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domingo, 20 de julio de 2014

Es mejor no saber nada


Luis Fernando tiene siete años, y no comprende que esta pasando…yo tampoco. Sabe que esta tarde algo importante debe estar pasando, de otra forma, no hubieran cortado tan abruptamente su caricatura favorita. ¿Por qué de repente sus papás y demás adultos rodean y miran con tanto interés el televisor? No sabe por qué ese corte informativo es tan importante ni qué significan palabras como Israel, Hezbolá, Beirut, el Líbano o Franja de Gaza. 

Luis Fernando ve imágenes que no lo sorprenden del todo: tanques de guerra disparando, edificios destruidos y gente llorando; siente que esta viendo una película de acción, aunque más aburrida. Supongo que éste y muchos motivos más lo llevan a levantarse y dirigirse a su cuarto a jugar con su perro ‘Bingo’.

Qué afortunado eres querido Luis Fernando, tu inocencia te salva de los nubarrones que opacan la realidad de los adultos, y qué bueno que sea así, qué bueno que tus deseos de jugar sean más grandes a ver cómo seres humanos se destrozan en nombre de fronteras e ideologías que ni ellos ni nadie civilizado entiende. 

Qué bueno y que envidia me das: a tu escasa edad no conoces la perversidad de las armas ni lo mal parados que como sociedad y especie ‘supuestamente pensante’ nos deja cualquier guerra. Luis Fernando sigue jugando, y ni idea tiene que justo en este momento, la madre tierra tiembla de impotencia ante la proximidad de una nueva guerra.

Luis Fernando regresa, quiere jugar conmigo a la pelota, por supuesto acepto; quizá unos minutos con él, compartiendo risas bajo el cielo azul, me ayude a comprender qué demonios le pasa a este mundo. 


* * * * *
Lo anterior fue escrito en julio del 2006. Ocho años después, duele saber que este texto sigue igual o incluso más vigente que en su momento. Ahora el mundo mira con terror conflictos como el que sostienen Israelíes con palestinos, o los ucranianos con los rusos. 

Luis Fernando ya tiene 15 años y yo sigo pensando que es mejor no saber nada de esos temas, pero en esta ocasión la realidad no escapa de mi mente.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Desesperando a la Ley (teoría y praxis)


Nada trascendente, poco divertida y muy común: así es esta historia cuyo único interés puede revestirse en el hecho de que es real y además puede dejar un útil consejo. ¿O será mejor decir ‘in-útil’? … depende, creo yo, de la perspectiva.

Sucedió hace unos años. Era cerca del medio día por los rumbos del Aeropuerto y Zaragoza (cerca de la calle de Economía). Mi amigo Ángel y yo circulábamos a bordo de mi auto buscando una dirección a la que nos dirigíamos por motivos de trabajo (quesque). Todo iba muy bien hasta que al narrador de estas líneas se le ocurrió girar en una calle que según las flechas en el concreto, era claramente de doble sentido. Por eso me sorprendí cuando al otro lado de la calle un par de policías (que tenían estacionada su patrulla en la esquina) me pidieron que me detuviera pues iba en ‘sentido contrario’.

La situación, lejos de preocuparme, me pareció divertida (no así mi amigo Ángel, que sutilmente me sugirió ofrecerle algo. No -respondí- es la quinta vez que me detienen y nunca he dado una mordida en mi vida.

El policía, bonachón como buen elemento de justicia del Distrito Federal me pidió, de acuerdo al guión de siempre, mi licencia de conducir y la tarjeta de circulación de mi vehículo. Amablemente se los di, no sin antes insistirle que no había ningún señalamiento que indicara el contrasentido de la circulación. Obviamente el ‘policeman’ comenzó a enumerarme distintos artículos de transito y leyes federales que amparaban a la ley, y obviamente me señalaban como culpable.

Una vez mi papá me dijo ‘Cuando te detenga un policía de transito, dile que te de la infracción, no le ofrezcas dinero ni nada. La mayoría de las veces, si llegan a levantar una multa tienen que hacer varios tramites para darla de alta, y mejor terminan por no hacer nada’. Y eso hice, insistir con que me levantaran la infracción en lugar de ofrecerles la clásica ‘mordida’. Yo notaba que los policías iban y venían con calma, como buscando desesperarnos para pedirle que nos ‘arregláramos de otra manera’. Como la verdad ni Ángel ni yo teníamos la menor prisa, dicha táctica no funcionó.

Me entregó los documentos advirtiéndome lo caro que me saldría la infracción y la pérdida de tiempo que significaría acudir a pagarla en cualquier delegación. ‘De todas formas no tengo nada que hacer’, pensé. El Poli siguió yendo y viniendo. Supongo que diez minutos después la cara de franca despreocupación y desfachatez que tanto Ángel como yo traíamos lo convenció de que perdía su valioso tiempo (y dinero) con nosotros. Me enseñó la libreta de infracciones diciendo: mire, para que no diga que no voy a apuntar nada, aquí esta ya el bloc de las multas, misma que me dispongo a levantar ahora mismo’. De nuevo, me valió un pepino.

‘Ya váyase, con cuidado’, contestó unos minutos después, no sin cierto aire de resignación. No me lo tuvo que decir dos veces. Abandonamos el lugar sin multa y con el contenido integro de nuestras carteras.

Ahora que lo pienso, aquella patrulla en la esquina no tenía otra función que el buscar víctimas inocentes como nosotros (más inocentes que víctimas) para obtener algunos cuantos (o muchos) pesos extras, cortesía de la corrupción. ¿No sería mejor que patrullarán la zona, en lugar de quedarse estancados en un solo punto? Obviamente sí. La calle de la infracción estuvo un buen tiempo en reparación y los señalamientos del flujo siguieron confusos. Supongo que no faltaron algunos incautos que siguieron dándoles dinero.

¿Recomendación final? Primero, no alarmarse cuando sean detenidos por algún elemento de transito, siempre sonrían y encuéntrenle lo gracioso al asunto, háganle la platica a los oficiales, etc; generalmente los busca-mordidas se valen de los nervios de los infractores para obtener el dinero. Siempre pidan que les levanten la infracción, aunque les den el papelito para que paguen en las dependencias públicas, la mayoría de las veces ni siquiera las dan de alta en el sistema. Ahora, quiero aclarar que ni todos los policías son corruptos, ni tampoco es bueno estar violando la ley. Recuerden, estos consejos aplican para casos de emergencia.

Tampoco me tomen muy en serio: No me hago responsable si por seguir mis consejos terminan recluidos en el Reclusorio Sur de la Ciudad de México.

martes, 29 de octubre de 2013

Cuando te falte la inspiración


Cuando te falte la inspiración
no la busques en tu cuerpo
o en el centro de tu corazón,
sería inútil y francamente
perderías tu tiempo.

Si te falla la genialidad
sumérgete en los mares de tu niñez,
encontraras más de catorce motivos para crear.

Sueña con esos ojos de mujer,
que de tan imponentemente bellos
un día frenaron tu mundo.

Y si tienes más confianza,
viaja a la luna y habla con tu musa:
de tus pasiones, de tus miedos,
y júrale una vida eterna.

Así el universo te tocará,
descubrirás los secretos de la vida
en la calma del río y en el caos de esta ciudad.

Los campos se llenan de vida,
y una mariposa nos marca el rumbo
de un mundo que no comprendes,
pero que te apasiona.

Así nacen un pensamiento tan puro y sereno
que confundes con un sueño.
No lo quieres creer y lloras con tanto amor,
que el mundo se vuelve inmenso,
y mucho más perfecto.

Cuando me falte inspiración
me dedicaré a vivir con pasión,
usaré la risa para ahogar la tristeza.

Las voces de ángeles y reinas amorosas guiarán mis pasos
e iluminarán el sendero de mis pensamientos.

Y si Dios quiere,
mis palabras y mi vida se volverán poesía.


Gabriel Revelo / Noviembre 2004

martes, 8 de octubre de 2013

El día que debí morir


Lunes 15 de enero de 2007
Panteón Francés de la Piedad
09:48 hrs.

Estoy afuera de un panteón, en plena avenida Cuauhtémoc, entre Viaducto y Centro Médico. El vigilante de la puerta principal no me deja entrar. De forma prepotente alega que estoy en un panteón privado, y que al no tener a ningún familiar o conocido enterrado en aquel cementerio tengo mi acceso negado. Como yo también sé ponerme en plan pesado e intransigente insistí en hablar con la encargada de la administración del camposanto; un minuto después salgo de aquella oficina con el permiso de ver todo lo que quiera, burlonamente veo de reojo al vigilante y me interno en aquel entorno de ensueño.

Aun no sé qué hago entre tumbas, pues originalmente venía de otro lugar. De pronto me dieron ganas de entrar y así lo hice. El Panteón Francés de La Piedad es un homenaje a la nostalgia y el recuerdo, cada una de sus criptas, mausoleos, lapidas y estatuas de piedra nos transportan irremediablemente al México de principios del siglo pasado; el suelo está formado de tierra seca y las capillas familiares guardan un sinfín de historias: Algunas rotas, otras devoradas por hierbas. Camino entre calles de muertos como en un laberinto en el que tanta singularidad me marea. Estatuas de ángeles tristes, alegres, santos, vírgenes, cruces… y todo vacío, salvo los árboles, los caracoles panteoneros y algunas flores que de tan marchitas están a punto de morir, diría que soy el único vivo en muchos metros a la redonda. Un lugar como éste impone por su silencio que habla y por las miles de miradas de aquellos que ya no están pero están.

Muertos con apellidos de abolengo. Muertos desconocidos. Muertos que llevan más tiempo muertos que vivos. Y siento miedo por ser diferente aquí, y salgo del panteón intoxicado de muerte. 

Lunes 15 de enero de 2007
‘Megasuspenciones Lu-Gra’
11:53 hrs.

Desde hace semanas mi auto gris hace un ruido extraño cuando lo conduzco, además hoy tiró anticongelante. Por eso estoy en el taller mecánico de la señora Graciela, mi mecánica de confianza. Sucede que se rompió la bomba del agua. Se la cambiaron inmediatamente. Al preguntar sobre el origen del ruido, descubrieron que tenía mal los baleros de las llantas traseras y que urgía cambiarlos.

La señora Graciela y sus mecánicos no se explican cómo no se salieron las llantas en movimiento, pues los valeros estaban ya tan gastados que les parece imposible que haya aguantado tres meses en ese lamentable estado. De no haber ido hoy al taller, era cuestión de unos metros a bordo del vehículo para que las llantas salieran disparadas, el auto perdiera control y seguramente ocurriera un accidente fatal. Lo dejo en reparación. Tardarán unas tres horas en arreglarlo y cambiarle lo necesario. Regreso caminando a casa.

Lunes 15 de enero de 2007
Librería Rosario Castellanos
19:37 hrs.

Un antiguo panteón. Un taller mecánico. Poco o casi nada tienen en común. En eso pienso ahora, mientras me tomo un café en una librería en la colonia Condesa. Sí, vine en metro, el auto me lo entregan hasta mañana.

Además de mi… ¿cuánta gente se salvó hoy de morir?

Supongamos: esta tarde tenía planeado ir a cualquier librería a ver las últimas novedades editoriales; originalmente mi intención era dirigirme a la Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo; si la bomba de agua de mi auto no se hubiera averiado, no habría ido esta mañana al taller, y mucho menos me hubiera enterado de lo dañado de los valeros de las llantas; después de comer me habría subido al auto y de seguro habría tomado avenida Churubusco; sin duda iría a más de 95km/h; a esa velocidad y con esos valeros mi vehículo indudablemente hubiera perdido una o las dos llantas traseras; una de esas llantas abría salido volando a cualquiera de los otros carriles de la avenida; probablemente habría impactado en otro vehículo con fatales consecuencias, o bien, alguno hubiera frenado para evitar el impacto con el neumático, pero sin lograr evitar formar una carambola con los vehículos que vinieran detrás de éste.

Ahora ¿qué me habría pasado a mí en el interior del auto desbocado y fuera de control?; ¿me habría estampado con otro conductor, hubiera impactado con algún muro o poste de las laterales?; ¿y si en el momento del siniestro hubiera transitado por uno de los puentes de esta avenida? ¿caería al vacío? ¿y los vehículos y gente de abajo?. Son un sin fin de posibilidades, todas igual de macabras, acompañadas en el peor de los casos por el común denominador de la muerte.

Si una bomba de agua no hubiera cambiado mi destino hoy, probablemente no estaría escuchando música clásica, ni dándole un trago más al café. En cambio, pensar en un hospital, una sala de velación o en mi carro destruido al lado de una avenida me da escalofrió. A mi alrededor hay libros, algunas personas leen, otras platican en voz baja o recorren las estanterías, todos vivos, no como en el Panteón Francés.

Desconozco los caminos y formas de actuar del destino. A estas horas de la noche me sigue causando conflictos pensar que desde hace semanas traía a la muerte siguiéndome los pasos. Quizá ahora mismo estoy ocupando un espacio que ya no debería. ¿Fue coincidencia haber ido esta mañana a un cementerio y qué justo hoy se haya descompuesto el auto de una insignificancia? Aquellos a los que mi ‘accidente’ iba a involucrar, quizá mortalmente, ¿sabrán que se salvaron y que siguen vivos por una coincidencia?

Nunca sabrán que, al igual que yo, hoy debían morir.

Escrito hace 7 años, sigo sin morirme. 

lunes, 7 de noviembre de 2011

Todas las familias felices




Terminé de leer ‘Todas las familias felices’ de Carlos Fuentes, libro de relatos (o cuentos), una de las últimas creaciones del renombrado escritor mexicano. Y saben, me gustó.

De Carlos Fuentes podrán decirse muchas cosas, como los grandes creadores tiene seguidores, y sobre todo, detractores. Obviamente no me corresponde a mí juzgar la calidad de un autor del que yo quisiera ser al menos la mitad de talentoso. Lo que sí, es que ‘Todas las familias felices’ posee todo el estilo Fuentes. Relatos elaborados, ricos en descripciones y juegos de palabras, un manejo envidiable de los detalles y finales abiertos.

Cada uno de estos relatos muestran diferentes accidentes (¿o así es normalmente?) que diferentes familias van sufriendo: Odio, deseos de revancha, amantes, divorcios gay, reencuentros, relaciones que el poder corrompe, etc. Salvo un par de cuentos que caen en lo repetitivo o que no terminan por desarrollarse plenamente, el libro entretiene, en ocasiones te sacude y hasta deleita por su versatilidad: lo mismo narra una historia en un crucero por el mediterráneo, en un lujoso apartamento en la Ciudad de México o en las ruinas de Monte Albán en Oaxaca.

Mención aparte merecen los ‘coros’ que se intercalan entre narraciones. Estos versos libres nos adentran aún más en la realidad que viven las familias latinoamericanas (delincuencia juvenil, problemas con las ‘maras’, la noche de bodas, los niños de la calle). La mayoría crudos, algunos humorísticos. Al final sólo una constante prevalece: No hay familias perfectas, de cualquier manera todos tenemos algo decoroso (o rencoroso) que contar.

Un buen libro, recomendable para todos. Léanlo y luego me cuentan.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Tula, ciudad de gigantes (parte 2 de 2)



El niño con collares de muerte

Tenía como una hora que lo había mirado a lo lejos. Su atuendo me llamó la atención: Huaraches, traje de lino blanquísimo, pañuelos atados en una muñeca y en la otra una gran cantidad de pulseras, collares de piedras multicolores, un sombrero lleno de diversos tipos de plumas que en mi vida había visto, un palo grueso a modo de bastón. Un niño escurridizo que iba y venía entre las ruinas con una destreza envidiable. Varias veces pensé en seguirlo, pero en segundos desaparecía sólo para topármelo cuando pensaba que su presencia había sido tan sólo un espejismo.

Después de casi chocar con él fue cuando noté que las piedras de uno de sus collares estaban talladas con la forma de calaveras. Como excusa y para comenzar a platicar con él le pregunté por su collar. No lo había comprado en ningún lado, al contrario, él mismo busco las hermosas piedritas (de un brillo morado natural) y las talló con maestría. Impresionante si tomamos en cuenta su edad: ¡10 años! Dijo llamarse Gonzalo, y ser nieto de uno de los cuatro vigilantes de la zona arqueológica, el cual le permitía acompañarlo en cada periodo vacacional.

Este niño posee tal cúmulo de conocimientos y sabiduría, que cualquier historiador le envidiaría. Habla varios dialectos, sabe de jeroglíficos prehispánicos y de teología del México precolonial. En no más de media hora me platicó que las ruinas de Tula y sus alrededores son tierra sagrada en la que ocurren cosas fuera del entendimiento humano. Las plumas de su sombrero, comentó, han sido regalo de diversos ancianos de la región y cada una de ellas tiene diversos mensajes sobre el futuro. Al preguntarle sobre qué tipo de mensajes, él se limitó a decir ‘tú destino, el mío y el del universo está en estos mensajes. Algo muy grande está por pasar’. Quisiera haber indagado más en aquella respuesta, pero Gonzalo ya me estaba contando más maravillas. ‘Los Toltecas no se han ido, siguen vigilando sus templos’. Dice que los escucha. Que están presentes en cada uno de los rincones de Tula. Se disfrazan de viento, de hormigas, de polvo, de piedras. Quizá sea verdad. Por lo menos yo le creo. En cuanto uno llega a Tula le invade una extraña sensación de perpetrar en un mundo inentendible, en el que los protagonistas son los templos y el medio ambiente. Ellos hablan. Ellos deciden. Todos los demás somos simples intrusos.

Gonzalo mira entre fastidiado y resentido como unos jóvenes de mi edad corren entre las ruinas haciendo comentarios despectivos hacia el paisaje, y sin el menor respeto hacia la tierra que comienzan a aventarse unos a otros. ‘La gente no entiende en dónde está. Deberían dar gracias por poder pisar esa tierra que se arrojan como si nada’. Mucho más cosas increíbles e interesantes salieron de la boca de ese niño. Éste texto podría extenderse enormidades si me abocara a la tarea de narrar con detalles todas sus palabras. Quizá lo haga en otra ocasión. O mejor aún, quizá (y seguramente) volveré en un futuro próximo a buscarle y pedirle que por favor me siga develando secretos de nuestros antepasados.

Después llegó su abuelo. Además de vigilante vende algunas figuras de barro y collares (aunque ninguno como los de Gonzalo). ‘Siempre lo traigo en sus vacaciones. Le gusta. Es bueno que los conocimientos de nuestra gente sean transmitidos, que no se pierdan’. Era la hora de ir a comer en su humilde vivienda ubicada a veinte metros de la plaza principal de las ruinas. Emprendí el camino de regreso y los acompañe en el camino. Sin saber ni por qué, giré la cabeza a uno de los nopales que tiene la terregosa vía y un reflejo me atrapo. En lo más alto de aquella planta, entre tres espinas, había una especie de collar diminuto, hecho de cuentas negras y moradas atravesadas entre sí por un hilo muy grueso, formando un círculo del ancho de mi dedo meñique. Sacarlo sería tarea difícil y de menos significaría llevarme dos o tres piquetes. Aun así me paré de puntitas y sin saber cómo lo saque fácilmente de aquellas púas. ‘Consérvalo. Si ésta tierra sagrada te da un regalo aprovéchalo, es por algo’, me aconsejo alegremente Gonzalo. Desde entonces aquel adorno pende de mi cuello. No sé si sea de buena suerte ni de dónde provenga. Sólo sé que aquellos dioses, fuerzas o energía que posee Tula me lo entregaron. Espero algún día descifrar el motivo. Me despedí de Gonzalo y de su abuelo. Recorrí el kilómetro que me separaba del estacionamiento. Vi por última vez el paisaje, subí al auto y me enfile al centro del actual Tula.


Carnero, Cruz y Laguna

En veinte minutos llegué al centro de aquella ciudad. Tenía hambre y quería comer algo típico de ésta zona de Hidalgo. Un lugareño me recomendó que comiera en el mercado de cualquier establecimiento, donde sería bien atendido y saldría satisfecho. Le hice caso. El mercado del centro de Tula no es muy diferente al de cualquier otra provincia. Cuenta con su zona de verduras, de carne, de abarrotes y de locales destinados a la comida. Algunos ofrecían tacos de guisados, otros comida corrida o barbacoa. Siendo éste tipo de carne uno de los platillos hidalguenses por excelencia, tome la nada difícil decisión de sentarme para pedir algunos tacos y un rico consomé de barbacoa. Si usted, lector, lee esto a la hora de la comida, es necesario que sepa que la barbacoa estuvo deliciosa. Varios tacos después, salí con el estomago contento.

Ya de regresó, cometí el agradable error de tomar otro camino diferente al de ida. Y digo agradable, porque la nueva ruta también me llevaría a la autopista y a México, pero por unos paisajes que dudé, pudiera encontrar tan cerca del Distrito Federal. Este trayecto era el de Tepeji del Río y atravesaba la Ciudad Cooperativa Cruz Azul, y una enorme laguna que estoy seguro, muy pocos conocen. Llegué a la Ciudad de México cerca de las seis de la tarde. Maravillado por éste descubrimiento, volví a prometerme volver no sólo a esa Laguna, que de seguro tiene cientos de historias que contar, sino también a comer barbacoa, a platicar con Gonzalo, a visitar a los Atlantes y seguir descubriendo un trocito de éste maravilloso país en el que tuve la suerte de nacer.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Tula, ciudad de gigantes (parte 1 de 2)




“están presentes en cada uno de los
rincones de Tula. Se disfrazan de viento, de hormigas, de polvo, de piedras”

Ok then back to basics!

Por alguna extraña razón la vida se me está repitiendo. En más de una ocasión me he dado cuenta de que tengo la tendencia a regresar al inicio de las cosas. Uno de los recuerdos más lejanos y claros que tengo, es el de mi visita a las ruinas arqueológicas de Tula en el estado de Hidalgo. Tenía tres, a lo mucho cuatro años. Fui con mis padrinos y mis abuelos. Por alguna razón que no me viene a la memoria mis papás no pudieron ir. Me acuerdo que los llamados ‘Atlantes’ me impresionaron tanto, que tuvieron que comprarme un pequeño ídolo a escala de aquellos enigmáticos gigantes prehispánicos. Pasaron los años, y si bien jamás dejé de remembrar aquella visita, cada vez sentía más lejana aquella mañana en la Ciudad de Tula.

Hace un par de años decidí emprender el viaje a Tula. Así, sin haberlo planeado saqué el coche, llené el tanque de gasolina, y por ahí de las diez de la mañana salí enfilado hacia el estado de Hidalgo. Una hora después tomé la desviación que hay en la autopista rumbo a Querétaro. La entrada a Tula se está modernizando, prueba de ello son los tres carriles de cinta asfáltica que unen ésta ciudad con el resto del país.

Alguna vez mi abuelo me contó que la Tula de hace treinta años era muy diferente. Sumida en la pobreza de su paisaje árido, esta población (en aquel entonces no era ciudad) sufría hambre y era considerada una zona improductiva. Ahora hay un sin fin de comercios, calles pavimentadas, fabricas y plantas industriales que han desarrollado notablemente todo el entorno. A las 12:00 de la tarde entré a la zona arqueológica.


Sobrevivientes del tiempo

Antes, desde la entrada se alcanzaban a ver los Atlantes y las pirámides. Ahora no. Desde que entras te topas con un amplio estacionamiento. Al descender del auto unas amplias escaleras me llevaron hasta las instalaciones del INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia), dónde antes de entrar al museo de sitio me registré. Mi emoción comenzó justo en el interior de ese inmueble en el que vasijas, ídolos de piedra, armas confeccionadas con piedras y códices me daban la introducción al mundo de los Toltecas, antiguos habitantes de Tula. Todas las reliquias del museo cuentan con una placa descriptiva, por lo que el recorrido se hace mucho más interesante aun para los propios mexicanos, que se supone, ya estamos acostumbrados a la admiración de las culturas del México Antiguo. Gracias estas placas aprendí que la Ciudad de Tula fue posterior a la de Teotihuacan, pero que guarda muchas influencias de aquella urbe. Así mismo, Tula, influencio de alguna manera a las construcciones mayas que siglos después se establecerían en el sur de México y Centroamérica.

Saliendo del pequeño museo uno sale directamente a un camino de tierra que se abre paso en medio del árido paisaje. El imponente sol de mediodía que bañaba el entorno no fue impedimento para emprender ese recorrido que me llevaría a la zona arqueológica. Con frecuencia, en algunos tramos del camino están instalados varios puestos de artesanías y souvenirs. Piezas de piedra, collares, playeras con motivos aztecas en sus estampados. Un mundo de recuerdos que alguno de los extranjeros que también hacen el recorrido no dudan en adquirir. Los encuentran originales, atractivos, hermosos. Me da gusto que se lleven un pedacito de México a sus países.

Después de caminar durante más de un kilómetro por fin divisé las siluetas de quienes fueron objeto de mi viaje: Los Gigantes de Tula. A cada paso iban cruzándose nuevas construcciones antiquísimas en mi círculo visual. Y llegué. No sé cómo se explica o qué palabras le harán justicia a la sensación de estar en unas ruinas como estas. Lo primero con lo que me crucé fue con el Juego de Pelota. Una especie de Mini Estadio que en el interior tiene una explanada de pasto en la que se desarrollaba el juego, que como todo mundo sabe, tenía implícitos una gran cantidad de simbolismos religiosos y místicos. Y uno lo recorre sintiendo que está en esos días. Tratando de darse una idea de la cantidad de historias, hazañas y muertes que guardan esos muros de piedra. Me acuerdo y siento un hueco en el estomago. Y apenas era el comienzo.

A unos pasos del Juego de Pelota se encuentra la llamada ‘Pirámide B’, la cual, y de acuerdo a los señalamientos del propia INAH comencé a recorrer por su parte trasera inferior. La finalidad de recorrer así estás ruinas es para poder apreciar mejor los grabados de Guerreros y Jaguares en las paredes. Después recorrer la parte frontal de la pirámide. Al verla de frente es inútil contenerse a las ganas de subir por los empinados escalones de piedra y llegar a la cima donde están los tan citados Atlantes. Para quién no los conozca o jamás haya oído hablar de ellos, los Gigantes de Tula son enormes representaciones de guerreros Toltecas de más de tres metros de altura. Yo, con mi 1.70 de estatura no les llegaba ni a la cintura. Están hechos de piedra, y la precisión y cuidado con la que fueron labrados son sorprendentes. Uno quiere pero no puede explicarse como en la antigüedad estas impresionantes figuras fueron llevabas hasta esa altura. Son cuatro gigantes. Antes pensé que eran mucho más. Gracias a ésta visita supe que en realidad los Atlantes eran cuatro soportes del techo de una sala exclusiva para los sacerdotes de la pirámide a la que nadie más tenía acceso. Esto quiere decir que en el tiempo del esplendor de Tula, la población jamás pudo ver aquellas esculturas de piedra. Además, de los Atlantes, otras cinco columnas a sus espaldas fungían como soporte del techo que ya no existe.




Además de la ‘Pirámide B’, y de otra más ubicada a la izquierda, la Plaza principal de lo que antes era el Centro Ceremonial de Tula está rodeado de un par de construcciones. Estas servían como el Centro de Reunión de los consejos de ancianos, sacerdotes y clase real tolteca. Aquí también se pude apreciar una gran cantidad de columnas, signo inequívoco de que tan bien esas ruinas estuvieron techadas en alguna época lejana. Una cosa es ver estos vestigios que de por sí ya son impresionantes, y otra, mucho más alucinante, imaginarse la ciudad habitada, viva.

Después de ésta zona aun ahí otro mini museo con representaciones y simulaciones de cómo era antes la ciudad. Precisamente fue ahí en dónde supe lo de los techos que acabo de contarles. Y fue precisamente ahí, mientras regresaba cuando me topé de frente con Gonzalo.

Continuará…

jueves, 8 de septiembre de 2011

Abril Rojo, y vuelve mi angustia



Aunque la leí hace cinco años, nunca les hablé de ‘Abril Rojo’, novela que le valió a Santiago Roncagliolo, escritor peruano, el Premio Alfaguara de Novela 2006. La historia es fascinante y hasta cierto punto aterradora. Está basada en los sangrientos asesinatos que tuvieron lugar durante la semana santa del año 2000 en Ayacucho, Perú. Narrado a modo de diario, con algunos delirios intercalados, la novela es protagonizada por el fiscal Félix Chacaltana (que nunca ha hecho nada malo, ni bueno, ni nada que esté fuera de los códigos civiles), y sus desesperados intentos por resolver el enigma detrás de estos crímenes. Así, Roncagliolo recrea perfectamente el terror sembrado por el grupo terrorista ‘Sendero Luminoso’ en aquel país andino, por medio de una magistral narrativa llena de ritmo, terror psicológico, miedo e intensidad.

Ayacucho, en quechua, significa ‘Ciudad de los Muertos’. Gracias a esta novela, mi interés por la historia peruana y todo lo referente a Sendero Luminoso creció considerablemente. Dicen que leer es viajar. Con ‘Abril Rojo’ pude internarme en las tradiciones ayacuchanas de la semana santa, que dicen, son únicas en el mundo. Conocí la corrupción en las esferas militares, policíacas y políticas de un país que en los ochentas, sufrió uno de los mayores baños de sangre en Latinoamérica gracias al terrorismo. Me adentré en las ideologías y creencias de los senderistas, algunos de los cuales ahora purgan cadenas perpetuas. Aprendí mitos y tradiciones incas, pero sobre todo supe cómo vive la gente de ese país, al que ahora tengo unas ganas locas de visitar.

Al final la trama se va enredando. Como buen Thriller, uno termina sospechando de todo y de todos los personajes, y no quiere dejar de leer para saber qué sigue. Los asesinatos aumentan, los personajes enigmáticos y circunstancias se suceden una a otra. Por eso escribí estas líneas, para recomendarles esta maravillosa novela, y agradecerle de alguna u otra forma a su autor el maravilloso mes que pasé leyendo su historia.

Leí ‘Abril Rojo’ en 2006. Año electoral en un México que poco imaginaba verse inmerso en una guerra despiadada contra el crimen organizado. En ese entonces los terroríficos sucesos de la trama de la novela de Roncagliolo si bien me inquietaban, me parecían lejanos. Hoy tristemente resultan familiares y hasta cierto punto paralelos a la realidad mexicana. Por fortuna, la literatura también sirve para sentirse acompañado en los problemas y curarse los miedos.

Cuando termino de leer una buena novela como ‘Abril Rojo’, y la recuerdo tiempo después, vuelve mi angustia de siempre. No puedo evitar pensar que tal vez devorar libro tras libro no es tan bueno, pues en mi cerebro cada vez se van almacenando más y más historias, nombres, paisajes, situaciones y escenas que si bien guardo como tesoros, cada vez se me hace más difícil tenerlas frescas en mi pensamiento. Al menos no del modo como quisiera. A veces recapitulo e intento recordar la trama o algún nombre, y me doy cuenta que el tiempo comienza a hacer estragos.

A veces me gustaría ser una máquina para guardar datos sin temor a perder información alguna. Pero si fuera así, dudo que disfrutara tanto la literatura. Quisiera detenerme un año, decir alto y releer mis libros favoritos. Tampoco podría, sería perder tiempo y nuevas historias que esperan por mí. Quién fuera inmortal, para poder leer todas las novelas que valen la pena. Lamentablemente moriré sin leer todo lo que quiero.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Te llamaré Viernes


De Almudena Grandes ya había tenido la oportunidad de leer ‘Los Aires Difíciles’, escrita dentro del estilo de las grandes novelas del siglo XIX. La también autora de ‘Las Edades de Lulú’, su novela más famosa, es considerada en la actualidad una de las mejores escritoras españolas.

Mi acercamiento a su obra ocurrió después de Almudena estuvo como invitada, si no mal recuerdo en el verano del 2004, en el programa ‘Conversando’ con Cristina Pacheco. De aquella española, en apariencia sin chiste, me cautivó la manera en la que hablaba del proceso creativo dentro del campo literario. Con una prisa casi obsesiva corrí a comprar ‘Los Aires Difíciles’. Mes y medio después, leí sus últimas páginas con lágrimas en los ojos. La historia me había enganchado de tal modo que no quería soltar a los personajes.

Desde entonces siempre busqué un espacio para leer otra obra de Almudena, pero por una u otra razón pasaron casi tres años sin que otra de sus novelas cayera en mis manos. Hasta que una tarde, sin proponérmelo, tropecé en una librería del sur de la ciudad con "Te llamaré Viernes”. No lo pensé dos veces y me lo llevé a casa , con una extraña confianza en que el sólo nombre de la autora sería ya garantía de que me esperaba una buena historia.

Y quizá de eso sea de lo único que carece ‘Te llamaré Viernes’, de una buena historia. Su planteamiento desde un principio nos deja claro con lo que nos toparemos a lo largo de sus páginas: personajes nada agraciados físicamente, solos, derrotados, llenos de inseguridades y frustrados. No es, y ni siquiera está cerca de serlo, una buena historia. Pero a uno lo captura y lo hace sentir aludido en sus soledades. Quizá porque está brillantemente narrada, porque es como un universo lleno de planetas (cada uno poseedor de sus propias historias de amor muy a la española); lo que me confirmó lo dicho por los teóricos de la literatura y la dramaturgia: No importa tanto lo que se cuenta, sino cómo se cuenta.

Por eso, cada que abría el libro para comenzar mi lectura sabía en dónde iba la historia, pero no sabía en qué punto del plano temporal de la novela y con la historia de que personaje iba a terminar una hora después. Y así fui diario, de historia en historia, adentrándome casi sin querer en el pasado y forma de pensar del protagonista. Esto, por supuesto, es muy de Almudena.

La historia principal, si es que podemos llamarla así, gira en torno a Benito, un hombre a punto de llegar los cuarenta. Feo, educado en el desamor, dueño de una vida aburrida y trabajador del Ayuntamiento de Madrid. Sentimentalmente va de fracaso en fracaso; se cartea con mujeres por medio de los anuncios que aparecen en una revista del corazón; se enamora de una adolescente, hija de la portera de un edificio vecino; recuerda y reencuentra a Teresa, su amiga de la que siempre estuvo enamorado cuando ella siempre lo hacía del hombre equivocado. Contra todos estos desastres Benito se estrella a todas horas hasta que en un periodo vacacional, conoce a Manuela, chica pasada de peso y nada agraciada que en cambio, posee el don de fabular y contar historias maravillosas. Así, tal como Robinson Crusoe encontró dentro de una isla desierta, ayudando a que su vida fuera más llevadera. Así, Benito encontró alivio en Manuela, para poder sobrevivir dentro de un Madrid en plena decadencia.

Además la historia es aderezada por la historia de las infidelidades de la madre de Benito, la de un huerto escondido en el corazón de la ciudad y por Polibio, intelectual venido a menos y dueño del bar más deslucido de Madrid, con el que Benito entabla una curiosa y entrañable amistad.

Las últimas veinte paginas de ‘Te llamaré Viernes’ son cautivantes, y tan sólo ellas valen el doble de lo que cuesta el libro. Almudena Grandes logró que una vez más extrañe a los personajes de su novela. Eso es la vida, el consuelo de extrañar siempre. Aunque uno sea diferente a los demás, aparte de feo y poco carismático, el amor pega por igual. Porque hasta en estos casos, nos llegará nuestro Viernes.

martes, 9 de noviembre de 2010

Los minados caminos de San Juan

¡Bomba! Esta es una aventura cotidiana de plomeros, mercados pintorescos y la dudosa idiosincrasia del mexicano. Algún día me esto me pasó:

Vengo llegando del mercadito de San Juan, temiendo, no haber salido muy bien librado del lugar. Todo comenzó ayer al medio día, cuando la bomba hidráulica de la casa (el aparatejo encargado de subir el agua al tinaco) dejó de funcionar, dejando llaves, regadera y baño sin mayor suministro del vital liquido que el almacenado un día anterior. Ante una contingencia de este tipo, no pude hacer menos que entrar en paranoia total y ahora sí, economizar el agua como si fueran billetes de mil pesos.

Por eso hoy me bañe en tan sólo cinco minutos (rasurada incluida, ya se imaginarán la irritación de la que soy presa a estas horas de la tarde). Más o menos a las doce del día llegó el primer plomero para decir que casi nada de la instalación servía, y de paso, cobrarnos una fortuna. Hagan de cuenta que iban a reconstruir toda la casa. Obviamente, hicimos lo que se aconseja en estos casos: mandarlo al demonio y llamar a un segundo plomero, con la esperanza de que su presupuesto fuera al menos pagable por una quincena común y corriente de salario. Y así fue, después de llevarse la bomba nos hablaron una hora después para decirnos que no tenía solución, pues casi todas las piezas de su interior estaban pegadas. ¿Qué significa esto en el argot de las bombas hidráulicas? francamente lo desconozco, o quizá tengo una idea pero prefiero quedar como ignorante que hacer el ridículo.

Como se estipula en estos menesteres, el plomero quiso hacer su agosto y ofrecernos una bomba en $600.00. Después de echarle un vistazo concluí que el artefacto que nos vendían como si fuera la octava maravilla, distaba mucho de ser nuevo. En un ataque de sensatez (o tacañería) pensamos en conseguir la bomba (recalco que es hidráulica, en tiempos de terrorismo es mejor evitar malentendidos), en el mercado de San Juan, sitio pintoresco en las inmediaciones de la Agrícola Oriental y Ciudad Nezahualcoyotl. Quienes conozcan, saben que no son rumbos muy agraciados que digamos. Con todo, y todos, nos dirigimos inmediatamente al mercadito con una alegría inexplicable, cual si fuéramos a un centro turístico.

Como casi todas las inmediaciones de las capitales latinoamericanas, la zona es el vivo ejemplo de las carencias. Calles sucias, con basura y casas a medio construir son una constante en medio de niños, torres de luz y graffitis por todos lados. Justamente el mercado de San Juan está en una de estas zonas, a unas calles de Ignacio Zaragoza. No sé cómo no me perdí en medio de tantas calles iguales. Una vez que llegamos, busqué lugar en medio del tráfico provocado por viejos camiones de carga en un reducido camellón. Con gran desconfianza me despedí de mi auto pidiéndole a Dios encontrarlo a mi regreso.

En el interior de mercado la cosa es diferente. Empezando por su piso sin pavimento que junto con los angostos y oscuros corredores le dan a uno la idea de internarse en catacumbas egipcias. Un montón de tiliches decoran las paredes del lugar: tazas de baño, lavabos de porcelana, flotadores y demás objetos polvosos, propios de la plomería, son una constante en nuestro recorrido. Y sin embargo, no sería justo decir que éste lugar es feo, al contrario, yo me sentía como en Disneylandia con tantos escenarios dignos de adoración. Locales llenos de piezas viejas y amontonadas, un altar a la virgen, vendedores tan extraños como fascinantes en su atuendo. Jamás he estado en un mercado de medio oriente, pero supongo, esto es lo más cercano a la experiencia. Después de media hora, salimos del mercado con una bomba nueva (hidráulica, recalco de nuevo) cuyo precio nos dejó convencidos a todos. Antes de abandonar estos rumbos de San Juan, justo enfrente del mercado descubro una especie de casa de la cultura a la que no pude dejar de entrar. Es un lugar grande y de ser bien cuidado, bonito; aunque también muy abandonado por la gente.

Salí de San Juan pidiéndole una disculpa al rumbo y a sus habitantes, mi auto estaba intacto y durante mi estancia en aquellos lugares fui tratado bien. Llegando a casa le hablamos al plomero, que llegó minutos después con dos de sus ayudantes, y aquí es donde viene lo anecdótico del asunto: la bomba era reconstruida. Por eso no la dieron un poco más barata, por eso goteaba una vez instalada, y también, sus salidas no embonaba muy bien con el resto de la tubería. Culpando, como buen trabajador mexicano, a sus compañeros de oficio de lo mal instalada que estaba la bomba anterior. ¿Por qué siempre el trabajo de uno es el único bien hecho, y el de los demás una porquería? Lo ignoro, pero también pasa con los albañiles, cerrajeros, carpinteros, mecánicos y demás oficios semejantes.

Al final parece que ya todo quedó bien instalado, más unos pagos extra por los ajustes, claro está. Podría sacar muchas conclusiones de todo esto, o simplemente sentirme relajado de poder contar nuevamente con agua en los servicios de mi vivienda. También podría hacer una reflexión sobre la importancia de cuidar el agua y su importancia en nuestras vidas. No hace falta, de seguro algún día se les descompondrá la bomba, se les tapará la tubería o se les averiará el tinaco. Toco madera por ustedes.

sábado, 30 de octubre de 2010

Viaje al Tlalocan


En la antigüedad la majestuosidad de México se veía reflejada en las imponentes construcciones de la gran Tenochtitlan. En sus inmensas calles, mercados y gente emanaba una profunda paz, reflejo de una sociedad en pleno esplendor.

Tiempo que corre como el río, hasta verse detenido por una gran roca llamada destino. Años que se verían rotos sin motivo aparente. El equilibrio de esta sociedad estaba a punto de ser interrumpido. Desde la costa llegaban rumores acerca de un grupo de hombres barbados mitad hombres y mitad animal, que se acercaban peligrosamente destruyendo cuanto pueblo encontraban a su paso. En las elites del poderío azteca, comenzaron los preparativos para el encuentro. La calma de la ciudad desaparecía, para dar lugar a tiempos de guerra y muerte.

* * * *

Llanto en el cielo, sangre en la tierra, dolor en el orgullo. Ante la llegada de los invasores, desde Tenochtitlan comenzaron a sonar tambores de guerra, su sonoridad surcaba el cielo de aquel hermoso valle. ¿Qué querían esos hombres?, ¿De dónde y por qué vinieron a interrumpir la majestuosidad del imperio náhuatl?

Pronto los enfrentamientos comenzaron. La gran ciudad se hundió entre las sombras del sufrimiento, tiñendo sus calles de sangre, llenando sus templos de consternación y angustia. Lucha fuerte, ardua, cruel, despiadada, casi apocalíptica. Las armas de aquellas personas de brillante armadura eran contrarrestadas por la habilidad de combate de los caballeros tigre y águila, y por la valentía de un pueblo, que ante todo, defenderían su identidad y costumbres.

* * * *

Con dolor, Mixcoatl, observa como su pueblo pierde batalla tras batalla, y es que, a pesar de pelear valientemente, su esfuerzo era en vano. Se sentía agotado, pero sobretodo impotente, al ver como todos sus hermanos caían en combate. En algún momento se encuentra con un anciano maltrecho y agonizante, que valientemente se acerca a consolarlo diciendo:

Anciano: Muchacho, soy Xachil, pareces triste, ¿estás herido?

Guerrero: Un poco, de mí pierna... pero si así fuera... ¿qué más da?, todo está perdido.

Anciano: No lo creo así. Aunque efectivamente estás herido, el dolor proviene principalmente de tu espíritu.

Guerrero: Tengo miedo... miedo de perder a todos mis seres queridos, miedo de morir, de lo que vendrá.

Anciano: Créeme, no debes tener miedo, cuando los hombres mueren, en realidad no perecen, sino que de nuevo comienzan a vivir, casi despertando de un sueño, y se vuelven en espíritus o dioses. Permíteme hablarte, sobre la muerte...

* * * *

Anciano: La vida muchacho, no es más que un paso antes de entrar al Mictlan, o en el mejor de los casos, al Tlalocan.

Guerrero: Por favor anciano, esas no son más que leyendas que se le cuentan a los críos para asustarlos.

Anciano: Entonces prefiero ser un crió, a pensar que nuestra existencia finalizará hoy. Sé que el temor invade tu cuerpo, pero debes estar convencido que pase lo que pase, habrá un futuro, glorioso o triste, eso depende de lo que hicimos en nuestras vidas.

Guerrero: ¿Qué quiere decir?

Anciano: El Tlalocan, es el paraíso de nuestro señor Tlaloc, y está destinado para las personas de corazón puro. El otro es el reino de Mictlantecutlí.

Guerrero: Hábleme de ese sitio, por favor.

Anciano: Dicen que el Mictlan, es el lugar en donde se une el mundo de los muertos, con el mundo de los vivos. Para llegar hasta allá, hay que atravesar por una gran cantidad de obstáculos formados por dos sierras, protegidas por dos gigantescas criaturas, una serpiente, y una lagartija verde, después, hay que atravesar por ocho desiertos, ocho cerros, una zona de vientos helados, que arrojan cuchillos de obsidiana. Por último cruzaban un ancho río llamado Chignahuapan en el lomo de un perro rojo. Si eres capaz de cruzar todo esto, las almas se encuentran con Mictlantecuhtli, el dios de la muerte, que les asigna una zona en el Mictlan. Coatlicue, la diosa de la vida y la muerte, así lo quiere.

Guerrero: Coatlicue... nuestra madre.

Anciano: Muchacho, nuestra madre, nos asegura que todo lo que muere, vuelve a renacer en la magia del universo, en el verde de los campos, en el azul del cielo, en la vida del maíz, todo es un ciclo.

Después de decir esto, el anciano murió.

Guerrero: Xachil... Xachil, no mueras... aún tienes que hablarme sobre el Tlalocan.

Sin embargo, el anciano no dijo más. Aunque en el alma de Mixcoatl, hubo una transformación. Ya no había temor a la muerte, solo un deseo inmenso de luchar y aprovechar la vida.

* * * *

Mixcoatl continuó luchando valientemente, entregando toda su energía y deseos. La batalla duró horas, y sonriendo, observó como empezaba a ser ganada por su gente. Tiempo después, los invasores se retiraron. Aquella ciudad en ruinas, se convirtió en testigo silencioso de los últimos latidos del corazón. Sentía perder sus fuerzas. La vida se le escapaba segundo a segundo en cambio, pero su alma irradiaba paz y tranquilidad, sabía que su existencia había valido la pena y que quizá, su pueblo podría vivir en paz ...
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... de pronto, abrió los ojos y fue testigo de un espectáculo maravilloso. Aunque aun no sabía dónde se encontraba, todo era perfecto. Entonces escucho una voz. Al voltear se dio cuenta que Xachil estaba allí.

Anciano: Te lo dije muchacho, bienvenido al Tlalocan.

Después de esto, ambos se convirtieron en estrellas y desde ese día, vigilan el firmamento.



Gabriel Revelo
2002

Fragmento del cuento ‘¿Qué es la muerte?’, transmitido el 28 de octubre de 2006 dentro del programa ‘Conociendo La Otra Ciudad’ de Radio Chapultepec 560AM.

lunes, 27 de septiembre de 2010

La Insoportable levedad del ser


Fue el mero destino el que hizo que una tarde cualquiera me topara con esta novela en una librería. Aunque su titulo ‘La insoportable levedad del ser’ me resultaba conocido, siempre pensé que era un libro completamente cargado a la filosofía. Idea, por cierto, compartida ‘erróneamente a medias’ por muchas personas. Después de leer la reseña del libro me aventuré a comprarlo. Fue mi primer novela de Milan Kundera. Autor que muchos me habían recomendado pero que no había tenido la oportunidad de revisar. Ahora me parece poco menos que un genio. Sí, como García Márquez, Vargas Llosa, Kafka y una lista de plumas maestras que podría seguir enumerando. ¿Será malo tener tantos autores favoritos?

Los hechos de ‘La Insoportable levedad del ser’ ocurren en la antigua Checoslovaquia, principalmente en la ciudad de Praga, en medio del drama de la invasión soviética. No obstante, la fascinante trama hace que la acción narrativa también se desarrolle en otras ciudades del mundo, como las suizas Zurich y Viena, la melancólica París, el enigma de Bangkok en Tailandia y hasta en Nueva York, del otro lado del Atlántico. Todas ambientadas con el talento de un autor maestro en el manejo del tiempo y circunstancias.

-Un gran circulo. Perfecto- Así defino esta historia en apariencia simple. Dos parejas relacionadas entre sí. Por un lado, está el amor entre Teresa y Tomás. Marcado irremediablemente por los celos de ella, y la pasión de él por otras mujeres. En el otro extremo (no por esto, necesariamente opuesto), la pintora Sabina y el profesor Franz, pareja de amantes que, salvo la cama en distintos hoteles europeos, no comparten nada. Sabina, además de ser también amante de Tomás, vive obsesionada por el deseo de traicionar a todos, incluso, a sí misma. Quiere escapar de la pesadez y encontrar la levedad del ser. Contrariamente, Franz se encuentra convencido de que el idealismo en el que habita (y que lo orilla a la casi adoración de su musa) es la única forma de vivir. Todo esto fluyendo en una estructura de repeticiones que lejos de aburrirnos nos interna cada vez más en cada uno de los personajes y en sus complejas psiques, como un remolino del que el lector no podrá escapar.

Cabría aclarar que La Insoportable Levedad del Ser es mucho más que una novela. También es un tratado filosófico –razón por la cual, en el primer párrafo de ésta entrada utilicé el término ‘erróneamente a medias’- acerca de la ideología política socialista de los años 60´s, acompañada por planteamientos sólidos sobre la libertad del hombre y su relación con el amor. Milan Kundera tuvo la sapiencia de construir una obra de alcances infinitos en la que cada personaje nos parece familiar. Mientras leía, a ratos y en diversas circunstancias me sentí Tomas, Teresa, Sabina y Franz. Verte reflejado de tantas formas, como en una gigantesca casa de espejos da miedo, pero también es adictivo.

Amor, desamor, infidelidad, traición, ternura, casualidades, amor por los animales, el arte como remedio contra el sistema, la idealización, la lucha por los ideales, el saber rendirse ante el otro. Todos temas de una novela llena de simbolismos que se repiten igual, pero diferentes. La vida es una, no hay oportunidad para el error ni ensayos. Todo sale en una toma.

Háganse un favor y léanla, es una orden.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Y hoy resulta


Y hoy resulta que todo sigue igual, el aire (parece) es el mismo.
Los niños juegan en la calle, nuestros ancianos caminan por la tarde.

El mundo sigue inerte en la parsimonia de la rutina,
y en la estresante realidad que nos consume,
desnuda y mata lentamente.

No te engañes, sigue siendo el mismo mundo.
El mismo en el que tus abuelos se conocieron,
en el que mis padres se entregaron al amor.
El mismo en el que te conocí.

Hoy resulta que este mundo (parece) es el mismo,
y no hay motivos para dudarlo.
¿Será que estoy loco? ¿por qué nadie lo nota?
Quizá mi pensamiento abandona toda razón.

Ya nada es igual,
lo noto en el tiempo que se ha detenido
en la imperfección de las almas.
Lo noto en este vacío que me provoca tu ausencia.

Y recuerdo mi delirio por ti.
Por lo que me profesaste, por la amorosa sabiduría
que aprendí en la cálida compañía
de tu mágica mirada azul cielo.

En la batalla del olvido, termino derrotado por el recuerdo.

Amor, ¿lo ves?,
el mundo, tu mundo, mi mundo.
La vida, tu vida y la mía sigue...
pero separados...

Ojalá y vuelvas algún día. Puedes hacerlo...
Vuelve, para ordenar el cielo,
curar el agua del tiempo y
pintar de nuevo los atardeceres...
mis atardeceres...

Y hoy resulta,
que tu presencia es lo único.

Gabriel Revelo
Enero 2004

miércoles, 16 de junio de 2010

La Guerra del Fin del Mundo

A pesar de que han pasado cuatro años, sigo impactado, sintiendo ese cosquilleo y temblor a causa de un glorioso final que, como miles de cañones, sigue retumbando en cada uno de mis pensamientos. El día que terminé de leer ‘La Guerra del Fin del Mundo’ de Mario Vargas Llosa, parecía que no había lugar para nada cosa más.

En una entrevista, el escritor Xavier Velasco consideró esta novela como su libro de cabecera, ahí supe de su existencia y me prometí algún día leerla. Después de más de un año de posponer su lectura, mi hermana me regaló la edición definitiva de Alfaguara, que dicho sea de paso, nos costó mucho trabajo encontrar. Setecientas diecinueve hojas después, consideré que éste libro es poco menos que una obra de arte.



La primera novela que el maestro Vargas Llosa situó fuera de Perú en un principio no prometía gran cosa, o por lo menos, no me llamaba mucho la atención: Un conflicto armado con tintes revolucionarios, en el noreste del Brasil de finales del siglo XIX. La llamada ‘Revolución de Canudos’, acontecimiento histórico que hasta entonces desconocía, es un remanente de circunstancias, personajes e historias que sólo una novela de éste calibre podría explicarnos.

“El hombre era tan alto y flaco que parecía siempre de perfil. Su piel era oscura, sus huesos prominentes y sus ojos ardían con fuego perpetuo. Calzaba sandalias de pastor y la túnica morada que le caía sobre el cuerpo recordaba el hábito de esos misioneros que, de cuando en cuando, visitaban los pueblos del sertón bautizando muchedumbres de niños y casando a las parejas amancebadas. Era imposible saber su edad, su procedencia, su historia, pero algo había en su facha tranquila, en sus costumbres frugales, en su imperturbable seriedad que, aun antes de que diera consejos, atraía a la gente”



Basta leer éste, el primer párrafo de la novela, que describe la personalidad a Antonio Conselheiro ‘El consejero’ para quedar prendidos de semejante personaje, capaz de exaltar el convencimiento fanático de los marginados del Brasil post monárquico. Cuando el Consejero anunció la proximidad del fin del mundo, y esté coincidió con la llegada de la Republica, se marcó el inició de un conjunto de mal entendidos que finalmente, derivaron en la ocupación de la hacienda de Canudos. A partir de aquí, las confabulaciones políticas y militares no harán sino ensalzar ésta épica historia, cuyos personajes (María Cuadrado, el Beatito, Galileo Gall, Pajeú, Júrema, el León de Natubía, por mencionar algunos) son tan entrañables, que difícilmente olvidaremos.

Justo escribo estás líneas, me convenzo más de la perfección de esta novela que es, para aquellos que pretenden llegar a escribir algún día, una muestra aleccionadora sobre cómo tratar y entrecruzar historias, tener un ritmo narrativo intenso y una convincente exposición de ideologías. Y esto es lo interesante, cada personaje, cada acción, cada escena, te envuelve. No hay desperdicio, no hay un párrafo en que el texto no te haga sentir emoción, nerviosismo o tristeza. No hay ni un instante el que no se den gracias al destino por cruzarnos con esta historia en la que el rezó de un rosario, las campanas de una iglesia y el estruendo de los cañones se mezclan armónicamente. Perfectamente documentada, al final se piensa mucho sobre religión, sobre el destino, el amor y la política... y eso, pensar, es lo que uno busca cuando lee, que le revuelvan las ideas y el corazón.

Dudo que con estos comentarios le haga la menor justicia a una novela ya de por si enorme. Sólo me queda recomendarla y reiterar que Vargas Llosa dio vida a una de las novelas más importantes de la literatura latinoamericana. El día que terminé 'La Guerra del Fin del Mundo' lo lamenté, tal como ocurre con todo aquello que lamentablemente llega a su fin después de tanto disfrutarlo. Así es la maldita literatura.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Demasiado respeto, poco ingenio



malo si haces chistes sobre gays – es de mal gusto referirse
sarcásticamente a cualquier religión – no hables mal de las autoridades – nunca
critiques algún lugar – siempre compórtate de forma madura y respetuosa

en fin, mata tu ingenio.

‘Tienes un problema con lo gay, me dijeron hace un par de semanas, en una reunión entre amigos. Fue justo después de hacer un chiste sobre una situación que ya ni recuerdo. Obviamente, ante todos los presentes quedé como un homofóbico, incapaz de mostrar tolerancia hacía las personas con dicha preferencia sexual. ¿Realmente soy así? Creo que no, la simple idea de tener prejuicios racistas de este tipo me produce repugnancia.

Días adelante la situación se repitió de forma un tanto semejante. Primero tuve una discusión sobre lo ‘inadecuado’ de hablar en un medio de comunicación sobre un culto religioso. ¿Y si algún creyente de esta religión se molesta? Posteriormente nació la misma inconformidad con el tema de la prostitución ¿Y si las sexo servidoras se enojan?, ¿O las autoridades que son denunciadas por incompetencia? Hay que hablar con mucho tacto, si no que le pregunten al Papa Benedicto XVI, que ahora es criticado y hasta odiado por el mundo islámico por unos comentarios hechos a la ligera. ¿Debo entonces suponer que a mí, por ende, me odian los gays, los testigos de Jehová, las prostitutas y hasta el gobierno? (más todos los grupos, personas, animales o humanoides que sin querer mencione ‘sin mucho respeto’ en las últimas veinticuatro horas).

Pareciera que de pronto todos estamos un poco más sensibles, y en nombre del respeto preferimos abstenernos de provocar la ira en los demás. ¿Para qué meternos en problemas con el prójimo? Si no me meto con nadie, no quiero que ni me mencionen. ¡Qué bárbaro, los humanos sí que sabemos divertirnos! Por eso creo que hemos sido demasiado injustos con los gallegos, tanto que nos burlamos de ellos en infinidad de chistes, y qué hacen ellos: aguantar heroicamente, sabedores de que tal vez, algún día sean ellos quienes hagan los chistes y comentarios sarcásticos de quienes hoy los satirizan. Bien por ellos. Es más, creo que todos deberíamos aprenderles.

Detestaría vivir en un mundo sin libre expresión o sentido del humor. Yo mismo no me aguantaría sin reírme de mi mismo. Entonces, por qué a últimas fechas todos se ofenden al menor comentario humorístico, por qué estamos perdiendo esa capacidad tan humana de encontrar ‘gracia’ en las situaciones más extremas. ¿Es mejor estar en una fiesta en la que todos bromean, o en un entierro lleno de solemnidad?

Tengo la conciencia tranquila, por lo tanto, esta no es una justificación, pero, ¿acaso no sería más ‘discriminante’ evitar hacer algún chiste sobre los gays, que tratarlos como cualquier otra persona? Si hacen comentarios irónicos sobre los heterosexuales nadie se enoja, al contrario. ¿Qué diferencia tiene la palabra ‘persona blanca’ a ‘persona negra’?.

Ninguna.

El racismo, la intolerancia, la discriminación. Todos estos términos se encuentran en nuestra mente, y nada más. Intentaré seguir hablando de todo. Sí, con responsabilidad, pero también con la desfachatez y tranquilidad que cualquier mortal consideraría justa. Prefiero ser un ingenioso irrespetuoso, a ir por la vida cuidando mis palabras... no se vayan a enojar los diccionarios.

domingo, 11 de abril de 2010

De paseo por Orión


Ayer me di cuenta de lo pequeño que son los humanos. Una insignificancia ante la enormidad del universo. Debería bastarles con transitar, durante unos minutos, por las calles de cualquier ciudad en medio de la noche, para sentirse una pequeña partícula que, sin embargo, piensa, tiene libertad de movimiento y capacidad de creación. Si ya el mundo de por si es inmenso, ¿cómo pueden tan siquiera soñar con imaginar al menos una parte del universo y sus latitudes infinitas?

Están perdidos en medio de un gigantesco edén. Basta mirar al cielo y perderse en su
azul marino para ser testigos de uno de tantos milagros que nos rodean. Respirar, amar, el crecimiento de un árbol, la lluvia que moja la tierra. Todo forma parte de una estremecedora realidad por sí misma impactante. Entonces, si todo es tan mágico y cargado de energía ¿por qué deciden terminar con tanto brillo? ¿por qué siendo tan pequeños hacen tanto daño? Pobres hombres, llevan siglos perdidos en una oscuridad imaginada por ellos mismos. Añorando placeres, buscando dioses falsos y pruebas de su existencia. ¿Para qué buscar vida en otros planetas cuando ni siquiera pueden terminar de comprenderse y tolerarse entre ellos?

Dudo que estos seres inteligentes perciban que su mundo esta muriendo lentamente. Quizá mi visión, desde acá arriba es diferente. Tal vez, al no tener un corazón humano no entiendo del todo la maldad ¿o será ignorancia? No pertenezco a la humanidad, y esa probablemente sea la diferencia. Sólo soy una estrella que observa la decadencia de tú mundo.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Tristezas de mi vida


Entre el fastidio de saberme acorralado
por la monotonía congelada,
sin quererlo, sin pensarlo,
hoy di vuelta en la calle del recuerdo.

Encontré ruinas, abandono y soledad.
Sin más cobijo que el de mis nostalgias,
Hallé mis anhelos y susurros rotos.

Años perdidos, tristezas de mi vida.
En esta desolación de mi abandono,
busco y busco
sin encontrar sobreviviente alguno

Cuesta caminar, mirar hacia atrás,
duele quedarse quieto.

Tú no me ves,
el pasado regresa, es un perro salvaje.
Soy presa frágil, llena de miedo.
Dejo que me hieran, que me coman.
Tú, no me ves...

Rodeado de oscuridad,
voy desnudo buscando una pequeña luz,
algún resquicio en donde pueda colarse
un rayo de esperanza.

Este día me acorde de ti.
Sigo hundido en este lamento de soledad…
el resto lo sabes corazón.


Gabriel Revelo
Septiembre 2004

domingo, 31 de enero de 2010

Tour por GabrieLandia


Para que me comprendas tendrías que estar loca, tratar conmigo nunca ha sido, es, ni será fácil. Soy complejo, me contradigo cada tres segundos y ni yo me aguanto. Es más, muchas veces me gustaría alejarme de ‘mi mismo’ por unas horas y dejar de ser ‘yo’. Ser tú, ése o aquél quizá sea mejor. Al menos así entendería muchas cosas. Honestamente, hace mucho tiempo que me perdí en no sé qué lugar extraño y camino sin rumbo o propósito fijo.

Por eso no intentes entenderme.

A menos que pudieras entrar en mi mente. Volverte pequeñita (más) y entrar en mí por medio de letras, sonidos o sabores. Llegarás entonces a ‘GabrieLandia’, el lugar más incoherente del universo. En la entrada te recibirá Doña Burlesca, una señora gorda como ballena y mal humorada como tu suegra. Sólo te dejará entrar si le regalas un kilo de cacahuates. Una vez dentro, deberás tener cuidado con los mapaches desnudistas que piden limosna, con el pollo asesino musical y con las ratas que revientan cuando las tocas. Es probable que te de hambre, no te preocupes, puedes comer gallinas de gelatina.

Si quieres puedes volar. Si quieres puedes dejar de respirar (no es tan difícil, aunque a veces lo olvidamos). También puedes volar, pero no te lo recomiendo, no querrás chocar con algún tiburón con alas, de esos que son tan frecuentes en el otoño morado. En GabrieLandia puedes morir hasta 42 veces, por lo que es muy común que las personas, semi dioses, animales rabiosos y humanoides del lugar, actúen con total negligencia e imprudencia.

En GabrieLandia vive 'Tristisímo' el alebrije, el Zarazú (un duende bromista), el Dandy (un maniático asesino que usa mascara de gay), el muñeco de cataplasma y el Monito Feliz (presidente del lugar). Todas las tardes a las 5 (menos los martes) hay un desfile en mi honor, siempre va mucha gente que no se aburre de ver lo mismo. Yo visto de etiqueta (dice 'Lavar en seco. Made in Kuwuait’), con una capa de terciopelo negra aventándole uvas a la gente. Vuelo muy lejos y me estrello contra el sol... y por eso se hace de noche. A las 9 horas renazco, vuelvo a materializarme para tomar jugo de manzana por tres horas enteras. Después salto como conejo y muchos bebés me avientan pedazos de mantequilla. Otros días me convierto en un ombligo gigante lleno de pelusa.

Hay muchas cosas más en este reino de cabeza. Pero creo que no me creen (nadie) ni una pizca de lo que escribo. A lo mejor en alguna ocasión retome el tema.

No me jodan con que todo lo que escribí es pura estupidez ¡eso ya lo sé! Soy inmaduro e idiota. Soy un niño sólo que sin frescura. Quién sabe si me quedaré así, con la cabeza llena de criaturas que ni respeto me tienen. Así soy. ¿Algún día creceré? Creo que es malo no hacerlo. Creo que no me hará ningún bien.

Mira las tonterías que invento por miedo a ver la realidad. Si te parece un lugar divertido, te equivocas. En GabrieLandia no existe el amor, tú eres el amor. Sigues sin visitar mi mundo de incoherencias.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Tristísimo. Historia de una Alebrije


Alebrije: Forma enredada, difícilmente con una figura, confusa y fantástica.

Dicen que no existieron. Que son producto de la imaginación. Leyendas que al pasar de generación en generación, han perpetuado a pesar del correr de los siglos. Se cree que sólo son bellas artesanías. Pequeñísimo error del hombre blanco, creer que todo lo sabe.

Esta historia es sobre ellos. Criaturas enigmáticas y mágicas, cuya existencia siempre ha sido negada, adquiriendo quizá por esto el misticismo de lo que pese a ignorarse, es veraz. Provienen de Oaxaca, aunque habitan en todo el sur de México y parte de Guatemala. Pese a que actualmente evitan a toda costa el contacto con las personas, gracias a un pacto de mutua cooperación, durante siglos convivieron con los antiguos zapotecas y mayas. La llegada de los conquistadores españoles trajo consigo el derrame de sangre inocente, provocando que las colonias de Alebrijes conocieran la maldad engendrada en la raza humana y decidieran apartarse para mantener libre a su linaje de la violencia y crueldad del mundo. Sólo quedaron algunos códices y artesanías que daban cuenta de su existencia, mismos que fueron tomados como molde para los alebrijes que en la actualidad se venden en puestos y mercados populares.

Desde el nacimiento de la Nueva España, pocas veces han sido vistas. Las veces que esto ha pasado, han sido confundidos con duendes, extraterrestres, fantasmas, el chupacabras o diferentes tipos de animales.

Algunos alebrijes tienen la facultad de la invisibilidad. Sólo ellos se aventuran de vez en cuando a entrar en los asentamientos humanos. Son capaces de cambiar el estado anímico de las personas que los rodean, por eso muchas veces la gente suele sentirse alegre, nostálgica o triste sin motivo aparente. Otros, son capaces de alterar su entorno. Nublar el cielo, provocar que el viento frío sople en pleno verano o que las plantas florezcan en un instante. Seres mágicos por naturaleza, los alebrijes juegan con el mundo a su antojo, trastornando de paso, a cuanto ser viviente se cruza por su camino. De cualquier modo, muchas veces dependemos de su estado de ánimo para tener lo que llamamos ‘buena o mala suerte’.

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Su promedio de vida es de doscientos años, aunque según registros, algunos pueden llegar a los trescientos. Suelen ser orgullosos de su pureza y apariencia. Cada Alebrije es único. Mezcla de muchas criaturas y animales. Por eso, el mundo de los alebrijes se sacudió hace unos treinta años, cuando en una de sus colonias al norte de Chiapas nació Chali-Kam, alebrije amorfo. No tenía alas, colmillos o patas de otros animales. Sólo era una criatura amoratada y regordeta sin rasgos distintivos. Poseía, sin embargo, una gran ternura y felicidad que se le escapaba del cuerpo.

Días después de su nacimiento, el consejo de los alebrijes más viejos de la selva, decidieron reunirse con la finalidad de discutir sobre el futuro de Chali-Kam. Algunos sostenían que la llegada de este alebrije amorfo era una señal de los dioses, y que por lo tanto debía ser venerado como tal. Otros, en cambio, lo consideraban como un designio de mala fortuna y catástrofes venideras. Finalmente se tomó la decisión de tratarlo como un alebrije más de la colonia.

Pasaron los años, y mientras el resto de los Alebrijes de su edad paulatinamente descubrían y desarrollaban diferentes capacidades mágicas, propias de su especie, Chali-Kam crecía sin el amparo de alguna propiedad que lo volviera especial. Siempre fue tratado con respeto y cariño, pues el ser diferente hacía que se le tuviera un cierto sentimiento de protección. Contrario a lo que pudiera pensarse, no era feliz. Contaba con el amor de su familia y de la colonia entera; a pesar de esto, el mismo sentimiento de incomprensión lo seguía a todos lados. Su carácter fue cambiando paulatinamente, y aquella alegría desbordada de su infancia se convirtió en seriedad y melancolía. Sin que le importara demasiado, comenzó a ser llamado ‘Tristísimo’ por sus amigos. Ningún otro nombre lo describía mejor.

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Se marchó en una fría noche de octubre. Así, sin avisarle a nadie. Sin dar explicación alguna, ni siquiera a sus padres. Por años fue buscado sin éxito alguno. Poco a poco, los otros Alebrijes lo dieron por muerto, no sin sentir una gran pena en el corazón.

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Sucedía que Chali-Kam no podía seguir viviendo así. Sin ser parte de lo que se supone, debería ser su todo. Sabía que no era un Alebrije de verdad. Hubiera dado su vida entera por ser como el resto de sus amigos, y sentir, aunque fuera por un momento, el cosquilleo de la magia entre sus manos. Por eso decidió escapar aquella noche, para dejar de sentir la compasión de los demás. Para encontrar un futuro siendo el mismo, y no sólo una pretensión.

Salió de la selva, recorriendo pastizales, campos y brechas. Comiendo hojas de árboles y bebiendo agua de los riachuelos que a su camino encontraba. A veces pasaba por pueblos llenos de miseria y desigualdad, en los que pasaba semanas enteras preguntándose si en realidad ‘los humanos’ eran tan crueles y despiadados como los Alebrijes mayores le habían dicho. Le gustaba observarlos, y la verdad, no los encontraba tan temibles.

Una tarde lluviosa, mientras se protegía de la tormenta debajo de la corteza de un árbol, extraño su hogar y sintió ganas de volver. Un trueno iluminó el cielo de aquel paraje y una idea se apoderó de su mente: Llegar a ser como los otros Alebrijes. Sin tener muy en claro como lo conseguiría, decidió emprender el viaje de regreso a la selva, encontrar la manera de lograr su objetivo y volver con sus, ahora sí, semejantes. En el camino intentó hablar con diferentes animales, árboles y hasta con las nubes. Obteniendo como única respuesta el silencio.

Desesperado, Chali Kam tuvo la peor de las ideas. No fue la maldad la que lo orilló a matar, sino la soledad y las ganas de aceptación. Atacaba de noche, salvajemente, y en contra de su naturaleza noble. Después de cada asesinato lloraba. Se sentía repugnante y consideraba que el derramar la sangre de sus hermanos animales lo hacía una creatura peor que los hombres. No mataba por hambre, ni para defenderse. Asesinaba para apoderarse de partes de otros animales: alas de mariposa, pies de pato, cola de gato y coloridos plumajes y pieles que celosamente guardaba en el interior de una cueva. Cuando creía tener todo lo necesario dejó de matar, consiguió una filosa astilla de madera que uso a modo de aguja, y con hilos de plantas de maguey comenzó a coserse su nueva piel. Tiempo después, al ver su reflejo en el agua de un riachuelo, Tristísimo sonreía después de años de no hacerlo. Para celebrar decidió adornar su cabeza con un llamativo hongo silvestre y volver a casa.


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Su llegada causo sorpresa. No porque nadie esperara verlo de nuevo, sino por su apariencia. Contrario a lo que Tristísimo pensaba, su nueva figura fue vista con repugnancia. Prontamente fue detenido por un grupo de Alebrijes y llevado hasta el Consejo de los más viejos, quienes lo interrogaron sobre el origen de su nuevo aspecto. Nervioso y sorprendido por el hostil recibimiento, Tristísimo les contó avergonzado la historia de sus crímenes. Y aunque intentó justificarse, pedir perdón y decir que estaba arrepentido, fue expulsado para siempre de la selva. Fue agredido por sus antiguos familiares y amigos. ‘Eres una vergüenza’, ‘Criatura maldita’, ‘¿En qué clase de mounstro te has convertido? un alebrije no derrama sangre innecesariamente’, ‘Eres como los hombres, tienes el corazón podrido’. Todo esto y más escuchaba Tristísimo, mientras era sacado a golpes de la colonia por los otros Alebrijes y recibía un poderoso conjuro mágico de parte del más anciano de ellos: Jamás volverás a sonreír, vivirás hundido en la más terrible de las tristezas.

Y se marchó. Sin rumbo fijo. Quería morir. Una mañana intentó quitarse las partes de otros animales que había cosido a su cuerpo. No pudo, gracias al conjuro mágico ya eran parte de él. Recorrió cientos de kilómetros, pensando que tal vez su lugar estaría con los humanos.

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Muchas veces, Tristísimo sufrió agresiones por parte de los hombres. Algunas veces, cuando pasaba por algún cultivo, era confundido con animales carroñeros, y era alejado a pedradas y balazos del lugar. Otras era pateado y golpeado brutalmente. Incluso estuvo a punto de morir al ser atropellado en una solitaria carretera en el estado de Puebla. Milagrosamente llegó al peor lugar en el que un alebrije podría estar: La Ciudad de México. Basureros, contaminación, cielo gris y mucho ruido son suficientes para matar a un Alebrije. Todos sus días, todas sus noches, toda la soledad de esta urbe eran un infierno para Tristísimo, que decidió morir en Marzo, en un gigantesco terreno baldío cercano a la Cabeza de Juárez.

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Hace dos meses fui una vez más a una entrevista de trabajo. De nuevo me dijeron que no. Soy profesionista, y a mis veinticuatro años no me hago a la idea de no dedicarme a lo que estudié por años. ¿Alguien sabe lo que se siente tirar años de ilusiones al bote de basura? Yo sí, y créanme, duele. También perdí el amor, y desde entonces ni rastro de él en mi vida. Me sentía mal y lleno de confusión. Quería acabar con mi vida. Por eso compré este veneno para ratas que pensaba tomar y me alejé a uno de los suburbios de Iztapalapa.

Y fue cuando lo vi. Justo antes de tomar ese veneno que me haría agonizar, me di cuenta que alguien más lo hacía por mi. No supe quién o qué era. Mi única certeza, es que esa pequeña creatura había sufrido más que yo. Lo tome entre mis brazos. Pequeño, débil y asustado, me hizo comprender que era una tontería suicidarme pudiendo salvar otra vida. Lo llevé a mi casa (donde vivo en la mayor de las soledades) y lo alimenté con zanahorias, hojas de lechuga y agua; también lo limpié con agua caliente. Dos días después, creo, estaba fuera de peligro.

No sé, en una ocasión lo mire a los ojos, y su voz habló en mi interior. No pregunten cómo, pero lo entendí. Me contó su historia sin hablar. Se llama Tristísimo, y acepté quererlo desde ese momento, porque se parece a mi. Desde entonces es mi amigo. Ambos nos sentimos excluidos de nuestro mundo. Los dos, descubrimos que no tienes que ser un Alebrije o un humano para herir a los demás.

Hoy, Tristísimo duerme debajo de mi cama, y quizá por eso, hay días en los que me cuesta tanto sacudirme esta melancolía que tan frecuentemente invade mi corazón.

Eva Lucia Revelo / Gabriel Revelo
2006


El personaje de Tristísimo, así como su figura (ver fotos) es una creación de Eva Lucia Revelo González. La historia, es de Gabriel Revelo.