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miércoles, 8 de junio de 2016

Somatizando


Así como me ven de maduro, galán, hombre bien dado, y dueño de una presencia y masculinidad que provoca bajas pasiones, la verdad es que yo también suelo ponerme nervioso. Y el que termina pagando las consecuencias cuando esto pasa generalmente es mi estomago. 

Hace unos días viajé a París por motivos de trabajo. La verdad en cuanto me comunicaron que iría varios días a la capital francesa me emocioné mucho porque nunca había tenido la oportunidad de ir por allá. Conforme se acercaba la fecha más entusiasmado estaba, sin embargo, no contaba con que una parte de mí -supongo que en el subconsciente- se encontraba bastante intranquila. 

Aunque mi vuelo salía un miércoles por la noche, desde la tarde del domingo anterior comencé a sentir que mi estomago comenzaba a inflamarse. No le di mucha importancia y atribuí aquel achaque a un ataque de gastritis o colitis común. No obstante, en realidad estaba ante algo peor. 

Aquí debo romper el silencio y confesarles que desde hace un par de años padezco algo llamado "síndrome del colón irritable", que no es una enfermedad como tal sino un conjunto de trastornos que se presentan en el proceso digestivo (y que van desde dolor abdominal hasta la diarrea), los cuales suelen detonarse por las emociones o el estrés. En otras palabras, somatizas tu estado de ánimo en tu estomago.

Y justo eso fue lo que hice. Según yo estaba muy entusiasmado por irme a París y no sentía el menor temor por el viaje, cuando la realidad es que sí me encontraba algo estresado ¿de qué? Nunca lo supe, quizá era el nervio que siempre da hacer un vuelo transatlántico, la incertidumbre por conocer un nuevo país, tener que conocer a nueva gente, etc. 

Todo esto, insisto, yo no lo sabía pero mi estomago se encargó de informármelo por medio de una hinchazón intestinal el lunes y una diarrea el martes. Ya se imaginarán lo preocupante que es andar malo de la panza cuando se está por realizar un vuelo de 11 horas. Lógico, este padecimiento contribuyó a ponerme aún más tenso y tocar fondo. En cuanto comenzaba a pensar en algún aspecto relacionado con el viaje una sensación de inquietud recorría todo mi cuerpo y venían los malditos retortijones. 

¡Ni siquiera me pasó algo así el día de mi boda!

De poco me sirvió tomar medicinas contra la gastritis, lactobacilos y antidiarreicos, los síntomas de malestar estomacal no sólo seguían ahí sino que empeoraba. Justo cuando pensaba que pasaría mis días en París con un pañal y que aquel sería el peor viaje de mi vida todo se arregló de forma milagrosa justo unas horas de que saliera rumbo al aeropuerto. Se supone que en ese momento debería estar más nervioso, pero pasó todo lo contrario. Me volvió la emoción por el viaje que estaba por realizar y el dolor de estomago y la diarrea se fue del mismo modo del que llegó. 

Siempre tuve la sospecha de que solía somatizar mis estados de ánimo, pero esta experiencia pre-viajera me lo confirmó. Chale, lo peor es que no sé cómo puedo luchar contra algo así, pues supongo que todo este asunto funciona a nivel del subconsciente. Al final me la pasé muy bien en París y no tuve problema alguno, incluso me extraña que mi estomago se haya portado a la altura de las circunstancias después de que pasé horas sin comer durante los tours y cuando probaba algo eran platillos a los que francamente no estoy nada acostumbrados.

Ahora que lo pienso la tensión que involuntariamente sentía era completamente injustificada, pero qué le va uno a hacer, Dios me dio el poder mutante de transformar mis problemas en retortijones y diarrea.

sábado, 14 de diciembre de 2013

De cuando me quedé ciego


Nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido... eso lo entendí hasta que perdí la vista… o algo así. 

Todo comenzó la semana pasada, pasadas las ocho de la mañana me encontraba escribiendo unas cosas en la redacción donde trabajo y de la nada comenzó a llorarme el ojo derecho. Al principio fue una cosa de nada, sólo una lagrimita a la que no le di importancia. 

Pasaron varios minutos y las lagrimas continuaban. Decidí tomar aquello con sentido del humor, pero un par de horas después ya me sentía fastidiado. Y es que lejos de disminuir las lágrimas aumentaban en intensidad y lo peor era que comenzaban a interferir con mi chamba. Tener que estar frente a una computadora con un ojo lloroso impedía que pudiera ver bien. 

Cerca del medio día el problema con mi ojo derecho ya se había salido de control. Varias veces fui al baño para tallarme los ojos con un papel, pero lejos de encontrar alivio me lastimaba más. Al verme en el espejo mi aspecto era deplorable, con la cara marcada por tantas lágrimas y el ojo rojo e irritado. Lo peor era que mis compañeros de la oficina se dieron cuenta de lo que me pasaba y a la menor provocación me decían: ¡Pero no llores Gabo!

Debo aceptar que aquel día mi productividad bajo considerablemente (si de por sí). En medio de estos sufrimientos fui sorteando el día y a la hora de la salida sabía que aquello que me estaba pasando no era para nada normal. El camino de la oficina a mi auto fue aún peor gracias a que el sol de aquel día tan claro me deslumbraba y hacia que mi ojo llorará todavía más. Llegó un momento en el que tuve que irme agarrando una pared como viejito achacoso.

Entonces mi personalidad hipocondríaca comenzó a tejer mil y un historias sobre mi futuro y el terrible mal que me acosaba. Me imaginaba ciego, usando un parche pirata y pasando complicaciones para limpiarme cada que fuera al baño. 

El trayecto en auto fue otro suplicio. Tuve que ir manejando con muchísima precaución pues a esas alturas de la tarde ya sólo veía con un ojo a pesar de que traía puestos mis lentes obscuros. Era tanta la incomodidad que en un par de ocasiones estuve a punto de parar el auto y estacionarme. 

No sé cómo le hice pero logré llegar a la colonia en la que vivo. Fui a dos consultorios y los doctores no estaban porque era hora de la comida. Llegué a un tercer consultorio en donde la doctora era ginecóloga, pero dadas las circunstancias en las que me encontraba ya no estaba para ponerme mis moños e ir en busca de otro especialista. 

La doctora era como de España o uno de esos países en donde la gente habla raro. Le conté lo que me pasaba y al examinar mi ojo descubrió que tenía una basurita negra incrustada en la zona de mi párpado superior. En qué momento se metió a mi ojo, lo desconozco. 

Con una pinzas (no quiero saber dónde estuvieron antes, recuerden que la doctora es ginecóloga) me abrió el ojo y me quitó aquel artefacto. Al hacerlo el ojo me ardió mucho pero la lloradera se detuvo considerablemente. Segundos después, ya más tranquilo, sentó que había hecho el ridículo y todo un drama por una mendiga piedrita. 

La doctora que hablaba raro me mandó unas gotas y unas pastillas que debía tomar por una semana. Aunque debo aceptar que las gotas sólo me las eché por dos días y las pastillas ni las abrí. 

Durante ese primer día el ojo me siguió doliendo y llorando un poco, pero ya podía manejar y trabajar sin ningún problema. Eso sí, mi estado era deplorable y parecía que me habían golpeado porque tenía el ojo rojo y entrecerrado. 

Con el paso de los días la cosa mejoró, aunque mi ojo aún seguía lastimado y veía todo desenfocado y doble, situación que fue disminuyendo paulatinamente hasta que todo volvió a la normalidad. 

Después de esta experiencia volví a nacer, soy un hombre nuevo y me volví una mejor persona… pero creo que se me olvidó pronto, pues ayer fui al cine y cuando en la dulcería me preguntaron si quería donar 15 pesos para los invidentes dije que no. Luego me cayó el veinte de mi mala actitud y me sentí culpable, aunque luego se me olvidó también. 

Ya ni la friego, por eso Dios me manda castigos en forma de basuritas al ojo.

sábado, 17 de noviembre de 2012

La muela del juicio que ya se fue

Escribo estas palabras desde la convalecencia. Medio dopado por las medicinas, con el cachete inflamado y la boca algo adolorida. Y es que hace dos días me operaron para sacarme una muela del juicio.

Originalmente tenía programada esta cirugía para hace un mes, pero se canceló a última hora. Como no me agradó ni se me hizo profesional el que se suspendiera la operación minutos antes ‘porque no llegó el anestesista’, pues busqué otro consultorio en donde me quitaran la muela.

La mamá de Tania me recomendó un dentista, amigo suyo desde hace años y con el que me aseguró, no me dolería nada. Esto último fue lo que me convenció casi de inmediato. Así, después de una cita de valoración, mi cirugía quedó programada para el 15 de noviembre a las 3 de la tarde.

Ese día llegué puntual al consultorio en donde ya me esperaba el dentista, su enfermera y una cirujana máxilofacial. Después de hacer mi show y unas cuantas bromas estupidas sobre mi operación (suelo hacerlo cuando estoy nervioso), la cirujana me preguntó si me sacaría una o las dos muelas que tengo. Decidí que de momento sólo me extrajera la que me había estando lata, pues la otra podía esperar unos meses más.

Lo anterior no fue solamente por marica, sino porque detectaron que la muela que me había estado dando lata estaba infectando la encia y la muela vecina. Hasta mencionaron que ya me salía pus, por lo que había que ponerle especial atención al problema. En esas circunstancias, prefería primero lidiar con esa muela del juicio y el desastre que estaba causando, y luego centrarme en la otra. Como dicen ‘un problema a la vez’.

Para quienes no los hayan operado por una muela del juicio, les explicaré cómo esta la cosa.

Primero te aplican varias inyecciones en la encia y zonas cercanas a la zona en la que se encuentra la muela. A diferencia de otras veces que me han puesto inyecciones semejantes, esta vez la anestesia fue más  potente, y en cuestión de minutos ya tenía adormecida la encia, la lengua y los labios. No sé cuantos piquetes me pusieron, pero el objetivo había sido alcanzado: ya no sentía nada.

Entonces cubrieron mi rostro con una especia de manta que sólo tenía un orificio por dónde salía mi boca. A partir de entonces no vi nada más. Me pusieron una base de hule para detener mis dientes y la cirujana comenzó a trabajar. De pronto mi boca se llenó de liquido. Sospeché que acababan de abrirme la encia con un bisturí, y aquella humedad era sangre. Por fortuna no sentía dolor alguno.

Mientras todo eso pasaba, la cirujana (a la cual le calculé menos de 40 años y me cayó a todo dar) platicaba con el dentista y la enfermera de temas muy diversos: lo que se compraría en el Buen Fin, cuál era su coche favorito o sobre su ex novio con el que volvía una y otra vez. La verdad todas esas conversaciones ayudaron a que me distrajera y el trámite de la operación se me hiciera más rápido.

En algún momento escuché que la muela del juicio era demasiado grande, por lo que mejor convenía partirla en pedazos. Entonces, con una herramienta que sonaba a taladro, comenzaron a destruir la muela. Salió un pedazo, luego otro, y finalmente, tras batallar mucho, desprendieron el trozo faltante. Con cada jalón aquel diente infernal tronaba, pero no sentí dolor alguno.

Todo esto lo hicieron con mucho cuidado, pues la muela de a lado se encontraba muy cerca y no querían lastimarla más de lo que ya estaba.

Después de revisar que no hubiera quedado alguna raíz, cocieron mi herida. Sentía un hilo ir y venir, pero nuevamente nada me dolió. Así terminó todo. Me recetaron medicamento, me dieron indicaciones y me retiré.

Aquí la maldita desgraciada:


Desde entonces me la he pasado dopado. Tomo analgésicos cada 8 horas, y un desinflamante y antibiotico (por eso de la infección) cada 24 horas. Debo comer nieve continuamente y ponerme hielo en el cachete. Tengo que dormir semi sentado, no hacer esfuerzos físicos ni asolearme. No me he sentido tan mal como pensaba, pero sí un poco incomodo. En esos momentos tengo inflamación y los medicamentos me tienen con mucho sueño y dolor de cabeza. Pero bueno, dijeron que era cuestión de unos 5 días para estar mejor.

El viernes falté al trabajo, y debido al puente me presentaré en la oficina hasta el martes. Espero estar más repuesto para esa fecha.

Y así fue la operación. La verdad esa cirujana hizo un buen trabajo, al final, este calvario está resultando menos pesado de lo que creí. Lo malo es que la otra muela del juicio sigue ahí, amenazante. No esperaré a que me de lata, por lo que en unos 4 meses programaré mi próxima cirugía.

Por lo pronto seguiré recuperándome, espero que la próxima vez que escriba en este blog esté aun más repuesto.

jueves, 3 de mayo de 2012

Chupado


¡Órale, qué te hiciste, estás delgadísimo!

¡Pasa la dieta, estás enflacando un buen!

¿Estás a dieta o haciendo ejercicio? ¡Te vemos más delgado!

Durante las últimas semanas he tenido que escuchar frases como estas y de paso, fingir demencia y cambiar rápidamente de tema. Y es que es cierto, he bajado de peso. 10 kilos en dos meses y medio. Ignoro si es mucho o poco pasar de los 85 a los 75 kilos en ese periodo de tiempo cuando mido 1.70.

Cualquiera en mi lugar estaría feliz de enflacar a ese ritmo. Pero yo no. Adelgazar es algo que nunca estuvo en mis planes. Tener kilos de más me importaba muy poco y ahora eme aquí. A cinco kilos de mi peso ideal y con mi ropa que me queda grande no estoy muy contento que digamos.

Sucede que desde mediados de febrero me encuentro sometido a una dieta extrema. No puedo tomar refresco, ni grasas, ni embutidos, ni pan dulce, ni irritantes, ni alcohol, ni frituras, ni chocolate, ni naranjas, ni calabazas, ni alimentos condimentados, ni lácteos, ni té negro, ni jitomate, ni alcohol, ni frijoles, ni café, ni un montón más de cosas ricas que hacen del comer una delicia.

Ya se imaginarán la de antojos que he acumulado en las últimas semanas. O la de veces que he muerto de envidia cuando veo a todos los que me rodean comer sin pena ni recato alguno.

Entonces ¿por qué carajos estoy a dieta?

Pues porque tengo el estómago lleno de úlceras gástricas. Esto lo descubrí debido a que tiene más o menos un año que padezco un molesto achaque del cual no hablaré por el momento. Cuando adelgazar es una consecuencia, y no un fin, el perder kilos no sabe muy bien que digamos. Es hasta perturbador.

Verse en el espejo y encontrarse frágil, andar subiéndose los pantalones que ya quedan guangos, y sobre todo, saber que uno está cambiando no por convicción, sino porque está enfermo de quién sabe qué cosa.

Con todo y eso la gente dice que me veo bien. Hay chamarras, playeras y camisas con las que antes parecía tamal mal amarrado que ahora se me ven bien. Esto en cierta forma es raro. Siempre había sido gordo. Unas veces más que otras. Nunca me caractericé por estar delgado, ahora mismo tampoco estoy hecho un palo pero por lo menos me veo más estético.

Y sin embargo, cambiaría estos kilos de menos por tener de vuelta la salud que desde hace un año se me anda escondiendo. ¡Yo tan joven y tan lleno de achaques!

:'(

Tampoco crean que me estoy muriendo, sólo es un problemilla al que espero darle solución lo más pronto posible. Les daría más detalles, pero me he prometido no contar todo lo que han sido estos meses hasta estar curado. Lo cual espero, ocurra muy pronto.

Mientras eso pasa, comeré pasto y hojas. Se despide el Gabriel más tilico y chupado que haya existido. Para la próxima que me vean, ya sabrán más o menos porque no estoy tan gordo como acostumbro.

domingo, 28 de marzo de 2010

Salió peor el remedio que la enfermeda'

Lo bonito de los dichos es que están cargados de harta sabiduría, y acabo de comprobarlo. Se dice que ‘salió peor el remedio que la enfermedad’ o ‘salió más caro el caldo que las albóndigas’, cuando la solución de algún problema trae consigo más implicaciones que el mismo problema en sí. Pues bien, en estos momentos cualquiera de los dos dichos me han puesto a pensar y me colocaron en la disyuntiva que a continuación narraré.

Hay tienen que el autor de éste blog, osea el Gabriel Revelo, tiene desde el viernes en la noche una pequeña gripa. Al principio no quise tomar ningún medicamento pues, uno nunca sabe y qué tal si era influenza H1N1. Cuando comprobé que mis síntomas están medio chafas y que mi gripas es común, corriente y hasta debilucha, decidí tomar algún medicamento para quedar bien suave y erradicar al incipiente virus de una vez por todas. Las poquísimas veces que me enfermo de gripa, generalmente tomo un par de capsulas Tabcin Active moradas y con eso ya la hice. Pues bien, acabo de regresar de la farmacia y cometí el error (o precaución, como ustedes quieran verlo)de leer las indicaciones al reverso de la cajita. Decía lo siguiente:

Reacciones secundarias: Somnolencia, náusea, vómito, rash cutáneo, palpitaciones, nerviosismo, dificultad para orinar, sequedad de boca, elevación de la presión arterial, ansiedad. Este producto contiene el colorante Azul No.1, que puede producir reacciones alérgicas.

Y entonces pensé ‘no manches, nomás tengo mocos y estornudo de vez en cuando, ¿qué tal si por quererme quitar estas molestias minúsculas termino más jodido?’. No se compara en nada un resfriado con adquirir de pronto los síntomas de un viejito en fase terminal. ¿Qué tipo de medicina es esta? ¡No pues a todo dar, me la tomo y corro el riesgo de acabar en urgencias! Y lo peor, podría darme ‘rash cutáneo' (sepa la madre qué es, pero se escucha doloroso)… ahora pienso si tomarme o no las dichosas capsulas, arriesgándome así a contraer malestares mortales, pero eso sí, curado de la gripa. Vomito, traigo la presión alta y casi me da una taquicardia, pero paró el escurrimiento nasal.

Da igual, tomaré los Tabcine por mera curiosidad, espero no morír.

sábado, 25 de abril de 2009

Mi ciudad, la gripe porcina y yo


Peligroso. No aconsejable. Pero también atrayente. Así fue salir este día a las calles de la Ciudad de México y recorrerla, sentirla rara. Al menos hoy, vivir aquí equivale a estar en medio de una película de ciencia ficción con un guión un tanto exagerado. Lo cierto, es que los habitantes de esta urbe estamos en medio de un raro brote epidémico de gripe porcina.

No importa cuántas veces se piense que aquí ha pasado de todo. Siempre hay algo más. De nuevo la capital mexicana se salta la barrera de lo imposible para entregarnos, una vez más, un escenario sui generis. Al menos un servidor no recuerda algo así. La velocidad con la que se han suscitado hace que la situación sea aun más inverosímil. No tiene ni una semana de que se reportaron los primeros casos de influenza en algunos hospitales de la Ciudad. El martes la cantidad de casos iba en aumento. Para el miércoles la situación ya era preocupante. Ayer jueves, por la noche, se anunció la suspensión de clases en las escuelas y universidades de todos los niveles en el Distrito Federal y se decretaron medidas de prevención en la población. El viernes, se anunció que el brote epidemiológico no es de influenza, sino de un extraño virus mutante llamado Gripe porcina.

Para quienes estamos en esta ciudad, las últimas horas han sido una locura. Intenso tráfico automovilístico en algunas zonas, en otras, calles desoladas. Mensajes a la nación por parte del Presidente y de distintas autoridades competentes. Decenas de personas con cubre bocas (los cuales, se agotaron en tiendas y farmacias), un ambiente de preocupación en el ánimo capitalino, horas y horas de programas dedicados a la problemática en la radio y televisión. Conciertos, museos, cines, partidos de futbol, teatros… todos suspendidos hasta nuevo aviso. Los centros de salud atiborrados, paranoia en algunos casos, incredulidad en otros. En resumen, las cosas distan mucho de ser comunes.

Escribo estas líneas y aparentemente van 1002 personas contagiadas en todo el país. Las cantidades del número de contagios y decesos a causa de la gripe porcina varían a cada instante. Lo mismo sucede con las versiones del origen del virus. Que si procede de un turista canadiense, que si surgió en el continente asiático, que si los primeros casos se reportaron hace unos meses en Estados Unidos. A estas alturas los síntomas son por todos conocidos: temperatura de más de 39 grados, tos seca, secreción nasal, intenso dolor de cabeza. Quizá esta sea la causa de que inevitablemente, uno termine sugestionándose. Al menos en mi caso, varias veces me he sorprendido exagerando y sintiendo que he caído preso de la epidemia. Por más que siga las instrucciones de no saludar a los demás ni de beso o mano, evite los lugares concurridos, me lave las manos continuamente y en general estoy evitando salir de casa, la idea de que el lugar en donde vivo está en medio de una crisis epidemiológica simplemente me inquieta.

Un virus nuevo, poco estudiado y sin vacuna. La amenaza de una pandemia no es descabellada. No existe un periodo determinado que nos diga cuando podía solucionarse del todo. Para un narrador situaciones así son irresistibles. Salir de la rutina y caer en lo extraordinario. Palpar con nuestros sentidos lo que bien podrían ser las líneas de una novela. Disfrutar, a pesar de los pesares, los múltiples escenarios que una contingencia así va generando.

La Organización Mundial de la Salud ha externado su preocupación, y en cientos de sitios noticiosos de internet se pueden leer las diversas reacciones que la opinión mundial ha generado en diferentes países. Lo extraño es que uno está aquí, en medio del epicentro. Y aun así, hasta en las crisis los mexicanos somos pintorescos, únicos. Los chistes sobre la situación no se han hecho esperar y a pesar de la falta de experiencia de la población en casos así, la reacción de las personas ha sido muy aceptable. Hay preocupación, sí, pero también hay calma y optimismo. La información oportuna ha hecho que la Ciudad camine y que contrario a lo que muchos medios manejan en el extranjero, México está en calma.

Y en esas andamos, escribiendo sobre lo que sucede, dándole sentido a esto de narrar lo increíble para entenderlo. Nos estamos leyendo. Desde la Ciudad de México, Gabriel Revelo. (Me sentí corresponsal de guerra).

lunes, 26 de noviembre de 2007

La gripa mortal

Según el doctor el rimbombante nombre de lo que tengo es “Infección en las vías respiratorias”, aunque según yo es una gripa elevada a la novena potencia. Denle el nombre que quieran, de todas formas me siento a casi nada de abandonar el mundo de los vivos.

Todo comenzó hace dos días, cuando de buenas a primeras percibí ese ‘cosquilleo’ que antecede los resfriados. A pesar de las advertencias que mi cuerpo me daba, seguí normalmente el día con la confianza que me daba el saber que a mi las gripas poco me hacen. No sé que pasó en el transcurso del sábado al domingo (sospecho de la brujería) pero ayer desperté con dolor de cabeza, ojos y extremidades, la garganta inflamada, abundante flujo nasal y temperatura. Después de pasar toda la mañana en estado vegetativo, decidí aceptar la propuesta de mi mamá que preocupadísima llevaba horas rogándome (como si me hiciera un favor) que fuéramos a ver a un doctor.

No me gusta visitar a los doctores. A menos que realmente esté al borde de la muerte, suelo confiar en mi factor curativo mutante del que me dotó la naturaleza, antes que en la medicina. Pero en éste caso, fue mi madre sacrosanta la que me hizo reflexionar al decirme la siguiente frase llena de ternura: ‘ahora si te ves bien jodido’.

A un hombre cualquier novia, amante, esposa, amiga o conocida puede criticarle su apariencia, pero cuando quien lo hace es su progenitora la cosa cambia. Como pude me vestí y al verme al espejo lo confirme: Me veía, además de jodido, miserable, ojeroso, despeinado, con los ojos llorosos y la piel amarillenta. En calidad de cadáver fui trasladado al consultorio medico más cercano resignado ya, a que ese domingo soleado no saldría a jugar mi tradicional partido dominical con mis amigos.

El doctor me revisó rápidamente y llegó al diagnostico mencionado al inicio de éste post. Me preguntó si quería que los medicamentos fueran inyectados o tomados vía oral, y aunque la primera opción es mucho más rápida y efectiva, decidí declinar la opción de las inyecciones no por cobarde (bueno, también por eso) sino porque en mi familia la que pone las inyecciones es mi tía y madrina Rosy, y pues a mi edad no me gusta que de buenas a primeras anden viendo mis pompitas lindas.

Total, que me recetan unas gotas para la nariz, un jarabe, y dos tipos de pastillas diferentes. Se supone que una de esas pastillas me iba a hacer toser mucho para poder así sacar las flemas de mis pulmones y garganta, pero yo m pregunto en medio de mi grandísima ignorancia: ¿no se supone que fui al doctor precisamente para que me quitara la tos?.

Antes mi vida se regía por los horarios de los programas de la televisión, desde ayer me la pasó tomando pastillas a cada rato. Además, mi mamá me prohibió bañarme hoy, por lo que espero que en el trabajo nadie se haya dado cuenta que tenía más de 24 horas sin asearme. Y así estoy hoy, ya mejor aunque todavía con el cuerpo cortado (¿por qué se dirá así?), a veces dolor de cabeza, mis mocos de velorio y una tos de carcacha descompuesta que ya me tiene fastidiado.

No debí hacerlo, pero fui a trabajar. Como ya falté esta quincena, no quiero ni imaginar el daño que le haría una segunda falta a mi de por si ‘mísero sueldo’. No sé si mañana vaya a ir o no, eso depende de la “Infección en las vías respiratorias” que vive en mi y que no parece muy dispuesta a dejarme en paz.

Se supone que debo tomar muchos líquidos y no comer carne de puerco. Se supone que por ahí del miércoles ya estaré bien y que éste padecimiento es muy común por los cambios de temperatura. Será el sereno, pero yo siento que moriré y todo por una gripa mortal y desgraciada.

Dicen que es al borde de la existencia cuando uno revalora su vida. Por si las dudas les confesaré uno de mis más grandes secretos: me gustó mucho el último disco de RBD, es más, me lo compre hace justo una semana, y llámenme loco o atribúyanselo al delirio, pero noto una gran evolución en su música.

¿Ya se dan una idea de que tan grave estoy?...

Me les voy, y sin haber conocido el amor.