lunes, 23 de septiembre de 2013

No se aceptan devoluciones


"Eres lo mejor que no quería que me pasara"

La frase anterior resume la idea central de "No se aceptan devoluciones", la nueva película dirigida y protagonizada por el comediante mexicano Eugenio Derbez.

Antes de continuar con este texto debo admitir que desde hace muchos años soy admirador del trabajo de Derbez y del estilo de comedia que lo ha llevado a desarrollar una de las carreras más sólidas y respetadas no sólo en la televisión mexicana, sino en otros ámbitos del entretenimiento. Por eso,  desde que supe del estreno de esta película tuve ganas de verla. Antes de hacerlo escuché muy buenos comentarios al respecto, así que fui al cine con expectativas muy altas... las cuales fueron superadas con creces.

"No se aceptan devoluciones" es una película en la que ríes y te diviertes, llena de momentos hilarantes y muy ingeniosos que decenas de veces provocan las risas del público en la sala de cine; también hay escenas tiernas y cargadas de mucho amor, que invitan a la reflexión y que nos recuerdan cuáles son las cosas más importantes de esta vida; y también hay instantes tristes en los que es inevitable derramar varias lágrimas.

En pocas palabras: es una película redonda, que además tiene una manufactura impecable que no le pide nada a una producción anglosajona.

La trama gira en torno a Valentín, un hombre sin oficio ni beneficio que vive en Acapulco de forma desenfrenada y sin preocupaciones, seduciendo y teniendo aventuras ocasionales con muchas mujeres de las que escapa antes de contraer algún compromiso; hasta que de un día para otro se entera que su forma de actuar tuvo consecuencias y que es padre de una linda bebita de origen estadounidense de nombre Maggie. El problema es aún mayor ya que la mamá escapa a los pocos minutos de entregarle a su hija y parte rumbo a Los Ángeles, dejando a Valentín con el paquete.

Es a partir de ese punto cuando comienza a construirse una divertida pero poco común relación padre-hija, que cambiará la vida de Valentín y lo llevará a cambiar el orden de sus prioridades, hasta que siete años después el destino se empeña en separar este lazo de muchas maneras.


Lo anterior sólo es un breve resumen de esta historia que sin embargo es más compleja y profunda, pero en la que no quiero ahondar mucho para no echarle a perder nada a quienes aún no la han visto. Lo cierto es que pocas veces he disfrutado tanto una película, Eugenio Derbez tiene razón cuando califica esta cinta como el trabajo más importante que ha hecho en su carrera.

"No se aceptan devoluciones" es una clara apología a la fuerte relación que un padre puede desarrollar por sus hijos. Por motivos personales soy un tanto sensible al tema de la relación papá-hijo, por lo que no sé hasta qué punto este detalle afectó mi percepción de la cinta. Desde mi punto de vista, el valor de esta película radica en que no tiene pretensiones ni pretende darnos lecciones sobre cómo ser padres, por el contrario, nos muestra que lo único y verdaderamente importante es entregar el corazón y estar dispuesto a dar todo por un hijo. Ser más un amigo que una autoridad, convertirnos en compañeros de aventuras y en un apoyo para afrontar cualquier tormenta de la vida.

También hay un mensaje muy importante acerca de la importancia de saber enfrentar los miedos y como estos pueden llegar a paralizarlos.



Quien haya tenido la paciencia de haber llegado hasta este punto del texto podrá pensar que esta es una película de superación personal o motivacional. Nada más alejado de la realidad, es más, yo la catálogo como una de las películas más bellas que he visto en mi vida, de una ternura arrebatadora a la altura de "Dónde viven los monstruos" de Spike Jonze o de "La vida es bella" de Roberto Benigni. Y además es tremendamente divertida.

Ah y claro, tiene un plus grandísimo al menos para mí: una parte de la historia ocurre en Acapulco, ciudad con la cual estoy profundamente arraigado en la que tengo muchos recuerdos con mi papá y que hoy atraviesa por momentos difíciles.  

No hace falta ser un genio para descubrir que estoy enamorado de esta película que por contradictorio que parezca, me rompió el corazón pero también llenó mi vida de luz.

De verdad véanla, les juro que les sorprenderá.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

De cosas buenas que parecen malas ¿o viceversa?


"No hagas cosas buenas que parezcan malas" dice un dicho popular que inevitablemente me vino a la mente desde el momento en el que decidí contar una extraña anécdota de mi vida.

Todo comenzó hace varios años, cuando un servidor estudiaba en una preparatoria cuyo nombre no considero prudente revelar; o bueno sí lo haré: el Instituto Don Bosco. En aquel entonces todo era confusión en mi vida, pues como ya expliqué en varias ocasiones, la sección secundaria de esa escuela era varonil y la prepa mixta, por lo que convivir con mujeres hizo que pocas cosas me importaran más que el intentar comprender al sexo opuesto.

En esas andaba durante los primeros meses de mi estadía en la prepa, cuando ocurrió un hecho al que entonces no le di importancia pero que hoy me parece sospechoso.

Una de las clases que tenía por aquel entonces era seminario, la cual era impartida por el Padre H. (no escribiré su nombre para evitar broncas, pero aclaro que no se parece al sacerdote de la foto principal de este texto), él también era el director de la sección preparatoria, la verdad sus clases eran entretenidas y diferentes, pues el Padre H. continuamente nos ponía dinámicas que hacían más llevadera la cosa.

Un día, antes de terminar su clase el Padre H nos dejó la siguiente tarea: Debíamos pararnos completamente desnudos frente a un espejo y mirarnos durante un rato. Después debíamos describir en una hoja lo que habíamos visto de forma detallada, poniendo énfasis en lo que nos gustaba y no nos gustaba de nuestro cuerpo.

¿Está freaky no?

Pues entonces no me lo pareció tanto, y creo que a mis compañeros tampoco. Obviamente ni hice la dichosa dinámica porque me parecía una ridiculez y además 'qué oso' eso de andarme encuerando para mí mismo. Para salir del asunto escribí en 10 minutos la primera tarugada que me vino a la mente (más o menos lo mismo que ahora hago en este blog) y la entregué en la siguiente clase. Nunca supe qué saqué en esa tarea pero seguramente no me tronaron.

En fin, esa tarea del padre H. volvió a mi mente hace poco y entonces me puse de mal pensado a divagar ¿para qué querría un sacerdote la descripción de los cuerpos encuerados de 160 jóvenes quinceañeros? (eran 4 grupos como de 40 alumnos cada uno).

Y es que si somos completamente estrictos, aquella no era clase ni de anatomía, biología o educación sexual, sino de SEMINARIO, osea de Dios, los apóstoles, las oraciones y todo eso ¿en dónde entran los estudiantes encuerados frente al espejo?

Supuestamente la dichosa tarea era para conocernos y aceptarnos a nosotros mismos, y no dudo que a uno o más de mis compañeros les haya funcionado y se hayan descubierto cosas que no sabían que tenían, pero la verdad a mi me dio absolutamente lo mismo, y ni me conocí, ni me acepté, ni me acerqué más a Dios a raíz de esas clases.

Quizá esa dinámica tenía una buena intención y estaba basada en un fundamento pedagógico, pero a mí me pareció medio raro. Volvemos a lo mismo: no hagas cosas buenas que parezcan malas, sobre todo si uno de tus alumnos tiene la mente cochambrosa y años después le da por andar plasmando sus malos pensamientos en un blog de baja monta.

Ni hablar, si me encontrara nuevamente al Padre H. le preguntaría si no tiene la copia de esas tareas para que me pase algunas de mis ex compañeras, esto como mera curiosidad científica, no sean mal pensados.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Post Satánico #666

Cuando abrí este blog hace 7 años, una de las cosas que me daban más ilusión era llegar al post número 666 y poder gritarlo a los cuatro vientos. Ese día finalmente llegó y aquí la prueba:



Para celebrar voy a sacrificar una cabra, me voy a bañar con pus de pollo y después me comeré a cinco bebés recién nacidos. Después obligaré a mi abuela a que rece el rosario al revés, violaré a unas gallinas, iré encuerado a una clase de catecismo y diré frente a un espejo “María sangrante” tres veces. Si todo sale bien flotaré mientras mi cabeza gira y pongo los ojos en blanco. ¡Probablemente hasta vomitaré una sustancia de color verde!

Ya soy maligno y por lo tanto quiero que haya una guerra nuclear que vuelva radioactivo el mundo y ocasione que todos suframos y seamos infelices. En lo que eso ocurre escucharé música endemoniada:




Tomaré mi propia pipi aunque sepa bien gacho y me  echaré gases en las reuniones familiares. No haré mi tarea ni estudiaré (bueno, eso no porque ya no voy a la escuela) pero sí me uniré a los anarquistas revolucionarios y diré groserías enfrente de mis tías y voy a quemar libros de Carlos Cuauhtémoc Sánchez.  
  
Y ya. Luego este blog llegara al post 667 y volveré a ser bueno y respetado por todos.   

martes, 10 de septiembre de 2013

Paren de mamar


"Pan y circo al pueblo"

"Gooooei, la televisión idiotiza a las masas"

"El futbol es un distractor para el pueblo"

"Como dice Marx, la religión es el opio de los pueblos"

Llevo varias semanas escuchando estas y otras frases estúpidas. A raíz de las reformas que actualmente se han estado presentado a nivel gubernamental y el descontento por la situación que se vive en varias esferas sociales del país, este tipo de expresiones se han vuelto a poner de moda en las pláticas, manifestaciones y ni que decir en las redes sociales.

Y digo “se han vuelto a poner de moda”, porque los mismos argumentos ya han sido usados desde décadas atrás; por más que quienes se escudan detrás de ellos los sientan como nuevos y originales, la verdad es que quienes sermonean a los demás con esas afirmaciones no están descubriendo el hilo negro ni nada por el estilo.

Saben qué, no estoy de acuerdo en los clasismos, pues eso es precisamente lo que se hace con afirmaciones así. ¿Si veo la tele soy un ignorante mal informado? ¿Si me gusta el futbol soy un inconsciente, un agachado o mal mexicano? Pues váyanse al carajo revolucionarios, eso es caer en estereotipos y esos sí que le hace daño al país. 

Hay quienes satanizan a la televisión y la pintan como un ente maligno que vuelve zombis a quienes la vemos. ¡Ay no mamen! Si bien la tele es un medio de comunicación también es un elemento de entretenimiento. En mi caso veo televisión para estar informado pero también para distraerme, para reír, para olvidarme por un momentito de los problemas cotidianos ¿eso es malo? Yo percibo a la televisión como un gran buffet de alimentos en el que puede haber comida chatarra o alimentos muy nutritivos. Cada quien consume lo que quiere y si consume chatarra aún así es muy el problema de cada quién.

Quien critica la televisión omite el riquísimo contenido cultural que hoy tiene la televisión. Además de los canales 11 y 22 de la televisión abierta, hay un sinfín de opciones en los sistemas de paga que ofrecen unas verdaderas joyas que enriquecen mucho la cultura de los televidentes. Y ojo, la televisión NO tiene porque educarnos, para eso están el hogar y las instituciones educativas.

Además, señoritos intelectuales y revolucionarios que están cambiando al mundo con sus ideas ¿a poco nunca han visto un programa de entretenimiento? ¡Por favor, sí todos lo hemos hecho! Yo lo mismo les veo un programa de Octavio Paz, o una entrevista a Julio Cortázar que "La Rosa de Guadalupe", y hacerlo no me hace ni mejor ni peor persona. Vaya, no creo que el intelecto de alguien se determine por los programas que se sintonizan.


Ahora vamos con los medios. Muchos hablan de que hay varias cadenas informativas que están compradas, y al menos en mi experiencia propia no ha sido así. Colaboré en el área informativa del medio más señalado del país y nunca vi signo alguno de censura, actualmente trabajo en un medio de comunicación independiente en el que tengo total libertad de escribir de lo que se me de la gana, en el tono en el que quiera. Por lo tanto, aunque en algún momento si hubo cierto control, esto ha ido cambiando paulatinamente, así que tampoco señalemos a los medios de comunicación como secuaces diabólicos. .

Y aquí debo aclarar, no sólo me informo por medio de Televisa y TV Azteca, mi trabajo me hace estar muy al pendiente de diversos medios noticiosos, tanto tradicionales como digitales, así que me considero una persona capaz de elaborar sus propios juicios respecto al acontecer nacional y mundial.  

Y eso de que el futbol es para mantener distraído al pueblo me da risa. ¿Cuánta gente valiosa, pensadores, creadores y artistas han sido fanáticos a ese u otro deporte sin que esta afición los perjudique? Demasiados. A mí el futbol me encanta, pero también leo mucho, quizá más que todas esas personas que andan con esa cantaleta de 'apaga la televisión y lee un libro'. Pues señores, a mi me gusta el futbol y además leo y escribo mucho. Me gusta divertirme y tomar la vida no tan en serio, pero insisto, me considero lo suficientemente inteligente para pensar por mí mismo y seguir muy de cerca lo que ocurre en el país; así como a veces me he manifestado en contra de ciertas actitudes de las autoridades también sé que muchas veces los problemas son responsabilidad de todos y no de unos cuantos.

Y no, no soy príista; es más, nunca he votado por ellos.

Lo que realmente sucede con todos esos críticos que a todo quieren encontrarle lo negativo es que no toleran que alguien piense diferente a como ellos lo hacen, y lo peor, los minimizan y tachan de ignorantes o enajenados. Y claro, muchos de ellos ni siquiera hacen nada por esas ideas que tanto defienden y su activismo se reduce a postear mensajes revolucionarios en Facebook.

Incluso hubo quien mencionó que el anuncio de que las olimpiadas del 2020 serían en Tokio era "pan y circo para los borregos". ¡Claro, seguro los japoneses y el Comité Olímpico Internacional dijeron: anunciemos que haremos unas olimpiadas para que los mexicanos se distraigan!

¿Y ultimadamente, en qué le afecta a los mexicanos que Japón haga o no unas olimpiadas?

Ojalá esos revolucionarios y rebeldes aprendan a respetar que hay gente con distintas ideologías políticas, religiosas y de vida. Y que así como hay personas no tan honestas en la política, los medios y en otros aspectos de la vida, también hay gente que trabaja con ahínco por su país y que cada día de parte la madre en hacer el bien sin necesidad de andar prejuzgando los demás.

En conclusión, ¡relájense queridos revolucionarios rebeldes!


Yo leo, me gusta ver la tele, el fútbol, trabajo y soy buen ciudadano.  Ah, y escribo textos como éste para defender al sistema porque soy un vendido.

viernes, 6 de septiembre de 2013

El árbol de la vida (o cómo creemos que cualquier mafufada es arte)


En el año 2011 se estrenó la película "El árbol de la vida", dirigida por Terrence Malick y protagonizada por Brad Pitt, Sean Penn y Jessica Chastain. En ese entonces no pude verla en el cine, a pesar de que me hubiera gustado hacerlo por la cantidad de comentarios que en todos lados la elogiaban y catalogaban como una obra de arte.

El tráiler prometía una película… interesante:



Finalmente la pude ver el pasado fin de semana y mi conclusión es que esa película en realidad es... una reverenda mafufada.

Durante los primeros minutos todo iba muy bien. Música e imágenes nos mostraban la historia de un matrimonio que se enfrentaba la pérdida de uno de sus hijos. Después vimos cómo uno de los hermanos del difuntito evocaba los recuerdos de esa época pero desde el presente.

Minutos después todo se descompuso y en mi opinión, por querer hacer ver esta cinta como muy intensa, intelectual y profunda terminaron dándole en la madre: Escenas largas y sin sentido, una evocación rara y que no venía a cuento sobre la creación del mundo ¡hasta un dinosaurio pisándole la cabeza a otro dinosaurio!, unos animales raros, erupciones de volcanes, y luego la historia de la familia comienza de nuevo.

Y otraaaaa vez escenas larguísimas. Muy bonitas y visualmente hermosas, pero que no hacían referencia a nada. Música épica y que ponía alerta al espectador, quien sentía que vendría un momento trascendente en la trama, cosa que finalmente nunca pasaba.

Conforme avanzaba la película aquello era más y más enredoso, tanto que hasta me quedé dormido un par de veces. Cuando ya estaba fastidiado de tanta chairés, comprendí que la idea central podría explicarse de una forma mucho más sencilla. Y es que la historia no era nada del otro mundo: una mamá y un papá que discrepaban en su forma de ser y de educar a sus hijos. Y ya. Tan fácil que hubiera sido contar esa anécdota. ¡Ahhhh pero no!, vamos a meter mariposas haciendo cosas raras, ranas volando en un cohete, música como de película importante, elevadores de cristal y dinosaurios para que la gente culta se emocione y crea que todo aquello es poético y que tiene varios significados goeeeei.

Al final de la película (casi dos horas y media después) todos terminan en un desierto que es una especie de cielo o una mamada así, y todos los muertos conviven contentos y se abrazan y son felices. Eso sí, la música mamila NUNCA deja de sonar. Finalmente sale la llamita de fuego que también aparece al principio y gracias a Dios se acaba la película.

Estoy seguro que no soy el único que pensó que "El Árbol de la Vida" es una marihuanada, sin embargo, creo que por aquello de que todo mundo quiere verse "culto" pues nadie acepta que la película es una porquería. Y así todo se vuelve una bola de nieve o una alegoría del cuento del Traje Nuevo del Emperador. Bastó con que alguien dijera que esa cochinada era casi una obra de arte, para que los demás le hicieran segunda pues "no vayan a pensar que soy un tonto e inculto porque no le entendí a la película".

Esto no sólo pasa con las películas, también ocurre con la música, la literatura y otras artes, en las que abundan porquerías a las que por guardar una imagen o apariencia, pocos le dan los calificativos que realmente se merecerían.

¿Qué pasaría si todos dijeran lo que en verdad piensan? ¿A cuántos nos ha tocado ver pinturas de arte contemporáneo o escuchar una canción que, o está bien gacha, o de plano ni sentido le encontramos, pero que por compromiso debemos elogiar? Conozco gente que es así, algo les aburre o no lo entienden, pero lo elogian para dar el gatazo de que no forman parte del montón de incultos que andan criticando sin saber (como yo comprenderé).

Solía ir por la vida dándole adjetivos virtuosos a esas cosas que todos elogiaban. Dejé de hacerlo hace tiempo, y aunque luego me gano calificativos nada positivos, me siento mejor conmigo mismo.

Por eso, ahí les va una lista de personas o cosas a las que todo mundo idolatra, pero que para mí no son nada del otro mundo: Elena Poniatowska, Lila Downs, Café Tacvba, la trilogía de películas de Batman dirigidas por Christian Bale, Carmen Aristegui, Björk, la NFL, el Canelo Álvarez, los tuits de Alejandro Jodorowsky, y ahí le dejo porque si no nunca acabaría.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Licencia para turistear en el DF


Quienes me conocen saben que vivo completamente enamorado de la Ciudad de México. Habrá quién pensé que mi idilio  con esta metrópoli se debe a que siempre he vivido aquí y quizá así sea, lo cierto es que desde hace mucho tiempo estoy convencido que habitar esta ciudad es un verdadero privilegio.

Y es que el Distrito Federal es la ciudad donde cualquier cosa puede pasar, basta con perderse por unas horas entre sus calles para saber que aquí el ritmo de vida es muy diferente al de cualquier otra parte del mundo. Por su inmensidad e idiosincrasia uno nunca acaba de conocerla completamente, y que bueno que sea así.

Siempre me he preguntado qué es lo que siente quién visita por primera vez la Ciudad de México y cómo es esa sensación del primer encuentro con esta inmensa y surrealista urbe. Ser turista en el Distrito Federal, esa era la utopía que finalmente estoy cumpliendo. Y es que si bien ya tenía la costumbre de conocer nuevos sitios de la ciudad cada que podía, ahora no sólo lo hago más seguido, sino que es mi chamba.

Decidí que la mejor forma de devorarme esta ciudad y conocerla un poco más, era obligándome yo mismo. La licencia me la di yo mismo cuando en el sitio de internet para el cual escribo propuse una sección en la que semanalmente se presentara un sitio no tan conocido pero sí muy interesante de la capital mexicana. Hasta ahora este reto, si bien me ha traído una mayor carga de trabajo pues además de pasear hay que investigarle, también la he disfrutado mucho; eso de cada semana descubrir un lugar nuevo en mi propia ciudad me parece un lujo que pocos pueden darse.

Así, cada martes presentó una nota sobre algún sitio digno de conocerse en esta ciudad emblemática. Y ese es el motivo de este post, compartir este trabajo con los lectores de mi blog. Honestamente es un trabajo que realizó con mucha pasión y cariño, por lo que entre más gente pueda leerlo, mejor.

El nombre de esta sección es Vagando, para leer las que se han publicado hasta ahora den clic aquí. Podrán encontrar textos sobre un local especializado en Cupcakes, la historia de uno de los cines más gloriosos del continente que terminó siendo un cine porno o el descubrimiento de unas momias en la Ciudad de México.

Soy Gabriel Revelo, y tengo licencia para turistear, acompáñenme en el viaje, se va a poner bueno. 

lunes, 26 de agosto de 2013

El día que rompí la manguera del camión del gas

El día que rompí la manguera del camión del gas también pasaron otras cosas; fue un sábado de mayo del 2004…

La noche anterior había llegado de Monterrey pues fui por unos días a un evento universitario con mis amigos. Ese sábado tenía examen de francés a las 8, así que, a pesar de casi no haber dormido me levanté temprano para salir cuanto antes rumbo al escuela. Me subí al auto y salí a toda prisa, tanta que pasé a lado de un camión amarillo que abastecía gas estacionario a una casa y no sé cómo, la manguera del gas se atoró en una de las llantas de mi coche. Escuché unos gritos pidiéndome que me detuviera, pero era tanta mi prisa que aceleré más. Entonces por el espejo retrovisor vi como del camión salía una gran nube de gas mientras los trabajadores seguían pidiéndome desesperados que frenara. Me detuve y los trabajadores de la empresa de gas se acercaron corriendo para zafar la manguera de las llantas de mi vehículo y evitar que se la manguera continuara rompiéndose.

Uno de los trabajadores me preguntó cómo le íbamos a hacer, pues debía hacerme responsable por lo que había roto. Les dije que no había sido mi culpa, que no me haría responsable y me fui ¡pues qué se andaban creyendo, todavía que dejaban una manguera atravesada a media calle!

Así era más o menos el camión:


Reconozco que en el trayecto hacia la universidad fui un tanto nervioso por lo que acababa de pasar, no sabía si mi graciosada me traería consecuencias o no ¿qué tal si mi colonia volaba en mil pedazos? Al llegar a mi universidad la historia del camión del gas pasó a segundo término…

El día que rompí la manguera del camión del gas también tenía programado un examen de francés al que la maestra no llegaba, lo anterior en parte me hizo suspirar de alivio, pues para ser honesto en Monterrey no estudié un carajo (a pesar de que hice la ridiculez de llevarme los libros y cuadernos de la materia en la maleta). Me disponía a darle un repaso a mis apuntes cuando entonces entró ella, la chica que en ese entonces me gustaba y con la que ya había andado meses atrás. Días antes de irme a Monterrey habíamos quedado en pensar las cosas para ver si volvíamos.

Salí a platicar con ella de cualquier tontería y tras unos minutos acordamos que sí, volveríamos a intentarlo y nos hicimos novios de nuevo. Para esas alturas de la mañana ya ni me acordaba de la manguera que una hora antes había roto y mucho menos de la preocupación que me había causado el saber si mi casa había explotado o no.

El día que rompí la manguera del camión del gas también volví con mi ex novia. Estaba flotando sobre algodones cuando entró un encargado de la coordinación de idiomas y nos dio la noticia: la maestra de francés no podría llegar ese día. Ya se imaginarán, pensaba que aquel era de los mejores días de mi vida: conseguí novia, no tuve el examen para el que no había estudiado nada y además tenía el resto de la mañana libre.

Lo malo es que el encanto se rompió cuando sonó el teléfono celular, era mi mamá (por lo menos al escucharla supe que mi casa no había explotado) avisándome que habían llegado los señores del camión del gas para contarles lo que había hecho, pues un vecino del que algún día me vengaré por chismoso, les dijo en qué casa vivía.  Ahora los señores del gas, que venían acompañados de un policía, pedían más de 5 mil pesos para arreglar mi desperfecto. Le prometí a mi mamá que volvería pronto para arreglar el asunto.

Y sí, volví pronto pero no luego luego, ya que todavía estuve un par de horas tonteando con mi ex novia que ya no era mi ex. Como ella tenía que ir a un curso pasé a dejarla a una estación del metro alrededor del medio día; nos despedimos y volví a casa.

Conforme iba acercándome a casa me empecé a preocupar por el dineral que seguramente ya debía, eso sin contar que quizá ya tenía una denuncia penal en mi contra y pasaría varios años en prisión. Lo malo es que aun así andaba muy contento a causa de mi romance recién reestrenado.

Llegué a casa con cara de seriedad y preocupación (aunque repito, estaba muy feliz) pues no quería verme tan mal hijo. Cuando encontré a mi mamá muy quitada de la pena supe que las cosas seguramente se habían solucionado. Y así fue, según me contó, justo cuando los señores del gas estaban afuera de mi casa discutiendo mi acto vandálico, pasó uno de nuestros vecinos, el cual es abogado y le dicen “El Fish”. Al ver la situación intercedió por mí y no sé de qué triquiñuelas jurídicas se valió para hacerle ver a los señores del gas que la cantidad que pedían era una exageración y que además ni era legal lo que estaban haciendo. Finalmente sólo se les pagaron menos de dos mil pesos y hasta firmaron un papel para que ya no me cobraran ni culparan en un futuro por lo sucedido.

Mi imprudencia pudo haber salido muy cara, pero al parecer ese día la buena suerte estuvo de mi lado. Si hicieran la versión en cine de esta historia, así sería el póster:  


El día que rompí la manguera del camión del gas y casi provocó una explosión a media calle también me libré de un examen de francés y volví con mi ex novia ¡todo eso en menos de 6 horas!

Mes y medio después corté con esa ex novia con la que había regresado y pus… volvió a ser mi ex novia, pero esa es otra historia que de momento no me da la gana contarles. Sólo quería que vieran lo intensa que es mi vida, bueno, a veces.  

jueves, 22 de agosto de 2013

Nace un ídolo (The Jazz Singer)


Una tarde de hace muchos años mi papá llegó a casa con una cinta en formato Beta. Cuando le pregunté qué película era me respondió que Nace un ídolo. Inmediatamente la puso y me invitó a verla. Entonces debí haber tenido cuando mucho 10 años y no sospechaba que estaba por ver una de las películas que más me marcarían en la vida.

Esa película no era de caricaturas, ni siquiera tenía temática infantil, al contrario, era de las que consideraba “para grandes” y por lo tanto, lo más normal habría sido que no le entendiera, o en el mejor de los casos que me aburriera. Sin embargo pasó todo lo contrario, me enamoré de su temática, de la trama y de los hilos que hasta la fecha Nace un ídolo me ayuda a tejer con mi papá.

Su título original es The Jazz Singer, y es una película estadounidense estrenada en 1980, remake del clásico del mismo nombre de 1927. Fue protagonizada por el cantante Neil Diamond, Sir Laurence Olivier, y Lucie Arnaz. La historia gira alrededor de Yussel Rabinovitch un joven judío que desea ser estrella de la música, pero que se ve limitado a seguir sus sueños por las estrictas tradiciones de su religión y familia. Cuando parecía que Yussel debía conformarse con sólo cantar en la sinagoga de su barrio judío en Nueva York, le llega la oportunidad de escribirle una canción al afamado cantante de rock Keith Lennox, a lo que tanto su mujer Rivka como su padre Cantor Rabinovitch se oponen.


Durante su colaboración con Lennox, los dirigentes de la empresa discográfica descubren el talento de Yussel y le proponen lanzarlo a nivel mundial. Así, ante el descontento de su mujer y las creencias ortodoxas de su propio padre, se marcha a California donde intenta hacerse una carrera en la música y dónde además conoce a otra mujer de la que se enamora y que cree en él, pero cuyo amor lo aleja más de sus raíces y su familia.

Además de que la película me parece de lo más bella y tiene unas escenas realmente conmovedoras, está el factor de la música. Neil Diamond era uno de los ídolos de mi papá, por lo que escuchar las canciones de este cantante y compositor fue una constante durante mi infancia y adolescencia. Esos temas los escuchaba mientras mi papá lavaba el carro o cuando salíamos de viaje y los cassettes de Diamond nunca podían faltar para amenizar nuestras horas de carretera.

No sé cuántas veces en mi vida he visto esa película ni tampoco las veces que he escuchado las canciones que aparecen en ella, pero lo cierto es que a poco más de 10 años de la muerte de mi papá, Nace un ídolo o The Jazz Singer (como más les plazca decirle) sigue provocándome una avalancha de sentimientos. Me basta cualquier referencia a esa película para sentirme conectado a mi papá y traer de vuelta una época de mi vida que atesoro y añoro con todas mis fuerzas.

* * * * *

El pasado domingo en la sección de discos de un restaurante Vips me llevé la sorpresa de toparme con el CD de la banda sonora de The Jazz Singer, álbum que sólo tenía en un cassette viejo y ya muy usado. Sonreí, se lo mostré a mi mamá y a mi hermana y todos estuvimos de acuerdo en comprarlo. Los últimos días lo he escuchado un par de veces (lo hago ahora que escribo estas palabras), suficiente para sonreír en varias ocasiones, derramar una que otra lágrima y suspirar en nombre de esa nostalgia que reconforta el corazón. Estoy seguro que cada que pongo ese disco y me pongo a dar de brincos alguien más hace lo mismo en el cielo.

Si no han visto The Jazz Singer o escuchado a Neil Diamond (uno de los mejores compositores norteamericanos del último siglo) háganlo cuanto antes, les garantizo que no se arrepentirán.

domingo, 18 de agosto de 2013

Capitán Crunch Manía


Soy parte de esa generación a la que todavía le tocó el furor por los productos importados de Estados Unidos. Hace unos veinte años no era tan fácil conseguir dulces, refrescos, juguetes, revistas, discos o alimentos provenientes de nuestro vecino del norte. Tener acceso a todos estos bienes era un lujo, pues ni era tan fácil, ni tan barato acceder a ellos.

De esa época recuerdo mi fanatismo a las paletas de caramelo del Gato Garfield, los chocolates Nestlé blancos, los dulces Nerds y otras delicias gringas. Sin embargo, pocos me sedujeron tanto como el cereal Capitán Crunch, un delicioso maíz inflado al que me volví adicto en mis años de niño gordo, y que para mi desgracia desapareció igual de rápido como llegó a los supermercados mexicanos. Sólo unos meses disfruté de su sabor para perderlo y añorarlo por cerca de dos décadas. 

Durante ese tiempo de abstinencia nunca dejé de pensar en los Capitán Crunch, ni en ese sabor que busqué sin éxito en otros cereales. No exagero al decir que un par de veces soñé que nuevamente me encontraba con esas apreciadas cajas rojas engalanadas con un capitán de aspecto bonachón que viste de azul. Lógicamente el desencanto al despertar era mayúsculo.

Ya había perdido toda esperanza de volver a saborear unos Capitán Crunch cuando una mañana de domingo me encontré en un Superama con una caja del preciado cereal. Ni tengo que decirles la emoción que me inundó, ni que en el acto comprara tres cajas, ¡no fuera ser que desaparecieran nuevamente!

Esa noche cené más temprano pues no me aguantaba las ganas de comprobar si el recuerdo que tenía de ese cereal realmente le hacía justicia a la realidad. Y realmente así fue, los Capitán Crunch seguían siendo una orgasmo de sabor que me volvió loco una vez más.

De eso hace ya casi un año y sigo sin hartarme de comer Capitán Crunch. No sé los estándares de lo normal hablando en materia de cereales, pero no creo que sea muy normal que una caja me dura menos de 4 días. Cada noche me sirvo un plato bien cargado y lo disfruto como si aquello fuera lo mejor del mundo, y es que además de muy rico, este alimento es de las pocas cosas que puedo comer sin culpa después de que hace más de un año tuve que guardar dieta por motivos de salud y hasta bajé varios kilos.

Los Capitán Crunch dividen opiniones entre quienes me rodean. Mientras algunos opinan que saben a pura azúcar y se preguntan cómo puedo cenar eso diario, otros más los han probado y también han caído embrujados por su sabor. Vaya, hasta mi perro Margarito ya es fanático y los come con singular alegría cada que se encuentra algunos en el piso.   

Para mi fortuna, ya también hay Capitán Crunch en Wal Mart y en Comercial Mexicana, en donde incluso me he topado con algunas presentaciones especiales. En conclusión: vivo una era dorada en mi romance con este cereal. 

Ya espero con ansias la hora de la cena para volver a disfrutar de este cereal con el que podría casarme en este mismo instante. Llevó casi un mes comiéndolo diario y no me harto. Si salgo de viaje me llevo un par de cajas. Soy adicto, lo sé, lo peor es que no quiero hacer nada para rehabilitarme. Cereal Capitán Crunch, no te acabes nunca… creo que te amo


lunes, 12 de agosto de 2013

La Policía y su habilidad para complicar lo sencillo

Fue hace tres semanas cuando saliendo del trabajo vi a un patrullero hablando alegremente con un franelero. No puedo afirmarlo, pero no me extrañaría que ese policía tenga un acuerdo con los viene-viene para dejarlos trabajar a cambio de una lana.

De lo sucedido tomé estas fotos:




Quienes me conocen saben que los franeleros me caen gordos y que en la medida de lo posible evito darles dinero, por eso decidí subir las imágenes a mi Twitter y mandarlas a las cuentas de Miguel Ángel Mancera y de la Policía del Distrito Federal.

Varios tuiteros retuitearon (valga la redundancia) las fotos e incluso la policía me respondió pidiendo que enviara mi queja a la cuenta de la Inspección de la Secretaria de Seguridad Pública del Distrito Federal, que son los encargados de atender las quejas en contra de elementos de la Policía del Distrito Federal. Les mandé las fotos aclarando que me parecía sospechosa esa actitud pero sin afirmar nada.

Los de la Inspección me contestaron preguntando más datos, como la dirección, la fecha y hora donde se tomaron las fotos. Les contesté y agradecí su atención pensando que eso bastaría para que le llamaran la atención al policía y que todo quedaría ahí.

Sin embargo la semana pasada recibí varios tuits de la Inspección de la Secretaria de Seguridad Pública del Distrito Federal donde me pedían que les marcara a sus oficinas para que me informaran el estado de mi denuncia.

"Ah caray, que yo recuerde sólo les mandé las fotos pero no levanté ninguna denuncia", pensé. Aún así quería hablarles por la mera curiosidad de saber cómo había terminado aquello. No pude marcarles esa tarde pero al otro día comencé a recibir varios tuits donde la policía me pedía que me comunicara con ellos, cosa que no había hecho porque no había tenido tiempo a causa del trabajo.

Aquí un ejemplo:



Fastidiado de tanto tuit les marqué unas horas más tarde. El investigador a cargo del caso no estaba pero quien me atendió me dijo que le estaban dando seguimiento a mi denuncia y que me irían avisando conforme fueran dándose novedades. Lo cierto es que no estaban muy bien informados que digamos, pues a media conversación tuve que aclararles que la foto la habían tomado hace quince días antes y no unas horas antes, como ellos creían.

Al otro día me mandaron otro mail para rectificar mis números telefónicos y dos días después volvieron a llamarme para pedirme que fuera a sus instalaciones a firmar unas hojas para ahora sí, comenzar las investigaciones sobre la denuncia.

¿Osea qué en casi tres semanas no habían investigado nada?

En fin, les dije que esa tarde no podía ir porque no tenía tiempo. Un tanto molestos me contestaron que debía ir lo antes posible. Esto fue el pasado viernes y si no fui porque salí tarde del trabajo y el tráfico haría imposible mi llegada a sus oficinas.

Seguramente nuevamente se comunicarán conmigo en las próximas horas. La verdad agradezco que se tomen el tiempo para contestar lo de las fotos, pero si me quejé por medio de Twitter fue por la inmediatez y sencillez que “se supone” brindan los medios electrónicos.

Sólo quería difundir las fotos para que le llamaran la atención a ese policía, en caso de que efectivamente estuviera negociando o coludido con los franeleros. Nunca pretendí levantar una denuncia pues no tengo tiempo de estar atendiendo el papeleo por una simple imagen en la que no me consta que haya nada ilegal. Además, de qué sirve iniciar un proceso en medios electrónicos si de todas formas uno tiene que ir a firmar cosas y andar respondiendo llamadas a cada rato. Para eso mejor hubiera ido directamente a levantar mi queja.

Quejarse de los malos elementos policíacos es bueno y de hecho aplaudo que las autoridades pongan atención en ello, pero no me parece lo más adecuado ni funcional que hagan todo tan burocrático, pues lejos de incentivar a la población hacen que uno por decidía deje pasar este tipo de irregularidades.

Por lo pronto, con tanto tuit, preguntas y llamadas me siento más perseguido y hostigado que un delincuente.

Ya les contaré en qué termina este lío.

jueves, 8 de agosto de 2013

La muerte del Niño Chango



Nunca tratamos bien al niño chango, aunque tampoco puedo asegurar que hicimos lo contrario.

Coincidimos con él durante un par de primaveras de hace unos 12 años. Siempre era en Semana Santa, durante las vacaciones que desde entonces, toda mi familia pasa en Catemaco, Veracruz.

Una tarde de abril, mientras jugaba con mis primos en una de las albercas del lugar en el que nos alojamos, apareció un niño morenito de unos siete años de edad. Muy delgado, no muy alto, pero sí muy hiperactivo. Se acercó a la orilla de la alberca, desde donde nos veía con curiosidad y a veces sonreía al ver nuestros juegos. Estuvo ahí parado un cuarto de hora hasta que su mamá lo llamó.

Así supimos que su mamá era una de las cocineras de Villa del Carmen, una Casa de Retiro Religiosa de la que durante años estuvo encargado mi tío abuelo, que por años fue obispo de la región de Los Tuxtlas. En sus inicios Villa del Carmen era un hotel. Años después el dueño lo donó a la iglesia. A pesar de que se le hicieron adecuaciones (como la construcción de una capilla, un salón de eventos y un oratorio) aquel lugar ubicado sobre un cerro aun podría pasar como un hotel con sus más de 25 habitaciones, alberca y mini cancha de futbol. Desde que tengo memoria he pasado ahí mis vacaciones de Semana Santa.

Vuelvo nuevamente a la narración de lo que sucedió hace doce años, que fue cuando conocimos a ese curioso niño. Todas las tardes de esa semana, el niño acudía a ver qué estábamos haciendo. Aunque los primeros días iba ataviado con un humilde y desgastado pantalón de vestir y una camisa, un día convenció a su mamá de que lo dejara meterse con nosotros a la alberca. Supongo que no tenía traje de baño a la mano, pues se metió al agua en calzoncillos, lo que provocó la risa de todos.

Ya en la alberca intentó integrarse con nosotros y llamar nuestra atención. Se echaba clavados y le daba manotazos al agua para mojarnos. Decía que la alberca era suya y nos hacia una extraña mueca mostrándonos sus dientes inferiores. También se subía a los arboles y agitaba las ramas. Al principio nos causó gracia, luego empezó a desesperarnos. Alguno de nosotros lo apodó “el niño chango” nombre que obedecía más a sus movimientos que a su apariencia.

Un día antes de que volviéramos a la Ciudad de México, el Niño Chango se puso especialmente pesado. Ya nos tenía fastidiados a todos y como respuesta obtuvo un burlón “niño chango - niño chango - niño chango – niño chango” que todos le gritamos al unísono. Entonces su mamá salió de la cocina, lo llamó y lo regañó por estarnos molestando. Cuando se fue humillado nos burlamos aun más de él.

-¿No que era tu alberca?, le gritábamos.

Al año siguiente, una de las primeras cosas que hicimos al volver a Catemaco fue buscar al Niño Chango y preguntar por él, supongo que queríamos seguir molestándolo. En esta ocasión no interactuó tanto con nosotros y sólo lo veíamos ocasionalmente, quizá su mamá le pidió que no se nos acercara o probablemente ya no quería recibir burlas. Lo cierto es que no fueron pocas las veces que sentíamos que desde lejos nos observaba.

No volvimos a ver al Niño Chango, pero averiguamos que se llamaba Juan. Su mamá siguió trabajando y viviendo en Villa del Carmen, pero él se fue a vivir con otros familiares.

Hace unas días mi abuela volvió de Catemaco; había ido a la misa de cinco años de fallecido de su hermano, que cómo expliqué anteriormente, fue por muchos años obispo de aquella región del país. A su regreso nos trajo una noticia que mis primos y a mí nos impactó: el niño chango había muerto un mes atrás a causa de la tifoidea.  

Con pena admito que la primera reacción de la mayoría de nosotros fue carcajearme. Por alguna razón que aun no logro descifrar nos dio risa el asunto y lo comentamos durante toda esa noche. También hacíamos chistes y nos mandábamos imágenes de changos en mensajes de celular.  

Pasaron las horas y supe más de la historia del Niño Chango. Me enteré que su mamá era alcohólica y que muchas veces iba borracha a trabajar, hasta que uno de los padres la despidió. La adicción de su mamá fue el motivo por el cual el niño chango vivió con otros familiares por una larga temporada.

El Niño Chango volvió con su mamá. No estudiaba y ocasionalmente trabajaba. Su situación económica era precaria. Además conoció a una mujer, se la montó y tuvo un bebé con ella, por lo que la falta de dinero se agravó. Por eso, cuando comenzó a presentar problemas de salud no se atendió hasta que su estado empeoró tanto que su muerte a los 19 años fue inevitable.

Con la muerte del Niño Chango he reflexionado mucho. Esa aparente alegría y risas no eran una burla por la muerte de un joven, sino un modo de darnos cuenta que el tiempo pasa, y que preferimos reír ante las evidencias de que nuestra propia historia va desfragmentándose.

El Niño Chango quería integrarse con nosotros y finalmente lo consiguió. Al hablar sobre su muerte y recordar los pocos momentos que pasamos con él, de una u otra forma finalmente se volvió nuestro igual.   

Si ustedes leyeron todo esto quizá piensan que soy un ser horrible. Hace años mi mamá muy afligida le dijo a mi papá que se había muerto un señor llamado Ambrosio, quesque muy amigo de la familia. La respuesta de mi papá aun me sigue provocando risa:

- ¡Bendito sea Dios!

Por eso no me extraña mi actitud ante la muerte del Niño Chango, lo traigo en mis genes. Por burlón mi papá se murió. Y seguramente yo y todos los que nos burlamos de la muerte del Niño Chango también moriremos… y pues así es la vida. Prefiero que me recuerden con risas a que ni me echen un pan.

Descanse en paz, Niño Chango. 

domingo, 4 de agosto de 2013

Somos los Zetas


Hace más de un año estaba a punto de viajar de Cuautla hacia la Ciudad de México. Eran las 10 de la noche y pese a las advertencias de lo peligroso que podría resultar tomar carretera a esa hora, me aventuré y realicé el trayecto.

 No iba solo, me acompañaba mi novia y dos amigos. Confieso que durante el camino iba inquieto. El estado de Morelos cada vez registra más casos de incidentes relacionados con el crimen organizado e ir un sábado por la noche por una de sus carreteras llevaba implícito cierto riesgo.

Para empeorar las cosas, íbamos hablando sobre el narco y la presencia de éste en gran parte del país, tema que nos sugestionó. Entonces uno de nuestros amigos contó una anécdota que había escuchado y que nos tensó aún más...

 "Una familia viajaba de noche por una carretera en el norte del país. Entonces una camioneta comenzó a seguirlos en medio de la desolada carretera. Tras unos minutos la misteriosa camioneta no sólo les dio alcance sino que les cerró el paso. De su interior descendieron varios hombres con el rostro cubierto y fuertemente armados.

-Somos los Zetas. Le dijeron a la familia.

Los hombres obligaron a los miembros de la familia a entregarles todas sus pertenencias de valor, incluido el auto. Antes de marcharse, a modo de advertencia amagaron con asesinar a los miembros de la familia. Al final decidieron marcharse sin hacerles daño, pero dejándolos abandonados en medio del camino.

Pasaron cerca de diez minutos hasta que pasó otro vehículo. El padre de familia les marcó el alto y les pidió socorro. El auto iba tripulado por 4 hombres.

- Por favor ayúdenos. Acaban de asaltarnos. Nos quitaron nuestro auto y dinero, fueron los Zetas.

Los pasajeros de aquel auto se miraron entre sí, y le dijeron a los miembros de la familia que los esperaran media hora pues irían por ayuda. La familia volvió a quedarse sola por casi una hora.

Finalmente volvió el vehículo con los hombres que prometieron auxiliarlos. Con sorpresa la familia vio que detrás también venía el auto que horas antes les habían quitado. Los hombres bajaron con una bolsa negra. Le entregaron las llaves de su vehículo al padre de familia al tiempo que le dijeron:

- Esos que les quitaron el vehículo no eran Zetas... Ya pagaron por lo que hicieron.

El padre de familia no supo qué responder. Sólo atinó a dar las gracias. Entonces nuevamente fue interrumpido por otro hombre que vació la bolsa negra y de la que cayeron las 3 cabezas; eran de los hombres que los habían asaltado.

- Nosotros sí somos los Zetas. Dijo otro de los hombres.

Entonces los Zetas se marcharon, dejando a la familia con su vehículo y mucho más miedo. La familia esperó unos minutos y subió al auto antes de marcharse, dejando a las cabezas sobre el asfalto como mudos testigos de esta terrorífica anécdota.

No volvieron a ser sorprendidos aquella noche. Tardaron varias semanas en atreverse a narrar lo ocurrido".

Hoy esta historia va de boca en boca sin que nadie pueda decir si ocurrió o no realmente. Desde esa noche en la que escuché el relato no dejo de recordarlo cada que viajo en carretera y me es inevitable sentir un escalofrío.

Aquella noche llegamos con bien a casa, aunque cada que traía un auto detrás me resultaba inevitable no sentir un escalofrío, y le rogaba a Dios que esa historia no fuera sino una leyenda urbana.