miércoles, 17 de octubre de 2007

45 cosas

45 cosas del autor de este blog que talvez no sabías
(y muy probablemente ni siquiera te importen):

1. A los ocho meses de edad se comió una esfera de cristal del árbol de navidad. Increíblemente, no le paso nada.
2. Apretó tanto a un pollo con las manos, que lo mato. Ese fue su primer asesinato ¡y eso que sólo tenía 1 año!
3. Practicó (sin éxito) karate durante dos años. Su única participación en un torneo fue mediocre, pues ganó su primer combate y perdió el segundo.
4. Se enamoro por primera vez en la pre primaria de una niña llamada Martha Patricia.
5. Actualmente tiene una mascota: ‘Margarito’, un perro maltes de ocho año.
6. El primer concierto al que asistió fue al de Michael Jackson en el estadio Azteca (Septiembre de 1993).
7. En quinto de prepa reprobó cinco materias y fue el último lugar de su grupo (el 42).
8. Se ha peleado a golpes en cuatro ocasiones.
9. Lloró la primera vez que vio la película ET. Esto fue en la escena final, cuando el extraterrestre se despide de Eliot.
10. Fue Scout de 1990 a 1998. Aunque el jura que el día menos pensado volverá a enrolarse en esta organización.
11. Sólo ha sido operado una vez. De las anginas a los siete años.
12. Jura y perjura que una noche, cuando era niño, vio moverse a una serpiente de plástico de su ‘montaña tenebrosa’ de He-Man.
13. Su primer regalo a una mujer fue un gato Garfield de chocolate a su amiga Betty con motivo del catorce de febrero de 1994.
14. Todos los viernes jugaba a la lucha libre con su Papá.
15. Su primera borrachera fue a la tardía edad de 18 años en Puerto Vallarta.
16. Intento escribir por primera vez a los 16 años. Su intento de novela se llamaba ‘4 días de vida’ y trataba sobre el impacto de un cometa gigante en la tierra. Desistió cuando se entero que ese año saldrían dos películas con ese mismo tema.
17. Tiene una cicatriz en la barbilla, que se hizo cuando era niño en la alberca de pistolas de agua del CICI en Acapulco.
18. No fuma. La única vez que lo intento no le encontró el menor chiste, además de que termino ahogándose.
19. A los 17 años actuó, dirigió y escribió junto con sus amigos Daniel Vázquez y Armando Díaz un cortometraje (bueno, ni tan corto, duraba casi cincuenta minutos) llamado ‘Nostalgía’.
20. A los 15 años le dispararon con una pistola de balines mientras caminaba en la calle con su familia. Hasta el momento no sé sabe quién es el culpable.
21. Hace como 18 años salvó a su hermana de ahogarse en una alberca.
22. La primera vez que fue a un partido de fútbol, el Atlante, equipo de sus amores, perdió 3-0 con el América en el estadio Azulgrana.
23. Se agarro a ‘panazos’ con su papá en una Comercial Mexicana, destruyendo así una
docena de baguettes (que no pagaron).
24. Se cae de la cama, mínimo 3 veces por mes.
25. Desde pequeño, su papá Mario Revelo le enseño algunos trucos mágicos. De echo, en su familia paterna hay varios magos.
26. Sólo ha chocado una vez en su vida.
27. Durante una celebración navideña, entre él y su amigo Ángel Vázquez se comieron más de 80 tacos al pastor.
28. Tiene dos pies izquierdos, por lo que el baile no se le da. Aunque cuando era niño siempre bailaba en las reuniones familiares.
29. Sólo ha tenido 3 looks diferentes en su cabello: Raya de lado (1982-1996), Raya en medio (1996-2005) y ahora, que ni forma tiene.
30. La única vez en su vida que fue asaltado tenía 15 años. Gabriel regresaba de la escuela y fue abordado por dos tipos que lo despojaron de ochenta pesos y de un reloj que su tío Miguel le había traído de Australia.
31. Sólo ha visto un fantasma en su vida.
32. Varios años padeció de insomnio.
33. Junto con su amigo Ángel, en una ocasión hizo llorar a una maestra en la Universidad.
34. En la secundaria fue uno de los pocos estudiantes en obtener la ‘Corona de dieses’. (Este reconocimiento se entrega en el Instituto Don Bosco a las mamás de aquellos alumnos que durante dos meses no reprueban ni una materia, obtienen un promedio superior al 8.5, no tienen ningún retardo ni falta de asistencia y por supuesto, no obtienen reportes)
35. Aunque rara vez se enamora, podríamos decir que las tres veces que lo ha logrado ha sido una autentica locura.
36. Conoció los placeres de irse de pinta durante su último año en la preparatoria. Tuvo casi 100 faltas a clases en todo el año.
37. Inventó y organizó con su amigo Alejandro la llamada ‘Gira del Adiós’. Evento que consistió en tener una fiesta cada semana durante su último semestre en la Universidad.
38. El momento más impactante de su vida fue cuando vio al Papa Juan Pablo II y sintió una energía incomparable.
39. Su color favorito es el negro.
40. El regalo más especial que ha recibido en su vida, fue un pequeño ramo de gladiolas que hace cuatro años le dio la chica que le gustaba (después fue su novia y después lo abandonó... ¡que triste!)
41. Su primera cita con una mujer fue un autentico desastre.
42. Es el encargado de escribir las pastorelas familiares en Navidad.
43. Cada domingo juega fútbol con sus amigos (actividad que desempeñan desde 1996) en el parque de su colonia.
44. Ha tenido varios apodos a lo largo de su vida: Garfield, Pif, Gabo, Chaps, Gaviota, La Trucha Revelo, etc.
45. No ha vomitado desde hace un año.

domingo, 14 de octubre de 2007

Escritores vemos, delitos no sabemos

A simple vista, el sujeto de la foto no es nada especial, y podría pasar desapercibido en cualquier lugar. José Luis Calva Zepeda, de 38 años, es, además de escritor y poeta mexicano, el presunto asesino y descuartizador de tres mujeres.

Oriundo de la Ciudad de México, Calva Zepeda gustaba de escribir novelas de terror. Se sabe que antes de su detención, vivió por años en el departamento 17 del edificio 198, en Eje 1 norte, en la colonia Guerrero. Trabajaba en un café Internet ubicado sobre la misma calle y se le consideraba un sujeto seductor, aunque solitario. Se presentaba como poeta, escritor de novelas y curandero. Varios vecinos del lugar comentan que no era nada extraño que ‘El poeta’ llevara diferentes mujeres (mayores de 30 y divorciadas) a su apartamento- Generalmente conocía en salas de chat en la red, a las que solía seducir con su vestimenta elegante, su voz vaporosa y su carácter amable. Después del primer contacto, solía mandar poemas y una rosa diaria a sus conquistas.

“La diferencia entre la vida y la muerte es blanca, se evapora en un instante y pesa... sólo un gramo, ahí estaba yo sentado frente a mi única opción”.

Este es un fragmento de uno de los poemas que las autoridades encontraron en su departamento la semana pasada, además de fragmentos del cuerpo, de Alejandra Galeana de 32 años, empleada de una farmacia, a quien el inculpado convenció de asistir a una cita en un café internet. El cuerpo fue descubierto en el closet. Una pierna en el refrigerador, un brazo en el congelador, y dos cuchillos y un cúter ensangrentados en el piso completaban el macabro escenario. Los peritos en criminología analizan si alguno de los trozos que encontraron en un sartén pertenecieron a Alejandra. También se halló, dentro de una caja de cereal, un hueso y dos extraños mensajes:

“Froylán Mauricio López Lavan eres mío te ordeno venir a mi”.
“Héctor Daniel Gutiérrez Hernández te ordeno yo, Elia Guadalupe Calva Zepeda, que sólo pienses en mi, primero en mi”.

La línea de investigación más lógica establece que Calva Zepeda se inspiraba para escribir en las mujeres que se presume, descuartizaba, debido a que antes de su detención se encontraba escribiendo la que sería su nueva novela de terror: Instintos caníbales.

“Era amable, carismático, bien parecido, pero me daba mala espina, porque era extraño y no permitía que conocieran a su familia”, declaró Judith, mamá de Verónica Consuelo Martínez Covarrubia, otra de sus posibles victimas. José Luis conoció en el 2004 a Verónica (divorciada, madre de tres hijos y también empleada de una farmacia). Se relacionaron sentimentalmente y en marzo de ese año, comenzaron a vivir juntos, hasta que se separaron porque el poeta se volvió golpeador.

Judith narra que su hija “salió a comprar medicinas el 25 de abril de 2004 y jamás la volvimos a ver...” “...asfixió a mi hija, la descuartizó, la metió en bolsas negras y la tiro”. Tuvo que pasar un año para que en un baldío de Chimalhuacán apareciera el cuerpo destazado de Verónica. Además, en la Procuraduría existen otras investigaciones a Calva por mutilación y homicidio, como el ocurrido en Tlatelolco en abril del 2007, a una sexoservidora conocida como ‘La Jarocha’.

José Luis Calva será arraigado por 30 días, mismos que servirán para continuar las investigaciones y tener los resultados de las pruebas. Actualmente es custodiado por dos judiciales en la Cruz Roja de Polanco, dónde está hospitalizado después de ser atropellado por un Taxi, mientras intentaba huir de los agentes que se presentaron en su casa para investigar el paradero de su pareja.

Y vaya que la noticia ha dado de que hablar. Todos hablan del caníbal de la Ciudad de México, de lo terrorífico que fue encontrar partes en descomposición en el departamento de un sujeto ‘aparentemente normal’. Que yo recuerdo, es el primer caso de canibalismo por parte de un asesino serial en mi país, pero al contrario del grueso de la opinión pública, para mi lo impactante fue que el asesino fuera escritor y poeta, sufriera de soledad y su vida cada vez se fuera pareciendo más a sus textos.

Con frecuencia se habla de los escritores como seres dotados de una sensibilidad que los hace estar en conflicto con su entorno, qué si son depresivos, qué si son personas difíciles de tratar. También se carga con el estigma de ser una persona ‘interesante’ y seductora. Tal combinación me resulta incoherente, pero innegablemente cierta. Yo, que me considero escritor (desconocido, de mala calidad si ustedes quieren, pero escritor al fin y al cabo) podría afirmar que mi personalidad es un completo caos. Además, mis continuos e impredecibles cambios de animo, me hacen ir del exhibicionismo a la timidez, de la seriedad a la inmadurez, de escribir sobre temas románticos e importantes, hasta de abusar de las palabras para derrocharlas en idioteces. Con tal cuadro esquizofrénico, me pregunto a dónde me llevarán mis manías y si algún día me llevarán a hacer daño.

Hace dos años escribí “Con miedio al tiempo” . En este cuento largo, o novela larga (como usted guste llamarlo, uno de mis personajes asesina a otro. Recuerdo que al escribir esa escena tuve la extraña sensación de revanchismo mezclada con miedo. Plasmar un asesinato que nació de mi inventiva es tan fuerte, tan estremecedor, que terminé con un hueco en el estomago. Aquel fue mi primer asesinato literario y no me resultó fácil.

Por eso ahora que conocí la historia de José Luis no dejó de pensar en mi. Estoy seguro que la mayoría de las personas no me conocen del todo. A través de las letras se puede transmitir parte de la personalidad del autor, pero siempre queda un resquicio en el que se esconden mis perversiones, mis miedos, mis pasiones más personales. Ahí, en ese espacio se encuentra un alma que para bien o para mal, es capaz de lo peor. Si ni yo me conozco, de qué argumento se pueden agarrar los demás para considerarme una buena persona. Supongo que en ocasiones, he sido capaz de seducir y tocar corazones, la pregunta es si yo realmente soy lo que se ve, o simplemente porto un disfraz.

Mi mente sigue invadida e inquieta gracias a una historia de la vida real que leí en los periódicos. La del caníbal de México, la del poeta maldito, el novelista asesino, o simplemente la historia de José Luis Calva, no importa que nombre se le de, aun así es la historia de alguien como yo, apasionado de la escritura, romántico pero tímido por naturaleza, enamorado siempre del mismo prototipo de mujer; decidido a llevar sus historias al máximo nivel de realismo y viceversa. La diferencia es que el cometió un crimen horrible dentro de una novela bien contada. Y yo, ni he matado a nadie, ni creo, para mi desgracia, escribir esa novela bien contada, ni en papel, ni la vida realidad, como José Luis Calva.

(La historia “Con Miedo al Tiempo” está disponible para quién quiera leerla, solo pídamela y con gusto se las mando por correo electrónico)

jueves, 11 de octubre de 2007

No es lo mismo, Chávez

La última vez que hablé de usted en éste blog,
mi (mal) querido Chávez, terminé asqueado, razón suficiente para preguntarme qué demonios hago de nuevo, escribiendo sobre su desagradable persona.

Si bien mi racionalidad me indica que sus siniestros ojos jamás me leerán, algo me dice que no sería nada raro que, en medio de su característica paranoia por detectar fuentes de pensamiento diferentes a la suya, alguno de sus servicios de inteligencia bolivariana detectara éste escrito, lo cual, ahora que lo pienso, no sería del todo trascendente para alguien como usted, tan acostumbrado a oír que medio mundo (literalmente) de dictador no lo baja.

¿Ya nos podemos hablarnos de tú, Hugo?

Seguramente tienes que ir a grabar una emisión más de tu progama ‘Aló Presidente’, como debe ser agotador hablar más de seis horas de cuentos que ya casi nadie te cree (salvo un viejito incoherente que gobierna Cuba) trataré de ser breve. Te decía Hugo, no era mi intención hablar de ti, y mira que con las barrabasadas que haces y mis ánimos de criticarte tuve que hacer un gran esfuerzo. Sacaste un disco con canciones rancheras (en México estamos que no cabemos de orgullo por prestarle a ‘nuestra música’, esa magistral voz y porte de charro que tienes) y no dije nada. Dizque homenajeaste, cuando en realidad usaste, a la decrepita e ideológicamente confundida escritora, Elena Poniatowska, y tampoco escribí ni dos líneas al respecto. Ya se que te da igual, total, siempre terminas haciendo, como buen niño berrinchudo que eres, lo que se te da la gana.

Entonces ¿por qué provocarme arcadas literarias hablando de ti?. En primer lugar, porque tu ‘nuevo chistecito’ es bastante risible y ejemplifica los niveles a los que la censura enfermiza puede llegar; y en segundo lugar, porque el censurado en cuestión es uno de mis cantantes favoritos.

A Alejandro Sanz tuve la oportunidad de verlo en abril de éste año,
en dos de los conciertos de su gira ‘El Tren de los Momentos’ que ofreció en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México. Intuyó, señor Chávez, que a usted el compositor español no le cae nada bien y que en su vida, se ha detenido a escuchar completo alguno de sus discos. Relájese. Ninguno tiene mensajes en su contra, pero como este post si los tiene, hágame el favor de seguir leyendo, sirve que experimenta un poquito lo que es oír hablar y hablar a alguien de un tema que no le interesa. ¿En qué estábamos?, es que ya ve, se me va el avión cada que empiezo a hablar pestes de usted.

¡Ah ya me acordé!. De su amigo Alejandro Sanz. Pues fíjese que lo considero (a Sanz, no a usted, ni se me haga ilusiones) un artista en toda la extensión de la palabra. Muchas de sus composiciones las considero magistrales, a tal grado de que escuchando ‘al maestro’ he reído, llorado, enamorado, recordado historias de amor, y muchas sensaciones humanas más, que dudo, usted (bueno, tú) hayas vivido. Al fin de eso se trata el arte. En abril, mientras veía al señor Sanz cantar con todo el sentimiento humanamente posible ante miles de personas que como yo, sentían romper su corazón al unísono de frases poéticas, ni por la cabeza me pasaba que usted, loco de poder, censuraría medio año después a Alejandro, impidiéndole cantar en el Poliedro de Caracas.

Hugo, Hugo, Hugo, para dejar en claro tú nivel de idiotez, ¿te parece si recordamos lo que dijo el malvadísimo y enemigo de la democracia bolivariana, Alejandro Sanz y que provocó que su censura en Venezuela?. ¿No?, ni modo, se aguanta y lo lee:

(Sanz en tono jovial)
"Su presidente (Chávez) no me gusta. Tampoco me gustan los de otros sitios, y el mío tampoco (el español José María Aznar) me parece que lo haya hecho bien".

¡¡Y ya!!!!.... Si tomamos en cuenta que esas declaraciones fueron hace más de tres años, concluimos que usted, además de ardido, está demente. En aquel 2004, usted llevó a cabo en Venezuela una dudosa consulta sobre la posibilidad de su reelección y terminó sacando un referéndum en el que según usted, las mayorías en Venezuela lo aman, quieren, veneran y desean sexualmente. Al buen Sanz, que como buen romántico, tiene la cabeza en la luna, se le ocurrió declarar que si tres millones ¿eran más o menos? de personas firmaban para que dejará de cantar, él se retiraría de la música. Según algunos sitios de Internet, dicha cifra ya se alcanzó (yo lo dudo), aunque eso es lo de menos, si usted, a pesar de la inconformidad de su pueblo sigue gobernando, no veo porque un artista no siga cantando.

Los argumentos que dio su gobierno, son los de un necio que no piensa, pero que cree firmemente que tiene la razón: Porque sí. Así de patética fue la declaración de Luis Acuña, ministro de Educación Superior de Venezuela, quien recientemente tomó la administración del Poliedro de Caracas, que remató con el bellísimo comentario de "Los habitantes de este país que respondan: si algún artista viene a Venezuela a despotricar del presidente Chávez, del proyecto bolivariano, si ellos tuvieran en la posición de prestarle el Poliedro para que lo haga, si ellos se lo prestarían o no. El concierto se puede llevar a cabo en Venezuela porque nosotros no tenemos aquí limitaciones de que nadie visite el país, pero revisaremos cada evento que se vaya a realizar en el Poliedro de ahora en adelante. Sería contradictorio que el espacio de una universidad (El Poliedro como parte del Ministerio de Educación Superior) sea utilizado para ensalzar valores contrarios a la educación”.

Pues señor Chávez, si Sanz agotó desde hace meses más de 15,000 entradas para el concierto en Caracas el 1 de Noviembre, quizá su pueblo no este tan enojado con él. Otra cosa, qué casualidad, que la resolución la de dos semanas antes del concierto. ¿Así o más déspota? Además, ¿usted cree que a Alejandro le preocupa?, si acaso él estará interesado en dar los conciertos por sus fans (que no tienen la culpa del tiranazo que los gobierna), pero créame, que si acaso, los preocupados son los empresarios venezolanos que en mala hora, decidieron contratar el espectáculo de Sanz. La censura, al fin y al cabo, es para SU pueblo, que de cualquier modo, con o sin su consentimiento

Me despido, no sin antes decirle que ni Sanz se va a volver más pobre por un concierto no dado, o va a dejar de componer tan magníficamente. No crea, pedazo de idiota, que con esto se le va a dejar de criticar. Yo, no tengo nada en contra de Venezuela, pero a usted y a su ‘proyecto bolivariano’ me los paso por la cola. Y de paso, también a Fidel Castro y su socialismo primitivo, tirano y deshumano. Hugo, espero no volver a escribir de ti.

Y el alma al Aire...

lunes, 8 de octubre de 2007

Cuándo volar no es lo más importante


1.
‘The Beatles, en vivo y en directo’. Así decía la marquesina de aquel viejo teatro de la ciudad, que de paso, lo anunciaba como un espectáculo nuevo y sorprendente. ¿Cómo le harían los productores de ese espectáculo para hacer real la promesa de tener en aquel lugar al famoso grupo musical, disuelto hace casi treinta años?, ni idea, pero por nada del mundo me perdería un evento así.

Me sorprendió haber alcanzado a comprar un boleto. Como el espectáculo estaba a unos minutos de empezar, yo, fanático empedernido de The Beatles entré cuanto antes para alcanzar un buen lugar. Era de esperarse, los asientos de hasta abajo ya estaban abarrotados, pero aun había localidades bastante aceptables en las butacas de la parte media. Cuando por fin visualicé y me dirigí hacía la que sería mi luneta, un niño gordo de unos ocho años paso a mi lado gritando, me empujo y se sentó en dónde yo tenía planeado. Repentinamente se apagaron las luces del escenario, la gritería del público me anunciaba que el concierto estaba apunto de comenzar. Desesperado le rogué al engendro endemoniado que se quitara y me dejara sentar. Al darme cuenta que del mocoso aquel no recibía más que burlas, decidí sacar mi ira y propinarle un ‘coscorrón’ de mediana intensidad en la cabeza. El escuincle infernal, contrario a su apariencia y acciones malvadas, comenzó a llorar tan fuerte, que su llanto se escuchaba (y hasta sobresalía) de entre los alaridos de la audiencia. Como no quería perderme nada, me alejé de la escena del crimen en busca de otro lugar, además de que también lo hice como preocupación, pues lo que menos deseaba en esos momentos era ser golpeado por algún padre de familia.

Para mi sorpresa, el asiento que encontré no era malo. Finalmente comenzaron a sonar los acordes de ‘She love’s you’, el telón que cubría el escenario se levanto y allí estaban: George, Paul, Ringo y John como en sus mejores tiempos, tocando ante las poco más de ochocientas personas que nos encontrábamos ahí reunidas. Fue entonces cuando comprendí de lo que se trataba todo ese espectáculo; en realidad, no era que The Beatles estuvieran allí, lo que veíamos, más bien, era un gran despliegue de tecnología que proyectaba virtualmente y en tercera dimensión una actuación del legendario cuarteto, pero la sensación lograda era tan real, que cualquier despistado o persona menos atenta a los detalles hubiera dado por verosímil. Decidí vivir la experiencia y me dejé llevar con la idea de que aquel montaje era realidad y, salvo los espacios entre canción y canción, en los que escuchaba los lloriqueos del niño gordo, comencé a disfrutar las locuras que aquellos cuatro genios realizaban en el escenario.

La primera media hora se me fue como agua. Aquel espectáculo estaba diseñado de tal manera en la que había un intermedio. Cuando se prendieron las luces, comencé a pensar si ir al baño, a la dulcería o a darle otro golpe al niño gordo que a lo lejos seguía llorando. En esas divagaciones estaba, cuando el sonido local del teatro anunció que como ‘show de mitad de concierto’, uno de los espectadores viviría, completamente gratis, la experiencia de volar por los aires del teatro. Como la voz del anunciador no había dejado claro cual sería el método de selección para el espectador o a dónde deberían dirigirse los interesados, la mayoría de los presentes se quedaron en sus lugares a la espera de más indicaciones. Silencio absoluto, salvo los cada vez más pausados espasmos de llanto del niño gordo, nada se escuchaba.

Del techo del teatro salió una especie de cuerda que iba de un lado a otro con una gran rapidez. Aquella soga, que al principio vi hasta el otro extremo del teatro, se dirigía hacía a mi a toda velocidad. Todo lo demás paso de manera inexplicable, fueron cuando mucho un par de segundos los que le tomo a la punta de esa cuerda misteriosa atarse a la muñeca de mi brazo, y con gran fuerza, levantarme de la butaca a toda velocidad. Aun sin reponerme del vértigo inicial, temerosamente abrí los ojos y descubrí que todo a mi alrededor daba vueltas. A capricho de la cuerda subía, bajaba, giraba, volvía a descender muy cerca de las cientos de cabezas que me veían entre embobadas e incrédulas. Ante la idea de llegar a zafarme de esa cuerda y terminar ‘embarrado’ en alguna pared, apreté mi mano a la soga con todas mis fuerzas.

A esas alturas, comencé a sentir como mi teléfono celular amenazaba con salirse de la bolsa de mi pantalón. Rogándole a Dios que no se llegara a salir descubrí algo mucho más aterrador: Ya no estaba sujeto a ninguna cuerda. Fue ese el momento en el que me di cuenta que podía moverme por los aires a mi antojo. No tenía idea de qué tipo de tecnología era la que me permitía hacer todo eso, pero de que era divertidísimo y me sentía libre, no había ninguna duda. Pase unos dos minutos en los aires, siendo la envidia de los demás, probando descensos a gran velocidad, dando piruetas, sintiendo al aire sostenerme.

Hasta que, así como el milagro comenzó, de igual manera terminó. Afortunadamente no estaba muy alto cuando el encanto terminó y la fuerza de gravedad me hizo descender bruscamente y caer en uno de los pasillos de la orilla. Un poco adolorido me levante mientras escuchaba las risas de todo el auditorio sobre mi persona (las más intensas, eran las del niño gordo). Con dicha observé como las luces se apagaban de nuevo y comenzaba la segunda parte del concierto, haciendo que por fortuna su servidor dejara de ser el centro de atracción. Entre apenado y mareado me senté en una butaca de la orilla, sin saber porque, comencé a sentirme triste.

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2.

No recuerdo que canción era la que estaban tocando los Beatles virtuales cuando percibí su aroma. Cuando escuche su voz muy cerca de mi oído me sentí estremecer. Ahí estaba ella, a mi lado, en un concierto rarísimo en el que ella normalmente no tendía que estar. No sé si fui yo él después de mi vuelo por los aires llegó hasta ella, o fue ella la que me vio y decidió acercarse. Lo cierto es que ahí estaba, la mujer a la que más he amado en esta vida, aquella a la que jamás, por más intentos que hago, logró sacármela de la cabeza. Aquella por la que siempre he muerto en ganas de llamarla ‘amor’. Ella, la siempre perfecta, la más bella, la más guapa, la más inteligente, la más simpática.

Entonces me sugirió que saliéramos de aquel teatro, que por favor la acompañara a cualquier lugar. Y eso fue lo que me venció, pues cualquier lugar, en su compañía, siempre ha sido la mejor aventura de la vida. Qué me importaba dejar ese concierto sin razón, para perderme en la sin razón de seguirla a dónde sea. Lo siento Ringo y compañía, ustedes pueden esperar treinta años más.

Salimos del teatro y soplaba un aire invernal, motivo suficiente para que te abrazaras a mi y volviera a sentir, como hace tiempo atrás, tu cuerpo pegado al mío. Sentir las formas de tu cuerpo femenino tan cerquita de mi, lejos de darle un toque de sensualidad me hizo sentir tanto amor que podría haberme muerto en ese instante. El terciopelo de tu mejilla rozando mi rostro, mis brazos rodeando la fragilidad de tu espalda. Sintiendo latir muy fuerte mi corazón y querer que lata al doble de velocidad. Tenerte así, ver tus labios tan cerca, las mariposas revoloteando mi estomago y ese nerviosismo de no querer moverme para no echar a perder las cosas.

Entonces sucedió el verdadero milagro, que no fue volar, sino volver a probar tus labios y comprobar que tus besos podrían llamarse perfección. A pesar del tiempo, la forma de entregarte a las mil sensaciones que el encuentro de nuestras almas provocaba era superior a la intensidad de millones de voltios eléctricos. Reconocerme en tu boca, volver a recorrerla y sentir que la inmortalidad eres tú en esos encuentros.

Después tu sonrisa. Comenzamos a caminar. Las hojas de los árboles caían sin piedad a nuestro paso y a mi no me importaba nada que no fuera caminar a tu lado prendido de tu cintura perfecta. Hacerte reír era el acto de amor más puro que en ese momento podía regalarte. Apenas me di cuenta de que el escenario por el que caminábamos, era una calle de la ciudad en los años 70s. Llegamos a una casa, después ya no recuerdo más.


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3.Me resulta difícil precisar cuanto tiempo paso entre aquel sueño y el momento en el que sonó la alarma de mi celular y me desperté. Quién haya tenido un sueño intenso y casi real, sabe que no hay resaca más tormentosa que la que se siente después de que uno es sorprendido de golpe por la realidad.

Lo absurdo no fue haber sido trasladado de la nada a los años 70´s (década en la que ni siquiera había nacido), o la lluvia de hojas y el frío invernal, el concierto virtual o el haber golpeado a un niño gordo. De haber un poco de orden en el caos de la historia que mi subconsciente se fabricó, lo más importante del sueño tendría que haber sido que volé. ¿Acaso no ha sido volar, desde tiempo inmemoriales, el sueño del hombre?. Por eso me extraña que sea el vértigo de un beso y no el de surcar los aires, el que hoy me tiene con el animo caído.

He querido sacudirme las imágenes que a todas horas laceran mi memoria, sospechando que el verdadero problema, serán las sensaciones tan enfermizamente reales. Haber despertado con tu aroma impregnada en mi, con los brazos aun guardando la justa medida de tu cuerpo y con tus labios dibujados en los míos. Mi estomago aun está adolorido por el escuadrón de mariposas que con una intensidad suicida se estrellaban a causa del amor.

Todo el día me la he pasado ausente. Enamorado por un sueño que me trajo de vuelta tu cariño y que de tan intenso aun puedo revivirlo. Tuvo que ser, precisamente un sueño, el que me contará una verdad que incoherentemente intentó negar: sigo enamorado como un imbecil de ti, hasta hoy todos los intentos que he hecho para dejarte de lado han sido un fracaso.

El sueño alguna vez fue real, gigantesco detalle que hoy me mata al saber que el amor que siento por ti y las sensaciones que despiertas en mi no están nada alejados de la realidad, pero que por cosas de la vida, hoy casi se tornan imposibles. ¿Qué fuerza o afán silencioso me hace volver a vivirte en sueños?, ¿qué diablos esconde mi subconsciente, que no me deja soltarte?. Rescribir temblando aquel sueño, sentirme triste todo el día, no encontrar acomodo en ningún sitio. Miren que patético soy, estando despierto.

Volar no fue, ni de cerca, lo más importante.

sábado, 6 de octubre de 2007

Mi enojo con Dios

Los sábados suelo lavar mi auto. Casi como una regla escrita, cada que lo hago llueve. No importa si el día está soleado y sin nubes; me basta con enjuagar el vehículo para convocar tormentas y dejar como mentirosos a los meteorólogos. En broma siempre decía que Dios lo hacía a propósito. Empiezo a creer que es cierto.

Han sido dos semanas medio difíciles. De por si, cargar con mis soledades y desamores cotidianos ya es un fastidio, como para aguantar que el universo entero se pusiera de acuerdo para llenarme de problemitas por aquí y por allá, llenando de incomodidad el ambiente que me rodea: Me dio diarrea, se venció el seguro de uno de los auto (y no lo puedo usar, por seguridad, hasta que me llegué la póliza nueva), el otro visitó en menos de quince días tres veces el taller mecánico por ‘diversas descomposturas, mi perro Margarito se pasó una tarde entera vomitando, aumentó mi horario y la cantidad de trabajo y mi sueldo siguió casi igual, mi computadora cada día está más lenta y para colmo, no he tenido tiempo de leer. Y yo, cuando no leo, me pongo de un humor insoportable.

No sólo es eso, es el sentimiento de que todo me sale mal, y eso, para un obsesivo como yo, es un infierno. Me basta que no funcione bien algo para que la estúpida preocupación me dure todo el día y se quedé pegada a mi como una sanguijuela dispuesta a absorberme la calma.

Así que una tarde de rabia me atrevía a decirlo: Dios debe odiarme..., o, gracias por nada, o, estoy muy enojado contigo. Las palabras anteriores, han estado escapándose aleatoriamente de mi boca, aun sin saber si realmente siento cada una de esas palabras que por si mismas pesan muchísimo.

No sé si después de escribir esto me sienta culpable, o si al hacerlo, cometo alguna especie de sacrilegio o pecado. No es mi intención achacarle a Dios la culpa de todos mi problemas, y mucho menos hablar mal de él.

De antemano sé que no tengo razón, ni argumentos validos para tomar la postura cobarde y fácil de depositar mis errores en la inmaculada tercera persona del creador. Aunque a mi favor, debo decir que no comprendo porque ese Ser Superior a veces se ensaña con alguno de nosotros al agobiarnos con eventualidades. Sé que es un error compararme con los demás, pero a las personas de mi alrededor parece irles mucho mejor.

Estoy muy idiota. Cuando mi mamá se enteró de mi pleito con Dios me dio una regada, y me la merezco. Tengo casa, salud, amigos, seres queridos y en general, no tengo carencias... pero ¿acaso no los dolores e insatisfacciones del alma son más desgastantes?. Solo soy un inmaduro que no tiene donde esconder la cara por la pena que le causan sus estúpidos problemas.

Que alguien me diga que hay guerras, enfermedades y hambre, que me abran los ojos y me quiten esta superficialidad que sólo estorba. Que le dejé a Dios en paz y me ponga, mejor, a poner en orden el caos de mis ideas. Seguramente si me detuviera un momento a ver salir el Sol, entendería que todo es una orquesta perfecta.

Esta madrugada de sábado me siento mejor. Supongo que Dios no tiene nada que ver con mi incapacidad de ser feliz, y que a pesar de todo, este enojo se disolverá en vergüenza.

No sé cómo me atreví a publicar esto... perdóname Señor, es el vacío de amor el que me hace escribir tonterías como ésta.

martes, 2 de octubre de 2007

Yo (en calzones) vs los Rockstars

El domingo, en la explanada del Palacio de los Deportes, se realizó una tocada de Rock como parte de la promoción de los próximos Premios MTV Latinoamérica que precisamente se llevarán a cabo en la Ciudad de México.

Antes de seguir mi hasta ahora breve relato, considero oportuno aclarar que los grupos invitados eran ‘Mazapán’ y ‘Allison’, representantes del hoy tan de moda subgénero del rock conocido como Happy Punk. No sé qué tan justa sea esta categorización, o peor tantito, desconozco en mi calidad de no experto del tema, si es apropiado hacer divisiones en un genero ya tan manoseado como el rockero. Por eso, si Allison y Mazapán son o no dignos representantes de la rebeldía de estos tiempos, y si, ‘están o no en la onda’, no es algo que pueda responder. Como se darán cuenta, en este tipo de cuestiones soy un ignorante que de repente acabó presenciando aquel mini concierto.

Fue una amiga (fan de Allison) la que me invitó. Como aquel día tuve que trabajar en la mañana, quedé de alcanzarla en el evento. Después de apurarme como desquiciado para ‘llegar a tiempo’, salí de la oficina (si es que se le puede llamar así al lugar ese dónde trabajo) como alma que lleva el Diablo para encontrarme con ella. Aquí es importante aclarar que mi consigna durante el viaje de Avenida Universidad al Palacio de Los Deportes era cambiarme de ropa mientras manejaba, porque eso sí, no iba a llegar en pants y sudadera (look fodongo de domingo).

Ya se imaginaran, primer alto, y yo que aproveché para bajarme del auto, abrir la cajuela, sacar la bolsa con la ropa para cambiarme. Luz verde y a manejar más. Siguiente alto: me desabrocho el cinturón de seguridad, me quito la sudadera, la playera que traía y...¡qué se pone el siga!. Y ahí voy, manejando sin playera, mostrando el cuerpazo que tacos, refrescos y demás comida chatarra me han ayudado a mantener durante tanto tiempo.

Luz roja de nuevo. Me pongo una playera blanca de manga larga, y encima, me hubiera puesto una camisa tipo polo negra, y digo ‘me hubiera’, porque inmediatamente la luz verde volvió a hacer de las suyas. Y ahí voy, manejando con una camisa a medio poner que se me había enredado entre la cabeza y el hombro, y que supongo me daban un aspecto de musulmán drogado. Luz roja de nuevo. Me acomodo la camisa y me quito los tenis para acomodarme las calcetas cuando... ajá, adivinan, luz verde. Aquí quiero hacer otro paréntesis, quienes no viven en México seguramente creen que exagero con aquello de que el rojo del semáforo me duraba muy poco. No es tanto eso, sino la precisión maquiavélica con la que los conductores comienzan a tocar los claxons de sus vehículos justo a las .23 centésimas de segundo después de que la luz cambia a verde. Esta desesperación (que todos los nativos de esta ciudad tenemos, pero que nadie sabe de dónde viene), es la que impedía que me tomara mi tiempo entre calle y calle.

Cierro el paréntesis, para abrir otro; ¿alguno de ustedes a manejado un automóvil estándar descalzo?, y con la pregunta anterior, me refiero a distancias largas. Además de raro ¡¡¡es horrible!!!. Los primeros minutos parece que uno está aprendiendo a manejar: saca mal las velocidades, el auto se le detiene al arrancarlo en primera, se tiene que pisar a fondo el cluch y el acelerador para que entren bien, etc. Después, a los cinco minutos la dureza de los pedales y la delicadeza de la piel de los pies (¿me quejó como niña?) comienza a tener resultados devastadores. Cierro el segundo paréntesis.

A pesar del valle de lágrimas que viví en el trayecto, manejé lo bastante rápido como para llegar en quince minutos.

Me estacioné lo más cerca posible y a pesar de que por aquella calle pasa bastante gente y que además me encontraba justo enfrente de una fonda, por comodidad y ahorro de tiempo decidí cambiarme el pantalón afuera del vehículo. Rápidamente me quité el pantalón deportivo y justo cuando giré para tomar el de mezclilla, ¡bam!, que sin querer empujo la puerta y cierro el auto. Lo preocupante no era haber dejado las llaves y mi teléfono celular dentro del carro, no, lo preocupante era ¡¡¡qué yo me encontraba en calzones a media calle un soleado domingo en el que al parecer a todo mundo le dio por salir a caminar por esa calle!!!. ¿Y ahora?. Si bien mi casa no estaba muy lejos de ahí (unos tres kilómetros), ni modo de dejar plantada a mi amiga, pero por otro lado, ni modo de llegar sin cartera, sin tenis y sin pantalón. En eso intentaba pensar cuando me di cuenta que en trescientos metros a la redonda, la atracción era yo. Aunque algunos fingían, todos me miraban. A algunos les ganaba la risa, otros se detenían divertidos por el espectáculo, otros murmuraban y yo, con mis boxers grises sin saber qué hacer. Fue entonces cuando una inspiración divina me hizo darme cuenta de mi estupidez... durante todo el tiempo que duró mi exhibicionismo, la puerta del copiloto tenía el seguro de la puerta levantado, al darme cuenta corrí hacía ese extremo del auto, abrí y me metí rapidísimo. Como ya no me quedaba ni tantita dignidad, terminé de cambiarme dentro, pero a la vista de todos, salí como si nada. Pero eso sí, con los pantalones bien puestos.

Bueno, después de contar puras cosas que ni al caso con el tema central de este post, ya les contaré como estuvo ‘el rock’. Al llegar a la explanada del Palacio de los Deportes ya estaba tocando Allison, y ante mis ojos, cientos de jóvenes bien jóvenes de entre 15 y 18 años (no es que yo sea viejo, pero comparado con los presentes si me sentía medio grande). En su mayoría enfundados con playeras negras (¿y yo de qué color iba?, si les digo que soy bien original), cantando y saltando de un lado para otra. En el escenario, los Allison tocaban con singular alegría y entre la letra de la canción, no perdían la oportunidad de soltar una que otra grosería que los presentes celebraban como si la Selección hubiera metido gol en la final del Mundial. Niñas muy guapas por todos lados, chavos que volaban sobre las cabezas y caían encima de los demás, decenas de cabezas afirmando al ritmo de la música y muchísimos incautos haciendo ‘cómo si tocaran’ guitarras invisibles.

Finalmente encontré a mi amiga. La saludé, comentamos un par de cosas y me quedé parado junto a ella. Me costó trabajo adaptarme al entorno, por eso, durante la primera canción que escuché me conformé con mirar lo que sucedía. Dos canciones más y comencé a ponerle atención a la letra de las canciones, que bueno, no son Shakespiere, Sanz o Lennon & McCartney, pero que para la edad de los Allison y el público para el que van dirigidos está bien. Después de mi brillante conclusión, comenzó la envidia que me provocaba que aquellos muchachos cinco años más jóvenes que yo robaran tantos gritos y suspiros por parte de todas las presentes. Digan que soy envidioso, celoso y mala persona, pero analizando a los cuatro integrantes del grupo ¿¡¿¡¿¡qué les ven?!?!?!. Digo, me dirán ustedes que el Rock es una actitud y esa rebeldía es lo que los hace más interesantes para el sexo opuesto. Pues bien, yo digo que ¡¡¡¡mis boxers grises recién salidos a la fama tienen más actitud!!!!.

Cantaron la última canción y todas las mujeres gritándoles que se acercaran a la valla que dividía el escenario del público. Ahí fue cuando me di cuenta que todos los hombres que estábamos ahí teníamos cara de ‘pocos amigos’, justo cuando sus amigas, novias, amantes o prospectas se abalanzaban para conseguir aunque sea ver más de cerca de los Rockstars. Por los demás sujetos que estaban en mi situación no sentía ni tantita pena, al contrario, al principio cantaban y saltaban de lo más felices, pero después, cuando vieron en sus héroes a sus peores enemigos, ya no sabían qué hacer para apartarlas de ahí.

Solidariamente acompañé a mi amiga a la valla para que ella pudiera ver más de cerca a ‘sus artistas’. Cuando los tuve a treinta centímetros de distancia me di cuenta de dos cosas: Una, lo fácil que hubiera sido asestarle un buen golpe a cualquiera de ellos y vengar así el orgullo de los otros hombres; y dos, lo tremendamente normales que son. Si no fuera por el glamour que les da una reja de seguridad y las guitarras eléctricas, los muchachillos esos podrían ser perfectamente unos cerillos del Wal Mart, unos chavos más de las retas de fútbol en el parque, cajeros de un McDonald’s o cualquier otra cosa normal. Según yo les eché mal de ojo, pero dudo que haya funcionado.

Así que no digan que es la actitud del Rockero, y que esa aura de inmaculados y atractivos se las da la lucha en el ambiente Underground (sepa la madre si se escribe así, ya me enojé). Igual sufren para saltar a la fama los cantantes de ranchero y nadie dice lo mismo de ellos. Voy a decir una idiotez (total, una más), pónganme una guitarra eléctrica, súbanme a un escenario y sepárenme de la gente por medio de cercas y verán cómo me vuelvo un símbolo sexual. Por eso, por medio de este post quiero anunciar que voy a formar mi propia banda de rock: Solicito baterista, guitarrista y un bajista; ofrezco: convertirse en un imán para las mujeres ¿quieren más?.

La realidad es que canto horrible, en la primaria no aprendí a tocar ni la flauta y mis composiciones, lejos de parecer rockeras sonarían a boleros. Así que no me queda de otra más que seguir muriéndome de coraje por la suerte que aquellos Rockstars tienen al llamar la atención de ellas siendo tan normales.

Por eso, les declaro la guerra.

sábado, 29 de septiembre de 2007

¿Qué derecho tengo yo?




“y si sigues siendo tan linda, y aun posees el carácter y sonrisa de hace diez años; entonces te aseguro, apostaría, podría enamorarme de ti...”


Son casi las nueve de la noche y sigo aquí. Solo. Encerrado en este viejo Datsun modelo ochenta y pico en medio de un calórico junio. A ratos llueve y el ambiente refresca momentáneamente. No es suficiente, desde hace horas mi espalda y camisa ya se encuentran completamente empapadas de sudor. Maldiciendo la falta de aire acondicionado intento distraerme buscando algo medianamente interesante en la radio: un noticiero deportivo, algún corte informativo, los típicos programas para adolescentes enamorados del amor. Un informe vial me anuncia que el tráfico en Patriotismo está a vuelta de rueda... en fin, la ciudad esta desquiciada. En esto no hay nada nuevo.

Sonrío preguntándome si sería mejor estar atorado en cualquier embotellamiento a estas horas de la noche. De cualquier manera estoy encerrado en este cacharro que ni es mío. Aunque eso si, perfectamente estacionado en una apacible calle de la colonia Paseos de Taxqueña. Finalmente desisto mi búsqueda en la banda radiofónica y apago el estéreo. Así, el interior del vehículo se une al silencio del rededor y sólo escucho el pausado rin-tin-teo de las solitarias gotas de lluvia que siguen estrellándose en el parabrisas. ‘Constelación de Acuario’ es el nombre de la calle en la que estoy estacionado desde las cinco de la tarde, esperando a que Liliana haga su aparición, o en el peor de los casos, se me de la señal para actuar.

Estoy nervioso, lo cual además de absurdo para mi edad, es peligroso para mi profesión. Y sin embargo, éste viejo rumbo de Taxqueña sigue brindándome el confort del hogar. ¿Cómo olvidar que en esa colonia viví los primeros quince años de mi vida?; precisamente mi casa (si no mal recuerdo) se encuentra a cuatro calles de aquí. Y por eso, ahora que regreso casi diez años después, parece que el tiempo se ha congelado. Al menos la casa 42 sigue igual, con el mismo zaguán verde, el mismo balcón lleno de flores perfectamente bien cuidadas y la misma luz ámbar desprendiéndose de aquel farolito estilo colonial de la entrada.

Bajo el vidrio lentamente y enciendo el penúltimo cigarrillo que me queda. Tanta nicotina debería de tenerme en el más inmaculado estado de relajación; contrariamente, la idea de verte me revuelve todos y cada uno de los intestinos. Preguntándome qué demonios me pasa le doy el primer golpe al cigarrillo. Liliana, siempre me gustó su nombre. La última vez que la vi, creo, fue el día de nuestra graduación en la primaria. En medio de diplomas, discursos y uniformes de escuela pública le dije ‘adiós’ sin saber que no la volvería a ver por años, y mucho menos, que el destino me haría encontrarme con ella en circunstancias completamente diferentes. Tiro la ceniza en una lata de Coca Cola vacía, y de reojo miro el reloj de mi muñeca izquierda, son las nueve y cuarto.

Liliana. Me encantaría pedirle perdón por lo estúpido que fui durante los años de nuestra educación primaria. Quizá era demasiado tonto, ¿o demasiado niño?, para darme cuenta que aquellas miradas, palabras y caricias disfrazadas de contactos físicos casuales en realidad eran las primeras muestras de amor que una mujer vertía en mí. En ese momento ella aun era una niña, y ahí esta el problema, el ignorar sus sentimientos quizá es el peor error de mi vida. ¿Qué hay más puro que los primeros sentimientos amatorios, aquellos que nacen libres de intereses y limpios de la maldad de la rutina? En ese entonces teníamos once años. Para mi era una amiga más del grupo. El tiempo siguió pasando y su recuerdo lentamente se fue difuminando. Al ya no verla, Liliana se volvió invisible al recuerdo.

Miro por el retrovisor, aparte de un perro callejero que atraviesa lentamente de una acera a otra, la calle esta vacía. Un poco hastiado lucho por reprimir la vorágine de recuerdos que de repente se abalanzan sobre mi. ¿En qué preciso momento volvió Liliana a mi memoria? Sospecho que fue justo cuándo cambié mi residencia a Guadalajara por motivos de trabajo de Papá. Ahí comencé a mirar en las mujeres algo más que compañeras de clase. Empecé a enamorarme, y de ahí en adelante todo se fue al demonio, porque con cada nueva declaración de amor, con cada promesa de pasión que veía en el aire yo entregaba mi corazón. Abrí mis ojos y el resto de mis sentidos al siempre aterrador juego del romance, tan sólo para darme cuenta que en realidad, eso de buscar a quién querer siempre resulta una demoníaca utopía. Cada que mis ilusiones se desmoronaban y que resignado comprendía que jamás recibiría un ‘te amo’ sincero, pensaba en Liliana. Pues la vida podrá engañarme de muchas maneras, pero jamás podrá quitarme la certeza de que al menos ella, en algún momento de su vida, me quiso con la transparencia de un ángel de Dios.

Un señor de edad avanzada pasa a lado de mi ventana, aunque en realidad eso por ahora no me importa, así como tampoco debería importarme esta lágrima que lentamente desciende por mi mejilla derecha. ¿En qué momento mi vida perdió esa magia de mi niñez? ¿en qué punto el amor se me escapó de las manos para dejarme hundido en esta soledad?. Es cierto, tengo veintiséis años y un breve historial de parejas en mi haber, pero jamás un ‘amor verdadero’. Y en esas estoy desde hace años, preguntándome si ella habrá corrido con mejor suerte que yo. Hace un año regresé a la Ciudad, y desde ese momento tomé la costumbre de recorrer sus avenidas por las tardes con la esperanza de encontrarme con ella. Obviamente no lo conseguí, hasta el día de hoy, en el que por motivos de trabajo tengo que regresar hasta el número 42 de Constelación de Acuario.

A lo lejos reconozco la silueta de una joven con el andar de una soberana celestial y el rostro de una niña. Sin duda tienes que ser tú. Vistes una provocativa minifalda y un traje sastre de blancura impecable. Aun en estos momentos no me atrevo a salir del automóvil y en cambio, prefiero seguir observando cómo cruzas la solitaria calle, acortando la distancia que te separa de este solitario que soy yo, y que al menos por esta noche, odia decir que sólo está cumpliendo con su trabajo. Me basta mirar tus risueños ojos castaños para jurarme mil cosas, y si sigues siendo tan linda, y aun posees el carácter y sonrisa de hace diez años; entonces te aseguro, apostaría, podría enamorarme de ti... y no ya de tu recuerdo.

Y en estas cosas pienso cuando ella pasa por el costado izquierdo del vehículo en el que me encuentro recluido voluntariamente a fuerza. Ni siquiera voltea a mirarme y es mejor así, pues se supone que debo pasar desapercibido para ella y los vecinos. Embelesado por su imagen y presencia me doy cuenta que Liliana es ya toda una mujer, más linda que guapa, más risueña que cosmopolita, y todo eso confirma mis sospechas: ella tiene todo lo que siempre he buscado, y más. Miro cómo abre la puerta de su casa, y se pierde en el interior.

Justo en el momento en el que su puerta se cierra y de nuevo me encuentro solo en esa calle, suena mi celular. Con pesar descubro que la llamada es del Comandante Fernández, mi jefe inmediato. Le informo que en cinco horas la única persona que ha entrado en esa casa es Liliana Castillo, la hija única de la familia, y que fuera de eso, nada raro ha pasado en el número 42. Recibo órdenes de actuar inmediatamente.

¿Y ahora qué hago? En qué maldito instante de incoherencia mental acepté esta misión secreta. Se dice que en ese inmueble, en su casa, se trafica droga. Podría entrar y comprobar que todo eso no es más que sospechas, o bien, dar con algo sospechoso y arrestar a todos los presentes, incluida ella. Es desesperante. De cualquier manera no puedo presentarme en su vida después de tanto tiempo para decirle que alguien de su familia es traficante de drogas. ¿O ella estará al tanto de la situación?. Soy un imbécil pretendiendo volver a enamorar a Liliana con una sorpresita como esta. ¿Qué derecho tengo yo de arruinarle la vida y condenarle a un futuro incierto en el que ella y los suyos muy probablemente sufrirán?. Con cautela saco la pistola que está debajo de mi asiento y corto cartucho. Guardo mi identificación de la AFI en el bolso trasero del pantalón y me juro que después de esta detestable tarea lo mejor será buscarme un trabajo más común.

Mirando fijamente su casa bajo del auto. Lejos de pensar en la manera de entrar y encontrar cualquier indicio de estupefacientes, lo único que en realidad tengo en la cabeza es si ella está soltera, tiene novio o peor tantito, esposo. Uno no debería pensar en estas cosas antes de arrestar a alguien, y mucho menos, sentir celos de nada. ¿Tengo derecho de complicarle la vida? Claro que no, antes preferiría mentirle a las autoridades policíacas. Le debo el cariño que sin interés alguno me brindó; y también, una disculpa por haber sido tan ciego. Por eso vuelvo a subir a ese Datsun y abandono mi ‘posición de espía’. Arranco y me alejo pensando en un buen pretexto. De seguro diré que en aquella casa no encontré nada y que lo mejor será buscar otras líneas de investigación. Siempre me quejé de la corrupción y ahora caigo en lo mismo. Ni modo, compréndeme Dios, no tengo ningún derecho a complicarle la existencia, y en cambio, sí lo tengo de librarla de este problema. Cuídate Liliana, estamos a mano.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

Déjate salvar

Un poquito de nada, y nada más, algo que ni el universo es capaz de llenar. Sola tú, desafiando al horizonte, peleando indiferente tus batallas. Puedes ser, la más hermosa gema del mundo, desdeñar corazones por gusto y luego volverte inalcanzable. Romper el silencio diciendo que todo va bien. Tienes el poder para planear a toda velocidad por la ciénaga de ímpetus erróneos, pero no tienes ni idea de cómo salir de ahí.

Y yo sólo quiero darte alas para volar... no te exaltes, por más terco que te parezca es verdad. Querer sacarte de la tempestad, intacta y bien cuidada, que ni el viento te toque la cara, mucho menos el alma. Nadie más que yo, te quiere sacar de ese huracán.

Déjate salvar corazón. Sé que andas errada y no es lo mejor. Déjate guiar por este mundo cruel; si tomas mi mano, te juro que nada te hará daño. ¿Qué importan huracanes, qué importa la maldad?. Qué importan los villanos... antes de poder hacerte mal tendrían que destruir la intensidad del estruendo en el que se ha convertido el latido desde el día en el que decidí volverte mi luz.

Yo que conozco tu historia, puedo ver en un segundo cuando por cansancio, hastió o desilusión ni un paso más puedes dar. Andar en circulo, chocando con paredes, entregándote a precipicios que de antemano sabes que te van a lastimar.

Sólo déjate salvar. Que te siento perdida. En medio de esa sonrisa fingida pides algo más que tu libertad; pides descansar libre de intereses y pasiones mal llevadas. No es mi intención ser ególatra, pero en ningún corazón, mi corazón, estarías más cuidada que en mi alma (esa ilusa que por ti, cada noche se asoma por mis ojos haciéndolos brillar).

Sal de dónde estás, o permíteme ayudarte si no encuentras el camino.

¿Qué no ves que te amo y el verte confundida me causa dolor?.

De nuevo me siento un inútil por no poder retener tu corazón, o al menos, en la batalla, sacarte de la oscuridad.

domingo, 23 de septiembre de 2007

Crónica de un día perfecto


Es fácil escribir cuando se va a hablar de un amor tan grande. Me imagino que las palabras son arrojadas a borbotones de mi cuerpo a causa de que el sentimiento ya no me cabe en el corazón, ni en la cabeza, ni en el alma.

Hoy voy a intentar, aunque sé que es imposible, narrar en pocas líneas toda lo que el día de ayer me regalo; porque si los días de nuestra vida pudieran ser clasificados, el sábado que recién acaba de volverse domingo ha sido uno de los más felices de mi existencia. Me basta cerrar los ojos para que las imágenes de lo sucedido regresen con una claridad fotográfica y revivan en mi aquellas sensaciones que aun ahora, siguen electrificando cada uno de mis sentidos.

Y juro que volví a vivir. No supe bien cuando fue ese momento en el decidí amarle. Eso sí, no tenía más de cinco años. Fue mi papá quién me contó todo sobre él, sobre sus colores y sus hazañas. ¿Tenía otra opción que no fuera quererte para toda la vida?. No sé cuando se me volvió una necesidad y un orgullo. No sé tantas cosas que siento por ti, sólo sé que este cariño no se me ira hasta la muerte.

En esta ocasión no hablo de esa musa que siempre me derrota y cuya afección a escribir de ella es inevitable. Qué me perdone, pero desde ayer (y quizá desde siempre) no tiene cabida en mis pensamientos; que me perdone ella y el resto del mundo, pero hoy sólo quiero hablar del verdadero amor de mi vida: Los Potros de Hierro del Atlante.

Hace 91 años fue fundado en la Ciudad de México. Desde un principio el pueblo adoptó sus colores azulgrana y se identificaron con equipo en el que la garra y la lucha nunca faltaban. Pasaban los años y El Atlante fue ganando títulos y adeptos. Siempre como contraparte de equipos y aficiones orientadas a gente más pudiente, los atlantistas contaron con una idiosincrasia que hasta la fecha los identifica: nacidos para sufrir. Y es que no se puede hablar del Fútbol Mexicano sin mencionar al Atlante, uno de sus clubes más tradicionales y emblemáticos y cuyos jugadores alcanzaron el mote de leyendas e ídolos de la afición.

No pretendo resumir casi un siglo de historias. Únicamente diré que hubo campeonatos, días de gloria, de llenos en el Estadio Azteca y de auténticos partidazos que nadie debería olvidar. Pero también fracasos, descensos a la segunda división, derrotas amargas y malos manejos que a finales de los noventa hicieron que de a poco el Atlante se fuera desdibujando y perdiendo afición.

Para ese entonces los aficionados fieles seguían ahí, apoyando a los Potros cada quince días, pero los malos resultados hicieron que ante la falta de público varias veces mudaran al equipo a otros estadios y lo peor, a otras ciudades, en dónde la suerte del equipo nunca mejoraba, provocando que el equipo volviera siempre a su casa: La Ciudad de México.

Algunas temporadas buenas, por tres malas. Así fue el errático paso de los Potros, matizados siempre por la amenaza de la directiva de que ‘si no hay apoyo, mantener al equipo en el DF será incosteable’. Rumores así escuchaba cada quince días en el estadio, hasta que en mayo del año pasado nos la cumplieron.

A partir de agosto de éste año el Atlante juega en Cancún, a más de 1,500 kilómetros del que siempre fue su hogar. Desde entonces, tengo que conformarme con ver sus partidos en televisión (eso, cuando no pasan por sistema de pago por evento). Para mi, y miles de atlantistas acostumbrados a ir religiosamente cada quince días al estadio, la lejanía duele mucho. Ahora, el Atlante de Cancún marcha en segundo lugar de la liga, después de medio torneo es uno de los dos equipos invictos que quedan en el torneo y por si fuera poco, los tres últimos partidos los empezó perdiendo 2-0... dos de ellos los terminó ganando y el otro lo empato. En Cancún llena todos sus juegos, pues por allá El Atlante está de moda, además de que esta temporada su estilo de juego alegre y llenó de espectáculo ha hecho que en todos los medios impresos y televisivos se vuelva a hablar, como en antaño, del Atlante. Por eso, cuando vi el calendario de juegos a principios de temporada y vi que el único juego del Atlante en la capital (y de hecho, en 400 kilómetros a la redonda) era contra Cruz Azul el 22 de septiembre me prometí que estaría ahí.

Aunque el juego estaba programado a las 5 de la tarde, a las 3:30 ya estaba afuera del Estadio Azul. Muy raras veces Ángel (mi mejor amigo y también atlantista) es puntual, y ayer lo fue. Después de recorrer un poco las calles e impregnarnos con el ambiente futbolero descubrimos que el ansia por ya estar adentro del inmueble era insoportable. Como desde el viernes habíamos comprado los boletos el acceso fue relativamente rápido y en un abrir y cerrar de ojos ya estábamos buscando lugar en la cabecera visitante (lugar tradicional de las porras atlantistas). El cielo de un azul intenso y sin nubes, el césped de la cancha verde e impecable, así como las primeras porras al equipo de mis amores me aseguraba que aquel día no lo olvidaría jamás.

Se supone que se llevaron al Atlante por falta de afición en la capital del país, pues en cada partido como local no metía más de 10,000 espectadores. Además, Cruz Azul, es el tercer equipo con más convocatoria a nivel nacional y ‘se supone’ es el local. Sin embargo, a unos minutos de que iniciara el partido el estadio ya estaba casi lleno y para mi sorpresa, la gran mayoría eran atlantistas. No sé de dónde salieron, pero si se supone que al Estadio Azul le caben más de 43,000 aficionados ¿dónde está la falta de afición?. Ahí estábamos los de siempre, los que nunca les fallamos ni en los peores momentos de goleadas humillantes. Ahí estaban los viejos atlantistas que toda su vida la han dedicado ha este equipo y los nuevos. Los humildes que con trabajos pudieron costear su boleto, los famosos como Antonio de Valdés o Murrieta que como un aficionado cualquiera esperaba el inicio del partido, los que nunca iban a sus juegos pero que ‘siempre estuvieron ahí’. Ver caras conocidas, emocionadas, aguantando el sol intenso tan sólo para volver mágico el momento en el que su equipo salto a la cancha enfundados en su tradicional playera Azulgrana.

... y fue la locura. Tres minutos y ya no tenía voz de tanto gritar las tradicionales y mexicanisimas porras; Minutos más y nos metieron el primer gol; y los gritos que seguían, y las porras, y todos de pie pues esperamos casi medio año para volver a vivir una pasión así como para estar sentado y pasivo; y una parada espectacular de nuestro portero Vilar, y otra, y otra; y el gol del empate que no llega y el del visitante sí; 2-0 perdiendo, otra vez perdiendo, otra vez 2-0. Y que se acaba el primer tiempo, que por cierto, se me fue rapidísimo.

A esas alturas de la tarde ya me dolían los pies de tanto saltar. Apenas y podía hablar pero créanme, a pesar de ir perdiendo el boleto ya había desquitado lo que costo. Estar ahí, en un estadio atascado de aficionados que como tú, extrañan y aman al Atlante era por si mismo alucinante.

Y el segundo tiempo fue mejor. Llegadas del Atlante, llegadas del Cruz Azul. La afición que no se callaba. Y el invicto que se nos esfumaba de las manos, y esos cantos que a pesar de la adversidad retumbaban ‘como no te voy a querer, si llevo azul en las venas y de color grana es mi corazón’, ‘Potros-Potros-Potros’, ‘les guste o no les guste, les cuadre o no les cuadre, el Atlante es su padre, y si no, chingen a su madre’....

Minuto 30. El venezolano Giancarlo Maldonado prendió el balón de media tijera y acercaba a los Potros 2-1. Entonces, jugadores y aficionados comprendimos que éramos uno, y aunque la vida se nos fuera, a unos en la tribuna, a otros en la cancha, haríamos hasta lo imposible por conservar el invicto. El ‘si se puede’ ensordeciendo todo. La tarde que caía y los minutos del juego también. Cuando el inminente final y la derrota estaban cerca, decidí callarme para disfrutar del ambiente. Los colores de mi equipo en miles de personas, mi Atlante en la cancha, yo en un estadio viendo al Atlante, como desde marzo no lo hacía.

Se caía pero con la cabeza al sol, peleando hasta el último minuto....... ya en tiempo de compensación, un remate con la cabeza del camerunés Nkong vencía al ‘Conejo’ Pérez y ni yo, ni nadie, podía creer que el balón se colara hasta las redes. Ninguno de los presentes asimilábamos que por cuarta semana consecutiva nuestro equipo se reponía de un 2-0 adverso, que seguíamos invicto, que nuestro equipo condenado al sufrimiento ahora está en lo más alto. 2-2, cayó el gol y me perdí. Mi cabeza empezó a dolerme, me abracé con extraños, grite al cielo, me descubrí llorando y al ser consciente, mire a todo el estadio en el mismo estado.

A los diez segundos el partido terminó. Jugadores y afición tenían la misma necesidad uno del otro. Ellos, corrieron a la tribuna a aplaudirnos y arrojar sus playeras a la tribuna en la que yo estaba. Nosotros, dejamos que se nos fuera nuestra ya dañada garganta en gritarles las últimas porras. Sólo recuerdo un gran dolor en el pecho y en la cabeza, mis ojos a punto de llorar más y mi susurró casi imperceptible pero sincero que decía ‘te amo Atlante.

Nos quedamos unos diez minutos más en el Estadio. Prolongando una alegría grandísima e inexplicable. Al salir aun nos deparaba una fiesta que ni en mis sueños más guajiros hubiera imaginado. La calle de Eje 6 completamente cerrada. De un lado a otro de las aceras los seguidores azulgrana saltaban y volvían todo una fiesta. Para quienes dicen que los atlantistas estamos en peligro de extinción, lamento desilusionarlos: el Atlantismo está más vivo que nunca.

Hora y media después, ya cayendo la noche, caminó con Ángel por Avenida Insurgentes sin que ninguno de los dos atinemos a explicarnos muy bien que es lo que paso dentro de aquel estadio. Si en algún momento, cuando se tomo la decisión de mudar al equipo a Cancún, llegué a dudar si mantener o no mi afición, lo que pasó ayer me hizo estar más seguramente que nunca de lo que soy: un aficionado de hueso colorado del Atlante. Porque uno puede pretender o creer que ama; se puede decir que nuestra existencia pertenece a algo o a alguien, pero sin sentirlo de verdad. Yo, pasión como la de ayer nunca la había sentido. No necesito que nadie me diga que creo en ti, no necesito verte cada quince días si llevo su escudo dibujado en cada uno mis poros, si te respiro, si te pienso en todo momento. Amar es hacer inútiles las distancias, los problemas, los malos momentos. Amar es entregarse por eso que le da sentido a nuestras vidas. Ayer volví a enamorarme del Atlante, de aquí para siempre.

Sé que muchos visitantes de mi blog no leerán este texto, pues además de extenso no creo que conlleve gran interés para los demás. Sin embargo tenía que hablar de un día que se quedará para siempre en mi. Tenía que relatarlo, así como toda gran historia de amor se tienen que contar.


viernes, 21 de septiembre de 2007

La dueña de los mil nombres


El día estuvo más soleado que de costumbre, y quién sabe por qué, me acordé de ella.

Por mera curiosidad y sabiendo de antemano que no la encontraría, fui a buscarla. Efectivamente, ella, la Dueña de los mil nombres, no estaba. Lo inquietante es que, fuera del estacionamiento de la puerta 8 de Ciudad Deportiva, ella parecía no tener cabida en otro lugar.

Ella, atrapada en sus propios pensamientos sin forma. Ella, dispersa y perdida en un tiempo jamás precisado pero siempre presente.

Apenas era un niño cuando la vi por primera vez. Mi papá, que siempre nos hablaba de ella, la llamaba ‘la loca de la deportiva’. Con el paso de los años y de las muchas veces que casualmente la vi, su nombre nunca fue el mismo: Doña Amelia, La Señora Alejandra, La Pepenadora de la Viga, la barrendera de la deportiva, la enfermita de la puerta 8, La refresquera o La anciana errante, eran sólo alguno de los nombres con los que los vecinos y visitantes del lugar la conocían. Tal diversidad de nombres, hicieron que mi mente infantil los simplificara precisamente en el apodo más simple, y seguramente elegante, que aquella pobre viejecita tendría: La dueña de los mil nombres.

En aquella época (finales de los ochenta), debía de tener como setenta años. Con su vestido de flores azul marino, que de tan percudido casi era negro, recorría el estacionamiento de la puerta 8 como un fantasma. A lo mucho media 1.50 y su cabello, entre naranja y blanco, llamaban siempre la atención de quienes pasaban por ahí. Dado su tétrico aspecto, sólo los visitantes frecuentes se acercaban a ella; para los demás, era mejor evitar pasar cerca de aquella figura que ya era un emblema de la zona.

Las historias de su origen, al igual que sus nombres, son tan variadas e inverosímiles que entre una y otra se contradicen. Había quienes sostenían que era madre soltera y que desde muy joven, vendía refrescos a los visitantes y deportistas que acudían al lugar todos los domingos, hasta que una tarde, su hijo se extravío en el inmenso complejo deportivo y jamás apareció. Unos dicen que lo mataron, otros que lo asesinaron e incluso, corre la versión de que ese hijo jamás existió, siendo únicamente, producto de la locura de La Dueña de los mil nombres. Otros dicen que era una huérfana llegada de provincia a trabajar en el Departamento de limpias de la Ciudad de México, y que después de una decepción amorosa se hundió en varios vicios como el alcohol y las drogas, casa por la cual terminó como indigente. Sea cuál fuera la verdad, ella nunca ayudó a aclararla. Esquiva y con la mirada vacía, apenas atinaba, siempre de mal humor, a decir algunas frases incoherentes y que sólo contribuían a enredar todo, como piezas de diferentes y complicados rompecabezas.

Si toda ella era un misterio, sólo había algo en lo que todos coincidían: la extraña manía que tenía de barrer aquel estacionamiento (que con excepción de los domingos, siempre esta vacío). Ayudada de su vieja escoba, y con un ímpetu extraño a su edad, La Dueña de los Mil Nombres barría furiosamente cada centímetro de lugar. Con dos laminas recogía todo el polvo y basura recolectada y la depositaba en una bolsa de plástico negra. Entonces venía lo increíble, tras segundos de tranquilidad, la mujer comenzaba a gritar improperios, maldiciones y groserías al aire, para después, en el colmo de su locura, empezar a vaciar por todos lados los desechos y el polvo que minutos antes había barrido con tanto ahínco.

La misma acción la repetía varias veces al día. A su servidor le tocó presenciar ese maratón de locura sin fin en más de una ocasión, no tanto por la curiosidad que la historia de aquella mujer pudiera despertarme, sino sólo por el gusto de acompañar a mi papá a hacer ejercicio. Era así cómo después de correr o andar en bicicleta por las pista del Autodromo, eventualmente no la topábamos a la salida. Siempre de mal humor, siempre barriendo.

En algún momento dejamos de ir a la Deportiva, y la historia de La Dueña de los Mil Nombres quedó en el pasado. Imaginar la soledad de esa mujer me lleva a intentos desesperados de descifrar su locura

Ella no vivía en el silencio, al contrario, su andar y su rabia nos hablaba a todos, fijamente:

“Porque puedo estar loca y medio ausente. Mientras, me miras con indiferencia. Puedes creer que tu razón jamás se volverá papel, y crees, que al negarme tu mente estará a salvo de los perros que devoran voluntades. Lo cierto es que inventas mil y un historias sobre mi, para negar lo mucho que nos parecemos”.

Hoy, el complejo de la deportiva ha cambiado mucho desde aquellos años ochenta. En el Autodromo Hermanos Rodríguez ha dejado de haber carreras de Formula 1, además de albergar el Foro Sol.

Tenía que ser así, en un día soleado como hoy, que trajo a mi mente muchos recuerdos entre los que ella viajaba escondida. Vengo de estar ahí, en la puerta 8 dónde nadie me pudo dar referencias sobre ella. Al parecer quedó en el olvido de la gente del lugar, que escuchan mis preguntas y desconcertados me miran. Talvez los pocos qué platicaron también se han ido esfumando y con ella el recuerdo de los años que no volverán. Quizá yo tengo mi propia versión de ella ¿o será que quizá, mutuamente todos nos estamos olvidando de todos?.

martes, 18 de septiembre de 2007

Nubes en la cabeza

Soñar despierto es como tomar esteroides. Uno se siente más fuerte, más saludable y hasta se ve mejor, aun a sabiendas de que esas sensaciones de grandeza son en realidad, un espejismo barato, mentiras mal disfrazadas de verdades a medias que en el interior ni nosotros mismos nos hacemos el favor de creer.

Cuando se sueña despierto jamás se descansa pues no se está ni dormido; además, se pierde el tiempo, y con ello la vida, pues mientras la realidad transcurre rápida y ágilmente, el soñador insomne se empeña en vivir condenado por gusto a la repetición simultanea y eterna de eventos que ya fueron, o escenarios ideales que difícilmente la realidad nos concederá.

Sin embargo, soñar despierto tiene el encanto de tener una lámpara sorda en medio de la oscuridad del más tétrico de los bosques: Romper con luz las tinieblas. ¿Qué importa si aquella luminosidad es artificial, o si de antemano sabemos que en cuanto se acaben las baterías volveremos a las penumbras?. Solo un analgésico para disfrazar las dolencias, más no para desaparecerlas.

En mi adolescencia, cuando no encontraba mi lugar ni en la escuela ni en la vida, cuando no sabía quién diablos era y me sentía abrumadoramente pequeño con respecto al resto de los bravucones que me rodeaban me daba por encerrarme en mi cuarto y soñar despierto por horas. Imaginaba que era grande y de la nada ponía en orden mi vida. Me veía aceptado, enamorado, capaz de decirle a quienes me veían como bicho raro que se fueran al diablo. Lo extraño era que todas esas cosas ni las conocía, pero la misma añoranza me hacía imaginar lo que era, por ejemplo, estar perdidamente enamorado y ser capaz de retar al mundo por alguien más. Con el tiempo fui despertando para comprobar, aun con lagañas en los ojos, que soñar despierto solo nos sirve para mirar lo cruel y simple que es la verdad. Ahora que escribo, quizá lo hago porque sigo durmiendo con los ojos bien abiertos, y la percepción de que la ficción es mil veces más creíble sigue intacta.

Si bien conservo el vicio de soñar despierto, ya no lo hago tan seguido. Se supone que a mi edad, las personas normales no fantasean, sino actúan. Pues los adultos, con su enorme poder de decisión, adquisitivo y de albedrío pueden hacer lo que les venga en gana. Aceptando que soy un inmaduro, trato de ya no soñar despierto, aunque a veces caigo vencido, como el jueves pasado, cuando bastó un pequeño acontecimiento para hacerme volver a la adicción de fugarme de la realidad.

No sé, ni podría precisar que fuerza o razón incomprensible fue la que me llevó a prender esa noche la computadora. Tres horas antes había revisado mi correo y leído un par de blogs. Tenía sueño y un par de horas más de desvelo, se transformarían en somnolencia y ojeras al otro día. Tampoco sé por qué la primera página que abrí al acceder a Internet fue el Hi5 y no otra de las decenas de páginas frecuento. Apenas tecleé mi contraseña y abrí mi cuenta apareció ella, como un fantasma que por lo inesperado, más que asustar sorprende y paraliza.

El Hi5 me ha metido en problemas, me ha conseguido salidas con personas que ni conocía, reencuentros con gente que no veía hace años y la posibilidad de conocer a más personas. Sin embargo, esa noche de jueves cualquier expectativa fue rebasada por ver la invitación de ella para agregarla como parte de mis contactos

- Disculpa, por lo tanto, querida Karla, que escriba tu nombre. Si te mantienes firme a tu palabra, no tendrías que leer nunca estas palabras pues se supone, para ti yo no existo. Así que desde la comodidad que da el que tú seas sorda a mis palabras, podré pedirte una explicación que me aclare la mente y me permita quitarme todas esas nubes que desde el jueves hasta hoy, nublan mi vista y me impiden ver con claridad.

Fueron unas cinco veces las ocasiones en que te mandé la invitación para que fueras parte de mis contactos. Mismo número de veces que no te dignaste en responder. Al ver que efectivamente, tu sí hiciste como si nunca me hubieras conocido, desistí de seguirte buscando; y aunque sí, a veces por mera curiosidad entraba a tu perfil a ver tus fotos y como iba tu vida, descarté por completo la idea de tan siquiera establecer la más mínima de las comunicaciones contigo.

Por eso me sorprendió que años después fueras tú la que me agregabas. Revisé una y otra vez tu nombre, tarea inútil y hasta cierto punto estúpida si tomamos en cuenta que ahí estaba tu foto. Ojos azules, expresión agradable, porte sencillo y piel blanquísima. En la imagen sonreías, o más bien me sonreías, por eso inmediatamente baje la guardia, por eso, ni tardo ni perezoso me apresuré a dar clic en el botón que además de hacerte parte de mis contactos, te acercaba un poquito a mi vida. A esa de la que un día fuiste el centro y eje motor de cientos de poemas.

Mejor que nadie sabes que te quise a rabiar. Mejor que nadie sabes que nuestra historia de amor (si es que puede llamarse así, porque a veces me da la impresión de que fue todo menos eso) fue inconclusa y caótica, que hemos sido, quizá, los novios más extraños en la historia de las relaciones de parejas; y que insisto, igual y lo que tuvimos ni a noviazgo llegó. Lo difícil, pues, no era el saber lo mucho que me consumí de amor por ti, sino el ignorar lo que yo fui en tu vida, sospechando que en el proceso, no hubo ni tantito amor de tu parte.

Por eso comprenderás que al verte en el monitor de mi computadora fue inevitable llenarme la cabeza de ideas. ¿Y si quiere ser mi amiga otra vez?, ¿y si pensó, al paso de los años, mejor las cosas?, ¿y si se equivocó y me agregó por error?, ¿y si se siente sola y necesita con quien platicar?. ¿y si siente curiosidad por lo que hoy es mi vida?, ¿y si esta noche de jueves no duermo y mejor me dedicó a pensar en ella?. Eso último fue lo que hice.

Hacía mucho que no pensaba en ti, al menos no con esa intensidad. Sabía que soñar despierto me haría daño, pero no me importó. Pasé buena parte del viernes y el sábado fabricando intrincadas teorías de tu regreso (virtual, pero regreso al fin y al cabo) a mi existencia. Imaginé la historia del amor más grande, en el que los protagonistas terminan mal, dejan de verse al salir de la Universidad y después, de la nada, se encuentran unidos por el destino y porque hay veces que de la pasión uno simplemente no puede huir. Me imaginé invitándote a tomar un café, caminando por algún parque de la ciudad, viendo alguna película en el cine. Dos días en los que pensé en mandarte algún mensaje, dejarte un comentario en tu perfil, algo gracioso y con tintes espontáneos, que en lugar de hacerme ver ilusionado por ti me diera más bien la facha de un viejo amigo despreocupado y agradable.

El domingo me decidí a mandarte un pequeño mensaje que tardé como diez horas en redactar. No eran más de dos renglones, pero en ellos puse todo el cuidado de ser lo que tú, sospechaba, querías en esos momentos. Además, entre las líneas de ese mensaje casualisimo, venía implícita y temblorosa la idea de que de pedírmelo, volvería a poner a tus pies todo lo que en algún momento he sido.

Ya dentro de mi cuenta de Hi5 entré a mis contactos y de ahí a la letra K. No estabas. Haciéndome el idiota volví a entrar y confirmé que efectivamente, ya no aparecía ni tu nombre, ni tu foto sonriendo; mucho menos, la posibilidad de tu regreso. Entonces lo comprendí todo Karla, seguramente agregaste a un grupo de contactos y sin darte cuenta me incluiste en ellos, al ver tu error me borraste y por eso, ni yo aparezco en tus contactos, ni tú en los míos. Para terminar de torturarme, entré a tus fotos y descubrí que en una de ellas besabas en la boca a otro sujeto. Y, ¿cómo decírtelo?, fue el acabose y peor final a mis enquencles aspiraciones.

No sólo fuiste tú la que detonó que los fantasmas volvieran cuando los creía erradicados, también fueron otros encuentros, otras personas, otras señales, las que me hicieron darme cuenta lo malo que es soñar despierto cuando no se sabe muy bien que las casualidades a veces vienen disfrazadas de fantasía. Tu fugaz regreso no terminó en nada y yo sigo aquí, a casi una semana, con los sentimientos revueltos no porque te ame, sino porque me trajiste de vuelta un pasado que no sé ni por dónde resucitar y sin el cual, me siento incompleto y con la cabeza llena de nubes.


Tan nublado está que no veo ni para dónde voy.