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jueves, 4 de febrero de 2016

De cómo nos iba a golpear un fan gordo del Cruz Azul


Lo que están por leer una conmovedora historia de superación humana, una epopeya que sobrepasa los límites de lo increíble y que sin duda le dará una lección de vida.

(Bueno, no, la verdad solamente es la historia de cómo nos iba a madrear nos íbamos a pelear con un aficionado gordo del Cruz Azul, en las gradas del Estadio Azul).

El pasado martes fui al Estadio Azul con mi amigo Vázquez, su esposa y uno de sus amigos cuyo nombre no recuerdo (pero él sí se sabía el mío, qué oso). Bueno, estábamos ahí para ver el juego entre el Cruz Azul y el Atlante. Quienes me conocen saben que soy aficionado de toda la vida del Atlante, así que obviamente tenía que estar presente, sobre todo porque desde que mis Potros descendieron ya casi no puedo verlos en vivo.


El juego estuvo de mucha emoción y el Atlante logró, a base de mucho empuje, empatar el partido a un gol. Aunque nadie ganó, los aficionados traían una fiesta en las gradas y cuando llegó el silbatazo final todos estaban felices echándole porras a sus respectivos equipos. Entonces, en medio de la euforia vi a un chavo fresa y a su lobuki pasarle sus vasos repletos de cerveza a un fanático del Cruz Azul muy pasado de tamales, el cual los arrojó hacia donde estaba la porra del Atlante, mojando a varias personas que ni se lo esperaban.

Sí, como si fuera un animal, ese marrano monumental nomás porque sí le aventó esa bebida a otros aficionados. No fui el único que se dio cuenta de la mala onda del obesoide, pues un seguidor del Atlante que se encontraba cerca de él, agarró otro vaso de cerveza e hizo lo propio con el gordinflón. Aunque aquello fue una especie de justicia divina, el botijón no entendió eso de que "el que se lleva se aguanta" y empezó a echarle la bronca al atlantista.

En cuestión de segundos, el albondigón se abrió paso entre los demás aficionados para llegar hasta el seguidor del Atlante y golpearlo. De forma valiente éste no se amedrentó, al contrario, también comenzó a gritarle maldiciones. Todo estaba puesto para que esos dos terminaran liándose a golpes. 

(Aquí cabe señalar que todo este espectáculo de pena ajena yo lo presenciaba cómoda y tranquilamente desde mi lugar, ubicado filas arriba. Podría decirse que incluso hasta me divertía lo que sucedía).

La gente varias veces separó a los dos peleoneros, y aunque el panzón infame amagaba con retirarse, en más de una ocasión regresaba para seguir buscando bronca. Muchos de los presentes comenzaron a pedirle al balón con patas que ya se fuera, y entonces, de entre todos esos gritos alguien gritó "ya vete Peppa", en alusión a Peppa Pig, la cerdita que protagoniza unos dibujos animados para niños. El apodo me causó gracia, y nomás por cotorrear, mientras el mantecoso seguía echando pleito, comencé a gritar:

- ¡Peppa, Peppa, Peppa!

Algunos atlantistas que estaban a mi alrededor se me unieron y comenzaron a gritar lo mismo...

- ¡Peppa, Peppa, Peppa!

Todo era risa y diversión hasta que giré la cabeza y vi que a unos metros de donde estaba un sujeto con cara de maleante me miraba con odio. Resulta que ese tipo era amigo del marrano y al parecer no le causó gracia el griterío que inició por mi culpa. 

- Chin, ya valió madre. 

... pensé cuando vi que el cara de maleante se acercó a mí y comenzó a reclamarme. 

Mi amigo Vázquez se puso loco y también le respondió con majaderías. Entonces el maleante tomó el vaso de cerveza que tenía en la mano y se lo arrojó con fuerza. Para fortuna de Vázquez el proyectil no impactó en él, sino en la cara de su amigo cuyo nombre no recuerdo, quien ni deberla ni temerla terminó llevándose el trancazo. 

Esto hizo que Vázquez, su amigo de cuyo nombre no me acuerdo y el sujeto con cara de maleante se pusieran más locos, para colmo en ese momento el marrano aficionado del Cruz Azul iba subiendo hacia dónde estábamos y amenazaba con también unirse al pleito. Viendo la gravedad de la situación la esposa de Vázquez se alejó y yo hice lo que cualquier hombre valiente y buen amigo haría... hacerme güey. 

Fueron unos segundos tensos en los que vi pasar mi vida: Me imaginé pasando la noche en los separos, golpeado, con mi playera del Atlante rota, un diente menos y los ojos morados. Por supuesto en cuanto mi esposa se enterara de lo ocurrido seguramente me prohibiría regresar a un partido de futbol. 

No sé cómo pero al final ya no pasó nada. El pedazo de cebo y su amigo maleante se fueron retirando (por supuesto, mentando madres y lanzando amenazas hacía Vázquez, su amigo desconocido y un servidor. Cuando íbamos saliendo me puse mi sudadera roja por si el puercote y su cuate regresaban o nos topábamos con ellos más adelante. 

Una vez afuera del estadio me fui como alma que lleva el diablo, subí a mi auto e inmediatamente me marché a mi casa. Sí, lo sé, me vi bien maricón, pero preferí eso a terminar como Santo Cristo, pues esos dos sujetos tenían la pinta de ser personas violentas, de esas que gozan rompiendo narices. 

Aquí un video de esa noche, es de cuando el Cruz Azul le metió gol al Atlante. En algún momento se ve al amigo cara de maleante (bueno, creo que es él, no estoy muy seguro) haciéndole bullying a un aficionado atlantisa:


Escribí este texto para dejar testimonio de lo fácil que es hacer que en un estadio las cosas se salgan de control y de la nada se detone la violencia. 

También quiero aprovechar este espacio para decirle al cerdonio y a su cuate cara de maleante que se salvaron de recibir una paliza. 

martes, 17 de noviembre de 2015

Pinche Tren Ligero


Hasta hace unos meses el Tren Ligero de la Ciudad de México (que va de Taxqueña a Xochimilco) era algo ajeno a mi vida, tanto que eran contadas las veces que me había subido en este sistema de transporte eléctrico. Mi experiencia en esas ocasiones fue bastante plana y para bien o para mal, poco memorable.

Sin embargo, de unas semanas para acá he tenido que usar con mucha más frecuencia el Tren Ligero como medio de transporte para ir al trabajo. Las primeras veces este reencuentro transcurrió con total normalidad, incluso podría decir que la combinación entre el Metro y el Tren Ligero me parecían la mejor forma de recorrer una parte de la Calzada de Tlalpan. 

Total, que todo era alegría y felicidad hasta que el pinche Tren Ligero se las ingenió para ponerme de malas. 

Ocurrió un martes. Salí de mi casa con tiempo suficiente para llegar al trabajo. Abordé el Metro y al llegar a Taxqueña me dirigí a la estación Tasqueña del Tren Ligero. Tranquilo esperé a que llegara el tren y me subí a uno de los vagones. El tren comenzó su avance y entonces me percaté de que no paró en la primera estación… ni en la siguiente… ni en la siguiente.

Por alguna extraña razón el tren seguía de largo sin detenerse en cada estación. Mi extrañeza se volvió enojo cuando pasamos la estación en la que debía bajarme y no pasó nada. Indignado veía los rostros de los demás pasajeros buscando en ellos rastros de desconcierto. Y nada. Al parecer yo era el único sacado de onda por ese comportamiento tan extraño del tren en el que íbamos. Llegué a pensar que estaba enloqueciendo. 

Finalmente el tren se detuvo tres estaciones después de aquella en la que deseaba bajar. Enchilado esperé a que llegara otro tren que me llevara en dirección contraria y me regresara al trabajo. No sé ni cómo logré evité el retardo. 

Al otro día, miércoles, volví a subirme al Tren Ligero olvidándome por completo de la experiencia del día anterior, pues según yo había sido solamente un hecho aislado. Grave error. En cuanto subí al vagón y vi que pasamos la primer estación sin detenernos sentí que aquello era una mala pesadilla. Aún así suspiré pues nuevamente iba con tiempo suficiente. 

El problema fue que en esta ocasión el Tren Ligero no sólo se siguió de lado cuando pasamos por la estación en la que me debía bajar, sino que tampoco se detuvo donde un día antes lo había hecho sino hasta el Estadio Azteca. 

Cuando el señor chofer del Tren Ligero se digno a parar ya se me hacía tarde. Para mi consuelo, esta vez fuimos muchos los que enojados nos bajamos del tren preguntándonos qué diablos había pasado. 

Poder regresar hacia mi chamba fue un infierno, pues los trenes que iban en dirección contraria iban a reventar y lograr subir en ellos era imposible. Cuando lo logré ya era demasiado tarde para evitar el retardo en mi trabajo. Por supuesto me puse a mentar madres en Twitter, esperando que los encargados del Tren Ligero me dieran una explicación de lo ocurrido. Solamente recibí una respuesta escueta que no me aclaraba realmente por qué los trenes ligeros no se detenían en cada estación:


Al salir de trabajo, de regreso a casa, fui a quejarme a la estación del Tren Ligero de Tasqueña (que al igual que las otras estaciones de este medio de transporte, están bien rascuachas). Las señoras que me atendieron se mostraron extrañadas de lo ocurrido, pues según ellas, el Jefe de Estación se pone a gritar en el andén cuando los trenes no harán paradas en las primeras estaciones.

-Un sistema modernísimo, por cierto-. 

Obviamente negué que hubiera un viejo gritón anunciando la ruta que seguiría el tren. No contento con la explicación fui con el propio Jefe de Estación y me dijo lo mismo: Cuando los trenes se van directo, él mismo lo avisa a gritos. Hasta ganas de mentarle la madre me dieron. 

En ese momento me sentí ridículo pues jamás escuché los gritos del Jefe de Estación, o bien, el dichoso Jefe de Estación tiene voz de niña de tres años. 

Al otro día nuevamente me subí al tren ligero y en esa ocasión sí fue haciendo parada en cada estación, aunque eso sí, salí de casa todavía más temprano por si nuevamente el chofer del tren hacía su graciosada. 

Desde entonces vivo en miedo constante de abordar uno de esos trenes malignos que se detienen donde les da la gana. Afortunadamente hasta ahora no he vuelto a vivir esta horrible experiencia, sin embargo, sigo sin entender por qué diablos en el Tren Ligero piensan que es una buena idea que a veces los trenes no hagan paradas y a veces sí. Con este tipo de transporte nunca llegaremos al primer mundo. 

A veces hasta me dan ganas de mejor irme diario en auto, pero luego me acuerdo del tráfico y se me pasa…

martes, 29 de abril de 2014

El dilema del policía


Sucedió hace un par de semanas, un martes de abril alrededor de las 3 de la tarde, para ser más exactos. Me encontraba atorado en el tráfico, acompañado de mi novia, quien dormía apaciblemente en el asiento del copiloto después de un día de trabajo. La idea era ir a comer a un restaurante. 

Quizá sea correcto dar mi ubicación, para que aquellos que conozcan la Ciudad de México puedan darse una idea de dónde ocurrió lo que estoy por relatarles: Me encontraba en la calle Xola, también conocida como Eje 4 Sur o incluso como avenida Te, a la altura de la estación de Metrobús Upiicsa, en la Colonia Granjas México. Estaba en los carriles de la derecha, un tanto atontado por el sol, mientras esperaba que el semáforo se pusiera en marcha y poder avanzar un poco más. 

En esas andaba cuando de pronto escuché algunas groserías y mucho alboroto. Al levantar la mirada ví que de un Tsuru que estaba dos autos delante del mío, bajaron dos hombres que amenazaban a otras dos personas que se echaron a correr. Las dos personas que huían traían pistolas, las dos personas que las perseguían también. 

Los hombres que escapaban y quienes los seguían venían en dirección hacia dónde nos encontrábamos. En medio de la carrera los segundos intentaban apuntarle a los primeros. Sabiendo que pasarían a lado nuestro y temiendo que algún disparo se le escapara a alguno, tomé la cabeza de mi novia (que seguía dormida) y la incliné hacia mí, tratando de anteponer mi cuerpo sobre el suyo para protegerla, mientras con una de mis manos intentaba subir el vidrio de su puerta. Ella despertó por lo inesperado de mis movimientos y enojada me preguntó qué me pasaba, lo único que pude responderle fue que no alzara la cabeza. 

Los cuatro hombres pasaron corriendo a nuestro lado y se metieron en una de las estrechas calles de esa colonia, alejándose de la avenida en la que estaba. Lo anterior sucedió en apenas un 

Como si todo se tratara de una sincronía planeada, el semáforo cambió a verde y los vehículos comenzaron a avanzar. En ese momento, el Tsuru del que habían bajado los dos hombres dio vuelta en “U” de forma temeraria e imprudente, circulando en sentido contrario a toda velocidad y adentrándose en la calle en la que momentos antes habían entrado perseguidos y perseguidores. 

Entonces, corriendo detrás de todos ellos, atravesando la calle sin importarle los autos que comenzaban a transitar, iba un policía, quien iba desenfundando su pistola y también entraba en la calle antes mencionada. Llegó mi turno de avanzar y me alejé de ahí. 

* * * * *

Minutos después entramos a un Vips. Después de explicarle a mi novia lo que había ocurrido ambos formulábamos posibles teorías sobre lo que habíamos visto. ¿Un asalto donde los delincuentes no esperaban que sus victimas estuvieran armadas? ¿Un pleito personal? ¿Ajuste de cuentas entre narcomenudistas? Nunca lo supimos. A decir verdad, lo que en realidad nos inquietaba era la suerte de aquel policía que había decidido cumplir con su deber e ir detrás de aquellos sujetos armados. 

Seguramente el policía se encontraba cubriendo su turno en la estación del metrobús y cuando vio lo sucedido decidió intervenir y a toda prisa abandonó su puesto para ver qué sucedía. 

Por más que busqué en las noticias y en redes sociales no encontré ni una sola mención sobre lo ocurrido, por lo tanto, tampoco supe la suerte de aquel policía cuya acción me pareció heroica. Sea cuál sea el motivo de aquel pleito, se requiere mucho coraje para ir corriendo detrás de cuatro sujetos armados que sabrá Dios a que estaban dispuestos. Muchos en su lugar hubieran preferido no arriesgar su vida ni meterse en problemas, total, su responsabilidad era lo que ocurre dentro de la estación de Metrobús, no fuera de ella. 

En tiempos en los que la policía goza de tan poca aceptación social, y a menudo son poco respetados por la gente, ver a uno de ellos arriesgar su vida por el bienestar de los ciudadanos es algo que me hace confirmar que no todo está mal en este país y en sus instituciones. Hay gente buena y dedicada que día a día salen a dar lo mejor de sí mismos y a cumplir su chamba con creces. 

Probablemente ese policía jamás leerá esas palabras, pero seguramente lo hará alguna persona que de una u otra forma haga algo por sus semejantes, para ellos va este texto. 

martes, 15 de octubre de 2013

Mi primer festival de música (Corona Capital 2013)


No sé si lo hacía por hacerme el interesante e intelectual, o simplemente porque estaba chavo y era ignorante de la vida, pero durante muchos años me dediqué a hablar pestes de los festivales musicales. Y no, no hablo de esas porquerías de conciertos organizados por estaciones de radio con música para niñas quinceañeras, y a los que con dolor admito que alguna vez sí asistí.

Sí, he ido a muchos conciertos en mi vida, pero jamás a un festival musical en el que diversas bandas e intérpretes se presenten en varios escenarios durante varias horas y uno tenga la libertad de ver a quién quiera. A pesar de que tenía mucho que varios amigos y compañeros esperaban con ansias estos eventos y se emocionaban cuando se anuncian los carteles con los participantes, nunca conseguí prenderme de ese entusiasmo que veía como ridículo e incomprensible.

Porque claro, uno llega a una época en la que se cree intelectual de izquierda y piensa que únicamente lo que se lee, escucha y mira es lo que vale la pena. Así crecí creyéndome la última Coca Cola del desierto, escuchando música romántica en español y a uno que otro representante anglo, de hecho, quien me conoce bien sabe que soy muy fan de The Beatles pero también de Alejandro Sanz… oh sí, así de raros son mis gustos.

A raíz de que hace un par de años entré a trabajar a un famoso sitio de internet, he tenido que estar más en contacto con la música de todo el mundo, y mi escaso gusto musical que entonces se limitaba al pop comercial en inglés y español (qué oso estar escribiendo esto) poco a poco ha ido cambiando. Por eso, con un poquito más de cultura musical, decidí que era el momento de aventurarme e ir a mi primer festival de música. Y señores, el pasado fin de semana fui al Festival Corona Capital 2013, por lo que a continuación les narro mi experiencia…

Como en años pasados llegué a enterarme que los boletos se agotaban con bastante antelación, mi novia y yo los compramos desde meses antes del festival, eso sí, sólo adquirimos para el día sábado, pues ese día iban los grupos que queríamos ver, además porque no estaban tan baratos o bien, qué tal si la experiencia estaba gacha; además el sábado podía desvelarme sin broncas, mientras que el domingo esto hubiera sido más complicado por aquello del trabajo.

Finalmente llegó el día, me puse ropa más o menos cómoda, agarré una chamarra y me fui a ver qué show con el Corona Capital. Al llegar al Autódromo Hermanos Rodríguez lo primero que me sorprendió fue ver a tanta gente entrando al evento. A pesar de que las presentaciones de diversos grupos habían empezado dos horas antes, la gente seguía llegando en grandes cantidades. Yo ingresé a las 4 de la tarde y eran ríos de gente quienes también lo hacían.

Lo primero de lo que me di cuenta, fue que me encontraba rodeado de pura chaviza, la gran mayoría más joven que yo, que iban muy bien producidos al evento: ropa de moda, las muchachas con shortcitos de mezclilla y flores en la cabeza, y los hombres con sus playeras y camisas tipo mirrey. Y yo, pus en mis fachas.

En fin, también me sorprendió ver tanto colorido alrededor. Gracias a que la tarde estaba radiante, el vestuario de la gente, los globos, los escenarios y muchos otros elementos dispuestos a lo largo del lugar le otorgaban al festival un toque de alegría muy especial.


Pa´ los que les dio miedo ir o nomás frecuentan los bailes de música naca tipo La Arrolladora Banda Limón, les platico: el Corona Capital este año contó con cuatro escenarios, en los que al mismo tiempo se van presentando distintos exponentes de lo mejor de la música actual a nivel mundial.

Tras unos minutos en aquel universo extraño lo que más le cuesta a quien es primerizo como yo es hallarse. De pronto ves gente bailando por todos lados, tomando cerveza, yendo y viniendo de un lugar a otro y hablando de bandas de rock que ni sabías que existían. Entonces escuchas música en uno de los escenarios, y te acercas, y tímidamente comienzas a mover la patita o la cabecita, y de pronto, sin darte cuenta, ya estás bailando y cantando aunque no tengas ni idea de quién está en el escenario.

Eso fue lo que pasó con la primera presentación que vi, de un tal Chris Lake, que era un DJ que la verdad puso buen ambiente e hizo que todos se sintieran gringos en una playa californiana. Al terminar, vimos completa la presentación de un grupo llamado The Dandy Warhols, en el cual canta un güero con cabello largo, otro integrante del grupo era barbón y también había una chava mafufa que se ve estaba en un viajesooote.

Después llegó el turno de Travis, un legendario grupo al que con vergüenza admito que nunca le presté atención, pero que me conquistaron con su presentación. No sabía la cantidad de canciones de ellos que ya había escuchado y que identifiqué al instante. La verdad me emocioné y conmoví como no jamás pensé. Gracias a que mi novia enloqueció y quería estar lo más adelante posible, nos pusimos abusados y quedamos muy cerca del escenario, donde no importaba estar apretujado, oliendo toda la mariguana que fumaban unos chavos oaxaqueños que estaban a unos metros de nosotros o con un calor humano sofocante, lo importante era ser parte de esa energía que es tan diferente a la que se percibe en un concierto normal.



Al terminar Travis ya estaba enamorado del Festival Corona. Lo que a mi llegada veía con extrañeza o haciéndole caras raras, ahora me parecía increíble, todo esto sin haber tomado más que un refresco (aquí vale la pena mencionar que comprar un refresco, o cualquier otra cosa, era todo un show, pues los vendedores nunca jamás traían cambio).

Más fuimos a ver la presentación de Dinosaur Jr. un grupo rockero muy vacilador que tuvo sus momentos buenos y hasta emocionantes. Hora y media después, en ese mismo escenario salió Phoenix, grupo francés al cual vimos muy pero muy cerca del escenario, y cuya actuación fue una autentica locura. A sus maravillosas canciones se le tenía que sumar la calidad de las imágenes audiovisuales de su espectáculo y la entrega de los miles de asistentes que presenciaron su interpretación. En medio de esa locura me bastaba girar la cabeza para ver a un mar de gente moviéndose al unísono, cantando y moviéndose como si aquel fuera el último y más precioso momento de sus vidas.


Fue ahí cuando nos enteramos que a varios asistentes les estaban robando sus celulares, así que tomé mis precauciones para evitar que algún amante de lo ajeno me echara a perder la noche, eso sí, cada dos minutos checaba que el iPhone siguiera en su lugar. Después me fui al Bizco Club, el único escenario techado de todo el Corona Capital en donde vi parte de la presentación de M.I.A. No obstante el cansancio quisimos quedarnos un rato más para ver a Blondie en ese mismo sitio; la vocalista salió vestida como bruja y a pesar de que ya está en edad de quedarse en casa a ver la comedia de las seis de la tarde, escuché varios de sus éxitos y así cerré con broche de oro la noche.

Salimos a la 1 de la mañana, destrozados pero felices y con ganas de volver al otro año.

¿Mi primera experiencia en un Festival de Música? No sé en los demás festivales, pero al menos éste me pareció excelso. A pesar de que no falta el desadaptado que avienta vasos con cerveza, llega empujando a los demás o se pone a robar celulares, el 98% de la gente es amable y va a divertirse sanamente. En conclusión, me la pasé muy bien, conocí otras propuestas musicales y me traigo en el corazón varios momentos memorables.

Corona Capital, nos vemos el próximo año.  

lunes, 2 de septiembre de 2013

Licencia para turistear en el DF


Quienes me conocen saben que vivo completamente enamorado de la Ciudad de México. Habrá quién pensé que mi idilio  con esta metrópoli se debe a que siempre he vivido aquí y quizá así sea, lo cierto es que desde hace mucho tiempo estoy convencido que habitar esta ciudad es un verdadero privilegio.

Y es que el Distrito Federal es la ciudad donde cualquier cosa puede pasar, basta con perderse por unas horas entre sus calles para saber que aquí el ritmo de vida es muy diferente al de cualquier otra parte del mundo. Por su inmensidad e idiosincrasia uno nunca acaba de conocerla completamente, y que bueno que sea así.

Siempre me he preguntado qué es lo que siente quién visita por primera vez la Ciudad de México y cómo es esa sensación del primer encuentro con esta inmensa y surrealista urbe. Ser turista en el Distrito Federal, esa era la utopía que finalmente estoy cumpliendo. Y es que si bien ya tenía la costumbre de conocer nuevos sitios de la ciudad cada que podía, ahora no sólo lo hago más seguido, sino que es mi chamba.

Decidí que la mejor forma de devorarme esta ciudad y conocerla un poco más, era obligándome yo mismo. La licencia me la di yo mismo cuando en el sitio de internet para el cual escribo propuse una sección en la que semanalmente se presentara un sitio no tan conocido pero sí muy interesante de la capital mexicana. Hasta ahora este reto, si bien me ha traído una mayor carga de trabajo pues además de pasear hay que investigarle, también la he disfrutado mucho; eso de cada semana descubrir un lugar nuevo en mi propia ciudad me parece un lujo que pocos pueden darse.

Así, cada martes presentó una nota sobre algún sitio digno de conocerse en esta ciudad emblemática. Y ese es el motivo de este post, compartir este trabajo con los lectores de mi blog. Honestamente es un trabajo que realizó con mucha pasión y cariño, por lo que entre más gente pueda leerlo, mejor.

El nombre de esta sección es Vagando, para leer las que se han publicado hasta ahora den clic aquí. Podrán encontrar textos sobre un local especializado en Cupcakes, la historia de uno de los cines más gloriosos del continente que terminó siendo un cine porno o el descubrimiento de unas momias en la Ciudad de México.

Soy Gabriel Revelo, y tengo licencia para turistear, acompáñenme en el viaje, se va a poner bueno. 

martes, 2 de julio de 2013

Guerra Mundial Z... ¡¿y México?!



*** Atención, este post puede contener spoilers. Si no has visto la película, entre tus planes está hacerlo y no quieres que te arruine el final, mejor regresa a leer esto ya que hayas ido al cine (o la hayas visto pirata).

El fin de semana pasado fui al cine a ver Guerra Mundial Z, cinta protagonizada por Brad Pitt y que trata sobre una pandemia mundial ocasionada por un extraño virus que transforma a las personas en zombis. Basta la mordida de un individuo enfermo, para que la víctima se infecte y en segundos pierda la razón y el control de sí mismo.    

Como en buena película gringa hay mucha destrucción, todo el mundo se colapsa y son los estadounidenses los que heroicamente sufren y se la pasan buscando cómo salvar a la raza humana. La verdad me gustó mucho, todo el tiempo estuve emocionado y la historia me pareció muy interesante.

Aun así, el motivo de este texto, es hablar de la curiosa relación de esta película con México. Siempre me ha llamado mucho la atención toda referencia que se haga de nuestro país en algún film de gran escala como éste. Así como en “El fin de los tiempos”, los posters promocionales distribuidos en México hacían referencia a la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey hundidas en el caos, ahora en Guerra Mundial Z, el poster para su promoción en México muestra la avenida Reforma infestada de zombis.


¿Está mal decir que me emocionó ver a mi ciudad (que tanto quiero) destruida?

Luego me enteré que se hicieron posters similares para las principales ciudades del mundo. Aun así, creo que el mejor fue el dedicado a la Ciudad de México.

Pero esto no fue lo mejor. Resulta que cuando fui a ver la película, en una de las escenas finales se hace un recuento de la situación mundial tras la terrible invasión zombi. Entonces la voz en off que narra lo que ha pasado con la humanidad dice esta hermosa frase:

“La Ciudad de México quedó completamente destruida”.

En ese instante, toda la gente de la sala de cine exclamó un sincero, honesto y triste

“Aaaaaaahhh!!”

Y después comenzaron las risas nerviosas de todos. No sé si esto se debe a que: o nos da penita que piensen que en caso de cataclismo zombi seremos los únicos que de plano quedaremos destruidos; o bien, lo iluso de los productores de la película al creer que realmente podemos ser aniquilados, cuando ni sismos, manifestaciones, inundaciones, tráfico, influenza, y otras catástrofes lo han logrado.

Ignoro si dicen en cada país en el que se proyecta la película cambian el nombre de la ciudad destruida, o si en cualquier parte del planeta nos mencionan a nosotros.

En fin, tenía que contar este detalle que a me pareció de lo más pintoresco.  

Aunque nos den en la torre… ¡México, siempre presente en los grandes eventos!

domingo, 16 de junio de 2013

Sismo y luces en el cielo de la Ciudad de México


Tenía media hora que el sábado se había convertido en domingo. Pocas cosas espera uno que pasen a esas alturas de la noche, sobre todo cuando se está en casa viendo televisión con ropa de dormir. En esas condiciones me encontraba cuando sentí el primer empujón.

Fue como si me jalaran. A eso vino la sensación de subir y caer. Todo eso en apenas un segundo. Después exclamé el clásico 'está temblando'. Bajo esas circunstancias la rutina es más o menos la misma: todos se quedan quietos por un momento y de ahí se miran las lámparas para comprobar si hay movimiento en ellas. Y las sacudidas aumentaron. No había duda, temblaba y de manera muy intensa.

Salimos de casa. Lo primero que hice fue mirar al cielo. Entonces las vi: eran como truenos pero más luminosos, una especie de auroras boreales de color verde que hacían su aparición una y otra vez.

Estaba a punto de grabar lo que sucedía cuando el sismo aumentó su intensidad, haciendo que volviera a centrar mi atención en el movimiento telúrico. Los vecinos salieron a la calle, todos con cara seria pero nadie perdió la calma.

Segundos después todo terminó. Volvimos a casa e hicimos lo que siempre se hace tras un temblor: intentar hablarle por teléfono a los familiares (aunque las líneas se saturen y sea imposible comunicarse), prender la televisión para ver qué dicen en los canales de noticias, y claro, checar redes sociales.

Volví a recordar las luces. Para mi alivio no era el único que las había visto, además de mi hermana, había varias personas que también juraban haber visto esos rayos en el firmamento. En los medios no dijeron nada, pero por todos los testimonios en redes sociales, estaba claro que algo iluminó el cielo de la Ciudad de México.  


Unos decían que fueron unos transformadores que explotaron en algún punto de la ciudad. Otros lo atribuyeron a un fenómeno óptico llamado Triboluminiscencia, que es la reacción química por la deformación o fractura (mecánica o térmica) entre minerales y gases del ambiente, y que se dice, puede presentarse en sismos. Por cierto, esta teoría no está del todo probada.

También había quienes atribuyeron las luces al famoso fenómeno denominado Haarp, que se dice, es un arma que tienen los gringos, y que funciona usando fuerzas atmosféricas pueden ocasionar desastres naturales. Estas luces han sido vistas antes y durante varios sismos alrededor del mundo.

De estas teorías de inmediato desacredito la de los transformadores eléctricos explotando. Las luces que yo vi estaban a una altura considerable y no al nivel de los transformadores. Un reflejo de cables y descargas eléctricas en los postes de luz no se hubieran reflejado de forma tan intensa ni luminosa.

La Triboluminiscencia podría ser, pero vi fotos de este fenómeno y lo que vi en el cielo fue más intenso, grande, fuerte y hasta terrorífico. Por eso, no creo que ese haya sido la causa.

Y Haarp... puede ser. Honestamente nunca había creído en esta teoría, pero lo que vi se acerca demasiado.

Finalmente no creo lograr saber o entender lo que vi. Ni siquiera estoy seguro de que haya tenido relación con el sismo. Pero sucedió y por eso lo escribo, para que quede constancia y algún día alguien le encuentre lógica, o me confirme que aquello fue algo fue extraordinario.

domingo, 10 de febrero de 2013

Luis Miguel, al menos una vez en la vida



“Todos, alguna vez, deberían ir por lo menos una vez en su vida a un concierto de Luis Miguel”, escuché alguna vez por ahí. Desde entonces me apropié de la dichosa frase y la soltaba de vez en cuando en algunas conversaciones, aunque el tema no viniera mucho al caso.

Sin embargo, decirla no era muy coherente de mi parte, pues la verdad nunca había ido a un concierto de este interprete mexicano.

Fue a finales del año pasado cuando me enteré que Luis Mirrey volvería a dar una serie de presentaciones en el Auditorio Nacional. Decidí que ya era hora de comprobar si aquella frase que llevaba mucho diciendo realmente tenía razón de ser. Con parte de mi aguinaldo compré un par de boletos y esperé paciente a que llegara febrero.

El viernes finalmente llegó la noche del concierto. Con saco y camisa (y es que según mi lógica, a un concierto de Luis Mirrey uno no puede ir vestido como mamarracho) acudí puntual al Auditorio Nacional. Fui acompañado de Tania, quien varias veces me confesó que esperaba con ansias que Luis Mirrey cantará el tema de la película que grabó de niño, y en la que se queda cojo.

Mientras ingresábamos al recinto me di cuenta que el público iba muy bien vestido. Algunas señoras hasta se habían puesto tacón alto y vestido de noche con todo y lentejuelas. También había muchas lobukis y mirreyes, y como no iba a ser así, si para ellos, Luis Mirrey es su gurü y modelo a seguir. La verdad, aquello en lugar de un concierto parecía una fiesta de graduación de la Ibero.

El concierto no inició a la hora pactada, cosa que era de esperarse, pues Luis Mirrey puede darse el lujo de hacernos esperar. 20 minutos después de lo programado, inició el concierto en medio de una gritería considerable.

Ante nosotros estaba El Sol, ese que por décadas ha acompañado la vida de muchas personas con sus canciones. Incluso el más rockero o chairo no puede negar saberse al menos un tema de Luis Mirrey. Por eso, estar ahí era presenciar a una leyenda viviente. No importaba que en las primeras tres canciones apenas y se moviera y diera la impresión de que no lo merecía el suelo que estaba pisando.

Fue después de la quinta canción cuando Luis Mirrey se digno a dirigirle unas palabras al público. Contrario a lo esperado, esa intervención fue calida y hasta amistosa. Después de esta inesperada amabilidad continuó el concierto con algunos boleros románticos. De pronto me descubrí cantando “No sé tú” y “Por debajo de la mesa”. Cuando empezó su versión moderna de “Bésame mucho” ya me había ganado.

Dejó de ser Luis Mirrey y se convirtió en Luis Miguel. Dejó de estar pasmado en el escenario para moverse ágilmente de un lugar a otro e interactuar con el público. A veces con ademanes sobrados y medio payasones, pero vamos, es lo menos que uno espera en un concierto de este cantante.


Después los popurrís con sus grandes éxitos hicieron que la audiencia enloqueciera. Corrección, enloqueciéramos. Canciones de hace 15, 10, 5 años. Me sabía todas a pesar de que nunca he sido su fan. Melodías que se quiera o no, auténticamente forman parte de la cultura musical de este país.

Lo acepto, es un gran espectáculo. Los músicos de primer nivel, la corista guapa y muy bien entonada, la escenografía sin ser una maravilla es moderna y complementa muy bien el show. Y claro, la voz de Luis Miguel. Verlo cantar es un autentico agasajo. Sabe la voz que tiene y la explota de manera impecable. Subiendo al tono preciso cuando se requiere, alejando y acercando el micrófono para dar los efectos de sonoridad acordes al momento.

En el concierto también hubo un momento con mariachis en el que un par de canciones fueron dedicadas a México. Después volvió y cantó más y más éxitos, mismos que seguí cantando como enfermo mental. Pocas veces un concierto me ha emocionado tanto como éste.

Canté, sonreí e hice ademanes mirreyes como Luis Miguel. En las canciones emotivas y románticas ponía cara sería e interpretaba con cara de sufrimiento. Muy en mi papel. Y es que hacerle al Mirrey de vez en cuando, y gritarle a los cuatro vientos que uno es “oro de ley”, es algo que no está mal hacer de vez en cuando.

El concierto duró poco menos de dos horas, pero nadie se fue inconforme. Y sí, aquello de que todos deberíamos de ver a Luis Miguel en concierto al menos una vez en la vida es cierto. Por más intelectual, hipster, rockero, o fan de la música populosa seas, no puedes negarte la oportunidad de pasar un momento fenomenal.

Igual y piensan que exagero. Vayan a verlo y me cuentan. Verán como también terminan traumados como yo. Llevo dos días cantando sus canciones y moviéndome como si Dios me hubiera hecho a mano.

Así que si me ven próximamente comprendan mi comportamiento y no me juzguen por actuar como Luis Mi(rrey). Con permiso, voy a broncearme. 

martes, 13 de noviembre de 2012

El eterno Miguel Bosé


Este año ha sido el más “conciertudo” de mi vida: Paul McCartney en el Zócalo, La Oreja de Van Gogh, Emmanuel, Panda, Alejandro Sanz, y Serrat y Sabina.

Bueno, quizá no sean tantos, pero para alguien huraño como yo, acostumbrado a ir a uno o dos conciertos por año, pues la cifra sí fue alta. Igual y ustedes piensan "pues sí, pero ha visto a puro artista para gente grande y aburrida", y puede que tengan razón, pero son mis gustos y me vale si les gustan o no.

Me faltaba un último concierto para cerrar bien el 2012: Miguel Bosé. Muchos y muy buenos comentarios había escuchado respecto a sus presentaciones, sin embargo muchas veces pensé que exageraban, y que en cierta forma, el español vivía de glorias pasadas.

El pasado viernes comprobé que un concierto de este cantante es todo un espectáculo. Como parte de su gira "Papitwo", Miguel Bosé está teniendo una serie de presentaciones en México. A mi me tocó verlo en el Auditorio Nacional el pasado viernes. Al igual que en la mayoría de los conciertos a los que he ido este  año, fue Tania la que me convenció de ir.

Si alguno de ustedes nunca ha visto a Miguel Bosé, no sabe de lo que se está perdiendo. Su espectáculo es simplemente una maravilla en el que uno canta y se emociona de principio a fin. No sé con sus giras anteriores, pero al menos en esta ocasión, su concierto tuvo la belleza y complejidad de una obra teatral. Eso percibí desde que uno ingresa al Auditorio Nacional y ve el escenario cubierto por una inmensa lona, la cual, durante todo el evento fue cambiando de ubicación y forma, dando a la escenografía la sensación de ser un ente viviente que en cada interpretación se renovaba ofreciendo un matiz diferente.

Esta gran manta no es el único elemento que le da vida a la coreografía. Una gran pantalla gigante detrás del escenario proyecta imágenes, vídeos y animaciones elegidas correctamente para acentuar emociones y remarcar momentos. Todo perfectamente planeado. Ni que decir de los juegos de luces que en esta ocasión dan la impresión de estar vivos e intuir el momento adecuado para causar un impacto visual y emotivo. Los músicos y coristas tampoco están estáticos, sino que todo el tiempo se mantiene de un lado a otro, conformando un gran número de coreografías que aportan mucho a la presentación. Todos estos elementos, más algunos más que sorpresivamente van apareciendo, están coordinados con una precisión matemática. Imagino que montar algo así requirió muchas horas de ensayo y sobre todo, una concentración sobre el escenario para que todo salga de acuerdo a lo planeado.

Y en medio de toda esa compleja maquinaria, Miguel Bosé, ese cantante mítico que tantas veces he escuchado y cuyas canciones han marcado a varias generaciones. Ese hombre de quién tengo varios discos y que con sus melodías se grabó en momentos claves de mi vida. Ese al que considero tan polifacético estaba actuando ante mí y otras 9 mil personas, quienes en ese momento comprobamos que estábamos presenciando a un ícono que seguramente en un futuro será conocido como leyenda.

Lo acepto. Me emocioné mucho durante el concierto. Y es que hubo de todo, momentos de mucha energía y alegría, otros nostálgicos y llenos de recuerdos. Cálido con el público pero a la vez atrevido y dueño del escenario. Desparramando un dinamismo sin descanso que pocos podrían aguantar. Todo un showman que no tiene nada que demostrar y sí mucho que brindarle a los espectadores.


En este concierto hasta se antojó jotearle. Y así lo hice pero nomás poquito, tampoco quiero que se me haga costumbre. Después salió Ximena Sariñana y con emoción canté la famosa frase de "Cashi sin querer". También salió Ana Torroja, la pelona que cantaba en Mecano.

En estos momentos, el autor de este blog se encuentra contrariado. A esta altura del texto no sé qué tanta justicia le he hecho a una presentación de casi tres horas en el que cada canción merecería ser nombrada. Sólo quiero decir que al salir de este concierto la figura de Miguel Bosé me parece más grande, más indispensable para la música contemporánea de nuestro idioma. 

Y es que si el concierto duró tanto, fue porque la gente no dejaba que Bosé se marchara. Aunque sospecho que él tampoco quería que aquella noche acabara.

Un loco excéntrico, un poeta cuya belleza en sus letras radica en la autenticidad. Un artista en toda la extensión de la palabra. Un Miguel Bosé al que sólo se le puede definir como Miguel Bosé. Ya lo vi en concierto, ya se puede acabar el mundo. 

domingo, 4 de noviembre de 2012

Serrat y Sabina, por primera vez


Nunca me molesté en escuchar su música, o al menos eso pensaba. Sabía de la existencia de ambos, así como de la fama y prestigio del que cada uno goza, pero jamás indagué más allá de lo básico sobre ellos. Como un restaurante por el que uno pasa una y otra vez sin interesarse en entrar, y el día que por azares del destino lo hace, queda cautivado por la sazón de la comida, y justamente se recrimina el no haberse aventurado antes en aquella fiesta de sabor.

Así me pasó con Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina, a quienes hace apenas unas horas vi en concierto, y por quienes quedé gratamente sorprendido.

Confieso que la idea de asistir a una presentación de ambos nunca me cruzó por la cabeza. Fue Tania (quien además de novia también cumple en mi vida la función de guía en los rubros del cine y la musical), la que me convenció de ir al show de Serrat y Sabina. El día que fuimos a recoger los boletos para el concierto de Alejandro Sanz , se enteró que aún había entradas para ver a las dos leyendas españolas y no se lo pensó dos veces. Las compró y hoy se lo agradezco.

Por cierto, la gira lleva por título "Dos pájaros contraatacan". No sabía sí aquello era albur u homenaje a los Angry Birds.

¿Cómo se va a un concierto del que uno sabe apenas nada (o eso cree)? Y es que salvo "El boulevard de los sueños rotos" o "Cantares" , a mi mente no venían otras canciones de ellos.  Reconocía sus voces, sí, pero no la historia ni las batallas que las precedían. Por lo tanto esa noche, para bien o para mal, sería un constante descubrimiento del que no sabía si saldría bien librado.

La velada comenzó con varias sorpresas. Para empezar, unos minutos antes de llegar al Auditorio Nacional, el hasta entonces muy fluido tránsito se convirtió de la nada en un embotellamiento mortal. Nunca antes, y miren que he ido a muchos conciertos en ese recinto, me había tocado tanto tráfico para poder entrar al estacionamiento. Nos llevó media hora recorrer unos cuantos metros. Por fortuna habíamos salido con tiempo y aquel retraso jamás previsto no mermó nuestros planes.

El público era otra cosa digna de resaltar. Si en el concierto de Emmanuel dije que había asistido a mi primer concierto "pa' ñores", la presentación de Serrat-Sabina superaba notablemente el promedio de edad del público. Mucha gente mayor, rozando o superando la tercera edad. También había adultos contemporáneos y algunos jóvenes. La mayoría con apariencia intelectual y con aspecto de pertenecer a la clase media alta. No podía sentirme más fuera de lugar. Algo dentro de mí insinuaba que la noche corría el riesgo de ser aburrida.

Basto que el concierto empezara puntualmente para descubrir que todos mis prejuicios habían sido erróneos. Pensé que Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina eran dos viejitos cagengues que saldrían solamente a cantar sus canciones, recitar algún pensamiento y San- Se-Acabó. Sin embargó, apenas se apagaron las luces, dos alegres pájaros animados aparecieron en las pantallas del escenario. Cada uno representaba a uno de los cantantes, quienes con sus propias voces, en un par de diálogos me robaron varias carcajadas a mí y al resto de los miles de espectadores presentes.

Entonces irrumpieron ambos en el escenario. Bienvenidos a mi vida, a mis oídos y a mis ojos señor Serrat y señor Sabina. Dueños del escenario ambos derrochaban una vitalidad y energía que no he visto en otros intérpretes más jóvenes. Esos dos locos bailaban, subían y bajaban. Improvisaban canciones en el acto, y se daban tiempo para interactuar con los asistentes.

Un día después sigo sin saber qué disfruté más del concierto, si las canciones o esos intervalos en los que juntos o separados, ambos intérpretes comenzaban a charlar y a criticarse mutuamente. Aquello era un festival de risas, de buen humor, de inteligencia y rapidez mental. Ni que decir de la letra de las canciones algunas tan poéticas y literarias que podrían encajar perfectamente entre los párrafos de una novela o poema entrañable.

Por una noche el Auditorio Nacional era una mezcla excelsa de un Stand Up Comedy de alto nivel con un recital literario. Una noche de tertulia entre dos artistas que antes de eso, son amigos. En el transcurso de la velada descubrí que aquellos dos no me eran tan ajenos. Algunas de sus canciones las había escuchado otras veces, incluso me vinieron recuerdos de mi niñez en las que esas mismas melodías eran puestas por mi papá algún sábado por la mañana mientras lavaba el auto o cuando viajábamos en carretera.

Escuché todo el concierto atento. Como quien no quiere perderse una sola frase dicha por miedo a que la genialidad le pase de largo. Gracias a Tania, que ocasionalmente me hacía comentarios sobre las canciones, aquel momento se hizo aún más disfrutable.

Otro detalle digno de resaltar fue la banda que acompañó a estos dos pajarracos. Entusiasta y virtuosa, intuitiva en los momentos clave y con un ‘punch’ que adornaba y vestía las canciones ya de por sí maravillosas. La escenografía también fue muy acertada, sin ser nada del otro mundo hacia que uno se internará aún más en la atmósfera de un mundo creado por la locura y sentimiento de un Serrat más meticuloso y calmado, y un Sabina que es un reverendo desmadre.

Uno se da cuenta que disfruta mucho un concierto cuando sin darse cuenta lleva tres horas presenciándolo y aquello apenas parece un instante. Esos desquiciados se despidieron varias veces del escenario, pero volvieron impulsados por un público que, vaya contradicción, tenía la vitalidad de unos quinceañeros. Algo pasa con este tipo de figuras longevas cuyas presentaciones son eternas y eso se agradece. Así fue con Paul McCartney en el Zócalo , así fue con Serrat y Sabina en el Auditorio Nacional (guardando las distancias, claro está).

Al final los pájaros quedaron desplumados y finalizaron la velada poco antes de media noche (el concierto comenzó a las 8). Vi a dos niños con alma de poetas divertirse en el escenario. Al final valió la pena haber estado en la última de esas siete presentaciones que cimbraron el Coloso de Reforma. En la literatura nunca es tarde para acercarse a los clásicos, en la música pasa lo mismo. 

miércoles, 17 de octubre de 2012

El Foro Sol, el maestro Sanz y una cucaracha despistada


Se asiste a un concierto para vivir un momento íntimo con la música, para generar esa energía que sólo público y cantante pueden lograr, y para volver eterno ese instante en el que una canción es interpretada frente a una horda de fieles.

Cuando el concierto es masivo, la experiencia se magnifica. Pero también, en los peores casos, puede perderse y naufragar.

Este era el riesgo que encontraba en cuanto me enteré que el maestro Alejandro Sanz se presentaría en el Foro Sol, un escenario mucho más grande que el Auditorio Nacional, recinto en donde el cantante español se ha presentado en anteriores ocasiones, y en donde he tenido la oportunidad de presenciar algunas de sus presentaciones, las más recientes en el 2010 y 2007.  ¿La duda era si un artista cuya música es algo calmada y romántica, podría tener una buena presentación.

El caso es que el pasado viernes Alejandro Sanz se presentó en el Foro Sol, recinto con capacidad para más de 50,000 personas. Y hay estuve. En primera porque hago lo que se me pega la gana y soy joven, en segunda porque su nuevo material, La Música no se toca, se me hace un discazo. Al llegar empecé sufriendo la pésima logística que tiene este lugar para el acceso del público. Se tiene que subir un puente, formarse, subir otro puente y dar mil vueltas ‘caracoleras’. Una vez en el interior del Foro, subir las gradas (que es como ascender por las escaleras de una pirámide), sentarse en un lugar de concreto y esperar el inicio del concierto.

(eso sin contar el precio de los boletos, que la verdad si estaban bien caros).

Pedir una bebida para sobrellevar la espera, escuchar a lo lejos que pasó una cucaracha y ver cómo las muchachas de esa zona se levantaban y gritaban al unísono. Ver el cielo y ver que por obra y gracia de Dios, las densas nubes que toda la tarde nublaron el cielo de la ciudad y amenazaban con tormenta, se fueron quién sabe a dónde.


Y después el inicio del concierto. Mucha alegría y emoción de la gente, pero también varias fallas de sonido evidentes. El mismo Sanz hacía gestos para que bajaran el volumen de algunos instrumentos. También había fallas en las pantallas y el que se iniciara con algunas canciones del nuevo disco que no todos los asistentes conocían, provocó, pienso yo, que la presentación en un inicio no fuera lo esperado.

Sin embargo, justo cuando empezaba a creer que este concierto quizá no sería muy bueno, fue cuando surgió el aplomo del cantante español, quien viejo lobo de mar, dio muestras de profesionalismo y de un diente largo y retorcido, logrando reponerse rápidamente y llevar aquella noche a buen puerto. Sólo le bastó interpretar algunos de sus éxitos infalibles, interactuar con el público y ponerle sentimiento y entrega a cada una de sus canciones.

Y listo, cuando menos nos dimos cuenta estábamos de nuevo ante un evento inolvidable. Presenciando un concierto que parecía recital de poesía debido a la calidad literaria de las letras del maestro Sanz. Buena selección de canciones, buena escenografía y esas canciones que desde hace mucho tienen un lugar muy especial en mi existencia.


Así pasaron quién sabe cuántas canciones. Uno sabe que un concierto valió la pena cuando se le hace breve, y queda esa certeza de que se podría haber estado dos, tres horas más en aquel lugar. Al final, un Sanz sincero conmovido se confesó emocionado por dar un concierto ante tanta gente en su México querido. Y uno, que lleva años admirándolo, pues se contagia del mismo sentimiento.

Al final, desalojar las gradas del Foro es todo un show. También salir nuevamente caracoleando y caminando por gran parte del Autódromo Hermanos  Rodríguez. Ni que decir del tráfico infame. Pero al final estos son gajes del oficio de quién va a un concierto, y este valió eso y más.