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lunes, 11 de julio de 2016

Y así Pokémon Go arruinó nuestras vidas


La semana pasada yo solía tener una vida más o menos normal. Lástima que desde hace 4 días me convertí en una especie de zombie que no tiene otra maldita cosa en la cabeza que no sea ir a la calle en busca de pokemones que atrapar.

(Si no entendiste lo anterior, es por qué ya estás grande o simplemente no estás en onda). 

A continuación les contaré cómo mi vida se fue al traste... 

* * * * *

El pasado martes por la noche varios de mis contactos en WhatsApp comenzaron a volverse locos porque ya había salido "Pokémon Go", una aplicación de realidad aumentada que le permite a los usuarios atrapar pokemones en el mundo real. Todo pintaba demasiado bien hasta que nos enteramos que de momento este juego sólo estaría disponible en Australia, Nueva Zelanda, Japón y algunas zonas de Estados Unidos. 

No voy a mentir, cuando me enteré que saldría este juego me interesó jugarlo, pero la idea tampoco me obsesionaba. Aún así no me preocupó mucho que Pokémon Go aún no estuviera disponible en México. 

Al otro día en el trabajo uno de mis compañeros hizo alguna tranza (no me pregunten qué) logró bajar el juego en su teléfono Android. Y luego otro hizo lo mismo. Y luego otro. Y otro. Sin embargo, como yo tengo iPhone solamente me limitaba a pensar: Qué chido que ya lo pudieron bajar, ojalá quienes tenemos iOS pudiéramos hacer lo mismo

Entonces en las redes sociales varios usuarios de iPhone comenzaron a presumir que ya tenían Pokémon Go gracias a que abrieron una cuenta australiana de iTunes. Luego todo comenzó a suceder muy rápido y en cuestión de horas en la oficina casi todos tenían instalada la dichosa aplicación y el único tema de conversación era Pokémon Go: Qué si a fulanito le salió tal Pokémon en el parque, qué si hay un Pikachu cerca, qué si ya casi me acabo las pokébolas, etc. 

Por lo visto era de los únicos que no estaban a la moda. 

"Qué flojera abrir una cuenta de iTunes Australia solamente para jugar con una aplicación que a lo mejor ni me va a gustar, mejor espero a que llegue a México de manera oficial para poder jugarla". 

... le decía a los demás, aunque por dentro las ganas de salir a la calle y atrapar mis propios pokémones me estaba carcomiendo. 

* * * * *
Solamente aguante un día sin sucumbir a la fiebre. Para el jueves decidí mandar todo al carajo y busqué en YouTube un tutorial que me indicara cómo lograr bajar la aplicación. Todo fue más fácil de lo que había pensado y en unos 5 minutos ya tenía instalado Pokemon Go en mi iPhone. Cuando un par de horas después me descubrí buscando cualquier pretexto para salir de casa o de la oficina con la esperanza de encontrarme algún Pokémon en los alrededores supe que mi vida ya no volvería a ser la de antes. 

Tanta era mi emoción que le conté a Tania sobre lo fascinante de Pokémon Go. Pensé que me diría inmaduro, ridículo o que al menos me vería feo por obsesionarme como un escuincle cagón con una aplicación de celular. Pero hizo lo contrario, me pidió que descargara la app en su teléfono y se volvió más adicta que yo. 

* * * * *

El sábado nos pasamos gran parte de la tarde buscando pokemones en las calles del Centro Histórico. Entre más atrapábamos más queríamos. Nuestra búsqueda obsesiva nos llevó hasta los rumbos de la Merced. Aunque ya caía la noche y el rumbo no es muy seguro, nada detenía a Tania, que seguía obsesionada con teléfono en mano yendo a las Estaciones Pokémon más cercanas para recolectar más pokébolas. 

Tan mal se puso que varias veces mentó madres y lanzaba insultos a su teléfono cuando no podía atrapar algún Pokémon.

Al otro día hicimos la búsqueda en auto. Mientras un servidor manejaba Tania iba con los teléfonos en mano recolectando recompensas y pidiéndome que me orillara cada que un pokémon se cruzaba en nuestro camino. No fueron pocas las groserías que recibimos ni las veces que casi nos atropellaban por dejar mal estacionado el coche -a veces sin poner las intermitentes- y bajarnos como desesperados en busca de alguna criatura. 

* * * * *

Tania me confesó que lleva dos días soñando que atrapa pokemones; le confesé que a mí me pasa lo mismo. Cuando estamos en el departamento ella suele salirse a deambular por los pasillos 'para ver qué encuentra'. Yo aprovecho mis horas de trabajo para compartir con mis compañeros de oficina mis experiencias con esta aplicación. Al menos no soy el único enajenado.

En las últimas horas casi no he usado Twitter, ni Snapchat, ni Facebook, y cuando lo hago es sólo para hacer comentarios acerca de Pokémon Go

Ahora no sólo temo por mi salud mental, sino también por acabarme los datos de mi plan de telefonía celular en un santiamén. Sé que debo moderarme pero no puedo, no cuando ya evolucioné dos pokemones, soy maestro pokémon nivel 6 y ya pertenezco al equipo azul. 

Lo dicho, Pokémon Go está arruinando mi vida.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Crónicas de Tamagotchi 4: La Derrota

Ayer murió mi Tamagotchi, y no me siento ni un poquito culpable. Cuando me di cuenta en la pantalla había un platillo volador balanceándose, señal de que las mascotas virtuales decidieron marcharse debido a mis malos tratos. Y es que durante día y medio no le presté ni tantita atención. Qué si el trabajo, qué si la reunión con los amigos, qué si el cansancio, qué si había que llevar a Margarito a su cita con el veterinario... y aquí es donde entra el verdadero protagonista de éste texto.

Margarito (o Margaro, como ustedes prefieran) es el nombre de mi perro. Algunos dicen que es de raza maltés, pero en realidad es producto de una extraña mezcla, por lo que clasificarlo sería un tanto difícil. Tiene 12 años y vive en mi casa desde que tenía un mes de nacido. Fue comprado por mi madrina en el mercado de La Lagunilla como regalo de cumpleaños para mi hermana. Desde entonces no hay día en el que éste perro no me alegre la vida.

En febrero del 2007 Margarito fue atropellado. Su cadera quedó rota en tres partes. Tuvo que ser operado para que le pusieran una placa en sus huesos y pudiera volver a caminar. Durante esos días de angustia supe lo que era el amor hacia un animal. Después de semanas muy duras Margaro se recuperó y volvió a ser el mismo. Sociable, ocurrente, inquieto a pesar de su edad, saltarín, siempre intentando correr, con un hambre voraz, y unas ganas de vivir y querer que no le caben en el cuerpo. Así es mi perro, que por si fuera poco, también derrotó a mi Tamagotchi.

Así es, si en parte no le puse mucha atención a las garrapatas virtuales de mi celular fue porque en estos momentos Margarito necesita mucho más de mí. Debido a su edad y a la placa en su cadera ha tenido varios problemas de salud. Quizá tengan que operarlo de nuevo o tener un largo tratamiento para que vuelva a estar 100 por ciento bien. Por eso ayer preferí llevar al Margaro a su cita con el veterinario en lugar de atender las peticiones repetitivas de un Tamagotchi. Es más, ni me lo llevé a pesar de que el artefacto electrónico cabe en mi bolsillo. Hasta en las mascotas hay clases y para mí, Margarito ocupa el puesto más alto.

Tener un Tamagotchi podrá ser divertido y hasta una experiencia interesante, pero jamás comparada con tener un perro. El Tamagotchi siempre llevará las de perder ante un ser que es capaz de entenderme y darme el amor más puro que pueda conocer. Basta comparar la frialdad y opacidad de una pantalla, con los ojos castaños de canica de mi perro para saber que el Tamagotchi pierde el duelo por paliza.

Reiniciaré mi aparatito japonés. Vendrán otros tres seres virtuales y los cuidaré en la medida de mis posibilidades. Sin embargo, la prioridad la tiene mi amigo peludo y abrazable, el cual ya me espera para dar uno de sus paseos en el parque. Y a seguir peleando con él para que muy pronto se cure.

Aun nos quedan muchas aventuras por delante.

Fin de las Crónicas de Tamagotchi.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Crónicas de Tamagotchi 3: El retorno

Pasaron catorce años desde que tuve por última vez en mis manos un Tamagotchi. Mis días con aquel artefacto ya sólo eran un recuerdo que muy pocas veces se hacía presente. Dos años después de la destrucción de mi primer Tamagotchi, llegó a mi vida mi perro Margarito, con lo que cualquier vacío por tener alguna mascota quedó cubierta. Paulatinamente los Tamagotchis y demás aparatos de su tipo fueron desapareciendo hasta que se volvió prácticamente imposible encontrar alguno a la venta. La moda así como llegó se había ido.

Lo malo de las enfermedades y enamoramientos es que a veces quedan secuelas, y eso me pasó (guardando las distancias) con los Tamagotchis. Hace unas semanas, mientras buscaba aplicaciones para mi smartphone se me ocurrió buscar si existía alguna que fuera similar al Tamagotchi, o por qué no, una adaptación oficial. No encontré nada. Aquella idea repentina no se fue de mi mente, no podía explicarme cómo algo que había tenido tanto éxito no hubiera evolucionado hasta nuestros días.

Hace casi quince días, en una reunión casual para jugar videojuegos (materia en la cual me declaro pésimo) comenzamos a platicar sobre juguetes de nuestra niñez. Mencioné al Tamagotchi. Mi novia completó el comentario diciendo que ella también había tenido uno, pero a diferencia del mío que era azul, el suyo fue verde. Curiosamente también se lo destruyeron. Otra amiga también fue dueña otro. De pronto nos preguntábamos dónde podríamos conseguirlos de nuevo. Dos días después, de manera inesperada mientras compraba una revista en un Sanborns, mi novia me mostró lo que pensé jamás volvería a encontrarme: Un tamagotchi.

Quise comprarlo de inmediato, pero el modelo no era muy bonito, así que decidí esperar a ver más modelos en otras tiendas. Al otro día visité dos centros comerciales, una juguetería, tres tiendas, un supermercado y dos Sanborns más. No encontraba Tamagotchis por ningún lado. A punto estaba de ir a donde lo había visto el del día anterior, cuando por fin encontré lo que buscaba. Un Tamagotchi azul marino decorado con motivos cinematográficos. Lo tomé y pagué de inmediato los 370 pesos que costaba (casi lo mismo que 14 años atrás, con la diferencia de que en esta ocasión pagar esa cantidad no me afectó en lo absoluto).


Llegué a mi casa, y como una manía tonta que tengo, antes de abrir mi nueva adquisición me puse a hurgar en internet sobre mi compra. Así descubrí que en realidad los Tamagotchis no desaparecieron, sino que siguieron haciéndose en Japón. Qué había varias versiones y que la que yo me había comprado correspondía a la ‘Tamagotchi Connection V5 – Family’, el cual es de los más nuevos y tiene la particularidad de que crias no sólo una mascota virtual, sino varias, después puedes hacerlos amigos, novios o incluso generar nuevas generaciones de Tamagotchis. Según los comentarios que leí en varios portales, cada nueva edición de estos aparatitos era mejor y más adictiva que la anterior.

No necesité leer más. Abrí mi Tamagotchi de inmediato e inicié el juego. En la pantalla aparecieron tres huevecillos moviéndose. Mientras esperaba que se rompieran leí fugazmente el instructivo. Para cuando las tres pequeñas criaturas salieron del cascarón ya tenía una ligera idea de cómo usar las opciones que da el dispositivo. Alimenté a los bichos electrónicos, jugué con ellos un rato y a las 8 de la noche se durmieron. No reaccionaron hasta el otro día, justo a la hora en la que entré a trabajar, donde confieso, no les hice el menor caso. Fue hasta que salí cuando vi que las pobres se encontraban dándome la espalda, con hambre, tristes y llenas de excremento. Me sentí culpable. Desde entonces trató de darme un par de escapadas fugaces de mi horario laboral para ver ‘qué se le ofrece’ a mis pulgas digitales. Escribo estas palabras a 10 días de tener de vuelta un Tamagotchi en mi vida. Las tres garrapatas electrónicas no se me han muerto a pesar de que les dedico mucho menos tiempo que a sus antecesoras hace 14 años. Cada una de esas criaturas, que van de un lado a otro de la pantalla tenían personalidades propias: uno era un faraón, otro un mago y la niña era una rosa. Ayer sin avisarme se transformaron en una horrible familia paparazzi (no tengo ni idea de por qué). Se supone que en unos días llegarán tres nuevas mascotas virtuales a las que también criaré y después podré hacer que interactúen con las tres primeras, y de ahí hasta el infinito.

Cada vez que juego con ellas ganó dinero que puedo usar para comprarles cosas. Debo procurar que tomen clases e incluso puedo conectar mi Tamagotchi con otro (aun no me he topado con alguien más que tenga otro). Incluso puedo conectarme a internet y descargar objetos para mis mascotas virtuales (cosa que no hago porque no le entiendo nada a la página). Lo malo es que no tengo tiempo y a veces se me hace un poco idiota estar cuidando a un llavero electrónico.

Hasta ahora mi reencuentro con los Tamahotchi ha sido raro. Por un lado me emociona, por el otro me siento tonto. Saldé la deuda con el Gabriel que hace 14 años le fue arrebatado el suyo, pero el Gabriel de ahora me reclama que gastar en un juguete fue una tontería. A veces me divierte, a veces me aburre. Podría decir que en realidad el Tamagotchi me ha desilusionado pues no evolucionó casi nada y actualmente luce obsoleto, pero entonces me preguntó ¿si no te gustó, qué diablos haces dedicándole unos post de tu blog?

Por ahora tengo y cuido un Tamagotchi. Mañana no sé…

Estoy en el punto medio entre la adicción y el abandono, ya veremos quién gana.

En la próxima entrada...
Crónicas de Tamagotchi 4: La derrota

martes, 6 de diciembre de 2011

Crónicas de Tamagotchi 2: La Pérdida

Tenía 15 años en ese otoño de 1997. Recuerdo bien esos días con mi Tamagotchi. Me la pasaba contemplándolo a todas horas. Llevándolo de aquí para allá, alimentándolo cuando era necesario y presumiéndoselo a todos. Aun así nunca conseguí que uno llegara a la edad adulta. Por "X" o por "Y" se me morían. En otras ocasiones, cuando la mascota virtual en cuestión crecía en forma de bicho feo y dejaba de ser agradable ala vista, reseteaba el Tamagotchi.

Sin embargo ese mes con Tamagotchi me la pasé bien. El aparatito superó mis expectativas hasta el punto de volverme un enajenado. No fui el único. A menudo me encontraba en la calle con otros dueños de Tamagotchis que tampoco se apartaban de ellos ni un minuto. Incluso salieron a la venta una gran cantidad de copias piratas. De pronto casi todo mi entorno se vio rodeado de aparatitos parlanchines. Y digo "casi todo" porque en mi prepa (tenía unas semanas de haber entrado) parecía que el único emocionado con el tema era yo.

Como ya he mencionado varias veces fui a una preparatoria religiosa. Al venir de la sección secundaria en la que sólo había varones, la mayoría de mis compañeros buscaban cualquier pretexto para lucirse y hacerse los interesantes con nuestras compañeras de nuevo ingreso. Todo lo que tuviera que ver con juguetes, incluidas las mascotas virtuales, era cosa de niños inmaduros, y por lo tanto, su propietario blanco de burlas y señalamientos. Aun así me arriesgué. Diario lo llevaba al escuela, y con el atraía la atención de mis compañeras de clase, que se acercaban a conocer el novedoso aparatejo. A los hombres el Tamagotchi les valía un pepino, o eso creía. Un martes saqué mi Tamagotchi en plena clase para darle de comer. No era la primera vez, así que no esperaba que causara mayor sorpresa. Por desgracia, los típicos pesados que nunca faltan me lo arrebataron y amenazaron con no dármelo. No dije nada más para no ocasionar problemas y que el maestro en turno me castigara. En el descanso le pedí a esos pelafustanes que me lo devolvieran. Y nada. Uno a otro se echaban la bolita sin que me dijeran donde estaba mi juguete. Así hasta la salida.

Al otro día les pregunté y se hicieron los desentendidos. Empecé a creer que aquella broma iba muy en serio. En un intervalo me acerqué a un compañero que se llevaba bien con los malandrines y le pregunté si sabía quién tenía mi Tamagotchi. Por respuesta obtuve un "lo destruyeron" que sonó a disculpa. No pregunté ni quise indagar más. Me fui al baño a tragarme mi coraje. No podía entender en qué diablos les afectaba a esos niños estúpidos el que yo tuviera un Tamagotchi, mucho menos qué los llevó a romperlo. ¿Por qué carajos no respetar a los demás? Tanto ahorrar para nada... ¡Qué ganas de encontrarme a esos idiotas y ver si ahora se atreven a hacerme lo mismo!

No permití que ellos me vieran enojado. Fingí que no me importó. Al poco tiempo me enamoré de una de las chicas que chulearon mi Tamagotchi y un mes después la hice llorar. La pérdida de ese aparatito en cierta forma marcó el final de mi niñez. Nunca volví a interesarme ni a saber nada de mascotas virtuales en los próximos 14 años.

En la próxima entrada...
Crónicas de Tamagotchi 3: El retorno

domingo, 4 de diciembre de 2011

Crónicas de Tamagotchi 1: La llegada

No estoy del todo seguro, pero habrá sido por ahí de 1997 cuando escuché por primera vez el término "Tamagotchi". Fue en una estación de radio en la que hablaban con emoción de estos aparatitos que funcionaban como mascotas virtuales a las que se tenía que alimentar, cuidar y limpiar para que siguieran vivas, de no hacerlo correctamente podía deprimirse, enfermarse y hasta morir. Vaya, incluso hacían popó.

Después de escuchar ese programa quería uno de esos aparatos. Pasaban los días y tanto en radio como en televisión empezaban a mencionar cada vez más a los mentados Tamagotchi. Decían que eran la sensación a nivel mundial, que en Japón la gente incluso llegaba a tener problemas en su escuela o trabajo por lo mucho que llegaban a distraerse cuidándolos. Hasta existía el rumor de que hubo quien llegó a suicidarse por la muerte de una de sus mascotas virtuales. A mis 15 años todo eso sonaba fascinante.

No paso mucho tiempo para que los viera en una tienda. Costaban 350 pesos. Una fortuna para alguien cuyo único ingreso eran los 15 pesos que recibía diario para gastar en la escuela. No sé ni cómo diablos le hice, pero entre ahorros y lavadas de auto junté esa suma en tiempo récord. En tres semanas cuando mucho (sábado en la tarde, me acuerdo bien) fui con mis papás a la sección de juguetes de un supermercado y elegí mi Tamagotchi. Una especie de llaverito en forma de huevo con una pantalla en el centro y tres botoncitos para seleccionar, elegir y cancelar funciones. Emocionado quité el cartoncito encendió por primera vez el dispositivo. Fascinado vi como en la pantalla apareció un huevo que en poco tiempo empezó a moverse hasta que de su interior surgió una criatura virtual semejante a un cuadrito con ojos y boca que se movía alegremente de un lado a otro.

La fiebre Tamagotchi me había atrapado.

Así inicio la primera de cuatro crónicas en las que los Tamagotchi me han acompañado a largo de mi vida.

En la próxima entrada...
Crónicas de Tamagotchi 2: La Pérdida

sábado, 26 de noviembre de 2011

Sailor Moon y yo (parte 2 de 2)


“Cuando me levanto en la mañana, veo como el viento mueve las cortinas, blancas como la nieve. El reloj cucú suena para decirme que ya son las 7. Y entonces mamá grita -¡ya levántate o llegarás tarde a la escuela! Le contesto a medio dormir -¡por favor déjame dormir tres minutos más! Todos los días llego tarde a la escuela y la maestra me hace estar parada en el pasillo. También saco malas calificaciones en los exámenes. Después de clases, comemos hot cakes, y quedamos fascinadas con los vestidos de fiesta que están en los aparadores de las grandes tiendas. Me encantaría volver a tener una vida así… me encantaría…”

Aunque dejé de ver Sailor Moon por años, el monologo anterior nunca se me borró de la cabeza. Es de Serena, quien después de haber enfrentado una cruel batalla en la que las otras cuatro Sailor Scouts murieron, habla sobre su deseo de tener una vida normal. Éste fue el final de la primera temporada, y quizá era la escena que más recordaba de toda la serie. A pesar de eso, nunca volví a mostrar demasiado interés en ese anime… hasta hace poco, cuando me reencontré con Serena y compañía.

Cuando mi novia aun no era mi novia, en cierta ocasión me platicó que una de sus caricaturas favoritas era Sailor Moon. Un par de años después me marcó una noche para contarme que una tía le había conseguido la serie completa. Confieso que me emocioné. Al revisar los DVD’s no faltaba ni uno. Estaba la primera parte, Sailor Moon R, Sailor Moon S, Sailor Moon Súper S y Sailor Moon Stars. Las cinco temporadas listas para verse. Con la llegada del fin de semana comenzamos lo que llamamos ‘Maratón de Sailor Moon’. Ese primer viernes vimos cinco capítulos, al otro día seis y el domingo dos.

En cuestión de tres semanas terminamos de ver la primera parte. Con Sailor Moon R tardamos un poco más pero también la acabamos. Actualmente vemos Sailor Moon S y hay veces en las que quisiéramos devorar más capítulos y llegar hasta el final.

Cambió mucho mi perspectiva de esta serie animada que vi por primera vez hace casi 15 años. En esa época añoraba la llegada del amor, ahora lo tengo de forma tangible y real. Estudiaba y me agobiaba por tonterías; hoy trabajo y me enfrento a la vida y sus verdaderos problemas. Sin embargo, sigo siendo sensible al romanticismo. En el fondo, ese niño tímido, torpe y enamoradísimo no me ha dejado del todo. En cuanto a la estructura de la caricatura, la recordaba algo simple, boba y repetitiva. No podía estar más equivocado. Con esta nueva revisión la encuentro fascinante. Con un manejo envidiable del sentido del humor y la caricaturización, personajes bien estructurados, y una historia que comienza simple y conforme pasan los capítulos y las temporadas se va volviendo más compleja e incluso obscura.

A la par de nuestros maratones de Sailor Moon, revisé en Wikipedia la trama completa y quedé asombrado. No recordaba que fuera tan extensa. Mucho menos que los personajes fueran evolucionando y madurando tanto, para muestra la misma Serena, que con el paso de las pruebas del destino se va forjando como la gran líder de las Sailor Scouts. Con saltos al futuro, peleas inolvidables y escenas llenas de tensión y heroísmo he vuelto a caer preso de una fiebre que estaba dormida dentro de mí.

Ahora disfruto más la serie, no sólo por la mágica compañía de mi novia sino porque tengo elementos para entenderla mejor. Ahora he revalorizado a los personajes y sus circunstancias. Ya no considero a Rei tan enojona, al contrario, se me hace la que más carácter y convicción tiene; a Lita la consideraba como la más guapa, después comprendí que su exceso de fuerza en realidad la hacían la menos femenina, por más que ella también anhelara lo que cualquier chica de su edad; la misma Amy, que me parecía mojigata, ahora me parece la más equilibrada y dueña de una calma siempre necesaria cuando se sortean pruebas difíciles. Y así podría enumerar cómo va cambiado mi opinión de cada uno de los personajes inmiscuidos.

En su momento no lo percibí, pero la serie habla también de temas algo vedados para la época como la homosexualidad, los celos de una madre a una hija por la preferencia del padre, la crueldad de la muerte o la crudeza de la traición. Sin embargo la serie transmite grandes valores. El apostar por la lealtad de la amistad, y anteponer la vida misma por el amor está presente constantemente a lo largo de los poco más de 200 episodios .

Me emociono con la aparición de cada personaje y de cada una de las Sailor Scouts que van surgiendo. Plutón (la Saiolor más solitaria), Urano y Neptuno con su peculiar relación, y Saturno; esta última siempre me inquietó y llamó la atención por el misterio, la fragilidad y la lucha que el bien y mal sostenían en su interior. Ni que decir de Darien, Rini y su inocencia o Chibi Chibi. En fin, que podría seguir hablando de esta serie que sigue rompiéndome el corazón. Ahora ya no importa que la gente se entere que vea la serie, ya no temo las burla que recibí en la secundaria y mucho menos el qué dirán. En el post pasado dije que ‘era’ fanático de Sailor Moon, hoy puedo decir que lo soy. Por lo pronto seguiré disfrutando con mi novia de nuestros maratones de Sailor Moon.

Por cierto, tanto hace 15 años como ahora, la canción de cierre sigue haciendo que la piel se me ponga chinita. Con ella me resulta imposible no acordarme de la dueña de la serie. Soy un romántico sin remedio, que le vamos a hacer.


martes, 22 de noviembre de 2011

Sailor Moon y yo (parte 1 de 2)


Hace más o menos un año, en éste blog les conté como mi educación sentimental proviene de las caricaturas. Desde que era niño, veía los dibujos animados fijándome más en las historias de amor y desamor de la trama, que en las batallas o peleas que en teoría, deberían ser las que me emocionaran. Sin embargo, en ese post omití (no sé si por error, pena o simplemente quería guardarme el secreto muy para mí) el nombre de una de las series que más laceraron mi corazón ya no de niño, sino de adolescente ‘enamorado del amor’. Señores, confieso que fui fanático de Sailor Moon.

La primera vez que vi esta caricatura iba en segundo de secundaria. A diferencia de mis compañeros que escuchaban música de rock, jugaban deportes bruscos y hacían chistes vulgares de las mujeres, yo vivía en un mundo muy ajeno al de ellos. Mi cotidianeidad no era anhelar ser el mejor en algún deporte (aunque ya desde esa época me gustaba mucho el futbol), ser el que mejor peleará a golpes o tener el record de manosear muchachas, no, lo que yo añoraba con toda el alma era enamorarme. Verme reflejado en los ojos de alguien más y escuchar de sus labios que para esa persona yo era importante. Escuchaba a Fey, pero sólo sus canciones tristes o cargadas de miel. Jugaba a ser un héroe pero centraba mis historias en obtener el corazón de le heroína y no en derrotar a los malos, los cuales la mayoría de las veces actuaban sólo como escenografía para hacer lucir más el romanticismo.

No estaba enamorado de nadie en especial, es más, ni siquiera convivía con mujeres debido a que mi escuela era sólo para varones. Por cierto, detestaba estar en el colegio, pues ahí sólo encontraba lo contrario a lo que buscaba: labergones que casi no hablaban de ‘ellas’ y cuando lo hacían, era para referirse a ellas como objetos de los cuales sólo se podría obtener satisfacciones sexuales. Por eso prefería no participar mucho en sus conversaciones, y probablemente a eso se debió que en esa época no tuviera muchos amigos. Para colmo, si bien antes (e incluso después) fui un estudiante de buenas calificaciones, algo pasó que comencé a bajar notablemente mis calificaciones. La verdad, es que estaba demasiado ocupado en pensar en el amor, que lo demás me parecía poco importante. En esas tardes en las que añoraba estar en mi cuarto, único lugar en el que podía darle rienda suelta a mi mente, descubrí por accidente el primer capítulo de una caricatura poco conocida en México. El que sintonizara justo ese canal, en el momento en el que esta iniciaba fue una casualidad afortunada.

Así vi por primera vez un episodio de Sailor Moon. De inmediato me identifiqué con Serena, una estudiante de secundaria algo distraída, cuyas calificaciones no eran nada buenas y que deseaba conocer al chico de sus sueños. Una chica en apariencia común y corriente, un tanto inmadura y torpe. Ese primer capítulo termina cuando Serena descubre que en realidad es una Sailor Scout y que su deber es luchar por el amor y la justicia. Gracias a los poderes que Luna (una gata que habla) le revela, Serena aprende a transformarse en una heroína que librará temibles batallas contra horribles criaturas que quieren apoderarse del alma de las personas. Quitando los poderes y el traje de marinera… Serena era mi versión en niña.

Desde entonces mis tardes se cubrían de nostalgia. No sé porque cada capítulo de Sailor Moon me ponía triste. Poco a poco la serie fue agregando personajes. Otras cuatro jóvenes en apariencia normales descubrieron que también tenían poderes y se unieron a Serena para proteger al mundo. Así conocía a las sailors Mercurio, Marte, Júpiter y Venus. Disfrutaba las partes en las que la historia se centraba en la acción, pero era en los momentos románticos en donde realmente quedaba atrapado por la trama. Sailor Moon misteriosamente era salvada por un extraño y elegante sujeto llamado Tuxedo Mask. Poco a poco entre ambos personajes comenzó a surgir un entrañable romance que varias veces me hizo llorar. Serena nunca sospechó que la identidad de aquel paladín justiciero era la de Darien, un chico que la molestaba cada que se encontraban. Sé que pueden leer esto y pensar que era una ridiculez conmoverse por una historia así, pero en verdad me pasaba.

Llegué a sentir tanto apego por esta caricatura que me imaginaba mi propia versión de la historia en la que Sailor Moon era hombre. Hasta comencé a comprar las figuritas de las sailor scouts que sacó la marca de juguetes Bandai. En una ocasión se me ocurrió llevármelas a la escuela en la mochila. En un descuido mis compañeros las descubrieron. Por cerca de un mes recibí todo tipo de burlas. Me dijeron homosexual, afeminado, que esas cosas ‘eran de viejas’, etc. Y yo con ganas de responderles a gritos que aquella serie no era para niñas, sino para personas con alta sensibilidad al amor. Lo cual, ahora que lo leo, también me hubiera ocasionado un sinfín de burlas. Aun así no me importó. Seguí viendo religiosamente cada episodio. Disfrutando cuando la trama se centraba en el amor y la amistad.

Así pasé dos años.

Vi gran parte de la serie a la que llegaron muchos personajes nuevos.

Entré a la prepa que ahora ya era mixta.

Conviví con más mujeres. Si bien el amor seguía proyectándoseme como algo que no comprendía por lo menos mis enamoramientos ya tenían nombres y rostros. Fui perdiendo el interés de a poco en Sailor Moon. Sentía que cada capítulo era lo mismo: destruir al malo que quiere apoderarse del diamante, corazón o alma de una persona pura, siempre usando el mismo truco… y ya.

Un día ya no vi Sailor Moon, y aunque ocasionalmente me acordaba de la serie no volví a mostrar demasiado interés en ella…

hasta hace poco… cuando me reencontré con Serena y compañía…

miércoles, 28 de septiembre de 2011

El extraño placer de arrojarle pájaros a los puerquitos verdes



Solía ser feliz con mi BackBerry. Con ella me sentía el rey del universo. Poder tuitear, mandar correos electrónicos, revisar mi Facebook y hacer consultas online con sólo mover un par de botones con mis dedos me hacían sentir invencible. Según yo, podía hacerlo todo. Entonces me enteré de la existencia de un juego demoniaco y de moda. Adictivo como el tabaco y divertido como programa de Chespirito. Lo malo es que está maravilla estaba disponible para la mayoría de las plataformas de smartphones… menos para BlackBerry. Así me volví anticuado, infeliz y pasado de moda.

El dichoso jueguillo lleva por nombre Angry Birds. Su trama es sencilla pero ingeniosa. Sucede que a un grupo de simpáticos puerquitos verdes se les ocurre robar los huevos de un nido. Esto desataría la furia de unos pájaros maniáticos y con instintos suicidas, que con la ayuda de una resortera gigante, deciden lanzarse e impactarse contra las construcciones de los pobres marranitos para matarlos y recuperar los huevos hurtados. Sé que es una idiotez, pero me moría de ganas por experimentar ese bizarro placer de arrojar pájaros, y destruir cuanta estructura fuera posible. Por meses busqué la manera de poder jugar Angry Birds. Al no tener éxito, comencé a olvidar la idea de ser parte de la moda.

Afortunadamente, cuando eres de buenos sentimientos y corazón puro ocurren milagros, y así me pasó cuando sin mayor propósito googleé Angry Birds. El primer link que me apareció decía ‘Angry Birds Chrome’. Yo, que desde hace un par de meses dejé de usar el horrible Internet Explorer para emplear Google Chrome, no cabía en felicidad de sólo imaginar la posibilidad de por fin poder jugar en mi PC, el juego para móvil más exitoso de todos los tiempos. Dejé de hacer lo que estaba haciendo. Le di click… y fue la locura. Durante horas no me despegué de mi laptop. Mi mundo fue esto:



Efectivamente, Angry Birds (al menos la versión para Google Chrome) es lo más adictivo que puede haber en el universo. Uno comienza por curiosidad, con el deseo de pasar uno o dos niveles ‘nomás por no dejar’, y terminé obsesionado en cuestión de minutos. La música es envolvente, los personajes medio neuróticos son comiquísimos, los sonidos de los pájaros al estrellarse o las cosas al derrumbarse son realistas y divertidos. Vaya, incluso el ritmo y precisión que se maneja cuando las guaridas de los cerdos comienzan a derrumbarse están tan bien planeados, que uno no puede sino entregarse al delirio colectivo. Podrán decirse muchas cosas, pero uno no puede entender lo que es el fenómeno Angry Birds hasta que no avienta el primer pájaro, y descubre así que las posibilidades con cara tiro son infinitas. El tener éxito en el triunfo de la enfurecida parvada depende a veces de la estrategia, otras de la suerte, o de lo mucho que llevemos practicando.

El colérico pajarillo rojo, el efectivo y más fuerte amarillo, los pequeños azulillos que en conjunto son capaces de la peor de las destrucciones, los gordos blancos que arrojan huevos y los negros explosivos. Todos entrañables. No sólo quiero aventarlos. También quiero poseer cuanta chuchera venden con su imagen. Y claro, también están los villanos de la trama, los pobres puerquitos verdes a los que tarde o temprano se les termina teniendo estima. Así es el universo Angry Birds, aquel del que por cierto, es casi imposible escapar. Quizá la única manera de hacerlo y volver a recuperar con ello la vida, sea terminar con todos y cada uno de los 70 niveles, y salvar así los huevos robados. Fue lo que hice, después de dos días logré acabar el juego. No lo podía creer. De pronto los chillidos de los pájaros y sus gritos de guerra, la música adrenalinica, las caras de puerquitos golpeados y el sonido de las cosas al caer y romperse cesaron. Y así, dio paso la depresión post Angry Birds.

Días después sigo buscando la manera de continuar éste idilio. Miro aun con más envidia a quien posee algún Smartphone en el que sí se puede disfrutar de Angry Birds. Vuelvo a jugar la versión para Google Chrome en mi lap, pero sin el reto de sortear nuevos niveles ya no es lo mismo. Vuelvo a estar pasado de moda, y lo peor, es el ansia (mezclada con una vana esperanza) de encontrar una nueva alternativa para vivir nuevas aventuras junto a mis amigos alados. Por lo pronto estoy en plena recuperación, así que si me ven cerca y sus teléfonos tienen instalada cualquier aplicación referente a Angry Birds, aléjenlos de mi. No me hago responsable.

Si leen estoy y aun no conocen Angry Birds y les parezco exagerado en mis apreciaciones, les dejo las ligas para que lo jueguen bajo su propio riesgo. Les recuerdo que es necesario que tengan instalado el navegador Google Chrome.
Para descargar Google Chrome den clic aquí.
Para jugarlo online, den clic aquí.
Para descargarlo en su PC y jugar sin necesidad de estar conectados, den clic aquí.



Duda existencial

¿Por qué, si los Angry Birds están tan desesperados por rescatar los huevos de la parvada, los pájaros blancos usan sus propios huevos como proyectiles? Mueren más huevos en la batalla, que los que intentan salvar… interesante apología de una guerra real.

jueves, 1 de septiembre de 2011

La culpa la tienen Phineas y Ferb

Acá estoy de nuevo, en éste bonito espacio familiar para contarles una más de mis divertidas vivencias al buscar trabajo. No hace mucho les conté como en una entrevista laboral me pusieron a elaborar un examen psicométrico, pues bien, hace un par de semanas fui a otra y al parecer no me fue bien que digamos (sino ya me hubieran hablado ¿no?). Los culpables… unos dibujos animados.

Si como una vez mencioné, mi educación sentimental proviene de las caricaturas, qué de raro tiene que un par de personajes infantiles hayan frustrado uno de mis constantes intentos de conseguir empleo. Todo comenzó un martes cualquiera, cuando recibí una llamada de parte de editorial Notmusa, para citarme al día siguiente en sus instalaciones y presentar algunos exámenes para la vacante de redactor en el portal de un diario deportivo. Bueno, del periódico Récord. Llegada la fecha señalada, me presenté muy puntual en las oficinas de aquella editorial, que por cierto están a todo dar y tienen un agradable ambiente juvenil (no sean gachos si alguien lee esto y trabaja ahí, haga gestiones para que me contraten). Una de las encargadas de recursos humanos me pasó a una especie de sala de juntas en donde otro aspirante justo terminaba de contestar una prueba. Me dio un examen y me dijo que en cuanto acabara le avisara para que lo recogiera.

Examiné las hojas. Se dividía en conocimientos deportivos y gramaticales. Respondía tranquilamente. Disfruté de aquel espacio por unos 5 minutos hasta que la calma se rompió cuando en aquella sala irrumpieron dos muchachos acomodando una mampara que simulaba un remolino psicodélico. Después llegaron unos fotógrafos y detrás de ellos estos dos individuos:




Esos dos extraños seres, aunque no sabía quienes eran, me resultaban familiares. En cuanto me vieron se acercaron y comenzaron a molestarme. Uno simuló analizar mi examen y con la cabeza negaba como diciendo ‘todo está mal’. El otro de plano me quitó las hojas y las aventó. Al poco rato les aburrí y me dejaron en paz. Mientras esas dos ‘cosas’ posaban para la cámara, un trabajador de la editorial se acercó a preguntarme si no quería pasarme a un lugar más tranquilo para seguir con mi examen. Amablemente respondí que no, pues no había tanto ruido como para no concentrarme. Gran error. Un par de minutos después, por la puerta de aquella sala de juntas entraban varios muchachos y muchachas fascinados por tener ahí a esos dos personajes deformes que seguía sin identificar. Después de las fotos para el periódico, las botargas se quedaron ahí paradas, mientras uno por uno de los curiosos se tomaba fotos con ellos. Fue tal el éxito que hasta se formó una fila de trabajadores ansiosos por llevarse su imagen del recuerdo. Intentaba concentrarme, pero para mi desgracia la mayoría de los presentes eran mujeres, y muchas de ellas estaban sentadas en las mesas en las que yo intentaba por probar mis capacidades laborales. Entonces, no sólo luchaba contra el ruido y desorden, sino también contra las sentaderas que esas muchachonas ponían frente a mí. Así, entre pompas y flashazos pasaron unos veinte minutos.

La sala se fue vaciando. Antes de irse, esos dos muñecos cabezones nuevamente fueron hacia mí. Esculcaron el libro que traía, me despeinaban y de nuevo lanzaron mi examen por los aires. Justo al retirarse, uno de los fotógrafos alcanzó a decir –“pobre chavo, ni lo dejaron concentrar en su examen”. Y la verdad es que no. A pesar de que sabía casi todas las respuestas de índole deportiva, y en ortografía me defiendo bastante bien, el barullo ocasionado por esos dos visitantes pudo ocasionar que pasara por alto algún detalle. De cualquier forma, ya con aquel cuarto vacío y en total calma intenté darle un repasó más a mi prueba, pero no me quito la idea de que pude haberlo hecho mejor.

No me han hablado. Me da coraje porque en verdad me encantaría trabajar en un medio impreso. Mi coraje aumentó cuando un día, cambiando de canales en la televisión me topé con la imagen de esos dos desgraciados que en parte ocasionaron mi desgracia. Entonces supe sus nombres: Phineas y Ferb. Seguí viendo la caricatura y supe que eran medios hermanos. Sin darme cuenta, mi odio se fue transformando primero en curiosidad, después en simpatía. Supe que todo se había ido al carajo, cuando me descubrí buscando en la programación de cable los próximos horarios en los que podría ver más de esos episodios.



¡Que a toda madre, no me dieron el trabajo y me volví adicto a una serie animada! He visto no sé cuantos capítulos de Phineas y Ferb y no me cansó. Para quienes aun no hayan visto esta caricatura, les diré que es una maravilla. Divertida, inteligente, ágil y fresca. Trata de dos hermanastros que para no aburrirse en sus vacaciones veraniegas, se dedican a concebir como hacer de cada día algo divertido. Así llevan a cabo los planes más disparatados e increíbles, mientras su hermana Candace batalla sin éxito por acusarlos. Paralelo a esto, los capítulos se complementan con Perry el ornitorrinco, la mascota de Phineas y Ferb que en realidad es un agente secreto (del que soy bien, pero bien fans), destinado a frustrar los malévolos planes del Dr. Doofenshmirtz. Ambos contextos terminan complementándose hacia el final de cada aventura, dando como resultado un entretenido enredo. Con gags muy marcados y un humorismo lleno de creatividad, Phineas y Ferb ha logrado en muy poco tiempo reclutar a una gran cantidad de seguidores. Entre ellos yo.

Aquel día que fui a la redacción de Récord aquellas botargas promocionaban la próxima película de Phineas y Ferb. Sospecho que querré verla. Por lo pronto esta serie me sirve para aprender la moraleja: cada día puede convertirse en una nueva y maravillosa aventura, de eso también tienen la culpa Phineas y Ferb.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Mi educación sentimental proviene de las caricaturas



Desde niño fui raro. En ese entonces no me daba cuenta que aunque tenía los mismos gustos y aficiones de mis amiguitos, les daba un enfoque un tanto diferente, incomprensible para los demás. Mucho tiempo después sé que no era tan extraño como los demás creían, sino que fui un enamoradizo prematuro.

Se entiende que en cada persona el proceso es diferente, y que normalmente, cada quién inicia su educación sentimental con la adolescencia. Sin embargo, un servidor comenzó a tener corazón de pollo desde muy tierna edad, y que incluso, me llevó a auto medicar a unos niños en el kinder. Desconozco cuando comencé a tener noción del amor, pero fue gracias a las caricaturas que descubrí que el amor es capaz de mover y alterar el orden natural de las cosas. De tal modo que cuando veía Robotech, mi mayor preocupación no era que el piloto Rick Hunter combatiera con éxito a las fuerzas Zentraedi, sino que éste resolviera el triangulo amoroso que conformaba junto con la famosa cantante Minmei y la capitana Lisa Hayes (confieso que me enamoré de ella). En una de las escenas que más recuerdo, Rick vuela su nave en una pelea de proporciones épicas, mientras Minmei canta en un programa de televisión y Lisa observa con preocupación el desarrollo de la batalla. Lo que para el resto de los niños era una secuencia de acción maravillosa, para mí era un momento lleno de drama y tensión amorosa.

De la historia concisa de Robotech recuerdo muy poco, pero sus escenas románticas entraron para siempre en mi memoria. Aprendí así que la peor de las guerras no son nada si se comparan con un corazón roto. Lo mismo me pasaba con Súper Campeones, en dónde mi atención no se centraba en los goles sino en la conmovedora historia de Andy Jhonson, jugador enfermo del corazón que arriesga su vida durante varios partidos mientras su mejor amiga sufre en silencio por él.

Con Dragon Ball quedé cautivado por el extraño romance entre Vegeta y Bulma; con los Caballeros del Zódiaco siempre esperaba que algún día Seiya y Saori aceptasen sus sentimientos; y ni hablar de los coqueteos entre Gambit y Rouge en X-Men. Enumerar más ejemplos me parece ocioso y hasta infantil. Lo único que pretendo con éste post es comprender porque soy como soy. Quizá por eso aun soy un cursi y hasta en programas de comedia me fijo más en las historias románticas que en los chistes. Por lo anterior no es raro que hace 2 años la película Wall-E me hubiera conmovido, y que gran parta de mi adolescencia y juventud la haya pasado enamorado del amor, a pesar de que entonces vivía una profunda soledad.

No sé si mi corazón se haya reducido a una pasita por usarlo desde que era tan pequeño. Tampoco sé si fui el único niño hombre al que le gustaban los balazos, la violencia y los goles, pero sólo si estos estaban motivados por la conquista de una mujer, el desamor o la pasión.

Soy Gabriel Revelo, y sin vergüenza lo reconozco, mi educación sentimental comenzó al ver caricaturas.

jueves, 28 de mayo de 2009

Osito Gominola, te detesto



¿Un jinete del apocalipsis, la encarnación de Hitler, un plan del maestro del Vaticano? Lo cierto es que desde la tarde en la que me enteré de su existencia vivo intranquilo. Mi vida sería mejor si no hubiera visto aquel video en el que él, engendro verde y gelatinoso del demonio, aparece bailando y enseñando el trasero. Le llaman el Osito Gominola, y es horrible.

Lo conocí por el anuncio de su melodía descargable para celular. El calvario surgió cuando comenzaron a pasarlo cada cinco minutos en Canal 9, impidiendo así, que disfrutara mis programas y películas corrientes. Ahora ese Oso está en todos lados. Su asquerosa canción me persigue, amenaza con apoderarse de mi entendimiento. La poética letra dice así: “yo soy tu gominola, osito gomi gomi gomi. Dulce gominola, gomi gomi gominola, fiesta fiesta pop”. Por favor, si alguien me ve cantándola deme un balazo.

Me pregunto si alguien en su sano juicio ha descargado ese video a su teléfono móvil. ¿Qué tipo de personas han atentado así contra su salud mental? ¿Qué los llevó a tomar una decisión así? Según averigüé, el dichoso-oso-asqueroso fue creado para el público infantil. Luego no se quejen de que la juventud cada vez consuma más drogas.

Jamás podré comerme unos Panditas sin el temor a que de pronto salga un gominola de la bolsita.

Estúpido panzón fofo. ¿Por qué demonios es tan feliz? ¿Pues a qué se dedica para andar siempre en calzones y tener la oreja mordida? Deseo atravesar su cuerpo de gel con un cuchillo. Golpearlo hasta que se calle. Quemarle su trasero para que ahora sí lo mueva con provecho. Verlo retorcerse de dolor mientras lo grabo para que quienes lo detestamos descarguemos el video de su muerte y podamos verlo a todas horas.

Las malas noticias siempre se saben. Por eso, dudo que alguien a estas alturas no conozca a Gominola. Si usted no lo conoce, felicidades, es una de esas afortunadas personas cuya alma todavía no se ha ensombrecido. Ahí les dejo el video. Véanlo bajo su propio riesgo. No me hago responsable por los problemas psicológicos e instintos asesinos que este pueda detonar en ustedes. Si YouTube quita el vídeo, da clic aquí.