sábado, 31 de mayo de 2008

Perdón por la noche (o cancionero para errores así)

Mortal. Inmensa y engañosa, llena de seductoras promesas que nadie en su sano juicio quiere perderse. Quién me puede asegurar que en algún momento de su vida no ha caído en alguna de sus trampas… supongo que nadie.

Por más que vayamos por la vida con una bandera de ‘seres racionales’, jamás estaremos exentos de que la noche y su aliada la luna se las ingenien para de vez en cuando meternos en uno que otro lío. ¿Cuántos de nosotros,sólo bajo el amparo de la obscuridad, nos atrevemos a cruzar la barrera de nuestros propios limites éticos y morales? ¿Qué tiene la noche que convierte lo imposible en posible, arrojándonos al azar de un solo golpe y sin consideración alguna?

Si por si misma, la noche es territorio de lo inimaginable, esta se vuelve aún más peligrosa cuando se alía con el amor, su demonio favorito. Cuántas noches de insomnio, interminables y eternas, han puesto en riesgo nuestra integridad mental al grado de poner de cabeza nuestras ideas y optar por las opciones más descabelladas en pos de acercarnos un poco más a le ejecución del verbo amar. Una llamada, un menasaje inoportuno, pasarnos la madrugada entera afuera de una ventana sin hacer ruido, o simplemente, renunciar al descanso con tal de sumirnos por horas en repasar y repensar la suavidad y encanto de un rostro de mujer.

Una vez que, sonsacados por la noche, cometemos la imprudencia de inquietar los mares de tranquilidad por medio de frases o palabras, sabemos que el volado está echado y que los vientos nocturnos se encargaran de magnificar cualquier error y acierto hasta dimensiones insospechadas, de cambiarte y volverte otro. ¿Cómo pedir disculpas, con la llegada del día, de aquello que hasta a nosotros mismos nos resulta incomprensible? Cuando el argumento verás no tiene ni pies para sostenerse, la suerte es lo único que nos queda, y para colmo, los designios de esta son tan caprichosos como el universo mismo (aquel que como el amor, aterra por infinito).

Horas después, negar nuestras acciones será imposible. La luna y ella bastan como testigos de nuestra debilidad y cobardía que significa actuar al amparo de las sombras. Conmigo la noche no ha sido del todo vehemente conmigo, una y otra vez se las ha ingeniado para mostrarme facetas que ni yo sospechaba tener. Hace poco fue la última vez, dije lo que pienso más nunca digo por ese temor a apresurar las cosas y echarlas a perder; al parecer me equivoqué. Por más que se nos diga que siempre se debe decir la verdad, hay ciertos sentimientos, ciertas ideas que no deberían quedar al descubierto. Por más que la idea sea decirle a la otra persona que al calor de la noche nuestro deseo de protegerla, amarla y hacerla feliz sigue igual, o con seguridad, mucho más fuerte que en la noche.

Estrategias nocturnas al vapor para la conquista, lección 1: lo impulsivo no deja nada bueno.

No dudo que precisamente, escribir esto de noche sea producto de la noche. Son casi la 1 de la madrugada, a estas alturas poco me importa mi pudor, tanto que me desnudo por medio de canciones que expresa mejor que yo lo que al menos hoy me tiene partido en dos. A ver si mañana no me arrepiento por haber escrito esto… como sea, el mensaje es el mismo:

“yo te invito a ese lugar, dónde el amor no se equivoca”.

lunes, 26 de mayo de 2008

... de cómo auto-mediqué a unos niños

Una vez más, otra ridícula historia de mi vida.

Cosa curiosa, el amor siempre me mete en problemas y esta historia no es la excepción. Por ahí de mediados de los ochenta, tenía unos 4 años, cursaba el 3er año del Jardín de Niños (o kinder, pa’ la gente de mundo) y estaba enamorado de una niña llamada Martha Patricia. Siempre hacía todo lo posible por estar cerca de ella y lo demás poco me importaba con tal de lograr mi objetivo. Lo malo es que ella, demasiado ocupada en jugar a las muñecas y a la comidita, poco o nada reparaba en mis constantes esfuerzos por hacerme notar.

No recuerdo por qué, pero una mañana el grupo en el que iba se dividió en dos bandos y estalló la guerra. Seguramente era una tontería la que causó la confrontación, es más, casi apostaría a que fue sólo un vago pretexto para ‘jugar’ con toques de seriedad, porque eso sí, aquel conflicto inter-alumnos para nosotros era la cosa más sería del mundo. Tampoco sé porque la batalla se pactó para el otro día… ya ven, el mundo de los niños rara vez da explicaciones.

Aquél día, antes de la hora de la salida, los integrantes de mi bando nos reunimos para planear las estrategias que usaríamos para alcanzar la victoria. A cada uno nos tocaría traer cacerolas, ollas, palos y demás artículos que sirvieran para golpear, atontar y dejar fuera de combate a los enemigos. Entonces, yo tan consciente de que la guerra genera heridos, me auto-propuse como voluntario para traer las medicinas con las cuales atenderíamos y curaríamos a nuestras probables bajas bélicas.

Pasé la tarde hurgando en el botiquín de emergencias y en el cajón de medicinas de casa. Tomé unas vendas, cinta adhesiva, gasas, un montón de cajas de diversos tamaños y unos frasquitos que quién sabe qué traían. Según yo, entre más rimbombante el nombre, más efectiva la medicina. Guardé todo mi arsenal de medicinas en mi cuarto y rogando que mis papás no se dieran cuenta, me dormí deseando que el próximo día llegara lo más rápido posible y poder tener así, la posibilidad de lucirme ante Martha Patricia y ser algo así como su héroe. Porque la verdad, si no fuera por ella ni loco hubiera entrado en una pelea que ni motivo tenía (curioso, como las guerras de los grandes) y menos me hubiera arriesgado a recibir una buena reprimenda por andar hurtando medicamentos.

Llegó el día esperado. Aunque los hechos tendrían lugar a la hora del recreo, desde las primeras horas de clase una ansiedad bañada de emoción envolvía el ambiente. No sé si la maestra de preescolar estaba ciega o de plano fingía demencia, pues no me explicó cómo no veía que dentro de aquellas loncheras más cargadas de lo habitual, se encontraban mal guardados decenas de objetos de contrabando destinados a impactar en otro cuerpo infantil. Cuando el sonido de la campana rompió el silencio y anunció el inició del receso, los niños y niñas participantes de la futura gresca salimos en silencio y nos dirigimos a la parte más lejana del patio.

De repente comenzó todo: tierra por todos lados, gritos, cosas volando por aquí y por allá, niños llorando, niños que se caen. Yo como buen niño gordo que era (¿y qué soy?) avanzaba tirando a cuanta criatura me encontraba enfrente. Obviamente, la buscaba a ella, quién por cierto, cuando la encontré, lejos de compartir mi preocupación por su integridad física, disfrutaba de lo lindo estar en medio de esa tierra de nadie. Tras comprobar que el objeto de mi afecto estaba a salvo, recordé las medicinas, me paré debajo de un árbol y entonces grité: “todos los heridos vengan, aquí está el hospital de la guerra”. Y fue un éxito, unos niños llorando, llenos de tierra y con golpes muy, pero muy leves llegaron con la esperanza de encontrar una rápida cura a su dolor y regresar cuanto antes a la batalla. Yo, como todo un profesional, sacaba pastillas, daba jarabes, ponía curitas, vendas y untaba substancias en las zonas golpeadas. Los heridos seguían llegando y yo, con singular alegría los despachaba de vuelta a sus obligaciones militares. Cuando de reojo observé que Martha Patricia seguía con atención mi debut como médico militar, me sentí orgulloso de mí. Aquella guerra, a diferencia de las reales, había valido la pena.
Las maestras nunca se dieron cuenta del zafarrancho que se armó, que por cierto, llegó a su fin junto con el recreo. Que yo sepa, en mi casa jamás se enteraron del robo de medicinas, las cuales volvieron a su lugar esa misma tarde. Al otro día todos los que participaron en la guerra asistieron al Jardín de Niños y tan amigos como siempre. Ninguno, que yo supiera, fue regañado por llegar untado en merteolate u oliendo a medicamentos raros. Nadie se intoxicó o murió envenenado, lo cual, dadas las circunstancias fue un milagro. ¿A qué mente enferma se le ocurre medicar a su antojo a niños de cinco años?... exacto, a otro niño de cinco años.

Seguramente ese recreo quedó en el olvido para todos aquellos que participaron en la revuelta. Para todos menos para mí, que la recuerdo con una sonrisa en los labios gracias a que por primera vez obtuve la atención de la mujer (ejem… niña) por la que me desvivía, y sobre todo, por salir bien librado de la posibilidad de haber acabado con el resto de mis compañeros de clase.

viernes, 23 de mayo de 2008

Licencia por corazón roto

Pensemos un momento en Japón.

Tamagochis, Geishas, Nintendo, Godzila destruyendo Tokyo por lo menos tres veces al año; Nissan, caricaturas que causan epilepsia, kimonos, la siempre sexy Sailor Moon, los luchadores de sumo, Oliver Aton, sanitarios de un metro cuadrado, Seiya, Sushi y por supuesto, Gokú, son algunos de los gloriosos inventos que le debemos a los nipones. Sin embargo, cada que uno piensa que en el Sol Naciente ya no hay cabida para una innovación más, terminamos sorprendernos a causa de una nueva ‘ocurrencia’. En está ocasión tan exótica, que cuesta trabajo creer que sea real.

La noticia salió hace más de una semana: La empresa japonesa Hime & Company ofrece como prestación a sus empleados la posibilidad de incapacitarse si estos atraviesan por una decepción amorosa. Dicha firma de relaciones públicas, considera que un corazón roto requiere, al igual que un embarazo, un duelo, o un matrimonio, de cierto tiempo fuera de las actividades laborales, pues según Miki Hiradate, director de la empresa, los trabajadores que sufren una ruptura sentimental, bajan considerablemente su rendimiento y terminan, tarde o temprano, haciendo cosas extrañas.

Los simpatiquísimos directivos de Hime & Company consideran que suspirar cada tres segundos, leer y releer una y otra vez cartas llenas de cursilerías de tiempos pasados, o llorar al escuchar ciertas canciones, aumenta la posibilidad de de sufrir algún accidente.

La llaman “Licencia por corazón roto”, y si bien, cualquier empleado de la compañía tiene derecho a solicitarla, tiene el ligero inconveniente de que el tiempo de recuperación concedido es demasiado breve: un día para los recién llegados a sus veintes, dos días a los mayores de 25 y tres para los treintañeros.

En un principio la nota me pareció una tontería. Después consideré que la medida tomada por el consorcio japonés es justa y después, hasta insuficiente. Quienes hemos tenido el corazón roto (dudo que alguien mayor de 13 años pueda excluirse de esta categoría) sabemos lo insufrible que se vuelven esas tardes en los que hasta respirar se vuelve un asunto espeso. No se está en sus cabales, vamos, ni siquiera en este mundo; en parte porque en tales circunstancias el resto del mundo poco nos importa, y en parte porque reconozcámoslo, nos gusta tirarnos al drama. Pero… ¡¿un día?!... Cualquiera, con un mínimo de conciencia y un poquitísimo de experiencia en la vida, sabe que un corazón dañado no se repara de la noche a la mañana. Pueden pasar semanas, meses o hasta años para que ciertas heridas en el alma cicatricen; eso sin contar el riesgo, siempre latente, de que en el momento menos pensado nos desangremos a la mínima provocación.

Otra incoherencia es que se le den más días de incapacidad a los empleados de más edad, cuando la realidad por lo general, es a la inversa: se sufre más por amor cuando se es más joven y la inexperiencia y falta de madurez hacen que se ponga todo en una relación. Con los años uno aprende que después de un ‘adiós’, por duro que parezca, siempre habrá más, aunque claro, quién soy yo para catalogar los sentimientos, cuando ni siquiera soy capaz de controlar los míos, y en asuntos del corazón, ando más perdido que Hansel y Grettel en el bosque.

Si la “La licencia para corazón roto” llegara a México, seguramente pasaría más tiempo incapacitado que trabajando. Y no por gusto, sino porque honestamente, considero que un amor que de tanta intensidad llega a doler, simplemente no es amor. Mi forma de enamorarme es profunda y llena de entrega, por desgracia, mi proceso de olvido es aun más agudo.

Sigo sin entender, que esto del amor es un juego. Para colmo, ni las reglas me sé. Sólo incapacítenme, y no pregunten más.

martes, 20 de mayo de 2008

Cuando la vida se va

Cierro los ojos, la imagen sigue allí. Tan nítida y aterradora como hace un par de horas, cuando iba por la calle y de la nada apareció aquella escena.

Supongo que pocas cosas provocan el mismo efecto impactante que causa ver a un atropellado. Si he de describir la sensación, diría que es un escalofrío con tintes de tristeza que nace en nuestro pecho y va recorriendo cada uno de nuestros nervios. Eso mismo sentí hoy. Eran casi las dos de la tarde y manejaba por uno de los camellones que bordea la zona de centros comerciales de mi colonia. Un montoncito de gente y dos patrullas llamaron mi atención. Al pasar a lado de la escena la entendí por completo: un auto Sentra azul atravesado en la calle; a unos metros del cofre, una mujer tirada e inconsciente es atendida por tres ciudadanos; en la banqueta, dos señoras consuelan y revisan cuidadosamente a una niña de unos cinco años; los cinco policías, para variar, no hacen nada.

Pasé a lado de aquel cuadro y no reaccioné. Quería retroceder, ayudar. Lo pensé dos segundos más y caí en la cuenta: no haría más que estorbar. ¿O será el morbo? Algo en la idea de regresar me atraía, me seducía y claro, me laceraba la razón. Estacioné el auto a unos trescientos metros del lugar del accidente. Mientras me dirigía al banco escuché a varias personas hablar de lo que minutos atrás había pasado. Al parecer, el conductor de un coche azul arrolló a una señora. Una niña que la acompañaba apenas fue tocada por el auto. El conductor fue detenido por varios testigos de los hechos. En el banco intentaba, sin mucho éxito, contarme una historia diferente a la que la realidad acababa de mostrarme. Más que el cuerpo inerte de esa señora o lo que pudiera pasara con el conductor, era la cara de esa niña la que no dejaba (y aun a estas horas, no deja) de proyectarse en mi imaginación cada que cierro los ojos.

Diez minutos después regresé por el mismo camino. La ambulancia aun no había llegado, la niña ya no estaba y el cuerpo yacía en el mismo lugar, sólo que ahora cubierto por una sábana.

La primera vez que vi un muerto fue un 6 de abril. A mis diez años ver el rostro de aquel anciano, también tirado en la calle, con los ojos abiertos y sin vida, perdidos en la nada, me atormentaron por años. Esta noche, los dos cuerpos atropellados se superponen y enrarecen mi estado de ánimo. Las decenas de preguntas que acompañan esta sensación lejos de ayudar me revuelve aun más el estomago. ¿Servirá de algo saber, o es mejor vivir en la incertidumbre del desconocimiento? Nunca sabré si la muerte rondó y tuvo éxito aquel medio día en el lugar del accidente, ni si aquella niña era su hija, ni mucho menos, las cosas que pasaban por la mente del conductor que en cuestión de minutos se convirtió en villano quizá sin merecerlo.

Cuando una vida se va uno se siente tocado, no tanto por el ser que abandona el mundo como por el baño de cruda realidad que significa el darse cuenta de lo frágil que somos. Dudo que por un buen tiempo lo olvidé, me basta cerrar los ojos para volver a ver ese cuerpo inerte, a la expectativa del destino.

domingo, 18 de mayo de 2008

Escribí de ti

Siento ansias en los dedos y envidia por las hojas en blanco que dentro de minutos serán universo. Una fiesta en mi alma, sonrisa en mi mirada. Todo es bello, todo es bueno: Me dispongo a escribir sobre ti.

Sobre ti, pequeña armonía de mi atardecer. Apareces y todo se vuelve de cristal. El aire se llena de ti. Me parece más puro y respirable. Perfumado de mujer en plenitud. Si estoy contigo, estoy tranquilo, estoy bendito. Porque ahí donde estás tú, está mi paz. ¿Qué otra cosa puedes ser para mí?. Cuando te pienso me vuelvo tiempo lento. Me sorprendo y te quiero un poco más.

Oír tu voz es un susurro del mar que infinitamente se pierde y se recrea. Te vuelves primavera en el mediterráneo si de tus labios escapa cualquier palabra. Y si callas, entonces transmutas en escultura de porcelana y marfil. Ni que decir de tus labios, caramelos de fresa, extensión del cielo en la tierra. Me desarma tu perfección. Por eso cuando te veo no resisto y me dejo llevar por el manantial de vida que eres tú. ¿Serás consciente de la belleza de tu arrebatadora ternura?. Simplemente y por no dejar te pregunto: ¿en qué momento te volviste embajadora de las estrellas en la tierra?. Yo soy tierra. Tú, manto cósmico que desde mis adentros veo tan lejano, pero a la vez tan necesario para subsistir.

No hace falta ser un genio, estoy muriendo por ti. Soy como esos jardines de uvas que Dios hace reverdecer de inspiración. Me desgasto las ganas dibujando tu cuerpo de oro que no se cansa de brillar; o tu cabello, tan diferente, tan perfecto, empeñado en hacerme suspirar. Se detiene el día, al diablo mis problemas y angustias. Si estas en mi mente, yo te juro que el mundo, de celos, puede estallar. Que llore el cielo, la tierra se estremezca y nos azote un huracán si cualquier mortal te llega a lastimar. Quiero decirte la verdad: tu nombre debería ser ‘eternidad’. Tras tu caminar dejas huellas impregnadas, imposibles de olvidar.

Ahora siento profundamente no tener los adjetivos para completar este texto que no te hace ni la menor justicia. Yo quería hablar de tu esencia y de esa belleza sólo comparable a la de una lágrima de amor. Cosas así, como el susurro del amanecer apenas y serían comparables contigo. Eres la princesa de mi vida, y nada ni nadie me quitará el brillo de pensarte cada tarde como desde hace tanto.

Y ahora vuela libre y mézclate con la misma vida. Llena esta ciudad de ti, y cúbrenos con tu manto de amor. Llega a las nubes. Diviértete. Ríe. Que si estas bien me sienta mejor la rutina. Si ríes, sonrío.

¿Qué más puedo decir sobre ti?
-Una oración, quizá...

jueves, 15 de mayo de 2008

Smile Shutter

Suena a cliché pero es cierto: La tecnología va a pasos agigantados. Seguirle el paso a los adelantos es tan imposible como no sentirse maravillado cada que algún producto nuevo y modernísimo irrumpe en el mercado (lo cual aproximadamente ocurre cada 3 segundos).

Recientemente una de estas ‘invenciones novedosas’ hizo que literalmente me quedara con la boca abierta y derramando litros de baba: un comercial en televisión de la nueva cámara digital Cybershot de Sony, cuyo mayor atractivo radica en tomar las fotos justo en el momento en el que las personas sonrien. Así, automáticamente y como por arte de magia. La función se llama ‘Smille-Shutter’ y hace ver a todas las demás cámaras como unas completas y obsoletas antigüedades. Desconozco cómo o qué diablos (igual y él) hace que un pequeño artefacto distinga una sonrisa y dispare en ese preciso instante.

Varias preguntas, bastante idiotas por cierto, invaden mi mente cada que entre mis programas favoritos veo el anuncio:

¿La cámara distingue todo tipo de sonrisas o sólo las humanas?, ¿cómo hacerle para las sonrisas de un perro, o una jirafa o un pez espada?

¿Y si vamos a un show cómico en el que todos ríen… cuantas fotos puede tomar en segundos antes de colapsarse?

¿y si la sonrisa es fingida e hipócrita la imagen se toma de todas formas?

Preguntas tontas al fin y al cabo sin importancia, pues lo que realmente ha ocupado mi mente desde hace días es el siguiente pensamiento filosófico: ¿esta cámara funciona con los emos que siempre están tristes y deprimidos? Imaginemos que a uno de ellos se le regala la Smille Shutter ¡nunca va a servir?... ¿y si voy a una reunión de emos, me paro en medio y sólo yo sonrió?…. qué va a pesar más ¿las caras largas o mi sonrisa deslumbrante?.

Si algún emo lee esto, le agradeceré que en primer lugar no se moleste, y en segundo, que responda a mis dudas que no me dejan conciliar el sueño. Ojalá y algún ejecutivo de Sony lea estas humildes líneas y con el fin de evitar alguna demanda por mal funcionamiento, etiquete las cajas de las cámaras con alguna etiqueta o leyenda que advierta que el producto y los emos, simplemente no son compatibles.

En cosas así pienso en este medio día caluroso mientras ‘dizque’ trabajo. Aunque la verdad, debería emplear mi mente en resolver lo que ella quiso decir ayer, cuando en un mensaje de celular me escribió:

“haz de un limón una limonada”

… y creo saber a que se refiere, aunque, tratándose de ella nunca, pero nunca se sabe. Y a mi que me encantaría saber. Y eso me encanta de ella. Y ya me voy.

lunes, 12 de mayo de 2008

Buen viaje Sr. Potter

“El último enemigo que será derrotado es la
muerte”

No deja de ser un escenario común, entre los asiduos a la lectura, lamentar la llegada de un cuento o novela a su fin. Apenas se pasa la última página y ya se extraña a varios de los personajes que tras la barrera de aquellas hojas ya no podrán existir más. Tras semanas de ser mudos testigos de las vidas intensas y llenas de peripecias de los protagonistas, es inevitable sentir el vacío que deja su partida y extrañarlos durante los días, y a veces semanas, subsecuentes.

Si así pasa cuando se lee una historia apasionante ¿cómo no evitar sentir añoranza por una historia y sus personajes que nos tardamos siete años en leer? ¿Acaso un adiós así no puede sino cuando menos, cimbrarnos las entrañas? ¿Cómo no dedicarle, cuando menos unas líneas, a la saga de Harry Potter y agradecerle a él, y a JK Rowling, su creadora, por darme a conocer su universo?.

Uno de mis regalos de cumpleaños en abril del 2001 fue “Harry Potter y la Piedra Filosofal”. Hasta entonces, mi única referencia sobre aquella serie de libros era que se trataba de una historia infantil cuya adaptación estaba siendo llevada al cine. Con cierta curiosidad pero sin grandes expectativas emprendí la lectura, sin sospechar que desde las primeras páginas aquella historia se apoderaría de mi entendimiento. Fue tanto el impacto que en menos de un año y sin interrupciones, leí la segunda, tercera y cuarta parta de la saga. Para ese entonces ya casi tenía veinte años pero ese no fue impedimento alguno para que aquel mundo de magia y fantasía me pareciera creíble y bien estructurado. Pasaban las paginas y los libros de aquel mago, lejos de perder interés, progresaban y maduraban en sus diversas tramas, volviéndose más intensas, oscuras y elegantemente entrecruzadas en una arquitectura ilusoria casi perfecta.

Tras un par de años de ausencia, en el 2004 para ser exactos, “Harry Potter y la Orden del Fénix”, el quinto libro de la saga fue publicado y vino a confirmarme que aquella historia monumental no era sólo un fenómeno mediático, sino que nos encontrábamos ante una de las mejores obras de la literatura fantástica de la historia.

Todavía recuerdo la fecha: 22 de febrero de 2008. Eran casi las siete de la noche y en mi cabeza sólo cabía el llegar a mi casa y comenzar la lectura del libro número siete, aquel en el que todo terminaría y en el que finalmente quedarían develados todos los misterios que por años rondaron a los fieles seguidores de la historia. Me tardé casi tres meses en terminar de leer “Harry Potter y las Reliquias de la Muerte”, y no precisamente por falta de tiempo o lentitud al leer, sino porque no quería llegar al final. Me rehusaba a creer que aquella aventura que cada día me ponía los nervios de punta y tanto me emocionaba llegaría a su fin. Por más que intenté posponer lo inevitable, hasta llegar a los niveles ridículos de leer diez hojas diarias cuando mucho, éste fin de semana llegué al punto final, no sin antes interrumpir en repetidas ocasiones la lectura para respirar, contener la emoción o ser conmovido hasta las lagrimas. Siempre valdrá y mucho la pena una novela que logre tocarnos de tal manera.

Siete libros, siete años de mi vida y más de 3,000 hojas resumen de manera parca el camino que recorrí a lado de Harry Potter. Y sin embargo, mirar esos siete libros sobre una de las repisas de mi cuarto es recordar batallas épicas, personajes entrañables, momentos llenos de tensión y otros tantos cómicos, momentos románticos y escenas llenas de ternura y esperanza.

No daré pormenores del final ni narraré la historia, pues para ello están los libros que son una maravilla. Muchos creen que Harry Potter no deja de ser un cuento infantil y no podrían estar más equivocados. Más allá del inicio rosa de la historia o de las películas, se encuentra un fondo más complejo del que se piensa. Salvó pequeños y a veces imperceptibles abusos deliberados del recurso de ‘la magia como solución a todo’, el final es impecable y lleno de una intensidad y vertigo que se mantiene desde el inicio del libro.

Es difícil decirle adiós a un libro así. No sólo extrañaré a Harry, Ron y Hermione. También echaré de menos esas tardes en las que mi mente viajaba, como un fantasma más, por los míticos pasillos de Hogwarts, siendo testigo de la más grandiosa historia que se pueda contar, aquella del niño que vivó.

viernes, 9 de mayo de 2008

Tus efectos secundarios

Salir contigo es cosa seria, tanto, que a veces pienso debería estar prohibido. Basta pasar unas horas a tu lado, para querer repetir la experiencia una, y otra, y otra vez, así hasta el infinito. Quiere el destino que hoy, viernes lluvioso y bañado de paz, aumenten los síntomas que mi deshidratado corazón a veces padece por ti. Tener sed de ti a penas es uno de los tantos efectos que provocas.

Ir muriendo de nervios en el auto, llegar puntual y esperarte, gozando esos minutos de retraso que saben a dulce tensión, promesa de vértigo de que cualquier cosa puede pasar. Entonces apareces. Más preciosa de lo que las horas previas a nuestro encuentro me pudieron sugerir, dueña del entorno que vuelves tuyo y transformas en la más sublime escena de cine. Segundos después, tras cruzar las primeras palabras contigo se cae en la cuenta de lo inútiles y deficientes que resultan los planes y tácticas de conquista. Tan espontánea que con tu mirada y voz serías capaz de desarticular cualquier ejercito. A esas alturas la pregunta deja de ser ‘qué hacer’, y sede la prioridad a cuestionarnos ‘cómo hacerle’ para sobrevivir sin perder la cordura en los minutos venideros.

Lo que sigue es una vorágine de sensaciones y momentos que carece de tiempo y espacio. Todo cambia, desde el color de las cosas hasta el clima frío que se viste de calidez. Más que transcurrir en un espacio lineal, los sucesos se van encapsulando en diferentes estampas de momentos. No me creo que sea yo el que está sentado frente a ti en aquel lugar. Menos que un comentario tonto logré hacer que sonrías y hasta rías. Alguna mirada, un pequeño dialogo, un silencio cargado de cien palabras sordas. Te vuelves mujer-fotografía y yo que para esos momentos caigo intoxicado de tu encanto no puedo sino almacenar esas diapositivas de ti entre el espacio que deja el alma y el corazón que se va hidratando de a poquito.

Y con eso me quedo. Ya de regreso, en la oscuridad de mi cuarto conciliar el sueño es imposible. Entonces caigo en la cuenta: los efectos secundarios por salir contigo comienzan. Una vez que dormite el sueño serás tú. Una vez que despierte la resaca de ti será total y comenzará así la sed y las ganas de retroceder el tiempo y volver a llenar cada uno de mis pensamientos de ti. Buscar en la tarde el rincón más silencioso para comenzar a torturarme por placer mientras una cascada de instantes y momentos me ahoga bajo el peso de la incertidumbre de saber que seguramente las cosas pudieron haber sido mejor. Recorrer lenta y minuciosamente los diálogos y actitudes personales para darme cuenta que dije muchas tonterías, guarde muchos silencios y no me comporté a la altura. El ‘¿Qué hubiera pasado si...?’ me aturde y antecede al cosquilleo de querer saber qué piensas tú, y si de casualidad logré llamar tu atención aunque sea la mitad de lo que tú hiciste conmigo.

Desconozco cuántas tardes de sed me esperan ni cuando volverá a repetirse el sueño de pasar unas horas contigo. Cuando el milagro se vuelva a dar, y vuelva a temblar de miedo por tu angelical presencia saciaré mi sed por unos momentos. Y luego las horas sin ti volverán. Y así hasta que poco a poco mi nombre se grabe en tu corazón o muera de sed.

No sé cuanto tiempo llevo viendo en mi cabeza las fotos de aquella vez. Me gusta pensar en ese instante como en una fotografía en la que la eternidad congela esa extrañísima sensación de saciedad que sólo contigo consigo.

martes, 6 de mayo de 2008

Por favor, no más Atún

Parte del encanto de un blog es el relatar lo extraordinario de la cotidianeidad. No recuerdo con exactitud las veces que en algún post he empleado la palabra ‘ya sé que no me van a creer’ antes de relatar algo y heme aquí, apunto de hacerlo una vez más. No sé si lo que están a punto de leer se pueda catalogar como historia sobrenatural, de terror, estúpida o cómica.

Anteriormente, el Atún era de esas comidas que me daban igual. No me gustaba mucho pero tampoco me desagradaba. Se diría que es un alimento sin chiste y hasta cierto punto simplón. A pesar de poder combinarse con infinidad de alimentos nunca me ha parecido la octava maravilla y aún así no tenía problema alguno en degustarlo ocasionalmente. Es más, mi favorita era mezclarlo con un poco de mayonesa y comerlo con galletas saladas. Del Atún también de puede decir que es barato, bajo en grasas y nutritivo... ah, y también que me odia.

La historia es la siguiente. A una calle de las oficinas donde trabajo se ubica una panadería de la línea “El Globo”. Mis compañeros y yo rara vez vamos por pan a ese fino expendio de pan, pues los precios son algo altos y nosotros pobres, sin embargo (sobre todo después de la quincena) hay veces en las que compramos rollitos de queso o empanadas de queso, que dicho sea de paso, saben muy bien. Uno de esos días en los que nuestro bolsillo así lo permitió, una compañera decidió ir a la dichosa panadería y traer nuestros encargos. Todos pidieron empanadas de diferentes sabores, yo no me iba a quedar atrás y pedí una de jamón con queso. Regresó, dejó la bolsa con las empanadas y nos dijo que agarráramos la nuestra. Obediente como soy, tomé la mía, fui a calentarla al horno de la oficina (para que según yo, el queso se derritiera) y regresé a mi lugar a comerla junto a mi computadora. Empecé a comerla y aunque tenía un saborcito un poco raro, estaba rica. Ahí estaba yo, feliz comiendo cuando comencé a sentir la mirada de mi compañera y escuché su amable comentario: “Gabriel, con razón desde hace rato me llegaba el olor... ¡Te estás comiendo mi empanada de Atún!, la tuya es esa de allá”. Y pues sí, después de agudizar mis sentidos mis papilas gustativas percibieron el característico sabor del atún. Para ese momento ya no sabía que era peor, si la pena de comerme la comida ajena, el sabor del atún caliente o el tufo a pescado que poco a poco se iba apoderando de toda la oficina. Al final me terminé de comer la empanada con el consentimiento de su propietaria original, claro que a cambio, ella se comió la de jamón con queso.

La anécdota hubiera quedado ahí, como uno de tantos ridículos si no hubiera sido porque dos días después decidí darle otra oportunidad a mi gusto de saborear una empanada de jamón con queso de El Globo. Por supuesto que tomé mis precauciones y en lugar de encargársela a alguien más, decidí ser yo quién en está ocasión bajaría a la panadería. Ahí estaba yo, feliz con mi charola y mis pinzas de pan surtiendo los pedidos de mis compañeros de la oficina cuando llegué a la zona de las empanadas. Pulcramente organizadas, las empanadas estaban clasificadas en diferentes charolas con letreritos de acuerdo a su contenido y sabor. Había de jamón con queso, rajas, carne, mole, atún y piña. El letrero con la leyenda ‘Jamón con Queso’ y la charola no podía mentir. Tomé una. La pagué junto con el resto del pan. Regresé a la oficina. Saqué mi empanada. La calenté de nuevo. Como niño gordo hambriento le di una mordida impaciente y.... ¡¡¡era de atún!!!. De nuevo el maldito atún (y caliente, para terminarla de fregar) frustraba mis anhelos gastronómicos. Por supuesto, la oficina de nuevo comenzó a apestar a Atún; por supuesto, mis compañeros se burlaron de mi mala suerte; por supuesto, ya qué, me quedé con las ganas y me comí el resto de la empanada.

Esa tarde advertí en mi casa que ya no quería saber nada del Atún. Que si bien no tenía nada en contra de esas pobres criaturas marinas, su aparición en los momentos menos esperados en mi comida ya estaba tomando tintes de broma macabra. Pedí que por favor, que al menos en un mes, el atún estuviera fuera de cualquier menú familiar.

Me queda bien claro que en parte se sufre porque se quiere. Ningún trabajo me hubiera costado ir por una empanada de Jamón con Queso al súper que está casi a lado de donde trabajo. O comprarla en algún expendio de pan cercano a mi casa. Al contrario, seguramente hubiera pagado menos y no habría lugar para el error. Sin embargo, cual enamorado mal correspondido tomé a la necedad y al orgullo como mis banderas y decidí que esos cadáveres horneados de unos malditos pescados desgraciados infernales dentro de un pan no se iban a burlar de mi. Sin avisarla a nadie (no quería testigos de mi aguerrida lucha) volví a la panaderia. Una, y otra, y otra, y otra vez, verifiqué que el letrero y la charola de las empanadas correspondiera. Ahí estaba yo, feliz y seguro de que la empanada que elegí era la correcta regresé al trabajo. Está vez decidí no calentarla hasta estar seguro de que el contenido de aquel pan era jamón y queso. La mordí...
...
...
...
Quise llorar, aventar el pan y preguntarle a Dios por qué a mi. No era posible que por tercera vez el atún estuviera allí, burlándose de mi suerte y atormentando los límites de mi raciocinio. Aun así, volví a tragarme mi orgullo y de paso al resto de la empanada.

Pase varios días queriendo saber qué es lo que pasaba. Buscando una teoría lógica a mi desgracia. Finalmente una compañera del trabajo (la misma que era la propietaria de la primera empanada) me dio una explicación más o menos coherente: No se trata de la charola o del sabor el letrero de estas señale, sino la letra marcada en la misma empanada. La de atún tienen una A, las de Jamón una J, y así respectivamente. ¿Será?. ¿Tan distraido soy que mi ansiedad y el miedo al Atún me impidió notar aquellas marcas? Sé que es una idiotez; real, pero idiotez al fin y al cabo.

Hoy volví a la panadería. En efecto, las marcas estaban ahí. Con miedo tomé una empanada grabada con la letra J y apenas salí del establecimiento le di una mordida. Y el alma me volvió al cuerpo. Lo mejor no era el sabor del Jamón con queso sino la ausencia de Atún en mi bocadillo. Fui feliz. Terminó la maldición pero no mi miedo. No quiero saber nada que tenga que ver con Atún

sábado, 3 de mayo de 2008

Respaldo

Su humilde servidor, éste que ahora escribe y que también es autor de éste blog se complace en anunciarles que se casa. Por increíble que parezca, y a pesar de que hasta hace unos días no veía ni por dónde algo así pudiera concretarse, aquellos miedos de volverme un viejo solterón han quedado sepultados para siempre gracias a que tengo ‘un respaldo’.

Cuenta la leyenda y las buenas costumbres que un ‘Respaldo’ es un pacto entre dos amigos o conocidos para contraer matrimonio si a determinada edad ambos continúan solteros. La primera vez que me enteré de que algo así existía fue gracias a la serie Friends, cuando en un capitulo Phoebe le pide a Joey que sea su respaldo teniendo como fecha marcada la llegada de sus 40 años. Los problemas empiezan cuando Joey descubre que Phoebe también se comprometió a ser el respaldo de Ross, lo que provoca la furia de Rachel al enterarse que su amiga cuenta con dos respaldos y ella con ninguno. Pero bueno, para que los hago bolas con algo que muy probablemente han visto.

El punto es que a pesar de nunca considerar tener uno, el ‘respaldo’ (¿o debería decir ‘la’?) llegó de repente, cenando entre amigos mientas cenábamos tacos en un localito de la ciudad una noche de viernes. Una amiga (no mencionaré su nombre, pues más de uno podría sentirse ofendido o peor tantito, intentar quitarme el respaldo) me lo propuso de la nada y yo alegremente y a bote pronto acepté. Con nuestros refrescos brindamos sellando el trato y en seguido acordamos la fecha en la que, de continuar solteros, contraeremos matrimonio. En un principio dijimos que sería en el 2012, pero se nos hizo muy pronto; el 2013 podría ser de mal agüero. Al final decidimos que de darse la boda, será en el 2014, pues el 14 es mi número de la suerte. Además es año mundialista y con esto solucionaríamos el problema del lugar de la luna de miel: Brasil.

Tendré 32 años. Edad más que adecuada para contraer nupcias y darle por fin un rumbo fijo a mi vida. Osea que tengo seis años para buscar el amor con la confianza de que al final la soltería será derrotada. Aunque la verdad el tener un ‘Respaldo’ no da la tranquilidad que creí, pues siempre estará latenete el riesgo de que nuestro Respaldo sí encuentre a su media naranja y nosotros no. Cosa, en mi caso, bastante probable.

Me he dado a la tarea de estudiar todo lo referente sobre Los Respaldos y encontré que la tradición va más allá del capitulo de Friends. Lo malo es que en ningún lado dicen que hacer cuando uno pierde su respaldo o si está penado por alguna Ley Celestial de los Respaldos el tener más de uno. Si para el 2014 el calentamiento global no ha terminado con el mundo, si mi Respaldo sigue libre y sobre todo, si el silencio sigue siendo la respuesta del amor, están todos invitados a mi boda.

miércoles, 30 de abril de 2008

El único tarugo es uno

¿Qué se puede hacer con 2,300 pesos mexicanos? Comprar un montón de cosas necesarias; comprar otro montón, pero ahora de cosas innecesarias; dar el enganche para algo; hacer una fiesta; ahorrarlos; ir al cine unas 20 veces, comprar como 17 discos compactos o 12 dvd’s originales; o un pequeño ipod, ‘rete harta’ comida o un viajecillo sencillo. En fin, tener cientos de posibilidades para dejar escapar esa cantidad de dinero y elegir la más indecente debería ser considerado un pecado, y de los graves.

¿En qué elegí, pues, gastar los 2,300 pesos?... pues en pagar mis impuestos a la Secretaría de Hacienda.

Consciente o inconscientemente (más lo primero que lo segundo), el tema ‘económico’ se ha vuelto un recurrente en éste blog. Situación seguramente atribuible a esa tendencia humana de evadir las obligaciones, sin que por eso se pueda escapar de ese ‘cosquilleo’ con el que a todas horas nuestra buena conciencia nos bombardea y que no es más que el indicativo de que estamos evadiendo un problema. Por más que el problema en sí se nos haga una injusticia, hay dos opciones: fingir demencia o tomar cartas en el asunto y cortar el problema de raíz, que al fin y al cabo es lo que hice, aunque con eso me haya condenado a unos tristes días de austeridad monetaria.

Tiene 24 horas que soy pobre y miserable (en sentido literal y figurado). ¿A quién se le ocurrió elegir Abril como el mes en el que los contribuyentes debemos presentar nuestra declaración anual de impuestos? Yo creo que al Diablo. Y al Diablo me dan ganas de mandar todos los trámites burocráticos que, amén de que me quitaron mi dinero, tuve que cumplir estoicamente como penitencia en Semana Santa. No caeré en el error común de echarle la culpa a alguien más, al contrario, si pagué todo lo que debía de un año de golpe, fue por la desidia de no ir cada mes a las divertidísimas oficinas de Hacienda y Crédito Público y pagarles por tener derecho ¡¿¡¿a trabajar?!?! osea, que no conformes con que me pare temprano, ande ojeroso, me tengan ocho horas encerrado en una oficina pichurrienta y esté a punto del colapso nervioso y una buena gastritis-colitis ha causa de mi buena alimentación en la oficina, ¡al gobierno se le ocurre cobrarme por eso!. Vuelvo a escribirlo: ¡váyanse al Diablo! (no los lectores, sí el Gobierno).

‘Tramites gubernamentales’. La sola palabra es capaz de provocarle una diarrea con temperatura y ataques cardiacos a cualquier ciudadano promedio. No es sólo ser despojado de nuestro dinero, sino las horas que se perderán en filas, las veces que habrá que verle la cara a empleados intransigentes y suplicarles que nos atiendan ya no eficiente sino dignamente. En fin, que después de presentar mis declaraciones mensuales correspondientes a Agosto, Septiembre, Octubre, Noviembre y Diciembre y descubrir que le debo las perlas a la Virgen, me di cuenta que lo verdaderamente molesto es que soy el único al que dicha situación le provoca desvelo.

“El único tarugo es uno”, dice mi abuelo, cada que escucha que alguien más presume sobre sus logros o la de alguno de los suyos. La misma frase podría aplicarse ahora, aunque en sentido más estricto de la palabra, al hecho de ser el único de mis compañero-amigo-enemigo-contemporáneos que fue a Hacienda, hizo diez mil visitas a oficinas y presentó su declaración anual. El resto del universo tomó dos posturas igualmente envidiables para su servidor.

Unos, los más, han tomado la feliz resolución de no preocuparse en lo más mínimo ni por declarar, ni por pagarle nada a Hacienda. Les preocupa, eso sí, pero sólo mientras lo comentamos en grupo, después, el asunto de sus impuestos pasa a ocupar el último lugar de sus prioridades. Otros, los menos, son gente dotada de un extraño don celestial de la responsabilidad que de alguna manera hace que vayan al día con sus requerimientos fiscales y que además no paguen ni un centavo a la dependencia, pues ellos, como excepción a la naturaleza del hombre, presentan facturas, notas y comprobantes de compras que hacen que sus impuestos se deduzcan a cantidades mínimas o incluso, desaparezcan.

O soy demasiado distraído para ir al día con eso de los pagos que la edad adulta y la vida laboral exige, o muy ñoño para creer que por dos mil pesos va a venir por mi la justicia y me condenarán a prisión por años a causa de evasión fiscal. Quién sabe. Lo único que ni cómo negar es la ‘taruges’ de no poder ser ni tan rebelde ni tan santo como uno quisiera. Estaré pobre durante los próximos quince días pero con la conciencia en paz. Pues aunque sé que es improbable que ante adeudos de millones de pesos vayan en busca de dos mil míseros pesos, pero es precisamente es ‘¿y si sí?’, el que como siempre, me congela mi espíritu aventurero.

Mi alma descansa en paz y así lo hará durante los próximos 365 días, plazo justo en el que de nuevo me daré cuenta de que otra vez me atrasé con mis pagos y responsabilidades y volveré a ser pobre, una vez más. Es eso o cambiar, cosa que por cierto, no se me da mucho que digamos.

domingo, 27 de abril de 2008

Marketing rubio

Apenas tiene un par de años que en la universidad llevé varios cursos de mercadotecnia, y parece que la teoría y sobre todo las técnicas en éste ramo han cambiado mucho. Antes, según recuerdo, lo importante era sobresaltar las virtudes de un producto y venderlo por medio de innovadoras y originales campañas publicitarias. ¿¡Quién iba a decir hoy en día eso es cosa del pasado!? El autor de éste blog comprobó que no son los grandes espectaculares, los carteles llamativos o los anuncios para televisión con presupuestos estratosféricos los que le dan la estocada final haciendo que los clientes potenciales se vuelvan consumidores de su marca.

Lo gracioso es que cuándo esa tarde entré en aquella tienda de la colonia condesa ni siquiera pensaba en el marketing. Como varios cientos de capitalinos suelen hacerlo, decidí matar el tiempo con la bonita tradición de entrar a tiendas, desear casi todo lo que venden en ellas, sentirme inmensamente infeliz al ver los precios y salir sin comprar nada. En esas andaba, de tienda en tienda cuando tuve la bendita (que a la larga fue maldita) ocurrencia de entrar a la tienda Adidas.

La sucursal Adidas de la Condesa, ha diferencia de las otras de la ciudad, está enfocada únicamente a la línea de productos de colección y diseños exclusivos de la marca que poco a poco comienzan a volverse de culto. Aquí no encontraras las playeras de la Selección Nacional o los tenis de David Beckham, pero si modelos rarísimos y vanguardistas de tenis, jeans, chamarras, camisas, playeras, sacos de vestir y muchos accesorios, sin dejar de lado los productos de la ‘vieja escuela'. Gracias a que poseen el antiguo logo de la flor de loto, uno diferencia fácilmente estos productos especiales de los que comúnmente elabora la marca.

Apenas ingresé a la tienda, el decorado minimalista del lugar, sus paredes de concreto, la distribución de la mercancía y la música punchis-punchis-electrónica me hizo sentir más en un bar-fresa-nice que en una tienda de ropa deportiva. En esas estaba viendo la ropa y dándome cuenta que la compra de cualquiera de esos productos sería el ‘harakiri’ para mi quincena cuando el más efectivo sistema de promoción para un producto apareció de la nada: Una chica rubia que no rebasaba el 1.55 de estatura, vestida originalmente, curiosa y con una voz amable que me preguntaba si deseaba ayuda o información sobre algún producto. Generalmente cuando voy de compras... (¿?)... está bien, cuando voy a ver lo que venden en las tiendas y algún empleado se me acerca ofreciéndome su ayuda, suelo ser cortante pues eso de que me estén siguiendo para todos lados como si fuera famoso o delincuente nunca me ha gustado. Más en esta ocasión, lejos de reaccionar así, me armé con toda la amabilidad que fui capaz de reunir y le dije a la vendedora que ‘por el momento no, pero si llegaba a necesitar algo sin dudar le preguntaría’. Su respuesta fue todavía más amable: ‘ok, voy a estar por aquí si me necesitas’.

Total que ni la necesité, pero tampoco se fue. Estuvo por ahí sin descuidar hacía dónde me movía o a dónde iba. Aunque a esas alturas del partido yo sabía que su interés radicaba en que alguna atractiva comisión para ella dependía de que lograra o no venderme algún producto, no podía ni concentrarme en ver aquellas prendas que me seguían pareciendo carísimas gracias a esos ojos clarísimos que la hacían la versión atractiva de Big Brother.

Una chamarra gris-guinda me llamó la atención. Tuve la mala puntería de preguntarle por el probador. Me la puse y me gustó como se me veía el modelillo aquel. Salí, le pregunté el precio y éste, a pesar de estar ya rebajado, seguía siendo un tanto alto para mis aspiraciones. Lo malo es que ella parecía encantada con mi elección. Caí en la cuenta de que acababa de firmar la sentencia de muerte de mi economía cuando mirándome fijamente y hablando lenta pero con un tonito cariñoso dijo que era la última de ese tipo que le quedaba y que además la dichosa chamarra ‘estaba bien padre, bien bonita’. ¡No pues así hasta le compró un sándwich de hígado!... Cuando uno es sometido a semejantes niveles de dulzura femenina no puede decir que no. Porque si analizamos bien la situación me tenía acorralado. Si me iba sin pagar nada iba a pensar que soy un pobre miserable que no tiene ni para comprarse algo en esa tienda (cosa en la que no estaría equivocada) y que sólo entré para perder el tiempo (aquí tampoco se equivocaría). Además, si la dichosa prenda le había gustado tanto, quién no me asegura que tenga el mismo efecto con otras chicas. ¡Hubiera sido una estupidez no comprar aquella chamarra a pesar de los calores que invaden la Ciudad!.


No faltará entre quien lea estás líneas quien piense que soy una materialista superficial. La verdad es que no, al contrario, pero ya conocen una de las leyes universales de la vida: ‘Güerita concechi buena onda con actitud’ mata presupuesto, convicciones y todo lo demás. Cinco minutos después ella misma terminaba de cobrarme y me daba mi mercancía en una tradicional bolsa negra Adidas. Caminando rumbo a mi auto (ya me quería ir, no me fuera a topar a otra de estas sexy-vendedoras en otra tienda) miré el ticket de la tienda y ahí estaba el nombre de la vendedora que me atendió. Por mi cabeza fugazmente circularon varias posibilidades que me daba el saber aquel nombre pero todas las deseché al recordar que mientras estaba en el probador, escuché que un par de amigos suyos entraron fugazmente a la tienda para invitarla a varias fiestas en los días venideros. Y yo, pues sólo fui una comisión.

Todo este episodio insignificante me dejó varias lecciones sobre mercadotecnia, siendo la más valiosa que desde siempre las mujeres dominan el mundo. Qué nada podrán hacer los mejores creativos de la publicidad ante vendedoras así, que con la mano en la cintura son capaces de llegar y venderte cualquier cosa. Ni modo, usaré mi chamarra y a ver si para la otra aprendo.

Y ya que estamos hablando de marketing, ¿se fijan lo pésimo que soy para promocionarme a mi mismo?. Este post, que tenía como objetivo despertarle el interés a una chica-target en especifico y darle un poquito de celos debe tenerla muerta de risa por lo ingenuo que soy. Debo repasar mis apuntes de Merca de la Universidad, quizá así logre llamar su atención sin recurrir a como siempre hacer el ridículo y crear historias de la nada.

Qué le va uno a hacer.

miércoles, 23 de abril de 2008

El Arco de la Vida


Dejando de lado que aquel evento, por si mismo, ya fuera único e inimaginable. El que se haya dado todo en menos de una semana lo hizo aun más inolvidable.

Miércoles 16 de abril: La semana de locura empezó hace justamente siete días, cuando leyendo la sección deportiva del periódico Reforma casi me voy de espaldas con el contenido de una pequeña nota con todo el cuidado del mundo, tuve que leer por lo menos unas cinco veces más para convencerme de que mis ojos no me engañaban: Federico Vilar presentaría un libro el lunes 21 de abril en la Ciudad de México. Yo que he ido a infinidad de presentaciones literarias, me encontraba como niño dando saltos de emoción y esperando a saber todos los pormenores de aquel evento que desde ese momento había prohibido perderme.

La relación lógica de la causa de mi delirio es la siguiente. El autor del libro, Federico Vilar, es desde hace unos cuatro años el portero titular del Atlante, actual campeón del Futbol Mexicano. Yo le voy al Atlante desde que tengo memoria y estoy más enamorado que nunca de todo lo que éste equipo representa. Federico Vilar, además de mi ídolo, es el mejor portero en la historia del equipo, posee un estilo temerario y original que hacen de los partidos del Atlante todo un espectáculo. Yo, en mi equipo soy el portero. El libro, además, está dedicado a la posición de arquero... Ah, y por si fuera poco, en la presentación se anunciaba a Jorge Campos, otro de mis grandes ídolos de toda la vida, emblemática figura de la Selección Mexicana y uno de los jugadores más carismáticos en la historia del futbol mundial

No hace falta ser un genio para darse cuenta que en aquel pequeño evento me resultaba endemoniadamente atractivo. ¿Alguna vez han degustado una comida en la que cada uno de los platillos les gusta tanto, que aquello termina siendo un festín inolvidable? Pues bien, para mi la mezcla del Atlante, mis dos jugadores favoritos de todos los tiempos y las letras sería mucho más que un festín. Sería en cambio, la oportunidad de encontrarme de cerca con varias pasiones a las que he dedicado gran parte de mi vida y que por si solas explican lo que soy.

Domingo 20 de abril: Para rematar el poco raciocinio que me quedaba, mi locura se valió de que el domingo (un día antes de la presentación), el Atlante visitaría en la cancha del Estadio Azteca al América. Y como pocas veces, miles de aficionados atlantistas acudieron al encuentro que muchos consideran la eterna rivalidad entre los pobres y los ricos, entre la comodidad y el sufrimiento. A un equipo tan pretencioso como el América siempre dará gusto ganarle. Este domingo el marcador fue uno cero: suficiente para gritar a los cuatro vientos que el Atlante sigue siendo el Campeón, que su verdadera casa es y será siempre la Ciudad de México y que quienes tenemos sus colores tatuados en el corazón nunca dejaremos de sentir orgullo de ser atlantistas. Después del partido me di a la tarea da averiguar dónde y a qué hora sería la presentación de “El Arco de la Vida”.

Lunes 21 de abril: A las 18:45 llegué a Plaza Cuicuilco. La tarde nublada y aquel centro comercial de grandes espacios abiertos, rodeado de zonas boscosas y altos edificios le daban al entorno un toque romanticón y melancólico. Aunque faltaba poco más de una hora para que iniciara el evento, un sentimiento de excitación comenzaba a recorrerme el cuerpo. Una y otra vez recorrí las instalaciones hasta que di con el elegante restaurante de comida argentina en dónde se llevaría a cabo el evento. Atravesé un bonito puente de madera, ingresé con ciertas dudas al inmueble, descendí a la planta baja del local y con pasos lentos llegué al verde y bien cuidado jardín del fondo. Entonces lo vi. Sentado con su familia a tan solo unos metros de mi estaba el que consideró actualmente el mejor portero de liga mexicana y uno de los mejores del mundo. Ese mismo que en diciembre levantó la Copa que acreditó a mi equipo como el mejor.

Después todo se sucedió como un sueño. Ahí estaba yo en medio de una fiesta envidiable en la que los demás invitados eran gente del futbol: Heriberto Murrieta, periodista y atlantista de corazón; el ex portero atlantista y comentarista deportivo, Rafael Puente; los ex jugadores del América, Miguel Zelada y el Ruso Brailovsky; varios columnistas de diarios deportivos; José Antonio García y Guadalupe Cruz, presidente y entrenador del Atlante respectivamente; así como varios jugadores del plantel azulgrana. Tales invitados hicieron que maldijera el que mi cámara digital estuviera en reparación justo en esa semana.

Compré mi ejemplar y sin siquiera hojearlo vi que Vilar se encontraba solo, después de atender múltiples entrevistas y autógrafos a los aficionados que comenzaban a llegar. Sin pensarlo dos veces me acerqué y estreché su mano y le balbucee palabras que ni recuerdo (pero eso si, llenas de admiración y gratitud). Autografió mi libro y entonces me acordé de la cámara de mi teléfono celular. No recuerdo a quién le pedí que me tomará la foto que si bien es de pésima calidad, me es más que suficiente para atesorar el momento en el que pude conocer a uno de mis héroes.

No es siempre sea así. Al contrario, eso de andarme tomando fotos o pedirle autógrafos a las personas nunca me ha gustado. Salvo Chespirito y un par de escritores a los que admiró mucho, soy capaz de toparme con Britney Spears sin siquiera inmutarme ni perder la cabeza por conseguir su firma. Pero repito, esa noche era especial.

Los aficionados llegando, lanzando porras a Vilar y al Atlante. Las cámaras de televisión dispuestas a que iniciara el evento. Las personalidades que seguían llegando. En punto de las 20:25 horas supe que arribó mi otro ídolo entrañable debido al alboroto de la prensa y a la alegría que de repente invadió el lugar. Jorge Campos hacía acto de presencia irradiando el carisma que como jugador siempre tuvo. Haciendo bromas, saludando a conocidos y desconocidos con una sonrisa de oreja a oreja. Minutos después la presentación comenzó y el autor del libro habló conmovido de lo significativo que para él era el publicar aquel libro. Después de la sencilla pero emotiva (y graciosa, gracias a Campos) presentación, hubo un pequeño cóctel y continuó la convivencia entre aficionados, jugadores y personalidades.


Yo estaba y no estaba. Uno siempre piensa qué hará en n evento de ensueño como ese y lo cierto es que se termina sin saber cómo actuar. No obstante, en medio del alboroto me di cuenta que Campos y Vilar son tan humanos como cualquiera. Me di cuenta que Campos es de mi estatura. Es extraño saber que aquellas personas son las mismas que han hecho a miles de personas enardecer gracias a partidos históricos. Cuando se está junto a ellos es cuando se percibe lo mejor: ambos son excelentes personas, humildes, amables, accesibles.

Abandoné el lugar con una sensación de alegría que no se ha ido.

Hoy, miércoles 23 de abril. Que alguien, sea quién sea, consiga escribir un libro siempre será motivo de admiración. Más cuando se trata de alguien con tantas empatias contigo. Estoy a un par de hojas de terminar de leer el libro y definitivamente ha superado mis expectativas. Muy bien escrito, con tintes poéticos y ameno, no es para nada una obra autobiografica, sino una defensa al estilo de porterear alegre y vistoso, en el que se corren riesgos y se divierte a la tribuna. Dignifica la posición del portero, esa que por como hoy, juego por diversión.

Dentro de dos horas jugaré con mi equipo de amigos en la liga en la que estamos inscritos. Y no sé si es por el libro o por el encuentro con Jorge y Federico, pero estoy más ansioso que nunca por salir y sin que me importe el ‘qué dirán’ hacer locuras debajo del Arco de la Vida. Tal como en la escritura, vivir con el peligro y aprender a disfrutarlo.

domingo, 20 de abril de 2008

Patsy mi amor


La primera vez que vi ‘Patsy mi amor’, sospeché que estaba destinada a convertirse en una de mis películas favoritas. Sin saber todo lo que aquel film encerraba me dejé llevar por los diálogos de una de las películas mexicanas más representativas de la psicodelia sesentera del cine mexicano. Hace dos días volvieron a pasarla en un canal de cable y el impacto inicial aumentó a tal grado, que terminé viéndola una vez más en la repetición de las 3 de la mañana.

Exhibida en 1969, a primera vista ‘Patsy mi amor’ puede parecer una película común y corriente de la época. Fue precisamente bajó esa premisa que la primera vez que me topé con ella estuve a casi nada de cambiar de canal sino hubiera sido porque un par de diálogos de la escena en turno me insinuaron que aquella película de ordinaria no tenía nada. Si bien la historia no es nada del otro mundo, el contexto en el que esta se desarrolla y el reflejo de aquel México de los años sesenta son convertidos en recursos tan efectivos que siguen funcionando después de casi cuarenta años. Entonces, ¿dónde radica la magia de ‘Patsy mi amor’?... ¿les dice algo que el nombre del guionista del film es Gabriel García Márquez?.

Cuando me enteré de aquel detalle todo tuvo sentido. No exagero. Uno inmediatamente percibe que aquel guión fue concebido por un novelista, y gracias a Dios, la estética concebida por el colombiano fue respetada por el director. Por supuesto el resultado es mil veces mejor al de ‘El Amor en los tiempos del Cólera’, pues está se trata de una adaptación que deja mucho que desear de la novela del Premio Nobel. En cambio, ‘Patsy mi amor’, escrita específicamente para cine, nos ofrece una historia en la que los ‘guiños’ al mundo de García Márquez están presentes a cada momento.

‘Patsy mi amor... el despertar de una adolescente’ nos ofrece la oportunidad de disfrutar una historia un tanto alejada de la estructura típica de sus narraciones. Para empezar la historia ocurre en la Ciudad de México, una orbe que empezaba a despertar a la modernidad y cuya sociedad se fusionaba singularmente con las ideologías de rebeldía y despertar sexual propio de la juventud de la época. Patsy, la protagonista, lejos de ser un adulto o anciano, es una joven curiosa y con unas ganas arrebatadoras de comerse al mundo. A pesar de vivir en medio de lujos y comodidades con su padre, quiere saber de la vida, descubrir aquel mundo que a causa de su inexperiencia le parece seductor y sobre todo, quiere amar, jugar con fuego, descubrir esa pasión que se encierra más allá de un simple coqueteo. En medio de la música de rock, autos convertibles inmensos y fiestas psicodélicas, Patsy descubre que el poder de su belleza y su encanto natural le alcanza para que cualquier joven de su edad caiga rendido a sus pies. Y sin embargo, esa misma travesura la hará caer en las garras de un hombre casado que, aprovechándose de la ingenuidad de Patsy, la seducirá hasta llenar su vida de confusión. Así descubre que el amor es más peligroso de lo que parece.

Tengo mis propias teorías sobre lo que me atrajo de esta película y aunque podría enumerar infinidad de puntos, al final todo converge en el encanto de la protagonista. La suma de la Patsy sabiamente creada por García Márquez más la personificación de Ofelia Medina conjuran a un personaje tan tierno como seductor. Apostaría que cualquier hombre caería rendido ante esa mezcla así de mortal.

No sé porque las mujeres así siempre me han parecido atractivas. Aquellas que se salen del molde y que saben muy bien el poder de una frase, una caricia o una mirada. Esas capaces de tenerte en vilo toda la noche a causa de un desdén y que con ese mismo descaro son capaces de devolverte el aliento con una sonrisa inocente. Ahora mismo estoy enamorado de una Patsy y como los personajes de la película me sé condenado sin remedio a las fuerzas de su caprichosa voluntad. Y lo peor (o mejor, vaya uno a saber) es que no quiero salirme, pues su misma volubilidad algún día podría hacer que el viento gire a mi favor.

En una escena de la película, aquel extraño hombre casado invita a Patsy a un elegante restaurante e intenta enamorarla. Ella comienza a hablar de helados de tal manera que el seductor termina siendo el seducido. Así ya me ha pasado muchas veces a mi... contigo.

Hoy mi corazón está enganchado a una balada de los sesenta.

jueves, 17 de abril de 2008

26

A veces leer lo que uno ha escrito duele.
A veces el del cumpleaños es el que menos se divierte.
A veces, del melodrama, resurge la esperanza.

Hace un año, más o menos a esta hora, escribía sobre mi cumpleaños número 25. Faltaban unas horas para que el 18 de abril llegara y con él, la llegada de mi existencia al cuarto de siglo. 365 días después estoy en la misma situación... eso es lo preocupante. Con la incredulidad como escudo de protección repaso una y otra vez esos enunciados que si hace un año me quemaban la conciencia, hoy la laceran:

“Si hiciera un balance de mi vida, diría que soy feliz. Tengo salud, una familia que me quiere mucho y grandes amigos. Para mi fortuna, el destino ha sido bastante benigno conmigo, por lo que sería una ridiculez quejarme. Y sin embargo, ‘el vacío’ sigue ahí, tan temible como siempre, con esa sensación de insatisfacción que me sigue hasta en los sueños. A los veinticinco, los cánones de la sociedad dictan que debería tener aunque fuera una mediana idea de hacia dónde va mi existencia, debería, además, tener varios triunfos en mi haber, además de una pareja y por qué no, hasta planes de formalizar un compromiso. Pero... ‘oh sorpresa Sr. Revelo, usted no tiene nada de eso, y peor tantito, no está ni cerca de conseguirlo’.”

Mis quejas de ese ‘no tan lejano entonces’ son las mismas que en la actualidad le roban la tranquilidad a mis tardes. Parece mentira (y ojalá lo fuera) que la tierra le dio una vuelta al Sol y yo sigo en las mismas, sobre todo porque me prometí hacer todo lo imposible para que todo cambiara y se esfumara de mi cualquier inquietud. Si duele que alguien te falle, duele ochenta veces más cuando el que te falla eres tú mismo.

Me conozco tan bien que ya lo sospechaba. Hace un año mi texto también decía:

“Lo jodido de los 25 no son los 25 en si, es todo lo que quedó inconcluso detrás. Fragmentos de tiempo que no podré regresar ni vendiéndole mi alma al diablo. Lo jodido es que el tiempo sigue corriendo, y dentro de un año será la misma cantaleta: yo, el vacío, mi inmovilidad, el 26 y el futuro en cenizas”.

Como verán, le atiné: si estaba aterrado de cumplir los 25, los 26 me causan pavor... bueno, más o menos. ¿Alguna ves se han preguntado el por qué del nombre de éste blog? pues la respuesta es sencilla: ni yo me entiendo. Desde que tengo memoria he sido un contradictorio y un día antes del 18 de abril no es la excepción. Me angustia cumplir esa edad y no haber logrado nada, pero a la vez estoy más sereno que nunca y con la seguridad de que voy por el camino correcto. Me hace falta encontrar el amor pero estoy seguro de que se encuentra más próximo de lo que creo. La soledad ya no me abruma, las letras cada día me guiñen más el ojo y a ultimas fechas rió mucho más que antes.

Los miedos siguen ahí, pero comienzo a encontrarles sus puntos flacos. Uno de ellos es repetirse que la vida es el eterno juego de resolver los acertijos de la vida con ingenio y mucha alegría. En un año me deshice de ciertos fantasmas y a otros los he ido adelgazando. De los 25 a los 26 conocí a mucha gente. Corrí un par de riesgos y comprobé que hay cariños que no tienen limites. Lloré, reí, extrañé, comí, me enferme de la gripa y del estomago, mi Atlante se hizo campeón, escribí, trabajé, manejé, me desvelé, recé, leí, me enojé, jugué, amé, tomé, bailé (¿?), festejé, canté... en pocas palabras y para no hacer más largo esto: viví, y ya con eso es suficiente.

Además tengo a mi familia, a mis amigos, a mi perro y a mi View Master.

Nunca se está satisfecho con lo que se tiene, y menos si se es un necio como yo. Sin embargo creo que el tiempo me va cambiando la visión de las cosas y las estoy viendo con más madures. ¡Que asco!... y yo que odio que los niños me digan señor. Mañana cumplo 26, y no sé porque, pero tengo la seguridad de será menos malo de lo que pensé. (¡umta!, quería un texto dramático y al final quedó cargado de optimismo).


El autor de este blog el día de su bautizo, acompañado de su más grande ídolo (que también es su papá y que ahora vive en el cielo).

martes, 15 de abril de 2008

Allá, dónde siempre puedas reír

Miguel Galván:

Confieso que pensé mucho sobre escribir o no estás líneas para ti. No quiero faltarle el respeto a tu memoria, ni a la gente a la que realmente éste día les duele en lo más profundo del alma, pero la necesidad que siento de hablar de ti y de éste sentimiento extraño que me invade es tan fuerte que me es imposible contenerlo.

Aunque sabía que llevabas días en el hospital. La noticia de tu muerte, al igual que a muchos, me cayó por sorpresa. Quizá sea una apreciación tonta, pero lo último que uno se imagina es que la gente como tú sufra o sea tocada por la muerte. Las personas que se dedican a tu noble labor nos tienen mal acostumbrados a ver en ustedes el remedio al tedio, la solución a los problemas, el alivio para el alma. Escribir de la muerte de alguien dedicado a hacer reír nunca será fácil.

Sin pena me cuento entre los miles a los que alguna vez le arrancaste una carcajada. Con cualquiera de tus personajes siempre engalanabas los programas de televisión en los que participabas y que tanto me gustaban. Cerré mis ojos, con toda claridad pude recordar alguna de tus intervenciones en televisión y como era de esperarse una risa escapo de mis labios Antes no me lo había planteado, pero hoy reconozco cierta admiración de mi parte hacia ti: tan sólo con tu enorme talento como llave, supiste abrirte la puerta ya no de la fama o el éxito, sino del cariño del público. Sin ser guapo ni agraciado (perdona mi impertinente honestidad en momentos como éste) los que te conocieron dicen que tenías un gran corazón, lleno de positivismo y que sabía ser un gran amigo.

Mi único contacto contigo fue hace cuatro años. Grababas “La Hora Pico” en uno de los foros de Televisa San Ángel y me pareció admirable la pasión que le dedicabas a tu arte. Suponer que ese recuerdo, y el milagro de arrancarme un par de risas deberían ser suficientes para justificar esta carta improbable. Y sin embargo, querido Miguel, tu muerte me ha pegado por más razones que la simple admiración. Para empezar, la enfermedad que te arrancó la vida fue la misma que hace cinco años me quitó a mi Papá. Por lo tanto, adivino lo desgastantes que debieron haber sido tus últimos meses de vida y que paradójicamente, incrementan el valor de tus esfuerzos por portarte estoico y anteponer, como siempre, tus ganas de hacer que fuera tu público, y no tú, quien olvidara por medio de risas sus problemas cotidianos.

No sé que tan mal gusto haya en que por televisión hicieran enlaces desde la funeraria en la que se velaba tu cuerpo, pero debes de estar muy orgulloso de que toda la familia de la comedia y el humorismo en México se encontrarán reunidos sin más objetivos que el de rendirte un tributo y recordar tu calidad humana. Verlos llorar o con el rostro inundado de tristeza me rompió el corazón. Te confieso que además de simpatía, siempre he sentido inclinación por la comedia y el arte de hacer reír. En parte por eso estudie Comunicación, y también en parte por eso, cuando la vida se me complica, suelo imaginarme que estoy en medio de un programa de comedia y entonces las cosas se ven de mejor forma. A la vida no hay que tomársela tan en serio pues si no esta pierde su verdadero sentido.

Lo extraño es que la gran mayoría de los comediantes, fuera del escenario, son personas un tanto introvertidas y tímidas que no explotan hasta estar caracterizadas o frente a un público. ¿Y sabes?, yo soy así. A ratos puedo parecer alegre o verle lo gracioso a todo. Puedo escribir y aparentar ser algo que no soy.... pero entonces, cuando estoy sólo yo, sin disfraz o personas ante las cuales mostrar mi verdadera careta, suelo ser bastante solitario. Decían que detrás de tu soledad había una gran ternura.

En ti vi un espejo y me reflejé.

Me sigue conmoviendo el que te hayas ido. Descansa en paz ahí dónde estés. Gracias por las risas, ahora es tu turno.

viernes, 11 de abril de 2008

Te descubrí mujer

Una de muchas historias de mi vida
1. El ‘siempre listo’ Gabriel de los 90´s

Contraría a las grandes historias de amor, esta no tiene poemas ni besos intensos, vamos, ni siquiera una declaración o una mirada tormentosa. Carece de celos, de caricias, de amor. Quizá porque es real nos quedó a deber todo. Sucedió en un baile.

Corría el año de 1995. Tenía un par de meses que había cumplido trece años e iba en segundo de secundaria en el Instituto Don Bosco, escuela en la que nunca me sentí del todo integrado y en la que, salvo honrosas excepciones, tuve muy pocos amigos. Por esta razón, el escape de esta realidad lo tenía los sábados en el Grupo Scout de Iztapalapa número 5, al que pertenecía desde tres años atrás.

Ahí sí tenía amigos. Apreciaba a mis compañeros de Tropa (ya había dejado de ser Lobato) y estoy seguro que también ellos a mi. Era sub guía de la patrulla ‘Ardillas’ (un año después me convertí en el guía) y aunque estaba mucho más gordo que ahora, en aquel entonces tenía una agilidad envidiable. Durante mis años de escultismo fueron innumerables los campamentos, excursiones, aventuras, aprendizajes y experiencias que en gran parte forjaron lo mucho o poco que Gabriel Revelo es hoy en día, y que seguramente en algún momento escribiré más detalladamente en este blog, o en algún otro espacio que encuentre disponible.

2. Hallowen Scout vs Los Simpsons

Por lo pronto, déjenme seguirles contando. Era 28 de octubre. Sábado. Dado que estábamos en plena época de las celebraciones de muertos, los dirigentes Scouts del grupo tuvieron la idea de organizar un Hallowen esa noche. (ajá, yo prefiero el día de muertos, pero qué clase de ser anormal sería si en la adolescencia no hubiera asistido a una celebración de este tipo). Después que, en las actividades de la mañana se pusieron de acuerdo, a todos los de la tropa nos dieron la dirección, la hora y la indicación de no ir uniformados como scouts sino disfrazados. La verdad, la dichosa fiestecita nos cayó como un balde de agua fría, pues mis compañeros y yo queríamos ver el ‘Capitulo Especial y de estreno de Hallowen de Los Simpsons’, que aquella noche transmitirían por el canal 7 de TVAzteca. Antes de que me juzguen por inmarudo, recuerden que tenía 13 años, y mis compañeros eran más o menos de la edad. Además, los especiales de Los Simpsons, aun hoy, siguen teniendo su encanto. ¿A poco no?.

No me acuerdo quién fue el primer valiente que le objetó a nuestro dirigente el gravísimo problema. Tampoco recuerdo que fue lo que nos respondió. El chiste es que nunca nos pudo convencer de no ver aquel capitulo que tanto esperamos. Nos habló de la importancia de las tradiciones, de la integración de la Tropa con las otras secciones del grupo, etc. Al final, se llegó a un acuerdo: Con la ventaja que nos daba el que la mayoría viviéramos en la misma colonia. Iríamos a la fiesta. Al diez para las ocho nos saldríamos y veríamos el episodio en la casa de alguno de nosotros. Media hora después, regresaríamos a la celebración.

3. Cesar “Krugger” Costa is Comming

Hasta ese momento no había reparado en dos detalles: No tenía disfraz y a la fiesta no sólo iría la tropa (que comprendía a los jóvenes de 12 a 15 años aproximadamente), sino también los miembros de las otras secciones... incluidas las troperas. Pase la tarde buscando un disfraz. Mi Papá tenía una capa negra de mago que con un poco de imaginación podría ser de vampiro. Me la probé y no me convenció mucho. En realidad parecía... un mago. Mi Mamá propuso maquillarme. Por supuesto me rehusé. Empezaba a darme por vencido cuando vi pasar a mi amigo Huriat por la ventana. Le expuse la situación y a los diez minutos ya lo tenía en mi casa con una opción infalible: una especie de antifaz (que también cubría parte de la boca) con los rasgos y la piel quemada de Freddy Krugger, y un guante con garras de plástico. Busque en la ropa de la familia y encontré un suéter que, aunque parecía más de César Costa, bien podría dar el ‘gatazo’ de ser el del famoso asesino.

Caía la tarde, y con ella llegaba una noticia mejor. Mi hermana, perteneciente a la sección de Gacelas (de unos 6 a 11 años) no tenía la menor intención de asistir al dichoso Hallowen. Podría regresar un poco más tarde, y hacer lo que quisiera sin necesidad de andarme cuidando de ella.

La cita de la mayoría de los Troperos fue en el Parque Central de la colonia a las siete de la tarde. Cuando llegué (puntualísimo como siempre) Alfredo, Rodrigo y Erick ya estaban ahí. Después creo que llegó Casaigne, Juan Carlos y no me pregunten más. No tengo tan buena memoria. Total, que después de perder el tiempo en tonterías partimos rumbo a la casa de la fiesta. Éramos como nueve, y mientras caminábamos me di cuenta de que era el único ridículo con disfraz. Estaba apunto de quitármelo cuando todos a una voz me dijeron ‘¡Noooo, está bien chido!’, ¿qué puede uno hacer, cuando a los trece años lo ovacionan de esa forma?. Nada. Seguir haciendo el ridículo.

4. Una fiesta ‘de grandes’

Cuando al fin llegamos la casa nos topamos con un escenario muy diferente: la fiesta estaba a reventar. Todos, absolutamente todos (bueno, menos mi hermana) los Scouts del grupo estaban ahí: Guías, Lobatos, Gacelas, Troperas, Expedicionarios, Expedicionarias, Claneros, Claneras, Robers, etc. Seguramente más de cuarenta personas en el garaje de aquella vivienda.

Ya no estaba tan fuera de lugar pues todos estaban disfrazados. Aunque más bien sí lo estaba. Tengamos en cuenta que esa era una fiesta de verdad. Con jóvenes más grandes que nosotros. Música, baile, obscuridad. Nosotros teníamos de catorce años para abajo, por lo que esos ambientes no nos hacían sentir del todo cómodos. En mi caso, aunque había asistido a fiestas mixtas desde el sexto de primaria, en las que se suponía había baile y música, los chavos siempre terminábamos jugando fútbol en la calle sin la menor pena. Por eso, cuando llegué y ví aquel ambiente sentí ganas de salir y ponerme a jugar cualquier cosa con mis amigos. Creo que todos, incluso Rubén que era el más grande de nosotros, tenían la misma sensación. Por lo que procedimos a ocupar el lugar que los adolescentes ocupan en las fiestas: una esquina en la que hicimos un círculo y en el que empezamos a platicar de cualquier tontería y a ver el reloj compulsivamente para irnos a cualquier casa y no perdernos Los Simpsons.

Para distraerme exploré con la vista el lugar lleno de disfraces sencillos que no ocultaban la identidad de sus portadores. Me extraño ver tan pocas troperas. Estaba Tatiana, Brenda y algunas más, pero algo faltaba. ¿Será qué inconscientemente ya desde antes la buscaba sin saberlo?. Es algo que hasta la fecha no sé. Así como tampoco tengo muy claro cuánto tiempo pase perdido buscando quién sabe qué cosa.

5. La Hora Marcada

Mi reloj digital Casio marcaba las 19:47 cuando Gerardo preguntó dónde veríamos el especial de Hallowen. Yo estaba a punto de proponer ‘en la casa de Alfredo’ cuando una aparición hizo que me quedará mudo. Ahí estaban, entrando a la fiesta. Arregladísimas, guapísimas. De pocas ‘primeras veces’ tengo registro en mi vida, pero si alguien me pregunta cuándo fue la primera vez que una mujer me robó el aliento diría que fue el 28 de octubre de 1995 a las 19:47 hrs.

Al principio no supe quienes eran. No las ubiqué. Segundos después reconocí que debajo de esas dos atractivas jovencitas se encontraban Jazmín y su mejor amiga (se me acaba de ir el nombre, pero también es mi vecina y fue Scout). Sabía que se llama Jazmín porque tiene mi edad y ambos fuimos en la primaria pública Carlos Sandoval Sevilla. Nunca me tocó compartir salón con ella. Yo siempre fui en los grupos‘B’ y ella en los ‘A’. Siempre se me hizo la típica niña enojona, aunque realmente nunca la traté, y si sabía su nombre era porque era de mi generación. Fue hasta unos meses después de haber salido de primaria cuando llegó a los Scouts y se hizo amiga de mi vecina que también es de su edad. Desde entonces comencé a verla cada sábado y a cruzar, cuando en las actividades del grupo mezclaban a la tropa masculina con la femenina, escasas palabras con ella. Lo extraño del asunto, es que hasta el 28 de octubre la veía como una niña más, por eso aquella transformación, más que extraña fue impactante. Siempre tuvo la piel blanca y el cabello castaño rizado. Siempre tuvo esos ojos color miel. Siempre sonreía. Pero aquella noche estaba rodeada por un aura especial. Traía tacones negros, el cabello peinado en una cola, maquillaje sutil y un vestido negro ceñido al cuerpo que dejaba ver sus nacientes formas de mujer. Éste último detalle puede ser insignificante para muchos, pero para un púber de 13 años, acostumbrado a ver ‘niñas’, un cambio tan bello no podía ser otra cosa que el cielo.

Quedé perdido viéndola. Aspirando esa aroma que hasta la esquina de los troperos llegaba. Cuando regresé de mi perdición, ya se había propuesto mi casa como sede para ver Los Simpsons. Hubiera podido reclamar y cambiar la decisión, pero mi cabeza estaba ya en otro mundo al que jamás había viajado y en el que descubrí que los vestidos tenían el poder de millones de bombas nucleares. Yo no quería irme, pero el capitulo estaba a punto de empezar y mis amigos me sacaron casi a empujones de la fiesta. No hubo pretexto que me valiera el quedarme un poco más. Cinco minutos después estábamos los nueve, sentados en la sala de mi casa viendo por televisión la entrada de un programa en el que las nubes se dispersan y dan lugar a un pueblo en el que sus habitantes son amarillos.

6. Homero tridimensional
Aquel capitulo fue memorable. Muchos, al igual que yo, dicen que es el mejor. No recuerdo que número de especial de Día de Brujas sea, pero ni falta hace. Me parece que la primera historia es acerca de una especia de pequeña criatura que se mete al autobús escolar Bart va de excursión con sus compañeros de la primaria, y la criatura amenaza con quitarle una de las llantas al transporte, siendo Bart el único que puede verlo. Yo veía la televisión con un refresco y unas papas que compramos en la tienda y mi cabeza no estaba en Springfield, sino a ocho calles de ahí, en una fiesta de las que no me gustan pero en la cual me moría por estar.

La segunda historia del capítulo tampoco la recuerdo. Supongo que no fue tan buena como la tercera. En esta última, Homero era tragado por un hoyo negro y enviado a una dimensión ‘con volumen’, es decir, en la que el personaje ya no era plano, sino que poseía, valga la redundancia, tridimensionalidad. Así, medio Springfield lucha por encontrar una manera de regresar a Homero, que continúa ocasionando problemas en otro universo paralelo. Cuando Bart, amarrado de una soga entra a buscarlo yo no podía creer lo que veía: Mis personajes favoritos, a los que había seguido por años estaban más vivos que nunca, en medio de una aventura alucinante. Y el final lo fue aun más: ¡Homero perdido en una calle, caminando en medio de gente real, entrando en un local de pasteles eróticos!. Acabó el capitulo y todos compartíamos el mismo sentimiento ¡Qué bueno que nos salimos de la fiesta! ¿imagínense si nos hubiéramos perdido esa joya?.

Lo que vimos fue tan bueno, que en ese momento no había lugar ni para Jazmín, ni para otra cosa en mi cabeza. Hasta la fecha, cuando me recriminó por mi cobardía de esa noche recuerdo a Homero Tridimensional, y me digo que hice lo que cualquier hombre de mi edad hubiera hecho.

7. Más primeras veces
Regresamos a la fiesta todavía emocionados. Contándole a cuanta persona nos topábamos la mala suerte que tuvo al no haber estado a las 8 de la noche frente a un televisor. En esas andábamos cuando vimos que en el centro del garaje (o improvisada pista de baile) estaban todas Las Troperas bailando en círculo. Yo, que sólo vestía distinguidamente mi suéter de César Costa, pues había dejado en mi casa la mascarita y las garras de Krugger, veía, a todas sin chiste, de repente caí en razón: ¡No estaban las brujitas! (ah, no lo explique, se supone que de eso iban disfrazadas Jazmín y su amiga). ¿Y si se habían ido mientras yo veía a un gordo perderse en no sé dónde?. Repentinamente se me bajó la borrachera de Simpsons y caí en la realidad de que ya no estaban. O más bien, estaba. Porque sin ser grosero, su amiga y vecina mía, aunque también se veía increíble, me importaba un rábano.

Argumenté ir al baño para perderme por unos minutos de mis amigos y me adentré entre los bailadores. Nada. Entré a la casa en la que los más grandes platicaban y tampoco, nada. Y ahí estoy de nuevo en las primeras veces: Nunca, hasta ese momento, había buscado con tanto ahínco a una persona que no fuera un amigo o de mi familia. Nunca, hasta ese momento, había sentido que la pregunta ‘con quién y dónde estará en este momento’ me laceraró tanto. Nunca, hasta ese momento, me había dolido estar en una fiesta, pensando en otra persona. Nunca, hasta ese momento, pensé que se pudiera sufrir un sábado.

Cuando regresé de mi supuesto viaje al baño, los troperos ya ocupaban la esquina y platicaban, de nuevo en circulo. Confundido me integré a la charla que seguía girando en torno a un tema que ya estaba cansándome. ¿tan tontos eran, cómo para perder el tiempo hablando de una estúpida caricatura cuando podían ponerle atención a las chicas?. Después de pensarlo bien recapacite: en esta fiesta, ya no hay chicas guapas. Por supuesto, aquel pensamiento era poco menos que una idiotez, pues además de las otras troperas estaban las féminas de las otras secciones. Y feas no eran.

8. Alguien se acuerda de Pif
Triste. O más bien, sin algo que me ilusionara en ese lugar, que para el caso es lo mismo, volví a sentirme fuera de lugar. Horrible sensación de aquellos que darían su vida con tal de poder regresar el tiempo y decir: váyanse a mi casa, vean la tele, pero a mí no me lleven. Estaba a punto de inventar que tantas papas me habían caído mal, cuando la casa volvió a iluminarse. Y apareció ella. (de nuevo acompañada por su amiga y vecina mía, pero eso me daba igual). Igual de mujer a pesar de sus ¿doce? ¿trece años?. Nunca supe a dónde fue, igual y también a ver Los Simpsons. Recuerdo que fui un descarado (también por primera vez) al mirarla lentamente. Atesorando cada centímetro de su cuerpo en mi mente. Guardándome la imagen de la perfección y su frescura que irradiaba en cada paso, en cada mirada, en cada poro de aquella piel que de tan suave debía de provocar la envidia y desplante de cualquier flor. Flores hay muchas, pero ninguna como el Jazmín.

Era de esperarse. Siempre en los primeros bailes, cuando uno es adolescente, pasa lo mismo. Ellos y ellas por separado. Ellas bailan. Ellos platican. Así fue esa vez. Tuvo que llegar uno de nuestros dirigentes a regañarnos por rancheros. ‘Qué están esperando, saquen a bailar a las troperas, que no se hable mal de ustedes’. Incluso la dirigente de la tropa femenina se acercó para susurrarnos ‘no ven que guapas se arreglaron mis niñas, ¿a poco no las van a sacar a bailar?’. En efecto, al menos Jaz parecía bajada del cielo. En efecto, yo, al igual que mis compañeros, era un ranchero. ¿O lo sigo siendo? Quién sabe si hoy, doce años después, sigo siendo igual o peor. Actualmente sigo siendo pésimo para el baile. Y para ligar (odio la palabrita, pero ni modo). Y para tomar valor en los momentos decisivos. Peor tantito: sigo teniéndome mucha desconfianza.

No nos animamos. Allí estaba Jazmín. Su amiga que además es mi vecina y las otras. Nos separaban cinco metros de distancia que dramáticamente se iban reduciendo gracias a que ellas tenían mucho más arrojo que nosotros. Seguramente ellas si querían bailar. Más seguro era que, aquella noche, ellas se quedarían con las ganas.

Dos horas después Jazmín se acerco a mí sin motivo alguno. No sé si llegó a darse cuenta de las infinitas miradas que le dirigí. La tuve frente a mí. Era un poco más bajita que yo. Sonreía, como siempre. ‘¿Y el disfraz?, ¿Por qué te lo quitaste?’, preguntó. Quién sabe qué tontería balbucee, seguramente algún monosílabo inaudible y por mucho incoherente. Otra primera vez: Aquel día supe que las palabras faltan cuando frente a ti tienes a la perfección del universo contenido en 1.46 de estatura. Después de aquella noche, volví a caer en las garras del ridículo gracias a la cortesía del amor.

Ese Hallowen, que enmarcó tantos descubrimientos, y que hasta ese momento pintaba melancólico y desastroso fue salvado de la nada por ella y su tierna voz: ¿A ti en la primaria te decían ‘Pif’ verdad?. Y algo muy dentro de mí se llenó de luz. ¿Fue el corazón?, ¿la ilusión?, ¿el cariño?. No. La esperanza. Ella me recordaba. No era, después de todo, tan desconocido para la niña más linda de la fiesta. En efecto, desde quinto de primaria mis amigos me decían ‘Pif’. Después de esa noche, el apodo me acompañó en los años restantes en los que estuve dentro del movimiento Scout. Si ella sabía aquel apodo significa que vivo, aunque sea en un pequeño reducto de su memoria. Y eso, vivir en la historia de una chica , a los trece años, es mucho.

Platicamos un poco más, minutitos en los que como Homero, me perdí en otra dimensión. Su amiga, que también es su vecina, tenía ya que irse. Se despidieron. Alguien sacó una pelota. El resto de la fiesta, la pasé en la calle jugando. Terminé todo sudado, sin suéter y desfajado. Volví a ser niño, pero con esperanza de amor: eso es la adolescencia.

9. Esa silenciosa sombra de la esquina.
El sábado siguiente volví a verla en las actividades Scout de cada semana, pero no crucé más palabras con ella. Unos dos meses después, ella, y su amiga que también es mi vecina dejaron de ir. No fue impedimento para que la dejara de ver, al contrario. La busqué más y la convertí en la heroína de mis cuentos, de mis juegos de detective. La princesa a la que debía salvar del mal.

Descubrí que vivía en la esquina en la que se encontraba una tienda llamada ‘La Burbuja’. Su casa estaba frente al parque de la esquina de mi casa. Ahí estaba yo, religiosamente cada tarde, esperando a verla aunque fuera un instante. A veces coincidimos con la mirada. A veces estaba acompañada por su mamá que cariñosamente la llamaba ‘conejita’. Le seguí la pista por un año. Después entré a preparatoria y otra mujer capturó mi atención. Hoy, en lugar de tienda hay otro negocio, y los columpios del parque en el que los que de lejos la observaba ya no están.

No dejé de verla. También se hizo amiga de otra vecina de nombre Stephani. A veces las veía cuando venían de la escuela. O los viernes, salir arregladísimas de alguna casa para irse de fiesta. Jazmín con el tiempo se volvió una mujer atractiva. Yo con el tiempo me enredé más. Ellas pasaban guapísimas. A veces con uno o dos galanes. Yo en pants lavando el auto.

Tiene mucho que no veo a Jazmín. Quise escribir está historia que viví para no olvidarla. No es nada original. No es conmovedora. No es nada. Sólo se trata de la primera vez que un niño descubrió que existen cosas más importantes que la televisión, el fútbol, y los juegos. Desde aquella vez, hasta hoy, ella sigue presente con su cuerpo y su aroma que sólo varía ligeramente en nombre, lugares y rasgos.

Así era 1995, tiempo que no volverá.