubre de 2012

El Foro Sol, el maestro Sanz y una cucaracha despistada


Se asiste a un concierto para vivir un momento íntimo con la música, para generar esa energía que sólo público y cantante pueden lograr, y para volver eterno ese instante en el que una canción es interpretada frente a una horda de fieles.

Cuando el concierto es masivo, la experiencia se magnifica. Pero también, en los peores casos, puede perderse y naufragar.

Este era el riesgo que encontraba en cuanto me enteré que el maestro Alejandro Sanz se presentaría en el Foro Sol, un escenario mucho más grande que el Auditorio Nacional, recinto en donde el cantante español se ha presentado en anteriores ocasiones, y en donde he tenido la oportunidad de presenciar algunas de sus presentaciones, las más recientes en el 2010 y 2007.  ¿La duda era si un artista cuya música es algo calmada y romántica, podría tener una buena presentación.

El caso es que el pasado viernes Alejandro Sanz se presentó en el Foro Sol, recinto con capacidad para más de 50,000 personas. Y hay estuve. En primera porque hago lo que se me pega la gana y soy joven, en segunda porque su nuevo material, La Música no se toca, se me hace un discazo. Al llegar empecé sufriendo la pésima logística que tiene este lugar para el acceso del público. Se tiene que subir un puente, formarse, subir otro puente y dar mil vueltas ‘caracoleras’. Una vez en el interior del Foro, subir las gradas (que es como ascender por las escaleras de una pirámide), sentarse en un lugar de concreto y esperar el inicio del concierto.

(eso sin contar el precio de los boletos, que la verdad si estaban bien caros).

Pedir una bebida para sobrellevar la espera, escuchar a lo lejos que pasó una cucaracha y ver cómo las muchachas de esa zona se levantaban y gritaban al unísono. Ver el cielo y ver que por obra y gracia de Dios, las densas nubes que toda la tarde nublaron el cielo de la ciudad y amenazaban con tormenta, se fueron quién sabe a dónde.


Y después el inicio del concierto. Mucha alegría y emoción de la gente, pero también varias fallas de sonido evidentes. El mismo Sanz hacía gestos para que bajaran el volumen de algunos instrumentos. También había fallas en las pantallas y el que se iniciara con algunas canciones del nuevo disco que no todos los asistentes conocían, provocó, pienso yo, que la presentación en un inicio no fuera lo esperado.

Sin embargo, justo cuando empezaba a creer que este concierto quizá no sería muy bueno, fue cuando surgió el aplomo del cantante español, quien viejo lobo de mar, dio muestras de profesionalismo y de un diente largo y retorcido, logrando reponerse rápidamente y llevar aquella noche a buen puerto. Sólo le bastó interpretar algunos de sus éxitos infalibles, interactuar con el público y ponerle sentimiento y entrega a cada una de sus canciones.

Y listo, cuando menos nos dimos cuenta estábamos de nuevo ante un evento inolvidable. Presenciando un concierto que parecía recital de poesía debido a la calidad literaria de las letras del maestro Sanz. Buena selección de canciones, buena escenografía y esas canciones que desde hace mucho tienen un lugar muy especial en mi existencia.


Así pasaron quién sabe cuántas canciones. Uno sabe que un concierto valió la pena cuando se le hace breve, y queda esa certeza de que se podría haber estado dos, tres horas más en aquel lugar. Al final, un Sanz sincero conmovido se confesó emocionado por dar un concierto ante tanta gente en su México querido. Y uno, que lleva años admirándolo, pues se contagia del mismo sentimiento.

Al final, desalojar las gradas del Foro es todo un show. También salir nuevamente caracoleando y caminando por gran parte del Autódromo Hermanos  Rodríguez. Ni que decir del tráfico infame. Pero al final estos son gajes del oficio de quién va a un concierto, y este valió eso y más.

sábado, 13 de octubre de 2012

Pues, que siempre no… al menos por ahora


Como les conté en el pasado post, se suponía que en estos momentos  tendría que estar reponiéndome de la cirugía que tenía programada para esta mañana, y en la que me quitarían una muela del juicio. Pero heme aquí, escribiendo muy tranquilo y sin molestias, todo debido a que no hubo operación.

Así es, aunque el autor de este blog llegó puntual a la cita, el anestesiólogo que participaría en la intervención quirúrgica tuvo un contratiempo y no llegó. Por lo tanto, la operación se pospuso para mejor ocasión.

Y en esas ando. Muy tranquilo porque me libré de un procedimiento que me tendría en medio de una dolorosa recuperación, pero a la vez consciente y tenso porque lo inevitable se pospuso sólo por unos días.

Ya les contaré… 

jueves, 11 de octubre de 2012

Mi muela del juicio (final) y yo

Dicen que no hay plazo que no se cumpla, y que no hay postergar lo inevitable. El problema es cuando estamos a nada de llegar a ese plazo y el destino, desde horas antes de ocurrir, se nos vuelve una carga pesada y que nos abruma.

Justo en ese punto estoy ahora. Contando cada minuto que falta para enfrentar uno de esos momentos que siempre buscamos evitar en la vida. Sucede que el próximo sábado 13 de octubre, a las 9 de la mañana, me operan para sacarme una muela del juicio. O quizá hasta dos.

Esta carrera por escapar de lo inevitable comenzó hace unos 12 años, cuando en una visita de rutina al dentista me sacaron una radiografía y ahí descubrieron que era necesario sacarme las muelas del juicio. Por ese entonces no tenía molestia alguna, por lo que la sugerencia de operarme francamente me parecía ridícula. Supongo que mi papá se dio cuenta de mi angustia y me sugirió no someterme a esa cirugía. 'Total, igual y nunca te van a doler', dijo. Así di por cerrado (de momento) aquel capítulo de mi vida.

Pasaron muchos años. Terminé de estudiar la prepa, mi papá murió, curse la universidad, me enamoré y me rompieron el corazón varias veces, me gradué, fui nini, tuve un programa de radio, tuve otro trabajo, el Atlante fue campeón, me hice novio de Tania ... y entonces un día fui al cine, y mordí una palomita de maiz que me fracturó un pedazo de muela y tuve que visitar a otro dentista. Esto sucedió a mediados del 2012, y a raíz de aquellas visitas, este doctor también me mandó a sacar radiografías. De nuevo surgió el veredicto fatídico: las dos muelas inferiores del juicio algún día intentarán salir, y por su posición empujarán a los demás dientes provocándome un fuerte dolor.

Aquí las perras desgraciadas:

El dentista sugirió sacármelas cuando antes. Y como dice la canción, le dije que sí, pero no le dije cuándo. Pasé año y medio sin volverme a parar en el consultorio, hasta que hace unos dos meses, un viernes  para ser exactos, desperté con dolor en mis muelas inferiores del lado izquierdo. Era tanto mi dolor que saqué cita para el siguiente día. Después de revisarme, el doctor me dijo que no tenía caries, me tomó una mini radiografía y vio que la culpable de mi dolor era la muela del juicio. Volvió a mencionar la importancia de sacarme esa pieza antes de que me provocara dolores insoportables. Resignado quedé de avisarle la fecha en la que me operarían. Pero pues... pasé un mes sin dolor alguno, por lo que una vez más fingí demencia.

Hace quince días volví a sentir dolor en la misma zona, está vez más fuerte y con duración de varios días, incluso tuve que tomar calmantes para el dolor y desde entonces tengo una inflamada esa área. Comprendí, muy a mi pesar, que si no me operaba ese sería el cuento de nunca acabar, por lo que 12 años después, por fin le puse cita a mi fatídica cita con el destino. Y ese plazo está a nada de cumplirse.

Mentiría si no dijera que estoy inquieto y nervioso. Que me aterra la idea de la operación y más aún, de la lenta y dolorosa recuperación. Para colmo, soy medio hipocondriaco y ya me puse a buscar en internet varios testimonios de personas que también han sido sometidas a este tipo de cirugías. A unos les ha ido muy bien, a otros de la patada. Y con la suerte que tengo, no quiero ni decirles en cual grupo creo que estaré.

Ahora mismo estoy controlando la inflamación con chochos homeopáticos. Ah, porque eso no se los conté: mi dentista también es homeópata. Lo cual me genera cierta incertidumbre. Sin embargo, él operó de lo mismo a mi hermana años atrás, y a pesar de que sufrió algunos días, después se repuso y ahora está feliz, y viva.

Temo que antes de la operación el doctor sugiera quitarme de una vez la otra muela. Temo que el anestesista no me adormezca lo suficiente, y aquello sea un sufrimiento sin precedente. Y lo que sigue después ni les cuento: probables dolores incontrolables, hambre y la imposibilidad hasta de hablar por uno o dos días.

En pocas palabras, y como seguramente ya se dieron cuenta, me estoy cagando de miedo.

Faltan sólo unas cuantas horas para que me enfrente a uno de mis mayores miedos. Sólo espero que al final todo salga bien, y que sea lo que quiera Dios que sea.

La próxima vez que vuelva a escribir en este blog, espero que lo peor ya haya pasado. Eso sí, recuerden que pueden seguir mi sufrimiento a través  de mi cuenta de Twitter. (@gabrielrevelo).