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domingo, 8 de julio de 2012

El iPhone llegó a mi vida

Hola de nuevo blog. Me ausenté de este espacio por unos días y mi excusa no es la mejor: llegó a mi vida un nuevo juguetito que me impidió estar al día con ‘El Incomprensible Mundo de Gabriel Revelo´. Es que desde hace unos días tengo un iPhone.

Mentiría si negara que tenía años queriendo uno, sin embargo su elevado costo siempre me hacia pensar que ‘ya será en otra ocasión’. Y qué creen, que esa ocasión ya llegó. Y no, no soy más rico, al contrario, sigo igual de fregado, pero también entiendo que uno debe consentirse de vez en cuando. 

Así pues, dejó a un lado a mi heroica BlackBerry que me acompañó durante año y medio y entro de lleno al mundo de los usuarios de iPhone con un hermoso modelo 4s blanco. Muchos me dirán que mejor hubiera esperado que saliera el nuevo modelo, que me convenía más un Android, o que Apple están en decadencia, pero pus hasta ahorita estoy muy feliz y contento con mi elección.

Y un detalle muy importante: ya puedo jugar Angry Birds , lo cual me hace un ser dichoso y pleno (ya se que este teléfono sirve para cosas mucho más importantes, pero no me juzguen, mejor oriéntenme).

Si bien todavía no sé usarlo muy bien, sí estoy comprobando aquello de que ‘después de un iPhone, nada vuelve a ser igual’. Junto con esta emoción por tener un nuevo Gadget, viene mi acostumbrada preocupación ‘de no saber cuidar las cosas’. Una grafóloga me lo dijo hace un mes : cuando me obsesiono con algo no dejo de darle vueltas en mi cabeza.

Ahora mismo me pasa eso. Tengo miedo de averiar mi teléfono, de que se descomponga, se me ensucie, me asalten y me lo roben, etc. Un montón de probabilidades cuya sola idea me aterra. Y es que el chistecito de tener uno de estos aparatejos, (costo más renta mensual) no me saldrá muy barato que digamos, así que el miedo es medio justificado.

Además, también tengo nervios y ñañaras ahora que Telcel eliminó sus planes de Internet ilimitado, y como no tengo ni idea de cuanto sean 3GB, pues tengo que ir administrando mi consumo. No sé si traer abiertas muchas aplicaciones (tipo Foursquare) consuma mucho de esos bytes, por lo que todo el tiempo los traigo apagados. Pero bueno, con el tiempo iré aprendiendo.

En fin, igual y este post fue un poco egocéntrico y muchos de ustedes pensarán ‘este güey nomás nos quiere presumir’. Y pues , la verdad sí. Ya ven, así somos los seres con baja autoestima, necesitamos refugiarnos en las cosas materiales.

Por lo pronto, seguiré como niño con juguete nuevo. Bajando aplicaciones, moviéndole una y otra vez para encontrar nuevos trucos y ya. Supongo que en unos días volveré a la normalidad. Así me pasó con mi iPod y mi Tamagotchi 

Los dejo, me voy a contemplar mi iPhone. 

domingo, 11 de diciembre de 2011

Crónicas de Tamagotchi 4: La Derrota

Ayer murió mi Tamagotchi, y no me siento ni un poquito culpable. Cuando me di cuenta en la pantalla había un platillo volador balanceándose, señal de que las mascotas virtuales decidieron marcharse debido a mis malos tratos. Y es que durante día y medio no le presté ni tantita atención. Qué si el trabajo, qué si la reunión con los amigos, qué si el cansancio, qué si había que llevar a Margarito a su cita con el veterinario... y aquí es donde entra el verdadero protagonista de éste texto.

Margarito (o Margaro, como ustedes prefieran) es el nombre de mi perro. Algunos dicen que es de raza maltés, pero en realidad es producto de una extraña mezcla, por lo que clasificarlo sería un tanto difícil. Tiene 12 años y vive en mi casa desde que tenía un mes de nacido. Fue comprado por mi madrina en el mercado de La Lagunilla como regalo de cumpleaños para mi hermana. Desde entonces no hay día en el que éste perro no me alegre la vida.

En febrero del 2007 Margarito fue atropellado. Su cadera quedó rota en tres partes. Tuvo que ser operado para que le pusieran una placa en sus huesos y pudiera volver a caminar. Durante esos días de angustia supe lo que era el amor hacia un animal. Después de semanas muy duras Margaro se recuperó y volvió a ser el mismo. Sociable, ocurrente, inquieto a pesar de su edad, saltarín, siempre intentando correr, con un hambre voraz, y unas ganas de vivir y querer que no le caben en el cuerpo. Así es mi perro, que por si fuera poco, también derrotó a mi Tamagotchi.

Así es, si en parte no le puse mucha atención a las garrapatas virtuales de mi celular fue porque en estos momentos Margarito necesita mucho más de mí. Debido a su edad y a la placa en su cadera ha tenido varios problemas de salud. Quizá tengan que operarlo de nuevo o tener un largo tratamiento para que vuelva a estar 100 por ciento bien. Por eso ayer preferí llevar al Margaro a su cita con el veterinario en lugar de atender las peticiones repetitivas de un Tamagotchi. Es más, ni me lo llevé a pesar de que el artefacto electrónico cabe en mi bolsillo. Hasta en las mascotas hay clases y para mí, Margarito ocupa el puesto más alto.

Tener un Tamagotchi podrá ser divertido y hasta una experiencia interesante, pero jamás comparada con tener un perro. El Tamagotchi siempre llevará las de perder ante un ser que es capaz de entenderme y darme el amor más puro que pueda conocer. Basta comparar la frialdad y opacidad de una pantalla, con los ojos castaños de canica de mi perro para saber que el Tamagotchi pierde el duelo por paliza.

Reiniciaré mi aparatito japonés. Vendrán otros tres seres virtuales y los cuidaré en la medida de mis posibilidades. Sin embargo, la prioridad la tiene mi amigo peludo y abrazable, el cual ya me espera para dar uno de sus paseos en el parque. Y a seguir peleando con él para que muy pronto se cure.

Aun nos quedan muchas aventuras por delante.

Fin de las Crónicas de Tamagotchi.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Crónicas de Tamagotchi 3: El retorno

Pasaron catorce años desde que tuve por última vez en mis manos un Tamagotchi. Mis días con aquel artefacto ya sólo eran un recuerdo que muy pocas veces se hacía presente. Dos años después de la destrucción de mi primer Tamagotchi, llegó a mi vida mi perro Margarito, con lo que cualquier vacío por tener alguna mascota quedó cubierta. Paulatinamente los Tamagotchis y demás aparatos de su tipo fueron desapareciendo hasta que se volvió prácticamente imposible encontrar alguno a la venta. La moda así como llegó se había ido.

Lo malo de las enfermedades y enamoramientos es que a veces quedan secuelas, y eso me pasó (guardando las distancias) con los Tamagotchis. Hace unas semanas, mientras buscaba aplicaciones para mi smartphone se me ocurrió buscar si existía alguna que fuera similar al Tamagotchi, o por qué no, una adaptación oficial. No encontré nada. Aquella idea repentina no se fue de mi mente, no podía explicarme cómo algo que había tenido tanto éxito no hubiera evolucionado hasta nuestros días.

Hace casi quince días, en una reunión casual para jugar videojuegos (materia en la cual me declaro pésimo) comenzamos a platicar sobre juguetes de nuestra niñez. Mencioné al Tamagotchi. Mi novia completó el comentario diciendo que ella también había tenido uno, pero a diferencia del mío que era azul, el suyo fue verde. Curiosamente también se lo destruyeron. Otra amiga también fue dueña otro. De pronto nos preguntábamos dónde podríamos conseguirlos de nuevo. Dos días después, de manera inesperada mientras compraba una revista en un Sanborns, mi novia me mostró lo que pensé jamás volvería a encontrarme: Un tamagotchi.

Quise comprarlo de inmediato, pero el modelo no era muy bonito, así que decidí esperar a ver más modelos en otras tiendas. Al otro día visité dos centros comerciales, una juguetería, tres tiendas, un supermercado y dos Sanborns más. No encontraba Tamagotchis por ningún lado. A punto estaba de ir a donde lo había visto el del día anterior, cuando por fin encontré lo que buscaba. Un Tamagotchi azul marino decorado con motivos cinematográficos. Lo tomé y pagué de inmediato los 370 pesos que costaba (casi lo mismo que 14 años atrás, con la diferencia de que en esta ocasión pagar esa cantidad no me afectó en lo absoluto).


Llegué a mi casa, y como una manía tonta que tengo, antes de abrir mi nueva adquisición me puse a hurgar en internet sobre mi compra. Así descubrí que en realidad los Tamagotchis no desaparecieron, sino que siguieron haciéndose en Japón. Qué había varias versiones y que la que yo me había comprado correspondía a la ‘Tamagotchi Connection V5 – Family’, el cual es de los más nuevos y tiene la particularidad de que crias no sólo una mascota virtual, sino varias, después puedes hacerlos amigos, novios o incluso generar nuevas generaciones de Tamagotchis. Según los comentarios que leí en varios portales, cada nueva edición de estos aparatitos era mejor y más adictiva que la anterior.

No necesité leer más. Abrí mi Tamagotchi de inmediato e inicié el juego. En la pantalla aparecieron tres huevecillos moviéndose. Mientras esperaba que se rompieran leí fugazmente el instructivo. Para cuando las tres pequeñas criaturas salieron del cascarón ya tenía una ligera idea de cómo usar las opciones que da el dispositivo. Alimenté a los bichos electrónicos, jugué con ellos un rato y a las 8 de la noche se durmieron. No reaccionaron hasta el otro día, justo a la hora en la que entré a trabajar, donde confieso, no les hice el menor caso. Fue hasta que salí cuando vi que las pobres se encontraban dándome la espalda, con hambre, tristes y llenas de excremento. Me sentí culpable. Desde entonces trató de darme un par de escapadas fugaces de mi horario laboral para ver ‘qué se le ofrece’ a mis pulgas digitales. Escribo estas palabras a 10 días de tener de vuelta un Tamagotchi en mi vida. Las tres garrapatas electrónicas no se me han muerto a pesar de que les dedico mucho menos tiempo que a sus antecesoras hace 14 años. Cada una de esas criaturas, que van de un lado a otro de la pantalla tenían personalidades propias: uno era un faraón, otro un mago y la niña era una rosa. Ayer sin avisarme se transformaron en una horrible familia paparazzi (no tengo ni idea de por qué). Se supone que en unos días llegarán tres nuevas mascotas virtuales a las que también criaré y después podré hacer que interactúen con las tres primeras, y de ahí hasta el infinito.

Cada vez que juego con ellas ganó dinero que puedo usar para comprarles cosas. Debo procurar que tomen clases e incluso puedo conectar mi Tamagotchi con otro (aun no me he topado con alguien más que tenga otro). Incluso puedo conectarme a internet y descargar objetos para mis mascotas virtuales (cosa que no hago porque no le entiendo nada a la página). Lo malo es que no tengo tiempo y a veces se me hace un poco idiota estar cuidando a un llavero electrónico.

Hasta ahora mi reencuentro con los Tamahotchi ha sido raro. Por un lado me emociona, por el otro me siento tonto. Saldé la deuda con el Gabriel que hace 14 años le fue arrebatado el suyo, pero el Gabriel de ahora me reclama que gastar en un juguete fue una tontería. A veces me divierte, a veces me aburre. Podría decir que en realidad el Tamagotchi me ha desilusionado pues no evolucionó casi nada y actualmente luce obsoleto, pero entonces me preguntó ¿si no te gustó, qué diablos haces dedicándole unos post de tu blog?

Por ahora tengo y cuido un Tamagotchi. Mañana no sé…

Estoy en el punto medio entre la adicción y el abandono, ya veremos quién gana.

En la próxima entrada...
Crónicas de Tamagotchi 4: La derrota

martes, 6 de diciembre de 2011

Crónicas de Tamagotchi 2: La Pérdida

Tenía 15 años en ese otoño de 1997. Recuerdo bien esos días con mi Tamagotchi. Me la pasaba contemplándolo a todas horas. Llevándolo de aquí para allá, alimentándolo cuando era necesario y presumiéndoselo a todos. Aun así nunca conseguí que uno llegara a la edad adulta. Por "X" o por "Y" se me morían. En otras ocasiones, cuando la mascota virtual en cuestión crecía en forma de bicho feo y dejaba de ser agradable ala vista, reseteaba el Tamagotchi.

Sin embargo ese mes con Tamagotchi me la pasé bien. El aparatito superó mis expectativas hasta el punto de volverme un enajenado. No fui el único. A menudo me encontraba en la calle con otros dueños de Tamagotchis que tampoco se apartaban de ellos ni un minuto. Incluso salieron a la venta una gran cantidad de copias piratas. De pronto casi todo mi entorno se vio rodeado de aparatitos parlanchines. Y digo "casi todo" porque en mi prepa (tenía unas semanas de haber entrado) parecía que el único emocionado con el tema era yo.

Como ya he mencionado varias veces fui a una preparatoria religiosa. Al venir de la sección secundaria en la que sólo había varones, la mayoría de mis compañeros buscaban cualquier pretexto para lucirse y hacerse los interesantes con nuestras compañeras de nuevo ingreso. Todo lo que tuviera que ver con juguetes, incluidas las mascotas virtuales, era cosa de niños inmaduros, y por lo tanto, su propietario blanco de burlas y señalamientos. Aun así me arriesgué. Diario lo llevaba al escuela, y con el atraía la atención de mis compañeras de clase, que se acercaban a conocer el novedoso aparatejo. A los hombres el Tamagotchi les valía un pepino, o eso creía. Un martes saqué mi Tamagotchi en plena clase para darle de comer. No era la primera vez, así que no esperaba que causara mayor sorpresa. Por desgracia, los típicos pesados que nunca faltan me lo arrebataron y amenazaron con no dármelo. No dije nada más para no ocasionar problemas y que el maestro en turno me castigara. En el descanso le pedí a esos pelafustanes que me lo devolvieran. Y nada. Uno a otro se echaban la bolita sin que me dijeran donde estaba mi juguete. Así hasta la salida.

Al otro día les pregunté y se hicieron los desentendidos. Empecé a creer que aquella broma iba muy en serio. En un intervalo me acerqué a un compañero que se llevaba bien con los malandrines y le pregunté si sabía quién tenía mi Tamagotchi. Por respuesta obtuve un "lo destruyeron" que sonó a disculpa. No pregunté ni quise indagar más. Me fui al baño a tragarme mi coraje. No podía entender en qué diablos les afectaba a esos niños estúpidos el que yo tuviera un Tamagotchi, mucho menos qué los llevó a romperlo. ¿Por qué carajos no respetar a los demás? Tanto ahorrar para nada... ¡Qué ganas de encontrarme a esos idiotas y ver si ahora se atreven a hacerme lo mismo!

No permití que ellos me vieran enojado. Fingí que no me importó. Al poco tiempo me enamoré de una de las chicas que chulearon mi Tamagotchi y un mes después la hice llorar. La pérdida de ese aparatito en cierta forma marcó el final de mi niñez. Nunca volví a interesarme ni a saber nada de mascotas virtuales en los próximos 14 años.

En la próxima entrada...
Crónicas de Tamagotchi 3: El retorno

domingo, 4 de diciembre de 2011

Crónicas de Tamagotchi 1: La llegada

No estoy del todo seguro, pero habrá sido por ahí de 1997 cuando escuché por primera vez el término "Tamagotchi". Fue en una estación de radio en la que hablaban con emoción de estos aparatitos que funcionaban como mascotas virtuales a las que se tenía que alimentar, cuidar y limpiar para que siguieran vivas, de no hacerlo correctamente podía deprimirse, enfermarse y hasta morir. Vaya, incluso hacían popó.

Después de escuchar ese programa quería uno de esos aparatos. Pasaban los días y tanto en radio como en televisión empezaban a mencionar cada vez más a los mentados Tamagotchi. Decían que eran la sensación a nivel mundial, que en Japón la gente incluso llegaba a tener problemas en su escuela o trabajo por lo mucho que llegaban a distraerse cuidándolos. Hasta existía el rumor de que hubo quien llegó a suicidarse por la muerte de una de sus mascotas virtuales. A mis 15 años todo eso sonaba fascinante.

No paso mucho tiempo para que los viera en una tienda. Costaban 350 pesos. Una fortuna para alguien cuyo único ingreso eran los 15 pesos que recibía diario para gastar en la escuela. No sé ni cómo diablos le hice, pero entre ahorros y lavadas de auto junté esa suma en tiempo récord. En tres semanas cuando mucho (sábado en la tarde, me acuerdo bien) fui con mis papás a la sección de juguetes de un supermercado y elegí mi Tamagotchi. Una especie de llaverito en forma de huevo con una pantalla en el centro y tres botoncitos para seleccionar, elegir y cancelar funciones. Emocionado quité el cartoncito encendió por primera vez el dispositivo. Fascinado vi como en la pantalla apareció un huevo que en poco tiempo empezó a moverse hasta que de su interior surgió una criatura virtual semejante a un cuadrito con ojos y boca que se movía alegremente de un lado a otro.

La fiebre Tamagotchi me había atrapado.

Así inicio la primera de cuatro crónicas en las que los Tamagotchi me han acompañado a largo de mi vida.

En la próxima entrada...
Crónicas de Tamagotchi 2: La Pérdida

miércoles, 28 de septiembre de 2011

El extraño placer de arrojarle pájaros a los puerquitos verdes



Solía ser feliz con mi BackBerry. Con ella me sentía el rey del universo. Poder tuitear, mandar correos electrónicos, revisar mi Facebook y hacer consultas online con sólo mover un par de botones con mis dedos me hacían sentir invencible. Según yo, podía hacerlo todo. Entonces me enteré de la existencia de un juego demoniaco y de moda. Adictivo como el tabaco y divertido como programa de Chespirito. Lo malo es que está maravilla estaba disponible para la mayoría de las plataformas de smartphones… menos para BlackBerry. Así me volví anticuado, infeliz y pasado de moda.

El dichoso jueguillo lleva por nombre Angry Birds. Su trama es sencilla pero ingeniosa. Sucede que a un grupo de simpáticos puerquitos verdes se les ocurre robar los huevos de un nido. Esto desataría la furia de unos pájaros maniáticos y con instintos suicidas, que con la ayuda de una resortera gigante, deciden lanzarse e impactarse contra las construcciones de los pobres marranitos para matarlos y recuperar los huevos hurtados. Sé que es una idiotez, pero me moría de ganas por experimentar ese bizarro placer de arrojar pájaros, y destruir cuanta estructura fuera posible. Por meses busqué la manera de poder jugar Angry Birds. Al no tener éxito, comencé a olvidar la idea de ser parte de la moda.

Afortunadamente, cuando eres de buenos sentimientos y corazón puro ocurren milagros, y así me pasó cuando sin mayor propósito googleé Angry Birds. El primer link que me apareció decía ‘Angry Birds Chrome’. Yo, que desde hace un par de meses dejé de usar el horrible Internet Explorer para emplear Google Chrome, no cabía en felicidad de sólo imaginar la posibilidad de por fin poder jugar en mi PC, el juego para móvil más exitoso de todos los tiempos. Dejé de hacer lo que estaba haciendo. Le di click… y fue la locura. Durante horas no me despegué de mi laptop. Mi mundo fue esto:



Efectivamente, Angry Birds (al menos la versión para Google Chrome) es lo más adictivo que puede haber en el universo. Uno comienza por curiosidad, con el deseo de pasar uno o dos niveles ‘nomás por no dejar’, y terminé obsesionado en cuestión de minutos. La música es envolvente, los personajes medio neuróticos son comiquísimos, los sonidos de los pájaros al estrellarse o las cosas al derrumbarse son realistas y divertidos. Vaya, incluso el ritmo y precisión que se maneja cuando las guaridas de los cerdos comienzan a derrumbarse están tan bien planeados, que uno no puede sino entregarse al delirio colectivo. Podrán decirse muchas cosas, pero uno no puede entender lo que es el fenómeno Angry Birds hasta que no avienta el primer pájaro, y descubre así que las posibilidades con cara tiro son infinitas. El tener éxito en el triunfo de la enfurecida parvada depende a veces de la estrategia, otras de la suerte, o de lo mucho que llevemos practicando.

El colérico pajarillo rojo, el efectivo y más fuerte amarillo, los pequeños azulillos que en conjunto son capaces de la peor de las destrucciones, los gordos blancos que arrojan huevos y los negros explosivos. Todos entrañables. No sólo quiero aventarlos. También quiero poseer cuanta chuchera venden con su imagen. Y claro, también están los villanos de la trama, los pobres puerquitos verdes a los que tarde o temprano se les termina teniendo estima. Así es el universo Angry Birds, aquel del que por cierto, es casi imposible escapar. Quizá la única manera de hacerlo y volver a recuperar con ello la vida, sea terminar con todos y cada uno de los 70 niveles, y salvar así los huevos robados. Fue lo que hice, después de dos días logré acabar el juego. No lo podía creer. De pronto los chillidos de los pájaros y sus gritos de guerra, la música adrenalinica, las caras de puerquitos golpeados y el sonido de las cosas al caer y romperse cesaron. Y así, dio paso la depresión post Angry Birds.

Días después sigo buscando la manera de continuar éste idilio. Miro aun con más envidia a quien posee algún Smartphone en el que sí se puede disfrutar de Angry Birds. Vuelvo a jugar la versión para Google Chrome en mi lap, pero sin el reto de sortear nuevos niveles ya no es lo mismo. Vuelvo a estar pasado de moda, y lo peor, es el ansia (mezclada con una vana esperanza) de encontrar una nueva alternativa para vivir nuevas aventuras junto a mis amigos alados. Por lo pronto estoy en plena recuperación, así que si me ven cerca y sus teléfonos tienen instalada cualquier aplicación referente a Angry Birds, aléjenlos de mi. No me hago responsable.

Si leen estoy y aun no conocen Angry Birds y les parezco exagerado en mis apreciaciones, les dejo las ligas para que lo jueguen bajo su propio riesgo. Les recuerdo que es necesario que tengan instalado el navegador Google Chrome.
Para descargar Google Chrome den clic aquí.
Para jugarlo online, den clic aquí.
Para descargarlo en su PC y jugar sin necesidad de estar conectados, den clic aquí.



Duda existencial

¿Por qué, si los Angry Birds están tan desesperados por rescatar los huevos de la parvada, los pájaros blancos usan sus propios huevos como proyectiles? Mueren más huevos en la batalla, que los que intentan salvar… interesante apología de una guerra real.

lunes, 26 de septiembre de 2011

El Incomprensible Mundo de Gabriel Revelo, para llevar



Una vez más, éste su blog de confianza da un paso más hacia la modernidad y se pone al último grito de la moda. Consciente de las nuevas necesidades y del ritmo ajetreado de muchos que tienen muchos de los lectores de éste espacio, es para mí un placer anunciarles la existencia de la versión móvil de “El Incomprensible Mundo de Gabriel Revelo”. Así es, ahora puedes leer el contenido de éste blog desde tu Smartphone. Sólo necesitas estar conectado a alguna red y teclear en el navegador la siguiente dirección: http://gabrielrevelo.blogspot.com?m=1

¡Y listo! Así de fácil podrás leer mis tonterías desde cualquier lugar en el que te encuentres. En el baño, en el microbús, en la cama, mientras manejas, cuando cocinas, mientras juegas futbol con los cuates, a la hora de las clases, etc. Horas y horas de sana diversión y para llevar en una interfaz rápida y agradable. Así que ya saben, a menos que se encuentren en una isla desierta, ya no hay pretexto para no leerme.

*** Tip para bloggeros en blogger (valga la redundancia)
Por cierto, como soy muy buena persona, ahí les va el tip de cómo habilitar la versión móvil de sus blogs. Lo primero que tienen que hacer es acceder a su cuenta de blogger. Entren a la opción Diseño y de ahí habiliten la función ‘Móvil’. Y ya quedó. Lo único que tienen que hacer es agregar a la dirección de su blog la terminación ?m=1 en el navegador de su Smartphone.

martes, 8 de marzo de 2011

Foursquare


Cuando uno se vuelve medio adicto de las redes sociales, sabe que jamás podrá estar al día con las nuevas propuestas que cada segundo surgen y revolucionan una, y otra, y otra, y otra vez al mundo del internet. Mi reacción ante la modernidad siempre es el siguiente: primero lo crítico, luego me da curiosidad, lo pruebo con ciertas precauciones y casi siempre, acabo esclavizado a las modas. Así me pasó con Messenger, Hi5, Blogger, My Space, You Tube, Facebook, Twitter y Formspring; y ahora, vivo el mismo proceso con Foursquare, que va que vuela para convertirse en mi nuevo vicio.

Ya lo sé. Foursquare no es nuevo, desde hace un buen tiempo esta red social ya se ha posesionado como una de las favoritas en la web. Desde hace meses veía como paulatinamente algunos conocidos iban integrándose a una especie de geolocalizador al cual no le veía el chiste. Después, mi twitter comenzó a llenarse de leyendas como “I’m at... (el nombre del lugar en el que dicha persona se encuentra, y luego un link con la ubicación exacta en un mapa)”. Tantos tweets similares comenzaron a ponerme de malas. ¿Qué chiste tiene el estarle diciendo al mundo en qué lugar está uno? ¿No se supone que para eso ya existía Twitter?

Pero la curiosidad estaba ahí. No podía ser que algo tan simple, como el declarar nuestra ubicación, ganara tantos partidarios. Comencé a buscar información y a preguntarle a varios usuarios sobre el encanto de Foursquare. La verdad, sólo me hicieron más bolas. Por eso, y para salir de dudas, una tarde de ocio abrí mi cuenta y paulatinamente fui agarrándole la onda a éste nuevo artefacto del diablo. Sin declararme un experto, pues todavía hay un montón de cosas que no entiendo, ya puedo decirles más o menos cómo es esta red social.

Cuando uno se da de alta en Foursquare, lo primero que puede hacer es comenzar a dar ‘check in’ en los lugares en los que uno se encuentre. Es como tocar base. Gracias a los sistemas de geolocalización que tienen la mayoría de los Smartphones, podemos revisar todos los puntos cercanos que se han dado de alta a nuestro alrededor. Desde parques, restaurantes, tiendas, cines, avenidas, estaciones de metro, museos, etc. Además, se pueden dejar tips en cada uno de estas paradas, y es precisamente esta la mayor utilidad que le encuentro al Foursquare. El checar la opinión de los propios usuarios. Incluso, ciertos negocios otorgan ofertas y descuentos a usuarios que frecuentemente hacen ‘Check in’ en sus establecimientos.

Foursquare además ofrece diversión. Los usuarios, tal cual se tratara de Boy Scouts cibernéticos, van ganando ‘badges’, que no son otra cosa que insignias que se obtienen gracias a la cantidad y tipos de nuestros ‘Check ins’. Para los fiesteros, los que visitan muchos lugares diferentes, quienes trasnochan, los cinéfilos, etc. Podemos, además, volvernos ‘Alcaldes’ de aquellos destinos en los que seamos los usuarios con mayor número de ‘check ins’ a lo largo de un determinado período de tiempo. Esto último genera interesantes disputas de territorio. Ahora mismo, su servidor intenta recuperar un parque que uno de sus amigos le arrebató (o mejor dicho, recuperó, porque originalmente era suyo), con lo cual me obligo a ir lo más seguido posible para no dejar que aumente mi desventaja. Mi desgracia es precisamente esa. Que muchas veces voy a determinados lugares sólo por hacer ‘check ins’ y ganar ‘badges’. Incluso mi idiotez ha llegado a tanto, que he llegado a salirme de un Oxxo en el que ya estuve y buscado otro, sólo para aumentar mi ranking de visita a nuevos lugares nuevos.

La verdad es entretenido esto del Foursquare. Uno puede enlazar sus ‘chek ins’ a sus cuentas de Facebook y Twitter y así hace llegar a más contactos su ubicación, propiciando una interacción interesante, pues seamos honestos, la curiosidad es el motor de estas redes sociales, y el saber dónde o qué están haciendo nuestros amigos la mayoría de las veces resulta seductor. Lo malo, es que a veces por diversión se nos olvida que el ser tan específico con ciertas ubicaciones puede ser peligroso. No debería ser así, pero por el momento en el que vivimos no estaría de más tener ciertas precauciones y reservarnos de dar ciertos ‘chek ins’ o mandarlos hasta que estemos a punto de movernos de ese sitio. En mi caso nunca he dado de alta mi casa, he intento sólo dejar mi rastro en lugares llenos de gente, comunes y en los que sea fácil desplazarme hacia otros sitios.

En conclusión, Foursquare no es la octava maravilla, ni será mi favorita, pero si se trata de una red social para pasar el tiempo y sobre todo, un interesante e inmenso catalogo de lugares y tips para conocer mejor los lugares que visitamos. Su uso correcto, es nuestra responsabilidad. Con su permiso, voy a intentar recuperar mi parque.

Pd. Sigo sin saber cómo dar de alta lugares. Cuando lo hago desde mi BlackBerry, la ubicación siempre queda incorrecta, lejísimos. Si alguien sabe de qué forma hacerlo correctamente, les agradecería me pasaran el dato.

sábado, 26 de febrero de 2011

La Guerra de los Smartphones


Yo tenía un Nokia E63 y era feliz. Si bien, no era el más lujoso o moderno, cumplió con creces mis necesidades. Fue mi primer “teléfono inteligente”, el cual contraté con uno de esos planes de internet ilimitado. Desde él me volví un usuario mucho más activo de redes como Twitter o Facebook, y el Google y sus mapas precargados varias veces me sacaron de varios aprietos.

Sin embargo pasó un año y me encontré ante la disyuntiva de renovar equipo, o quedarme con el Nokia. Así empecé con la tarea de buscar cuál sería mi nuevo celular. Varios amigos y conocidos me aconsejaban diferentes dispositivos que en efecto, eran lujosos, versátiles, veloces… en fin, toda una maravilla, pero con un precio elevado. La idea era mejorar y encontrar un equipo un poco más sofisticado, sí, pero cuyo costo no me dejara endeudado por meses.

De entrada descarté el iPhone. Aun no estoy para darme esos lujos. Lo mismo me ocurrió con el Galaxy de Samsung. Tras una tarde de checar modelos, reduje la terna de opciones a un BlackBerry, un Xperia Sony Erickson u otro Nokia. Al poco tiempo descarté la última de ellas. Quedarme de nuevo con Nokia me garantizaba seguir gozando de una excelente calidad en la recepción de llamadas, pero me limitaba en cuanto a gozar de varias aplicaciones. La última decisión tampoco fue tan complicada. Desde siempre había querido tener una BlackBerry, además, algunas de sus características, como el BB Messenger siempre me han atraído. Pregunté precios y vi que el desfalco no sería tan grave. Así me hice de un BlackBerry Curve 9300.

Confieso que en un principio no le entendí ni madres. Cuesta agarrarle la onda a estos aparatos, máxime si es la primera vez que se tiene contacto. Batallé toda una noche para aprender lo básico y darme cuenta que al menos para la navegación web, el BlackBerry era mejor que mi antiguo Nokia. Lo mismo pasó con aplicaciones como Twitter y Facebook. Lo malo es que no cuenta con radio FM y que hasta el momento (tengo ya más de un mes con él) no he podido sincronizar el Bluetooth con dispositivos que sean de otras marcas. De meterle canciones por medio de mi iTunes ni hablar. Como le hacen las señoras mayores de 40, sigo usando los tonos originales para mis llamadas y mensajes. Salvo inconvenientes como los mencionados, tener un BlackBerry me ha gustado. Obviamente hago corajes, pero la mayoría de las veces es culpa de Telcel y su red basura.

Lo divertido del asunto, es que cuando en Facebook hice público mi PIN, recibí un montón de mensajes alusivos a mi compra. Hubo quienes me dieron la bienvenida al mundo BlackBerry, diciendo que iba a quedar fascinado, en cambio, otros me dijeron que los dispositivos de esa marca son una reverenda porquería y que el mío no tardaría en descomponerse. Incluso, cuando de plano me aconsejaron que lo devolviera y mejor sacara uno con sistema operativo Android, inició una mini-guerra de dimes y diretes sobre las ventajas y desventajas de mi nuevo teléfono. Sabía que temas como la política, el futbol o la guerra son motivo de encarnizados debates, pero jamás imaginé que el usar ‘X’ o ‘Y’ marca de celular también lo haría.

Me da risa quienes defienden a las BlackBerry ante todo. Yo tengo una y si bien estoy contento con ella, tampoco es para ponerle un templo y orarle todas las noches. Tampoco soy extremista y quiero declararle la guerra a todo aquel que tenga un iPhone u otro celular que funcione con Android. Ahora resulta que aparte de preocuparnos por el calentamiento global, los conflictos en el mundo árabe, la lucha contra el narco y la llegada de los marcianos, también tenemos que lidiar con las revueltas, muertos y heridos que causará la Guerra de los Smartphones, que sin duda alguna, nos llevará más rápido al fin del mundo en donde todos moriremos. Sí, hasta tú que lees esto y que piensas ‘qué pendejada estoy leyendo’. El desastre se aproxima. Por lo visto y aunque no quiera, pelearé en el bando de los BlackBerry. Sugiero ir primero por los partidarios de Zonda y Alcatel, que son los que menos resistencia opondrán.

Escribí el párrafo anterior y hasta mal me caí. En serio señores, los teléfonos celulares son sólo eso. Que cada quién tenga el que quiera. Bueno, adiós, que el 3G nos acompañe (si Slim quiere).