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martes, 21 de junio de 2016

En defensa del "ehhhhh....¡puuuuto!"

 

Ahora voy a jugarle al abogado del Diablo y defender lo que para muchos es indefendible. 

Desde hace un par de años se viene hablando del famoso grito de "ehhhhh....¡puuuuto!", que profieren los aficionados mexicanos en los partidos de futbol tanto de la Selección Mexicana como de la Liga MX. El debate, sin embargo, se ha vuelto más intenso durante las últimas semanas, pues muchos -incluida la FIFA- lo califican como una manifestación homofobica. 

En los últimos días he leído varias columnas al respecto en distintos medios. En la mayoría se afirma que este grito es completamente discriminatorio, racista e incita al odio, además de traer consigo varias connotaciones psicológicas que hablan muy mal de los mexicanos como sociedad. Total, que el mentado grito es lo peor que le ha pasado a la humanidad

Y saben qué, no es cierto. Desde mi punto de vista estamos exagerando mucho con este tema que hemos hecho crecer hasta niveles francamente ridículos. Ojo, no digo que el problema de la discriminación contra la comunidad gay no existe, sino que el grito de la afición mexicana está lejos de contribuir a incrementar este problema. 

Igual y muchos de ustedes me tacharán de loco, dirán que soy un ignorante o que de plano no entiendo un tema tan complejo. La verdad me da igual, es mi blog y yo escribo en él lo que se me de la gana. Eso sí, antes de marcharse indignados y decididos a dejarme de hablar, primero lean mis argumentos, después son libres de mentarme la madre, total, yo como el teacher López Dóriga: Aguanto vara

Primero debemos entender que en México hay palabras que tienen más de un significado, los cuales pueden ser completamente opuestos. Por ejemplo la palabra 'Madre', además de referirse a las mamás, también puede ser empleada en un contexto negativo como "chinga tu madre", de forma despectiva con "esa madre", o hasta para referirnos a algo que nos parece excelente con "está a toda madre"

Lo mismo ocurre con otras palabras como 'chingada', que puede transformarse en "esto está de la chingada" o "está bien chingón". Por supuesto con "puto" ocurre lo mismo. Podemos usarla para referirnos de forma discriminatoria:

"Eres un pinche puto"

Hasta para mostrar admiración:

"Ese tipo es el puto amo". 

En el caso del futbol, el término 'puto' empezó a utilizarse para denotar cobardía (uno de los tantos significados de puto). ¿Por qué cobardía? Simple, cuando el portero rival en un partido de futbol decide despejar (mandar el balón lo más lejos de su portería con un sólo despeje) en lugar de salir jugando (pasar el balón a uno de sus compañeros sin necesidad de alejarse tanto propia portería) es interpretado como un acto de miedo. 

"¿Por qué decides mandar el balón lo más lejos de tu arco en lugar de que tu equipo salga jugando, ¿acaso tienes miedo?", ese es el razonamiento que el aficionado común y corriente tiene detrás del grito "ehhhhhh puuuuto". Como verán, detrás de esto no hay ningún ataque contra las personas de la comunidad gay. Y les aseguro que muchos de los que hoy se ponen al brinco con esa expresión de las gradas ni siquiera saben lo que les acabo de explicar. 


El dichoso grito llevaba un par de años en las tribunas de los estadios en México sin que nadie se escandalizara. Ninguno de los intelectuales y ofendidos que hoy se rasgan las vestiduras se habían enterado de su existencia y todos vivían felices. La bronca seguramente empezó cuando en algún juego de la Selección Mexicana algún directivo de FIFA escuchó el grito  le preguntó a alguien "oye, ¿qué significa eso que gritan los aficionados mexicanos cuando despeja el portero?". Probablemente le respondieron que la palabra puto hace referencia a los homosexuales (en lugar de decir que tiene un sinfín de connotaciones) y el máximo organismo del futbol tomó aquello como un insulto racista. 

La polémica se agudizó durante el Mundial de Brasil 2014. Por más que los directivos mexicanos se empeñaron en aclararle a la gente de la FIFA que la palabra Puto tiene muchos significados y que el grito de los aficionados no hace referencia a la homosexualidad de nadie y mucho menos es discriminatorio, nomás no se tuvo éxito y a los mexicanos, que de por sí ya tenemos muchos calificativos negativos, ahora nos agregaron el título de racistas-homofóbicos-mal educados-groseros-pelados

Si la FIFA no hubiera dicho nada ni hubiera empezado con las amenazas de veto para el Estadio Azteca en juegos de la Selección el asunto del grito no hubiera trascendido internacionalmente, y muchos de los que hoy están enojados no estarían armando un mitote por nada. 

He ido a infinidad de partidos donde han empleado el grito, y créanme, aquello es más por echar relajo que por ofender a alguien. Pero eso no lo entienden los quejosos. Les aseguro que la mayoría de los opositores nunca se han parado en un estadio y sólo se quedan con la idea de "gritan puto, entonces están insultando a los homosexuales". Y ya, no ahondan más en el contexto que es tan simple cómo pasar un buen rato, decir que están en desacuerdo porque el portero rival no sale jugando sino que prefiere despejar el balón y ya, eso es todo. 


No entiendo por qué tantos periodistas y analistas se rompen la cabeza y hablan sobre tratados psicológicos, invocan a la sociología, dicen que los aficionados son unos acomplejados y demás tonterías que según ellos fomentan el odio contra la comunidad gay. Incluso hay quienes cometen la grandísima estupidez de relacionar el grito de 'puto' con la masacre al bar gay Pulse de Orlando donde la semana pasada fueron asesinados alrededor de 50 personas. 

¿Neta? ¿Dónde diablos está la relación?

Dudo que las advertencias de la FIFA, los anuncios de la FMF pidiendo mesura a la afición o las quejas de varios columnistas indignados ayuden a que esta moda gritona se acabe, al contrario, entre más le prohibas algo a la gente más lo hará.

No soy ningún homófono, al contrario, tengo amigos gays y creo que en ningún momento les he faltado al respeto. Creo en la igualdad en todo sentido y estoy a favor de la no discriminación. Es más, en el estadio nunca he gritado el famoso "ehhhhh puuuuto" (aunque de tanto escuchar al respecto ya hasta ganas me dieron de hacerlo). Para ser muy honesto, no me parece apropiado satanizar un grito que tiene un sentido completamente distinto.

Me parece que se está haciendo una tormenta en un vaso de agua y que la lucha contra la homofobia (que sí existe en nuestro país) se debe dar en otras trincheras. Y en cuanto a la FIFA, creo que tiene líos muchos más graves, como la violencia alrededor de los partidos, como para preocuparse por un simple grito. Además, si tanto se preocupa este organismo por la igualdad ¿por qué darle a Rusia el próximo mundial, cuando es uno de los países con mayor represión a la comunidad homosexual?

Coherencia señores. 

jueves, 4 de febrero de 2016

De cómo nos iba a golpear un fan gordo del Cruz Azul


Lo que están por leer una conmovedora historia de superación humana, una epopeya que sobrepasa los límites de lo increíble y que sin duda le dará una lección de vida.

(Bueno, no, la verdad solamente es la historia de cómo nos iba a madrear nos íbamos a pelear con un aficionado gordo del Cruz Azul, en las gradas del Estadio Azul).

El pasado martes fui al Estadio Azul con mi amigo Vázquez, su esposa y uno de sus amigos cuyo nombre no recuerdo (pero él sí se sabía el mío, qué oso). Bueno, estábamos ahí para ver el juego entre el Cruz Azul y el Atlante. Quienes me conocen saben que soy aficionado de toda la vida del Atlante, así que obviamente tenía que estar presente, sobre todo porque desde que mis Potros descendieron ya casi no puedo verlos en vivo.


El juego estuvo de mucha emoción y el Atlante logró, a base de mucho empuje, empatar el partido a un gol. Aunque nadie ganó, los aficionados traían una fiesta en las gradas y cuando llegó el silbatazo final todos estaban felices echándole porras a sus respectivos equipos. Entonces, en medio de la euforia vi a un chavo fresa y a su lobuki pasarle sus vasos repletos de cerveza a un fanático del Cruz Azul muy pasado de tamales, el cual los arrojó hacia donde estaba la porra del Atlante, mojando a varias personas que ni se lo esperaban.

Sí, como si fuera un animal, ese marrano monumental nomás porque sí le aventó esa bebida a otros aficionados. No fui el único que se dio cuenta de la mala onda del obesoide, pues un seguidor del Atlante que se encontraba cerca de él, agarró otro vaso de cerveza e hizo lo propio con el gordinflón. Aunque aquello fue una especie de justicia divina, el botijón no entendió eso de que "el que se lleva se aguanta" y empezó a echarle la bronca al atlantista.

En cuestión de segundos, el albondigón se abrió paso entre los demás aficionados para llegar hasta el seguidor del Atlante y golpearlo. De forma valiente éste no se amedrentó, al contrario, también comenzó a gritarle maldiciones. Todo estaba puesto para que esos dos terminaran liándose a golpes. 

(Aquí cabe señalar que todo este espectáculo de pena ajena yo lo presenciaba cómoda y tranquilamente desde mi lugar, ubicado filas arriba. Podría decirse que incluso hasta me divertía lo que sucedía).

La gente varias veces separó a los dos peleoneros, y aunque el panzón infame amagaba con retirarse, en más de una ocasión regresaba para seguir buscando bronca. Muchos de los presentes comenzaron a pedirle al balón con patas que ya se fuera, y entonces, de entre todos esos gritos alguien gritó "ya vete Peppa", en alusión a Peppa Pig, la cerdita que protagoniza unos dibujos animados para niños. El apodo me causó gracia, y nomás por cotorrear, mientras el mantecoso seguía echando pleito, comencé a gritar:

- ¡Peppa, Peppa, Peppa!

Algunos atlantistas que estaban a mi alrededor se me unieron y comenzaron a gritar lo mismo...

- ¡Peppa, Peppa, Peppa!

Todo era risa y diversión hasta que giré la cabeza y vi que a unos metros de donde estaba un sujeto con cara de maleante me miraba con odio. Resulta que ese tipo era amigo del marrano y al parecer no le causó gracia el griterío que inició por mi culpa. 

- Chin, ya valió madre. 

... pensé cuando vi que el cara de maleante se acercó a mí y comenzó a reclamarme. 

Mi amigo Vázquez se puso loco y también le respondió con majaderías. Entonces el maleante tomó el vaso de cerveza que tenía en la mano y se lo arrojó con fuerza. Para fortuna de Vázquez el proyectil no impactó en él, sino en la cara de su amigo cuyo nombre no recuerdo, quien ni deberla ni temerla terminó llevándose el trancazo. 

Esto hizo que Vázquez, su amigo de cuyo nombre no me acuerdo y el sujeto con cara de maleante se pusieran más locos, para colmo en ese momento el marrano aficionado del Cruz Azul iba subiendo hacia dónde estábamos y amenazaba con también unirse al pleito. Viendo la gravedad de la situación la esposa de Vázquez se alejó y yo hice lo que cualquier hombre valiente y buen amigo haría... hacerme güey. 

Fueron unos segundos tensos en los que vi pasar mi vida: Me imaginé pasando la noche en los separos, golpeado, con mi playera del Atlante rota, un diente menos y los ojos morados. Por supuesto en cuanto mi esposa se enterara de lo ocurrido seguramente me prohibiría regresar a un partido de futbol. 

No sé cómo pero al final ya no pasó nada. El pedazo de cebo y su amigo maleante se fueron retirando (por supuesto, mentando madres y lanzando amenazas hacía Vázquez, su amigo desconocido y un servidor. Cuando íbamos saliendo me puse mi sudadera roja por si el puercote y su cuate regresaban o nos topábamos con ellos más adelante. 

Una vez afuera del estadio me fui como alma que lleva el diablo, subí a mi auto e inmediatamente me marché a mi casa. Sí, lo sé, me vi bien maricón, pero preferí eso a terminar como Santo Cristo, pues esos dos sujetos tenían la pinta de ser personas violentas, de esas que gozan rompiendo narices. 

Aquí un video de esa noche, es de cuando el Cruz Azul le metió gol al Atlante. En algún momento se ve al amigo cara de maleante (bueno, creo que es él, no estoy muy seguro) haciéndole bullying a un aficionado atlantisa:


Escribí este texto para dejar testimonio de lo fácil que es hacer que en un estadio las cosas se salgan de control y de la nada se detone la violencia. 

También quiero aprovechar este espacio para decirle al cerdonio y a su cuate cara de maleante que se salvaron de recibir una paliza. 

domingo, 15 de febrero de 2015

Pinche Adidas ¿y la playera verde?

Desde hace años (incluso desde que era niño gordo) siempre me ha causado ilusión cuando se lanzan nuevos modelos de playeras de la Selección Mexicana. O bueno, eso era antes porque ahora cada que anuncian que un nuevo diseño se acerca lo que siento es pánico. 

Ese temor viene desde que Adidas es la marca que viste a la Selección Mexicana de futbol, pues desde hace varios años esta firma deportiva se ha divertido de lo lindo faltándole el respeto a la tradición de nuestro equipo nacional. 

Y la verdad es gacho porque desde hace un buen tiempo soy fan de esta marca alemana, sobre todo de sus diseños de la vieja escuela; las playeras que hizo para la Selección Mexicana en el Mundial del 86 también me parecen una maravilla. Además soy miembro del Adidas Running Team, el equipo de corredores auspiciado por esta marca, y la verdad, la ropa que hacen para practicar este deporte está padre (aunque no hagan tenis para corredores pronadores). 

Sin embargo, mi relación de amor con Adidas se transforma cada pisotean la historia de nuestra Selección. Me explico, primero sacaron una playera negra como segundo uniforme (previo a Sudáfrica 2010), diseño que en su momento a todos nos gusto pero que comenzó a usar mucho más que el tradicional y bello primer uniforme -playera verde, short blanco y calcetas rojas-, con el que nos identifican en todo el mundo. 

Después se les ocurrió eliminar las calcetas rojas del primer uniforme. Así por sus pistolas. La verdad sin ellas no era lo mismo pero bueno, los señores de Adidas pensaron que era una idea brillante (idiotas). La tercera aberración fue cuando previo al Mundial de Brasil 2014 sacaron una playera al estilo Power Rangers que a todos nos sacó de onda:


Ok, hasta yo la compré pero fue para no sentirme fuera de la fiesta mundialista. En esa ocasión la playera de visitante era roja con una especie de electrocardiograma negro en el pecho. ¿Era un diseño bien mafufo? Sí, pero bueno, era la playera del segundo uniforme y ahí sí se permite experimentar, aunque sin caer en los extremos. 

Ahora, Adidas nuevamente quiere verse innovadora (que vayan e innovar a otra Selección, o mejor aún, a su madre) y hace unas semanas presentaron las nuevas playeras para la escuadra mexicana. Y ahora sí la regaron y feo, pues... ¿¡¿¡No sacaron ninguna camisa verde?!?! Valiéndoles madre la historia, tradición e identidad del equipo mexicano sacaron una playera negra (que ni está tan chida) y una blanca con vivos fosforescentes. Y ya. El único verde está en los escudos y ese tono ni siquiera es el de nuestra bandera. 


Mínimo hubieran sacado una playera guinda, como la del mítico uniforme que México usaba antes del Mundial del 70. 

Al parecer ya sabían que a muchos no les gustaría que eliminaran el color verde y por eso la campaña de promoción usa los eslóganes: "La verde se lleva en el corazón" o "Los partidos se ganan con el corazón no con la playera"

Todo esto en aras de querer vender más, pues al fin y al cabo, para Adidas la Selección Nacional no es más que un negocio. Y viceversa, pues la Federación Mexicana de Futbol es parte de ello y mientras ingrese más dinero a sus arcas le importa un pito envuelto si viste al equipo con colores para hacer aeróbics. 

No veo que Adidas quite, nomás por cotorrear, los colores o diseño tradicional de las playeras de locales de España, Alemania o Argentina. Pero claro, como en México aguantan cualquier cosa, vamos a sacar dos jerséis nuevos pa' ganar el doble

Y no se vale. Está bien que esto sea un negocio pero no sean tan desgraciados. 

Cuando yo era niño veía las playeras verdes de la Selección en las tiendas y les juro que me daba emoción. Sentía orgullo ver el tradicional jersey color verde y ni se diga cuando me lo ponía. Pero ahora, con esos dos modelos pichurrientos, que podrán ser muy vanguardistas y modernos, no siento la menor identificación. Hace unos días vi ambos diseños y sí bien no están tan feos, no los siento míos. 

Huevos pinche Adidas. Ojalá les caiga el veinte y se den cuenta que visten a una Selección, no a un club europeo pedorro, de esos que juegan con los diseños de sus uniformes cada año. 

Lo peor es que en un año anunciarán con bombo y platillo: El regreso de la verde. Y a vender más. Malditos mercenarios.

martes, 10 de febrero de 2015

La pena máxima


En el 2006, movido por la pura intuición, compré y leí Abril Rojo, novela con la que el escritor peruano Santiago Roncagliolo ganó ese año el prestigioso Premio Alfaguara de Novela. 

Disfruté ese libro una enormidad, en primer lugar por la punzante historia sobre unos sangrientos asesinatos que tuvieron lugar en la semana santa del año 2000 en Ayacucho, Perú, y después, por su singular protagonista, el fiscal Félix Chacaltana, quien nunca hace nada malo… ni bueno… ni nada que esté fuera de los códigos civiles, y que de forma casi incidental va enredándose en esta trama de intrigas. 

Por años guardé un buen recuerdo de esa novela, y precisamente por ello, no pude ocultar mi emoción cuando en la mesa de novedades de una librería me topé con La pena máxima, el nuevo libro de Roncagliolo, y al leer la sinopsis vi que estaba protagonizada ni más ni menos que por Félix Chacaltana. Así es, uno de mis personajes literarios volvía con una nueva aventura. 

Eso sí, no hace falta haber leído Abril Rojo para disfrutar de La pena máxima, pues la segunda es una precuela de la primera. Ahora conocemos a un Chacaltana mucho más joven e inseguro, pero que ya poseía esa rectitud y decencia que tanto intriga y por momentos choca a quienes lo rodean. 

Además, esta nueva novela tiene un aire futbolero pues ocurre a la par de los juegos que la Selección de Perú jugó en el Mundial de Argentina 1978. La historia comienza en junio de ese año, cuando Perú se encuentra sumida en la euforia mundialista. 

Pocos peruanos escapan a esa fiebre, y uno de ellos es precisamente Félix Chacaltana, quien trabaja como asistente de archivo en el sótano de una oficina del Poder Judicial, donde se esfuerza por ser el más eficiente a pesar de la burocracia y la tediosa rutina gubernamental. Aunque claro, nadie nota su trabajo e incluso su jefe inmediato, le pide que no sea tan obstinado y se dedique más a vivir. 

Sin embargo, cumplir de forma ejemplar con su trabajo no es la única preocupación de Chacaltana, quien debe obedecer y lidiar (por no decir soportar) a su madre y sus ideas conservadoras, que muchas veces pone en predicamento su “relación amorosa” con Cecilia. 

En medio de este debate personal que vive el protagonista, su vida ordenada se desquebraja una tarde de viernes cuando su amigo Joaquín Calvo se apareció por el archivo y con un aspecto raro y enfermizo se despidió de él diciendo:

“Que te vaya bien. Todo saldrá bien”. 

Y pues no, nada salió bien. Joaquín desapareció y sin darse cuenta Félix se vio envuelto en una historia de intrigas policíacas, falsos culpables, dudas, peligros y muchas verdades que hubiera querido no saber. 

Además de las continuas dudas sobre el rumbo que tomarán los hechos narrados en esta novela, el lector acompaña su incertidumbre con una atmósfera muy futbolera. Sin ser una historia que gire alrededor del futbol, éste aparece como un personaje discreto pero constante, y es sin duda un elemento sonoro que brinda drama y tensión a los momentos de más impacto en la historia. 

Detrás del futbol, de la burocracia de una oficina gubernamental, de las elecciones que están por celebrarse en Perú, de los misterios que esconde el pasado de su querido amigo Joaquín y de la búsqueda de Chacaltana por liberarse de las ataduras maternas, hay otro elemento en esta compleja ecuación: La Operación Cóndor, que era el plan de coordinación de operaciones entre los regímenes dictatoriales de varios países sudamericanos para controlar y detener (a veces con métodos muy violentos e inhumanos) a los grupos subversivos. 

Por años se aseguró que el gobierno de Perú no formó parte de estas acciones, pero con este libro y la investigación que realizó para escribirlo, el autor intenta refutar esta idea y nos da una aproximación sobre la participación que tuvieron los peruanos en estos acontecimientos que sembraron el terror en la zona sur del continente durante los años setenta. 

Después de leer todo lo anterior, podría parecer que La pena máxima es una novela compleja o demasiado densa. Todo lo contrario, su escritura sencilla y clara, pero con mucho oficio, hace que uno avance por sus páginas con mucha soltura. 

Podría contarles más de esta interesante historia, pero hacer algo así con una novela negra sería casi un delito. Hay muchas más intrigas, más personajes y más elementos que enriquecen este libro, pero es mejor que sea el lector quien los vaya descubriendo. 

Hoy terminé de leer La pena máxima, te voy a extrañar querido Félix Chacaltana.

sábado, 31 de enero de 2015

Mi playera original (pero chafa) del Atlante


No es fácil irle al Atlante. Uno sufre mucho debido a los constantes cambios de sede del equipo, a las desventuras deportivas que nos tienen más acostumbrados a las derrotas que a los triunfos, a la dificultad para encontrar productos oficiales del equipo, etc. 

Aún así nunca dejaría de irle a este equipo casi centenario, de tradición muy futbolera en México y que por desgracia descendió hace unos meses. Sin embargo el futbol es alegría, y aún en estos momentos de incertidumbre el atlantista intenta ponerle buena cara al mundo… hasta que pasan cosas como la que estoy por relatar en este post. 

Como todo aficionado al futbol siempre me gusta comprarme la playera de mi equipo. De hecho, siempre las adquiero originales porque me siento mala persona si compro piratería, además de que la calidad de estos jerseys “corrientes” siempre dejan mucho que desear y se ven bien chafas. 

Encontrar ropa del Atlante es medio complicado pues no la venden en cualquier lado. Afortunadamente hay algunos lugares especializados que venden los productos alusivos al llamado “equipo del pueblo”. Uno de ellos es Olé Sports, que se encuentra en Bazar Pericoapa. Varias veces he ido a comprarles y me han tratado muy bien. Bueno, pues con mucha ilusión hace un par de semanas fui ahí para comprarme la nueva playera del Atlante. 

La verdad el diseño me gustó mucho y la marca Kappa no se me hacia tan mala. En cuanto me enteré que ya la vendían me puse en contacto vía Facebook con el dueño de la tienda y le pedí que me apartara una playera talla chica. Como era domingo, en menos de dos horas la tuve en mi poder. Era tanta mi emoción que me encueré en pleno estacionamiento para ponérmela. Bueno, nomás me quité la playera que traía y me puse la nueva, no crean que me quedé sin nada de ropa. 

De ahí me fui muy feliz y realizado a comer con mi familia a un restaurante. Después de pedir mi comida fui al baño y aproveché para verme en el espejo con mi playera nueva. Me veía bien galán, el problema fue cuando noté una mancha en una parte del lado izquierdo inferior de la prenda. Al verla detenidamente me di cuenta que la tela estaba corrida. Como estas playeras son de una especia de lycra, pues ese detallitos son toda una tragedia. 


Ya ni disfruté mi comida pensando que había gastado mi dinero a lo tonto. Uno se compra una ropa novedosa para lucirla y no para que parezca que traemos un trapo viejo. Llegando a mi casa puse una queja en el perfil de Facebook de la marca Kappa, quienes muy amablemente me contestaron (hasta el otro día) que me pusiera en contacto con el lugar donde había comprado la playera y que ahí me la cambiarían. Así lo hice, me comuniqué con el local de Pericoapa donde la adquirí y me dijeron que sin broncas me daban otra. 

Al siguiente domingo fui, dejé la playera defectuosa y me entregaron otra. Antes de llevármela la revisé y no le encontré ningún defecto. Una vez más me fui muy entusiasmado y en el estacionamiento de Pericoapa de nuevo hice la gatadita de encuerarme en el estacionamiento y ponerme mi playera nueva. 

Manejé hasta mi casa y al llegar corrí a verme al espejo más próximo. De nuevo comprobé que me veía bien galán pero entonces me percaté de algo que nuevamente llamó mi atención: Otra maldita rasgadura en la tela, idéntica a la que tenía la otra playera, pero ahora en el costado derecho. Me quería morir, aquella era como una broma malvada del destino. 


Esta vez estaba seguro que la rasgadura había sido en el trayecto de Pericoapa a mi casa, que en auto está a media hora. Me puse a revisar el cinturón de seguridad del asiento del conductor para ver si había algo que pudiera causar esas rasgaduras. ¡Y nada! No había nada en ninguna parte del auto al cual culpar de mi desgracia. Además, muchas veces he manejado con playeras de futbol y para corredor, que son de materiales similares, y nunca me había pasado algo así. 

¿Conclusión? 

Estas nuevas playeras del Atlante están bien chafas, aunque sean las originales. 

En los más de veinte años que llevo de comprar playeras futboleras nunca me habían tocado unas de tan mala calidad. Nuevamente me quejé en las cuentas de Twitter y Facebook de Kappa México buscando una solución o cuando menos una disculpa, pero ahora ni me pelaron. De hecho sigo esperando respuesta. 

Me iría a quejar nuevamente a la tienda donde las adquirí pero no es culpa de ellos, sino de los materiales súper corrientes de Kappa. Y ahora ahí tengo mi playera, rasgada después de usarla media hora. Me da miedo ponérmela otra vez y que se maltraté más nomás porque le da el aire. 

Gasté mis quinientos pesos a lo tonto por una playera que ya se ve vieja. Lo dicho, irle al Atlante no es fácil. 

Pinche Kappa.

domingo, 6 de julio de 2014

Soñé que #NoEraPenal


Tanto Mundial ya me tiene afectado, tanto que cuando duermo hasta tengo sueños referentes a Brasil 2014. 

En el pasado post de este humilde blog les dejé mis impresiones sobre el juego que México perdió ante Holanda en los octavos de final con un penalti que a los ojos de muchos no fue falta, sino un clavado del holandés Robben, que en el apellido lleva la penitencia. 

A raíz de este error descarado, en redes sociales comenzó a proliferar una gran cantidad de memes alusivos que con el hashtag #NoEraPenal nos ayudó a tomar lo sucedido con cierto sentido del humor y a librarnos del trauma (o al menos aceptarlo). Yo tampoco pude escapar de la moda y durante los últimos días me la he pasado posteando cuanta imagen alusiva he encontrado al “No era penal”. 

Luego supe que ya había tocado fondo cuando tuve un sueño relacionado al #NoEraPenal , mismo que ahora les narro: 

Llegaba a un salón de clases, muy parecido a los que hay en la preparatoria en la que estudié. Me senté casi hasta adelante y noté que había varios jóvenes de distintas nacionalidades, aunque claro, la mayoría eran mexicanos. A los pocos minutos entró el profesor, que no era otra persona que Joseph Blatter, el mismísimo presidente de la FIFA. 

Puso sus cosas sobre su escritorio de maestro, y pasó lista. Por supuesto cuando mencionó mi nombre contesté muy ñoñamente: presente. 

Después procedió a presentarse diciendo: Hola, buenos días soy Joseph Blatter, presidente de la FIFA y…

Entonces, algo pasó en mi interior y de forma natural exclamé: Ehhhhhh…. ¡PUTO! 

No fui el único, además de mi otras cuatro o cinco personas habían gritado lo mismo. El problema es que aquella osadía hizo que el señor Blatter frunciera el ceño, se pusiera rojo de coraje y nos mirara a todos con odio. Muy en su papel de profesor advirtió:

"Les doy un minuto para que me digan quién de ustedes fue el que grito esa palabra. El que lo haya hecho acaba de cometer un acto de racismo y será castigado con 4 meses sin poder entrar a ningún estadio de futbol del mundo. Será fichado por FIFA. 

Espero que quién haya sido, tenga el valor cívico de levantarse y salirse del salón". 

Chin, al oír estas palabras me puse nervioso. No sabía si comportarme como un hombre, ponerme de pie y aceptar mi culpa, o ser un cobarde, guardar silencio y ver qué pasaba. Y es que la cosa no estaba fácil, si confesaba mi imprudencia seguramente aparecería en los noticieros, sería la vergüenza de la familia y para colmo, no podría ir a ningún estadio de futbol durante casi medio año. Parecía toda una tragedia, aunque a los pocos segundos me cayó el veinte que México no volvería a jugar hasta el otro año y que como el Atlante descendió, estaría difícil que mi equipo jugara algún partido en la Ciudad de México. Además, no creo que los de la FIFA estén revisando si en los juegos de la Liga de Ascenso intenta colarse el que llamó Puto a su presidente. 

Cuando entendí que no tenía nada que perder y estaba a punto de levantarme, un chavo se me adelantó, se puso de pie y en silencio salió del salón. Supe que era compatriota pues traía su playera de la Selección Mexicana, tras el otros dos alumnos hicieron lo mismo. 

Viendo esto, también me levante y mientras me dirigía a la puerta el profesor Blatter empezó a quejarse nuevamente de la terrible ofensa que habíamos cometido y la neta me calenté. Antes de abandonar el salón, me volví hacia donde estaba el viejo desgraciado y con mucha dignidad le grité varias groserías y finalicé con un: ¡¡¡Y NO ERA PENAL, PINCHE VIEJITO HIJO DE SU PUTA MADRE!!! 

Y en eso desperté. Noté que estaba bien enojado y con ganas de seguir mentando madres. 

Dicen que en los sueños el que habla es nuestro subconsciente. De ser así, esto quiere decir que la derrota de la Selección sí me afectó y gacho. Recuerdo que al momento en el que marcaron el polémico penal no hice tantos corajes, tampoco los hice en los días siguientes, pero ese sueño me hizo saber que en efecto, yo tampoco acepto ese penal. Al menos encontré cierto consuelo al mentarle la madre a la FIFA. 

Y ya, ese fue mi sueño mafufo, del que sacó la siguiente conclusión: No era penal, hasta los sueños me lo dicen.

domingo, 29 de junio de 2014

Caer con la cara en alto (Holanda 2 - México 1)


Días como el de hoy permanecerán siempre en nuestra memoria, por más que cada cuatro años se nos repita cíclicamente. 

Hoy México jugó ante Holanda en un duelo correspondiente a los octavos de final de Brasil 2014. De forma caprichosa, a pesar de ir ganando desde el inicio del segundo tiempo, la Selección Mexicana se quedó a un paso de hacer historia al recibir 2 goles en los momentos finales del partido, haciendo que se rompiera el corazón de millones de mexicanos. 

¿El árbitro nos robó y nos marcó un penal inexistente en el último minuto?

¿Miguel Herrera se equivocó e hizo un planteamiento erróneo al defender la ventaja durante tantos minutos. 

Da igual, lo valioso de esta jornada no fue tanto el resultado del partido, por más que al fin y al cabo, sea lo que decide el destino de cada uno de los equipos que participan en esta justa deportiva. Contrario al sentimiento que se apoderó de mi en otras eliminaciones nacionales, en esta ocasión no es la tristeza la que predomina en mi entorno, al contrario. Dolió perder así, pero también nos dejó muchas cosas buenas. 

No niego que grité el gol de Giovani Dos Santos, que idolatré a Memo Ochoa cada que atajaba el balón o qué sentí que el mundo se me venía encima con cada uno de los goles holandeses. En mi ánimo pesa más el ambiente que se vivió desde días previos en México. 

Ver cómo todo el país se une por una sola causa, aunque esta fuera el futbol, siempre será refrescante. En las redes sociales, en las calles y en el aire se palpaba el entusiasmo, el orgullo y la confianza de todos por un grupo de jugadores que nos representaban como nación en un torneo de esta envergadura. 

Sí, nuestro país está mal en muchos aspectos, hay miles de problemas mucho más importantes que un torneo de futbol y por supuesto, son muchas las cosas a las que debemos prestarles más atención; y precisamente por eso, momentos de unión como los que vivimos en días pasados son tan especiales, porque no sólo nos unifican y dan identidad, sino porque nos hacen soñar y nos impulsan a creérnosla.

Hace unas horas nuestra Selección luchaba de forma dignísima y puso en jaque a uno de los mejores equipos del mundo. No importaba el nombre de los jugadores que estaban enfrente, pues al fin y al cabo, nosotros somos mexicanos y también tenemos lo nuestro. Esa es precisamente la enseñanza que me ha dejado ser aficionado al futbol y en especial del equipo mexicano: ver cómo los miedos y complejos van desvaneciéndose con el paso de los años.

Pertenezco a esa generación que ha dejado de ver a los rivales con miedo. Antes los mexicanos solíamos achicarnos ante los extranjeros, y esto no sólo en el ámbito futbolístico, sino en el laboral, social, etc. Ahora, aunque el respeto prevalece, ya no nos sentimos menos, ni ante un europeo, gringo o asiático. Al menos para mi es un orgullo decir que soy mexicano y ponerme cualquier cosa que me identifique como miembro de este gran país. 


Por eso, aunque hoy nos eliminaron no me he quitado la playera verde de la Selección, al contrario, la manera en la que hoy lucharon por ella los jugadores mexicanos me hacen portarla con más orgullo. Estuve triste por unos minutos, pero ahora no, lo ocurrido esta tarde puede hundirnos o dejarnos muchas enseñanzas, y yo elijo lo segundo. 

Hace unos meses esta misma Selección contaba con muchos detractores y casi nadie creía en ella. Yo fui de los pocos que a pesar de los malos tiempos jamás dejé de ponerme la playera verde. Después vinieron los tiempos felices, volvieron los triunfos y la afición nuevamente se entregó al equipo. Con esta nueva eliminación una vez más surgieron comentarios negativos contra los jugadores. Ante ese tipo de críticas, en Facebook mi primo Emmanuel escribió este comentario más que acertado:

Ya están los que se encargan de juzgar a la selección y al deporte mexicano: Que sí a la hora de la hora, que si por eso están donde están, que deportistas mediocres, etc. 

El día que lleguen a estar en la elite de el deporte que practican o en la carrera que ejercen, hablan. Porque hablar de abajo para arriba es fácil, pero estar peleando con los mejores del mundo, no cualquiera. Primero lleguen, y luego cuando no se achiquen hablan y entonces se los reconoceré. Pero mientras, calladitos se ven más bonitos.

No puedo estar más de acuerdo. 

Me quedo muy agradecido y orgulloso por la entrega de este equipo en la cancha, porque una vez más nos hicieron soñar, olvidarnos por un rato de nuestras preocupaciones, y de paso, nos recordaron que todos somos parte de un país maravilloso. 

Se puede ganar, se puede perder, pero si se hace entregando el alma el resultado es lo de menos. Algún día lograremos más conquistas mi México, y como siempre estaré a tu lado. 

No estoy triste, pero sí muy orgulloso.

martes, 17 de junio de 2014

Ahora disfrutó más el Mundial


Y comenzó el Mundial. Solamente cada 4 años vivimos estos días raros pero llenos de pasión, y qué bueno que así sea, porque sólo de esta forma tenemos el tiempo suficiente para añorar estos momentos que son un autentico oasis en nuestra existencia. 

Vivimos pues días en los que todo, o casi todo, gira alrededor de un balón. No importa la condición social o el rincón del planeta en el que se viva, por ahora, casi todos estamos hipnotizados por el Campeonato Mundial de Futbol de la FIFA Brasil 2014. 

Quienes me conocen saben que cada 4 años espero este evento con mucha ilusión, sólo que en esta ocasión todo ha sido diferente. Antes no podía dormir los días previos a los partidos de México, iba a la Iglesia a pedirle a Dios que nos echara la mano en los juegos y todo el tiempo era un manojo de nervios. En fin, me tomaba el Mundial muy en serio. 

Ahora lo hago un poco más a la ligera. No quiere decir que antes no gozara los mundiales, ¡al contrario!, es sólo que ahora intento disfrutar de todo: Desde los momentos de tensión hasta los triunfos; de los partidos infumables entre equipos en apariencia humildes, a los juegazos entre las potencias futbolísticas. 

Antes bastaba que ganara México para que mi día se transformara y me sintiera un ser lleno de felicidad, de igual modo cuando la Selección Nacional era eliminada, me sumía en una profunda tristeza y depresión que me duraba días. Varias veces, cuando el equipo tricolor quedaba fuera de alguna justa mundialistas me sorprendí a preguntándome: 

¿Y ahora que ya no hay Mundial para México, qué chiste tiene la vida? 

Ya sé, pensar así es una tontería, pero estaba joven y aún no sabía bien qué onda con la vida. 

No sé en qué momento me cayó el veinte de que lo importante para un aficionado de futbol no debería ser el resultado final de un partido, sino la forma en la que se vive. Me explico: Hoy jugó México contra Brasil, el partido fue complicadísimo y todo el tiempo fui un manojo de tensión, sin embargo, durante todo el juego fui consciente de que podíamos perder, y esto, lejos de darme miedo o ponerme más tenso, me hacía pensar ‘ok, podemos perder, podemos ganar, pero estos nervios y emociones qué siento con cada jugada nadie me las va a quitar'

Y si eso sienten millones de aficionados alrededor del planeta cuando ven los juegos del Mundial, y por unas horas pueden dejar de pensar en sus problemas, en cómo joder al prójimo o en cosas negativas, entonces bendito sean estos eventos que de una u otra forma nos unen como humanidad. 

Hoy me sentí orgulloso de ver al equipo mexicano jugarle al tú por tú a Brasil y disfruté todo lo que conllevó este enfrentamiento; por primera vez en mi vida le estoy dando más importancia a disfrutar un partido de futbol sin importar el resultado, y sin que se me vaya la vida si mi equipo llega a perder. 

Hace un par de meses descendió el Atlante, mi equipo de toda la vida, y si bien sentí feo, la depresión jamás me derrotó, por el contrario, creo que tomé las cosas con calma y viendo hacia el futuro, con más ilusión y entusiasmo que con pesar. 

Lo mismo me sucederá con México en este Mundial, si llega lejos en la competencia seré el más feliz, si nos toca perder ni modo, ya habrá otros Mundiales. En lo que una de las dos cosas sucede, a disfrutar de los partidos y de toda la fiesta que acompaña una Copa del Mundo. 

Y que viva el futbol, que como por ahí dicen, es lo más importante de lo menos importante.

domingo, 8 de junio de 2014

Fiebre de estampitas futboleras, un sábado por la noche


¿Cuándo lo divertido… deja de ser divertido? esa pregunta rondaba mi mente una y otra vez en la tarde de ayer, mientras me encontraba recorriendo el estacionamiento del Estadio Azteca, con varios montones de estampitas en la mano. 

Todo comenzó hace unas semanas, cuando tuve la ocurrencia de comprarme el álbum Panini del Mundial Brasil 2014 con el mero objetivo de cotorrear y pasarla suave en los días previos a este magno evento deportivo, que dicho sea de paso, es mi favorito. Cuatro años atrás también compré el álbum de Sudáfrica 2010, aunque entonces la euforia me duró dos días y lo dejé semi vacío, debido a la decepción que me provocó que en los primeros cinco sobres que compré me salieran 5 repetidas. 

Ahora no me salieron tantas repetidas (al principio), por lo que conforme pasaban los días iba comprando sobres y viendo como poco a poco mi álbum iba llenándose. No vayan a creer que me obsesioné y gastaba un dineral para completarlo, al contrario, compraba sobres dos o tres veces a la semana y de forma moderada. Intercambiaba algunas repetidas en la oficina y la cosa iba avanzando lenta pero segura. 

Durante todo este proceso mi novia fue involucrándose en esta bonita actividad recreativa (en su trabajo varios de sus compañeros también lo estaban juntando) y comenzó a conseguirme cada vez más y más estampitas, hasta el grado de que el llenado del álbum fue avanzando de forma más rápida. Al principio pensé que el juntarlo juntos nos uniría más y sería una bonita experiencia.

Tal y como sucede en otros ámbitos de la vida, las mujeres son más organizadas que los hombres, y por esa razón, ella tenía listas impresas en las que llevaba la relación de las estampas que nos faltaban, hacía tratos con diferentes amigos, e incluso negociaba con un niño gordo que vendía estampas en un puesto callejero cercano a su trabajo. 

Entonces se anunció que en el Estadio Azteca se llevaría a cabo el “intercambio de estampas mundialistas más grande del mundo”, el sábado 7 de junio del 2014, de 12 de la tarde a 8 de la noche. Varias veces mi novia y yo comentamos que sería bueno ir, pero nunca nos pusimos de acuerdo. Finalmente llegó el día y no nos acordamos del mentado intercambio hasta bien pasada la tarde. Aún así, decidimos ir por ahí de las 6 de la tarde, a ver qué encontrábamos en la rebatinga. 

Cuando llegamos ni siquiera intentamos ingresar al estadio, pues en el estacionamiento había cientos de personas cambiando las mentadas estampitas y pues ahí nos quedamos. Lo curioso era que quienes lo más transacciones hacían no eran niños, ni adolescentes; sino hombres por encima de los veinte, personas maduras, padres de familia y hasta uno que otro viejito. 

Confieso que lo que me daba ilusión de ir aL intercambio no era tanto el encontrar las estampas que me faltaban, sino acceder a la mismísima cancha del Estadio Azteca, cosa que finalmente no logré por quedarme en el estacionamiento, intentando comprender un poco toda la confusión que había alrededor. 

La que agarró más pronto la onda y la dinámica del lugar fue mi novia (así pasa siempre); empezó a cambiar estampas de un lado a otro y a estresarse cuando veía pasar el tiempo sin que encontráramos estampitas que nos fueran útiles. Comenzaba a caer una lluvia ligera y a obscurecer, lo que hacía más complejo el buscar una y otra vez entre cientos de estampas ajenas, alguna de las que buscábamos.


Muchos de los presentes ya estaban de malas y enojados, al parecer los adultos habían tomado el control de los álbumes de sus hijos, quienes se encontraban a un lado tristes y deprimidos, viendo como eran relegados a la posición de observadores. Lo mismo me pasó más o menos a mi, que por mucho tiempo sólo fui espectador del intercambio de las negociaciones de mi novia. Mi función se redujo a detener el paragüas y usar mi celular para alumbrar las estampitas en medio de la oscuridad que la noche trajo consigo. 

Poco después de las nueve de la noche, el personal de seguridad del estadio comenzó a pedirnos que abandonáramos el estacionamiento, pues ya iban a cerrar. Cinco minutos después nos marchamos con varias estampas que antes no teníamos y vimos como muchos de esos papás obsesivos estacionaban sus vehículos afuera del estacionamiento y seguían cambiando estampas. 

Mi novia, que estas circunstancias se comporta como Mónica de Friends, quería que nos paráramos para seguir intercambiando estampas, cosa que finalmente no sucedió porque aceleré para escapar del lugar lo más pronto posible. La calma no volvió a mi vida, pues de ahí nos dirigimos a casa de nuestro amigo Ángel para seguir cambiando estampitas. 

Me pregunto a qué hora se habrán ido esas personas que se quedaron afuera del estacionamiento del Estadio Azteca, de acuerdo a mis cálculos, los últimos debieron haberse ido cerca de la media noche. 

Si la aplicación de mi teléfono (que es menos certera que las bases de datos de mi novia) no miente, me faltan poco más de treinta estampas para que llene el álbum. A estas alturas de la vida ya no sé si lo logre, pues empezando el Mundial quizá la euforia por estos cromos baje ¿o aumentará? De cualquier forma este álbum ya es más de mi novia que mío. Ella ha conseguido la mayoría de las estampas, ella realiza los intercambios y es ella quien ya se obsesionó con llenarlo. 

El Mundial de Futbol es uno de los eventos cumbre del deporte, y el cual siempre espero con ansias. Juntar el álbum es una forma de formar parte de esta enorme fiesta que llega a todos los rincones del planeta. No me importaba llenarlo, sólo divertirme, ahora la cosa es diferente y lo trascendente es completarlo a toda costa, y no lo digo yo, lo dicen varias novias que se apoderan de los álbumes de sus parejas, los papás que reviven su infancia apropiándose de las estampas de sus hijos, y hasta las personas de la tercera edad a los que este álbum les dio un nuevo motivo para vivir.

Ni hablar, soy de esas víctimas que fui despojado de su álbum Panini. Aunque en honor a la verdad, le agradezco todo lo que ha hecho en estas semanas por ayudarme con esta locura que es juntar el álbum Panini.

domingo, 13 de abril de 2014

Mi Atlante descendió: la historia de un triste adiós


Uno no elige de quién enamorarse, lo mismo ocurre con el equipo al que seguimos. Sin planearlo, un día descubrimos que sentimos inclinación hacia ciertos colores, hacia un escudo y una idiosincrasia determinada. En mi caso no recuerdo el momento en el que decidí volverme atlantista, sólo sucedió. 

La familia de mi mamá es en su gran mayoría americanista, mientras que mi familia paterna le va al Atlante, aunque cabe aclarar que mi papá era aficionado al Guadalajara. Terminé inclinándome por los Potros, y ahora que lo analizó, creo que ningún otro equipo tiene tanto de mi personalidad como el Atlante. 

No es el club más ganador, tampoco el que tiene más afición o el que avasalla a sus rivales; tampoco se caracteriza por tener a las figuras del momento en el plantel o por poseer mucho dinero en sus arcas. Al contrario, el Atlante, mi Atlante, es un equipo de carencias y lo más común para sus aficionados son las derrotas y el sufrimiento, antes que los triunfos y los momentos de alegría. 

Y sin embargo, en este aparente masoquismo se esconde un hermoso idilio en el que equipo y aficionados se complementan. Los atlantistas en su mayoría son gente humilde, acostumbrada a luchar por salir adelante y a no rendirse a pesar de que todo esté en contra. De igual forma opera el Atlante, club al que se le suele complicar lo sencillo, pero que en contraparte, hace ver como algo fácil lo que para muchos es imposible. 

Todo lo que acabo de escribir podría parecer una tragedia, una especie de castigo o lastre con el que se debe cargar. Y no es así, aunque infinidad de veces la suerte nos ha resultado adversa, también hemos tenido la oportunidad de tocar la gloria de la mano de los colores azulgranas. 

De sus tres campeonatos de Liga, pude ser testigo de dos de ellos (el obtenido en la campaña 1992-1993 y el del Apertura 2007), también lo vi campeón de la Liga de Campeones de la Concacaf en el 2009 y fui testigo de su participación en un Mundial de Clubes en donde llegó hasta semifinales. 

Fui a cientos de partidos, ví grandes victorias, grité muchísimos goles y observé a los humildes prietitos plantarle cara a rivales más poderosos y con mayores recursos. Esta valentía de ir contra la corriente es la que me hizo sentirme cada vez más orgulloso de mi equipo.

Con el paso de los años entendí que no le iba a un equipo cualquiera, al contrario, el Atlante es uno de los equipos más antiguos (fue fundado el 18 de abril de 1916) y tradicionales del futbol mexicano. Nacido en la Ciudad de México, es innegable que la historia de este club es parte de la cultura de la capital del país, por más que sus directivos se empeñen en otorgarle un carácter gitano y continuamente lo cambien de hogar (la última vez a Cancún). 

La gloria de este equipo ha sobrevivido de milagro a malas decisiones administrativas: Cuando se privilegia el tema económico en lugar del deportivo, las cosas tarde o temprano saldrán mal. Los diversos dueños y directivos del Atlante se cansaron de exprimir a la gallina de los huevos de oro, vendiendo a los jugadores que sobresalían y desarmando al plantel en múltiples ocasiones. Tomando esto en cuenta, no resulta tan sorpresivo que el Atlante finalmente finiquitó el cuarto descenso de su historia.

El golpe no llegó de improviso, de hecho fue una larga agonía la que poco a poco nos fue preparando para lo peor, tal y como ocurre cuando se tiene a un ser querido en terapia intensiva y en nuestro interior sabemos que el triste final será inevitable. 

Mentiría si dijera que no me duele, que no lloré de rabia y tristeza cuando se volvió un hecho que mi equipo no jugará el próximo año en la Primera División. Cuando tu equipo desciende es como si se muriera el amor de tu vida, y es que en cierto modo eso es lo que ocurre. Sabes que no es el fin del mundo y que tu vida cotidiana seguirá igual, pero aún así sospechas que las cosas no serán iguales; cuando tu equipo desciende sientes un hueco en el corazón, un vació que estará ahí hasta que las cosas vuelvan a la normalidad, y la normalidad es ver al club de tu predilección en el lugar que merece: compitiendo con los mejores del país. 

Cuando tu equipo desciende, y aunque suene contradictorio, lo amas más que nunca, como si todas esas victorias y derrotas épicas revivieran de golpe en tu corazón y lo blindaran con ese cariño a prueba de cualquier tragedia, de cualquier burla. 


Ahora mismo, mientras escribo estas palabras me vienen a la mente el nombre de grandes jugadores, autenticas leyendas del futbol mexicano que defendieron los colores del Atlante: El Trompo Carreño, Horacio Casarín, Rafael Puente, Sebastian Chamagol González, Ricardo La Volpe, Federico Vilar... una historia casi tan interminable como los muchos momentos que viví en un estadio apoyando a mi equipo sin importar el resultado. Ahora voy cayendo en la cuenta que pocas cosas me hacen tan feliz como ir a un juego del Atlante

Hoy el camino tiene dos vertientes: dejarte o seguir a tu lado. No tengo ni siquiera que pensarlo, elijo irme contigo, descender al mismo infierno y no soltarte. Si no me alejé en los momentos felices, mucho menos lo haré ahora que se viven horas inciertas. Sabrá Dios cuanto tiempo te tome volver al lugar que hoy dejas, lo cierto es que sabré esperar, pues sin ti la Primera División no será igual. 

Sólo espero que ningún federativo quiera revertir este revés a base de billetazos. Sería indigno y no creo equivocarme al decir que los atlantistas preferimos descender con dignidad y no permanecer de forma deshonesta. Ojalá tampoco mancillen tu historia con más cambios de sede o nombre, a menos claro, que sea regresar a tus orígenes en el DF. 

Se cerró un capitulo de tu casi centenaria historia. No es el fin, sólo el principio de un renacimiento que te fortalecerá más. Por siempre y hoy más que nunca, contigo Atlante.

“Les guste o no les guste…”

martes, 25 de febrero de 2014

50-3


En el argot futbolístico, se considera como una goleada aquellos marcadores donde un equipo vence por 3 o más goles de diferencia a su rival. En este sentido, nadie negará que es difícil ver perder por goleada a tu equipo favorito, pero lo es mucho más sufrir una derrota así estando en la cancha.

1. El equipo que nació para perder

Nunca jugué futbol a nivel profesional, aunque eso sí, por años practiqué este deporte en los parques de mi colonia a los que varias veces iba con mis amigos del barrio a jugar las clásicas retas. También estuve en un par de equipos de Fut7 y Futbol Rápido en los que si bien nunca gané, sí me divertí mucho.

Y por supuesto jugaba en la escuela. Lo que estoy por narrar ocurrió precisamente en mis años en secundaria. Estudiaba el cuarto año en el Instituto Don Bosco, escuela en la que se prioriza la práctica del deporte y donde constantemente se realizaban torneos futboleros en los que casi siempre participaban sólo los alumnos más populares. Y digo casi siempre, porque en una ocasión me animé a formar mi propio equipo y lanzarme a la aventura futbolera.

Los equipos eran de 8 elementos (2 en la banca y 6 en la cancha) y los partidos se desarrollaban en los dos recesos o descansos que teníamos al día (uno de media hora y el otro de 50 minutos). En honor a la verdad debo decir que mi equipo estaba integrado por personajes que no éramos muy buenos para eso del fut. Sólo dos tenían un nivel aceptable, el resto éramos bastante malitos. Bueno, yo no tanto, la verdad es que más o menos me defiendo.

Para ese torneo mi plan era jugar como portero y ocasionalmente como defensa con vocación ofensiva. 

Los nombres de los equipos deberían corresponder a ciudades del continente americano, y la verdad, no me acuerdo ni cómo se llamaba el nuestro. Creo que Anchorage (por la ciudad en Alaska), aunque no estoy seguro, es más, creo que así se llamaba otro equipo que sí triunfó, pero ni modo, es mi post y yo escribo lo que quiero. De lo que sí me acuerdo es que jugábamos con playera azul. En fin, todos los equipos se dividieron en grupos de 4, en donde calificaban los dos primeros. 

Honestamente el torneo me emocionaba, días antes de su inicio me imaginaba ganando no sólo los primeros tres juegos, sino el torneo mismo. Pero en la práctica la historia fue muy diferente. 

2. El inicio que nadie imaginó

El primer juego lo perdimos y gachamente. Generalmente cuando se inicia un torneo uno lo hace con la mayor ilusión y ganas del mundo, por eso, el desconcierto fue mayor cuando apenas iban 3 minutos de juego y nos clavaron el primer gol. A la siguiente jugada nos metieron otro y luego otro. Así, de pronto nos vimos perdiendo 7-0 en los primeros diez minutos. La verdad el marcador nos picó la cresta y metimos un gol, sin embargo, la reacción nos duró poco porque en un descuido nos metieron otros 5. 

Pensando en que quizá yo era el problema pedí cambio y pasé de la portería al campo de juego. El resultado fue igual o más desastroso: el primer "tiempo" terminó con un contundente y humillante 19-1. 

3. Cuando los imposibles se vuelven realidad… en tu contra

Si pensábamos que las cosas ya no podían ir peor, estábamos muy equivocados., pues para el segundo recreo, el chisme de que se estaba suscitando una “goleada de antología” se esparció por el resto de los grupos de la secundaria y cuando volvimos a la cancha después de tres horas de clases, teníamos un nutrido grupo de aficionados observando las acciones de lo que muchos consideraban era algo histórico y nunca antes visto en los patios de la escuela. 

Nuestros rivales salieron obsesionados con meternos la mayor cantidad de goles posibles, por lo que desde el inicio comenzaron apedreándonos el rancho. Y la cosa les estaba saliendo bien, pues en menos de cinco minutos, “según ellos” la cosa ya iba 30-1. Si entrecomillé la frase anterior es porque era tanta la presión del público, que el equipo contrario comenzó a valerse de triquiñuelas y a contar como gol muchas jugadas que no lo eran. 

Como no había arbitro aquello se volvió una anarquía. Éramos 8 contra el resto de la escuela. Aún así, como Dios nos dio a entender logramos meter dos goles a favor. Así pasó el tiempo, entre el juego sucio y un montón de goles en contra. Al principio mis compañeros y yo estábamos bien enchilados y mentando madres, luego ya nos valió y nos resignamos al linchamiento deportivo y social. 

Pa’ colmo cuando estuve a punto de mandar el balón al fondo de la portería rival, un alumno de otro grado se atravesó sin fijarse y chocó con el balón. De nada sirvieron mis argumentos de que ese debió contar como gol. 

No recuerdo en qué momento los rivales comenzaron a fantasear con meternos cincuenta goles, por lo que apresuraron la marcha y contaban sus tantos al doble. Total, cuando sonó la campana anunciando el fin del recreo y del juego, todos decían que el juego había concluido 50-3. Minutos después llamaron a los capitanes de cada equipo (aún no sé por qué carajos yo era el capitán de mi equipo) para informar sobre los marcadores. Ahí, con toda la pena del mundo tuve que corroborar que ese marcador había sido real, ante la mirada atónita del resto de los capitanes. Qué oso. 

Nos dieron una madriza y ni las manos metimos, sí, pero no fueron cincuenta goles. De ser justos el marcador debió ser 30-7.

4. Después del trauma

Por días se habló de lo sucedido, lo cual sirvió para que nuestros dos próximos rivales se confiaran y esos duelos fueran un poco más decorosos. Uno lo perdimos 5-3, el otro lo ganamos 2-1. 

Finalmente no calificamos. Entonces pensé que jamás superaría el trauma. Con el tiempo seguí jugando y tuve mejores resultados futbolísticos. Ahora me doy cuenta que no fue para tanto y que al final, todo quedó en una anécdota que hoy cuento como algo jocoso. 

5. Al menos no fuimos los únicos…

Lo que nos pasó se compara con las peores derrotas de la historia en el futbol profesional, que son:

- AS Adema, de Madagascar 149 - Stade Olympique L'Emyrne (SOE) 0, dentro del Campeonato Malgache de Fútbol de 2002 (Esto se explica por una protesta el equipo perdedor se dedicó a meterse autogoles). 

- Arbroath FC 36 - Bon Accord 0, por la Copa de Escocia de 1885.

- Australia 31-0 Samoa Americana, en el 2001.