sábado, 30 de octubre de 2010

Viaje al Tlalocan


En la antigüedad la majestuosidad de México se veía reflejada en las imponentes construcciones de la gran Tenochtitlan. En sus inmensas calles, mercados y gente emanaba una profunda paz, reflejo de una sociedad en pleno esplendor.

Tiempo que corre como el río, hasta verse detenido por una gran roca llamada destino. Años que se verían rotos sin motivo aparente. El equilibrio de esta sociedad estaba a punto de ser interrumpido. Desde la costa llegaban rumores acerca de un grupo de hombres barbados mitad hombres y mitad animal, que se acercaban peligrosamente destruyendo cuanto pueblo encontraban a su paso. En las elites del poderío azteca, comenzaron los preparativos para el encuentro. La calma de la ciudad desaparecía, para dar lugar a tiempos de guerra y muerte.

* * * *

Llanto en el cielo, sangre en la tierra, dolor en el orgullo. Ante la llegada de los invasores, desde Tenochtitlan comenzaron a sonar tambores de guerra, su sonoridad surcaba el cielo de aquel hermoso valle. ¿Qué querían esos hombres?, ¿De dónde y por qué vinieron a interrumpir la majestuosidad del imperio náhuatl?

Pronto los enfrentamientos comenzaron. La gran ciudad se hundió entre las sombras del sufrimiento, tiñendo sus calles de sangre, llenando sus templos de consternación y angustia. Lucha fuerte, ardua, cruel, despiadada, casi apocalíptica. Las armas de aquellas personas de brillante armadura eran contrarrestadas por la habilidad de combate de los caballeros tigre y águila, y por la valentía de un pueblo, que ante todo, defenderían su identidad y costumbres.

* * * *

Con dolor, Mixcoatl, observa como su pueblo pierde batalla tras batalla, y es que, a pesar de pelear valientemente, su esfuerzo era en vano. Se sentía agotado, pero sobretodo impotente, al ver como todos sus hermanos caían en combate. En algún momento se encuentra con un anciano maltrecho y agonizante, que valientemente se acerca a consolarlo diciendo:

Anciano: Muchacho, soy Xachil, pareces triste, ¿estás herido?

Guerrero: Un poco, de mí pierna... pero si así fuera... ¿qué más da?, todo está perdido.

Anciano: No lo creo así. Aunque efectivamente estás herido, el dolor proviene principalmente de tu espíritu.

Guerrero: Tengo miedo... miedo de perder a todos mis seres queridos, miedo de morir, de lo que vendrá.

Anciano: Créeme, no debes tener miedo, cuando los hombres mueren, en realidad no perecen, sino que de nuevo comienzan a vivir, casi despertando de un sueño, y se vuelven en espíritus o dioses. Permíteme hablarte, sobre la muerte...

* * * *

Anciano: La vida muchacho, no es más que un paso antes de entrar al Mictlan, o en el mejor de los casos, al Tlalocan.

Guerrero: Por favor anciano, esas no son más que leyendas que se le cuentan a los críos para asustarlos.

Anciano: Entonces prefiero ser un crió, a pensar que nuestra existencia finalizará hoy. Sé que el temor invade tu cuerpo, pero debes estar convencido que pase lo que pase, habrá un futuro, glorioso o triste, eso depende de lo que hicimos en nuestras vidas.

Guerrero: ¿Qué quiere decir?

Anciano: El Tlalocan, es el paraíso de nuestro señor Tlaloc, y está destinado para las personas de corazón puro. El otro es el reino de Mictlantecutlí.

Guerrero: Hábleme de ese sitio, por favor.

Anciano: Dicen que el Mictlan, es el lugar en donde se une el mundo de los muertos, con el mundo de los vivos. Para llegar hasta allá, hay que atravesar por una gran cantidad de obstáculos formados por dos sierras, protegidas por dos gigantescas criaturas, una serpiente, y una lagartija verde, después, hay que atravesar por ocho desiertos, ocho cerros, una zona de vientos helados, que arrojan cuchillos de obsidiana. Por último cruzaban un ancho río llamado Chignahuapan en el lomo de un perro rojo. Si eres capaz de cruzar todo esto, las almas se encuentran con Mictlantecuhtli, el dios de la muerte, que les asigna una zona en el Mictlan. Coatlicue, la diosa de la vida y la muerte, así lo quiere.

Guerrero: Coatlicue... nuestra madre.

Anciano: Muchacho, nuestra madre, nos asegura que todo lo que muere, vuelve a renacer en la magia del universo, en el verde de los campos, en el azul del cielo, en la vida del maíz, todo es un ciclo.

Después de decir esto, el anciano murió.

Guerrero: Xachil... Xachil, no mueras... aún tienes que hablarme sobre el Tlalocan.

Sin embargo, el anciano no dijo más. Aunque en el alma de Mixcoatl, hubo una transformación. Ya no había temor a la muerte, solo un deseo inmenso de luchar y aprovechar la vida.

* * * *

Mixcoatl continuó luchando valientemente, entregando toda su energía y deseos. La batalla duró horas, y sonriendo, observó como empezaba a ser ganada por su gente. Tiempo después, los invasores se retiraron. Aquella ciudad en ruinas, se convirtió en testigo silencioso de los últimos latidos del corazón. Sentía perder sus fuerzas. La vida se le escapaba segundo a segundo en cambio, pero su alma irradiaba paz y tranquilidad, sabía que su existencia había valido la pena y que quizá, su pueblo podría vivir en paz ...
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... de pronto, abrió los ojos y fue testigo de un espectáculo maravilloso. Aunque aun no sabía dónde se encontraba, todo era perfecto. Entonces escucho una voz. Al voltear se dio cuenta que Xachil estaba allí.

Anciano: Te lo dije muchacho, bienvenido al Tlalocan.

Después de esto, ambos se convirtieron en estrellas y desde ese día, vigilan el firmamento.



Gabriel Revelo
2002

Fragmento del cuento ‘¿Qué es la muerte?’, transmitido el 28 de octubre de 2006 dentro del programa ‘Conociendo La Otra Ciudad’ de Radio Chapultepec 560AM.

lunes, 25 de octubre de 2010

Volverse Ñor

Estaba el otro día en Facebook, cuando me encontré con esta imagen en los perfiles de una de mis amigas de la universidad:


Así no eran, ¿pues qué les pasó? De ser unas muchachas alegres se convirtieron en señoras, o bueno, no es que se volvieran, pero sí lo parecían. Tan perplejo quedé, que seguí husmeando en las imágenes de otros de mis contemporáneos. Al final me deprimí. La gran mayoría habían cambiado.

Recuerdo como si fuera ayer mis últimos días en la Universidad. Todos éramos tan jóvenes, tan modernos y tan actuales, que hoy, a seis años de distancia me cuesta trabajo creer que la gran mayoría de compañeros de mi generación han sufrido el fenómeno conocido como: volverse señor(a). No hay duda, el tiempo afecta a todos de maneras diferentes. Siempre lo sospeche, pero a últimas fechas se me ha ido confirmando más gracias a diversos artilugios tecnológicos como el Facebook, que me permite darme cuenta de la dramática transformación que muchos han sufrido.

Empecemos por definir qué es eso de ‘volverse ñor’, fenómeno que ocurre cuando uno comienza a vestirse y actuar como persona seria, madura, responsable, en fin, un señor. No lo confundamos con llenarse de arrugas o canas, no, esto de volverse ñor tiene que ver más con la actitud ante la vida. Quizá tú, amiguito, ya sufriste esta transformación y ni cuenta te has dado. Si haces reuniones cuyos invitados sólo son parejas muy estables y matrimonios, te estás volviendo ñor. Si vistes con pantalones de vestir y calzas zapatos, te fajas la camisa y usas charras elegantes de piel, te estás volviendo ñor. Si eres mujer y vas al salón de belleza a que te hagan cortes y peinados esponjados, te estas volviendo ñora. Si dejas de estar al pendiente de las novedades tecnológicas, de tu equipo de futbol, de los programas de la tele, si ves VH1 o vas por tu gusto a restaurantes de comida corrida, te estás volviendo ñor.

A mí no me ha pasado. Trato de vestirme como me gusta y no como se supone que debería. Uso mis playeras del Atlante, mis Converse viejos y mugrosos, pantalones de mezclilla, chamarras Adidas y cualquier cosa digna de un muchachón juvenil y radiante como yo. Sigo hablando de caricaturas, juego con mi perro Margarito y hago voces raras cuando se me da la gana. Me gusta no tomarme en serio. Vamos, hasta me ofendo cuando en los restaurantes los meseros se refieren a mí como ‘señor’. Me llevó mejor con los niños y adolescentes de mi familia que con ‘los grandes’, en las reuniones de ex alumnos o en reuniones de amigos me aburro si empiezan a hablar de sus vidas de casados o de hijos. Esta aberración a volverme responsable y señor debe tener su origen en que mi papá nunca se hizo grande. El papel de adulto nunca le quedó y eso me hizo muy feliz. Era bromista, alegre, se vestía como le venía en gana y siempre se vio más joven de lo que era. No conocía la pena y siempre hacía el ridículo. Por eso no conozco mejor cumplido, que cuando dicen que me parezco a él.

No quiero hacerme ñor, haré todo lo posible para evitarlo. Tampoco vestiré a mis hijos como ‘señores chiquitos’ desde temprana edad. Si muchos son felices así, bien por ellos, pero yo no quiero perder la frescura que siento, aun conservo en mi vida. "Creceré pero no me haré grande, eso lo que haré".

miércoles, 20 de octubre de 2010

500 pesos


A mi sobrino Juan Carlos suelo verlo muy poco. Serán unas tres o cuatro veces al año cuando mucho, siempre en eventos o reuniones familiares. Alto, cabello castaño. Dicen que está guapo, yo no sé de esas cosas. A sus 24 años dicen, ha tenido una vida dura, agitada, cruel. Su papá cayó preso cuando Juan apenas era un niño. Juan casi no conoció a su papá, éste murió en prisión supuestamente debido a una neumonía, versión que hasta ahora, muchos ponen en duda. Toda su vida Juan vivió con su madre. Nadie sabe dónde extravió el camino, ni porque la vida lo llevó desde muy joven a verse implicado en problemas de drogas y delincuencia. Varios familiares intentaron ayudarlo dándole trabajos y consejos. Lo último que supe de él, fue que ya estaba regenerándose y había entrado a la policía.

Jamás esperé que nuestro próximo encuentro se daría el pasado domingo por la mañana. Eran las 11 de la mañana y aun en piyama veía la televisión. Sonó el timbre. Con sorpresa vi que era Juan Carlos. Un taxi lo esperaba. Me pidió permiso para usar el teléfono y lo hice pasar. Parecía que apenas venía de la fiesta, traía los ojos algo rojos y se notaba nervioso. Una vez dentro, ni siquiera volteó a ver el teléfono, se dirigió hacia dónde estaba y muy serio me dijo:

- Bueno pues, para que me hago tonto. Tú sabes los problemas en los que siempre he estado metido. Drogas, delincuencia. Hoy me corrió mi mamá de mi casa, fui a ver a mi tío (…) y de plano me corrió y me dijo que no me quiere volver a ver. Nadie me ha querido ayudar, no sé dónde voy a pasar esta noche y la verdad estoy metido en un problemón. Debo mucho dinero, y si no lo pago hoy me van a matar. Lo único que quiero es salir de esta bronca y largarme de la ciudad. Tú ya viste, afuera está un taxi esperándome. No sé qué hacer. Entonces quería ver si podrías ayudarme con algo, de verdad lo necesito. Sé que no somos muy unidos, pero necesito conseguir el dinero...

¿Qué contestar después de esto? Después de unos segundos de incomodo silencio, sólo se me ocurrió decir:

- Mira… sólo tengo 20 pesos. Lo cual no era mentira, sino una verdad a medias. Como recién había pasado la quincena, sí tenía dinero, pero no cambio

Juan Carlos me miró con cara de ‘no mames’. Seguramente su deuda era mayor y yo ofreciéndole 20 míseros pesos. Él estaba desesperado, seguía hablando de sus problemas y de la situación insalvable en la que estaba. Comencé a intranquilizarme. No es que le tuviera miedo a mi sobrino, ni que pensara que él pudiera hacerme nada, pero tener una situación así en la sala de mi casa resultaba estresante. Entonces cometí lo que hasta ahora no sé si fue un error o un acierto: abrir mi bocota.

- Bueno… lo más, pero lo más que podría hacer… y fíjate, me dejarías ‘despelucado’ y sin dinero, sería darte 500 pesos. ¿te sirven?

Apenas mencioné lo que le ofrecía, su semblante cambió.

- Sí, me sirven mucho. Gracias. Es que mira, hasta traigo un cuchillo para asaltar a alguien si no consigo el dinero…

Y que saca un cuchillo oxidado y filoso de la bolsa izquierda de su pantalón. Sabrá Dios qué cara hice, pero Juan Carlos intentó tranquilizarme

- … obvio, no iba a hacerte nada. Eres familia y se han portado bien conmigo.

Juan Carlos me abrazó y entre agradecimientos prometió no volver a molestarme, que esa sería la última vez. No pude evitar percibir un fuerte olor a alcohol mientras lo tenía más cerca. Se retiró de mi casa y sólo alcance a decirle que se cuidara.

Después de ese encuentro pasé varias horas pensando en lo que había hecho. Me dolía haber perdido 500 pesos de esta forma. Suelo ser muy recatado y dudoso para gastar dinero. Antes de comprarme algo me lo pienso mucho, y ahora, de buenas a primeras perdía un billete de la nada. Ignoro que tan valido sea decir que malgasté el dinero, supongo que la respuesta la tendrá Juan Carlos. Quisiera que mi pequeña aportación sirva para que de una vez por todas pague su deuda y encause su vida. Por desgracia algo me dice que peco de optimista.

De cualquier manera, un buen porcentaje de la cantidad que entregué a Juan Carlos acabará engrosando las finanzas del narco y crimen organizado. A esa maquinaria maldita no le importa valerse de lo que sea con tal de fortalecerse. Acaba con la vida de miles de personas y la convierte en un infierno para quienes están cerca.

Desde el domingo hasta hoy le he contado mi anécdota a varias personas. Me han dicho que debo acercarme más a Juan Carlos y ayudarlo; otros me recriminan mi debilidad, haberle dado dinero de una manera tan sencilla. Seguramente ambas posturas tienen razón. Sigo recriminándome el haber sido tan cobarde y no haber hablado con él. Pude haberlo detenido de cualquier manera y dejé que se fuera. Desconozco que hizo con los quinientos pesos, si pago su deuda, dónde está pasando las noches o si asaltó a alguien… Perder mi dinero fue lo de menos.

Si vuelvo a ver a Juan Carlos quiero verlo recuperado, de lo contrario y por mucho que duela, prefiero no encontrármelo.

jueves, 14 de octubre de 2010

Por una maldita palomita de maiz


Me confieso fanático de comer palomitas de maíz en el cine. Si no lo hago, siento que me falta algo y que la experiencia de ver una película en pantalla grande no está completa. Las disfruto tanto que hasta puedo terminarme una cubeta solo. Uno jamás imaginaría que esas botanitas ricas y saladitas, blanquitas y suavecitas, pudieran ser capaces de hacernos el menor daño. Pues bien, aunque no lo crean, a mi una palomita me ha traído sufrimiento, dolor y mucha preocupación.

Mi triste historia comenzó a principios de éste año, cuando una tarde cualquiera, acompañado de mi novia fui a ver una película a la Cineteca Nacional (creo que fue Tokyo, pero no estoy seguro). Como siempre pedí palomitas y refresco en lata. Todo sucedía con normalidad hasta bien avanzada la película, cuando en un movimiento inconsciente pasé mi lengua por una de mis muelas y sentí un hueco inmenso. Aquel espacio vacío no estaba ahí unas horas antes. Por supuesto, me saqué de onda. A uno no le enseñan cómo reaccionar bajo circunstancias así. Al principio, a pesar de mi desconcierto, fingí tranquilidad. Volví a repasar con la lengua el hueco y me di cuenta que en efecto, me faltaba un pedazo de una de mis muelas inferiores de la izquierda. Lejos de preguntarme cómo había perdido media pieza dental, mi única interrogante era ¿y si huelo a muela podrida? Instintivamente seguí comiendo palomitas y fijando la mirada en la pantalla, aunque sin ponerle atención del todo. Al terminar la función no hablé hasta que fui a la dulcería y compré unas Halls. Ya con más confianza, todavía fui a cenar unos tacos.

Pasaron los días, las semanas y los meses. Como buen mexicano no hice nada para resolver el problema de la muela rota y pensaba que algún día las cosas se solucionarían solas... total, si no me dolía ni nada, no tenía por qué preocuparme. No negaré que sentir un hueco en mi dentadura era algo raro, pero no era un asunto de vida o muerte. Para desgracia de mi conchudez, esa muela empezó a dolerme hace unas semanas. Las primeras veces fingí demencia y sufrí en silencio. Poco a poco fue aumentando hasta volverse una gran molestia.

Mi plan no era ir al dentista, pues pocas cosas me dan tanto miedo como los odontólogos. Reconozco que soy bien maricón para estas cosas, pero llegué a un punto en el que mi situación era insoportable. Ni hablar, no me quedó de otra más que sacar una cita y esperar una cura milagrosa. El día llegó. Año y medio de mi último chequeo, volví a pisar un consultorio dental. Después de un chequeo rápido, el doctor me dijo que tenía mi muela fracturada. Le conté lo del cine y sin sorprenderse, me contó que aquello de romperse dientes al comer palomitas era muy común.

A lo largo de quince días el dentista desgraciado me hizo una curación y después protegió mi muela con una incrustación de metal, motivo que por cierto, no me hizo la menor gracia. Según yo, eso de traer dientes dorados y cosas metálicas en la boca es de gente pobre y vieja, no para un muchacho joven y carismático como yo. Al menos, esa pieza horrible y dorada en mi muela no se ve a simple vista. Ahora me siento Robocop, maldita sea. Por desgracia, lo peor no fue eso, ni que me haya encontrado otras dos caries pequeñas. Lo verdaderamente malo es que en una de mis consultas, el doctor (alias viejo fastidioso) descubrió que me está saliendo una muela del juicio. Inmediatamente mandó a que me sacaran radiografías y salió esto:



Esto que parece una mazorca chueca es mi dentadura. Se supone que dos molares inferiores están a nada de salir fuera de lugar y provocarme un gran problema. El dentista me dice que se requiere hacerme una cirugía para abrirme la encía y extraer las piezas. Que estaré incomodo un buen número de días y que al principio no podría ni hablar. En otras palabras: me espera una chinga.

Esta tarde de nuevo fui al dentista, aunque la operación aun no tiene fecha, el peso del destino ya me abruma. La última vez que me dio por huir de lo impostergable fue precisamente antes de una extracción dental. Pero ahora es peor, se trata de una canija operación a la que siempre le hui. Por lo pronto, a gozar antes de que me cargue la fregada. Lo que más coraje me da, es que todo pasó por culpa de una insignificante palomita de maíz. A ella le debo haber ido al dentista, tener mi muela dorada y una dolorosa e incómoda cirugía. En estos momentos cientos de personas comen palomitas de maíz sin saber del peligro que corren. Mínimo, las bolsas del cine deberían traer una leyenda de advertencia como ocurre con los cigarros.

Mañana iré al cine y sí, compraré palomitas. No aprendo.

martes, 5 de octubre de 2010

¿Por qué, Señor, has callado?


“En un sitio como éste, las palabras no sirven. Al final, sólo
puede haber un terrible silencio, un silencio que es un llanto del corazón a
Dios: ¿Por qué, Señor, has callado?¿Cómo pudiste tolerar esto? ¿Cómo pudo
permitir esta eterna matanza, el triunfo del mal?

Nuestro silencio se
convierte en cambio en un pedido de perdón y reconciliación, un llamado para que
Dios no permita que esto vuelva a ocurrir”


-Papa Benedicto XVI,
en su visita el 28 de mayo de 2006 al campo de concentración nazi de Auschwitz en Polonia.


… leo estas palabras y advierto un pequeño cambio (o acaso advertencia) sobre el silencio de Dios hacia nosotros. Quizá nos éste hablando más que nunca, basta ver los noticieros. Lo malo es que ni así lo escuchamos.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Tlacotalpan, 4 años después.


El 14 de abril de 2006, publiqué el siguiente post en mi antiguo blog:

Tlacotalpan sigue siendo ese lugar en el que hasta el aire huele a pasión y el paisaje, en cualquiera de sus puntos cardinales, se vuelve arte.

Pasando el poblado de Alvarado, a unos 60km del puerto de Veracruz se encuentra Tlacotalpan. Hasta esa tarde, la ultima y primera vez que había ido fue hace doce años. Declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO, me habían contado que era un lugar de ensueño, aunque la verdad, no creía recordarlo así.

Por eso aproveché esa tarde de abril. Tenía unas horas de haber llegado al siempre cautivante puerto de Veracruz y tenía tiempo de sobra antes de dirigirme a Catemaco, mi destino final. Surgió así la idea de desviarnos a Tlacotalpan. El día estaba radiante, el auto corría como nunca lo hace en la ciudad y francamente me encontraba de buen humor (ingrediente necesario para animarse a correr cualquier aventura). Media hora después, mi humilde automóvil tomaba la desviación hacía el pintoresco poblado. Para quienes no tengan el placer de conocer este lugar, bastará con decirles que la magia comienza desde la carretera. Un caminito de dos carriles (que por cierto estaba en reparación) rodeado de vegetación, manglares y el río Papaloapan, que por momentos te da la sensación de ir flotando sobre aguas de un azul cielo impecable.

Cuando finalmente llegas a Tlacotalpan, comprendes que todos los comentarios acerca de su belleza se quedan exageradamente cortos. Basta caminar por su plazuela principal para que a uno se le encoja el alma. Gracias a Dios he visitado muchos poblados de mi México, pero ninguno se compara a Tlacotalpan, cuyas calles medio vacías nos dan tranquilidad total. Su iglesia, su parquecito cálido y acogedor, su kiosco y su capilla, todo en armonía.

Caminé por sus calles. Me deleité con sus casitas de una sola planta, todas pulcramente pintadas con colores brillantes. El pueblo es pequeño, y sin embargo me perdí entre tanto paisaje ensoñador. Sin saber cómo, llegué a la casa en donde, según una placa, había nacido Agustín Lara. ¡Con razón el ‘flaquito de oro’ le cantaba a la vida y al amor de ese modo! Cualquiera que tuviera esos paisajes inspiradores no podría hacer menos que enamorarse con cada atardecer. En una banquita, frente a la estatua de unos jarochos bailando, tomé un refresco a la orilla del Papaloapan, mientras pensaba en lo bello de este estado. Veracruz tiene algo, eso es definitivo. Gracias a Dios vivo en un país como México, siempre sorprendente, siempre amable. No importa cuánto más escriba, tendrían que estar ahí para que me entendieran del todo.

Tiempo después dejé Tlacotalpan y continúe mi camino. El radio sintonizaba una estación local, misteriosamente la canción
'Arráncame la vida' (del maestro Lara) comenzó a sonar, guiándome amorosamente por la carretera. A lo lejos, en mi retrovisor, Tlacotalpan se perdía.

Quisiera que el tiempo se detuviera en mis palabras. Volví otras tres veces a Tlacotalpan, encontrando siempre una infinidad de razones para inscribir sus paisajes en la memoria de mis momentos perfectos. Por desgracia hoy Tlacotalpan, mi Tlacotalpan, se encuentra en situación de emergencia. Las constantes y torrenciales lluvias que han azotado gran parte del país hicieron que varios ríos (entre ellos el Papaloapan) en el estado de Veracruz se desbordaran y causaran estragos e inundaciones. Por unas semanas buena parte de Tlacotalpan estuvo bajo el agua, incomunicado y en condiciones precarias. Su gente fue evacuada mientras las casas y templos del poblado soportaban estoicamente las corrientes de agua que amenazaban con doblegar sus estructuras.

Las imágenes de los noticieros mostraban aquellas calles en las que tantas veces he caminado convertidas en un río incontrolable. Los desastres naturales adquieren otra dimensión cuando los sentimos más cercanos y ocurren en lugares que amamos. Poco a poco y con el paso de los días el nivel del agua bajó. La población volvió a su pueblo querido y empezó la reconstrucción y limpieza de esas casas que no cedieron ante la fuerza del agua. Por desgracia en estos momentos, ante la amenaza de nuevas lluvias, esta gente noble y trabajadora han sido desalojados de nuevo ante el riesgo de más precipitaciones e inundaciones.



Escribo esto porque me duele lo que pasa. En mi caso es Tlacotalpan, pero seguramente muchos tienen lazos afectivos con los diferentes pueblos y regiones que hoy se encuentran en desgracia. Algo estamos haciendo muy mal como personas, como humanidad, para que la naturaleza se desequilibre así. No pretendo decirles que ayudemos en centros de acopio pues todos somos conscientes de nuestras responsabilidades. Lo aterrador de que ocurran estas cosas no es tanto lo que oímos o vemos en los medios de comunicación, sino el imaginar que algún día los vulnerables seamos nosotros. Ayudar desde nuestra trinchera, es lo único que puede quitarnos la impotencia de ser tan pequeñitos ante la fuerza de la naturaleza.

Volveré a ese rinconcito de sueños en la primera oportunidad. Todo esto que está pasando sólo es para que resurja más bello que antes. Espérame, prometo regresar.

lunes, 27 de septiembre de 2010

La Insoportable levedad del ser


Fue el mero destino el que hizo que una tarde cualquiera me topara con esta novela en una librería. Aunque su titulo ‘La insoportable levedad del ser’ me resultaba conocido, siempre pensé que era un libro completamente cargado a la filosofía. Idea, por cierto, compartida ‘erróneamente a medias’ por muchas personas. Después de leer la reseña del libro me aventuré a comprarlo. Fue mi primer novela de Milan Kundera. Autor que muchos me habían recomendado pero que no había tenido la oportunidad de revisar. Ahora me parece poco menos que un genio. Sí, como García Márquez, Vargas Llosa, Kafka y una lista de plumas maestras que podría seguir enumerando. ¿Será malo tener tantos autores favoritos?

Los hechos de ‘La Insoportable levedad del ser’ ocurren en la antigua Checoslovaquia, principalmente en la ciudad de Praga, en medio del drama de la invasión soviética. No obstante, la fascinante trama hace que la acción narrativa también se desarrolle en otras ciudades del mundo, como las suizas Zurich y Viena, la melancólica París, el enigma de Bangkok en Tailandia y hasta en Nueva York, del otro lado del Atlántico. Todas ambientadas con el talento de un autor maestro en el manejo del tiempo y circunstancias.

-Un gran circulo. Perfecto- Así defino esta historia en apariencia simple. Dos parejas relacionadas entre sí. Por un lado, está el amor entre Teresa y Tomás. Marcado irremediablemente por los celos de ella, y la pasión de él por otras mujeres. En el otro extremo (no por esto, necesariamente opuesto), la pintora Sabina y el profesor Franz, pareja de amantes que, salvo la cama en distintos hoteles europeos, no comparten nada. Sabina, además de ser también amante de Tomás, vive obsesionada por el deseo de traicionar a todos, incluso, a sí misma. Quiere escapar de la pesadez y encontrar la levedad del ser. Contrariamente, Franz se encuentra convencido de que el idealismo en el que habita (y que lo orilla a la casi adoración de su musa) es la única forma de vivir. Todo esto fluyendo en una estructura de repeticiones que lejos de aburrirnos nos interna cada vez más en cada uno de los personajes y en sus complejas psiques, como un remolino del que el lector no podrá escapar.

Cabría aclarar que La Insoportable Levedad del Ser es mucho más que una novela. También es un tratado filosófico –razón por la cual, en el primer párrafo de ésta entrada utilicé el término ‘erróneamente a medias’- acerca de la ideología política socialista de los años 60´s, acompañada por planteamientos sólidos sobre la libertad del hombre y su relación con el amor. Milan Kundera tuvo la sapiencia de construir una obra de alcances infinitos en la que cada personaje nos parece familiar. Mientras leía, a ratos y en diversas circunstancias me sentí Tomas, Teresa, Sabina y Franz. Verte reflejado de tantas formas, como en una gigantesca casa de espejos da miedo, pero también es adictivo.

Amor, desamor, infidelidad, traición, ternura, casualidades, amor por los animales, el arte como remedio contra el sistema, la idealización, la lucha por los ideales, el saber rendirse ante el otro. Todos temas de una novela llena de simbolismos que se repiten igual, pero diferentes. La vida es una, no hay oportunidad para el error ni ensayos. Todo sale en una toma.

Háganse un favor y léanla, es una orden.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Quitarse la verde


Antes de los once años poco me importaba el futbol. Me aburría verlo por televisión y nunca había ido a un estadio. Poco después la Selección Nacional de Mejia Barón jugó la eliminatoria para el Mundial del 94 de forma brillante y tuvo una gran Copa América llena de brillantez. La entrega y pasión con la que los jugadores defendían aquella playera verde me contagió. Así me hice aficionado al futbol y me volví un incondicional de la Selección Mexicana. Algo tenía ese equipo que me hacía sentirme orgulloso de verlo jugar. Desde entonces lo supe, vestir los colores de México debía ser algo maravilloso, un privilegio al que sólo acceden los mejores. Recuerdo que cuando me compré mi primera camisa de la Selección y me la puse me sentía feliz, no quería quitármela. Aunque suene exagerado, portándola me sentía capaz de cualquier cosa.

18 años después sigo usando aquella playera y otros modelos más recientes. Aunque no sea nada barato; he ido al estadio infinidad de veces para apoyar a México en sus partidos; falté a clases e incluso al trabajo por ver algunos juegos; he llorado y reído en derrotas y victorias; grité goles hasta quedarme afónico; maldije frente al televisor y celebré cosas históricas en el Ángel de la Independencia. Por desgracia, a lo largo de éste tiempo la Selección sigue ahí, pero sin corazón.

Quién sabe cómo se ha ido devaluando tanto el ser seleccionado nacional, pero lo cierto, es que alcanzó su hecatombe la noche del pasado miércoles 8 de septiembre, cuando después de jugar un partido amistoso contra Colombia, algunos jugadores se vieron envueltos en una escandalosa fiesta que se prolongó hasta altas horas de la noche, y en la que se dice, hubo prostitutas y hasta un travesti. Mucho se habrá hablado ya de esta dichosa celebración y de las multas de 50 mil pesos y la suspensión de Efraín Juárez y Carlos Vela del equipo por seis meses, que la Comisión de Selecciones Nacionales de la FMF dio a varios integrantes de la Selección.

Podrá decirse que el castigo fue leve, que 50 mil pesos para jugadores de estas características es risible y que incluso, el no ser convocados a juegos amistosos es un descanso. Lo que en verdad tiene en jaque a los jugadores sancionados es que se les haya exhibido públicamente. Se dicen dañados moralmente, tristes por el manejo que se le ha dado a los acontecimientos y que tenían derecho a reunirse pues oficialmente ya estaba rota la concentración. Que digan misa si quieren. A mí su actitud me da vergüenza.

Soy joven y me divierto, algunas veces se me han pasado las copas y he participado en fiestas nada santas. Aun así, soy un convencido de que todo tiene su tiempo. Juzgo a los seleccionados no por lo que hicieron, sino por lo que representaban cuando lo hicieron. Qué carajos importa que la concentración ya hubiera terminado, su imagen como seleccionados los obliga a tener un comportamiento integro. No sé si esos que hoy se quejan por haber sido sancionados sepan que el sueño de miles de personas es estar en su lugar, teniendo el privilegio de llevar el nombre de su país hasta lo más alto posible. Es increíble que una distinción tan grande sea tomada tan a la ligera por supuestos profesionales. Me da coraje escuchar a Rafael Márquez, Nery Castillo, Guillermo Ochoa, Cuauhtémoc Blanco y a otros muchos, indignados porque después de muchos años se tuvo la acertada decisión de ubicarlos en tiempo y espacio.

Qué estos jugadorcitos digan lo que quieran, que amenacen con abandonar el barco si quieren. ¿Qué se creen? No han ganado nada y están lejos de estar entre los mejores futbolistas. A la hora buena no han dado el estirón y aun así se creen inalcanzables, necesarios, únicos. Por mí que se vayan, total, no serán eternos. Me duele que le hagan esto al equipo de futbol que me representa. Si pudieran sentir la ilusión y ganas de comerse al mundo, que un aficionado siente al ponerse la playera que ellos desdeñan con su actitud, probablemente valorarían lo afortunados que son.

Se dice que estás fiestas tienen años llevándose a cabo. Que en esta y otras ocasiones, hay historias inimaginables y escabrosas de indisciplinas en torno a la Selección Nacional. La novedad es que ahora se tomaron cartas en el asunto. Néstor de la Torre, director de Selecciones Nacionales decidió poner en juego su puesto y se echó encima a federativos, jugadores y parte de la prensa. Probablemente su cabeza ruede injustamente pero el antecedente de disciplina ahí está, con todo y cobardones sumisos que se niegan a que el futbol en México dejé el oscurantismo y sea tomado en serio. Néstor le es incomodo a muchos, pero su actitud es ejemplar.

Basta de jugadores comodinos e intocables. Que se larguen todos los mafiosos de la Federación Mexicana de Futbol cuyos intereses económicos nos están llevando al demonio. Justino Compeán y Decio de María, a ustedes también debería darles vergüenza. Gracias por hacer de mi Selección una pachanga.

Me quito la playera que ustedes representan. Me quedó con el corazón que ustedes desecharon, con eso me basta y sobra.

lunes, 20 de septiembre de 2010

El peor día de mi vida (hasta los ocho años)


¿Cuántas veces no hemos escuchado la frase ‘éste ha sido el peor día de mi vida’? Todos la hemos dicho al menos una vez. A veces exagerando las cosas, a veces como una triste afirmación. Todos tarde o temprano tendremos ese dichoso día, sin saber si será la última vez que afirmemos tal cosa.

Pues bien, qué pensarían si les dijera que la primera vez que dije ‘éste ha sido el peor día de mi vida’ fue cuando apenas tenía ocho años y era un niño gordo. Aquí estoy, listo para contar otra historia ridícula y sin chiste de mi vida en la que la constante es, como siempre, demostrar que para hacer el ridículo me pinto solo.

No recuerdo bien ni el día, ni el mes en el que ocurrieron los hechos. Lo cierto es que cursaba el tercer año de la primaria y que esa mañana tenía educación física. No sé en las demás escuelas públicas, pero en las mía, hacíamos unos ejercicios de correr, tocar una base, darle una vuelta y regresar. La dichosa base era una lata de leche grande llena de cemento para que pese y con un palo de escoba en el centro. Llegó mi turno y al girar tiré la dichosa base, provocando que el palo de esta se rompiera. De inmediato se hizo silencio. Todos voltearon a verme y el maestro de educación física (se llamaba Paco y ahora que hago memoria era igualito a Ari Telch) me mandó a llamar. Mientras caminaba hacía el sentía miedo y vergüenza, hasta ese entonces había sido un niño ñoño que en nunca en su vida se había metido en problemas, por lo que toda esa situación era nueva e indeseable para mí. Me dijo que al otro día tenía que reponer el material que había roto y sin hacer más comentarios continuó dando clase.

Las siguientes horas de la mañana las pasé preocupadísimo pues no tenía la menor idea de cómo podría hacerle para reponer lo que había roto. El único que podría ayudarme era mi papá, pero no estaba seguro de cómo tomaría la noticia de que su hijo en lugar de estudiar se la pasaba rompiendo el material de clase. Tanto era mi nerviosismo e incertidumbre que me olvidé de ir al baño, situación que derivó en unas ganas incontenibles de hacer pipí a la hora de la salida. En cuanto sonó el timbre fui derechito al baño, el cual para mi desgracia estaba cerrado. Otro compañerito de mi grupo llegó con la misma urgencia. Era tanta nuestra urgencia que tuvimos la ocurrencia de ir a las jardineras que están detrás de una hilera de salones. El lugar estaba tan solitario que pensamos no habría ningún problema si nos ‘echábamos una firma’ en las plantitas. Y pues ya saben que pasó después... lo malo fue que no nos dejaron terminar nuestras labores orinativas pues un escuincle morboso se asomó en una ventana de los salones y gritó “miré maestro, dos niños están miándose en las plantitas”.

Intentamos escapar, pero el maestro de ese grupo (5to de primaria) salió con todos sus alumnos (yo creo que querían verme) salieron e impidieron nuestra fuga. Fuimos llevados a la dirección como delincuentes. La directora dijo que al otro día tendrían que ir nuestras mamás a hablar con ella, o de lo contrario nos negarían la entrada. Salí deprimido. No sólo porque todavía me andaba de la pipí, sino porque en un día había cometido dos cosas muy graves. Nunca habían recibido queja alguna de mi en casa y de un día para otro llegaría con dos castigos. Mi primaria y mi casa estaban a una distancia de 5 minutos caminando (sólo había que atravesar un parque), pero esa tarde dilaté más de media hora en llegar. No quería enfrentarme a mis padres y recibir más castigos por mis errores del día. Aquel terror psicológico era tan intenso que inclusive llegué a imaginar que me correrían de casa. No sabía que había sido peor, si romper el palo de la cubeta o haberme orinado en las plantas. Aquel en definitiva era el peor día de mi vida.

Cuando hice mi aparición en casa decidí tomar valor y contar de una vez lo ingrato de mis acciones. Seguramente mis papás me notaron preocupado pues me preguntaron que tenía. Respiré hondo y confesé mis delitos. Primero el del palo que rompí, luego del de la pipí. Justo cuando esperaba los cinturonazos y los castigos represores ocurrió lo que menos esperaba. Mis padres ni se inmutaron. Ningún rastro de enojo se asomó en sus rostros. Con una calma tranquilizadora me dijeron que no había problema, que mi papá iría a comprar un poco de cemento con el que rellenaría una lata de leche vacía y en su interior pondría un palo de escoba para que al otro día lo llevara a cambio del que había roto. Mi mamá por su parte iría a platicar con la directora al otro día y solucionaría el problema. Dicho esto comimos y la tarde transcurrió como si nada.

La historia termina en que mi mamá y la de mi compañero de orina hablaron con la directora, la cual (vieja desgraciada, ojalá ya esté muerta) les dijo que como castigo a nuestra acción tendrían que pintar los muros de la fachada de la primaria. Mi mamá indignada le dijo que ella no tenía tiempo pues también era maestra y a esa misma hora daba clases. No sé si fue por complicidad o de plano manejo de influencias, pero al final la directora le perdonó la penitencia a mi mamá. No así a la mamá del otro niño mión, que por la marranada de su hijo tuvo que pasar varias mañanas pintando.

La moraleja es que por más obscuro que se vea nuestro horizonte siempre saldrá el sol. Quizá ese día mis problemas eran insignificantes, pero a lo largo de mi vida he aprendido que las cosas siempre se solucionan. Tomarse la vida tan en serio casi nunca ayuda.

Y ya. Pueden dejar de leer.
¡Hasta la próxima!

lunes, 13 de septiembre de 2010

Felices 200 años México


No amo mi patria.
Su fulgor
abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por
diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques, desiertos,
fortalezas,
una ciudad desecha, gris, monstruosa,
varias figuras de su
historia,
montañas
- y tres o cuatro ríos".

Alta traición, José
Emilio Pacheco.

Nadie tiene el registro exacto, pero habrá sido a inicios de éste año cuando la palabra ‘Bicentenario’ se convirtió en la más repetida en éste país. De pronto, tanto los medios, los anuncios, las platicas casuales, los productos, los ideales y casi cualquier cosa con algo de tendencia mexicana pasaban a ser catalogables como bicentenarias. Sin querer pecar de oportunismo, éste blog tendrá su post Bicentenario. No por moda, sino porque me nace del corazón. No por sentirme parte del montón, sino porque dentro de mí nace un orgullo que satura cada una de mis células.

El próximo 16 de septiembre, a las once de la noche para ser más exactos, México celebrará el aniversario número 200 del inicio de la lucha de independencia que a la postre nos convertiría en una nación independiente. Como si no fuera suficiente, dos meses después (20 de noviembre) se cumplirán 100 años de la Revolución Mexicana. 1810, 1910, 2010, las cifras por si mismas estremecen. Sé que hay cientos de personas dirán que poco o nada hay que celebrar en medio de crisis económicas, altos índices de desempleo, inseguridad, desastres naturales y disputas políticas. Respeto su opinión, más no la comparto. El que mi país cumpla uno, dos o doscientos años de vida es motivo más que suficiente para sentirme feliz ¿no hay nada que festejar? Tenemos un portentoso pasado prehispánico, un bagaje cultural envidiable, paisajes hermosos, ciudades y poblados de una belleza sin igual, gente cálida y mujeres hermosas, un colorido y folklore muy especial en cada rincón.

Soy una simple partícula de México. Un pequeño ente viviente que sin embargo late y le da vida. Desde mi insignificancia le dedico estas palabras:

"Patria mía:


No sé a bien cuando comencé a quererte de esta manera. Sólo sé que desde muy pequeño, la palabra México estremece con alegría y honor mis cuerdas vocales cada que la pronuncio. Cumples 200 años y te encuentro joven, radiante, igual de misterioso que la primera vez que recorro cada uno de los muchos caminos que ofrece. Eres uno y muchos a la vez. Te amo por lo que eres y lo que me has dado. Esta pasión va más allá de tu bandera, tu himno y tu escudo. Valiente saco el pecho al saberme uno de tus hijos y tener el privilegio de llamarme mexicano. Para mí el decir ‘mi patria es primero’ no es una frase histórica, es un precepto, una obligación que va más allá de cualquier religión. Te respiro y más me enamoro. Definirte no es imposible, para eso está la música de mariachi, los boleros y los sones para cantarte; Paz, Sabines y Fuentes para escribirte; Siqueiros, Rivera y los códices para pintarte. Está Guanajuato, Zacatecas, Monterrey, Tlacotalpan, Los Cabos, la Ciudad de México, Acapulco, Campeche, Chiapas, Mazatlán, Guadalajara… refugios a los cuales volver una y otra vez. Mi hogar, mi fuerza, mi totalidad. Me siento estúpido felicitándote cuando el privilegiado soy yo. Saberme tan mexicano como el Popocatepetl, el Estadio Azteca, una tarde en la Alameda, una película de Pedro Infante, unos tacos, o un gigante de Tula. Podrán haber países más prósperos, más seguros, más estables, pero tú eres mío y aunque volviera a nacer no te cambiaría nunca, por nada. Cumples doscientos años y cualquier palabra sobra ya, felicidades México de mi corazón. Gracias por enamorarme una y otra vez. Cada día trataré de ser digno de ti".

Esto y mucho más es mi país. Si me ven llorar y sonreír como loco mientras grito ¡Viva México!, mañana en la noche, ya saben porque es.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Y hoy resulta


Y hoy resulta que todo sigue igual, el aire (parece) es el mismo.
Los niños juegan en la calle, nuestros ancianos caminan por la tarde.

El mundo sigue inerte en la parsimonia de la rutina,
y en la estresante realidad que nos consume,
desnuda y mata lentamente.

No te engañes, sigue siendo el mismo mundo.
El mismo en el que tus abuelos se conocieron,
en el que mis padres se entregaron al amor.
El mismo en el que te conocí.

Hoy resulta que este mundo (parece) es el mismo,
y no hay motivos para dudarlo.
¿Será que estoy loco? ¿por qué nadie lo nota?
Quizá mi pensamiento abandona toda razón.

Ya nada es igual,
lo noto en el tiempo que se ha detenido
en la imperfección de las almas.
Lo noto en este vacío que me provoca tu ausencia.

Y recuerdo mi delirio por ti.
Por lo que me profesaste, por la amorosa sabiduría
que aprendí en la cálida compañía
de tu mágica mirada azul cielo.

En la batalla del olvido, termino derrotado por el recuerdo.

Amor, ¿lo ves?,
el mundo, tu mundo, mi mundo.
La vida, tu vida y la mía sigue...
pero separados...

Ojalá y vuelvas algún día. Puedes hacerlo...
Vuelve, para ordenar el cielo,
curar el agua del tiempo y
pintar de nuevo los atardeceres...
mis atardeceres...

Y hoy resulta,
que tu presencia es lo único.

Gabriel Revelo
Enero 2004

lunes, 6 de septiembre de 2010

Mi primera vez en las luchas




Este texto es sobre sueños pendientes que llegan a cumplirse.

Siempre me sentí especialmente atraído por el mundo de la Lucha Libre (la mexicana, no la gringa). De pequeño no sólo leía revistas de luchas, también tuve mi ring de madera con cuerdas de liga, mis luchadores de plástico y hasta usaba caparas y máscaras de los ídolos del pancracio. Ya fuera en televisión o en video beta, no había nada mejor que ver alguna película del Santo. Incluso, uno de los recuerdos favoritos de mi infancia que guardo con más cariño ocurrió cuando un sábado en la noche pasaron en televisión abierta la pelea del Rayo de Jalisco Jr. (mi luchador favorito en esos tiempos) contra Cien Caras. Tengo grabada en mi mente el momento en el que el Rayo entró vestido de Mariachi a la Arene y como el rival le rompió una guitarra en la cabeza. Aquella lucha apocalíptica aun hoy es considerada como una de las mejores de la historia.

Bonus: Si andan en los 25-30.Vean la primera, la segunda y la tercera caída para que revivan como yo su infancia. La épica batalla entre Rayo de Jalisco Jr. y Cien Caras.

Pasó el tiempo pero no me alejé del todo de ese mundo. Quizá por eso, aunque al paso de los años dejé de ver las funciones en televisión o leer lo que pasaba en ellas, en mis años de Universidad acostumbraba a traer un luchador de plástico corriente en la bolsa de las camisas, pues según yo, iban a ponerse de moda. Lo aclaro: no era fanático del deporte en sí, sino de los luchadores convertidos en personajes arraigados en la cultura mexicana.

A pesar de lo anterior, nunca tuve la oportunidad de ir a la Arena. No es que no tuviera ganas de asistir, solo que nunca se me presentó el momento. Durante todo ese tiempo escuché todo tipo de cosas sobre las arenas de lucha libre, desde que era un espectáculo increíble, hasta que era un lugar al que sólo se iba a escuchar majaderías. Mi curiosidad siempre estuvo ahí, así como el deseo de algún día entrar a uno de esos lugares en dónde los hombres se vuelven leyendas vivientes. Aquel sueño de mi niñez, a pesar de no ser irrealizable ni mucho menos, se me había esfumado sin que me diera cuenta, en algún momento dejó de ser prioritario y se escondió en el rincón en donde guardo mis ayeres.

Una tarde cualquiera la idea de ir a una arena de lucha libre salió del baúl de los recuerdos, cuando un compañero de mi trabajo nos dijo que tenía la oportunidad de conseguir boletos para la función del 77 Aniversario de la Arena México. Sin mucho entusiasmo pedí encargué un boleto. Conforme se acercaba la fecha comencé a ver que en los periódicos le dedicaban cada vez más espacio a notas sobre aquella función en la que el plato fuerte sería un evento llamado “El Juicio Final”, en el que 14 luchadores pondrían en juego sus marcaras dentro de un ring enjaulado. Poco a poco fue naciendo en mí una especie de expectativa. No sabía exactamente por qué, pero sospechaba que esa noche sería especial.

El 3 de septiembre de 2010 quedará grabada en los registros de mi vida como la noche en la que pisé por primera vez una Arena de Lucha Libre. Ataviado con la playera del Santo que compré en su tienda-café acudí a mi primera vez en las luchas. Si bien la función empezaba a las 20:30, a esa hora apenas íbamos saliendo de la estación de metro Balderas. Desde calles atrás el ambiente ya era especial. Gente usando sus máscaras, la vendimia de los puestos ambulantes vendiendo montones de productos alusivos a las luchas, los claxonazos y aceras atestadas de todo tipo de personajes. Después de unos veinticinco minutos de hacer fila finalmente entré por una de las entradas principales. Mi primer pensamiento dentro de la Arena México es indescriptible. Recuerdo haber visto el techo, la enormidad de un lugar que me habían dicho ‘no es tan grande como parece’ y que me sorprendió. Mientras buscábamos nuestras butacas vi el ring, lo imaginaba más grande. Después, ya en mi butaca, reparé en más detalles como el escenario del que salen los luchadores y que no esperé que fuera tan amplio. Después los sonidos. Aquel lugar pletóricamente lleno tenía un ambiente que ni siquiera posee un partido de futbol. La pasión desbordada en cada rostro, en cada acción, las porras, las groserías llenas de ingenio y un respeto que me impactó. Todos respetándose entre sí. No importaba la diversidad de edades ni la diferencia de clases sociales. Todos convivían y profesaban una especie de religión mágica cuyo encanto comenzaba a seducirme. Todo esto pasó en cuestión de minutos. Tan hipnótico era el entorno que ni siquiera había reparado en que varias luchadoras ya estaban enfrentándose en lo que fue la primera lucha de la noche.

Entonces todo ocurrió rapidísimo. Una a una fueron pasando las peleas sin que me diera cuenta. Con mis propios ojos veía entregarse a varios personajes que antes ocupaban mis juegos. Ahí estaba Atlantis, el Blue Panther ya sin máscara, el Negro Casas y hasta el amado/odiado Místico. Finalmente saldaba con creces una antigua deuda conmigo mismo y entendía la razón por la que éste espectacular deportes es parte de la idiosincrasia del mexicano. En cada instante, en cada rincón, en cada golpe, se respira pasión.

Cuando la lucha final entre La Sombre y Olímpico transcurría, me ocupaba ya muy alejado de la realidad. Era uno más de los frenéticos aficionados que gritaban y ovacionaban cada llave, cada lance, cada golpe. Contenía el aliento cada que uno de los gladiadores ponía de espaldas planas al otro y el réferi comenzaban la fatídica cuenta de las palmadas de los tres segundos. Al final La Sombra venció a Olímpico y esté se despojó de su máscara. Se vivía un momento solemne que el público enmarcaba con una sonora ovación.


De cualquier manera fue irreal, adictiva… como ocurre en estos casos, lo único que deseo hacer es repetirla.


¿El momento exacto en el que nace un héroe?

Unos diez minutos después la Arena México comenzó a vaciarse. En algún momento giré mi cabeza y una escena llamó poderosamente mi atención. A tres filas de dónde estaba un niño de unos 14 años lloraba con rabia. ‘Es el hijo del Olímpico’ me comentó uno de mis compañeros. Algunos familiares a su alrededor también se mostraban abatidos, pero la mirada de coraje y sentimientos de revancha de aquel adolescente poseía una fuerza de voluntad que me dejó pasmado. Regresando a casa en el metro me pregunté si aquella mirada decidida no sería el inicio de la historia de una leyenda. Me imaginé diez años después, en alguna Arena del país viendo el debut de un joven luchador que una noche de septiembre de tiempo atrás juró vengar a su padre.

martes, 31 de agosto de 2010

Nuestra Aflicción


Aflicción: Es una reacción a una pérdida grande y con mayor frecuencia es una emoción de dolor e infelicidad desencadenada por la muerte de un ser querido. Las personas también experimentan aflicción si tienen una enfermedad incurable o una enfermedad crónica que afecte su calidad de vida. Asimismo, la terminación de una relación a menudo también ocasiona una situación de aflicción.

Parece mentira que las canciones de ese disco sigan sonando una y otra vez en el estéreo de mi auto. Generalmente, la fascinación por un buen disco me dura un par de meses, sin embargo, en esta ocasión es diferente. Algo tiene que simplemente no puedo separarme de los 20 tracks que conforman el capítulo I y II de ‘Poetics’, el último disco del grupo mexicano Panda.

Originalmente éste post trataría de éste disco monotemático dedicado a los pecados capitales y de la maestría con la que el grupo hilvano cada pieza musical, hasta conseguir un mosaico en el que incluso aparecen personajes como Abigail, que salta de una canción a otra con un halo de desfachatez y misterio. Quería contarles del arte del disco, de la complejidad y acidez de algunas letras o lo histriónico y teatral de algunos sonidos. En esas andaba, tratando de darle forma a lo que escribiría cuando una canción comenzó a venir una y otra vez a mi mente, igual de potente que la primera vez que la escuché. ¿Cómo hablar de un disco entero, cuando una sola canción lleva meses lapidando mis emociones? ‘Nuestra Aflicción’ se merece unas líneas dedicadas sólo a ella.

El día que compré ‘Poetics’ no pude escucharlo y sólo alcancé a descargarlo en mi iPod. Al otro día, mientras trabajaba y escuchaba canción con canción me topé con ‘Nuestra Aflicción’. Me atrapo desde los primeros segundos. Aquel mediodía soleado y sin preocupaciones en poco más de cuatro minutos cambió su atmosfera. La canción por si misma me erizó la piel. Recuerdo que al terminar de oírla tuve la necesidad de repetirla de nuevo. No me la creía, tenía ganas de llorar. En ese momento, sin entender a bien la historia o de lo que hablaba la canción, mi mente (ayudada por mi corazón) ya tenía su propia versión: Estar afligido, es encontrarse en un viaje hacia abajo, sabiendo que el final es inevitable; hay tristeza, soledad, desolación. Compartir una aflicción es aun peor. Se suman no uno, sino dos arsenales de fracasos, sueños rotos y demonios malditos que no hacen sino recordarnos lo que se pierde, lo que no volverá.

“…Parece, si parece,
que lo mucho que ofrezco
no ofrece tanto y por eso
me afronté, y dejaré de ser una carga,
pues yo ya no aguanto más farsas.
No lo puedo evitar, sentir que muere mi flama
Cuando no estás…”

¿Cómo escapar a una canción cuyo primer golpe te deja en Knok out? Desde entonces la escucho casi diario. A veces emocionado, a veces triste, a veces con rabia. ‘Nuestra Aflicción’ es tan noble que en diversas ocasiones se ha moldeado a mis dolores y soledades. Comúnmente podría pensarse que trata sobre desamor, sobre la rabia implícita y salvaje que hace mantener vivo, pero a la fuerza, un sentimiento moribundo que jamás será compartido por el corazón de otra persona. Prestándole un poco más de atención, se nos dibuja la traumática experiencia de una separación llevada hasta las últimas consecuencias, aquellas en las que la resignación jamás aparece. A veces también me ha contado otras historias igualmente angustiantes, como la búsqueda de la felicidad en una relación llena de desconfianza y absurdos, o la soledad en un mundo lleno de hipocresía.

“… pues nunca entendí la manera
para poder evitar
sentir que me rompen las piernas
cuando no estas...”


Y aun así, es una gran canción de amor. Pues si bien, a causa de él sufrimos y nos hundimos más en los infiernos de la incomprensión, también es el que nos da fuerza para hacer del mismo castigo desolador, una creación artística. De esta manera es como han surgido las grandes novelas, los poemas inolvidables, las canciones épicas. Precisamente, dicen que está carga emocional es la causante de que las grandes canciones del rock sean baladas. Muchos se quiebran la cabeza tratando de descifrar de qué trata o qué vivencia llevó a José Madero, vocalista del grupo, a componer algunas de sus canciones. Pienso que eso sale sobrando, cuando la canción por si misma nos arropa y regala un sinfín de posibilidades. No me importa lo que vive otra persona con ella, me importa lo que yo siento al escucharla. Al fin y al cabo decidí hacerla mi canción, mi propia aflicción.

“…y me haría feliz que mi cantar
te haga sentir muy especial, que mi cantar
te pueda dar placer y así, juntos envejecer.
Más no pude hacerte feliz
Ya decidí para ti…”

A finales del año pasado asistí a un concierto de Panda y por primera vez la escuché en vivo. Me rompió el alma. Esta noche es parecida, ‘Nuestra Aflicción’ suena una y otra vez. Me acompaña mientras escribo estas líneas sobre ella. Mi idilio permanente continúa y sabrá Dios cuándo termine. No quiero ni creo lograrlo rápidamente.


Si los de la disquera me quitan el video, aquí está la liga para ver el video.

martes, 24 de agosto de 2010

Pinche gente

Se acerca el fin del mundo. La maldita gente cada día está más desquiciada. Para muestra basta un… bueno, tres, pequeños pero significativos ejemplos:


Jimena Navarrete, vieja fea

A estas alturas del martes 24 de agosto deben quedar muy pocos incautos que ignoren la noticia que desde ayer en la noche, se apoderó de espacios informativos y medios de comunicación: Ximena Navarrete, representante mexicana en el certamen Miss Universo, ganó el cetro que la ostenta como la mujer más bella del planeta. Lo normal sería que un triunfo así generase alegría y hasta orgullo; pero pues ¿qué creen? ¡Pasó todo lo contrario! Todo el día en la oficina he escuché comentarios tales como ‘Qué casualidad que ganó ahora que va a ser el Bicentenario. ¡Todo es una cortina de humo!’; o ‘Ni está tan bonita eh, está bastante X’; o ‘Ese premio superficial ni sirve para nada, festejen cuando haya trabajo y seguridad'; y hasta ‘Todo está arreglado, convenía que ganara México por el tema de la migración’. Osea, quién chingados nos entiende. Va la Selección al Mundial, nos eliminan, y nos volvemos locos por qué ‘nunca ganamos nada’. Siempre somos derrotados y nos enfurece. Perdemos en los olímpicos, perdemos la guerra contra el narco, perdemos contra la obesidad. Y ahora que ganamos algo nos encargamos de llenarlo de peros. Ahora mismo hablan en el extranjero se habla de que la Miss Universo es mexicana y no de la violencia en nuestros estados, y nuestra reacción natural es desprestigiarnos, dudar de nosotros y encontrarle a todo el truquito, la tranza, el chanchullo.

Ahora bien, la gran cantidad de mujeres que critican a Ximena (perdón pero así es) están bien chachalacas. Dicho en lenguaje más popular: ya quisieran. Apréndanos a nosotros, los hombres ¿nos han escuchado decir que está fea o qué lucia fea en traje de baño? Pues no. Valoramos el triunfo por su inteligencia y seguridad, no su cuerpo. (Bueno, tantito). Pinche gente.

Norberto Rivera, defensor de las buenas costumbres

¿No dicen que ‘A Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César’? Pues eso se nos olvida a nuestro querido Cardenal. En las películas y novelas, los padrecitos eran unos viejecitos bondadosos y buenos, que sufren en silencio por su abnegado y sumiso pueblo. Ellos suelen caerme bien pues su injerencia únicamente se limita a su Iglesia y lo correspondiente a ella. Si así debe de ser así, ¿qué carajos le importa al señor Norberto Rivera si los gays o lesbianas quieren casarse? El domingo pasado en un concierto en el Zócalo capitalino la cantante Susana Zabaleta dijo algo muy cierto: ‘a ese señor que más le da, parece que al que se lo van a meter es a él’. Lo mismo sucede con la adopción de niños por parte de parejas homosexuales ¿desde cuándo la orientación sexual es determina nuestra calidad humana? Desde cualquier ángulo, las teorías de éste hombre con cara de ‘Pavel Pardo gordo’ carecen de lógica. Lo peor es su manera de defenderse: lanzando excomulgando a diestra y siniestra como si no hubiera ochocientas religiones presurosas a reclutar nuevos fieles. Soy católico, pero no pendejo. Lo siento, no me trago ese cuento. Qué cada quién haga lo que quiera con sus partecitas y que los curas se queden oficiando misa (por desgracia, muchas veces es al revés). Pinche gente.

Calamaro nos manda a usar Twitter como supositorio

Cierto día, Andrés Calamaro, el cantante argentino despertó molesto con el mundo y se le ocurrió despotricar contra quienes usamos Twitter. Lo cerró, hizo su berrinche y en su blog escribió lo siguiente (tuve que resumirlo e intentar entenderlo):

“que despreciable "democracia", y que mal entendida
claro que libertad de expresion no es expresion de libertad
que perdida de tiempo escribir para hijos de homero simpson
y doña rosa (doña rosa de neustad)
tolerar resentimiento, conceptos infantiles
progresia aborregada
ideologias desaparecidas ... extinguidas hace ya tiempo
participar en un coro de subnormales generadores de concepto light
que asco de post modernismo (perdon si me rio) ...
perder media hora por dia para comprobar lo que naci sabiendo ...
siempre hay excepciones, gente excepcional
pero ... que hago metido en el medio de la republica de los culoblandos

(…)

que lastimado estaria mi pudor
si resulto ser la cara amable del termo twitter
140 caracteres
pueden meterselos profundo en el medio del ojete
me importa tres pepinos
perder un segundo mas en el rebaño de boludos con blackberry
o lo que es peor ....
conectados a la nada a cambio de demostrar que son infantiles
consecuencias de sangrientos años que deterioraron
los minimos gramos de dignidad ....
caretas, mis enemigos
(...)
fuck you !!”


No pues ni que decir. Algunas veces he escuchado el trabajo del señor Calamaro y he de decir que no me desagrada, hasta interesante se me hace. No lo conozco pero lo respeto (ejem, respetaba), y a cambio obtuve una mentada de madre, una invitación a meterme el Twitter por dónde mejor me quepa y fui insultado con palabras que ni él mismo entiende. Pues bien señor de apellido marino, uso Twitter y me encanta, me vale ser infantil, tengo mucha dignidad y con la misma elegancia empleada por usted, lo invito a meterse su filosofía y altanería por dónde más le arda. Pinche gente.


¿Ven? Se acerca el fin.

jueves, 19 de agosto de 2010

Mi encuentro con Don Bosco (reencuentro en el IDB)


Continuación del post 'Mi inesperado, imposible e inminente encuentro con Don Bosco'.

Esperaba la noche del 16 de agosto con la emoción e incertidumbre de quién sabe, vivirá un momento único y capaz de cambiarle la vida. Fueron semanas de imaginar cómo serían esos breves segundos en los que tendría la dicha de estar frente a las reliquias insignes de Don Bosco. Esa noche, además, volvería a los pasillos del IDB (Instituto Don Bosco) tras 10 años de haber terminado mi preparatoria. Sin una idea muy clara de lo que encontraría, pero con la emoción que generan los reencuentros, llegó el día esperado…

Lunes por la tarde. Se supone que las reliquias de Don Bosco llegarían al IDB a las 7 de la tarde. Yo apenas iba llegando a casa después de una ardua jornada laboral. Cansado, con dolor de cabeza y mucho sueño. Comí un poco y con cierta resignación vi el reloj ‘no llegaré a tiempo, a esta hora y con el tráfico que hay en la ciudad ya no tiene caso intentarlo’. Días atrás había visto la Reliquia Insigne de Don Bosco en la Basílica de Guadalupe, así que pensé que no me perdería de mucho si esa noche decidía quedarme descansar. Entonces recibí una de esas noticias que cimbran y son capaces de alterarte el ritmo de la vida y ponerte a pensar. Se dice que recurrimos a Dios sólo cuando algo nos preocupa o no le encontramos solución a las cosas, lo cierto, es que en ese momento de confusión el que Don Bosco estuviera a tan sólo unos kilómetros de mi fue una bendición.

No lo pensé dos veces. Una chamarra Adidas, cartera y celular. Cuando encendí el auto eran las 8 de la noche. Tomé la ruta que pensé estaría menos congestionada y manejé lo más rápido que pude. Media hora después pasaba afuera del IDB y me llevé la primera sorpresa de la noche: una enorme fila de personas aguardaba su turno para entrar. Las calles aledañas estaban llenas de autos y tráfico. Tras veinte desesperantes minutos de dar y dar vueltas encontré un lugar. En el momento en el que bajaba el cielo se iluminó de amarillo y verde. Vi entonces unos espectaculares y estruendosos fuegos artificiales que sólo aumentaron mis ganas de ya estar dentro.

Llegué a la fila. La gente no dejaba de llegar. Personas de todas las edades. Todos hablando con emoción de Don Bosco y de lo que para ellos significaba esa noche. Muchos abrazos a mi alrededor, exalumnos de diversas generaciones que se encontraban. Cuando finalmente entré al IDB fui asaltado por un sinfín de recuerdos. Momentos buenos, malos, historias de amistad, desamor y soledad. Cuando se vuelve a un lugar en el que hemos vivido tantas cosas la sensación de volver a casa es inevitable. Me sorprendió lo cambiado de las instalaciones y aun así podía encontrar recuerdos en cada rincón. Algo pasaba esa noche que hacía que el patio, pasillos y el mismo cielo brillaran de una forma especial. Respiraba alegría, entusiasmo, hermandad… amor de verdad.

Una pantalla proyectaba una película de la vida de Don Bosco en uno de los muros de la escuela. En otro rincón unos músicos tocaban armoniosamente. La fila atravesaba el enorme patio, seguía hasta la zona del campo de futbol y de ahí hasta el patio trasero, en dónde finalmente se encontraba la Reliquia de Don Bosco. Y es aquí cuando ya no sé de qué manera continuar éste relato: ¿cómo describir un milagro? ¿Cómo hablar de algo que escapa a mi entendimiento? Caminar esos últimos metros y sentir que una inmensa paz me envolvía fue sólo el principio. Instantes de una alegría sin igual, de saber que la solución a cualquier preocupación está en siempre mantener la fe y sobre todo, en creer. Frente a Don Bosco no supe que decir y a la vez tengo la certeza de que mis ojos le contaron lo que ha sido de mi vida. No hizo falta explicarle a Don Bosco lo que añoro, lo que quiero ser y lo que necesito. Él estaba ahí para confirmarme que nunca se ha ido ni se irá de mi lado. Fueron segundos frente a él. Suficientes para llenarme de una energía que me devolvió algo que hace años perdí y que esa noche volvió a conectar con mi corazón. Un coro y sus bellos cantos enaltecían el momento. Rostros felices. Gente llorando de alegría. Todos los presentes sabíamos que aquello era más que especial. Fuimos testigos de la presencia divina y carismática de un santo.


El camino hacia la salida lo hice en automático. Mi cuerpo se marchaba, pero mi mente estaba aun ahí, en esa urna que contenía el corazón de Don Bosco. Caminando hacia la salida noté que no me había visto a ninguno de mis compañeros de generación. En ese instante giré el rostro y a unos metros de mi vi pasar a otra persona. Tenía unos ocho años de no verla y al parecer ni cuenta se dio de mi presencia y siguió de largo.

Lleno de nostalgia, con el corazón anclado en aquella escuela, comencé el camino de regreso.




domingo, 15 de agosto de 2010

Historias mafufas


No les aseguro que lo que están por leer sea cierto, pero me juraron una y otra vez. Quedará en usted, querido lector de éste blog, emitir su juicio final y darle el calificativo a estas historias de ‘hechos sobrenaturales’ o ‘mafufadas inventadas’. Los tres relatos que a continuación citaré fueron contados por un compañero del trabajo (al que por cierto, ya le dieron las gracias) en una de esas reuniones de viernes cuyo único objetivo es alcoholizarse. Fue justo en la última etapa de la reunión, cuando los pocos asistentes que aun estábamos presentes, comenzamos a contar cosas de ‘espanto’.

Fuimos recorriendo los temas clásicos: Ovnis, conspiraciones de los gobiernos, profecías de temblores, el origen de los humanos, fantasmas, civilizaciones perdidas, brujería, y un largísimo etcétera que hizo que la plática cada vez se pusiera más interesante. Uno a uno fuimos hablando de las cosas raras que nos han pasado. Por ejemplo, yo conté la experiencia del fantasma peninsular que robó mi cámara fotográfica en Mérida, mi amigo Ángel que está embrujado y así sucesivamente. Fue en uno de los intervalos de las historias cuando Héctor, chavo dedicado a tatuar y con peinado de mohicano, se puso de pie y dijo “pues yo les voy a contar la cosa más extraña que me ha pasado en la vida”, y comenzó.

(Antes de leer su primer historia, es importante aclarar que su timbre de voz es muy similar al de los chavos hippies-chairos-marxistas que abundan en Coyoacán y en los mercados de artesanías. Aclarado esto, continuamos )

Narra él…

Historia 1. Esferas en el cielo

-“La siguiente, es la cosa más extraña que me ha pasado en la vida. Hace como cinco años iba para el trabajo y al pasar por una calle vi que todos volteaban al cielo. ¿Pues qué estaban viendo? Le pregunté a una señora y me dijo ‘esos como globitos que están en el cielo’. Me fijé bien y ahí estaban goooei, unas esferitas plateadas muy pequeñitas que apenas se veían y que se movían bien raro. Pues me puse a verlas un rato. No sé cómo, pero cada vez se hacían más y más esferitas dando vueltas. Estaba tan impactado que ya ni quise ir a trabajar. Mejor le hablé a mi cuate Carlos y le dije ‘goooooei, estoy teniendo la experiencia de mi vida, ven a verlas’. Y pues que llega y hay nos quedamos viendo. Al principio eran unas cinco, pero cada vez eran más y más, al final eran como cincuenta o más de esas cosas. Entonces pasó lo más raro goooei. Ahí tienes que al principio el cielo estaba azul-azul, sin una sola nube, bien chingón. Pero de pronto, estas esferas comienzan a sacar como humo mientras dan vuelta. Y no me van a creer, pero ese humo formaba nubes, y así, en cosa de 10 minutos, ya tenían todo el cielo nublado. Osea, esos güeyes hicieron las nubes, tantas que dejaron todo nublado y ya ni se veían. Y ya, todavía me quedé ahí unos minutos para ver que pedo, pero ya no pasó nada.”

Después se quedó callado. Los demás siguieron contando cosas de espanto hasta que Héctor recordó que tenía otra experiencia que narrar.



Historia 2. Las luciérnagas misteriosas

-“La cosa más extraña que me ha pasado en mi vida, sucedió cuando tenía quince años. Yo era Scout y junto con un compañero tuvimos el reto de trazar una ruta y recorrerla. Decidimos hacerlo a lo largo del estado de Chiapas, y pues la cosa era que precisamente ese año dio inició el conflicto de los Zapatistas y pues estaba peligroso goooooei. Fuimos los dos solos y empezamos a internarnos en la selva. Uno de esos días, pasamos por una cueva inmensa, yo me quería quedarme a dormir ahí, pero mi amigo Carlos, no quiso y me dijo ‘nel weeeey, ni madres, puede ser peligroso’. Total que esa noche dormimos a unos kilómetros de ahí, en una supuesta zona de acampar, pero en la que no había nadie. Nos dividíamos el tiempo para que mientras uno dormía, el otro se quedaba afuera de la casa de campaña vigilando goeeeeei, y pues en esa estaba, en mi horario de velar cuando me puse a ver a las luciérnagas. No mames gooooei, bien bonitas. En verlas me entretuve como una hora. Pero pues la neta, no eran luciérnagas. Porque yo las he visto y sabia que esas lucecitas pequeñas que veía a lo lejos no eran luciérnagas. Y poco a poco, iba viendo las luces más grandes. Desperté al Carlos diciéndole ‘Carlos, goooooei, ven a ver esto, no mames, está increíble. Las luciérnagas están raras’. Ni me peló el cabrón y las madres esas seguían ahí. De ser pequeñitas iban haciéndose más grandes. Primero eran como del tamaño de un balón, después como de medio metro y luego como de dos metros. Unas madrezotas de dos metros de diferentes lugares comenzaron a rodearnos goooooei, pasaban a lado y se perdían entre los árboles. Y pues que vuelvo a despertar al pinche Carlos y al ver las luces dijo ‘no mames weeeeeey vámonos, nos van a matar. Yo leo revistas de Ovnis y de seguro vienen por nosotros. No mames weeeeeey nos van a llevar en una nave’. Pero pues ni caso le hice. Yo estaba maravillado con el espectáculo. Le dije ‘cabrón, disfruta, no mames, es la experiencia de tu vida goooooei’. Carlos sacó su cuchillo por si las dudas y vio su reloj ‘no mames, a penas es media noche goooooei, falta mucho para que amanezca’. Y las luces seguían pasando, de todos los tamaños y colores. Algunas pasaban rozando la tienda de campaña, otras iban en el cielo. ¡No mamen, que espectáculo gooooei, ojalá lo hubieran visto! Lo más cabrón era que las luces se dirigían hacia donde estaba la cueva en la que nos íbamos a quedar. Y pues ya, así estuvimos despiertos toda la noche y las luces seguían pasando. Me quedé dormido como a las 5 de la mañana y cuando me desperté las cosas esas ya no estaban goooooei. Le dije al Carlos que fuéramos a la cueva a ver que había pero no quiso. Nos fuimos en chinga y creo que fue lo mejor goooooei"

Volvió a quedarse callado unos segundos. Después contó lo siguiente:



Historia 3. El hombre al que le salían luces del pecho

-“Pero la vivencia más rara de mi vida goooooei, fue cuando tenía como 13 años. No sé porque a mi amigo Carlos y a mí nos dio por salirnos en la noche ‘a buscar sombras’. Nos salíamos como a las 2 de la madrugada y según nosotros, con palpar las cosas sabríamos dónde encontrarlas. Nunca veíamos nada, pero eso no impedía que cada día nos fuéramos obsesionando más con las dichosas sombras. Así estuvimos unos tres meses, hasta que una noche Carlos se desesperó y quiso irse. Yo seguí un poco más de tiempo hasta que de pronto al girar en una calle obscura, detrás de mi había un sujeto de pie. Vestía todo de blanco, tipo hindú, pero no pude verle la cara pues de su pecho salían varías luces que me impedían verle el rostro goooooei. Fueron unos segundos pues de pronto desapareció. Fue tan impactante gooooooei que saqué un cigarro y aunque ya no estuviera le dije ‘aquí te ofrendo esto güey, chido por haberte manifestado y sólo quiero pedirte algo, ayúdame a descubrir quién soy’. Le dejé el cigarro y me fui. Al otro día, no mamen goooooei, no pasó nada, pero en la noche tuve un sueño rarísimo goooooei. Soñé que estaba desnudo en una calle y de pronto había unos cabrones persiguiéndome. No sabía por qué pero querían matarme. Me perseguían y yo no sabía qué hacer. Corría y me seguían. No mames goooooei, me desperté sudando y en eso veo que dentro de mi cuarto, estaban los mismos que querían matarme y dije ‘no mames goooooooei, sigo soñando’ y seguí corriendo. Me aventaban cosas y mientras yo escapaba ellos me seguían persiguiendo. Después desperté y ahí seguían de nuevo, y yo ‘puta madre, pues qué pasa’. Seguí soñando cosas raras hasta que llegó la mañana. Todo el día estuve pensando ‘pues qué hice gooooooei’. La noche siguiente fue lo mismo. De nuevo me perseguían para matarme y de nuevo fue una noche intranquila goooooooei. La tercera noche soñé que estaba dentro de una casa de muros altísimos gooooooei, como las del centro. Entonces descubrí que seguía desnudo pero además, tenía alas gooooooei. Caminé y entonces salí hasta un patio. Abrí las alas y me fui volando hacia el cielo azul goooooei. Y ya, desperté y desde ese día no volví a soñar nada parecido. Aun así goooooei, muchas veces siento la presencia del ser que aquella noche me encontré”.

Le pregunté aterrorizado si en aquel momento aquel ser estaba entre nosotros. Respondió que no. Esas fueron las historias mafufas de nuestro ex compañero Héctor… ¿alguna de ellas será cierta?

miércoles, 11 de agosto de 2010

Inception, una lección de narrativa


El sábado fui al cine a ver Inception (El Origen, le pusieron en México), película protagonizada por Leonardo Di Caprio y dirigida por Christian Nolan. Había escuchado que esta podía ser la película del año, y que desde Matrix, no se había visto una producción tan visualmente innovadora. Entré a la sala movido por la curiosidad; salí fascinado.

Sí, la producción y efectos especiales están muy bien logrados. Más discretos que en Matrix pero igual de espectaculares. Empleados en el momento justo. Las actuaciones de Di Caprio, Joseph Gordon Levitt, Marion Cotillard, Ellen Page y Michael Caine son convincentes y la historia original y bien contada. Todo en conjunto da vida a una gran película que sin embargo, no me sorprendió a nivel visual, sino narrativo. Actualmente, un lugar común al hablar de creación en cualquier rama, es decir que ya todo está dicho. No hace mucho, en éste blog les hablé de la novela 'No tengo tiempo', la cual es interesante pero al final uno tiene la impresión de sólo haber leído una historia muy lineal, en la que el principio, final y clímax no existen, o no se encuentran del todo claros. Esa desesperanza de no resultar sorprendido al confrontarse con una historia a veces se ve disuelto cuando llega alguna idea refrescante que nos hace replantearnos lo visto con anterioridad.

Así me pasó con Inception. Si tenía la boca abierta durante su proyección no era por la belleza y sincronía de las imágenes que veía, sino por la manera en la que estás me eran narradas. Sin adelantar nada de la trama, diré que eso de manejar varias realidades al mismo tiempo, y que estas estén interconectadas entre sí, me descubrió un universo de posibilidades nuevas. Sé que lo anterior se ha intentado una y otra vez, pero en esta ocasión el resultado fue perfecto, exacto. Esa coherencia en el argumento y el manejo equilibrado de distintos escenarios, sin que uno pese más que el otro es una valiosa clase de cómo escribir un guión en el que todo tiene el mismo peso. En Inception se hace hincapié en la arquitectura de los sueños, en ese aspecto también se aprende y cualquier escritor puede sentirse identificado: mantener el sueño por más que la realidad nos mueva o cimbre. Ir cada vez más y más, descendiendo niveles hasta el infinito como en una caja de pandora o una muñeca rusa. Así debe ser darle vida a una novela.

Siempre se agradece cuando una historia es abordada desde un punto de vista nuevo. Entonces uno recupera la esperanza, nos toca el corazón, emociona nuestros sentidos y conmueve nuestro entendimiento. Así sucede el arte. Quienes vemos en la narrativa a una de las principales disciplinas de la vida, podemos respirar tranquilos: aun queda un mundo por descubrir, sólo falta ingenio y buscar del otro lado de la luna.




domingo, 8 de agosto de 2010

Espionaje en Twitter


Tengo más de un año de tener Twitter. Haciendo memoria, fui el primero de todos mis conocidos en abrir su cuenta e internarse en lo que hoy, es la red social con mayor crecimiento a nivel mundial. Al principio me resultaba complicado explicarles de qué se trataba, o cuál era exactamente el chiste a todos aquellos que me veían con cierta extrañeza escribir tweets desde mi computadora o el celular. De a poquito fui hablándole a quienes me rodeaban de este simple, pero fascinante sitio en el que se puede estar informado de todo, en el mismísimo instante en el que ocurren las cosas.

Según recuerdo, fui el primero que en mi trabajo habló del Twitter. Meses después, muchos de mis compañeros del trabajo tienen el suyo, lo que ha dado pie a una especie de espionaje dentro de la empresa. La semana pasada me enteré que algunas de las coordinadoras más influyentes de la oficina monitorean desde hace meses lo que yo, y otros compañeros ponemos en twitter, y entre ellas, van comentando sus últimos descubrimientos. Lo anterior no tendría nada de malo, pues al fin y al cabo esta red social es precisamente eso, social, y cualquiera puede leer lo que en ella se escribe. Lo que no es muy agradable es que lo publicado sea tomado tan en serio y de manera personal por los demás, y de ahí, se formen bandos para saber lo que unos opinan de otros. Nunca le he visto el caso volver privado un perfil de twitter. Si tan sólo en ese rubro estuviéramos parejos no habría problema.

No lo niego. Una que otra vez me he quejado de un par personas o de las cosas que pasan en la oficina. Pero si vamos a jugar así, más valdría hacerlo sabiendo que ni lo escrito en twitter tiene que pesar más que la vida real y sus acciones. Hasta dónde yo sabía, la comunidad de compañeros que usamos twitter en el trabajo nos seguíamos unos a los otros y éramos conscientes de esto. Ahora que sabemos que siguen nuestros pasos, y que peor tantito, se le da tanta importancia a lo tuiteado, nos pone en una encrucijada. ¿Seguir como siempre pero con el riesgo de que haya malentendidos y recelos, o moderarnos más y aceptar que la libertad para comunicarnos entre nosotros quede marcada con toques de censura?

Le pensé un poco y decidí seguir igual. Ya bastante restringidos estamos en muchos aspectos como para también tener que andar cuidando lo que uno pone o no en el Twitter. Probablemente éste post sea leído por alguna de ellas. De ser así quiero decirles que hasta me caen bien y que de verdad, no tengo nada en su contra. Muy respetuosa su opinión, muy respetuosa la mía. Así que a twittear, que el mundo se va a acabar.